16 de julio de 2008

Hacia las Islas Salomón (Monólogo)


Somos tan pequeños como nuestra dicha...,
sí, pero somos tan grandes como nuestro dolor.


HEBBEL


Encadenados a la mentira, como perros hambrientos ante un mismo hueso a repartir entre un millón de perros rabiosos, los hombres, o lo que con tal nombre se designa a las más feroces bestias de tan inhóspita jungla, han aprendido a sobrevivir prostituyendo lo más valioso y acaso por ello menos estimado de su naturaleza, eso que ya no tiene nombre y que por innombrable muchos preferirán omitir de sus listas o, ya en el mejor de los casos, considerar como capricho pasajero de ociosos adinerados.

La mentira, que va pareja a la desidia, al tedio y a la indiferencia, en fin, a todo lo decadente que se abre en un mundo herido de muerte como el nuestro, sólo puede multiplicarse en un mentidero de proporciones humanas.

"Aprende a desconfiar de todo y de todos y hasta de ti mismo para saber quién eres realmente y así saber de qué pie cojeas", solía decirme el único hombre del que aprendí algo que no fuera corromperme e idiotizarme como ellos.

A desconfiar de todo y de todos, a esa constante tan natural, aprendí pronto; eso era fácil, o al menos así me lo parecía entonces. Pero a desconfiar de mí mismo... todavía estoy aprendiendo, pues verán, cuando a uno le duele el dedo gordo del pie porque el dichoso zapato le aprieta en ese punto exacto, ¿qué hace uno que no sea quitarse el puñetero zapatito para atender su dedito? ¡Maldita envoltura carnal! Sea.

¿O es que debo desconfiar de algo que siento como doloroso suponiendo que no lo sea? Pues sí, también debería desconfiar, pero no. Poder decir "me duele el dedito del pie" no tendría que entenderse al pie de la letra, bastaría suponer que ese "me duele el dedo del pie" es algo del signo de "¡desgraciadamente sigo vivo!", así que traga, sufre y púdrete en tu miseria.

¿También a ti te han educado en el bienestar, en la paz del hogar, en la vida sin dolor, esa vida bien que toda persona de bien quiere vivir? Sea, pero a mí, a mí y no a ti, charlatán de pacotilla, me está doliendo el dedito gordo del pie, ¿y qué te hace pensar que mi dolor no es tal? Porque ahora me está doliendo mucho el susodicho dedito, y por ello mismo, ves, ¡zapatos fuera!

Ahora el señor dedito gordo del piecito quiere bienestar, y como él lo quiere, yo lo quiero, ¿ves qué bien sé masajear a mi dedito? Sea.

¿Qué vamos a solucionar nosotros? Cuando alguien grita, no es ese alguien el que moviliza a que los demás griten, sino su eco, el que convertido en una sorda abstracción que no quiere parar a oírse, parece poner en solfa todos los sinsabores del vulgo gritón y acomodaticio.

Tranquilo: si tú me robas una parte, yo te robaré dos. Y si me matas a dos de los míos, los nuestros acabarán con veinte de los tuyos. ¿Qué te juegas?

También yo tengo dientes, y mejor afilados que los tuyos. ¿O crees que no puedo pagarme el dentista? Dicen que soy omnívoro, pero eso es sólo en sociedad. Cuando muerdo, arranco.

¿Te estás divirtiendo? Aburrirse es de necios, y ni las fieras tienen tiempo para aburrirse. ¿Sabes de algún león, rey de la selva, que se aburra mientras toma el sol? No, porque ningún león ha pensando en eso de tomar el sol, me dirás, y dirás bien.

¡Ningún león utiliza bronceador! Pero basta ya de chistes malos, hoy estamos un poquito traviesos, se ve que no todos días se levanta uno de la cama habiéndose caído antes de ella. ¿Qué hora es?

La hora, ¿se han parado a pensar qué sería del mundo sin relojes de pulsera? Y digo relojes de pulsera.

Sin su reloj, la gente se volvería depresiva: no pararían de preguntar la hora a esos ancianos que todavía saben calcularla observando el sol. ¡Y ya no digo en un día nubado! Entonces se volverían todos locos. ¡Relojes!

Pero hablábamos de la mentira, y el tiempo, ese que tira de nosotros sin saber muy bien para qué, no deja de ser la verdad de la mentira. ¿Sería concebible una sociedad sin relojes?

Pensemos por un momento en lo que significa un día: sí, son veinticuatro horas, lo que se traduce en una vuelta del planeta sobre su eje, me dirán, y no diré que no, aunque esto me huela a chamusquina, porque a mí, señores, a mí, cualquiera de ustedes que venga y me diga que el día dura veinticuatro horas, ni una más, sólo me estará diciendo una cosa: "amigo, soy un cretino cuadriculado". ¡Dejemos que el día dure cuarenta y dos horas!

¡Las estadísticas! Tras los relojes vienen las estadísticas, ¿o prefieren que antepongamos a éstas, de por sí postreras, los desfiles de moda, las masacres civiles o, por frivolizar todavía aún más, los zapatitos de tacón alto y sus nefastas consecuencias sobre las estructuras óseas de esas mujeronas empeñadas en ser altas una noche para acabar cheposas en el invierno de su feminidad?

