9 de mayo de 2008

Preludio al sueño con variaciones - La Pesadilla (Ensayo-relato, 2008)


I

Ha vuelto a amanecer.
Podría haber sido otro comienzo, pero será éste. Cuando amanece, las desgracias del día pasado parecen quedar así condenadas al inevitable olvido del día de hoy.
Hoy.
Me miró, y en aquel instante lo supe. Fue un final, ocurrió ayer.
Ayer.
Debo empezar de nuevo, me digo, debo intentarlo una vez más. Todavía no es tarde, todavía eres joven, pero lo más importante: todavía sigues vivo, sí, y es por eso por lo que aunque hoy sea el último día, mañana, ¿será otra vez mañana un hoy comienzo de ser ayer?
Mi historia carece de cualquier interés. ¿Mi nombre? ¿A quién le importará mi nombre? Cualquier descripción que hiciera de mí sería tanto más fallida cuanto que mi vida sólo ha estado presidida por lo que nosotros los seres sin interés llamamos “un terrible fallo”. No es una definición brillante, ni por sí misma ni por lo que sobre uno pueda llegar a decir, pero ¿qué sino es la vida? Por eso, porque mi historia carece de cualquier interés, no les engañaré: mi vida sí es interesante. Y la historia de una vida, ¿puede alguien decirme qué no es a parte de la negación de la vida? Historias, ¿para qué las cuenta la gente a la gente? ¿Tan inaudita, brillante e intransferible consideran la suya? Hubo un tiempo en que la gente soñaba, y los sueños en sueños quedaban. De aquella parcela íntima al papel pautado distaba una gran pequeña distancia, y esa distancia rara vez se sobrepasaba en nombre de la pereza, del decoro o de lo que buenamente fuera. Bien sabían entonces ellos que el tiempo que malograrían escribiendo podían ganarlo soñando. Pero no es ése mi caso: yo escribo. En el enfermizo acto de escribir cada línea es un final, y cada palabra una duda. Línea tras línea, palabra tras palabra, el que escribe se sabe enfermo: su corazón no es feliz, y ésa es la única explicación por la que escribe: es tan desdichadamente infeliz, que prefiere comparar el peso de su nada a la inmensidad desesperante del vivir. Palabras y personas, en cualquier caso, siempre tendrán algo que ocultar. Y eso es lo único que hace soportable la vida y la escritura. Pero soñar y leer, ¡qué grato a nuestro pesar nos resulta bajo una apacible luz una fría noche de invierno! Tenemos la desgracia escrita en el rostro, mas nuestros ojos sin verla al mirarse en el espejo de los días. Y con todo, vivimos martirizados por la sola idea de que tan cruel martirio es en vano. Todo el mundo lo sabe, la inmensa mayoría se niega a aceptarlo. La vida fue horrible. La vida es horrible. La vida será terriblemente horrible. Dilo una vez más y ya serán cuatro, pero siempre es tarde para decirlo una cuarta vez: si a la tercera va la vencida, a la cuarta estamos muertos.
Soy un hombre mediocre porque he vivido la vida mediocremente. Y no sólo eso: también he sido infeliz, y sigo siéndolo. La innombrable felicidad. ¿Qué es ser feliz? Buena parte de la historia de la filosofía ha ido y venido tranzando círculos alrededor del problema capital del hombre. ¡Y qué problema! Este problema ya no es una palabra predecible lanzada al viento, ni siquiera una línea vacía de pensamiento, es toda la infame novela de la vida, lo que no es decir ni mucho ni poco sobre la forma de la vida. ¡La forma de la novela! Los ríos han corrido llenos de tinta, pero la tinta se ha evaporado. Nada queda de ella salvo la negra huella de su paso.
En efecto, soy un hombre mediocre porque escribo mediocremente. Las palabras son mis yerros. ¿Hasta cuando he de vivir con ellas, las mediocres, las impersonales y aburridas palabras? Y ¿qué es una palabra, una sola palabra arrojada de nosotros al mundo? Ha esto quería llegar. Una palabra, siendo una sola cosa, puede querer decir muchas otras cosas y no ser nada más que una palabra. Las palabras. Unas son ofensivas, y otras amables. Muchas de ellas destacan por su nimiedad, rara vez encontramos palabras sublimes. Lo poco que no sabemos lo decimos, y lo mucho menos que sí sabemos, lo callamos. Somos la trivialidad misma devenida en estilo, y como anillo al dedo, así encaja en nosotros la palabra, hoy como ayer y con toda certeza también mañana.

