23 de mayo de 2008

NOCHE NEGRA (Novela inacabada)



PARTE PRIMERA

I
El poeta


...la primera edición del Libro de las flores sin primavera no vio luz hasta que el cuerpo de su en vida autor fue exhumado para en solemne cortejo “ser”, cuando ya no era, “acomodado” en la nueva sepultura que el Estado le concedía “por orden y disposición” del mismo, en el cementerio de su villa natal, nuestra ciudad; era el segundo viernes del mes de abril, quinto aniversario de la desaparición de nuestro amigo, y si por algo y no por nada fui el único que llevó consigo un paraguas bajo el brazo, fue porque siendo el más joven y desprotegido de los allí presentes, bien podía esperarme una reacción contraria a la esperable allí arriba...
...del referido solemne cortejo, al que asistieron “en sentido duelo” innumeras “personalidades del mundo de la política y la cultura”, de acuerdo con el diario local del día siguiente, cupo sumar la presencia de una en nuestro presente particularmente destacada personalidad, impulsora germinal de todo aquel “espejismo”, según algún no favorecido, a la que en breve y en tanto que causa detonante de nuestros desvelos me referiré...
...una larga alfombra roja de inequívoca ambigüedad, dispuesta desde la entrada del cementerio hasta el lugar en el que el cuerpo “reposaría” al fin de nuevo en paz, sirvió para “dignificar” un trayecto en medio de tantas cruces, también dignificado en el acompañamiento (a los sones de la excelente orquesta militar de la excelentísima villa, que ejecutó una marcha teñida del moderado “toque” fúnebre escrita para la ocasión por cierto diletante compositor-coronel que en su escritura no erró remedando tópicos de efecto bien recibidos)...
...y así, cuando el novísimo ataúd contenedor de los restos, labrado en una preciada pero no especificada madera con todo lujo de iconografías paganas y cristianas, fue dejado sobre la “madre tierra”, una avezada muchachada de “dolientes” encendió tal cual se había previsto la “solemne” traca, no más que cuatro centenares de solemnes petardazos peor que mejor acompasados en honor de nuestros ya un tanto ebrios oídos...
...y tras esto, bastón en mano, el alcalde, cabeza visible y ejemplo de buena medianía, casado y padre ejemplar, aunque por alguna extraña razón que no debió afectar a su cargo apodado “el Manco”, leyó sobre la tarima un poema “de significativa entraña espiritual”, sacado cómo no del recién impreso Libro de las flores sin primavera, concretamente el titulado “A mármol duro”, acaso en alusión indirecta a “los caros forros”, como llegué a oír, del que iba a ser el espacio definitivo del finado “para la posteridad”, aunque su autor sólo quiso hacer con él un guiño inane a Machado; por algo era uno de sus menos duraderos poemas. Mas el alcalde, individuo de miras escasas pero manipulador hábil de un par de ellas, rebozó su burda lectura de una pronunciación arcaizante y deslavazada, típica del colegial que quiere destacar y por ello destaca...
...por supuesto, nadie, con la excepción de algún convencido entre los que acaso no debiera incluirme, le prestó la menor atención, ni a él ni a lo que de sus labios salía, que de puro maltratado se diría la versión embalsamada de “tan vividos versos”...
...a la morralla política se sucedió la harina católica, “pese a la impremeditada indiferencia mostrada hacia Dios por éste, uno de sus hijos”, así lo afirmó, poniendo especial énfasis en la palabra “uno”, así y entre otras sentencias del tipo, el señor obispo, acompañado por su séquito de secuaces en sotana a los que no logró hacer sombra al estar el día nublado. Faltaba, además de la misa con su reparto de pan ácimo, una media hora aproximada a sumar, y pese a que toda aquella decidida afrenta a la memoria del “poeta” trascurría al aire libre, nada hizo a nadie pensar en la posible tormenta primaveral que al despertarme intuí, y por algo dada a acabar de una vez con tan siniestra “recuperación”, mera operación política que por consideración al respetable está de más aquí desglosar...
...pero el trueno-obertura no se hizo esperar, y ni los trompeteros marciales lograron acallar lo que ni el más funerario de nuestros funcionarios podría reducir a huera palabrería funcionarial: sin hacerse esperar estalló, y con el aguacero todos los cuerpos se dispersaron, y el ataúd contenedor de los cansados restos, al fin, ahora sí, fue enterrado, por segunda vez éstos... aunque “con la mayor brevedad posible”, ordenó al quedar de súbito todo deslucido el encargado de dar las órdenes en tal cometido.
“Amén”, me dije.
A esa entonces destacada personalidad, motora del evento y motivadora de esta extraña aventura, he de referirme ahora.

Era un anciano, pero de porte digno, y no sólo por la elegante vestimenta en la que iba envuelto: apoyaba tal vez no por necesidad la apergaminada mano derecha en un fino bastón que le imponía la seriedad de la que el alcalde con el suyo carecía, y aunque sus párpados, arrugadas y caídas bolsas, reducían sus pupilas a una inapreciable comisura humedecida, se diría un hombre despierto, que con el tiempo apremiando lucía la iniciativa de un muchacho al que nada-ni-nadie podría detener en un propósito llamado a ser mayúsculo; pero la apariencia física nada concluye a nuestro respecto.
Ya se habían dispersado todos, con la excepción de los enterradores y un funcionario, y allí siguió él, recibiendo la lluvia cual regalo del cielo le debía ser. Antes de desaparecer con toda la comitiva, el alcalde se le había acercado en compañía de su mujer y tres concejales, y estirándose para no parecer corto de estatura a su lado en el caso de que alguna cámara impertinente fotografiara el momento, le dijo algo casi al oído, una invitación al retiro sin duda, pero el anciano rehusó, y allí se mantuvo, firme frente al agujero enmarcado en ricos mármoles mientras las paladas de tierra entraban... y en esta pose aguardó quince minutos pensando en Dios sabe qué... A unos veinte pasos, bajo el paraguas abierto, me situaba yo, contemplando a esa insólita figura que, por el trato que recibía de parte de los insignificantes mandamases, se diría tenía ciertas elevadas responsabilidades morales para con nuestra hipócrita sociedad de sepultureros uniformados.
Y fue en el momento en el que al girarse e impulsar la pierna para marcharse... sorprendió mi presencia, en ese instante que de un modo u otro siempre se produce y en el que ya es inútil pretender ocultar uno su apariencia entre ciprés y ciprés... y con todo, por nada creía estar espiándolo, muy al contrario, me dije, estaba allí como signo de respeto para con el “recuperado” cadáver (y no otra cosa), claro que a ello contribuía el simple casual de tener un paraguas bajo el cual no mojarme, amén de sentir curiosidad hacia esa figura a la que, bien mirado, no debía en absoluto explicación alguna, ¿no es suficiente? Pero sin saber muy bien lo que me movía, me dirigí hacia él, como fingiendo que iba expresamente a su encuentro, que era un enviado del alcalde que por orden de éste le llevaba un paraguas bajo el cual protegerse o algo parecido, aunque ya estuviese bien pasado por agua el destinatario del mismo... y al fin lo tenía delante... Me miró con absoluta indiferencia por su parte, mas sin poder evitar una cierta, comedida, altivez senil... cuando menos chocante para mí en tan ingrato momento. Yo sonreí, suelo sonreír cuando no conozco a alguien a quien por algún casual me dirijo... una sonrisa forzada, adivinaría él tras mi terrena máscara... Como si nada, se colocó el sombrero, que hasta entonces había tenido entre las manos, y evitándome, siguió caminando alfombra embarrada adelante.
Tres segundos en reaccionar me detuvieron, uno, dos, tres, o quizá más, pero el tiempo, ¿qué es el tiempo en una situación así?... Estaba, como creí deber estarlo, algo molesto, mas pronto salí de mi estático estado y lo alcancé... y no sin pensármelo dos veces lo cubrí con el paraguas: se diría que la lluvia arreciaba, aunque lo único certero era que me estaba mojando medio cuerpo; mi servilismo absurdo hacia el viejo me resultó insoportable en ese espacio de tiempo trascurrido, hasta que de pronto, tenía que ocurrir, despegó los labios y balanceó la lengua:
- ¿Y usted quién es? ¿No será uno de esos?
¡La voz! Como titubeando retiré de él el paraguas, no sin poder reducir el cierto malestar que de súbito me invadía. Respondí a su primera pregunta presentándome, refiriéndole mi amistad con el difunto, rebajándome incluso al impregnar mis afirmaciones del ridículo temor del condenado a muerte en su desesperado intento de lograr una improbable clemencia... de suerte que las precipitadas palabras se me amontonaron en la lengua. De mi blandura él se percató sin duda, o debió quizá percatarse, y así y por ello se ablandó también, como dándome a entender que se ablandaba por decisión “suya” y no por naturaleza.
- Ustedes los jóvenes -añadió- lo tienen todo por delante, y teniéndolo todo por delante, nada de nada. Si no son unos groseros absurdos, son sumisos como usted, puesto que se han alimentado de la leche de la indiferencia, la detestable hija natural del bienestar.
Asentí por asentir, y prosiguió:
- Pensándolo mejor, creo que me haría un favor cubriéndome con su paraguas, yo he olvidado el mío, con esto del bastón siempre lo olvido cuando más falta me hace... Por lo que veo estoy lo que se dice calado-hasta-los-huesos y ni me había dado cuenta de ello. Ya veía venir esas nubes, ya... Lo que ganamos en edad lo perdemos en tacto.
Aunque de mala gana, lo volví a cubrir... Pensándolo mejor, pero ¿qué iba a pensar? Aquel viejo, contradictorio ya, me había interesado de pie frente a la tumba, amor a primera vista se diría, pero ahora, desde que la boca había abierto, su presencia me resultaba antipática y nada conveniente, fuera quien fuera...
A paso ligero, salimos del cementerio...
...y dos calles más abajo, se detuvo, apoyando en insólito gesto de confianza su mano derecha sobre mi mojado hombro. ¡Y aquí comenzó todo! De no haber aceptado, ¡qué tranquilidad no me hubiera regalado!
- Escuche -dijo-, si no le importa, hágame el favor de acompañarme al hotel en donde me hospedo. ¿No tendrá nada que hacer, verdad? Es usted tiene cara de buen muchacho... Sí, no debiera haberle dicho nada impertinente, ¡qué tacto el mío! Quisiera... tengo que confesarle algo... algo a alguien antes de marcharme, y ése es usted, claro que sólo si usted quiere. Es un asunto de cierta importancia para mí, ¿sabe?... y que con respecto a nuestro común amigo, en paz descanse, tiene algo que ver...
Se explicó perfectamente, y no tuve inconveniente alguno después de su consecuente disculpa en acompañarlo al hotel en el que se hospedaba... adonde llegamos seis minutos pasados, después de tomar un taxi en la siguiente calle...
...entramos a su habitación: un espacio amplio e impersonal y que fuera del característico mobiliario nada decía del hospedado, salvo que su economía le permitía disponer de la mejor habitación del hotel, o una de las mejores cuando menos...
- Espere un momento, voy a cambiarme... Tome, vaya tomando asiento entre tanto, está en su casa, tan mía como suya...
Arrojó el bastón sobre la cama, y tal cual, entró a la habitación contigua, dejándome solo, por lo que permanecí sentado, con el paraguas entre las manos, sin pensar en nada que no fuera qué absurdo era todo aquello, quizá con la cabeza algo embotada: si bien tenía los calcetines húmedos por las filtraciones de agua, no hice nada por descalzarme: era un día de primavera, y por contra me parecía de otoño... Por un inesperado descuido, al girarme, golpeé con el codo una pequeña figurilla de porcelana (quizá de cierto valor, y quizá propiedad no del hotel, sino del anfitrión) que había sobre la mesa sita al lado de mi asiento y que no llegó, por fortuna, a caer al suelo... Fue un ruido nimio, pero él sin duda lo oyó, pues tras producirse éste, durante unos segundos cesó la actividad que se realizaba tras la puerta, incluso juraría que estuvo con el oído pegado a ésta, escuchando todas y cada una de mis respiraciones, quizá evaluándome de algún modo antes de contarme nada...
Salió al cabo de un rato, con un albornoz rojo y zapatillas de las llamadas de estar por casa: la uniformidad del vestuario resaltaba más las arrugas de su rostro de momia egipcia. Se acomodó frente a mí en una de las sillas de mimbre, y al hacerlo pulsó el botón de un mando a un cable pegado que tenía a mano, lo que quedó muy bien... Parecía querer decirme algo. No tardó en aparecer un joven al que pidió “dos tazas de té con leche”, eso fue lo que pidió, sin siquiera preguntarme si era té o no lo era lo que me apetecía en ese momento de vana espera; creo que hubiera preferido un café solo. Mas me limité a observar, ya que para nada estaba en mi casa.
- Juraría que no me he presentado, ¿me he presentado? No, no me presenté... Bien, pues soy Edmundo Carreras, don Edmundo para los desconocidos, ¿le dice algo... mi nombre? Pienso, ¿le dice algo? Haga memoria... Edmundo Carreras... el poeta, aplaudido por el público, adulado por la crítica, llorado por su madre, amado por las mujeres y odiado por sus enemigos gremiales... ¿no se lo esperaba?
De la forma como lo dijo me resultó harta incoherente la presentación. O bien ironizaba, o por contra se estaba riendo de mi inexperta cara. Mas su vanidad se diría infinita.
- No, no me miré así, no le he robado a nadie cercano, ni al amigo al que llamamos amigo y que por algo nos une... Leo en sus ojos que no soy la persona que usted se esperaba.
La persona que usted se esperaba, ¿y qué persona debía esperarme entonces? Nada dije, pero él cambió de tercio e insistió en un tono casi jocoso y hasta amable, falsamente amable:
- Los jóvenes que han llegado a leerme nunca lo han hecho con agrado. Mi poesía trascendente -al pronunciar esta última palabra sin duda fuera de lugar fingió estremecerse- es demasiado ininteligible para ellos, que en su juventud suelen considerarme bien poca cosa... ¿Tengo pinta de ser poca cosa? Me tiran directamente a la basura. Leen Edmundo Carreras en el encabezamiento de cualquier tapa y tiran el libro automáticamente a la basura... Son jóvenes y están en su pleno, en su automático derecho de hacerlo, ¿no cree usted?
Entró entonces el joven con las dos tazas de té con leche... que por cierto eran para él, “el señor poeta”, como lo llamó el adulador esperando alguna propina que no percibió. Al percatarse de mi sorpresa, que en cualquier caso intenté ocultar, intentó justificarse:
- Usted es joven, y los jóvenes no beben té con leche, que es bebida de viejas, claro que yo los bebo de dos en dos -y se bebió de un trago la primera taza, aunque sin poder disimular el esfuerzo, por lo demás insignificante a mis por él ya leídos ojos.
...la humedad de los calcetines se me subía por las piernas...
- A los viejos deberían, sabe usted, embarcarnos en un gran trasatlántico y llevarnos al centro del océano para, una vez allí, volarnos por los aires. Un buen cargamento de explosivos y adiós. Nos harían un favor grande... La vejez es el cáncer de la humanidad, pero también la juventud lo es. Los jóvenes se empeñan en hacerse viejos. No saben disfrutar de su juventud y alargarla sin perder la dignidad, sólo quieren juntarse y darse a los bajos placeres de la carne para de este modo, tarde o temprano, engendrar, engendrar como borreguitos imitando así a sus borreguiles progenitores, sobre todo ellas, que con su instinto femenino y maternal ya desde los catorce sueñan con ser mamás... ¿no es repugnante? Muy bien, ¡parid! Llenad el mundo de animalidad y acabad con tan hermosa obra... Partos son obras, me soplarían, pues es hablar a las paredes, ¡nadie, nadie escucha a este viejo!
- Yo sí -fue lo único que acerté a decirle: algo nuevo debió advertir en mis ojos por el cambio de expresión que advertí en los suyos.
- Le estoy aburriendo -y se bebió de otro trago la segunda taza, ahora sin apenas esfuerzo, mas emitiendo un desagradable sonido a cañerías deshechas que me supo a sinceridad por su parte.
Empero, tanto mi curiosidad como el sopor que me invadían iban en aumento. Quería saber para qué demonios me había llevado a su habitación, qué era eso que tenía que confesarme, a qué asunto de cierta importancia “respecto a nuestro amigo” se refería. Pero me mantuve callado, expectante, al borde de lo imprevisto.
- ¿No habrá usted por casualidad leído algo mío?
¿Por casualidad? Mentí al decirle que sí, que una vez “ojeé algunos de sus poemas”, pero fui incapaz de darle título alguno, lo cual me delató en cierto modo, pero no se lo tomó a mal... más bien al contrario, eso parecía, me daba a entender con su mirada, de pronto amable, siniestra igualmente... Lo que no le dije era que leía “bastante”, pero que esas lecturas mías no sobrepasaban el margen de los autores muertos, los clásicos sobre todo, la literatura sin más prejuicio, de la que tenía constancia a través de la biblioteca que heredé de mi abuelo, pero ésa es otra historia que no viene al caso...
- Hizo bien en ojear y no leer. Hoy ni ojean ni leen. Al fin, yo nunca escribí nada sublime, y menos todavía bello... Poetas sublimes se pueden contar con las dos manos. Poetas que han escrito algo sublime tenemos uno para cada día del año. En un pasaje de su Estética, mi adorado Schleiermacher afirma que lo sublime en exceso es lo salvaje... y, me pregunto yo, ¿no es lo salvaje lo auténtico? Pero poetas hay más que muchos, y los restantes bien pueden ser acomodados en los cementerios del olvido, cual hijos de la moda, inconsistentes y mezquinos, como así es y será... Para ser lo que soy, soy un despojo sincero, ¿eh?
Asentí por asentir, ¿qué podía creer si nada creía de él?
- Pero mi sinceridad no es nada sincera, tome nota... Existir para alguna bagatela esencialmente vana es la mayor crueldad de todas, y todo en esta vida lo es, pero existir por existir es un tópico más que malo, de puro impuro... y Dios, ¿dónde está Él? ¡Detesto a esos que se tragan cualquier cosa con-tal-salir-al-paso! Yo existo para mí, es decir para mi poesía, que es menos que mediocre, lo reconozco ante usted tras tantos años de ciega creencia, aunque en mis mejores momentos, que son los menos míos, quizá sea hasta buena, tal vez... ¡Buena incluso le digo! Pero la poesía es patrimonio de ingenuos... Cuando hay dinero de por medio, entre otros intereses no menos dañinos, ¡adiós poesía! Lo mismo que en el amor: basta consumarlo para que muera. El artista ha venido al mundo a pasarlo mal: un artista de verdad debe pasar hambre. Si se vende, si deja de sincerarse consigo mismo, adiós artista. Y sólo la falsa sinceridad en poesía puede suministrar conocimiento a los necios. ¡Sin miedo al ridículo de la mentira salvaremos el mundo! Es descarado e impúdicamente asqueroso... Como ni tampoco la forma lo es todo, más bien la forma priva al espíritu, que es en sí forma... aniquila al poeta que uno lleva dentro... aunque ese poeta no pase de ser un invertebrado digno de lástima que garabatea muecas intraducibles por alguna sucia moneda... al que nadie se dignaría siquiera ojear... ¡La poesía se regala, jamás se vende!
Siguió monologando largo y tendido. Su cargante discurso era de una vacuidad pasmosa: sus palabras, desprovistas de cualquier poder de seducción, en nada delataban al poeta “amado por las mujeres”, más bien se dirían un emplasto de retórica fácil y pensamiento desplazado. Primera consecuencia natural: las piernas comenzaban a atrofiárseme del modo más doloroso. Al poco, un cosquilleo molesto empezó a escalarme la columna vertebral, o algo a ella parecido. Deseaba salir de allí cuanto antes, pero una curiosidad atípica me retenía: no, no era el hombre, desde luego que no en el sentido que yo hubiera deseado, ni tampoco lo que hacía rato debía haberme confesado, que ya se me había casi olvidado, y menos todavía el lugar, cuyo ambiente, húmedo y a la par caldeado, amenazaba mi quebradiza salud. Y maldita mi suerte, ni moví un músculo por impedirlo. Sí y no, allí seguí.
...y cuando ya nada podía esperar, el abrupto discurrir de su discurso dio un nuevo giro, abierto por una pregunta que me dejó helado:
- ¿Sabe para qué está aquí?
¿Sabe para qué está aquí? Hacía rato que esperaba esa pregunta. No necesitaba más, y a punto estuve de llevarme las manos a la cabeza.
- Está -prosiguió- para lo que tiene que estar, que es saber la verdad, al menos lo que más a ella se parece.
¿Era un bromista nato o hablaba en serio? ¡Díos mío!
- No, no se inquiete, y escuche pues mi verdad: yo y no él debería estar bajo tierra. Yo y no él, tome nota... Los reconocimientos siempre llegan tarde, pero la mayoría de las veces ni deberían llegar. Todo lo demás es vanidad, artificio, mal gusto, puerca mentira. El hombre, la más indigna de las promesas, sólo es digno en el momento de expirar: sólo entonces promete algo que seguro cumplirá. Y todo cuanto estuvo antes estuvo de más. Esto es bien sabido. Vivimos en un mundo saturado de payasos sin maquillar, monos de feria y perros con cabeza de gato, híbridos impersonales, gentuza, multitud, seres sin entidad empeñados en destruir la belleza del mundo... Dígame, ¿qué debemos esperar de un mundo así, un mundo que ha arrinconado decididamente la belleza para siempre? El hombre al que hoy han cubierto de honores estando muerto, su amigo pero también el mío, quizá los mereció en algún momento de su existencia, pero no ahora, en la podredumbre, en los huesos, en la nada. Él, como todo espíritu un poco selecto, deseaba que una vez muerto su cuerpo fuese quemado, transformado en cenizas, y éstas arrojadas al mar, a los árboles, o cualquier lugar digno de su pensamiento en el que pudieran como alimento embellecerlo... pero no, lo inhumaron en ese mezquino nicho de tres al cuarto de cementerio de ciudad en el que las lápidas se confunden como las esquelas de un periódico. A los viejos los cementerios nos producen una morbosidad de la que un joven como usted no puede todavía tener certera conciencia. Piense en un cuerpo reblandecido y podrido embutido en uno de esos agujeros de cemento, piense que la muerte tiene la ventaja de ser el cese definitivo de la vida, que cuerpo y cemento son la misma cosa, y luego recuerde que aquel cuerpo se miró al espejo y al hacerlo creyó descubrir una belleza de la que otro desdichado se enamoró para perdición propia. Y ahora míreme, penetre en mis ojos, intente leer lo que de bello queda en mí, si es que queda algo, y responda a la pregunta mágica: ¿qué belleza y qué amor pudo conocer e inspirar el cuerpo de este cadáver hablante que me habla? Escúcheme, joven: el hombre al que hoy han cubierto de honores, mi amigo, fue mi mayor enemigo en vida. ¡Mi mayor enemigo! Hasta los veintidós años fuimos uña y carne, carne y uña. Yo y tú, tú y yo. Compartíamos además de la misma edad, los mismos libros, las mismas muchachas, idéntica ambición y la misma desesperación... La poesía, el arte, la filosofía, el amor, esas afinidades electivas que humanizan y engrandecen al hombre, que dan sentido a su vida y la justifican, la hacen posible, y lo que es más importante... ¡le dan una posibilidad! Como los de ahora, los nuestros también eran tiempos amargos en los que nuestro único alimento era la belleza y el amor, pero no una belleza y un amor cualquiera, no algo pasajero, sino la Belleza y el Amor flanqueando al Pensamiento, esa eterna pareja hija de algo que temo llamar Dios. Y pregúnteme, estando como estábamos, ¿qué nos separó? ¿Qué rompió tan armoniosa unidad? ¿Qué estupidez nos demostró que no éramos más que viles hombres de carne y hueso? Por el rictus de su rostro intuyo que ya conoce la respuesta. Todos la conocen, pero ninguno sabe responderla sin titubear. Exactamente, la ambición de ser más que el otro, de no querer ser sólo uno mismo, sino de querer ser uno mismo y el otro. ¡La maldita ambición de ser lo imposible! ¿Y qué demonios es eso? Jamás lo he sabido, pero el día en que cada uno tomó el camino opuesto al otro, ese día supimos, y de eso estoy seguro, que nunca volveríamos a encontrarnos, que esos caminos, aunque apuntaran a parecido fin, estaban llamados a perderse... Y no me he equivocado: el camino de la naturaleza es el de la sinceridad, y yo no escogí ese camino. Él sí... él escogió el camino del silencio, puesto que así era él, y apartado del mundo, campando a sus anchas, recluido en su propio pensamiento, escribiendo lo poco pero bueno que podía sacar de sí, encontrando en la poesía algo que en estos tiempos mecanizados y sin alma sería inútil encontrar en nuestros deleznables poetas asalariados, actuó del modo más natural y auténtico, en una palabra, quiso ser él y sólo él. Ese hombre sólido, todo lo contrario que un viejo en la cima del éxito mundano, fue poeta de sí y para sí, y por ello sirvió mejor que cualquier otro a la humanidad, que nunca le prestó la menor atención en vida. No logró ninguna gloria perecedera, pero a su manera logró todo lo que podía lograr... ¡y eso era morir en paz! Yo no podré morir así, y por eso le envidio tanto... En el supuesto de que para entonces sobreviva, quizá la posteridad recuerde mi nombre tan sólo por haber intervenido en la primera edición del recuperado Libro de las flores sin primavera, la obra completa de toda una vida, su vida, setenta y tres poemas, flores sin primavera, en efecto, a poema por año, a verso por mes, puede que incluso a letra por día... El olvido es el éxito de la memoria. ¿Sabe que si no me faltase el valor que me falta acabaría por matarme?
Y así lo dijo.
La tristeza que asomó en su rostro logró conmoverme durante un par de segundos... pero puesto que la cosa no daba para más, agarré bien el paraguas y al fin me levanté. Sentía unas inmensas ganas de reírme de tamaño fantoche, ¿o era otra cosa? Todo era muy extraño, sin duda. Él salió de sus tinieblas interiores tan pronto como me despegué del asiento.
- Pero... ¿va a dejarme así, con la palabra en la boca? No... no ve que no soy más que un viejo que necesita del recuerdo de un joven para ver cumplido su último propósito, ¿tanto es lo que le pido?
Seguía sin entender nada, pero la cosa se iba clarificando: entendía las partes, sí, las partes, pero ¿qué significaba el todo? ¿Dónde quería ir con esa cháchara repelente? Eso mismo quería saber yo, pero ni estaba en condiciones de hacer esa pregunta ni me sentía sin más capaz de hacérsela; el respeto a los mayores, aunque devenga fingido por muy indignos que los susodichos de él resulten, no debe ser omitido en la conducta de una persona ilustrada. Así que volví a sentarme... sin poder aplacar mi fastidio. Y lo más sensato entonces hubiese sido salir por la puerta. Pero no: “paciencia”, me dije.
Sus explicaciones se prolongaron durante tres interminables cuartos de hora... Puedo asegurar que no todo lo que me explicó carecía de sentido, si bien su derrotismo decía poco a su favor. El poeta encumbrado era toda una silueta, una simplificación del eterno pesimista incapaz de mirar más allá de su limitado alcance perceptivo. Añadiré que lo que más me despertó del tedio fue su inestabilidad mental, muy sutil pero cierto, así como su insistencia en su “culpabilidad” o su “no saber mirar bien”, todo ello, claro está, con relación al “fantasma” de su amigo, que desde luego para ser común poco tenía que ver con el mío: ¿de quién estaba hablando realmente? ¿Tanto había deformado el pasado su recuerdo que ahora lo reconstruía ante mí volviéndolo irreconocible?
Percibiendo sus flaquezas intelectuales, un tanto después las morales al no estar ligadas las unas a las otras como bien debiera ser, hasta tal extremo llegaba la incoherencia, don Edmundo Carreras, “uno de nuestros más leídos poetas” al decir de los publicistas que lo ensalzaban, difícilmente podría ilustrar a ninguno de sus lectores, en el caso de que entre las masas lectoras tuviera alguna cabeza seria que prefiriese sus debilidades a la poesía que en verdad vale y que nunca está de moda y que por ello mismo merece tal nombre.
Y al fin pude levantarme, libre, después de todo. El contenido de su confesión se diluyó al poco como una compacta tiza tras ser arrojada a un lago, cuando antes de atravesar la puerta:
- ¿Me concederá el último favor?
¿El último antes del siguiente? ¡El último y no más que el último! Aceptamos las sacudidas como regalo divino y nos afanamos para que nuestro recuerdo perdure en los otros a través de nuestras obras. Nada más erróneo, pero tal y como me lo pidió no podía negarme; de haberme negado no hubiese sido yo, sino otro al que creo todavía no conocer pero en el que algún día habré de reconocerme. Después de todo, un individuo así, cincuenta años mayor que un servidor, por pocos atractivos que ofrecernos pueda, bien podía entonces aportarme algún que otro conocimiento, valioso o no, eso luego se vería.
- Mañana -dijo, sopesando muy bien cada palabra-, como ya sabe, parto para Z... Hacía años que no compartía mis intereses con un joven, amigo además de un viejo amigo... Me explicaré mejor: tengo en manos lo que se dice un proyecto, puede que el último, un poemario, desde luego, pero algo distinto a cuanto hasta ahora he escrito, algo confesional... lleno de vida... algo sumamente poético...
Tan entusiasmado dijo esto último que enseguida percibí el germen inconsciente de una gran obra póstuma, por lo que a punto estuve de reírme como un espécimen estúpido delante de su apergaminada frente poética.
- ...dedicado a nuestra juventud, que avanza hacia el futuro, ¡Dios lo quiera!, con ojos de águila y pies de elefante -concluyó enfatizando, paseando bien cada sílaba.
La imprecisa idea, ridícula a la par que descabellada, me asombró por su ingenuidad. ¿Qué podía ese viejo pedante, mediocre persona y peor poeta, dedicar a esa juventud que tan poco apreció le manifestaba como él de sobras había aceptado?
- Algo dedicado a la juventud, eso es... ¡Juventud, divino tesoro! Pero no la conozco, ¿dónde está? No conozco a esa juventud que pulula por este mundo descompuesto de hoy. No la conozco y quiero conocerla, ansío conocerla antes de irme, quiero volver al principio, y así recordar mis años mozos y reencontrarme con la genuina belleza... ¡Descúbrame a esa juventud y le estaré infinitamente agradecido!
Si no vomité a sus pies, por no apuntar más alto, fue seguro de que a esa distancia algún otro no tardaría en hacerlo. A su ambición, le pregunte cómo, y su respuesta fue tanto más sorprendente cuanto imposible era detectar en ella el menor atisbo de razonamiento sensato:
- Llevándome al corazón de la misma.
Tales abstracciones, por descontado, terminaron por hastiarme. Puesto que dejaba la ciudad mañana, seguramente para no volver en lo que le restaba de vida, acordé “llevarle al corazón” de esa juventud aquella noche que estaba al caer, o al menos así lo intentaría. La artificial razón, más allá de la improbable satisfacción personal, el divertimento peculiar o la diversión exótica, no fue otra que “contribuir de algún modo a que el autor del Parnaso del nuevo horizonte encontrase una senda a través de la cual poder en su devenir fructificar otra gran poética para el mañana”.
Tanto se entusiasmó con mi reacción que casi se puso a saltar de alegría; una reacción a primera vista descorazonadora. Ante tamaña mejoría le recomendé prescindiese de su bastón aquella noche, lo que aceptó de buena gana, dándome a entender que un par de piernas eran “para toda una vida”, siguiendo con su costumbre de fusilar frasecitas sacadas del más vulgar repertorio seudo-poético.
Aquel hombre poco tenía que ver con el mismo que dos horas antes había conocido impertérrito bajo la lluvia en un cementerio. Acordé pasar a recogerlo a las diez en punto... y sin más me marché. Por delante mediaban unas horas de nada.

