7 de junio de 2008

Primavera, sueño, destino



De niño amé las flores.

En mi juventud me regocijé,
ebrio de nuevas sensaciones.

Al fin hombre,
tan distante de los demás animales,
tuve valor para llamarlo por su nombre:

- ¡Amor! ¿Por qué me das la espalda?

Y Amor se dignó mirarme.

Sus ojos, profundos y oscuros,
sus labios, húmedos y fríos,
me desnudaron / no besaron.

¿Qué era todo aquello
que antes nada había sido?

Sin palabras con las que protegerme,
sin otras armas que las de mi derrota,
caí a sus pies rendido.

- ¡Amor! –increpé de nuevo.

Pero Amor, orgulloso y altivo,
estalló con la más horrenda carcajada,
y ¡ay de mí!, atrapado, humillado
rebozado quedé en el barro.