6 de julio de 2008

Introducción a la filosofía moral de Immanuel Kant



PRÓLOGO: 
UNA LECTURA DE KANT, HOY

Enfrentarse a la filosofía moral de Immanuel Kant –y dejando aparte, al menos por un momento, el carácter de introducción de este escrito– siempre será problemático por partida doble: primero, porque teniendo a nuestro alcance los textos definitivos del maestro, ¿qué no podemos hacer nosotros con ellos que no sea un limitarlos, herirlos de muerte arrancándoles el esplendor –ya de por sí difuso tras la traducción y su interpretación–, y en definitiva simplificarlos?; y segundo, y bien que como consecuencia de lo previo, ¿qué cosa más fatídica podría ocurrir que, en medio de nuestra investigación, lo malinterpretásemos como resultado de aquella simplificación? Indicado esto, ascendamos un peldaño en esta presentación: ¿qué interés puede tener para nosotros, en nuestra posible impericia académica, simplificar y malinterpretar a Kant? De presuntuosa podría tacharse la pregunta formulada si el presente ensayo no se tratara más que de un pequeño escrito sin ninguna pretensión de trascendencia. Y sin embargo, asumiendo consecuentemente a Kant, es nuestro deber advertir que desde que nos adentramos en una-selva-tal, no podemos quedar exentos de sufrir la picadura mortal de la serpiente –metáfora del desatino inconscientemente inflingido–, porque así, como una selva todavía inexplorada en sus más recónditos rincones, bien se nos puede asemejar el pensamiento de Immanuel a través de su legado intelectual, sus escritos, a los que recurriremos como andamiaje de nuestra construcción recalando lo menos posible en mediadores... Advertido el riesgo, sin pretenderlo ya hemos apuntado un tópico bien difundido sobre el filósofo de Königsberg: su oscura complicación, su artificiosa prolijidad, su especial dificultad, como incluso le achacaba un contemporáneo suyo de la talla de Moses Mendelssohn. Y pese a todo, esta idea tan extendida es, a poco que miremos detenidamente, errónea; en efecto, es en la precisión de lenguaje, en su extrema –y por ello radical– exigencia técnica, en donde la abierta unicidad de que lo escrito sólo puede tener una interpretación posible, donde se fragua la claridad kantiana, y es esto, por descontado, lo que a primera vista hace tan difícil su lectura, por algo tan vigente hoy en día, tan contemporánea.
Aunque nuestro centro de estudio será la reflexión ética del maestro, intentaremos ir más allá, abrazando otras partes de su sistema filosófico que vengan a respaldar nuestra tesis, mas siempre con la ética como centro referencial.
Más allá de la propia cuestión moral inherente a su pensamiento, tratar a Kant supone enfrentarse cara a cara con el sino de nuestra naturaleza humana, y es aquí donde la luz de cualquier idea filosófica se tiñe de oscuridad tras los fastos del idealismo alemán, progresivamente minimizado –o no– por las nuevas escuelas que han venido dominando el panorama filosófico europeo de los últimos ciento cincuenta años al apuntar al problema desde otro punto de vista, porque, como muy acertadamente escribe Eugenio Trías refiriéndose a la eterna cuestión, “somos mortales, nuestro destino es la muerte, acaso una noche eterna sin remisión y sin perdón. Somos quizás un instante entre dos eternidades de silencio y desolación” . Y ya puestos a rizar este fácil rizo de la desesperanza tan presente en nuestro tiempo, cedamos la palabra al poeta de la podredumbre: “Los problemas que hoy nos parecen de importancia capital, como de una necesidad inmediata, no aparecen ni en Leibniz, ni en Kant, ni en Hegel. Nosotros reflexionamos sobre el hombre, la actitud, la vida o la muerte; ellos reflexionan sobre el sujeto cognosciente, los procesos del espíritu, el universo racional”.
Kant murió en 1804. Desde entonces hasta aquí han trascurrido más de dos siglos riquísimos para la historia del pensamiento. Intentaremos comulgar con su filosofía desde la perspectiva novedosa de su época, mas sin por ello descuidar todo cuanto ha venido engrosando desde entonces hasta aquí los libros; en nuestro caso, es una labor de síntesis, no lo olvidemos... pero una labor de síntesis que partirá también desde la aprehensión de nuestro inmediato entorno, siempre y cuando ello no desfigure la esencia de la idea, tal y como ésta en su contexto fue concebida.
En cuanto al plan propiamente dicho, toda nuestra investigación gravitará en torno a tres obras de muy distinto signo en el catálogo kantiano: la Crítica de la razón práctica y la breve Fundamentación de la Metafísica de las costumbres, donde la reflexión ética de Kant se perfila en toda su intensidad, sintetizando y en consecuencia aclarando las ideas expuestas en su obra capital, la previa y monumental Crítica de la razón pura. A estas tres apoyaturas esenciales, ejes de gravedad por así decir, se sumarán cual planetas alternativos algunas de las restantes obras de Kant –siempre y cuando venga al caso su mención–, no tanto por lo que en sí mismas impliquen para con la filosofía moral del autor, que también, como por dar unidad al cuerpo filosófico conjunto del estudiado.
Así, el ensayo se constituirá por cuatro bloques o capítulos: el primero de los cuales será una “Introducción al problema”, seguido de un segundo titulado de modo quizá demasiado explícito “De la propensión natural de los hombres al imperativo hipotético”, que se centrará en el problema mismo que llevó a Kant a plantear su metafísica de las costumbres; en el siguiente –“Implicaciones de la libertad en el ámbito de lo moral”– se estudiará el gran hallazgo de la ética de Kant: el imperativo categórico como necesidad y fin. Un último bloque a modo de epílogo –“Alcance universal de la reflexión moral kantiana”– situará al filósofo ante la historia, su recepción, influencia entre sus sucesores y vigencia, procurando cerrar así el círculo abierto al comienzo.