...al llegar al apartamento, veintitantos minutos después, me tumbé en el sofá y haciéndome con el mando a distancia encendí el reproductor de música, gesto en sí reflejo y hasta destructor, de claros fines relajantes, cuyas devastadoras consecuencias han mermado la llamada cultura musical a un mero artilugio consumista de todos bien y mal conocido... El disco que seguía dentro del aparato, por cierto, contenía una grabación en directo, con sus toses y carraspeos, de la Sinfonía ‘El reloj’ de Haydn, mi compositor favorito, al que jamás he podido escuchar plenamente concentrado, en el caso de que sea posible tal grado de concentración, y que quizá por ello siempre me ha ofrecido algo nuevo, y muy en particular con sus sinfonías, tan fáciles de confundir para un oyente despistado. Sobre el aparato, cinco estantes con más de mil discos que albergaban “lo más eximio de la llamada música clásica”, al decir de su anterior propietario, un clarinetista tío mío fallecido de cáncer de estómago, discos que se cubrían día a día con algo más de polvo, llenando de algún modo, valga la petulante expresión, “tanto vacío”, llenándose éste a su vez de más vacío...
...conforme el primer tiempo de la sinfonía avanzaba recordé una de las frases conocidas que el viejo Haydn había dicho sobre la originalidad a la que el aislamiento le había “obligado”. No así mi caso. En el aislamiento del apartamento, de la ciudad, bajo los efectos imprevisibles de una sinfonía que a la altura del presente nada podría llenar, intenté encontrar, estaba obligado a hacerlo, una idea original que pudiera “llevarle al corazón” de esa juventud a la que los estadistas tan bien han definido sin dudar de su natural inhumanidad. Puestos a dar con alguna solución rápida y nada original, y por ello viable y vista del revés hasta muy original, descolgué el teléfono, marqué el número al que más solía llamar por entonces y, segundos después, al descolgarlo mi receptor, dije apresurado:
- ¿Eh? Oye, Odón, tengo algo que pedirte, nada serio, pero no te vayas a creer que es una cosa cualquiera...
La voz, que no había pronunciado ni el habitual “¿diga?”, no se hizo esperar:
- Al grano, y no soy Odón, camarada.
- ¡Ah, André! Perdona, pero por esa respiración que oí supuse que serías Odón... En fin, se trata de un asunto un tanto escurridizo pero jugoso, muy jugoso... Verás, tengo esta noche a mi disposición, y a la vuestra si no me dejáis tirado, a todo un vejestorio oficial...
Así lo dije: “vejestorio oficial”, con una inconsciencia, pobreza de espíritu y vulgaridad completa que me negaban una vez, y ése y no otro era yo ante ellos sin ser yo, como intentado aparentar lo que de sobras sabía no era y tanto detestaba, ser uno de ellos, “uno que se pone a la altura del otro”, descendiendo a la detestable altura de ese otro, atacando además a una persona de la que tan sólo me había hecho una idea poco menos que irreal, o tal vez no... ¿Y quién es nadie para juzgar a otro?
- Suéltalo ya.
- Su nombre es Edmundo Carreras, ¿caes?
No tardó ni tres segundos en replicarme:
- ¿El poetastro?
La pregunta, marcada con un tono desdeñoso lleno de autoridad, no me produjo entonces más que un efecto reconfortante, reflejado en mi respuesta impremeditada:
- Él. Asistió al homenaje póstumo que... Sí, jamás había visto su cara, aunque su nombre es de todos bien conocido. Pero yo no tengo tiempo para leer a poetas vivos, y menos...
- Lo que es muy lógico teniendo a Mayakovsky...
Poeta el citado del que conocería el nombre y poco más, no me cabía la menor duda.
- ¿Te atreves a pasar esta noche con el viejo? -le pregunté como invitándole a hacer algo, algo de lo que por lo demás no era en absoluto consciente.
- ¿Soy una niñita inofensiva?
- ¿Y los otros?
- Un segundo.
...la voz no tardó uno sino once segundos en devolver la contestación, pero juraría que no hizo sino tapar con la mano el auricular y dejar que el tiempo pasara como dándome a entender que la opinión de los otros pesaba, y ya podía tomarme por la nulidad que sin duda en mí veía, que no lograría con sus astucias engañarme...
- Les parece. A mí también me lo parece. Repito: estupendo. ¿Y dónde?
- Allí, desde luego.
- Bien, aquí...
- Al respecto... ¿es posible que os encuentre moderadamente presentables? Limpios y bien vestidos, dentro de vuestros márgenes, se entiende... Y punto importante, no seáis demasiado... discursivos. Al poeta le gusta oírse...
- Dime, ¿cuántos versos le quedan por sumar a ese poeta?
Ni pensé la respuesta: estaba demasiado excitado como para pensar con la frialdad del prudente:
- Me temo que escribe a destajo, por lo que hablar en términos de cantidad... Lo que no quisiera es provocarle una impresión, digamos, negativa, dado su... su frágil estado de salud...
- Etcétera, etcétera... Lo tuyo no es más que puro protocolo reaccionario.
Debí hablar más de la cuenta, puesto que dije:
- Todavía me pregunto cómo pude aceptar... Al parecer... quiere que le “descubra a la juventud”. Le “descubra” y no, cuando menos, redescubra. Esto es algo muy extraño.
Al otro lado del auricular estalló una feroz, sanguinolenta y pútrida carcajada, seguida de un cuchicheo, a su vez seguido de una estridente carcajada polifónica: los otros, para mi sorpresa, estaban con él. Y al poco:
- La juventud es un estado, como dice aquí uno, espiritual, pero también lo es de ataque, de saber responder con el puño. Y la carne es débil y vieja ya al nacer, capítulo primero, por eso es preciso entrenarse a conciencia. Ten por seguro que nada descubrirá, y menos a tan elegíaca edad...
Intenté sincerarme del modo más torpe:
- Me he comprometido. Primero por educación... y luego por curiosidad.
Debió divertirse al oír tamaña afirmación: navegar en la contradicción de aparentar lo que no se es siempre acrecienta la posibilidad de ridículo más atroz. Así me lo confirmó:
- Sinceridad ante todo, muchacho, y antepón lo segundo a lo primero. Me temo que esta noche va a ser la más cargada de nuestras existencias... A impostores como ése yo les daría una buena lección, y jamás la olvidarían para el resto de sus vidas de bien dada que la habrían recibido... Anda, ¿qué es esa musiquilla de fondo que me irrita los oídos?
- ¿Musiquilla dices? Es Haydn.
- ¿Pedaleas con ésas?
- Sí... -dije sin lograr descifrar el significado oculto de aquel término propio de ciclistas-. ¿Os viene bien pasadas las... diez y media?
- Por ejemplo.
- Pues a preparar la lección -dije, y colgué.
...la música seguía su curso, pero detuve la audición y me levanté presto a cambiar el disco por cualquier otro; gesto inane matizado por la falta de concentración típica de nuestro tiempo, donde tantas cosas se cruzan a la vez. Opté por Delius, compositor del que, apunte marginal, hacía varios meses que nada escuchaba y cuya vivificante placidez siempre conseguía relajarme sin apenas prestar atención a la música... En realidad, como todo melómano de pacotilla que forja su afición en la absorbente continuidad de la música, y un servidor lo fue desde niño, aborrecía desde el comienzo, y más en concreto desde que heredé la colección, cierta música en grado sumo, como en definitiva la música de la mayoría de los músicos intelectuales, por llamarlos como los llamó mi finado tío. Por eso escogí a Delius, por resultarme el menos “intelectual”, el más sensitivo si de emociones “auténticas” puedo hablar, pese a que esto carezca de sentido dicho así y no haga sino trivializar el verdadero sentido de la música... Llega un momento en la vida de un individuo en el que su oído se niega a sí mismo a escuchar otra cosa que no sea el ruido de un motor de explosión, el monocorde canto de un pajarillo enjaulado o el insignificante concierto italiano de turno “interpretado con instrumentos originales”, tal y como reza la cartela informativa para conformidad de los muy exigentes oídos de sus oyentes...
...y de pronto, un súbito abatimiento se apoderó de mí. Resultaría lamentable decir que dicho abatimiento se cebó conmigo mediada la audición, pero así fue. Desconecté el aparato sin el menor sentimiento de culpa y me volví a tumbar en el sofá, ajustando el reloj para que la campanilla se activara una hora y media después...
No llegué a dormirme “del todo”, aunque sí estuve a merced de un sueño ligero, demasiado consciente por mi parte como para ser sueño, que lo era. En él, mi desaparecido y en vano recién homenajeado amigo hablaba conmigo, sentados en algún lugar inconcreto, cara a cara. En sus manos llevaba un papel con algo así como un poema, pero no se digno leérmelo, y eso en el caso de que fuera un poema y no otra cosa. De la conversación nada en concreto conservo: yo fui a él, me senté, le pregunté algo, no sé bien qué, pero que le desagradó sin duda... e hizo a continuación ademán de ignorarme, quizá como respuesta a mi pregunta... pero pronto cambió de parecer, y volvió de nuevo a mirarme, ofreciéndome la oportunidad de corregir tamaño desatino, desatino del que ni me hago una idea, aunque estoy seguro de que al menos en el sueño sí lo cometí...
...minutos antes de que la campanilla del reloj sonase me desvelé con un fuerte dolor de cabeza, por lo que pude desactivarla a tiempo, evitando así tan fastidioso ruido. Tomé una pastilla “contra el dolor de cabeza”, como indicaba el prospecto, y tras el aseo “pertinente”, me vestí “para la ocasión”, aunque puedo afirmar que la “discreción” en el vestir siempre ha sido natural en mí; una sociedad que justifica su negligencia espiritual subrayando insignificancia tal bien suele a uno mirarlo mal si no responde de dicha insignificancia. Ni traje ni corbata o pajarita ni cualquier otra lindeza por el estilo: un sobrio jersey de lana y unos desgastados pantalones de pana...
Sin darme cuenta ya estaba en la calle.

II
Preludio a la noche


...aunque todavía faltaban siete minutos para las diez, la duda no me asaltó en el momento de llamar a su puerta: estaba allí y debía hacerlo, y puesto que consideré que la puntualidad en este caso era tan secundaria como el vestir, toqué el timbre. Extrañamente, antes de abrirse la puerta creí por un momento haberme equivocado de habitación, pero pronta, su voz primero, y luego él de frente a mí, me sacó de dudas:
- No crea que quiero aparentar lo que no aparento. Simplemente me he vestido para la ocasión.
Eso había dicho, acentuándolo bien ese “para la ocasión”. También yo lo había pensado, aunque del modo más opuesto a mi protegido, que lucía camisa negra y corbata roja con perla, pantalones anaranjados con una cadena a modo de correa, botines blancos con cordones verdes y un pañuelo lavanda en torno al cuello. Peinado y algo maquillado, podía pasar por ser una década más joven de lo que en verdad era, lo que ya era algo, y las arrugas de su cara se difuminaban no pareciendo tales, acaso coquetas improvisaciones insinuadas a lápiz. No estaba mal, pero con todo, sentí esa estúpida vergüenza ajena tan inexplicable que asalta a ciertos jóvenes cuando acompañan a un anciano, para luego atenuarla recordando el viejo refrán de que de noche todos los gatos son pardos, o así. Un prejuicio el mío significativo, temeroso tal vez de que su apariencia no fuera del agrado de esa masa embrutecida por el gusto imperante que juzga tan pronto como cree oportuno juzgar y ataca cuando no cree en la retirada o simplemente en la indiferencia.
...mientras se retocaba frente al espejo, no pude evitar preguntarle de dónde había sacado tan llamativo conjunto... Parecía tener preparada la respuesta:
- La llevo en la maleta para un momento como el presente... No crea que no me siento un tanto ridículo, pero el esfuerzo bien habrá valido la pena si todo sale bien, ¿no le parece?
Asentí por asentir.
- Para llegarles al corazón -prosiguió- tendré primero que entrarles por la vista. En este mundo al borde de la hecatombe una imagen es una imagen, y todo lo demás pierde su significado sin ella... En la noche de los tiempos por algo estamos más cegatos que nunca.
Razonamiento no exento de una cierta lógica, observé.
- Y bien, ¿qué planes tiene para esta noche? Le escucho.
- Le llevaré a casa de unos amigos que pueden representar a una parte de esa juventud.
- ¿Amigos?
- Sí... por llamarlos de alguna manera... claro que de otro signo que nuestro amigo común, en paz descanse.
- ¿De qué otro signo? ¡Eso quisiéramos todos! Desconfíe de los amigos... Son los primeros en saludar con agrado nuestras más íntimas insatisfacciones y hasta desgracias. Me desconcierta que sea tan ingenuo en ese aspecto, a su edad, con la hoja de la guillotina a un palmo de su cuello... De jóvenes, cuando apenas tenemos preocupaciones, todos tenemos amigos... la falta de preocupaciones hace amigos. Es un mal pasajero, ¡qué se le va a hacer! Todo amigo es un traidor en potencia, tome nota. En consecuencia no existen los amigos, tal vez un amigo verdadero de tarde en tarde, pero uno solo, y todo lo demás, pues intentos de amigo que van sacudiendo nuestros días... y hasta él, en paz descanse, fue uno de ellos -y al decir esto frunció el ceño y se perfumó el cuello con una elegancia tan absurda como los efluvios mentas difundidos por la habitación.
Algo me inquietaba, pero no podría con seguridad decir qué era. Miré hacia otro lado, y sobre la mesilla y bajo un vaso vacío había una página a medio escribir; en prosa. Resuelto, le pregunté por ella.
- Eso... Impresiones, eso mismo. Impresiones que luego llevo a mi diario, que como podrá intuir es la base sobre la que trabajo luego. El germen de mis versos tiene su informe origen en mi diario, conjunto de impresiones del bien, justamente es lo que son. Baudelaire pretendía extraer la belleza del mal, yo no. Me conformo con la belleza del bien, que aunque mucho más discreta que la belleza del mal, nos es más asequible a todos sin poner en peligro nuestra moral.
Por el tono como lo dijo parecía estar completamente convencido de la falsedad de esas impresiones, que por lo demás en nada me interesaban teniendo al artífice delante.
- En mi grafomanía escribo mucho, casi siempre sin necesidad intelectual, y a menudo y acaso por ello salen versos flojos, estereotipados, faltos de algo, de eso que Baudalaire llamaba “rareza” y que es la verdad de la poesía... ¿Le he hablado de mi propensión a la mediocridad como estilo? Sí, ésa es mi última rareza: pasan los años y releo lo escrito, y más que nunca la siento, una mediocridad lastimosa y destructora e irreparable... Pero esto jamás me sucede al volver a mi diario. Los diarios conservan la pureza del creador en su más puro estado. ¿Quiere un ejemplo? Lea una novela cualquiera, ya sabe, una de esas nulidades sin fondo que aparecen día sí y día también. ¡Léala e inféctese de su vacuidad, de su pobreza de ideas! Estructuras establecidas, todo bien mascado, bien digerido, bien estructurado. Pero imagine que el individuo que la firmó es escritor de verdad en su diario “personal”: en él vierte su amor a la escritura, que es su verdad, y como tal se manifiesta en el desaliño y la improvisación absoluta, señas distintivas del genio... y quizás, leyéndolas, nada nos diga en ésas sus más íntimas páginas, nada que sea conseguido a nuestro parecer, tonterías de la vida que a nadie puedan interesar al estar escritas cual tonterías que son: será malo nuestro escritor, pero al poner su alma al desnudo es el mejor al no ocultar su mediocridad, es el creador sin conciencia de tal, sin visión de mañana. Es puro y por ello es el más despreciable y monstruoso de los seres cuando escribe así, porque escribe para sí, él es el punto alfa y el punto omega... él, nuestro escritor, no valdría ni para morir con gracia, pero es un puñetero emborronador de papel que se cree su insípido papel en este condenado mundo, ¿no es genial por auténtico en su inconsciencia?
Nada dije.
- Ya estoy listo, ¿no le estaré aburriendo? Ah, por cierto, ¿a qué fin si puede saberse están destinados sus amigos?
- ¿Mis amigos?
- Llámelos como quiera, suyos son y de nada los conozco.
- Me lo pone difícil, pero ¿a qué fin estamos destinados los hombres?
- Una pregunta muy retórica. No me gustan esas preguntas en boca de los jóvenes, pero se la intentaré responder, aunque ya la sabe... Por ventura a morir, algo tan necesario como el aire que respiramos... pero también a algo más, a algo sí porque sí.
- ¿Será posible que a su edad sea usted un partidario del imperativo categórico?
- Pese a todos los desengaños que la vida me ha dado, en el fondo sigo siendo un idealista intemporal. Mi juventud y la de usted no son hijas de la misma madre, pero tienen una prima común de la que deberían sentirse orgullosos. ¿No se nos estará haciendo tarde? -preguntó sopesando el bastón que había prometido ignorar y que sustituyó tras dejarlo de nuevo sobre la cama por un suntuoso paraguas.
- No creo que llueva -afirmé.
- No digo que no, pero...
...y salimos, él empuñando su paraguas y yo tanto más desconcertado que antes.