II

Si el lector supiera del predecible final de una novela, caso de ser un lector predecible, muy posible es que no la leyera. Algo parecido ocurre con la vida, la más predecible de todas nuestras novelas, una novela que día sí y día también va a parar a las manos de los más predecibles lectores. Repetida en demasía, la palabra “predecible” se torna jocosamente impredecible. Es una palabra tentadora y blasfema. Pone sobre el tapete tanto como oculta, e igual que los hombres, dice tanto como calla. Por eso, muy pocos serán los buenos lectores de esa novela de predecible, y seguramente también, feliz final. Lo que más nos gusta de una novela, lo que más nos incita a leerla, es las más de las veces lo más externo a ella: una tapa bonita en muchos casos, un título agraciado otros tantos, el biensonante nombre de un autor ya no tanto, el estilo de nuestro autor entre los menos. ¡El estilo! ¿Qué salvaría de la más absoluta nada a una novela sin estilo? Y en la vida, ¿quién apostaría un céntimo por la vida sin estilo de otra persona que no fuera su mujer, el hijo o el amigo? No estimemos tanto nuestra mediocridad de malos lectores, ni de la novela que tenemos entre las manos ni de la vida que no terminamos de coger, de bien encauzar. Las más de las veces no basta con un impulso, ni mucho menos con la mejor voluntad. Rara vez acertamos en el tono, y si un tono inadecuado conduce también a un mal estilo, bien podemos dejar de soñar: un mal estilo, por malo, no será ya un estilo, sino la sombra difusa y ambigua del mismo, la pincelada torpe, la nota mal dada, la arruga en el rostro que desluce la belleza, no como matiz, sino como tara propinada por el insensato que no supo medir sus fuerzas e intuir que con su desmesura iba a dañar para siempre el misterio último del cuadro. El estilo, digámoslo al fin decirlo sin titubeos, es la libertad: libertad de elegir a cada paso la mejor palabra, el más gracioso giro, sacralizando el instante para así darle un significado. El significado. Será en la suma de esos significados, de esas palabras, de esos instantes bien hilados, de donde habrá que sacar la pieza maestra de una vida sin tara ni imperfección ni nada que se le parezca. Será en la perfección de lo imperfecto, pues imperfecta es la vida, donde la imperfección misma dé paso a una nueva dimensión de lo posible, y por tanto de lo legítimamente “perfecto”. Las combinaciones son muchas, tantas como resoluciones, pero ¿qué hace que, en el común de los casos, los desequilibrios durante el proceso malogren combinación y resolución aunque ese final sea cerrado y único? Ya lo sabemos: ¡el estilo! Hay infinidad de estilos, unos, más sutiles que otros, requieren de un espíritu más delicado. Nada definitivo sobre estilos está escrito: el estilo, como la vida, se escribe sobre sí mismo.

III

De un modo indirecto son los mediocres los que escriben la historia: nuestra historia es la historia de la mediocridad escrita a limpio por los grandes.

IV

Otra mañana de agosto...
Sentado en un velador, el hombre de la camisa azul lee en uno de los diarios de mayor tirada. El sol brilla casi en todo lo alto: pronto será mediodía. Una nube, y una chica en bicicleta cruza la calle a cierta velocidad: el aire remueve el lazo azul del pelo. El semáforo se pondrá pronto en rojo, intenso rojo. Un niño juega a los pies de su madre, sentada al lado de una amiga, las dos en un banco de piedra tras el cual se accede al mirador. “Siendo una mañana de agosto, hace mucho calor”, le comenta el camarero al hombre de la camisa azul mientras le sirve su limonada. La chica del lazo azul aparca justo ahora su bicicleta junto a la fuente, se acerca al hombre de la limonada en los labios, y le dice: “¿Llevas mucho rato esperándome?”; a lo que el hombre se sonríe y no dice nada, bebe. El semáforo ya está de nuevo en verde, y el niño acaba de ensuciarse, pero la madre no lo renegará, todavía no: no quiere herir a su amiga: bien sabe que ella es estéril. Un pajarillo acaba de posarse sobre la diadema que adorna el pétreo cabello de la estatua de la fuente, ojos orgullosos de estatua. Un muchacho con un libro en la mano llega al velador y toma asiento en la mesa de la esquina: frente a él conversa la animada pareja de amantes. El camarero se acerca al muchacho y le pregunta qué va a tomar, a lo que el muchacho le responderá: “algo frío”; y sin más, de las amarillas páginas de su libro, dirige su vista al cielo azul. Todo está bien: el semáforo en ámbar y el pajarillo que retoma de nuevo el vuelo en dirección hacia el mirador. La amiga de la madre se sonríe porque está triste: piensa en algo: sí, eso sólo a ella le incumbe...
Pero no me detendré más en esta escena, ya me aburren estas caras, estos objetos, toda esta monótona y artificiosa calma de ciudad desierta en verano. ¿Dónde está la libertad en la ficción si la propia libertad de la ficción está presa en su libertad? ¡Me aburro! Ya no tengo historias que contar: soy el prisionero de mi libertad. Las acciones del presente me hastían, y las ideas de mi mente ya me saben a poco. Observo a la gente, a esa misma gente que a mí ni me mira. Las ciudades desiertas en verano son solitarias verdades como verdadera es mi soledad. ¡Me repito! Ya no tengo palabras con las que adornar, reanimar estas mentiras con las que a nadie, ni a ese niño siquiera, podría engañar: sí, no es otra mañana de agosto... es una tarde, ni fría ni caliente, de la segunda semana de septiembre, y el sol ya no brilla, está cabizbajo, como cabizbajo está el niño: mañana regresará a la escuela. La amiga quizá no sea estéril, pero sí soltera. El pajarillo se ha ido y no volverá hasta el año próximo, más viejo y menos pájaro, no así el camarero, sedentario que con la vista en mí fija, me observa, ¡al fin alguien me observa! Ni la camisa ni el lazo son azules, sino verdes, verdes como el disco del semáforo ahora, y el muchacho del libro no existe, bueno, no quiere existir, porque una vez sí existió, de eso hace ya cinco lustros, cuando un servidor era ese muchacho y se sentaba con su novela en esa misma mesa de la esquina del velador, esperando reconocer en alguna bella muchacha a la mujer soñada: ¿dónde estás, Amor? ¿Dónde estabas? Pero nunca estuvo porque nunca se llegó a sentar. ¡Y ahora vas y lo comprendes! ¿Cómo la ibas a encontrar si desde aquella perspectiva, desde aquella pobre esquina de tan triste lugar, le dabas la espalda como si nada? Ciego estabas entonces, ciego, pero ella siempre te estuvo esperando, impasible, húmeda de goce sobre su fuente. ¡Ah! Lo que por nosotros pueda hacer una estatua, mortal alguno lo hará, y eso es esperar, saber esperar. Pasarán los segundos, los minutos y las horas, y con ellos los días, las semanas y los meses, y así los años, las décadas y los siglos, y esos ojos esperarán, a menos que los cierre la violencia del hierro o el fuego del infierno, esperarán y siempre permanecerán abiertos, mirándonos, observándonos en todo detalle, pequeños y sedentes en nuestra pose efímera de modelos de velador.
¡Cuánta soledad nos ha rodeado!