1. 
INTRODUCCIÓN AL PROBLEMA

Kant quería demostrar de un modo irritante para “todo el mundo” 
que “todo el mundo” tiene razón: esta era la socarronería secreta de esta alma.
NIETZSCHE

Todo sistema filosófico es un continuo ir y venir trazando círculos concéntricos alrededor de un problema, el Problema .
En su Fundamentación de la Metafísica de las costumbres, es el propio Kant quien, habiendo llegado al fondo del mismo, se permite solucionarlo escribiendo que “yo no debo obrar nunca más que de modo que pueda querer que mi máxima se convierta en ley universal” . En efecto, aquí queda resumida la solución al problema de la ética, y la solución no es otra que un imperativo no condicionado, el llamado imperativo categórico... si bien “el hombre es consciente de la ley moral y, a pesar de ello, ha tomado como máxima suya el apartarse (ocasionalmente) de ella” .
De todos modos, Kant es plenamente consciente de que “ni en el mundo ni, en general, fuera de él es posible pensar nada que pueda ser considerado bueno sin restricción excepto una buena voluntad”. Que el hombre sea malo por naturaleza no quiere decir que no tenga conciencia del buen obrar y, por extensión, de la ley moral. Además, “todo acto malo debe ser considerado, al buscarse su origen racional, como si el hombre hubiera caído en él directamente desde el estado de inocencia” . Todo acto malo, de este modo, sería producto de la ignorancia del hombre, pero esto no es del todo cierto, puesto que para que ello sea así priman otras muchas causas de distinto signo, como más adelante iremos viendo. De esto se concluye tras una primera lectura que la ley moral no es natural en el hombre, sino que debe desarrollarse en él a través de su conocimiento racional del mundo, y esto, por consiguiente, requiere de una ilustración de la persona –no olvidemos que Kant, como hijo de su dieciochesca época, es el paradigma del pensador ilustrado por excelencia: “para esta ilustración no se requiere más que una cosa, libertad; y la más inocente entre todas las que llevan ese nombre, a saber: libertad de hacer uso público de su razón íntegramente” – dentro, por supuesto, de los límites del mundo sensible, aunque “el mundo sensible no es más que una cadena de fenómenos combinados según leyes generales; por tanto, el mundo sensible no existe por sí mismo, no es propiamente dicho ‘la cosa en sí’ y se refiere, por tanto, necesariamente a lo que contiene el fundamento de estos fenómenos, a seres que se pueden reconocer no solamente como fenómenos, sino incluso como ‘cosas en sí’”.
El individuo, solo ante el mundo y ante sí mismo, deberá acudir a su propio entendimiento de acuerdo con la ley para dar con esa buena voluntad como paso primero hacia el conocimiento filosófico; ¿nos encontramos, pues, ante una ética del discurso? –Habermas: “Las éticas clásicas se habían referido a todas las cuestiones de la ‘vida buena’; la ética de Kant sólo se refiere ya a problemas relativos a la acción correcta o justa. Los juicios morales explican cómo pueden zanjarse los conflictos de acción sobre la base de un acuerdo racionalmente motivado” –.
Kant distingue tres fases en progresión ascendente hacia el principio supremo de la moralidad en tanto que principio del individualismo sin fisuras, tal y como señala al comienzo de la Fundamentación, y que no está de más recordar: 1º) del conocimiento moral común de la razón al conocimiento filosófico; 2º) de la filosofía moral popular a la metafísica de las costumbres; y 3º) de la metafísica de las costumbres a la crítica de la razón pura práctica . Cada una de ellas es un paso adelante con respecto a la anterior, y aunque independientes por sí mismas, todas conducen hacia ese mismo fin que debiera ser el fin último del conocimiento moral humano, afirmado a través del imperativo categórico: “si la acción es representada como buena en sí, es decir, como necesaria en una voluntad conforme en sí con la razón, o sea, como un principio de tal voluntad...” ; frente al imperativo hipotético: “si la acción es buena sólo como medio para alguna otra cosa...”.