El trayecto se alargó más de lo deseable. Mientras avanzábamos por la avenida que separa la parte antigua de la ciudad de la parte de nueva construcción, apenas me dirigió la palabra, generando una tensión inútil e inesperada. El paraguas, cómo no, hacia las veces de bastón. Pisaba los charcos sin siquiera evitarlos, pasando por el centro de los mismos como pretendiendo instruirme en algo... y hasta llegó a salpicarme el pantalón en dos ocasiones. Por eso de no hacer de la línea recta el único trazado, le pregunté algo acerca de su relación con nuestro finado amigo común, pero no parecía tener ganas en darme detalles, y no insistí más.
Llegamos al lugar en cuestión. Miré el reloj y confirmé como pasaban ocho minutos de las diez y media: pulsé el timbre de la buhardilla en el que el trío habitaba, y al poco que el semáforo de enfrente pasaba del ámbar al rojo, una voz irrumpió a la par que un ruido de fondo que el poeta identificó como unas “interferencias” del propio portero automático: me identifiqué y la puerta se abrió. Tomamos el ascensor y al llegar el mismo André salió a recibirnos. Al ver al “poetastro” en su rostro se dibujó una mueca que más de uno tildaría de perversa, y no sin razón por la acentuada rigidez del labio inferior. El poeta saludó al joven con el toque de distinción esperable en una persona como él, y a continuación pasamos adentro. La puerta se cerró tras nosotros por alguien que no era más que una sombra muerta, pero dueña de una respiración inconfundible.

