17 de junio de 2008

PINTURA. Sir Lawrence Alma-Tadema (1836-1912)




La obra del holandés exiliado en Inglaterra Lawrence Alma-Tadema no podrá escapar en los estudios del arte decimonónico de la no siempre grata condición de "ilustrador pomposo de los pasados fastos del mundo clásico", un ideal al que también se sumaron por entonces otros tantos pintores, algunos de ellos tan considerables como Jean-Léon Gérôme. Pero esto no es sino un lugar común, porque la pintura de Alma-Tadema, ciertamente minusvalorada durante décadas, ofrece una concepción del Arte tan digna si se quiere como la de su coetáneo y compatriota Van Gogh.



Un análisis superficial de la estética de nuestro autor lo alinearía entre los neoclásicos victorianos, por lo que la "pompa y circunstancia" parecerá estar sin duda garantizada. En efecto, a menudo se da el caso. Porque Alma-Tadema nunca se salió del esquema academicista oficial, por mucho que sus obras apunten cierto desplazamiento hacia soluciones escultoricistas. En pocas palabras, el academicismo no invalidó el estilo, preñado de sí mismo, un estilo acaso de "no de primer orden", que diría un purista, pero sí reconocible al contemplar las mejores de sus telas, que por momentos se dirían en sus más notables ejemplos un friso polícromo de poderosas refulgencias.



Lo que más nos atrae de su prolífico oficio es la prodigiosa manera de trabajar la luz. Una manera artificiosa, sí, pero no obvia. No es fácil describir una pintura, y máxime cuando la explicación de la fruición estética puede perderse en la simpleza de un discurso trivial, adocenado. La claridad, el arrebatado instinto dionisíaco que brilla por sus espacios minuciosamente plasmados, nos devuelve a una concepción barroca de la pintura.



Sus primeras entregas no ofrecen especial interés en cuanto no son sino un recalentamiento del academicismo referido; Alma-Tadema todavía no es Alma-Tadema. Pero en su fase de madurez el estilo ya es plenamente reconocible, harto reconocible. Se ha apuntado con demasiada insistencia el característico tratamiento del mármol: a los ojos de los técnicos, ésta es su mayor aportación. Pero afirmar esto sería cargar contra todo lo demás: "el pintor marmolilloso" era algo más que un decorador consecuente: su exploración del color no tiene parangón con la de ningún neoclasicista de su tiempo: la amplia gradación sumerge la atmósfera evocada en una irrealidad, cuando menos, sobrecogedora.



No trataremos aquí el pensamiento estético de Alma-Tadema, porque consideramos que dicho pensamiento era poco menos que ínfimo, irrelevante para comprender el porqué de su arte hedonista y saludable. El hombre era un vividor, un declarado amante del vino y las mujeres, y esa sensación queda perfectamente reflejada en sus obras.



La vida le sonreía. Entendemos muy bien la tragedia vital de un genio como Van Gogh porque entendemos todavía mejor los oropeles sobre los que se asentaba el oficioso pincel de Alma-Tadema. El revolucionario arte del primero no podía hacer nada al lado de la contundencia burguesa del segundo. En la vida como en el arte, siempre agradan más la medianía de las buenas maneras, por muy voluptuosas que éstas se manifiesten. Y en eso Alma-Tadema era un maestro prominente.