22 de junio de 2008

FILOSOFÍA ANTIGUA. Estudio sobre el 'Enquiridión' de Epicteto








PRÓLOGO

La distancia temporal y la propia opacidad de las fuentes, que cotejadas rara vez coinciden con la debida precisión que sería deseable, tornan si cabe aún más misteriosa la figura objeto de nuestro estudio. Y pese a ello, Epicteto es uno de los filósofos fundamentales del pensamiento estoico del siglo I de nuestra era, cuya doctrina, lejos de desaparecer con él, no ha dejado de influir en los más variados frentes (derecho romano, moral cristiana) y autores postreros (Boecio, Pascal). Sin el Enquiridión, su obra capital, una parte del ser humano habría quedado sin explicar. Esto es lo que, y con independencia de su propia vinculación como pieza constituyente del estoicismo, acrecienta para nosotros su interés, minimizado sin duda de cara al auditorio por la historia oficial en beneficio de pensadores de mayor relieve filosófico, caso de Platón, de Aristóteles, aunque sin duda no menor aliento humano. Consideramos pues harto pertinente detenernos en esta figura hoy algo olvidada, y no tanto por su mera condición de rareza como por todo cuanto pudiera ofrecernos de nuevo a la luz de este siglo XXI: sí, a unas alturas de la historia en las que presuntamente todo ha quedado explicado. Sea como fuere, el intento no habrá sido en vano.


I
EL HOMBRE: EPICTETO

Noticia biográfica

Escasos son los datos que poseemos en torno a la biografía de nuestro autor, ajustando las fuentes su cronología vital entre los años 50 y 138 d. C., habiendo nacido esclavo en Hierápolis, ciudad de Frigia, provincia del Imperio romano. Llevado a Roma al parecer siendo todavía un niño, fue vendido o entregado a Epafrodito, quien terminaría dándole la libertad.
Los primeros contactos de Epicteto con la filosofía los adquirió asistiendo a las sesiones que impartía el filósofo estoico Musonio Rufo, influencia decisiva que encaminaría a nuestro autor a adherirse a la escuela de su maestro. Así, a los cuarenta años, previa investidura de las ropas propias del filósofo, comenzó a profesar públicamente el estoicismo.
Casi un lustro después, el año 94, las circunstancias políticas obligaban a Epicteto a cambiar de residencia, marchando a la ciudad griega de Nicópolis, en el Epiro. Comenzaba así una nueva etapa. Allí abrió una escuela y empezó a enseñar la doctrina estoica. Al margen de su actividad intelectual, y pese a que llegó a gozar del favor del emperador Adriano, vivía austeramente “en una casucha ruinosa, sin puerta y sin más mobiliario que una mesa, un camastro y una lámpara de metal que, cuando se la robaron, sustituyó por otra de barro”. Su vida contemplativa en Nicópolis trascurrió así hasta su fallecimiento.

El lugar de Epicteto en la Escuela estoica

El esclavo Epicteto es, junto al emperador Marco Aurelio y el abogado Séneca, uno de los tres grandes filósofos del estoicismo romano, el llamado estoicismo nuevo, tercer y último período -además del más fructífero- de la escuela estoica, cuyo origen estuvo en Grecia, aunque terminó por sobrepasar sus fronteras, instalándose en Roma, donde difundió su doctrina a través de figuras tales como Musonio, Hierocles, Atenodoro de Tarso, Apolonio de Calcedonia y Antipatro de Tiro, entre otros. Sin duda, las obras más difundidas del estoicismo romano son los magnos Tratados morales de Séneca y las Meditaciones de Marco Aurelio; la obra de Epicteto, en consecuencia, se ha visto ciertamente ensombrecida por el gran cuerpo de éstas, pese a que en esencia en poco difiera de las mismas, tal y como el Enquiridión nos confirma: el fin último de la doctrina estoica es la búsqueda de la felicidad por medio de la sabiduría y la virtud. Es, pues, una meditación esencialmente moral, aunque no por ello los estoicos omitieran de su estudio las parcelas de la física y de la lógica.
Aclarado esto, pasemos pues al estudio detallado de la obra que nos ocupa.