III
Los pedantes


La reunión tuvo lugar en el minúsculo cuarto de estar al que comunicaban todas las demás puertas del miserable habitáculo.
Don Edmundo Carreras inspeccionó de un vistazo el lugar, desordenado y algo sucio... y por la expresión de su mirada deduje que no era de su agrado. Acto seguido, se deshizo de paraguas, sombrero y abrigo, en este orden, y tomo asiento en el sillón del centro, como dando por entendido que era el suyo. A su diestra me senté yo, mientras que por su izquierda hizo lo propio André. Frente al poeta, en el cuarto sillón disponible, Odón parecía analizar desde su quietud la fisonomía del desconocido, mas tan sólo parecía. Y en la esquina más oscura y hasta apartada, pese a las angostas dimensiones del espacio, aguardaba en silencio Abel, sentado en una oxidada silla de cocina junto a una mesa camilla, con las manos sobre su reluciente saxofón tenor y la vista perdida en el retrato colgado del Gran Sordo, marcando el tiempo con el pie. En el centro de la habitación, bajo la algo débil luz de la única bombilla, la mesa rectangular que solía hacer las veces de escabel en noches menos formales, se erigía como límite de contacto, mas adornada toda ella con restos de alimentos, colillas y ceniza fuera del cenicero, una botella de alguna bebida alcohólica a la que habían arrancado la etiqueta, vasos sucios, páginas sueltas de periódicos y una partitura muy tachada, y todo ello sobre una bien perceptible película de polvo.
Durante los dos primeros minutos nadie articuló palabra. No había moscas, pero sí un reloj de pared que a golpe de segundero hacía más pesado el silencio... Aquel artificioso estado duraba demasiado, incluso parecía iba a eternizarse más de lo debido, y ante la incertidumbre de mi protegido, que no dejaba de mirarme como un niño asustado, tuve que presentarlo ante el supuesto interés de los otros, que lo atravesaban con la mirada, salvo el impar Abel, que abstraído seguía sin mirar a ninguna otra parte que no fuera al retrato en carboncillo.
- Os he traído -comencé en tono solemne y afectado, mimetizando hasta cierto punto al poeta- a un hombre que por los medios de sobra conoceréis. Su nombre aparece en los suplementos literarios de los periódicos -quizá dije aquí una tontería, pero fue lo que pensé al mirar las páginas sueltas de los periódicos-. Don Edmundo Carreras, Edmundo a secas para los amigos, es un poeta muy admirado y respetado por todos...
Odón carraspeó y André se sonrió: entre el gesto del uno y del otro no había complicidad perceptible alguna. Mi protegido, algo tenso, al fin se decidió, liberándome de tan espeso fango.
- Soy y no soy todo lo que has dicho -apuntó mirándome-, pero en verdad lo soy sin haberlo sido.
André no pudo contener la risa como ya venía anunciando y estalló en una ruidosa carcajada, asumida empero con indiferencia por los otros. Edmundo disimuló bien su inquietud:
- Acaso, joven, ¿he dicho algo gracioso?
El aludido se frotó las manos. Aunque francés de nacimiento, el acento de su castellano era casi impecable, demasiado incluso para no ser más que “un asqueado estudiante francés”, en definición suya:
- Sí, lo has dicho, y mucho. Pero no te me enfades, abuelo, que enfadarse es cosa de espíritus viejos, y tú, por supuesto, no comulgas con ellos, aunque lo seas sin haberlo sido. Si se es y no se es, no sé, pero no puede en verdad ser uno sin haberlo sido. Esa ridícula metedura de pata te encasilla entre el gremio de los charlatanes babeantes de los suplementos culturales, poetas muchos de ellos, abuelo, poetas que rellenan carillas escribiendo una ponzoña infecta tan vieja y reconocible como la mala poesía, que aunque es poesía, por algo es mala, ¡qué digo mala!, doblemente mala habiendo pretendido serlo.
El viejo se quedó por un instante boquiabierto, detalle que no se le escapó al astuto francés, dado a esta clase de disertaciones sobre lo bueno y lo malo aplicadas a una u otra cosa, en este caso lo que al poeta más le dolía, aunque no pasase de ser una banalidad cualquiera: la confirmación por parte del otro de algo de lo que era bien consciente, su charlatanería de efecto.
Odón, dirigiéndose a la visita, intervino arrancando su fatigada respiración de alcohólico prematuro:
- Bonita corbata, ¿bebes?
Si bien se la pensó, su respuesta fue un tanto ridícula; por descontado la esperable en un poeta de su especie:
- Los jóvenes... ¿beben una inanidad del tipo del té con leche?
- ¿Cómo? Aquí güisqui, ginebra, vodka... o una cerveza por no faltar, ¿eh? Lo de antes, eso sí, a tomar a palo seco o acompañado con... naranja, cola... limón o zumo o lo que tu... perra madre quiera -dijo mientras agarraba del suelo una botella y se servía en uno de los vasos de la mesa, sin decidirse a no derramar algo de líquido por de fuera de ésta-. ¿Qué... beberás? ¡Qué!
- ¡Basta ya, Odón! El señor no bebe de esa porquería -irrumpió Abel, irritado a buen seguro ante tanta vulgaridad encadenada y apartando a un lado su instrumento-, y sin insultar. Y tú, mon André, haz el favor de tratar al señor como de seguro se merece -lo dijo de tal modo, con esa gracia peculiar tan suya, que pude percibir la fina ironía que el francés no captó-. Respetad la edad y algún día sabréis catar el buen vino. Toda altisonancia es signo de estupidez: francés y estudiante, bien debieras saberlo.
Ése que ahora hablaba era para mí el Abel menos interesante de todos cuantos pudiera contener dentro sí, un individuo más bien impenetrable, dueño de una inteligencia abierta y de un saber estar marcado por su distinción en el trato. Si algo en él me sorprendía era eso, que pudiese existir y desarrollarse en un ambiente tal; pero bien claro está que su orden interior guardaba pleno equilibrio con el caos allí reinante. Qué duda cabe que si algo que no tenían los otros lo tenía él, eso era inquietudes intelectuales con un fin marcado, y todas ellas de una profundidad infrecuente en una época tiranizada por el más mezquino seudo-conocimiento. Por algo era la música lo que más me unía a él, y digo me, ya que no nos: mientras que yo era un extranjero en suelo desconocido y sin mayores aptitudes para adaptarse a éste, Abel era todo un “prodigio digno de admiración”, por emplear la tan manida frase, o un individuo “tocado por la gracia divina” para crear con su propia entidad y manos una obra consistente y duradera. No era un genio ni un superdotado cualquiera, era un artista nato que se estaba haciendo, he aquí la paradoja, un compositor de talento natural que forjaba su pasta en el intelecto, plegado desde su infancia tanto al academicismo como a la vanguardia más marginal, pero superando ampliamente sendos polos, tan imprevisible en su arte como el soplar lo es al viento, y a la espera de dar con “la revolución musical” de ese mañana que se decía ya había llegado y que él negaba, esperando “otro mañana”, uno que tanto ansiaba y para el que con incesante humildad y autoridad de juicio iba trabajando desde su refugio, consciente de poder dar con él “en breve”, tal lo dijo una vez: una revolución musical sin parangón desde que el mundo es mundo: el inventor, el técnico y el poeta convivían en él, un sumo trío que se complementaba en perfecta armonía allí y no en otra parte, en una cabeza de la que a lo sumo en mi ignorancia no llegaría a conocer más que una mínima e informe parte... Pero quizá esté siendo demasiado simplista.
También esa partitura tachada dejada al azar sobre la mesa en la que los pentagramas no pasaban de ser líneas muertas era sin duda un experimento más de los suyos y al que por tanto ningún valor daba. A ese punto concreto en el espacio iban los cansados ojos de Edmundo... el poeta que escribía sobre papel pautado.
La réplica irritó al bueno de André, que se levantó, dispuesto a saltar de un momento a otro sobre su agresor verbal para despedazarlo:
- Yo no soy tu “buen” André, recuérdalo... ¡Y deja de tratarme como a un párvulo! Y no me des lecciones de ética barata, nos las soporto... guárdalas para otros... Bastante tengo con soportarte.
- Tiene el francés humos, ¿eh? -apuntó Odón volviéndose a mí con una risita desvaída-. El francés saca humo como una cafetera cuando el café hierve...
- ¡Y tú cierra esa boca de borracho! -señaló con el índice acusador al bebedor, que no se dio por aludido.
- André, será mejor que tomes asiento... si quieres causar buena impresión al señor -sentenció Abel con gesto pacífico.
- Me sentaré, pero no te vayas a creer que...
Sin echar lo que algunos llamarían fuego por los ojos pero sin desmerecer de ello, André se sentó de nuevo, y entonces, como estando ambos de acuerdo, Odón se levantó, si bien con inusitado esfuerzo, como soltándose de un madero con clavos. Había “secado la botella”, explicó, por lo que se fue hasta la estrechísima cocina a grandes zancadas, se oyó el crujido de una bisagra o algo parecido y tras esto un estrépito de objetos caer al suelo. Salió con un par de botellas de cerveza y una enorme bolsa de pipas saladas que abrió acto seguido depositó sus ciento veinte kilos en el deformado sofá.
- Ya es hora de... de cambiar de televisión -dijo sin venir a cuento.
Abel se pasó la mano por la frente. En medio minuto todo volvió a la calma. Odón se llevaba las pipas de dos en dos a la boca y escupía las cáscaras, que como proyectiles aterrizaban sobre la mesa y alguna que otra en las piernas del poeta, muy ofendido ya:
- Joven, es usted un notable ejemplar de grosero cualificado -dijo por lo bajo, sin que su comentario surtiera consecuencias.
Odón dio un nuevo trago y vació la primera botella de cerveza. A continuación, previa y estruendosa respiración, reaccionó en estos términos:
- ¡Ja-ja-ja! Tú... tú no eres más que un viejales timador que se llena los bolsillos con... ¡con la baba de la gente!
Mi protegido enrojeció. André entornó una sonrisa traicionera que hubiera espantado al menos temerario. Y Abel hizo ademán de ponerse en pie con gesto muy irritado, por lo que tuve que intervenir a tiempo para evitar algo que me atrevería a calificar de inoportuno:
- Don Edmundo no ha venido para oírse eso, sino para conversar... e incluso contigo, Odón.
Por un lado, la cosa no podía marchar mejor, pero por el otro lo divertido del asunto nada tenía de divertido, y por un momento creí arrepentirme de haberlo llevado a aquel lugar: así me lo constataba Abel a cada golpe de segundero al mirarme: se diría que me estaba culpando de algo, lo ignoro. Porque, en definitiva, ¿para qué lo había llevado allí?
Odón volvió de nuevo a mascar las pipas para de seguido escupir sus cáscaras no ya a la mesa, sino de propio a las propias piernas del poeta... lo que bastó para que Abel, con agilidad imperceptible, se levantara de la silla, agarrase el saco de pipas y lo tirase a la papelera, solución sin duda un tanto precipitada, pensé, pero acertada. Nadie dijo nada, ni siquiera Odón, que parecía no haberse dado cuenta. El poeta se sacudió con un pañuelo las ultrajantes cáscaras del pantalón y reinició la conversación, esta vez sin apartar la vista de su inesperado defensor:
- Supongo que esa partitura recién salivada por este caballero es obra suya.
- Supone bien -dijo seca, cortantemente Abel.
- Ah... pero ¿no tiene piano?
- ¿Para qué lo quiero? Todos los que componemos en serio tenemos uno en la cabeza, y siempre está afinado.
- ¿Quiere decir que escribe, si me permite la expresión, mentalmente?
- Eso es -respondió convencido, interesándose intermitentemente por su inconfeso entrevistador-. ¿Significa mucho para usted eso?
- Pura curiosidad... La juventud de hoy es sorprendente -y al decir esto volvió la vista sobre Odón y André, vaciando ya la segunda botella el uno, leyendo una revista de las llamadas “científicas” el otro.
- La juventud de hoy nada de sorprendente tiene -corrigió Abel-, es una juventud prematuramente envejecida, podrida, egoísta, injusta y débil... y los que intentamos beber del viejo Sócrates bien sabemos que es mejor para el hombre padecer la injusticia a cometerla. Sin más. Pero esto muy pocos lo entendemos, se lo aseguro.
- No digo que no... pero usted sí me sorprende, y mucho.
- Que componga mentalmente nada de sorprendente tiene, nada. Es un pasatiempo, por ahora. También escribo música en un cuaderno que algún día quemaré en beneficio del sistema. ¿Ve ese saxofón? Cuando lo toco no pienso en nada: ¿qué me hace tocarlo de tal modo, bien o mal? No lo sé, nadie me enseñó. Y lo mismo cuando escribo, pues ni me planteo cómo suena convencionalmente exactamente lo escrito... Lo sorprendente es ser arrastrado a ello por la propia composición, componer por componer, sin otro fin que ése... borradores, eso es, pero sólo por ahora. La gran obra es una muy larga gestación.
Edmundo se sonrió, y al mirarme, afirmó:
- Es de los nuestros, qué duda cabe... Borradores, ¿eh?
Nada dije. Odón bostezó.
- Borradores o porquería, no sé... Pero existen dos tipos de compositores -continuó Abel-, y me temo que yo ni estaría entre los unos ni mucho menos entre los otros. Pero sin duda y hasta la fecha, sólo ha habido dos tipos esencialmente.
- ¿Dos tipos? ¿Es posible?
- Usted es poeta, bien debiera saberlo... También existen dos tipos de poetas. Siempre dos. ¿En qué grupo se incluiría usted?
- Detesto las etiquetas, joven.
- Pero todos llevan cosida una, ¿no querrá negármelo?
- En ese caso, ¿qué dos tipos de compositores con los que usted no se identifica cree que existen?
- No lo creo... lo aseguro, y por eso mismo me niego al encasillamiento... ¡Al grano! Por un lado están los más, los malos, los que nada podrán decir, todo lo más reafirmar que son los malos. Y por el otro, claro, están los buenos, los que permanecen vivos en mi cerebro. Es tan simple que hasta parece ridículo, pero es así.
- Es tan simple como subjetivo, sí.
- ¿Simple y subjetivo? Se equivoca... Un análisis riguroso siempre colocará las cosas en su sitio, y las cosas, como cosas, requieren de un espacio, en ocasiones de un espacio inútil, tanto como la cosa misma puede a nuestros ojos serlo... pero muchas cosas inútiles son bellas, no me dirá que no... de hecho, la belleza es el más inútil de los atributos accidentales que hallamos en las cosas... Una mariposa es bella, sin duda. Pero voy más allá. Piense en una estatua de mármol griega, por ejemplo. No es bello el mármol, sino la estatua por voluntad humana. El que la hizo podía ser extremadamente feo y nada importa: Dios, lo que sea, obró dentro de su creador, que como tal fue el medio, el medio para satisfacer a nuestros ojos sedientos de belleza durante unos segundos. Piense, una larga creación de meses y hasta de años para ser reducida a unos segundos de contemplación. ¿Merece la pena tanto esfuerzo a lo largo de tanto tiempo para tan rápida asimilación? Pero en la música es distinto, porque la música siempre es distinta, ya que nunca suena igual, ni es escuchada igual, pues no está aquí ni allí, es y se va haciendo en nosotros, y nada más... Una cualidad que se repite de compositor a compositor es esa repelente conciencia de dominio de la forma que se suele superponer a la forma que se dice dominada, haciendo alarde de un orgullo personal que sólo puede perjudicar a la obra dada, y eso en caso de que esa obra tenga por sí sola el suficiente dominio como para hacerla válida, es decir dueña en su autonomía, de sí misma sin necesidad de su creador. De muy pocas obras de arte podemos decir que tienen vida propia por sí solas... Por eso, la diferencia básica entre lo malo y lo bueno es que lo malo queriendo decir mucho o queriendo decirlo todo nunca dice nada... y en caso de que diga algo, sólo será inteligible para las cabezas mediocres e incapaces de profundizar en la cosa, adictas pues a la banalidad a la que están sometidas, que suele ser la del concepto, y por consiguiente incapaces de valorar en su justo término lo que tienen delante por inefable, ya que no disponen de ese mínimo exigible que los hace humanos de verdad... Por descontado, lo bueno será lo contrario.
- Insisto, puro relativismo.
- También está demostrado que el relativismo de los valores es inexistente... ¿cómo puede en su subjetividad tacharme de subjetivo?
- Bueno, si me equivoco, existo... Pero dígame, esas cabezas mediocres... ¿a qué cabezas se refiere exactamente?
- Es bien simple y no admite error... A las de los individuos sin voluntad propia, entre los que me temo... podría estar usted incluido, señor poeta.
- Ah... ¿y qué me dice de sus amigos? -intimidados de pronto al darse por aludidos, André y Odón salieron de sus refugios, delatando que si no miraban, al menos sí escuchaban, en su grado habitual cada uno, por supuesto.
- ¿Queréis... queréis oír mi verdad? -les preguntó Abel con extraño desdén.
- No le fuerzo a nada, joven -acertó a decir Edmundo, no muy seguro de haber obrado correctamente.
Ante el silencio del bebedor se impuso la irritación del francés, herido en su punto débil:
- ¿Quién eres t-ú para valorar a nadie? No eres más que un bocazas inconsciente que mueve a la pasividad, ésa es mi verdad. Y tú, poetastro de tres al cuarto, ¿qué está tramando? No somos de los t-u-y-o-s, hazte a la idea... La juventud aborrece tus churros, la juventud lo que quiere es ponerse en pie y arreglar el mundo, y para ello es preciso arrancar de raíz los hierbajos, y tú eres un hierbajo. Lo he dicho.
Pero Abel ya se había decidido, incluso pienso que no tuvo necesidad de decidirse, pese al aparente titubeo inicial, puesto que solía decir lo que pensaba, y lo que pensaba siempre tendía hacia la misma dirección, la cruda sinceridad:
- ¿Mis amigos? Sí, mis amigos son muchachos sin voluntad propia... ¡Eso es! Responden a un esquema planificado por la sociedad que los maleducó. Ellos mismos, pero “a su manera” cada uno, han terminado de negarse, de adaptarse al molde. Son puras nulidades funcionales, caricaturas exaltadas... y de ningún modo son mis amigos, puesto que yo, en mi sistema de pensamiento, no admito amigos, ¡no! Ellos son muchachos de hoy, eso los define mejor que nada, muchachos de hoy. Siempre hubo muchachos de hoy que fueron y vinieron por el mundo como peonzas, pero yo, señor poeta, yo al menos aspiro a ir por libre, y por eso mismo ni voy ni vengo, me aíslo en mí mismo mientras aspiro a lo que aspiro... y la muerte imprevista, en caso de que se me adelante, será la única que me anule. ¡Por fortuna!
André le lanzó a dar la revista a su adversario... mas sin hacer diana. Acto seguido, se puso en pie en pose amenazante y bramó algo ofensivo a éste en francés... La mesa le impidió seguir adelante y estrangularlo con sus propias manos... puesto que eran las suyas y no otras las que parecían salirse de su cuerpo. A continuación, lleno de rabia y frustrado, pego una fuerte pata a la mesa, escupió y se marchó, dando un violento portazo que hizo temblar el tabique, encerrándose en su cuartucho. Tras esto, Odón volvió a la cocina y de regreso al sillón trajo consigo una botella de ginebra con otra de naranjada: se reía de algo, quizá de sí mismo, aunque sería mucho decir...
Al poeta le temblaba el labio inferior: se diría que había cazado al vuelo alguna impresión jugosa a apuntar en su diario. Por más de un concepto, empezaba a sentirme muy molesto.
- Abel... es usted un joven implacable... y de esos hay pocos, pero sus ideas me resultan algo confusas. Lo que piensa lo dice... e incluso a aquellos con los que comparte techo. Todo ello indica que usted, por un lado, es joven... pero por el otro, muy viejo. Espero no haber estropeado nada importante entre usted y el irritado joven francés.
- Ya se le pasará, él es así, y la verdad y la mentira, lo bueno y lo malo, se complementarán repeliéndose por los siglos de los siglos. Nada es confuso ni grisáceo. Si a los ojos de ese francés deslenguado soy una porquería, y no digo que no, a los míos propios soy diamante en bruto.
- Y por ello por pulir.
- Tal vez, pero los pulimentados perfectos no existen, e incluso resquebrajan el bloque.
Los dos dirigieron su mirada a mi un tanto hasta entonces ladeada persona.
- ¿Qué dices a todo esto? -me preguntó mi protegido.
- No soy el indicado para verter una opinión quizá infundada -dije-, si bien es cierto eso de que los pulimentados perfectos son imposibles, y tanto como que los diamantes pulidos son perfectos en su imperfección, y por ello imposibles de perfeccionar.
- Bien dicho... Pero volviendo ahora sobre lo de antes, hágame Abel el favor de justificar la valoración que ha hecho de sus “amigos”, ¿quiere?
- La justifiqué al hacerla, pero puedo subrayarle los aspectos que quizá le quedasen más externos y por ello no aprehendió debidamente... Verá, André y Odón, el uno furioso en su habitación y el otro tan tranquilo ante nosotros, son los dos tipos básicos de jóvenes, de lo que yo llamo muchachos de hoy, pero tipos particulares, extremo el primero de lo uno, y muy extremo el segundo de lo otro... André confía en su cerebro, que para él es todo lo que puede ser un cerebro a la altura del presente año, mientras que Odón, él confía en su botella, con lo que nada he dicho...
- Y dice bien...
- Verá, André sería lo que para la “gente de bien” es el muchacho bueno, el que pondría la otra mejilla después del primer golpe si le conviniese hacerlo, y que por eso mismo no lleva la cabeza sólo por llevarla, sino que piensa como un-ser-humano, no sé si me explico...
- No muy bien, la verdad...
- ¡Al grano! André, él, tiene por consiguiente la voluntad de ser moralmente bueno. ¿Y qué quiere decir esto? No lo sé, pero él, caballero, él manifiesta esta voluntad intentado comportarse como esa gente de bien que es su ejemplo y a la que debe algo que él no sabe qué es, por ley universal no debe saberlo, y en su corrección al actuar se reafirma en tal postura...
- ¿A qué se refiere exactamente?
- ...por eso este muchacho de hoy se muestra violento cuando le tuercen el ángulo: el suyo es un ángulo de visión único con alguna variante borrosa, y eso lo ennoblece de cara a la sociedad al ser un individuo con “las cosas bien claras”, tal y como se dice. ¡Las cosas clarísimas! Nadie firma por otro sin ver que tiene las-cosas-bien-claras. Por eso, en lo más hondo de su ser habita todo un revolucionario, sólo que es un revolucionario sin revolución, tan desubicado como su pensamiento auténtico, por así decir.
- Explíqueme eso, por favor...
- Verá, su anterior reacción violenta es la afirmación de su honorable condición, y por algo... de los tres que aquí vivimos, en este espacio ínfimo, él es, por decirlo de alguna manera, “el elegido”, el ejemplo. ¿Cómo se explica esto? No se explica, se siente. Él, desde su más inútil infancia fue educado con los ojos puestos en un orden social de sobra de todos conocido, un orden que él aceptó porque no lo conocía, aunque por naturaleza lo aprendió a odiar sin conocerlo, es curioso... Es un muchacho de una cultura mediana, con una formación a la altura de estos tiempos muy por encima de la llamada media, con sus ideas, todas ellas superficiales e incluso mal asimiladas, pero ideas al fin y al cabo. Los libros que más le han influenciado han sido los tomos de alguna repelente enciclopedia, ordenada e impersonal, pero también ha leído a los llamados grandes clásicos, de la novela, de la poesía... de lo que fuera, pero sin sustraer de tales lecturas más que una visión maniquea del mundo, a la manera de un silogismo escolar... Piensa sin pensar, memoriza por memorizar, va siempre por la vía rápida, es un individuo práctico, lo que se diría de armas tomar en definitiva, y por esto mismo carece de un pensamiento casi propio, aunque sin duda se atribuya uno, remedo de otros, que no influencia... lo que en absoluto impide que su pensamiento sea considerado por la sociedad no pensante como un pensamiento “formado” en sí mismo, autónomo, que le puede llevar a decidir a él por encima del sistema en una situación extrema, e incluso al extremo de llegar a guiar a otros... La sociedad lo considera de este modo responsable y útil a sus fines por dos razones complementarias: André ordena “su” pensamiento de funcionario precoz basándose en un sistema invertebrado del que incluso desconfía... pero al que se agarra al no conocer otro en su aparente docilidad, de este modo cuando no es él, esto es en su “puesto de trabajo”, pongamos por caso; y André cree volver a ser él cuando creyendo serlo no hace sino reordenar ese pensamiento impersonal que le permite dar un valor moral positivo a lo que él considera correcto, y eso se le antoja algo de alcances universales, como al servicio de una gran causa de la que él, por medio de su experiencia, dígase inexperiencia, puede llegar a ser, si me permite el término, “autor”. Este despropósito tan chapucero define su situación, y de tal modo “actuará” cuando se aliene en las filas del mundo laboral, aunque su aspiración sea la de llegar a jefe. Todavía es joven, me dirá usted, pero ya conocemos el final aunque no esté escrito: la obra más productiva de su existencia será sin duda el momento de su expiración, cuando a su lado revoloteen un puñado de capitalistas amargados aparando la mano... ¡pero ya no quedará ni la calderilla! Como él en el mundo los ha habido a miles y los seguirá habiendo. Ha nacido para ser un tirano y un ladrón: ha nacido para triunfar, para arrasar, para aplastar, para practicar una antropofagia sin precedentes. Es pues un individuo profundamente aburrido, al que dobla en interés científico el indiferente Odón, un incuestionable “desecho social” para esas gentes de bien... Mírelo, abstraído en su tarea pero escuchándonos y entendiéndolo todo y nada, absorbiendo como la tierra el agua, pegado a su sillón, ¿no le parece una caricatura inerte de lo que debió ser? En cierto modo lo es. Pero Odón es algo más: es el subproducto de la culminación de un fin predicho tiempo ha: el de la llamada “perdida de los valores morales y religiosos”, algo que no sé qué demonios es, y que dicho así poco quiere decir, pero poco ya es algo, pues para él el alcohol en cuanto fin debe sin duda ser un puro valor moral en el que de algún modo afirmarse, y por ello valor indispensable del que prescindir supondría algo así como la extinción de su voluntad, que aunque primaria, incluso muy primaria, no deja de ser voluntad... Cuando Pascal decía que el hombre es la caña más débil de la naturaleza, aunque no una caña cualquiera, sino una caña pensante, nada decía con respecto a Odón, al que bien podríamos llamar Piedra, o el objeto inanimado que a usted le pase por las mientes. Es decir, en su condición de hombre muerto, nada sabe, y por ello mismo carece de cualquier ventaja sobre la Naturaleza, estando a su misma altura de absoluta ignorancia, bueno, casi a su misma altura...
- ¿De veras?
- ¡Por Dios! Es un caso extremo pero lógico, y sorprendente en cuanto estamos ante un individuo se diría “normal”, con una inteligencia cierta y unas costumbres todavía humanas, como sentarse en un sillón y no colgarse de una lámpara, pero es un individuo muerto, un individuo prefabricado por un sistema perverso y no un alcohólico cualquiera, como a simple vista podría parecer. Está en el escalafón más bajo dentro de una escala a la que por ahora no me atrevo a denominar de ningún modo escala. Él es sin duda uno de los primeros especimenes nuevos que vegetaran en este nuestro planeta... Ejemplares como él sin duda todavía no hay muchos, tal vez él sea el primero... pero no es más que cuestión de tiempo... ¿No le dejará frío mi justificación?
El poeta se sonrió, es decir aquello le parecía un cuento chino de lo más pretencioso.
- Toda su justificación, como la llama, es tan extraña que la verdad no sé muy bien qué idea hacerme de los conceptos que maneja con tanta soltura como imprecisión, como ese “valor moral y religioso” que atribuye al alcohol, tan dudoso para mí... Pero toda su justificación está fundamentada en un tópico tendencioso que no le honra, Abel: ¿qué le hace pensar que en esos dos extremos se mueven sus compañeros de vivienda? Capto la hipérbole, pero no el contenido...
- ¡Esos extremos se tocan! ¿Qué le hace pensar que viva con ellos?
- ¿Algo así como la imposibilidad de encontrar, pongamos por caso, otra vivienda más confortable?
- ¿Bromea?
- Sabía que le estaba haciendo una pregunta ingenua.
- ¡Nada más que inspiración!
- ¿De qué me está hablando?
- Del desencadenante que lleva al verdadero trabajo, de Dios. Dígame, ¿seríamos dignos de producir nuestra... basura sin la aprobación de Dios?
- En mi ateísmo, creo que buscar una respuesta a su pregunta es algo como poco resbaladizo, pero en el caso de que creyese en Dios tal y como usted cree...
- ¿Qué le hace pensar eso? ¿O tengo pinta de creer en Él?
- Eso no es de mi incumbencia, joven. Lo que pinte o no pinte, eso es cosa suya... pero volviendo a lo que le decía, creo que yo, en caso de creer en Dios, sí sería muy digno de producir eso que usted llama “nuestra basura”, puesto que como su bienamado hijo que soy, que sería en tal caso, esa aprobación a la que se refiere no me sería siquiera ni planteada.
- Se va por las ramas, pero sí... Gustate et videte quoniam suavis est Dominus... Claro que no era mi intención disertar sobre este espinoso asunto en un momento como el presente.
- En algo coincidimos...
La conversación-concierto entre la joven promesa y el viejo que prometió, por calificarla de algún modo no menos fácil y estéril, prosiguió su soporífera andadura por estos tan machaconamente abruptos derroteros. Por momentos asomaba en el poeta el seudo-filósofo que sin duda era, pero azucarando su discursillo para no resultar demasiado antipoético. Miré el reloj de pared y luego cotejé la diferencia con el mío por enésima vez: no daban ni las once y media en el uno y ya las habían dado en el otro, pero la impresión que guardaba era la de haber pasado allí encerrado al menos seis interminables semanas escuchando una insoportable cháchara punteada por un segundero y una respiración plomiza, y ni mi papel de moderador había logrado despegar del amodorramiento, de súbito agigantado por el dolor de cabeza que venía arrastrando desde hacía unas horas, a ratos imperceptible, aunque otros, tal vez, demasiado insistente como para bien notarla.
- Abel, eres un joven que razona, lo que se dice... bien y mal.
- De ello soy consciente, señor... y no me avergüenzo. El mundo siempre estará divido entre hombres que razonan bien y hombres que razonan mal. Yo prefiero unirme a los segundos, pues este mundo va muy mal, lo que me da que pensar que en caso de razonar bien sería doblemente desgraciado de lo que ya soy.
- De jóvenes de nada nos avergonzamos, incluso de haber nacido, aunque reprochemos a nuestros progenitores tamaña condena... Pero hablemos ahora de algo que sí me interesa... Háblame de tu música, si no es mucho pedir...
- Me lo pone muy difícil. Mi música, como mi piano, está en mi cabeza, literalmente... Por algo, y no es nada en absoluto nuevo, destruyo todas mis obras una vez han sido concluidas en cuanto expresiones de un conflicto íntimo momentáneo e irrepetible.
Al decir esto, el poeta, como pensándoselo, palideció: se diría que le volvía algo a la cabeza, y yo intuí qué podía ser.
- ¿Será posible? Las obras no se destruyen, basta con guardarlas en el cajón y esperar... esperar a ver si pasan la prueba del tiempo. ¡Qué radicalidad tan inmodesta! Espere, se lo explicaré mejor...
- No, no se esfuerce, no soy tan arrogante ni orgulloso, y mi inmodestia, como puede ver, es antes producto de su imaginación que algo veraz... Soy el más modesto de los hombres, o uno de los más modestos, cuando menos, y por algo amo el jazz.
- ¡Vaya! Lo que no deja de ser la más inmodesta de las afirmaciones, o una de las menos modestas, al menos... Pero siga, blanquito amante del jazz.
Por la bien definida arruga de la frente estaba claro que Abel había recibido una buena estocada al oírse eso de “blanquito”... pero el poeta era el poeta, y en su palabra no había más que una soterrada malicia difícil de descifrar más allá de la pura palabrería emitida sin pensar realmente en algo sólido. Abel, moderado por naturaleza, se sinceró:
- Y bien, ¿qué quiere que le cuente a estas alturas en las que una auténtica revolución musical debiera estar a punto de estallar? El gran problema es que han sido tantas las revoluciones musicales, tres si no he perdido la cuenta... y quizá por ello el gran problema de la música de la cacareada vanguardia es su verdadera inmodestia para protegerse de las críticas contra su modestísimo pensamiento generador, una música que si bien parece querer luchar contra ese sonido consumista que se fabrica segundo a segundo en los laboratorios del mercado económico, está demasiado huérfana de ideas que no sean las de la pedantería... Vivimos esclavizados por la pedantería. Somos pedantes cualificados cuando hablamos de algo de lo que no tenemos ni la más remota idea. Yo no sé nada: yo sólo siento algo. El grueso de esa gente tan musical vomita todo su odio producto de su incapacidad artística contra una obra tan maravillosa y deslumbrante como lo es la Sinfonía Primavera, y no le estoy hablando de jazz, una obra que en su estupidez consideran una aberración al gusto, es decir a su no-gusto, al representar un ejemplo hoy “anacrónico” de lo que las lenguas muertas hablaron y que por ello mismo debiera estar ya enterrado, pero que por desgracia para ellos no lo está, y por algo sigue atrapando a la masa inculta de oyentes que se limita a oír con una incultura musical indecente esa música trasnochada... En cierto modo soy lo que algunos del gremio llamarían “un reaccionario musical”, y es natural en mí inclinarme antes por el padre Tchaikovsky que reina en los cielos que por un Stockhausen cualquiera, mi naturaleza es humana y por ello y al decir de esos payasos, débil, conservadora, quieta, así la llaman, quieta en el común de mis ratos... y por tanto, lo afirmo, como oyente tiendo a lo tonal, que si bien tiene algo de irracional en absoluto lo es, ¡por lo menos algo me afilia al soñoliento gremio de las beatas! Aunque jamás despreciaría del todo una obra de música nueva que aunque modesta en su alcance artístico albergara un pensamiento musicalmente razonable, por muy irracional que éste fuera desde la base. Sabemos de sobra que si la tradición es aniquilada la música como Gran Arte desaparecerá para siempre... y sin embargo yo tampoco creo en una comunión entre tradición y vanguardia: mezcle fósiles con moluscos recién pescados y aderece el manjar con algo de inconsciencia en la escucha, ya verá... Está claro que la música tradicional murió con ese Schoenberg tan querido por muchos... y podemos afirmar que todo lo que se produjo después que siguiese mirando hacia atrás no merece nuestra consideración, no, es abominable, no la merece de ningún modo, salvando del fuego eterno y no sin pensárnoslo, a esa media docena de mal llamados nacionalistas que están, con toda su buena voluntad, claro, a mitad de camino... Podemos jugar durante una temporada a componer como un Antheil cualquiera, y pongo por ejemplo a esta cabeza de pensamiento tan tradicional que un día tuvo la ocurrencia de sorprender con un puñado de obras pretendidamente “modernas”, que quiso inventar sin construir siquiera, cimentar un pensamiento musicalmente razonable... Escuche su... ¿cómo se llamaba esa agrupación de percusión? En fin, lo que intento decirle del modo más sencillo es que podemos jugar a ese juego perverso en el que el pensamiento no es más que una excusa para hacer mala y hasta muy mala música nueva, e incluso podemos mezclar mejor esos elementos llamados viejos con esos otros llamados nuevos y hacer algo que suene hasta “bien”, que parezca que tiene sustancia... pero a la larga nos llevaremos un chasco al descubrir que en síntesis esa mezcla nos sabe a poco, y que por mil audiciones a la que la sometamos, la Sinfonía Primavera seguirá sonando como la primera vez, igual de moderna y espiritual. Y lo mismo le puedo decir de Miles Davis, en fin... Mi tesis pues es que si no se inventa algo completamente nuevo y auténtico, es decir no de este planeta, y por ello dueño de un pensamiento sólido, no de este planeta, que no sea la música electrónica o la impersonal alta matemática del sistema estocástico, nada verdaderamente valioso, es decir espiritualmente humano, se puede crear, pero no de este planeta. No de este planeta, créame. ¿O podría una computadora arrancar la verdad al espíritu? No, de ningún modo. Pero no de este planeta, ¿entiende?
- Un momento... para usted, como según creo haber entendido, para usted esa invención completamente nueva y auténtica no podrá producirse, ya desde el mismo momento en que todas las invenciones hasta ahora producidas le resultan indignas de esa sinfonía que sometería a mil audiciones y que a mi humilde parecer y al de otros no tan doctos melómanos como usted, se agotaría antes, sí señor, mucho antes, ya que, por una parte digo...
Y en ese instante, en esta ridícula parte, aquí mismo, no aquí, sino en lo que nos empeñamos en llamar aquí, o sea allí, sin saber muy bien cómo, lo inesperado dio un revés a la desesperante situación: Odón, con otra botella vacía salida de no sé dónde entre las manos, despertó de esa especie de letargo en el que se hallaba sumido con un cierto temblor en éstas, de suerte que la botella le cayó en el pie izquierdo... lo que bastó para “volverlo en sí” y desencadenar el primer incidente realmente desagradable de la noche para con mi protegido: fue al volver en sí, repito, cuando del modo más inefable, asqueroso y patético que imaginarse pueda, Odón emitió un sonido de difícil catalogación comparable al de ciertos rumiantes... seguido de un prolongado vómito rosáceo que a gran presión fue a “morir” en los pantalones y camisa del poeta, bonita corbata incluida.
Tamaña escena detuvo hasta el más mínimo movimiento la acción, quedando todo en tiempo muerto durante un interminable segundo.

IV
Después del grito


Con el rostro descompuesto, el poeta emitió un débil grito de repugnancia que pronto cesó: no, aquella sustancia no era cristalina agua de lluvia... Desde su oscura esquina, Abel se puso en pie y sin dar crédito a sus ojos se acercó a la repentina víctima, confirmando que lo que había visto surcar el aire no era un pensamiento henchido de violencia contra su ejecutor, sino la más apestosa vomitina vista desde tiempos inmemoriales... Yo, por mi parte, entre el uno y el otro, me quede tal cual estaba, en una pieza, incapaz de despegar el dedo pulgar del botón cosido en el apoyabrazos del sofá.
A los siete segundos de producirse el grito, la puerta por la que el enfurecido estudiante francés había desaparecido se abrió de pronto tras el chirriar de los goznes, asomando éste la cabeza con una glacial mirada y sin decidirse a salir... pero saliendo resuelto y con una media sonrisa al percatarse de lo que tenía encima el infortunado artífice del referido grito.
Como mejor pudo y como ajeno a todo aquello, Odón se levantó de su asiento... y sin decir nada ni mirar a nadie se marchó a su cuarto, cerrando tras de sí la puerta, un sincero portazo, así, y con él una extraña mezcolanza de satisfacción y espanto me recorrió el cuerpo, mas aunque durante los primeros segundos, lo juro, intenté evitarla con todas mis fuerzas, nada, ni el filo de una mirada congelada, me sobrevino en el instante de impedir lo inevitable; ya era tarde para volver atrás: la más vivaz y agresiva de las carcajadas salió de lo más profundo de mi despreciable ser, atravesando de esquina a esquina el agobiante espacio y arrancándome del sofá con ella. Y entonces Abel dijo:
- Convendría recordar las palabras de un sabio que no erró al decir que el arte no es un placer... sino el único medio posible de unión entre los hombres. Pero era muy optimista.

El desagradable incidente se resolvió del modo más convencional imaginable: el poeta fue invitado a limpiarse en el cuarto de baño “como le fuera posible” y cada cual, excepto un servidor, se desentendió del asunto con llamativa frialdad. Intenté disculparme, pero fue en vano: mi protegido asumía que “la culpa” no era mía, sino suya al “haber aceptado una invitación así”. No dije que no, al fin ¿qué podía decir? Segundos después, Abel (fue él y no otro) puso en el tocadiscos y “a todo volumen” la Sinfonía Primavera: el primer tiempo irrumpía contundente. El poeta tardó algo más de un minuto en reconocer una obra que hacía muchos años no escuchaba, pero al acertar, al dar con el nombre de ésta, que ni llegó a articular pero quedó impreso en su mirada al volverse ante el espejo, sus mermados ojos terminaron por cerrarse, las arrugas de su frente se multiplicaron y a punto estuvo de extinguirse en la nada de una probable estocada en el corazón que no se produjo: su orgullo, en cierto modo, había sido dañado en un resonante cuarto de baño de tres pasos por cuatro, y yo, a su espalda, sabía todo aquello por algo que él apenas podría llegar a imaginarse: conocía al hombre sin la máscara, y éste sin ella, era mucho más decepcionante de lo que hubiera podido imaginarme antes...

