8 de junio de 2008

PINTURA. Adolphe William Bouguereau o el encanto de la nimiedad

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El nombre de Adolphe William Bouguereau apenas es hoy el de un elegante fantasma en las sepulcrales salas olvidadas de la Historia del Arte, donde sus telas reposan el sueño de la indiferencia ante el impasible observador de nuestra época, atento a otros efluvios, a otras miradas, acaso más poderosas, pero no por ello menos dueñas de ese encanto nimio y decadente que marcó el final de una época.


La contemplación de una obra de Bouguereau es siempre una experiencia única. Sin duda, es uno de los artistas más imitados por el kitsch de ayer, hoy y mañana. Sus poses de salón, sus miserias, tan terrenas como idealizadas, siempre entrarán bien por la retina del ojo. Podría decirse que es un pintor agradable, un pintor que tiene gusto, al decir del querido Diderot con respecto a Greuze. Pero una lectura atenta de su caligrafía nos obliga a mirar más de cerca su trazo.


Bouguereau es uno de esos pintores donde el trabajo ha desplazado al arte, es decir un pintor donde el arte manifiesta tal certeza de sí mismo, que no puede ser entendido sino como un alarde de la técnica al servicio de la técnica. Pobre de contenidos, la pintura de Bouguereau es la pintura de su momento, de un siglo XIX en su vertiente más conservadora, reaccionaria y servil a las modas imperantes. Podría pasar por ser el primo hermano de Flaubert, pero Bouguereau no es Flaubert.


El artesano Bouguereau, como sus coetáneos Gérôme y Cabanel, pinta y pinta, y sus ideas se crecen en el encasillamiento de la reiteración más simplista. Por todo esto, nos agrada y nos conmueve. Las tiernas miradas de sus damiselas nos permite disculparlo de tanta trivialidad, pero ¿qué pintura del siglo XIX no peca de residuos triviales? Acaso el último Goya, y dejemos de contar. Cuando pinta sus graciosas niñas, cuando hace lo propio con sus desnudas féminas, incluso cuando el pretexto seudomitológico aflora, Bouguereau cumple con sus arcas, en vida siempre llenas.


Nos sorpende que este gran comerciante, que este espíritu pobre pero con exquisitas maneras, nunca encontrara una forma con la que dar salida a sus tormentos más íntimos. El doctor Freud no hubiera tardado en percatarse de que tras todo este amaneramiento había algo oculto, una perversa irrisión que sin duda se nos escapa.

Podemos situar a Bouguereau entre los artistas menores de su tiempo, o si se quiere entre los más dotados artesanos de su decimonónica época. Con todo, lo reivindicaremos, aunque sólo sea por ir a la contra. A la altura de nuestro horrible presente, sería bueno mirar a este pintor con tanto azúcar de fino humanista, sería bueno detenerse ante una de sus telas y sentir de nuevo el elemental estremecimiento del hermoso instante al que con tanta amplitud de miras Diderot se refería. Sí, sería bueno...

8 de junio de 2008
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2 comentarios:

Hen dijo...

La terrible trivialidad que tanto miedo da. Técnica dentro de la técnica. Soy un elemental, pero este caso me recuerda de algún modo al de henri rousseau, que en la actualidad tiene -nimio dato- prácticamente el mismo numero de resultados (sitios) que bouguereau. me pregunté si sería posible compararlos. Uno, fantasma en su era, el otro en el futuro. Dilema que ataca a Enoch Soames, en el mágnifico relato de max beerbohm. Pero, en definitiva, la única voz cierta, es de la obra.
Gracias.

Hen dijo...

no olvidar:
http://elquirofanofractal.wordpress.com/2010/07/11/william-adolphe-bouguereau/

salút!