II
LA OBRA: EL ENQUIRIDIÓN

Arriano de Nicomedia, discípulo y transcriptor

Al igual que Sócrates, con el que presenta no pocos puntos de contacto, Epicteto no dejó nada escrito. Fue uno de sus discípulos, Arriano de Nicomedia, quien apuntando las palabras de su maestro –en un principio sin más pretensiones que las puramente privadas de recordar lo escuchado– posibilitó la pervivencia de éstas desde el momento en que las dejó por escrito. Cuando estos apuntes comenzaron a llamar la atención de ciertos círculos, Arriano se aplicó en la labor de fiel reescritura de los mismos. Los frutos de aquel trabajo fueron, por una parte, los ocho libros de Disertaciones o Diatribas, cuatro de los cuales han llegado hasta nosotros completos, quedando de los demás sólo fragmentos; y por la otra, la obra que aquí nos ocupa, el Enquiridión o “Manual”, que Arriano redactó como síntesis del pensamiento de su maestro.

Las 52 enseñanzas del ‘Enquiridión’. Comentarios a las mismas

I. “Hay ciertas cosas que dependen de nosotros y otras que no...”


La primera enseñanza del Enquiridión resume de modo certero el espíritu de la obra: por un lado, hay cosas accidentales, externas a nosotros en tanto ya nos han sido dadas o están ahí sin más (el cuerpo, las riquezas, la reputación, etc.), y otras que competen a nuestra propia voluntad en cuanto que son nuestras y sólo nuestras (la opinión, las inclinaciones, el deseo, etc.). Las primeras, que no dependen de nosotros, “son débiles, serviles, están sujetas a restricciones impuestas por la voluntad de otros”, mientras que las segundas no lo están. Epicteto nos recuerda que no debemos confundir las unas con las otras si no queremos ser infelices. Sólo así, sabiendo discriminarlas, podremos alcanzar la felicidad y la libertad.

II. “Recuerda que el deseo contiene la esperanza de obtener lo deseado; y el deseo que hay en la aversión es no caer en lo que se intenta evitar; el que no logra su deseo es desafortunado; el que cae en lo que quiere evitar es desgraciado...”

Esta enseñanza incide en la gran máxima de Epicteto: “Soporta y abstente”. Es preciso eliminar el deseo para alcanzar la felicidad, pues el deseo aspira siempre a ser satisfecho, generando un círculo vicioso de insatisfacciones nunca resueltas, “pues si deseas cualquier cosa que no dependa de ti, serás necesariamente desafortunado”.

III. “En todo lo que complace al alma, o satisface una necesidad, o es amado, recuerda añadir a la descripción de cada cosa la pregunta por su naturaleza, empezando por las cosas más pequeñas...”

Aprender a conocer el fondo de las cosas es esencial para así saber de su justo valor, sea una vasija o un ser humano, pues si alguno de ellos se rompe o muere, “no sentirás turbación”, es decir asumirás su fin como algo inevitable, consustancial a su naturaleza.

IV. “Cuando te dispongas a realizar cualquier acción, piensa en qué tipo de acción se trata...”

La idea de esta enseñanza es vivir el momento en toda su plenitud, sea del tipo que sea la acción que se haga, manteniendo nuestra voluntad en armonía con la naturaleza. Epicteto la ilustra con un ejemplo tan anodino como profundo cual es tomar el baño.

V. “Los hombres se sienten molestos no por las cosas que les suceden, sino por las ideas que tienen acerca de las cosas...”

Somos nuestras ideas, y en tanto que tales, ellas determinan nuestra visión de las cosas. Nuestros prejuicios no son sino nuestras debilidades y falta de perspectiva auténtica de las cosas: “cuando nos sintamos contrariados, molestos o apenados, nunca deberíamos censurar a otros, sino a nosotros mismos”.

VI. “No te sientas satisfecho de ningún mérito que corresponda a otro...”

Todo aquello que nos corresponde reposa en “el uso de las apariencias”, esto es el porte propio (Ej., nuestra belleza, no la de otro), y sólo cuando ellas estén en armonía con la naturaleza podremos sentirnos satisfechos, “pues lo estás por algo bueno que es tuyo”.

VII. “Cuando, en un viaje, el barco llega a puerto, puedes bajar a por agua, y puedes distraerte por el camino recogiendo alguna caracola o algún bulbo, pero tus pensamientos deberán estar dirigidos al barco, y deberías estar constantemente vigilante por si el capitán llama...”