V
En medio del miedo


Abandonamos el infernal habitáculo seis minutos después de la medianoche. Con nosotros vino el estudiante francés, por lo que deduje presto a justificarse, primero, y a dinamitar los planteamientos del músico, su enemigo, entre tanto. El poeta no había logrado eliminar la enorme mancha de su traje, pero André, como intentado acercarse a él, le dijo en un tono casi conciliador:
- Ánimo, que de noche no hay gato que no sea pardo.
Edmundo apenas lo escucho, pero estaba claro que no tenía ninguna intención de volver al hotel a cambiarse, y ya pusimos los pies en la calle, se abrochó el último botón del abrigo. No llovía, por lo que su paraguas hizo las veces de bastón. La noche se abría ante nosotros húmeda y silenciosa. Y sin embargo los estrepitosos motores de los automóviles se sucedían de forma regular cada diez segundos. Al fondo de la calle, una decena manchas que eran jóvenes vestidos de negro entraban en uno de esos locales nocturnos llenos de ruido, humo y alcohol. Le pregunté a mi protegido a dónde quería ir... y su respuesta no me dejó lugar a dudas: “Adonde la juventud”, dijo.
El local se llamaba “Túnel Final”; significativo nombre, pensé. A sus puertas, un individuo enorme, de más de dos metros de altura, vestido de un modo tan ridículo como el local en cuestión lo requería: botas de cuero, pantalones descosidos y rasgados del todo grasientos, camiseta negra con la imagen en blanco de un cráneo humano con un clavo en la frente, amén de una terrible cadena de acero que llevaba amordazada al cuello a la manera de un collar. Nos miró de arriba abajo, pero su atención se centró en la tercera parte restante que representaba a la llamada tercera edad. En su patibulario rostro se dibujó una mueca indescifrable... aunque nada dijo, y a continuación nos abrió con su musculoso y tatuado brazo derecho la puerta de hierro como quien abre un libro cuyo contenido conoce muy bien: ante nosotros se desplegó un larguísimo y más bien estrecho pasillo en cuyo fondo una bombilla roja servía de indicador. Era sin duda el túnel aludido por el nombre del lugar. Las paredes, de un negro absoluto, sometían las pupilas a un esfuerzo mayúsculo. De fondo, un ruido continuo me recordó la traca solemne con la que horas antes habían herido los oídos de los asistentes a la referida recuperación de mi finado amigo, el poeta sobre el que otro poeta me había prometido una explicación hasta ahora dilatada en el silencio, dejada en suspenso o simplemente interrumpida. Pero este ruido era mucho más ofensivo e hiriente que el de la traca de marras. Este ruido alardeaba de serlo, y por tanto era imperdonable, puesto que reducía el pensamiento a trizas. Era el perfecto ruido para dejar de ser persona... y allí íbamos dirigidos. Por eso, cuando llegamos a la altura de la bombilla roja, tras cuarenta interminables pasos, el corazón se me detuvo en seco, y el instante, el mismo tantas veces y ahora redivivo, volvió en mí: la sangre detiene su discurrir, la víctima toma aire pero se ahoga, el espacio que ocupa en el espacio es su propia sepultura, ya no le queda más que el recuerdo de un par de imágenes en blanco y negro sometidas a alguna sobreimpresión fallida en la que los muertos se confunden y mezclan con los vivos, y aunque todos estén llamados a reunirse, unos gritan que no quieren estar allí, que todavía no les ha llegado la hora: su momento no es este momento... Pero al fin la sangre fluye y el corazón late, el aire accede a los pulmones y el espacio vuelve a ser espacio de tránsito. Cualquier recuerdo no es más que una excusa para no querer mirar al presente y reconocer que lo que uno tiene delante no es más que una artificial y decadente bombilla roja.
Cuatro pasos a la izquierda más allá y tras descender por unas escaleras, dieron nuestros huesos con un espacio en el que cientos de cuerpos se agitaban bajo el efecto aniquilador de varios y simultáneos fogonazos de luz blanca, acompañado todo ello por ese ruido ensordecedor de imposible significado ya referido.
El espacio en cuestión, saturado de toda una inextricable artillería acústica y lumínica, se complementaba al fondo con una especie de púlpito en el que lo que el francés identificó con el pinchadiscos hacía proezas moviendo los brazos en alto, casi a la manera del director de orquesta más enfático que batuta en mano y desde su tarima dirige el curso de un concierto ante un angustiado público absorbido antes por los movimientos de éste que por la música. Pero la comparación es irrelevante, y toda descripción inútil, puesto que pretender hacerse una idea de este infierno en el que el color negro primaba por encima del blanco cegador es algo que sólo puede padecerse en todo su alcance por medio de la mera experiencia empírica...
Ante mi sorpresa, los ojos del poeta se abrieron como antes no los había visto abiertos: podría pensarse que estaba mirando las cosas por primera vez. ¡Pero qué cosas! Personas cuyas edades en su mayoría oscilaban entre los catorce y los veintitantos años, muchos de ellos practicando un baile degenerado en la pista, no menos bebiendo de unos vasos cilíndricos contenedores de los más inesperados líquidos, algunos incluso por los suelos, ebrios ya, sin omitir la presencia de un grupo que en una de las esquinas se peleaba por alguna razón de dudoso calado. Aquello, en efecto, antes parecía un matadero en el que la carne era electrocutada para a continuación ser despedazada. Y aquellos eran sus cadáveres.
En medio de barullo tal, André, que por lo visto conocía el local como la palma de su mano, nos guió, llevándonos a la barra, a la que llegamos entre empujones, juramentos y chillidos al oído. En ella y entre otros empleados, una muchacha de unos veinte años que en su infancia debió gozar sin duda de un rostro bello hoy destruido por hierros varios y maquillaje vulgar, nos atendió del modo más irreverente y quizás propio del lugar. El poeta se enrojeció al ser llamado “macizo” por la muchacha en cuestión, palabra cuyo significado difiere en función de la boca que la emite al aire. “¿Qué quieres, macizo?”, le preguntó exactamente, y aunque el ruido era atroz, la pronunció estirando las sílabas con un raro encanto, de modo que los tres la oímos perfectamente. André respondió por él pidiendo tres bebidas “tirando a blanditas”, de acuerdo con su juicio. El líquido verdusco al menos olía bien: le di un trago sin convicción, y el poeta me secundó. Para entonces el estudiante francés ya iba por el tercer trago. “Es agradable... Odón se lo bebe como el agua”, dijo.
Aguardamos allí de pie un cuarto de hora largo... y de pronto ocurrió algo no por inesperado menos desagradable.
El dolor de cabeza que venía arrastrando se intensificó, pero pese a todo era soportable.
El caudal de inconscientes aumentaba poco a poco y el espacio mortuorio disminuía proporcionalmente.
Apoyado en la barra, el poeta no despegaba su mirada de esa muchacha que con tan poco tacto le había preguntado qué quería, muchacha a la que a mi parecer era difícil encontrarle algo que no fuera vulgaridad, incluso se diría que toda ella era un manifiesto humano de la vulgaridad, es decir del gusto coyuntural: a los hierros que tenía distribuidos por la cara, uno de ellos un aro que le perforaba el labio, debía sumarse el peinado, en el centro una melena gris y a los lados el pelo cortado a cepillo, así como unos colores artificiales que no sentarían mucho mejor a un cadáver. Me pregunté qué poema podía extraer de aquella impresión.
La muchacha, que estaba muy despierta, se percató a los dos segundos de la fijeza con que el poeta la estudiaba. No tardó en acercarse a él.
No me perdí ni una palabra de la conversación, que arrancó de un modo cuando menos inesperado:
- ¿Qué te trae?
Por extraño que parezca, la respuesta del viejo fue así de chocante, o al menos por lo que yo podía esperar de él:
- Temo caer en el ridículo si te lo digo...
La muchacha, muy decidida, le abarcó con sus manos las suyas, lo que bastó para que el poeta, metido en tan poética y hasta inverosímil situación, dijese lo que pensaba:
- ¿Mentiría si dijese... que te amo?
Así lo dijo... y durante un minuto el ruido se extinguió y entre ellos dos el abrupto silencio reinó.
La muchacha se mostró al fin humana... y un estremecimiento sacudió, destapó la apariencia hasta entonces guardada: diría que no dudaba de su palabra, parecía tan necesitada de amor... Desde luego, todo aquello, tan precipitado como absurdo, poseía su grado de autenticidad: miré al viejo, y en efecto, de sus ojos brotaba algo así como una lágrima, “arroyo de sentimiento”, diría algún poeta poco inspirado. Mas el ridículo prevalecía. A este hombre, me pregunté, ¿le funciona bien la cabeza? ¡Si podía pasar por ser su abuelo! ¿Y le declara tan resuelto su... amor a primera vista? ¡Por favor!
- Creo que se equivoca, señor... Yo no soy...
- No... tú para mí lo eres todo... ¿Crees que hablo por hablar? No, no hablo por hablar. ¡Mírame! ¿No ves que te he estado buscando durante toda mi vida? ¡Eres tú y no otra a la que buscaba! Y he tardado todo este tiempo en...
Desvariaba... y ahora sí, comenzó a llorar de veras. No sentía lástima por lo que mi protegido era, un anciano que no se había hecho a la idea de serlo, sino extrema repugnancia, y hasta llegué a temblar de pánico ante el precipicio al que se acercaba: el viejo parecía hablar en serio, y esa muchacha, que nada podía sentir por él sino vergüenza en el mejor de los casos y en contando, eso sí, de que todavía fuera una muchacha normal y corriente metida en una situación anormal y nada corriente, debió por unos instantes preguntarse con todo qué hacía allí, sirviendo en una barra de un local como el presente, desperdiciando su juventud en un despropósito al que hasta ahora no se habría hecho a la idea: el rostro del viejo hablaba por sí solo, y eso bastaba para refutar lo apuntado: “¿No ves que te he estado buscando durante toda mi vida?”. Toda una vida, ¿y qué es toda una vida para una muchacha inexperta que magnifica su poca experiencia en flojedades de tan poco fuste? Palabras, sí, palabras... André, ajeno para su suerte a todo aquello, jugaba en una máquina “en la que perder no es más que cuestión de tiempo”, tal y como me había dicho.
Tal y como la cosa se estaba poniendo, no me quedó más remedio que intervenir, pero del modo más absurdo y contraproducente, de puro brusco y nada pensado: lo agarré del brazo (por algo era mi protegido, razonaba entonces) y me lo llevé de allí, y para bien no opuso resistencia; como digo, estaba llorando. El estudiante francés ni se percató de nuestra precipitada marcha; él seguía a lo suyo, que era jugar hasta perder... Ya estábamos en la calle. “El orgullo de este hombre tan vanidoso puede quedar dañado de un modo irreparable”, eso me dije... y lo más extraño de todo aquello era que mi reacción fuese la referida: después de lo ocurrido, podía pensar, ¿qué pintaba yo allí, a su espalda, testigo de una irrisoria declaración de amor? Todo fue tan rápido que no me fijé en la reacción de la muchacha, que por otra parte juraría no me llegó ni a ver la cara, no, la cara no, imposible. ¡Y qué mas da!
- Pero... ¿dónde tiene la cabeza? -así se lo dije, sin ablandarme ni por un momento.
Y él, indefenso, encorvado, apoyado contra la pared, no pensó en otra cosa más que en su maldito paraguas:
- Me lo he dejado ahí dentro...
- ¿Qué está diciendo ahora?
- Mi paraguas...
¡Viejo caprichoso!
- ¡Olvídese del paraguas! ¿Qué falta le hace el paraguas? ¿No puede vivir sin su maldito paraguas? ¡Despierte!
Pero en sus ojos había algo más, y no tardó en mostrarme sus garras, más bien debilitadas por todo el ajetreo:
- Joven, ¿quién se cree usted que es? ¿Y a cuento de qué me trata así?
- Prefiero ahorrarme un escándalo... Y casi lo monta en ese agujero.
- ¡Usted no lo entiende! -exclamó convencido sin levantar los ojos de sus manos, que se estrujaba como trapos.
- Por favor, por favor, dejémonos de tratarnos de usted... Ya me estoy cansando... Al menos, somos amigos, ¿no? Y si no es mucho pedirte, haz el favor de explicarme ese asunto mejor...
- Es ella, ella... y he tenido que esperar hasta ahora.
- ¿Quién?
- Amigo... tú eres joven y no entiendes nada.
Pero lo entendía, de sobras lo entendía, y quizá porque nada había que entender: todo aquello no era más que un pasajero desvarío, producto del cansancio, de la lluvia calada hasta los huesos, de la edad... en suma de una cabeza al borde la quiebra, la suya propia. ¡Eso y nada más era!
- Tú eres joven y no puedes entenderlo, y puesto que no puedes entenderlo no entiendes nada. ¡Nada! Esa joven era ella, Ella.
- Y vuelta a la pregunta de antes: ¿quién, por el amor infinito de Dios, es o era ella?
- Sobran explicaciones... Soy un poeta, o cuando menos intento serlo en la vida misma, ya me entiendes. Un poeta no debiera tener que dar explicaciones clarificadoras, un poeta... No, eso no es inmoral, es la moral del poeta... Por lo menos he tenido el consuelo de haberla visto, de haberla reconocido, de haberle dirigido la palabra, e incluso de haber sentido el calor de sus manos... No es poco para un chico como yo...
Asentí, pero esta vez no por asentir: lo que ya sabía quedaba confirmado. Pesé sus palabras, y creí descubrir un lado nuevo e inocente en el hombre... aunque acaso no pasase de ser el reflejo erróneo de un lado inexistente, reflejo al fin y al cabo.
- Usted -eso dije- es un poeta, y yo no soy quien para destruir sus más íntimos propósitos...
- ¿Y ahora me tratas de usted? Por favor...
¿Quién erraba con más insistencia?
- Perdona, es que estoy un poco nervioso, es absurdo... -dije intentando salir al paso-. Tú eres un poeta encumbrado, y yo no soy nadie para eso, para lo que se dice destruir... ya sabes. Entra y dile a esa muchacha lo que le tengas que decir. Yo aquí te espero... ¡Vamos!
- ¿Es por el paraguas?
- ¡Qué me importa el paraguas! Es por ella, por esa muchacha a la que no sé qué le has visto, y que de ningún modo es mi tipo, pero si es la que tanto has buscado, vamos, no te detengo... Y si no es pedirte demasiado, discúlpate de mí ante ella...
- Demasiado me pides. ¿No ves que no soy nada más que un viejo inútil que debiera en el mejor de los casos estar muerto y enterrado desde hace un lustro? Yo y no él, ¿recuerdas? Esa joven es ella, sí, ¡pero no es más que un sueño! Ya he hecho tarde... Por cierto, ¿sabes que ese paraguas perteneció a mi madre?
- ¡Ahora mismo voy a buscarlo!
- ¡¡No!! Olvídate... no es más que un paraguas.
- Pero es el paraguas de tu madre, y ese paraguas no es un paraguas cualquiera... ¡El mío, sin ir más lejos, me lo encontré en un paragüero abandonado! ¿Qué estoy diciendo? Es un objeto con un...
- No digas más. ¡Es un objeto! ¿Y el joven francés?
- Se quedó jugando con una de esas máquinas... Tarde o temprano nos hubiese abandonado.
- Entonces...
Y miró al frente: la calle, vacía y silenciosa, salpicada de automóviles aparcados y cubos de basura llenos, se perdía en lo más hondo de la noche como la página arrancada de un libro sobre la que jamás nadie reparará.