No, señores, no nos arranquemos nuestras gafas de invidente ante la gris evidencia: tras una mentira se encadena otra, y mala cosa sería que alguna quedara sin encadenar.

Todo en el mundo es una gran mentira: afirmación contundente que, por su propia inanidad, indignará a unos y divertirá a otros.

Pero pongamos sobre el tapete la variante: es una gran mentira que en el mundo todo sea mentira. Y así lo es.

En cuanto hombres, o perros, o meras siluetas acartonadas, lo que fuere, poco podemos hacer por percibir un atisbo de verdad en ese mundo que creemos nuestro: ¿hasta qué punto el mundo no es más que una visión distorsionada de todas nuestras "frustraciones", valga la desgastada palabra?

Desde niño, es decir desde que supe lo que era el miedo, una idea indefinida y quizá por ello múltiple en sus manifestaciones me asaltaba de cuando en cuando: ¿y si mi lugar en el mundo no era éste, si había nacido por error en una época que no era la mía o, lo que se me antojaba más probable, si mi vida presente, por alguna extraña afrenta de lo inusitado, no era otra cosa que un subproducto de lo que en esencia debía o debió haber sido?

Preguntas pulidas por un adulto que en la cabeza de un niño fraguaron su calado antes de estrellarse en la indiferencia de la cotidianeidad. No, no es fácil engañar a un niño. Ustedes los adultos creerán que sí, pero los engañados son ustedes y no ellos: ustedes, que viven en la mentira por y para ella, son los engañados, no ellos.

Se puede engañar a un niño con palabras, y más todavía con imágenes, y así comienza la descomposición de la infancia: todo niño, antes o después, terminará por corromperse, y basta hacer la prueba para confirmarlo, para saber de qué está más cerca, si lo está del niño que fue o del adulto que será.

También yo fui un niño, decía, pero no vayan a pensar que un niño de esos niños que tanto se estilizan en nuestra generación, no. A mí me tuvieron a pan y agua, como al prisionero, y por ello mismo me salvaron de la embestida.

Observemos un juguete: un producto perverso fabricado por la morosa mano adulta cuyo fin último será asentar en el niño los valores que en el mañana deberán hacer de él adulto productivo: cochecitos para los futuros conductores, niñitos para las futuras mamás, disfraces para los futuros embaucadores... e incluso armamento de plástico para los futuros terroristas. El juguete es el bosquejo del futuro, y nuestros niños el mañana.

También la fantasía es un gran aliado del mañana. ¿Es posible producir adultos "emprendedores" si de niños no han bebido de la copa de la imaginación? Fácil es imaginar nuevos mundos: la propia fantasía suministra los moldes, estereotipos de los cuales incluso los mismos adultos hacen uso y abuso, estereotipos que pronto arraigan en la cabeza de nuestro desvalido niñito. Castillo encantado, bruja con escoba, marcianito de orejas grandes, hombre araña, mujer gato, perrito que habla, coche fantástico, península submarina, etcétera. ¡Cabezas destruidas!

"Aprende a desconfiar de todo y de todos y hasta de ti mismo para saber quién eres realmente y así saber de qué pie cojeas"... pero ¿no será esta máxima, así dicha, por lo que en sí misma pueda significar, otra buena engañifa? Sea.

*

Yo era un niño muy bueno al que, ¡mentí!, mis papás malcriaban con toda clase de distracciones pueriles nada acordes con tan infantil momento... Mas lejos de degenerar en el sempiterno niño malcriado, una predisposición natural para el pensamiento, sumada a la paz de los tranquilos, afloró en mí sin apenas dificultades, posibilitando bien pronto un carácter pacífico volcado a explorar sus propios apetitos interiores. Por descontado, era un solitario. La escuela y su adocenada rutina apenas hicieron mella en mi incipiente personalidad. El aislamiento, de acuerdo con la infecta psicóloga u orientadora o lo que buenamente fuera aquella infausta señora, "no es bueno para el niño", mas a mí no me afectaba en cuanto que no fuera bueno, sino en tanto que, y quizá por no serlo (para no hacer cabezas mediocres o lisiadas desde el comienzo), me permitía ser doblemente bueno conmigo mismo. Si los juegos me mataban de tedio, y era natural, no se debía a otra cosa que a mi absoluta superioridad con respecto a ellos, a los demás jugadores y a todo el sistema, cuya única constante era la idiotez, el servilismo y la pura desidia de todo aquello importante de verdad. A los seis años, con estas observaciones más o menos percibidas pero no del todo confirmadas, comencé a estudiar de modo no sistemático, pero sí infantilmente riguroso, la geografía, física y política, del globo terráqueo; estudio arduo que me llevó todo un año, bajo la guía de un gran atlas, varios mapas y un libro de fotografías de viajes. Pronto fijé mi atención en las Islas Salomón, cuyo extraño poder de fascinación, captado a través de unas fotografías sumamente provocativas de sus sonrientes indígenas, dejó cierta huella en mí. "Allí", pensaba, "me iré a vivir".

¿Continuará?

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