Muchos podrán ser los intereses que tengamos en esta vida (una mujer, unos hijos, etc.), pero por encima de todos ellos estará el interés último que es la vida misma, para la que tenemos que estar preparados, como en el momento de la muerte.

VIII. “No trates de que las cosas que ocurren ocurran como tú quieres; quiere, más bien, que las cosas que ocurren sean como son, y la vida transcurrirá con tranquilidad.”

IX. “La enfermedad es un impedimento para el cuerpo, pero no para la voluntad...”

El cuerpo es algo secundario frente a la voluntad, verdadera regidora de nuestra vida; lo confirma con el siguiente ejemplo: “La cojera es un impedimento para la pierna, mas no para la voluntad”.

X. “En cada cosa que te acontezca, recuerda volverte hacia ti mismo y preguntarte qué poder tienes frente a ella...”

Contra la tentación de las apariencias, Epicteto propone tres hábitos en los que debiera ser formado el ser humano: la continencia (frente al deseo sexual), la capacidad de sufrimiento (frente al dolor) y la paciencia (frente a las ofensas) como remedios ante éstas.

XI. “Nunca digas por nada ‘lo perdí’, sino ‘lo he devuelto’...”

Lo transitorio de lo efímero debiera prepararnos ante la inminencia de la muerte: “¿Ha muerto tu hijo? Ha sido devuelto. ¿Ha muerto tu mujer? Ha sido devuelta”. Epicteto hace esto también extensivo a las propiedades. Todo, viene a decirnos, gira como una noria.

XII. “Si quieres mejorar, desecha pensamientos como éste: ‘Si descuido mis negocios, no tendré medios de vida’; ‘a no ser que castigue a mi esclavo, se portará mal’. Pues es mejor morir de hambre, y así ser liberado de la pena y el miedo, que vivir en la abundancia con preocupaciones; y es preferible que tu esclavo sea malo a que tú seas desdichado...”

Todo lo ajeno al espíritu es nimio. La idea esencial de Epicteto, que tan bien recibida sería por el cristianismo, reitera aquí su fondo ascético y desencantado.

XIII. “Si quieres mejorar, prepárate a ser considerado insensato y necio en lo que atañe a las cosas externas...”

Difícil es desentenderse, despojarse de todas las apariencias terrenas para hacer progresos en el crecimiento del espíritu, “pues debes saber que no es fácil guardar tu voluntad en armonía con la naturaleza y asegurar las cosas externas”, en tanto que no es posible aquí un termino medio: o se está por lo uno, o se está por lo otro, pero jamás entre ambos.

XIV. “Si pretendes que tus hijos, tu mujer y tus amigos vivan para siempre, eres un tonto; pues pretendes que las cosas que no dependen de ti dependan de ti, y que las cosas que pertenecen a otros sean tuyas...”

De nuevo la idea de lo efímero apuntada en la enseñanza XI, mas señalando como única posibilidad de éxito el ejercitarse en aquello que sólo depende de nosotros.

XV. “Recuerda que en la vida debes comportarte como si estuvieras en un banquete...”

El banquete como metáfora de la vida. Epicteto aboga por la disciplina y el orden: este equilibrio ejemplifica la modestia, ineludible para llegar a ser un buen invitado, es decir digno de la mesa. Pero más allá de esta modestia, la enseñanza nos recuerda que existe una forma superior de asistencia a ese banquete que es la vida: aquella en la que el invitado no toma nada de lo que está delante de sí, sino que incluso lo desprecia: “entonces no sólo serás un invitado en los banquetes de los dioses, sino también un compañero igual a ellos en poder”; e ilustra esta idea ofreciéndonos los ejemplos de Diógenes y Heráclito.

XVI. “Cuando veas a alguien llorar desconsoladamente, porque [...], guárdate de que la apariencia te arrastre apresuradamente con ella y te lleve a pensar que sufre por cosas externas...”

Muchas personas, cuando se lamentan o se compadecen de la suerte de otro, en realidad no están sino lamentándose de sí mismos, aunque camuflen tal impulso por medio de la apariencia.

XVII. “Recuerda que eres un actor en una representación que será como el autor decida: corta si la quiere corta, larga si la quiere larga...”