A siete minutos de la una de la madrugada llegamos al Parque Grande de la ciudad, con razón así llamado: dimensiones, predominio de la naturaleza libre sobre la otra, con su galería de esculturas y fuentes, sendas y laberintos en perspectiva gratuita, así como un río de cierto caudal que lo bordea, no desmerece de tal adjetivo. Y por todo ello, un lugar desaconsejado para los paseantes nocturnos; pero allí estábamos.
- ... soy una rata, un piojo, una miserable bacteria. Lo he desperdiciado todo por nada. Y ya es tarde para volver atrás.
También él y pese a estar temblando seguía con lo suyo, o intentar volver atrás. Cual depositario de sus miserias que era, escuchaba, y hasta en el mejor de los casos apuntaba algo a sus lamentos, pero nada le impedía cambiar de consideración con respecto a su persona.
- ¿Te he dicho que me falta valor para matarme? Pensarás que lo digo por decir y que no lo siento, y eso, créeme... ¡nada me importa! Yo intento ser un hombre sincero, pero esa raza, la de los hombres sinceros, los poetas sinceros, lo que sea, no tiene porvenir, ya que sólo puede hacer una cosa, y esa cosa es prepararse las maletas para no volver... ¡Qué asco! Toda mi vida ha sido un fracaso cómico. Era niño y deseaba morirme... Incluso en un par de ocasiones llegué a pensar en el antiquísimo sistema del suicidio, como el que llena dos cántaros de agua en la fuente... La primera tirándome por un puente altísimo que jamás conocí... y la segunda ingiriendo un matarratas que no llegué a... ¡Dio mío! Me extasiaba imaginarme a mis apenados padres el día de mi entierro, ¿te lo imaginas? Asistiendo al entierro de su estúpido primogénito, llorándole, rotos ante un ataúd blanco. Mi maquillado cadáver infantil dentro de un delicioso cajón de pino, el ataúd de los sueños, espacio perfumado de paz para la eternidad... ¡Qué niño no piensa en estas cosas! Cualquier niño de bien debiera pensar en matarse en el momento más feliz de su vida... Así escupiría toda su rabia en la cara de sus progenitores, y por extensión en la cara de todos los adultos que lo han torturado hasta hacer de él un pedazo de carne despreciable, gentuza infame... Pensarás que no estoy cuerdo, y no pensarás mal, pero los niños de bien debieran intentar matarse al menos una vez durante su infancia, tenerse más aprecio a sí mismos, no deberían hacerlo pero sí intentar hacerlo... ¡y pensar más en lo que en verdad son! El limbo podría estar lleno de niños felices y risueños, campando a sus anchas por el Reino de Dios, retozando niños y niñas, todos juntos sobre los muslos del Padre. ¡El cielo! ¿Quién no querría ahora mismo estar allí?
Advertí que la fiebre le estaba atacando con fuerza. Sus pupilas dilatadas, el rostro pálido como la madera carcomida de chopo... y el insistente temblor por todo el enfermizo cuerpo, el castañetear de dientes desgastados, las frías manos removiéndose en los bolsillos, y demás adjetivos que malamente pueden decir nada.
- Este lugar es hermoso y horrible por lo que tiene de salvaje...
- De día se deja ver -añadí.
- Pero ahora parece un cementerio sin cruces... y no has escogido mejor lugar al que traerme. Nadie me encontraría, perdido, sin identificación alguna, bajo un manto de musgo salpicado de caracoles...
- ¿Volvemos? Creo... que no estás bien.
Al oír esto me miró de refilón con inesperada altanería... pero su altanería era tan débil, tan falta de fuerza, de autoridad, que desistí de inmediato.
- Seré un fracasado -afirmó como sin llegárselo a creer-, pero yo jamás abandono a mitad de camino. Si una pulmonía o algo peor me lleva a la tumba, bienvenida sea. Ya te he dicho que debería estar muerto... ¿o no lo estoy? Sí, no, va... vamos por ese camino tan oscuro y estrecho, me gustan los caminos oscuros... Alejémonos de la farola. Dame tu brazo, me agarraré a él... gracias, ya lo tengo. ¿Hueles la hierba mojada? Es...
Un paso más allá, en el punto exacto en el que luz y oscuridad se separan, se detuvo, y agarrándome con más fuerza todavía el brazo, dijo en voz baja:
- Volvamos, volvamos atrás... Tengo miedo.
Al decir esto un extraño pero inconfundible malestar se apoderó de mi inseparable mitad débil; la otra dormía en los desvanes de mi impotencia. El lugar, siniestro en el mejor de los casos, sumado a la pesada humedad del aire, desaconsejaba no ir más allá, junto a factores otros que me hicieron comprender que el viejo no iba descaminado. Aunque ahora que lo pienso quizá lo peor fue no haber seguido camino adelante: en cualquier caso, lo que nos esperaba regresando por donde habíamos venido, no era, ni por asomo lo que se dice, nada halagador, sino el más horrible de los contratiempos, una absurda y deplorable caída, tal y como así fue.
- Eso es, hacia atrás, como los cangrejos... Hablo mucho, ésa es la razón de todo, joven. Me duele la cabeza, a ratos creo que me duele, pero en verdad se trata de un dolor continuo que arrastro desde hace años...
Es curioso, confirmé, también a mí me duele, pero un dolor de cabeza a una edad como la de un servidor no puede equipararse con otro en un cuerpo de anciano en el que ya se ha convertido en una rutina natural.
- El poeta, joven, es un ser por naturaleza enfermo, un despojo humano incapaz de afrontar la vida, aunque sea un individuo dado a la acción. Apestosos y podridos como cadáveres bronceados al sol, los poetas buscan una razón que es siempre la misma para justificar sus desatinos escritos, palabras amontonadas en las que toda su estupidez se agolpa pretendiendo decir algo noble y con conocimiento de causa... El doble miedo a la acción y a la razón es mi enfermedad espiritual, y ésa y no otra será la que me lleve a la tumba. Sea así.
- Hablas con mucha seguridad de algo tan...
- No, no es seguridad, amarga certeza diría. Pero dejémoslo, no podría penetrar ahora y así en ese lodazal en ciernes...
Al fin llegamos junto a la solitaria farola que nos había servido de guía en nuestra fracasada intentona exploratoria... y él se soltó de mí. Temblaba tanto o más que antes, pero era un temblor cansado, y su debilitada expresión, triste como la de un muerto, adolecía por contra de un aire excitado. Esperaba todavía algo, era evidente... También yo esperaba algo, no sabría muy bien el qué... pero era algo del tipo de que cesase de una vez por todas el dolor de cabeza que la pastilla no había podido aplacar. Y entonces...
- ¿Oyes?
- ¿Qué?
- ¿No oyes algo parecido... a un silbido?
- ¿Un silbido dices?
No sólo no sabía aparentar, sino tampoco mentir: de sobras lo oía perfectamente; no, no podía engañarme, él, pese a sus años, oía muy bien, como así me lo había demostrado... En consecuencia, el miedo a lo desconocido le invadió de nuevo:
- Joven, será mejor que nos marchemos de aquí cuanto antes... ¡Vayamos donde la juventud!
- Sí, creo que opino lo mismo. Ya que no hemos acabado el camino, al menos no nos quedemos plantados a mitad de él como...
Y en ese instante, siempre en ese instante en el que nada debiera concretarse, de la nada salió una voz agónica y llena de maldad:
- Como rameras.
Eso fue lo que dijo, y como tales a su parecer nos quedamos, sin despegar la boca un servidor, boquiabierto mi protegido, como un par de estatuas sin pedestal ni placa conmemorativa alguna.
De nuevo, el silbido anterior... y de las sombras surgió el causante del mismo. En su rostro lo llevaba todo escrito: era un borracho decrépito con los ojos bien abiertos, las manos en los bolsillos de su gabardina grasienta y remendada hasta lo imposible, y del de la derecha asomaba, detrás de una mano negra como el carbón, el cuello de su Biblia de cristal, bien cerrada.
- Noches buenas, rameras.
La insolencia del personaje insignificante encolerizó para sorpresa mía al poeta, que sintiéndose ofendido, no dudó en dar decidido dos pasos hacia el autor de la ofensa cual Quijote ante su escudero.
- ¡Es usted un grosero y un borracho y... un condenado a pudrirse en el arroyo!
Pero al terminar de decir esto volvió sobre sus pasos y me miró sintiendo haber caído una vez más en el ridículo. A sus palabras, en efecto, les faltaba la convicción del ofendido: parecía estar recitando improperios.
El personaje lanzó una risotada tan podrida como su dentadura. Intervine con toda la buena fe que me fue posible, que no era mucha:
- ¿Qué es lo que quiere?
La pregunta debió chocarle y me miró con desdeñosa superioridad, él, un gigante en el reino de los enanos. Por lo visto, lo que el infeliz buscaba era diversión... y a un módico precio. Sacó las manos de los descosidos bolsillos y comenzó a explicarse de una forma que a punto estuvo de sacarme de mis casillas:
- Querer, ramera, nada quiero. Si querer algo quisiera, quererlo no querría.
- Demasiada erre, patán -resopló el poeta.
Este vagabundo, que como mucho y en caso de tener éxito, lograría atemorizar a un par de beatas ensortijadas, era el típico ejemplar de animal nocturno a la búsqueda y captura de presas fáciles a las que desvalijar. En nuestro caso no podría llegar lejos: en lo que a mí se refiere, había salido de casa sin la cartera aunque con la suficiente voluntad como para repeler un ataque de estas características, y mi protegido, pese a sus lamentables flaquezas, no era hombre de ir regalando carteras a charlatanes como el susodicho.
- ¿Patán yo? ¡Patán tú, ramera!
- Escucha -prosiguió Edmundo con una contundencia ajena al lastimero cacarear del anciano de antes-, escúchame bien, borrachín de mala madre, pestilente engendro, basura infame, ¡escucha que te estoy hablando! No sólo no eres una cucaracha despreciable, sino que tampoco eres el ruin gusano al que de buen grado aplastaría cualquier niñito resentido. Eres menos que eso, ¡eres un montón de aire sin fin ni objeto! Debieran matarte de un trancazo en la cabeza y en el coche fúnebre de los de tu clase que es el camión de la basura llevarte al vertedero de despojos para allí quemarte. Tus cenizas se perderían para siempre y con las sobras de tus huesos los ratones podrían hacerse mondadientes con los que limpiar las impurezas de sus preciosos paladares.
Mas la reacción del destinatario de tales florituras no fue la del derrotado, sino la esperable en un individuo de su altura: con la rapidez de un reptil escabulléndose bajo las piedras, llevó su diestra al bolsillo interior de la gabardina y acto seguido nos presentó, empuñada y bien erguida, una navaja con una hoja de más de un palmo y medio de longitud, reluciente como un espejo a la luz del mediodía.
- ¡Degollar... eso os quiero! Poquito a poco degollaros, rameras.
Ante tan brusca respuesta por parte del ofendido, seis segundos después de quietud máxima, el poeta se agachó con cierta agilidad, agarró del suelo una piedra de considerable tamaño y se la lanzó con toda su fuerza al vagabundo, que borracho como estaba no pudo apartarse a tiempo, dándole de pleno en todo el cráneo: éste cayó de bruces, y lo hizo del peor (o tal vez mejor) modo posible, esto es perdiendo de las manos el control de su instrumento y de este modo clavándoselo en su caída en pleno corazón o al menos en una zona próxima al mismo... para no volverse a levantar jamás del suelo; así lo pensé. Todo ello se sucedió en menos de tres segundos. Uno: la piedra detiene su discurrir en el cráneo del desafortunado, para que al llegar a dos, éste, tambaleante, pierda su control y en tres, resulte ya en la tierra: sí, lo que teníamos delante, y he aquí el efectista discurso moralizante que no me ahorraré, era la sombra de una pobre víctima de la calle, un inconsciente que jamás debió existir, humillado y degradado a la nada por nuestra mezquina sociedad, dispuesta a destruir las vidas de aquellos que, como el caído, descubren el placer de destruirse a sí mismos ejemplificando a través de sus días y por medio de sus acciones de destrucción las enseñanzas que la sociedad al unísono les ha infringido con masoquista indiferencia, etcétera, etcétera. No erraré si digo que en el desigual combate frente a frente estuvimos a su misma y justa altura.
- ¡Dios! ¡¡Dios!! ¡¡¡Dios!!! -bramó al cielo estrellado, exultante de artificio el insigne poeta. Tres veces y en ascenso progresivo emitió tan inalcanzable palabra: a Él se lo decía, su hijo el viejo ateo aterrorizado, como dándole a entender que esa piedra, aunque había salido despedida de su mano, era ajena a su ser, y por ello a su vez ajena a esa mano suya que jamás debió haber lanzando la primera, la última piedra al caso. Luego, suspiró.
Sobre nuestras cabezas, un minúsculo punto luminoso en movimiento que sin duda era un avión cargado de vidas minúsculas como la que acababa de extinguirse avanzaba rumbo noroeste. En apenas unos segundos las copas de los árboles nos lo ocultaron.
- ¿Qué hacemos? -me preguntó.
- Lo más sensato -dije sin estar muy convencido- sería hacer lo que... de sobras ya sabemos todos.
- ¡No! ¿Quieres arruinar mi reputación? Poeta que asiste por la mañana al funeral de un amigo, implicado en una muerte violenta a altas horas de la noche... ¡Marchémonos cuanto antes de aquí!
- No... te entiendo, ¿eres tú el que habla? Los ideales, ¿dónde están los ideales? Y no olvidemos que siempre dejaríamos alguna prueba que nos delatase... algo tan minúsculo como un cabello te delataría.
- Puede que no sea yo el que ahora esté hablando, sino una entidad diabólica que me tiene en vilo, pero... ¡todo esto no ha sido más que un desdichado accidente! Y ese animal quería, no lo olvides, ¡degollarnos! Le está bien merecido por comportarse de ese modo... Nadie lamentará su ausencia, ¿no has visto lo que yo?
- Con eso no arreglamos nada... Pensémoslo mejor.
- Todavía estamos a tiempo de desaparecer de aquí sin dejar rastro aparente, y lo que es mejor, sin testigos impertinentes... Nadie nos ha visto, ¿para qué forzar la suerte?
No sé cómo lo dije, pero lo dije:
- Moralmente... no puedo. Lo fácil, Edmundo, es lo que me pides. Pero aún habiendo sido todo un accidente, un desdichado accidente como dices, mi conciencia no estaría tranquila. No es la muerte del borracho en sí lo que me destroza, sino pagarle con la misma moneda que él nos hubiese pagado de haberse salido con la suya: ¿podrías ponerte a su altura? No, no huiré de aquí dejando el cuerpo así, sino que llamaré a la policía... Tú esperas aquí junto al cuerpo y yo aviso a los corruptores del orden.
- ¡Loco! Piensa por un momento lo que dices... ¿La policía? ¿Qué es ese disparate de la policía? Lo primero que harían sería sospechar de ti... y tal vez con un poco de mala suerte acabases entre rejas, ¿se dice así? La llamada policía no es más que una aberración moral, una absurdidad mayúscula cuyo fin no es otro que provocar la desconfianza entre los hombres para así sostener en pie los pilares del orden imperante.
La segunda opción era la más radical, y se la expuse con la misma firmeza que la primera, aunque sin sospechar del alcance de mis palabras:
- Espera, todavía no he terminado... Te he expuesto la parte, digamos, óptima, la moralmente por así decir correcta. Pero en tanto que individuos morales no podemos desentendernos de esta nimiedad como me estás pidiendo. Te pido que nos pongamos a su altura y que obremos tal y como lo que somos, como sentimos.
- ¿Me estás insinuando lo que me temo?
- Lo que te estoy pidiendo es que nos deshagamos del cuerpo arrojándolo al río, procurando, claro está, no dejar ni una huella... Cualquier tipo común, cualquier persona con un arma en la mano, una pistola por ejemplo, no hubiese dudado en dispararle: un disparo sin más al bulto amenazador, puesto que lo importante es hacer blanco, como tú lo hiciste al lanzarle la piedra a la cabeza. Pero un disparo en la cabeza no es lo mismo que uno en una pierna.
- Comulgo con tu tesis, pero no me satisface en absoluto... Somos malos, cierto, aunque cuando menos inconscientes de la putridez de nuestra maldad, que desde nuestra misérrima valoración de las cosas, siempre, se nos antoja como un recurso para la supervivencia, de acuerdo. Pero respaldar esa maldad de un recurso tan cerebral como el que te llevas en mente, intentando aparentar lo que no es, un asesinato, es una suprema locura en una situación como la presente, en la que todo no ha sido sino un accidente.
- Te lo pongo más fácil... Imagínate que ese cuerpo inerte no es el del vagabundo borracho, sino el tuyo propio. Imagínate que he pactado con el vagabundo borracho en cuestión matarte, y que por eso te he traído hasta aquí, hasta este intransitado parque en la mitad de la noche, con el fin de matarte, y que lo he hecho por dos razones: la primera, para vengar el fracaso vital de “nuestro amigo común”, no creas que no capté tu ironía, y la segunda, porque mi odio hacia la gente de tu ralea, y en especial hacia ti, ejemplo de todo aquello que detesto y aborrezco, es un odio que sólo puede expresarse por medio del asesinato. ¿Estás? Imagínate ahora que ya no estás, muerto, que mi cómplice, al que he comprado por unas cuantas monedas con las que apagar su sed durante doce noches, te ha asestado en pleno corazón esa puñalada que, mira por donde, él mismo se ha dado. Imagínate que no eres más que eso, un cadáver con prestigio, y que te hemos matado, de un modo, digamos, “accidental”, un pequeño tropiezo de nada con un objeto punzante en la nada prestigiosa mano de un pobre diablo que de tanto empinar el codo te confundió con una barrica ambulante a la que quería extraer el suero. Olvídate de lo inverosímil del tropiezo, pero asúmelo, y responde con sinceridad a mi pregunta: ¿crees que te dejaríamos ahí tirado, que nos daríamos a la fuga como si nada, habiendo dejado el trabajo a mitad de hacer? Las cosas bien hechas, diría el poeta: ama tu ritmo y ritma tus acciones.
Al concluir, casi había terminado por creerme el papel que con tan inusitada maestría acababa de interpretar... y él, con el rostro como desencajado de habérselo tragado todo excepto su propia muerte, me miraba sintiendo una mayúscula aprensión.
- Es un ejemplo, y muy fantasioso por mi parte -dije.
Frunció el ceño como lo frunce el caricaturesco banquero corrupto que tan bien ilustran las viñetas de algún cómic satírico... pero no tardó en truncar el gesto para en apariencia de nuevo mirarme como “al amigo y al guía” que por mi parte sí era (o al menos intentaba serlo, cómplice de sus impresiones), pensara lo que pensara con su imprevisible desconfianza poética, aunque su reacción fue por completo incoherente:
- Bien -suspiró-, en ese caso, tiremos el cuerpo al río y no se diga más.
¡Ése era mi hombre! Y con todo, puntualizaré que mi impertinente discurso ante el cuerpo sin vida del indeseable, a más de uno y con razón resultará falto de sinceridad y apolillado, por no decir improcedente dado el caso. Nada que alegar, pero por una parte, mi sinceridad, en efecto, ¡claro que no era tal!, sino resultado lógico (por absurdo, y lo es, que parezca) de ese dolor de cabeza que venía golpeándome desde hacía horas, empero con más fuerza ahora que antes, y que difícilmente podría expresar con palabras, puesto que un dolor así sólo puede sufrirse y no expresarse; y por la otra, mi insinceridad venía motivada por el hombre mismo que hasta ahora había estado probando con la persona de un servidor, manejándome con tosco disimulo por su parte, aunque en lo que se dice “pequeñas dosis”, e incluso podré afirmar que mis hirientes y por entero falsas palabras para con su integridad no albergaban cuando las emití nada de fantasiosas, sino que formaban una imprevista barrera protectora en la que repeler posibles aunque improbables amenazas, como parte de mi para él despiadada y cerebral visión poliédrica del caso, que aunque insincera por mi parte sí estaba bien razonada, caso en el que en tanto que sujeto presencial, mi implicación era directa, aunque en mi fatalidad nada tenía que ver con la muerte del desdichado, lo que me daba una cierta ventaja sobre el hombre que había lanzado aquella piedra con todas sus nefastas consecuencias sobre un borracho por cuya cabeza nadie lograría ya saber qué idea, fuera la que fuera, estaba pasando en el segundo de recibir el fatal golpe. Mi réplica, cómo no, fue la única posible a su proposición, pese a negarme a mí mismo con llamativa ligereza:
- Lo tirarás tú.
Se quedó pensativo, pero no mucho tiempo.
- ¿Qué me estás haciendo? -haciendo y no diciendo, y me preguntó esto cogiéndome del brazo, pero sin apretarlo, dándoselas de víctima absoluta. Ni me pensé la respuesta:
- Yo no lancé esa piedra. Ese hombre, por despreciable que fuese, no debía estar así...
- ¡No te entiendo! Vamos... vamos pues a la policía.
Nuevo y abrupto giro por su parte, y por la mía, contraataque fallido:
- ¿Te contradices ahora? ¿Y tú... reputación?
Aclaración:
- No, yo no iré... Irás tú, y yo regresaré a mi habitación. No, no me habrás visto, y nada dirás... Y nadie podrá cargarte con el muerto, ¡ni lo rozaste! Dirás que lo encontraste muerto, y se deducirá que la muerte... Olvidémonos de todo. Del poemario, de la juventud, y de la maldita piedra... ¡No era más que una estatua en un jardín solitario!
Tan lastimosas palabras terminaron por dejar desnudo al hombre: su inestable andamiaje se limitaba a un puñado de cañas atadas sin especial pericia con unas cuerdas tirando a podridas. ¡Ah, miserable consistencia humana! La impotencia, de nuevo, se adueñó de mi fragmentado ser: me toqué la frente: ardía como una estufa de carbón. Un repentino temblor me trastocó de arriba abajo. Sin llegar a darme vueltas la cabeza, intuí que de un momento a otro caería al suelo... y que lo haría junto al cuerpo del muerto... y que mi amigo, el poeta, se daría a la fuga... y que al despertar, a la mañana siguiente, aparecía esposado y rodeado de amables policías dispuestos a... y que luego, más tarde, mucho más tarde...
- Amigo -le dije, paladeando bien cada sílaba-, no tentemos ni por un segundo más a la suerte. ¡Marchémonos de aquí ya!
No me reconocí, pero lo dije: su expresión mezquina se diluyó: debió pensar que con su torpe explicación me había convencido de todo... ¡Qué vil afrenta a la moral! Y como dos cobardes, cuando no como dos irrelevantes asesinos que acababan de titularse en su especialidad con las manos sin teñir, nos esfumamos de allí a paso muy ligero, silenciosos, mirando bien a nuestro alrededor, no fuera a ser que...
Antes de atravesar de vuelta el altísimo puente sobre el río H. que separa el parque de la ciudad miré el reloj: apenas pasaba un cuarto de hora de la una, y una vida, en un instante de tan ignoto espacio de tiempo, se había extinguido; de “irreal” que había sido todo, cinco minutos después, por extraño y detestable que parezca, ya parecíamos habernos olvidado: sin duda, esa muerte era tan ajena a nosotros como lo era para aquellos viajeros del vuelo nocturno con destino a...