V

Acariciamos la idea del suicidio desde nuestra más tierna infancia, rectificamos esta idea aplazándola, y así la pensamos y repensamos una y otra vez a lo largo del camino, pero algo nos falta, algo nos abandona: no quedamos todavía satisfechos; sabemos que la idea del suicidio es universal, que nunca nos abandonará, y sin embargo la omitimos del plan diario de nuestra agenda, de nuestra miseria, de todo el horror que nos embarga. Nada nos impide saber que un día será el último, y que ese día cada vez está más cerca de nosotros, y es entonces cuando imaginamos nuestra última aparición en la escena: somos un cadáver maquillado al que los mismos maquilladores han arrancado los ojos con tenazas, depositando dentro de las cuencas vacías un par de bolas de cristal. Somos cadáveres remedadores de malos bufones. Intentamos hacer reír a nuestro público, pero todo intento es vano: somos tan pésimos bufones que sólo por serlo causamos la risa sin necesidad de intentarlo. El intento muere con nuestro fracaso. Tras nuestra patética máscara, los huesos del cráneo aparecen amarillentos y agrietados en todo su esplendor. No se nos cae la cara de vergüenza porque nada sabemos de ella: estamos muertos, y ya la perdimos en nuestra podredumbre.
Pero también los muertos salen de sus tumbas a la calle. La soledad del sepulcro a todos aburre y aturde. Entre la telaraña y el gusano, el cuerpo quiere liberarse, darse un paseo por los abismos de la nada. Envueltos en nuestra mortaja, como piojosos indeseables a los que la sociedad ha expulsado, vagamos por las calles de nuestra ciudad sin rumbo fijo, mas con un destino prefijado. Portal tras portal, semáforo tras semáforo, todos y cada uno de nuestros giros están calculados. Mil dedos de mil manos desconocidas nos señalan: “Miradlo”, parecen querer decir. Pero no les escuchamos: estamos muertos, y pese a ello seguimos caminando.
Los cementerios están llenos de cruces: los restaurantes de tenedores: los hospitales de enfermos terminales: los burdeles de rameras: los conventos de estancias vacías: el infierno de frailes y modistillas. ¡Tu alma por unas sucias monedas!
Un día siempre será el primero: ése es el día de tu condena: la pena capital, ¿recuerdas? Largo es el camino, como largos son los suspiros de los condenados en el corredor de la muerte: allí donde la vida con más fuerza se impone, todo está a oscuras, salvo el silencio: es un grito ahogado entre lágrimas. Tras esa puerta llora un niño su dicha: una larga tortura llena de azúcar y mermelada de frambuesas. ¡Tentador sabor! El niño y el pastel: el bufón y la máscara: la cuerda y el verdugo: el derecho al suicidio. Ideales románticos, como romántica es una tumba profanada en la tiniebla, un recuerdo abandonado en el olvido, y al fin, la noche, que no quiere terminar de apagarse antes de ceder su paso al día, que ya está aquí de nuevo, declinante, herido de muerte en el pecho: un rojo sol inyectado de sangre.

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