En el gran teatro del mundo el hombre no es sino un improvisado actor; es su deber actuar de acuerdo con el papel que le ha sido dado desde fuera, y es su deber asumirlo como algo meramente accidental, sea “el papel de un cojo, de un magistrado o de una persona privada”.

XVIII. “Cuando un cuervo grazna de forma inauspiciosa, no dejes que la apariencia te arrastre...”

Epicteto incide en la idea de la enseñanza XVI, si bien haciéndola extensiva a los signos externos, esas apariencias que los supersticiosos acostumbran interpretar en su contra.

XIX. “Puedes ser invencible si no entras en un combate en el que ganar no dependa de ti. Ten cuidado, entonces, cuando veas a un hombre que recibe honores o posee un gran poder o es altamente estimado por alguna razón, no le supongas dichoso y no te dejes llevar por las apariencias...”


XX. “Recuerda que lo que te ofende no es la acción del que te insulta o te golpea, sino la opinión que tienes acerca de lo que significa ser ofendido...”


La opinión que tengamos de una acción, y no la acción en cuanto tal, limitarán nuestra visión de las cosas, al quedar éstas oscurecidas por la apariencia.

XXI. “Deja que la muerte, el exilio y todo aquello que parece terrible se presente cotidianamente ante tus ojos; pero sobre todo la muerte, y nunca pensarás en nada indigno ni desearás nada de forma desmedida.”

La máxima de Epicteto “Soporta y abstente” encuentra en esta enseñanza una de sus más certeras concreciones al recurrir a la idea de la muerte, al lado de la cual todo resultaría mínimo e insustancial.

XXII. “Si anhelas la filosofía, prepárate desde el principio a ser ridiculizado, a que muchos se burlen de ti y digan: ‘Mira, de repente se nos ha hecho filósofo; ¿de dónde sale esa mirada suficiente?’...”

La verdad siempre estará de parte de los menos, y pertenecer a esta parte debe conllevar una serie de renuncias, como mostrar actitud suficiente.

XXIII. “Si alguna vez quisieras volverte hacia las cosas exteriores a fin de complacer a alguien, debes saber que eso significa que has extraviado tu camino en la vida...”

Antes de aparecer ante los demás como tal, es preciso hacerlo ante ti mismo.

XXIV. “No permitas que te aflijan pensamientos como éste: ‘Viviré sin honores y no seré nadie en ninguna parte’...”

Dos ideas caras al estoicismo apunta esta enseñanza: la modestia y el conformismo: conformémonos con aquello que nos depare el destino; reprimamos las grandes ambiciones y vivamos en la modestia de nuestras posibilidades; seamos, en definitiva, fieles a nosotros mismos, a nuestras buenas cualidades.

XXV. “¿Han preferido a otro antes que a ti para invitarle a un banquete?, ¿o en saludarle o a la hora de hacerle alguna consulta? Si tales cosas son buenas, deberías alegrarte por quien las ha conseguido; y, si son malas, no te aflijas porque tú no las tengas; y recuerda que, si no haces las mismas cosas que los demás a fin de obtener lo que no depende de ti, no podrás alcanzar lo mismo que ellos...”

El hombre recibe cuanto da. Pretender recibir sin dar es inconsecuente, absurdo.

XXVI. “Podemos conocer los designios de la naturaleza a partir de las cosas en que no diferimos unos de otros...”

Aprendamos a mirar nuestros propios problemas como cuando miramos los del vecino, de modo distante, reflexivo. Sólo así podremos ser conscientes de la soportable magnitud de cualquier drama, propio o ajeno.

XXVII. “La naturaleza del mal está en el mundo como un blanco, que se coloca para adiestrarnos, no para hacernos errar.” 


XXVIII. “Si se te pidiera que pusieses tu cuerpo a disposición del primero que encuentres en el camino, te sentirías ofendido, pero poner tu entendimiento en manos del primero que encuentras, de modo que si él te insulta, tu entendimiento se siente turbado y alterado, ¿eso no te avergüenza?”


Se tiende a valorar más lo externo que lo interno: las afrentas infringidas a nuestra integridad corporal versus las acometidas contra nuestro intelecto, acaso descentrado y poco consciente de su alto valor en cuanto tal como parte constituyente de nosotros mismos.