2.
DE LA NATURAL PROPENSIÓN DE LOS HOMBRES 
AL IMPERATIVO HIPOTÉTICO

Con cada nuevo amanecer los problemas humanos siguen siendo los mismos, caso de no ser más: se diría podemos ver sin apenas esfuerzo cómo las vidas de los hombres están completamente subordinadas a un –es decir cualquier– imperativo hipotético como querer egoísta.
Hoy tal vez más que nunca, la filosofía moral de Kant cobra vital pertinencia, y no tanto porque el pensamiento de nuestro filósofo no tenga apenas nada que hacer en la práctica en un mundo tan humanamente degradado como el nuestro, inficionado por los más viles intereses –pero, ¿acaso no ha sido siempre así?–, sino porque su propia reflexión ética sólo consigue acentuar hasta extremos insospechados todas las taras de una sociedad volcada en la inmoralidad, el vicio y la insensatez más abyectas y contradictorias como forma de vida –Huizinga: Los hombres son dóciles, y a muchos les basta saber que existen filósofos que le niegan todo fundamento a la moral, para sacar la conclusión: bien poco ha de valer esa moral–. (...) Que lo que se dé (de uno, o incluso de otro a través de uno) a cambio (de dinero, placer, etc.) sea un atentado a la ley moral es necesariamente lo de menos: si el intercambio es efectivo, la obvia ley del capital habrá quedado atendida; y caso de no haber objeto de intercambio todavía, preciso será (pre)fabricarlo –Kant: “En el reino de los fines todo tiene un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente...”; Hoy: Barthes: “La cultura de masas es máquina de mostrar el deseo: he aquí lo que debe interesarte, dice, como si adivinara que los hombres son incapaces de encontrar por sí solos qué desear”–. En efecto, en cuanto el otro pasa a convertirse en medio para con nuestro fin, la atrocidad ya ha sido perpetrada, viene a decirnos Kant: “todos los seres racionales están sujetos a la ley de que cada uno de ellos debe tratarse a sí mismo y tratar a todos los demás nunca como simple medio sino siempre al mismo tiempo como fin en sí mismo”. Mas, ¿a qué se debe que esto rara vez sea así?
Precisemos antes de responder a esto que la aplicación de la ley moral conllevará un esfuerzo considerable para con el sujeto, y no bastará aquí que el sujeto sea bueno por naturaleza para hacerla posible, puesto que preciso es que dicho sujeto sepa que está obrando de acuerdo con la ley moral, es decir cumpliéndola de un modo consciente, con todas sus consecuencias... mas “si yo tuviera que elegir entre el concepto del sentimiento moral y el de la perfección en general [...] me decidiría en favor del segundo, pues éste [...] conserva la idea indeterminada de una voluntad buena en sí, sin falsearla” . De este modo, la cuestión parece responderse por sí sola: es precisamente el esfuerzo sin recompensa lo que condiciona la situación del hombre a obrar de acuerdo con el imperativo hipotético, en tanto que las leyes morales “pertenecen al uso práctico de la razón pura” , y en cuanto que “ ‘Práctico’ es todo lo que es posible mediante libertad” , y si de algo ha venido careciendo de algún u otro modo el hombre desde el comienzo de la civilización, ha sido de eso, de libertad. Este cruce de caminos nos conduce al siguiente capítulo, donde desarrollaremos la cuestión.

