10 de mayo de 2008

Una decisión (Relato)


Ante la Ley hay un guardián...

KAFKA



Sacó del bolsillo la billetera y extrajo el más poderoso de los billetes. Lo miró con fijeza durante un segundo y lo depositó sobre la mano abierta del joven, que inmediatamente abandonó la habitación, dejándolo tal y como le había pedido, en soledad, preparado para su final.
Tantos años de incongruencia y caos, pensó, y ahora esta situación extraña, entre las cuatro paredes de una habitación de hotel que ya habría acogido tantas otras situaciones parecidas, grotescas e indiferentes para con los nuevos infelices del mañana que fueran a parar a alguna de aquellas habitaciones de hotel para hacer lo mismo que él iba a culminar en breve.
Abrió la maleta y tomó la cuerda. Que se iba a colgar sí lo tenía claro, y aunque antes bien pensó en otros recursos no menos tópicos, desde la ingestión mortal de barbitúricos hasta el aparatoso tajo diagonal en la muñeca izquierda, sabía de sobra que la autopsia o la mera observación superficial terminarían delatando tan impertinente actuación, para desesperación de sus allegados. Más allá, asumiría su suicidio como una declaración al mundo, y por ello mismo ni siquiera tenía acelerado el pulso del corazón, pero mientras eternizaba el momento, mientras el doloroso mecanismo del reloj iba acorralándole en el callejón sin salida de lo irremplazable, sentía hasta lo indecible algo que no sabía expresar, algo que con certeza se le asemejaba, difuso aunque delimitado, como el mayor de los errores. E imaginó entonces la que bien podría ser su tumba mañana, excavada en el suelo, losa granítica e inscripciones en dorado, con flores traídas por sus pocos parientes y amigos, todos ellos a punto de olvidarlo, mientras bajo tierra, su cuerpo, podrido e indigno, desaparecía atravesado por las raíces de un próspero sauce que de sol a sol sumía en sombra su habitáculo para la eternidad. ¡Y con todo saber que por un tiempo podría remediarlo!
Se miró en el espejo. También él. Su existencia, carente de una cronología soportable, únicamente estaba marcada por la desaparición de sus conocidos, puntos y señas en el tiempo, de los que un puñado de fotografías y algunos objetos le ayudaban a verificar que, en efecto, tales fantasmas sí habían existido en este espacio incomprensible en el que se desarrolla la llamada vida. Bajó la vista y sopesó la cuerda. Recorrió con la vista paredes y techo. Apenas una escarpia... y la lámpara. ¿Soportaría su pesada inutilidad material? ¡Ah! El fresco aire que entraba por la ventana, tan característico de las noches veraniegas marcadas a fuego desde su infancia, le impulsó a asomarse, como intentando asomarse a su pasado, tan oscuro como la noche estrellada: a la vista estaba lo insignificante de su presencia, de la humanidad toda, perdida en un remoto espacio del cosmos. ¡Tantos años de observaciones mediocres para ni siquiera poder explicarse lo más elemental, triste y pequeño que entrañan los márgenes de una ventana! Sus manos, su cabeza sobre sus hombros, su desechable cuerpo. Jamás nadie imaginó tanto despropósito en tan poco carbono. Se sentía tan inferior, ruin y odioso que a su lado la más diminuta hormiga cobraba proporciones de grandeza, de noble constancia y paciente sacrificio por una causa inútil.
Él, funcionario de la administración local de ninguna parte, cuarenta y tres años y algunos segundos de vida por delante, podía al fin darse por satisfecho: todas sus estúpidas ambiciones al fin quedarían concentradas en toda una obra de sufrimiento y recuento que no era sino un despojo: su hasta ahora más preciado bien, lo que sería su cadáver.
Volvió la vista adentro. ¿Debía llorar como preludio a su artificial agonía? En el momento de su desaparición nadie le echaría en falta, y menos él, falto de sí mismo. ¡Qué absurdo contrasentido! Así, se subió sobre la cama, ató la cuerda lo mejor que pudo al enganche del foco luminoso, y preparó la soga cual futuro ahorcado espera a que su verdugo haga de su muerte un espectáculo digno de la aprobación de los presentes, en este caso algunas moscas e innúmeros gorgojos del polvo esparcidos entre la rugosa superficie de los viejos muebles. ¿Llorar por uno mismo? Desdeñó tamaño artificio. Sí, debía irse, pero con la frente bien alta, como todavía dicen algunos sin hacerlo, y además plenamente consciente de su papel en la escena, incluso ante la fútil presencia de unos cuantos insectos que harían de su caída banquete sin freno ni medida. ¡Plenamente consciente! ¿O es que estaba apuntando alto ahora, en el momento último, justo ahora, cuando menos debía? Se rió de sí mismo, y pronto la risa devino carcajada, y tras la carcajada la habitación quedó ahogada en el más espantoso y desesperado de los silencios fúnebres. Plenamente consciente de su inconsciencia, rectificó para sus adentros, pleno de inconsciencia. Ahora podía irse tranquilo, debía irse tranquilo, como si nada hubiera pasado, tanto como la caída de la hoja caduca con el otoño, la pluma del pájaro arrastrada por el viento, el silbido arañador de los días sobre el amarillo sudario de la anciana que ayer, muchacha, vistió blanco velo. ¡Ja!

El mayor inconveniente de toda existencia marcada por la falta de posibilidad se trasluce en los hechos mismos que en otras circunstancias y pese a su nimiedad debieran adquirir proporciones conscientemente clarificadoras y afirmadoras. En esos hechos nimios jamás se encontró. Todo, o lo que bien mirado es nada, seguía su curso convencional, a la manera de un jardín seco japonés: del principio al final, de lo más denso a lo menos, como la vida misma a través de los años, las cascadas de una juventud tempestuosa, el asentamiento de una madurez anodina, la calma de una vejez senil y decadente, camino de una iluminación desengañada y lesiva... La historia, tantas veces vivida y escrita, pensaba, ya no necesitaba ser sufrida: vivir, padecimiento típicamente occidental, sustentado en la confortabilidad y la angustia generada por esa misma confortabilidad, da como resultado una muerte acaso lejana pero cierta a la que uno debe prepararse desde lo menos. Vivir en la confortabilidad del presente para llegar a esa muerte anunciada, algo ridículo. En este invariable punto se encontraba una hora antes de dar con sus huesos en aquella típica habitación de hotel en la que había decidido pondría fin a sus días. Una hora.
Precipitado como el chorro infecto de agua en su caída, rotas las cañerías del desagüe, abandonó la oficina. Debía hacer algo, ir a alguna parte, seguir un camino que, paradoja de paradojas, no le había sido indicado por jefecillo alguno. La tentación de separarse de la corriente imperante le excitó irremediablemente. Debía dar el salto, ¡ahora a no más tardar! El riesgo de fracasar en su caída era precisamente el motivo que le impulsó a darlo. Por primera vez en su vida estaba aceptando el riesgo como parte inviolable del

[Las restantes páginas del cuaderno fueron arrancadas]



1 comentario:

nuria dijo...

... presente. Una hora en la que olvidó que había sido funcionario. Olvidó también su casa y el número de su móvil, su edad y hasta sus apellidos. No sabía quien era. Se quitó la ropa y los zapatos, entraba el aire por la ventana y respiró profundamente. Por fin se sintió tan vivo como nunca lo había sentido. Pensó que nada y nadie le determina. Sintió frio, se vistió de nuevo, abandonó el hotel, y paseó hasta la madrugada.