XXIX. “En cada acto que vayas a emprender, observa lo que viene en primer lugar y lo que viene después; y una vez lo hayas considerado de este modo, procede a actuar...”


Una visión de conjunto permite un control más perfecto sobre una cosa determinada. Apresurarse supone correr el riesgo de malograr la empresa al no poder prevenir todo cuanto esté por llegar. Epicteto ilustra la enseñanza mediante el ejemplo del atleta que quiere ganar en los juegos olímpicos. Primero, observar; después, y de acuerdo a unas normas basadas en criterios óptimos para con la observación, actuar.

XXX. “Los deberes son universalmente medidos por las relaciones...”


Nuestras relaciones con los demás condicionarán nuestro sentido del deber, pero el deber siempre será dado para que nuestra voluntad “sea conforme con la naturaleza”.

XXXI. “En cuanto a tu devoción para con los dioses, debes saber que esto es lo principal: tener rectas opiniones acerca de ellos, pensar que existen y que administran todo de una manera bella y justa; y debes fijarte tú mismo el deber de obedecerlos y ceder a ellos en todo lo que sucede, y aceptarlo voluntariamente cumpliéndolo con la más sabia inteligencia...”

Nada incorrecto podemos hacer contra los dioses: hacerlo sería nuestro fracaso.

XXXII. “Cuando recurres a la adivinación, recuerda que no sabes qué sucederá, [...] No vayas, pues, al adivino con deseo ni con aversión; [...] Ve con la idea clara en tu mente de que todo lo que pueda ocurrir es indiferente y no te concierne...”

Lo que haya de venir, vendrá. Hay que afrontar las cosas ocurridas externas a nosotros como inevitables.

XXXIII. “Debes prescribirte de inmediato una forma de actuar y unos criterios, que deberás observar tanto cuanto estés solo como cuando te encuentres con los hombres...” 


XXXIV. “Si has concebido la idea de algo que te complace, guárdate de ser arrastrado por ello...” 

XXXV. “Cuando has decidido que una cosa debe ser hecha y la estás haciendo, nunca evites que te vean, aunque muchos puedan formarse una opinión desfavorable de ti…” 

XXXVI. “Así como las proposiciones ‘es de día’ y ‘es de noche’ tienen pleno fundamento en un argumento con sentido disyuntivo, pero carecen de él con sentido conjuntivo, lo mismo en un banquete seleccionar el trozo más grane puede tener valor para el cuerpo, pero no para el mantenimiento de la conducta social adecuada...” 

XXXVII. “Si has asumido un papel por encima de tus posibilidades, habrás actuado de forma inadecuada y, a la vez, habrás desperdiciado la posibilidad de actuar correctamente.” 

XXXVIII. “Del mismo modo que tienes cuidado de no pisar un clavo o torcerte un pie cuando caminas, ten cuidado también de no dañar la parte rectora de tu alma...”


XXXIX. “El cuerpo es la medida de lo que cada uno debe tener, igual que la medida del calzado es el pie...” 


XL. “A partir de los catorce años las mujeres son llamadas por los hombres ‘señoras’. Por eso, viendo que nada más pueden conseguir, sino sólo el poder de yacer con los hombres, comienzan a acicalarse y en esto ponen sus esperanzas. Es justo entonces preocuparse de que comprendan que no son valoradas por los hombres más que por parecer decentes y discretas.” 

XLI. “Es signo de mediocridad gastar mucho tiempo en las cosas que conciernen al cuerpo...”


XLII. “Cuando alguien te trata mal o habla mal de ti, recuerda que lo dice o lo hace porque piensa que debe hacerlo...” 


XLIII. “Todo tiene dos asas, una por la que puede ser llevado y otra por la que no...” 

XLIV. “Estos razonamientos no son coherentes: ‘Soy más rico que tú; por consiguiente, soy mejor que tú’, […]. Por el contrario, éstos son más coherentes: ‘Soy más rico que tú, por consiguiente mis posesiones son mayores que las tuyas’, […]. Pero tú no eres ni posesión ni discurso.” 

XLV. “¿Un hombre se baña deprisa? No digas que se baña mal, sino que se baña deprisa. [...] Pues antes de determinar su intención, ¿cómo sabes que está actuando mal?...”