La madrugada de un sábado en una de nuestras numerosas ciudades de hoy ofrece al observador ajeno a todo lo que en ella late una larga serie de impresiones que, como a nuestro amigo el poeta, le darían si la voluntad no le faltase para la confección de un texto en prosa o en su caso un poema de dimensiones considerables que sin especial dificultad lograría por su temática humana, cuando no por su inadecuación formal en caso de no recurrir a las más ininteligibles metáforas, hastiar incluso al más carcomido de los sociólogos.
En nuestra andadura calle adelante, parecíamos abocados a confundirnos con una muchedumbre que por dondequiera que fuéramos, tarde o temprano, terminaría por venir sobre nosotros en caso de que tales mansos corderillos no fuéramos a su encuentro... El infernal gentío se intensificaba en tres centros, cuyos cetros eran a su vez portados por otros tantos locales de “expansión y ocio”, así llamados, siendo uno de ellos el ya referido “Túnel Final”, a cuyas puertas se agolpaba una multitud desquiciada, produciendo toda ella al unísono un sonido parecido al de las cañerías embozadas, el grito taponado de toda una pléyade de sonámbulos, valga la simplificadora aproximación. Los otros dos locales, por lo demás y a mi parecer más ruidosos y menos humanos que el presente, por el cual pasábamos ahora sin que mi protegido se dignase volver la cabeza para evocar con gran pesadumbre a su “amada”, respondían a los nombres de nada menos que “Babilonia” el primero, sesenta metros al sureste, y “Galaxia Cero” el segundo, a cinco minutos de sendos puntos, o a cuatro y medio del punto donde ahora nos encontrábamos. Y entre medio de este callejón espiritual sin salida que era la enorme manzana, que no era una sino que estaba integrada a su vez por una suerte de media docena de manzanas de igual anodina y frustrante mala arquitectura, rutinaria edilicia, caminábamos sin saber muy bien hacia dónde.
- Aquí tienes a tu juventud -le dije, sin señalar con el dedo índice a las largas filas de gente joven que recostada por las aceras o apoyada en las paredes como lisiados o ancianos decrépitos se deleitaba en sus quehaceres y cuyas monotemáticas especialidades en poco diferían unas de otras: los que no fumaban ingerían buenas dosis de alcohol, y los que no hacían ni lo uno ni lo otro, ya andaban borrachos, tropezando a cada paso que intentaban dar. Por mi inexperiencia en el campo y sus variopintas secuelas, no podría afirmar qué número de individuos estaba sometido bajo los efectos de las drogas, que no por invisibles estaban menos presentes en cada una de estas callejas en las que la moral del placer ha perdido toda posible significación humana.
- Sí, pero aquí no hay más que una parte -afirmó con razón-, y es la parte que sin interesarme nada más debiera interesarme, pues intuyó que aquí estará concentrada la gran mayoría de mi juventud, ¿no es así?
Asentí. Mi dolor de cabeza reaparecía con intermitente regularidad... pero pronto llegaríamos a la altura del Café “Los Amigos de Mallarmé”, que por no romper con la anacrónica tradición no cierra los fines de semana hasta más de las dos y en el que habría que hacer por bien de mi recuperación escala forzosa, a mi parecer el único lugar de “expansión y ocio” en el que es posible poner los pies de toda esta bendita ciudad sin creer uno estar insultándose a sí mismo del modo más gratuito, impresión acaso debida a que sus paredes están “decoradas”, mal le pese a don Narciso el esteta-lucrativo propietario, por toda una antología de la poesía simbolista francesa que te abre el apetito para así iniciarte en el cometido con un té con leche y, si la imaginación no está ausente, un bollo dulce recién sacado del horno.
- Y sin embargo -prosiguió-, lo que nos rodea no es un problema social propiamente dicho, sino una respuesta a ese problema. Estos jóvenes, estos muchachos de hoy al decir del sorprendente Abel, créame, son luchadores sin razón de ser: su campo de batalla fue arrancado del mapa por sus progenitores, que jamás hubieran debido de haberlos engendrado de modo tan irresponsable. Pero el mal ya está asentado, y sus frutos del mañana reiterarán los presentes... Pero sería injusto afirmar esto, ya que, por otra parte, todos estos muchachos de hoy tienen a su favor el don natural de ser verdaderos ejemplos de la modernidad, para la que han nacido, mas con el inconveniente de que esa modernidad sigue sin confirmarse. Nuestros otoñales prejuicios ya no tienen posibilidades de campar en estas cabezas, ni en la suya, amigo mío. Mi generación basó sus sólidos ideales como respuesta a las carencias que nos arraigaban a un mundo al borde del cataclismo, y una vez el cataclismo se produjo, no más quedaron los restos, las esquinas, el polvo mascado del que han sido receptoras tu generación y la de tus padres. Por eso, lo más penoso es que todas estas flores en su esplendor opten por maltratarse de este modo, por querer ser musgos viejos de panteón. Mira, mira a esa jovencita, mírala en toda su flor: estoy seguro de que si sus padres la sorprendiesen, por muy malos educadores que hallan sido, se llevarían una gran decepción al ver a su hija así, mordiéndole de modo tan vulgar la oreja a ese joven tan risueño que parece estar durmiendo la mona. Aborrezco los gestos vulgares, la falta de matiz, como es morder una oreja de modo tan tosco, sin la menor elegancia... con lo importante que es la elegancia en el gesto. ¡Qué extraño me resulta todo esto!
- Lo extraño no es que te lo resulte, sino que en verdad lo es.
- Sí, sí, parece que los tiempos no nos malogran a todos... Pero nosotros, desde luego que no, y me refiero al plural restringido que en verdad cuenta, no hubiéramos podido caer tan bajo apelotonándonos en estos lugares a tan altas horas de la noche bajo el efecto catártico de esas bebidas alteradas... Y en cambio, la descendencia dejada como saldo por mi generación fracasó de lleno, la generación de tus padres, que teniendo como tenía a sus padres de ejemplo... Pero como ya sabemos, el hijo siempre se fija en el abuelo, y mira tú, ¿qué fueron nuestros padres, sus abuelos, tus bisabuelos? Un puñado de amargados, de resentidos, de un pesimismo violento y pernicioso... Gente que sudaba trabajando la tierra como podía, y que un día cualquiera y sin venir a cuento, moría del modo más inconsciente de una indigestión de cerezas en una apuesta como en otros lugares morían en duelos, salvando las distancias... Rezadores compulsivos, besuqueadores de manos de cura, peonzas endiabladas que se abrían paso en medio de los lugares más intransitables exprimiendo a la vaca y tijereteando a la cabra...
- He oído algo de esas historias...
- Y debiste haber cubierto tus oídos con algo de resina al hacerte eco de ellas, que como dice un refrán... ¿Dónde me llevas?
Torcimos a la derecha... y allí estaba. Bajo una tenue luz amarilla, el Café “Los Amigos de Mallarmé” seguía abierto, desafiando el paso del tiempo. El poeta quedó reconfortado al “acceder por fin a un lugar en el que parece respirarse paz”, y como los dos últimos clientes de la jornada que éramos, entramos.
Don Narciso salió a nuestro encuentro, recibiéndome como era acostumbrado en él, esto es con una cortesía muy desubicada de estos tiempos nuestros en los que cliente que entra cliente que saldrá... Le presenté al poeta, al que ya conocía “de oídas”, y se estrecharon la mano, sin ampulosidad alguna, como verdaderos profesionales en su campo que eran... En la sala todavía quedaban, además de la pianista, tres clientes, pero la presencia de uno de ellos, nuestro Valle-Inclán particular y de todos conocido y así hasta por algunos llamado (por su parecido físico con don Ramón María, obviamente), me alegró el corazón, pues si algo necesitaba, hastiado como lo estaba del poeta, era de un conversador inteligente que supiese, y como él no había otro en esta horrenda ciudad, dar calado y profundidad a cualquier tema, por leve que éste fuera. Sí, me vio al girarse y también él se alegró: haría un par de meses que no nos hablábamos, pero nuestra amistad era la suficiente como para desembocar ahora, en un momento como el presente y con una persona como el poeta, en una conversación saludable para el intelecto. Le pedí a don Narciso “algo que me aplaque este dolor de cabeza” y un té con leche para sorpresa del poeta, que como era costumbre en él pidió uno doble. Entre tanto, al fondo de la sala y al piano, esa desconocida de la que nada sabía ejecutaba con manos acariciadoras las Canciones y danzas de Mompou. A continuación, nos dirigimos a la mesa del solitario y siempre dispuesto don Avelino, y les presenté.
- Es usted de mi quinta, señor Edmundo -dijo don Avelino, apartando a un lado su libretita de apuntes, tapada ya la pluma.
- Y usted es la viva imagen de Valle... -pero no llegó a concluir lo que tenía en mente: se diría y no se diría mal que había metido la pata hasta el fondo, él, ante un desconocido, pero como mi propia experiencia lo confirmaba, lo suyo no era el “tacto” a la hora de trabar contacto por primera vez con una persona de la que nada sabía...
- Sí, es cierto, y algunos de los amigos de Mallarmé así me llaman... Pero vea -y se quitó los quevedos-, ¿me parezco ahora tanto a él?
- Ya perdonará, señor Avelino...
- Está perdonado... ¡Y ni por todo el oro del Perú debiera! Si yo, todo lo que es de buena fe, ni lo perdono, y es que no tengo motivos para ello, señor Edmundo... Y bien, alma noble -dijo ahora dirigiéndose a mí-, ¿qué te trae con tan elevada pluma por estos rincones de nuestra sufriente España?
Capté la escasamente sutil ironía, por otra parte nada maliciosa.
Don Avelino, que no estimaba lo que se dice “algo menos que una perra gorda” al poeta “por representar lo que representa”, tenía una visión de la literatura bien concordante con su “pensamiento bien-español”, como sin titubeos lo llamaba, y si algo despreciaba era a esa raza de poetas que, como el nuestro, consideraba la “identidad nacional” como “cosa de escaso calado personal”; por eso, don Avelino, de padre francés y madre española, con su doble procedencia aunque “armado caballero” en España, otorgaba a esto una importancia que para otros que como el poeta se le antojaban “españoles hasta el dolor” no la tenía, tratándose incluso de inconveniente a evitar en su discurso literario. “Nuestra entidad patria es como el útero de la madre”, solía decir... y por si no había quedado del todo claro, añadía: “En mi caso, lo español y lo francés caminan de la mano, pero lo español, al ser de naturaleza más soberbia, primorosa y suya, se le impone a lo francés, sin que por ello del todo perezca”, disertaciones que a más de uno y no sin razón aunque tal vez a la ligera sumirían en irresoluto conflicto... cuando lo que este auténtico poeta espiritual predicaba, más allá de las sempiternas estupideces chauvinistas (de las que no quedaba desde cierta perspectiva del todo impune), era la supervivencia de la “savia patria” en la obra literaria, y no “la degradante y pueril negación del yo, del poderío alimenticio de esta savia que como cualidad inalterable que es mantiene fresco el espíritu de lo español”.
Entre tanto, Edmundo ya se había desabrochado el último botón del abrigo, que ahora colgaba en la percha, dejando sin percatarse al descubierto la horrenda mancha en pantalón y camisa, mancha que no le pasó inadvertida a ninguno de los mencionados mientras don Narciso servía el té con leche pedido: a don Avelino se le preguntó si quería algo más “a añadir en la cuenta”, a lo que éste recreándose en la mancha respondió, paladeando bien sus palabras: “Lo que la casa guste y de su bolsillo en buena hora afloje”, con lo que todo quedaba dicho. Se le sirvió otro té con leche y a mí me trajo un vaso con un líquido verde “ideal para sentir que la cabeza está donde tiene que estar” sacado de algunas hierbas que no enumeró, y sin necesidad de prospectos ineficaces de un sorbo me lo bebí: era repugnante, pero me hizo efecto. Edmundo pidió otro, le fue servido y también se lo bebió... pero no en uno, sino en tres sorbos; el incansable bebedor de té con leche también aquí mostraba otra cara.
La conversación quedó pronto encauzada, siendo don Avelino el hábil disponedor de la misma, que como hábil artesano del hilo cosía y descosía a su antojo el discurrir del presente. El conocido poeta tomaba asiento frente al desconocido, y entre medio de ellos me acomodé yo, con la ilusión un tanto rota al verme relegado en un segundo plano, y ya por segunda vez en tan escaso espacio de tiempo... Las primeros intercambios de pareceres fueron leves, pura introducción formal... hasta que don Avelino, que por lo pronto me pareció que no estaba de muy buen humor, escoró su nave hacia aguas más tempestuosas:
- Conozco muy bien lo poco que de su obra he tenido el privilegio de “saborear” -arrancó tras dar un sorbo minúsculo al té con leche, como confirmando su afirmación a través del sentido del gusto-, lo que no obstante me capacita para emitir un juicio riguroso al que usted, espero, no será del todo inmune...
El aludido apretó la dentadura. “Se le ve el plumero y no la pluma”, pensaría para sus adentros.
- Por lo que tengo entendido, su producción sobrepasa los ciento cincuenta poemarios, una cifra de vértigo... lo que toca a más de dos poemarios al año y desde la cuna, inspiración rápida la suya, a la manera de un... No, no haré comparaciones... Yo, ya ve, nunca he publicado nada, todo lo más un poemilla liviano en una página del periódico local, pero ¿qué es eso al lado de ciento cincuenta poemarios encuadernados y divulgados con sus tapas de colores y sus fotografías coloreadas?
- Sí, soy prolífico, y vendo mucho, mucho más de lo que querría... algo raro tratándose de poesía.
- Y más todavía tratándose de gente ignorante la que le compra, porque sus lectores, o al menos la inmensa mayoría, son jóvenes sin una formación concienzuda, sin un acento nacional, y por ello sin gusto estético, y eso es lo que más me sorprende en usted, todo un señor, con sus años, suministrando el pan de América a ese estrato tan en bruto de nuestra inculta sociedad de a pie...
Creí estar oyendo mal, pero no, oía más que bien.
- Veo que está usted muy enterado de todo lo que a mí atañe, claro que su opinión es muy suya... mas le agradezco que sea tan sincero, aunque insisto, está usted muy enterado...
- Sí, paso las horas vivas aquí, en este rinconcito, leyendo las revistas literarias que me caen a mano, y no crea, pero aunque lleve estas gafas pesadas como barandillas de puente, veo muy bien... lo leo todo, y recuerdo los rostros, con pelos y señales, de aquellos que posan para algún reportaje, hombres y mujeres que como usted se llevan el protagonismo en las susodichas revistas literarias, revistas por lo demás de una calidad infame, en la prosa, en la crítica, en todas las partes... pero como usted ya sabe, los dineros mandan, y los cuernos de la abundancia dan resultado llenándolos... Mis observaciones apuntan a que por cada centenar de poetas que salen nuevos, con suerte habrá uno que soporte un análisis, uno... y no pasará de constituir un talento de muy segunda fila en el repertorio poético.
- ¿A qué repertorio poético se refiere, al nacional o al internacional?
- Al único repertorio, señor, al Repertorio Poético.
- Sí, sí... ¿Uno de cada cien un talento de segunda fila? Estoy convencido, acierta de pleno. Eso mismo creo yo.
- ¿En serio? Pues me extraña no poco, ¿o no está enterado de que el común de esos nuevos poetas de ahora creció leyendo sus poemas “para espíritus jóvenes”, entre los de otros que chuparon de la misma caña? Dígame, señor Edmundo, y dígamelo con el corazón en la mano... ¿qué leches es para usted nuestra España?
- No logrará irritarme con su impertinencia, señor, pero aunque no lo crea no le sigo...
- Pues debiera, y mucho. Su poesía es plana e impersonal como el parche de un tambor, carece de patria, igual resuena, pero de mal, en el Congo que en la China. Toda la sangre sobre el terruño a través de las generaciones derramada, ¿para qué? No, no le estoy hablando del sonido de la castañuela, sino de la auténtica soledad sonora de la vida española... Si la pregunta no es demasiado indiscreta, ¿llegó usted a leer a San Juan de la Cruz cuando estaba en la edad de leerlo?
- Leí en su momento al santo varón, pero leyéndolo como poeta del mundo... y no de este innombrable pedazo de tierra nombrado en un mapa con el nombre de España. Las tendencias nacionalistas, como verá, están absolutamente trasnochadas, así que será mejor que se renueve... o por el contrario limítese a desaparecer en su anonimato localista.
- ¡No ha entendido nada! ¡Nada de nada! -exclamó don Avelino con los brazos en alto, ahora sí, bastante ofendido, e intentado buscar una escapatoria, se dirigió a un servidor:
- Vamos, alma noble, sacúdele con la palabra a este desarraigado, ¡di lo que sientes!
Nada sentía... La única salida posible, la que no me comprometía ni con el uno ni con el otro, era la intermedia, así que le “sacudí” sin realmente rozarle, optando por la innoble solución de compromiso que me ahorraré de mencionar. La reacción de ambas partes resultó la esperada, es decir, la que iba a prolongar durante no mucho tiempo, pues en doce minutos el reloj daría las dos, la agresión intelectual entre los dos vigorosos ancianos, pálido reflejo del ardor guerrero de una juventud rediviva en sus demacrados rostros.
- Señor mío -afirmó tajante, y secundó su afirmación dando un discreto golpe con el puño bien cerrado en la mesa mientras un hilillo de saliva le corría por el labio-, iré al grano: su único pensamiento, la única razón que le mueve a escribir su basura -¡toma ya!, me dije-, a parte del sonante vil metal por el que se prostituye, es el puro culto a su encopetadísima persona, en conclusión el culto a la suprema desvergüenza que supone usted por sí mismo.
El receptor de la ofensa, dándoselas como por vencido, se levantó con calma y, dispuesto como a abandonar el campo del honor, dijo en su aparente retirada:
- Amigo de Mallarmé...
Y cogió la taza de té con leche todavía caliente que por alguna extraña razón no se había bebido y la vacío, como quien riega un capullo que se niega a florecer, sobre la cabeza del sincero Valle, por el que por vez primera fluía un río de tal espesura... La música, tras una nota mal dada, cesó.
Difícilmente podría razonar, explicar o meramente detallar lo que se sucedió a continuación: como una batalla campal, pero sin derramamiento final de sangre y sin parte vencedora ni parte vencida: un estrépito de mil caballos con otros tantos jinetes montándolos, la simultánea erupción de tres volcanes escupiendo sus quejas, el aullido del fuego arrasando los molinos de viento y la endiablada tormenta de granizo zarandeando a sus víctimas en medio de un abismo de envidia y repulsa compartidas. Los otros dos clientes junto a don Narciso lograron separar a los fieros felinos mientras un servidor observaba, desconsolado, cuán bajo pueden llegar a caer los hombres que por decisión meditada han decidido condensar toda su violencia contra el mundo en un puñado muerto de páginas escritas.
El destrozo material no fue importante, pero la moral, ¿dónde quedaba la bienvenida moral?: don Avelino terminó por llorar a lágrima viva, sintiéndose además de insultado en lo más hondo de su ser algo más viejo y acabado, miserias que envalentonaron a quien sin saber muy bien hasta ahora he tratado de “mi protegido”, que salió de allí como el Caballero de la Blanca Luna, cual vendedor incrédulo de su éxito; pensé en disculparme ante el anciano abatido... pero una fuerza absurda me retuvo a remover más el espeso caldo, y salí de allí tras los pasos del poeta de la juventud.

¿Qué pudre el espíritu de los hombres? No busquemos más: el espíritu mismo, cómo no... Bastaba observarlo con la agudeza del pintor renacentista para tener la perspectiva de que aquel hombre estaba muy enfermo, con un pie apuntando a la tumba, punto de fuga de la lateralizada composición. Cinco, diez años a lo sumo, pero no más duraría en esta carrera hacia la inmortalidad, y sería de dudar que alguien apostara un céntimo por su degradada montura, tan inutilizable como el propio jinete, sumido en los claroscuros de la noche sin luna. Pero ¿era suyo ése, su espíritu? El más avezado de los indagadores ociosos afirmaría sin errar que no, que un hombre así no puede tener nada suyo, nada propio, ni el blanco calcáreo de las uñas. Y en tanto que por ello mismo, este hombre sí tenía algo propio, quizá no conciliable con lo espiritual así dicho, pero palpable al respirar su presencia: ahora lo estoy mirando pero él me sigue dando la espalda, tan sólo me limito a justificar mi propia limitación espacial, y por ello le sigo los pasos, tres o cuatro zancadas por detrás, ¿no es peregrina esta impresión?
- ¡A buen lugar me has llevado! -salta.
Debiera descender a su altura, hacer el sacrificio de acercarme a su grandeza desde mi pequeñez despreciable y sumisa, tratándolo con el bien medido desprecio que se merece... ¡Ah, pero qué estaré pensando!
- ¡A esos me los conozco mejor que su musa! Los amigos de Mallarmé, ¿eh? El animal de Valle, ¡no conozco cafetucho de cuarta en el que no pulule uno de esos poetillas caricatos que mendigan hasta una magdalena evocando en su masticar pasadas chanzas urbanas! Menudo asco...
Debiera descender a su altura, pero descender a su altura equivaldría a aceptar el máximo sacrificio, que es el de la vulgaridad y la vileza de ser humano en su inabarcable mediocridad, eso es, el gesto de la humanidad, el más despreciable de todos, en el que como humanos tarde o temprano nos igualamos unos a otros, pequeños ejemplos de una misma y olvidable realidad.
- Franchute y españolito... ¡Fatal combinación la de mi quinto! De ésos, gracias a Dios, van quedando cada día menos... Un mamón patriótico de su clase, de su especie, sólo podría triunfar en el mundillo literario siendo paseado por los salones literarios que gozasen a su favor de una sección de caza... eso sí, en una pieza, pero disecado hasta la frente y con una plaquita a los pies que rezase: “Gran literato, hijo de zorra y de cabrón, ore o calle”... ¡Cuándo dejarán de ofenderme esos fracasados! Mírame -y girándose... me agarra del brazo-, y ahora haz lo que te diga, ¿estás? Pues bien, ¡vomítame todo tu odio, no lo ocultes, lánzamelo a la cara como el borracho de tu amigo me lo lanzó al torso! No, no soy digno de figurar entre los menos, sino un viejo aprovechado que chupa la sangre a los jovencitos, ¿no sientes cómo te succiona este viejo tu sangre inmadura y pura?
Pero descender a su altura es lo que él de mí espera, me lo está pidiendo a gritos, mascando el chicle de la discordia como un niño que quiere hacerse notar y por algo somete sus mandíbulas a un esfuerzo inusitado. ¡Sí señor, esto es un literato, un poeta, un soplador de gaitas!
Seguí escuchando sus quejas incongruentes, hasta que tras el ardor inicial, pronto se debilitó, y en su debilidad percibí como las piernas comenzaban a fallarle, y ahora sí, comprobé que el bastón no le era del todo ajeno. Se atascó, estaba muy cansado, y nos sentamos en un poyo húmedo como una manta de agua caliente. En el ambiente todavía se respiraban los pesados efluvios del agua de lluvia vieja.
- ¿Sabes? -me dijo-, acabo de ver al diablo...
- ¿Al diablo? ¿No estarás enfermo... de verdad?
- Lo estoy, muy enfermo, pero no por estarlo un enfermo ve al diablo como yo lo acabo de ver hace cosa de unos minutos.
Seguí tirando de la cuerda, a ver que ocurría.
- Y dime, ¿cómo es?
- Tiene los ojos azules de una jovencita muy viciosa, pero al mirar no lo hace como tal, sino que mira como una libélula asquerosa... pero no son sus ojos lo que me aterra, sino su melena, en ella se concentra toda la savia extraída de los buenos poemas que nunca escribí, y que por estar allí, jamás llegaré a escribir... Mi diablo, amigo, es una jovencita que te atrapa y no te suelta, tú eres suyo, ése es su lema, y hará contigo lo que le plazca... es el juego. Todos vamos acompañados por uno, pero casi ninguno lo ha visto: todos esos diablos son el mismo diablo.
- Muy sugestivo...
- ¿No me crees? ¡Claro! Mejor, no me creas, me es absolutamente indiferente... Tampoco cuando uno lee una novela se cree lo que le están contando, pero en ocasiones, si esa ficción supera en rigor a la realidad misma, si ocurre ese milagro tan poco frecuente, siempre terminará nuestra lectura por causarnos más pavor que cualquier epidemia, guerra, terremoto, matanza indiscriminada o lo más espantoso que puedas imaginarte.
- Hablas como si no hubieses leído muchas de esas novelas...
- Y así es, pero el problema ya no es leerlas, no, sino crearlas. ¿O crees que soy poeta por alguna otra razón que la del destello fugaz y efímero de la mala poesía? Con trece años, como muchos otros niños que escriben sus tonterías, me impulsaron la debilidad y el miedo naturales en mí a escribir una novelita, la primera y la última, El emisario fue su título, y era peor que horrible... pero créeme, en ella deposité esperanzas infinitas, ingenuidad a oleadas, dolor y sacrificio inmaculados reconcentrados en cada una de sus líneas mecanografiadas. Así, nada más haberla escrito, la guardé en un cajón bajo llave, dejé pasar el tiempo, esperé... y cuando un par de años después volví sobre ella, te lo juro, lo vi todo con una claridad cegadora: aquello que había salido de mí y que plasmé con la intención de conmover, todo aquello que era el corazón de la obra... me provocaba risa, de un ridículo inexpresable, carecía de cualquier rigor emocional, instaba a la propia inteligencia del lector a hacer cualquier cosa con ella que no fuera retenerla ni un minuto más entre las manos, mi propia inteligencia insultada por sí misma... Cuando llegué al punto final me di por satisfecho, ¿para qué engañarme? Así que quemé el manuscrito. Sabía que mi indefinido estilo no iría más allá de ese desastre, que madurar requiere de un trabajo, pero de un trabajo auténtico, ésa es la palabra, y que recurrir a ese trabajo auténtico para hacer esa novela soñada era, a fin de cuentas, algo que no estaba previsto en mi plan de inspiración divina... Sí, el artificio del trabajo se superpone al trabajo auténtico y aniquila la sinceridad del alma del hombre... A los pocos días de la combustión comencé, lo que se dice, a sufrir una extraña depresión, la que me llevaría a ese primer intento de suicidio que ya te he referido, tirándome de un puente altísimo que busqué y busqué y que tal vez para mi desgracia no encontré... Estaba convencido de que ese puente estaba a la vuelta de la esquina, esperándome a mí, levantado para ese fin... y hoy, si te dijese que lo he cruzado, que ése era mi puente de hace tantos años, ¿pensarías que me he vuelto loco?
Mis oídos no daban crédito a lo que decía, pero sin duda era sincero: con la frialdad de su explicación no hacía más que intentar convencerse de algo que iba más allá de la repentina ocurrencia genial. Y por mi parte, incluso sabía a qué puente se refería, no podía ser otro, un puente físico y no una arrugada metáfora fuera de lugar: y no hacía más de una hora que lo habíamos cruzado. ¡Una hora desde el horrible incidente!