3.
IMPLICACIONES DE LA LIBERTAD 
EN EL ÁMBITO DE LO MORAL

En cuanto deber moral del Yo, el imperativo categórico es indisociable de la libertad, pero ¿qué entiende Kant por libertad? “Por libertad, en sentido cosmológico, entiendo [...] la capacidad de iniciar por sí mismo un estado [...] La libertad es en este sentido una idea pura trascendental que, en primer lugar, no contiene nada tomado de la experiencia y cuyo objeto, en segundo lugar, no puede darse de modo determinado en ninguna experiencia...”. Por ende, la libertad debe quedar ligada a la razón, en tanto que la razón es “la condición permanente de todos los actos voluntarios en que se manifiesta el hombre”, una voluntad libre en definitiva.
Aclarado este punto, pasemos a asumir las implicaciones de la libertad en el ámbito de lo moral, un ámbito cuyos intereses Kant reduce a las tres preguntas que debo formularme, a saber:
1) ¿Qué puedo saber?;
2) ¿Qué debo hacer?; y
3) ¿Qué puedo esperar?
Pero estas tres preguntas, en las que se deberían concentrar los intereses de nuestra razón, y que resueltas una vez nos permitirían alcanzar la felicidad, “la satisfacción de todas nuestras inclinaciones” , chocan con un problema de fondo: la propia indefinición de las mismas de cara a una interpretación objetiva por parte del hombre en tanto que cosa en sí. De la cuestión teórica ¿Qué puedo saber?, ya en su explicación a esta pregunta, Kant afirmaba: “Hemos agotado (así lo espero) todas sus posibles respuestas y encontramos, al fin, una con la que ha de conformarse y con la que tiene incluso razones para estar satisfecha mientras no atienda a lo práctico” . Y sin embargo, pese a la índole especulativa de ésta, apunta ese ha de conformarse que, lejos de implicar saber definitivo, deja abierta la cuestión a otras posibles variables. En cuanto a la cuestión práctica ¿Qué debo hacer?, esta pregunta, al ser práctica y de orden moral, no será tratada en la Crítica de la razón pura. La cuestión teórico-práctica ¿Qué puedo esperar? es, en cierto modo, la pregunta determinante, la conclusiva, a la que nos han conducido las dos anteriores: ¿qué puedo esperar si hago lo que debo? Pero esta pregunta, este esperar, al estar enfocada hacia la felicidad en cuanto fin, parece asumir que el deber moral implica necesariamente una felicidad subjetiva.
Emerge pues así, como necesidad y como fin, la idea del imperativo categórico, el bien supremo al que el hombre como sujeto moral debe aspirar.

EPÍLOGO

No voice from some sublimer world hath ever 
To sage or poet these responses given
SHELLEY

Es indudable que Kant marca un antes y un después en la historia del pensamiento filosófico, y todo elogio cuanto pudiéramos hacerle sería poco o redundante, por tanto inane. La importancia de su legado todavía no ha sido debidamente asimilada –al igual que el del todavía aún más incomprendido Hegel–, y no tanto por la inmensidad de su obra como por la reinterpretación de la misma, siempre ambigua: cierto es que estudiosos Kant los tiene en legión, que cada año aparecen varios trabajos monográficos sobre uno u otro punto de su filosofía, que no hay filósofo postrero, mero epígono o con la suficiente entidad como para despuntar por sí solo, que no tenga a Kant como referencia de referencias, y pese a todo ello, por mucho que avance el pensamiento filosófico –y por fastidioso que resulte decirlo– siempre se terminará volviendo sobre Kant. La profundidad de su pensamiento todavía no ha sido superada, si acaso lo fue por Hegel. Todos aquellos campos del conocimiento que abarcó fueron brillantemente tratados, aportando ese algo sublime y definitivo que sólo los grandes genios pueden aportar –ya sea un Beethoven a la música o un Goethe a la literatura–. En pocas palabras, Immanuel Kant pasa ante nuestros ojos como el filósofo de filósofos, el heredero de Aristóteles. El hombre, tal y como nos lo describió Thomas de Quincey en su famoso opúsculo , era la viva imagen del filósofo, cuya existencia anodina, sin grandes acontecimientos, poco menos que nada tenía que ver con las vivas tempestades interiores que debían arraigar dentro de su inaudita mente. En cuanto a su reflexión moral, tan criticada, simplificada o meramente maltratada por discípulos y detractores, sólo puede provocarnos una poderosa iluminación no exenta de la más viva admiración. Tras sus pasos, filósofos como Fichte o Schelling, como Hegel, como Schleiermacher, Schopenhauer o Nietzsche, por citar algunos de los más evidentes o sensibles a su influjo, sólo pueden estar en deuda con él para hacer explicables sus respectivas filosofías.