XLVI. “En ninguna ocasión te llames a ti mismo filósofo ni prodigues tu discurso entre quienes carecen de instrucción sobre ideas filosóficas...” 


XLVII. “Cuando de forma austera hayas dado al cuerpo lo que necesita, no te sientas orgulloso de ello...” 

XLVIII. “Es condición y característica de una persona no instruida no esperar nunca de sí mismo provecho ni daño alguno, sino sólo del exterior. Es condición y característica de un filósofo esperar todo provecho y daño de sí mismo...” 

XLIX. “Cuando un hombre se sienta orgulloso porque puede comprender y explicar los escritos de Crisipo, hazte esta reflexión: Si Crisipo no hubiera escrito oscuramente, ese hombre no tendría nada de lo que sentirse orgulloso. Pero, ¿qué es lo que yo quiero? Comprender la naturaleza y seguirla...”


La teoría no complementa a la práctica; no basta con comprender la naturaleza, es preciso seguirla.

L. “Cuantas normas se te propongan, acéptalas como si fueran leyes, y siéntete culpable de impiedad si infringes cualquiera de ellas...”

Obediencia y rectitud en el cumplimiento de las leyes; tal cual las cosas llegan, se van. No atender a nada sino a la razón.

LI. “La primera parte de la filosofía, y la más necesaria, es la puesta en práctica de las ideas; por ejemplo, que no se debe mentir. La segunda parte es la que corresponde a las demostraciones, por ejemplo, cómo se demuestra que no se debe mentir. La tercera es la que confirma y explica las otras dos; por ejemplo, ¿cómo es esta demostración?, ¿qué es una demostración?, ¿qué es una consecuencia?...”

Epicteto confirma en esta enseñanza cuán rara vez asumimos así la práctica de las ideas filosóficas, en cuanto hacemos lo contrario: “gastamos nuestro tiempo en la tercera parte, y todo nuestro esfuerzo y nuestra disposición se va en ello”.

LII. “En toda circunstancia deberíamos tener presentes estas máximas: ‘Condúceme, ¡oh Zeus, y tú, Destino! / por el camino que me habéis prescrito: / aquí estoy, dispuesto a seguirlo. Y si no quisiere, / atraeré sobre mí la desgracia, y lo seguiré igualmente...”


EPÍLOGO

Como hemos podido observar, el cuerpo de enseñanzas del Enquiridión es uniforme y algo reiterativo. Se diría que cada una de ellas no es sino una consecuencia lógica de la previa, tal es su parecido, llegando muchas veces a repetirse el fondo, aunque variando el modo de decirlo.
El discurso de Epicteto, tal como lo conocemos, nos viene en esencia a decir una sola cosa, mas haciéndola extensiva a un gran número de acciones de la vida cotidiana. Básicamente, podemos compartimentar las cincuenta y dos enseñanzas en dos grandes bloques, a saber: por un lado, aquellas enseñanzas que nos afectan directamente en tanto que la cosa en sí depende de nosotros; y por el otro, aquellas otras que se refieren a lo externo y que, por consiguiente, no dependen de nosotros. Sólo las primeras son dignas de nuestra atención al estar íntimamente asociadas a nuestra razón.
Pero la meditación de Epicteto va mucho más allá, y podrían ser varios los seudoapartados en los que incluyéramos cada una de sus enseñanzas. Así, entre éstas, unas tratan sobre los bienes, tanto verdaderos como falsos, y de cómo los primeros nos son propios, frente a los segundos, que nos son ajenos; otras meditan sobre las riquezas y lo que en verdad significan; sobre cómo el conocimiento de sí mismo tiene que posibilitarle al sujeto su propio perfeccionamiento; sobre la libertad y la esclavitud; sobre los dioses; sobre la resignación; sobre la vida como filósofo; sobre la mujer; sobre las apariencias como cosa engañosa y su efecto distorsionador; sobre la muerte; y esencialmente, sobre lo que debe entenderse por verdadera filosofía, y cuyo fin no es otro que el de conducirnos a alcanzar la felicidad.

2008


1 comentario:

Jorge Ramiro dijo...

Siempre me ha gustado mucho sobre y aprender sobre la filosofia antigua y por eso disfruto de pasar mucho tiempo investigando sobre los filosofos mas reconocidos. Ojala que siga interiorizándome en el tema