BIBLIOGRAFÍA

ARANGUREN, J. L. L., Ética, Revista de Occidente, Madrid, 1958.

La tesis antikantiana de la ética de Aranguren –una negación del individualismo radical de Kant– cobra especial pertinencia aquí, posibilitando al investigador contrastar sendas reflexiones y, una vez cotejadas, analizar el alcance filosófico de cada una de ellas al margen de la coyuntura que las hizo posibles.

HABERMAS, J., Escritos sobre moralidad y eticidad (trad. de Manuel Jiménez Redondo), Ediciones Paidós, Barcelona, 1991.

Bajo este título se recogen tres artículos publicados entre 1984 y 1987. Harto pertinente es el segundo (“¿Afectan las objeciones de Hegel a Kant también a la ética del discurso?”), en donde Habermas contrapone Hegel a Kant a partir de las cuatro objeciones que el primero expuso sobre la filosofía moral del segundo.

HILDEBRAND, D. v., Ética (trad. de Juan José García Norro), Ediciones Encuentro, Madrid, 1983.

Especialmente modélico libro sobre la ética de los valores, donde el autor, con prosa llana y asequible, pasa revista a los principales temas de la misma.

KANT, I., Crítica de la razón pura (trad. de Pedro Ribas), Alfaguara, Madrid, 2002.

La obra capital de Kant es un compendio de todo su pensamiento: el fin de la filosofía no es que conozcamos el mundo, sino mostrarnos el fundamento de la ciencia en el pensamiento humano. Lo propiamente referido a la ética queda tratado en la segunda parte (“Doctrina trascendental del Método”). Se trata de una lectura que exige buena disposición por parte del lector (no se pretenda ver en esta afirmación un lugar común, sino una invitación a su lectura). En cualquier caso y en lo que se refiere a la ética, es recomendable acceder a ella a través de la Fundamentación.

–, Crítica de la razón práctica (trad. de José Rovira Armengol), Editorial Losada, Buenos Aires, 2007.

La segunda de las tres Críticas de Kant es una obra en la que se determina la naturaleza de la ley moral apuntando todo cuanto los principios prácticos implican para con la misma. Los tres postulados inalcanzables con la razón teórica son: la libertad, la inmortalidad y la existencia de Dios .

–, Fundamentación de la Metafísica de las costumbres (trad. de Luis Martínez de Velasco), Espasa Calpe, Madrid, 1990.

Aparecida en 1785, cuatro años después que la monumental Crítica de la razón pura, esta obra, más que una síntesis, es una reordenación de la parte ética de la anterior, quedando planteado al fin en todo su alcance el problema de la ética.

–, La Religión dentro de los límites de la sola razón (trad. de José María Quintana Cabanas), PPU, Barcelona, 1989.

De 1793, en ella Kant, con una transparencia inusitada en él, expone su filosofía de la religión, donde ésta queda sometida completamente a la moral. Especialmente interesante para con el tema tratado en este ensayo es la primera parte (“De la coexistencia del principio del mal con el principio del bien, o del mal radical en la naturaleza humana”).

MARÍAS, J., Historia de la Filosofía, Revista de Occidente, Madrid, 1941.

Obra ya clásica, acaso la más difundida de Marías, escrita con esa sencillez heredera de la escuela filosófica española, con Ortega a la cabeza. Por ello, es algo más que una buena herramienta para acceder a Kant por primera vez.

SCRUTON, R., Historia de la filosofía moderna. De Descartes a Wittgenstein (trad. de Vicent Raga), Ediciones Península, Barcelona, 1983.

Dividida en cuatro partes, estando el segundo capítulo de la tercera de ellas (“Kant y el idealismo”) dedicado a nuestro tema de estudio. Pese a su abierto carácter de introducción, resulta interesante como visión de conjunto.

STÖRIG, H. J., Historia universal de la filosofía (trad. de Antonio Gómez Ramos), Editorial Tecnos, Madrid, 1995.

Otra ya clásica historia de la filosofía. Libro de referencia para el estudio de Kant, recomendable por su capítulo dedicado a la Crítica de la razón pura.

ZUBIRI, X., Cinco lecciones de filosofía, Alianza Editorial, Madrid, 2002.

Como el título indica, cinco lecciones de filosofía, estando la segunda de ellas dedicada a Kant. Como siempre en el más alemán de nuestros filósofos, Zubiri sistematiza sus explicaciones por medio de un gran rigor expositivo que ayuda a hacer más clara su tesis.

2008

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