Dimos con André unos minutos después, conforme nos aproximábamos al “Túnel Final”, repuesto ya el poeta tras su decaída. El estudiante francés iba acompañado de dos individuos de su edad, quizá algo mayores, de mirada esquiva, vestidos de un modo descuidado. Observé que uno de ellos llevaba en su mano, curiosamente enguantada, el paraguas del poeta, pero guardé silencio... y quizá no hice bien. Intercambiamos unas palabras y nos unimos a ellos; también él nos había “estado buscando”, o al menos eso fue lo que dijo, puesto que tenía que hacernos “un par de aclaraciones”. Mientras avanzábamos al lugar del que no nos había dado ni el nombre, no tardó en explicarse, en principio a los dos, aunque pronto se desvió de mí para dirigirse en exclusiva al poeta:
- Lo primero, es de disculpar lo ocurrido esta noche allí. Estoy acostumbrado a convivir con ese insoportable de Abel, tan grandilocuente como sólo él sabe serlo... No es más que un insignificante niñito de hoy, eso es. Y cómo no, el problema es que él se identifica con nosotros, y no hace sino describirse a sí mismo en nosotros, que según dice somos “muchachos de hoy”, eso lo explica todo... Pero se lo digo a usted, poeta, sabedor ya de que a sus años, y habiendo recorrido tanto mundo, estará cansado de tratar con ese puñado de pedantes amargados que todavía no han aprendido a andar... Abel es uno de ellos, un pequeño y acobardado niñito incapaz de estar al día, de contaminarse de la modernidad de la que escapa pero en la que quiere estar inmerso. Tiene unas preocupaciones de anciano a punto de estirar la pata -tras decir se sonrojó-, ¿y a quién le pueden preocupar sus pedanterías?
El poeta nada dijo: obviamente, se diría por la inexpresividad de su rostro sentirse más identificado con Abel que con el estudiante francés, con el que no comulgaba y de cuyo cambio de actitud ni el menos despierto podría fiarse. Intervine:
- ¿Adónde vamos?
Su irreflexiva respuesta delató una autosuficiencia ofensiva:
- Tranquilo, estás invitado.
Edmundo, cómo no, nada de todo aquello entendía, por lo que se limitó a seguir el paso “establecido”. Pero en lo que a mí se refiere, de haber sido persona de principios sólidos y capacidad decisoria propia, y máxime teniendo encima la responsabilidad que tenía para con, pese a todo lo ocurrido, mi protegido, no debía de ningún modo haber aceptado la voluntad del otro, que para mayor impertinencia iba acompañado de dos individuos que de nada conocía, y que en su falta de tacto ni me había presentado, llevando uno de ellos para mayor descaro el referido paraguas que el poeta se había dejado olvidado: temblaba de que éste se diera cuenta de ello de un momento a otro, lo que era más bien inevitable, pues el descarado lo llevaba poniéndolo bien a la vista de todos, como pensando “mirad qué paraguas tan bonito tengo”, o tal vez algo peor...
Al torcer a la izquierda se abrió ante nosotros un oscuro y apestoso callejón sin salida presidido, a su entrada, por una larga fila de contenedores de basura abiertos y llenos en los que un puñado de gatos rebuscaba entre el desperdicio, arañando con sus garras y logrando desgarrar las bolsas de basura, en las que el pescado podrido se confundía con el pelo cortado proveniente de la peluquería que hacía esquina. Frente a los contenedores, un mendigo borracho yacía tendido cabeza arriba en el suelo, aferrado a su botella vacía, murmurando para sí incongruencias difíciles de concretar. Unos quince pasos más allá y bajo la luz de la única farola, un enorme charco de sangre coagulada del que sin duda los mismos gatos que habíamos dejado atrás ya habrían lengüeteado intentado sacar de él toda su sustancia, nos detuvo al poeta y a mí por unos instantes, mientras que los otros lo habían pisado y pasado de largo como si nada. Edmundo me miró con el ceño fruncido, y sin despegar los labios no hice otra cosa que sonreírme matizando el mismo desagrado que con él compartía por todo aquello. A dos metros del final del callejón, las pisadas de los tres cesaron, y André, dirigiéndose a nosotros, dijo:
- Hemos llegado, vamos, no os retraséis.
De nuevo reunidos a los diez pasos dados, ante nosotros, bajando cuatro pronunciados escalones, aparecía una estrecha puerta de hierro en la que eran perceptibles las señales de un incendio.
El primero en bajar fue el individuo que llevaba el paraguas del poeta. Éste, que caminaba algo encorvado, sacó del bolsillo izquierdo un pañuelo del cual al desplegarlo tomó una llave, y tras carraspear y escupir al suelo con repugnante lentitud, el babeante introdujo la llave, dio doble vuelta y abrió la puerta, nos sin antes haberle destinado a ésta un par de patadas. Del agujero emanó un soplo de aire húmedo, muy viciado, que pronto se extinguió. Luego el individuo del paraguas llevó su mano a la pared izquierda y pulsó lo que sin duda era el interruptor: una bombilla de filamento tembloroso se encendió, iluminando un cuartucho en cuyo centro y bajo el punto de luz, una mesa se destacaba como el único mueble, aunque con las patas podridas por el exceso de humedad. El poeta, como un niño, me puso el dedo pulgar en el hombro y lo retiró de inmediato para encogerse a continuación de hombros: sí, también yo detectaba que algo “no iba bien”, que entrar allí sería un error, que todo estaba siendo un disparate y que lo mejor era volver atrás, que, en efecto, ese enorme charco de sangre ya nos debía haber advertido que más que un charco de sangre era una enorme señal de dirección prohibida. Pero todo trascurrió demasiado deprisa, y como un fogonazo, nos encontrábamos ya abajo. El francés, dirigiéndome una mirada en la que se percibía una cierta complicidad para mí desconocida, guiñó el ojo al individuo de su izquierda, del que hasta ahora sólo había advertido un detalle casi gracioso que en la situación presente me descompuso: un brazo le colgaba un palmo más que el otro. Entonces recordé una llamada telefónica, un teléfono que jamás debiera haber descolgado, y al otro lado del hilo, una voz de sobras bien conocida emitida por alguien del que en verdad nada conocía. Esa cotidianeidad extraña me impedía pensar con claridad. A la extrañeza misma debía sumar un desasosiego que añadido a la pegajosa humedad del espacio cerrado me cubría por momentos de presentimientos nefastos en los que la imagen más definida no era más que una tosca acuarela de grises. La voz del francés que horas atrás había resonado al otro lado del teléfono se superpuso al machacón golpear del invisible segundero de un reloj al que algún desalmado había arrancado las agujas. Un escalofrío demasiado prolongado, seguido de una gota de sudor frío que surcándome el pecho como un cristal de hielo me dejó en suspenso, invalidaba así mi capacidad de respuesta, destensando unos músculos hasta entonces capaces pero ya cansados, y reavivando un dolor de cabeza que ahora, más punzante si cabe, me hacía sentir la cabeza como nunca antes la había sentido, como lo que es y nada más: ese pedazo de espacio ocupado por uno mismo, el mundo entero sobre sus hombros, la insoportable sensación de saberse capricho de la divinidad no condenado todavía pero en breve tal vez a perderse para siempre en una oscuridad más profunda y húmeda que la de aquel lugar... Todo lo que a continuación sobrevino en aquel cuartucho infame y que intentaré describir con la moderación debida pero sin faltar por ello a la verdad de lo ocurrido, no resiste ni un análisis ni una explicación cualesquiera sustentada en la lógica de la rutina, quedando a lo sumo supeditado a un absurdo del que yo, testigo pasivo, no podría en absoluto extraer una conclusión satisfactoria, a menos que lo redujera todo a los extraños recovecos de la naturaleza humana, de la maldad natural que hace a las personas vengativas y violentas por naturaleza, en una palabra humanas; reducción por lo demás indigna dado el alcance de la brutal humillación que sufrió el que de no haberla padecido seguiría llamando mi protegido, pero al que desde ahora y a raíz de este momento debo con conocimiento de causa considerar mi amigo.
Intentaré recordar en tiempo presente y con la mayor precisión posible todo lo que a continuación me sobrevino: veamos, el poeta, que hasta ahora no ha querido reconocer que ese paraguas que estaba viendo no era otro que el suyo, termina por reconocerlo como tal y, craso error, ¡estalla harto de tanta irritación!, que es por supuesto la reacción que ellos sin duda de él quieren, y sin más la pareja de desconocidos lo agarra por los brazos, pero aunque éste se resiste, de nada le sirve, pues los otros, jóvenes y en mayoría, lo manejan sin hacer apenas esfuerzo: el ridículo y desfallecido anciano todavía hace algún esfuerzo, y por nada se diría un poeta, sino un vulgar anciano que intenta escapar de la amenaza bárbara como la mosca en la tela de araña no hace sino aletear para perdición propia. Tiembla el filamento. El francés me mira, se diría que quiere algo de mí, ¿mi colaboración?, para dar comienzo a la “recepción”, ésa es la palabra que utiliza. De algún lugar han sacado un par de hierros y un madero, objetos que destinan al poeta; parece un intento de crucificado: los brazos desplegados, sujetos al madero con los hierros. El francés ríe y al hacerlo expulsa saliva en abundancia por sus fauces. Los otros también se ríen, mas como necios sin risa propia, pero eso sí, golpean al poeta. Éste grita, pronuncia mi nombre, y lo hace en vano: le oigo pero sus gritos me parecen lejanos... ¡Despierta!
- Ven, ¡no te duermas! -me grita al oído André.
Salimos al callejón. El poeta es arrastrado por sus dos verdugos, que disfrutan pasándoselo del uno al otro: se tuerce la anciana rodilla, y uno le propina una patada futbolística. El poeta emite un grito horrible, tiembla y se retuerce, gime, y al llegar a la altura del charco rojo, grita, encogido de dolor. Lo que estoy viendo lo estoy viendo ahora y aquí, en este preciso momento, y no es producto del sueño, en absoluto, me digo aunque no me escucho.
- ¡Untadlo bien, camaradas! -les ordena el monstruoso francés.
Así lo hacen en el nauseabundo charco de sangre coagulada: es una operación dolorosa y autocomplaciente, de muy humana ocurrencia. Intento hacer “algo” pese a que mis inoperantes miembros no responden: un brazo al que estoy sujeto me impide hacer nada, ni el mínimo esfuerzo, y entonces:
- Bien, y ahora llevemos al poeta de la juventud ante su público.
El vagabundo borracho, todavía tendido en el suelo, estira su brazo y con éste toma al poeta de la pierna con un ardor desesperado, pero pronto se suelta, borracho como una cuba. Uno de los individuos le clava la punta del paraguas del poeta en el pómulo derecho.
El callejón debe quedar atrás. La cabeza me va a estallar de un momento a otro; abro los ojos, y los oídos, todavía perceptivos, no me han engañado: una infernal masa de jóvenes ebrios se pasan al crucificado como una pelota.
- ¡A los estandartes! -grita una chirriante voz.
- ¡Revolución! -vociferan a coro un puñado de cretinos que no se tienen en pie.
- ¡Empalamiento! -braman otros que doblan en número a los anteriores, mas en parecido estado de ebriedad, señalando con sus índices desplegados al maltrecho poeta.
- ¡Muerte lenta! -exclama, de repente, una muchacha solitaria montada sobre una vespa blanca con los faros encendidos.
Todo el gentío se concentra en este punto, cuyo centro del centro es el poeta. Cientos de individuos, los que todavía pueden tenerse en pie, lo rodean como al reo que sin duda para ellos ya es... Don Edmundo Carreras llora, grita, ya ni intenta buscarme con la mirada, aunque a gritos me llama por mi nombre... no, no por mi nombre, me llama... ¿he oído bien? “Tú... traidor”, ¿eso ha dicho? ¡Jesús! Pero un servidor sigue como medio dormido. ¿Qué es todo esto? ¿Qué habré tomado para estar así? Eso me pasa por la cabeza, ¿qué he tomado o más bien qué me han dado que hace que esté sin estar? ¡Y ese cosquilleo en la nuca! Con sensibilidad extrema lo siento todo... ¡Dejadlo ya! Y tú, suéltame... ¡Pobre hombre! Es horrible lo que están haciendo con él: lo empujan, zarandean, calle adelante más de lo mismo, sorteándole zancadillas, escupiéndole al torso y hasta el rostro, dándole alguna que otra patada, ¡tres de vez!, vertiéndole un líquido anaranjado por la cabeza, insinuándosele las mozas, incluso los muchachos, ¡qué muchachos!, y... y hasta el mismísimo... ¡horror! ¡Hasta el mismísimo Odón! ¿Qué hace él aquí? ¡Maldita sea!
¡Sirenas!. ¡Alarmas! Sirenas por todo lo alto, no de ambulancia ni de coche patrulla, sino de joyería, ¡alarma de joyería!: una piedra enorme ha impactado contra uno de los cristales blindados: pequeñísimos pedazos de cristal blindado por el suelo. Manos van, vienen, llenas de pulseras, pendientes y perlas.
- ¡Coronemos al viejo! -clama una voz al cielo.
Y todos, con lo que tienen entre sus manos, van hacia el epicentro que es el poeta, y éste, al sentir el primer pinchazo de pendiente clavado en su arrugado cuello, lanza un grito horrible, como de animal a punto de ser desollado. Un chorro de sangre.
- ¡¡Coronación!! -gritan todos en masa.
Todos la piden, y las voces que antes habían propuesto “empalamiento”, entre otros horrores, ya han dejado de oírse. Y sí, lo están coronando: una jovencita semidesnuda luce sus supuestos encantos sentada sobre la cabeza del poeta, que ahora yace tendido en la mitad de la calle como un cadáver... ¿estará inconsciente? ¡Por el amor de Dios! Y esa jovencita... ¡esa jovencita... es ella! La muchacha de la barra, ¿qué le está haciendo ahora? ¿Y qué siento por detrás? ¡¡Suélteme usted!! ¿Qué hora es? ¡André! ¿Dónde están todos? ¡¡Odón!! ¿Quién es usted? ¡¡¡Dios!!!

Y Dios se dignó escucharme al tenderme su mano y venir a mi auxilio sacándome de tan insoportable trance: nada más de entonces creo recordar, tan sólo que caí de bruces al suelo, o que iba a caer de bruces al suelo, o que por lógica gravitacional estaba a punto de caer de bruces... pero antes de caer ya había perdido el conocimiento, y eso explica que nada recuerde de la caída misma, y que mi cabeza, más que una realidad presente, fuera una ausencia que intuía en lo poco que de mi persona sensible quedaba. El tiempo, por alguna extraña sinrazón que ahora no viene al caso, se había detenido... y yo quedaba abandonado en el aire.


PARTE SEGUNDA


Aquella misma noche, hacia las cuatro y diez minutos de la madrugada, se produjo una truculencia escandalosa que estremecería y no sin razón a toda la bienpensante ciudadanía enterada: un grupo de desalmados había, no se sabe muy bien cómo, entrado en la casa del alcalde, alias “el Manco”, para entre otras cosas duras de detallar, dar consistencia a su extraño apodo amputándole con un instrumento cortante la mano portadora del bastón destinado a su cargo. A la atroz mutilación de éste, cabía sumar la brutal violación cometida en la persona de su mujer por uno de los asaltantes, así como el rapto de la hija del respetado matrimonio, Clarita, de seis años y dos meses de edad.
Para sorpresa de propios y extraños, es de señalar el hecho de que ningún miembro del vecindario oyera o creyera oír nada extraño o escandaloso a tan elevadas horas de la madrugada, y eso, por descontado, sólo en el supuesto de los vecinos que estuvieran despiertos, que por lo que consta y de acuerdo con los testimonios recogidos, no era ninguno, al menos de entre los más decisivos en proximidad al lugar en cuestión.
La radio local divulgó la noticia con pelos y señales; eran sobre las once de la mañana cuando la voz del locutor se explicaba en estos términos: “...entre los múltiples destrozos producidos en la vivienda del señor alcalde, un sorprendente objeto encontrado, y más todavía por ser ajeno a las posesiones de los afectados, quizás ayude a esclarecer la autoría de tan deplorable acto: se trata de un valioso paraguas de caballero, objeto que por sí mismo no hace sino dificultar la deseable averiguación de tamaño horror, al tratarse de algo tan poco característico de los asaltantes, que según el testimonio del señor alcalde (testimonio recogido en pleno delirio, antes de quedar inconsciente; en estos momentos se encuentra ingresado en el Clínico U., según información de última hora) eran “entre diez y quince gigantes”, afirmación que no coincide con la de su esposa (entrevistada aparte y ahora en atención siquiátrica, tras haber sufrido lo que algún entendido ha calificado de “ataque histérico”), para quien “no eran más que cuatro enanos pordioseros y un hombre”. Si a estas ambigüedades sumamos el de por sí significativo hecho de que desde hacía varias horas la lluvia ya había cesado, más sorprendente si cabe será la presencia de ese paraguas, que para mayor misterio fue encontrado debajo del sofá en el que la señora S. fue... bueno, ya saben, aunque tampoco podemos descartar que el paraguas fuese dejado allí con toda la intención. El asunto está siendo estudiado con celo por las autoridades competentes, si bien los esfuerzos de las mismas se están centrando en lo referente al secuestro de la pequeña Clarita... ¡Ah! Nos acaba de llegar la noticia de que la mano cortada del señor alcalde ha sido hallada sobre un seto, en el jardín de la casa vecina, propiedad de C. L., que se disponía a regar sus flores cuando de repente encontró el seccionado miembro. A su parecer, “la mano fue arrojada desde la acera”, lo que es de sentido común. Les mantendremos informados... Y ahora, para animar la mañana, disfruten de la canción de las once: Good vibrations, de los Beach Boys”.
En efecto, el señor C. L., que no se disponía en aquel momento como acababa de decir a regar sus flores, sino que había permanecido muy despierto toda aquella interminable noche, no sólo había visto cómo la mano cortada era arrojada a su seto, sino que, con los ojos bien pegados a su ventana, pudo observar con certero detalle todos los movimientos de la banda de asaltantes antes y después, que no durante su ingreso en la casa, asaltantes que no eran ni entre diez y quince, ni mucho menos tan sólo cinco, al decir de las víctimas, sino siete, ni uno más ni uno menos, siete individuos con las cabezas cubiertas por pasamontañas, silenciosos como lagartos, pero inconfundibles en su maldad a la legua... Y si el señor C. L. no había contado a las “autoridades competentes” la versión “oficial” de lo ocurrido, si se había guardado todo para sí, era por el desafiante hecho de que uno de los asaltantes, uno de los allí presentes y por tanto para tal fin reunidos, aunque caminase medio tambaleándose y como bebido, no era otro que su mismísimo hijo, su único y verdadero problema desde hacia tiempo, y al que había reconocido por un detalle tan nimio como efectivo para refutar sus sospechas: la correa del pantalón, cuya larga fila de pentágonos plateados relucía incluso de noche, cantaba por sí sola, una correa que además era la única de las suyas que él como padre conocía, puesto que se la compró tras “recorrer tiendas y tiendas a su búsqueda y captura” en su viaje a Suiza hará un año, todo para dar con la correosa nadería que el niño con toda su pueril insistencia reclamaba, y que él, como padre “ejemplar”, le había comprado y así regalado con todo el amor, la ilusión, el cariño, lo que fuere del mundo, imaginables. La correa, ¿no es cómico de puro rebuscado si se quiere? Y sin embargo, él, insensato diablo, lamentaba haberlo visto todo, fiel al dicho de que “ojos que no ven...”, cargándose además con reproches del tipo de ¿por qué puñetera coincidencia estaría a tales horas despierto, mirando por la ventana como una alcahueta desaprensiva? Pero la respuesta, tal era la estrechez de sus salidas, ya estaba dada: por su problema, ¿qué iba a ser sino más que eso? “El niño se retrasa, ve a ver si viene”, le había ordenado en la cama su adormilada mujer. “El niño no es un niño, y ya debieras saber que siempre se retrasa todos los fines de semana. ¡Menos salidas nocturnas y más estudio!”, le habría respondido en el mejor de los casos, pero no, no había sido así, y con una irritación que venía arrastrando de varios días atrás, y cuya razón no era otra que una cierta dejadez achacable a su mujer, que por algún motivo ajeno a él no le satisfacía debidamente, lo que estando el pesado del niño fuera de casa no tenía justificación alguna, “a no ser que esté aburrida de mí”, pensó... y casi acierta. Pero ahora, extinguidos con el nuevo día los calenturientos deseos de la noche y con su problema roncando a pierna suelta en su habitación de hijo querido, el señor C. L. pensaba y no salía de su asombro: ¿podía su hijo, su propia carne por así decir, haber formado parte de tan horrible atrocidad, cometida además en la persona de su vecino y amigo, el buen alcalde? ¡No! Estaba claro que no, que un muchacho así, juerguista un rato pero buen muchacho, hubiese intervenido en algo tan condenable como... ¿Y la correa?, era la pregunta que se hacía, la evidencia que lo corroía. Quizá fuese otro, sí, otro que estuvo en Suiza y compró esa misma, exactísima e inconfundible correa... Pero este pensamiento no le satisfacía, debía estar seguro, y tras apagar la radio, se dirigió a su mujer, que troceaba la lechuga en la cocina antes de ponerla a remojo, y le preguntó:
- Cariño, ¿cómo se vistió ayer el niño antes de salir?
Ésta, resoplando de hastío:
- ¿No lo viste con tus propios ojos? Llevaba esa camiseta negra con pintadas tan... y pantalones vaqueros con la correa de adornos metálicos que le trajiste del viaje, una chaqueta de cuero, y...
No, no había más que decir: era él, su hijo, su propia carne. ¡Demonio! ¿Qué es lo que hacía su hijo fuera de casa? ¿Cómo lo habían educado, ellos y el sistema? ¿Habían engendrado una bestia? ¡No cabía duda! ¿Podía ser posible que bajo su mismo techo durmiese el causante de la destrucción de un hogar tan parecido al suyo? Y en preguntas de parecido calibre se le derretía el cerebro: él, hombre responsable y seguro de sus actos, educado y recto, prolongación noble del apellido que su padre le había dado, esposo fiel y amantísimo, señor de su casa, defensor irreducible del orden imperante y de los valores establecidos, amigo de sus amigos, funcionario competente y honrado, optimista y servil para con el sistema capitalista que tanto ensalzaba, él, ser humano de su tiempo en suma, se encontraba cara a cara y por primera vez con un problema de “fuerza mayor”, un problema que había que solucionar cuanto antes: un problema que debía resolverse dentro de los muros de su querida casa, dentro de los márgenes de su pudorosa perspectiva de las cosas. Y para ello tenía que dar el primer paso.
Puso en el picaporte de la habitación de su hijo su mano... y accedió a esa cueva a la que tan contadas veces había entrado, en la que un televisor de veinticinco pulgadas, videojuegos de contenido violento aunque “tolerado”, carteles indecentes, objetos inútiles en definitiva, encontraban su lugar de asiento en la que sin duda era la habitación con mayor densidad de cacharros nocivos de toda la casa... En la oscuridad, una débil respiración, como la de un lobo en su guarida, le detuvo por unos instantes, mas la indecisión pronto de desvaneció: necesitaba saberlo cuanto antes, ¡ya! Alargó el brazo y corrió la cortina: un finísimo rayo de luz entró al espacio a través de la primera rendija abierta, iluminando los ojos azules de esa estupenda rubia prefabricada a la que habían suministrado unos buenos implantes de silicona. El agotado cuerpo del muchacho de dieciocho años, tendido cabeza abajo, le recordó algo inerte y desconocido, pero pronto se ablandó. Pensándolo mejor, él como padre apenas había intercambiado con su hijo nada que no fuese banalidad paternalista a riadas: discursillos bienpensantes, opiniones ridículas, pensamientos de geriátrico, pura blandenguería, todo lo que más repele a un muchacho en pleno proceso de formación. Y ahora, cuando debía por fuerza mayor ser preciso, contundente, un no sé qué se le imponía, una falta de pericia en el trato que sólo podía achacar a su mujer, que tanto le consentía al muchacho, interponiéndose entre padre e hijo como una tela de araña entre dos moscas. Pensaba, miraba atrás, y confirmaba como ella, que siempre había deseado hijos, no uno sino muchos, ambición que se quebró por las complicaciones propias de un parto como aquél, era la causa de su fracaso como padre. Pues en verdad, si él algo no había deseado a tan temprana edad era eso de “tener niños”, pero ella los quería, y con tan sólo diecinueve años engendró el primero... pero también y por desgracia el último. Ya cuando ella, su mujer desde hacía quince meses, daba el pecho a esa criatura, supo que desde entonces sería el segundón. Y no erró: a la frustración de su mujer de no poder procrear más, se sumaba su desastroso sentimiento de inferioridad, confirmado en el día a día a través de un trabajo nauseabundo que detestaba en lo más profundo de su persona... pero lo importante era mantener el tipo, guardar las apariencias, seguir fiel al día a día, y ya se vería. La vida, francamente, le había tratado del modo más mediocre. Y si todavía deseaba a su mujer, si todavía encontraba en su cuerpo un atractivo pasable, a medio camino entre el destello falso y lo marchitado a todas luces, era por esa juventud suya tan mal exprimida, en la que tantas cosas se había dejado por hacer y una que del modo más inconsciente había contribuido a hacer; sobresaltada, ésa se despertó:
- ¡Qué! ¿Qué haces?
El padre, en actitud distanciada, logró ocultar su estúpido nerviosismo por un par de segundos, pero pronto se impuso el funcionario amargado al padre sin fachada, y lo soltó todo de golpe, amontonando las palabras, diciéndolo todo para no decir nada:
- ¡Dímelo ya! No, no me engañes, eras tú y no otro. ¡Te vi por la ventana! ¿Qué... qué hicisteis en casa de nuestro vecino el alcalde? ¡Habla! Anoche, ¿qué hicisteis? ¡Tú y muchos más! ¿Qué?
El hijo, resuelto, bostezó, y a continuación dijo, sin el menor empacho:
- Viejo, ni sé de qué me hablas ni mi importa un...
Pero sí sabía, y muy bien, de qué le estaba hablando... aunque con cierta inexactitud debida a la natural resaca. Recordó que se divirtió mucho, aunque hubo alguna cosa que no le gustó, como que hicieran lo que hicieron con aquella niña horrible que era su vecina... pero como ya estaba todo cocido, ¿para qué pensar más en ello? Total, él no había sido el cerebro: las ideas las habían planeado otros... él sólo había proporcionado las señas... y de paso había ido a divertirse allí... Aunque lo mejor de la noche fue lo del viejo: a eso le daba no un diez... un doce. Y por algo lo recordaba con todo detalle, pues él había sido, si se quiere, el improvisado causante:
- ¡Coronemos al viejo! -había gritado por todo lo alto ya medio ebrio, mientras la alarma de la joyería no lograba imponerse en estrépito al griterío colectivo de todos aquellos que con su brutalidad campando a sus anchas animaban la noche.
Fue entonces cuando comenzaron a ponerlo “peor que un Cristo”, en expresión típica de uno de los allí presentes...
Pero tan cansado estaba, tan nublado lo veía todo... que pronto quedó dormido, y el padre, herido en su punto más débil, ni articuló la primera sílaba de la palabra que tenía en la punta de la lengua, y fue así como salió de la guarida del lobo, cabizbajo, más apesadumbrado que antes, confirmada su auténtica nulidad en un aspecto tan serio como el propiamente familiar. Volvió a su mesa “de trabajo”, fatua prolongación de su otra mesa de trabajo, y encendió la radio: las previsiones meteorológicas eran buenas para el día de hoy.

Tampoco aquella noche Abel había logrado conciliar el sueño, y aunque estaba libre de sus detestados compañeros de habitáculo, se sentía más acosado que nunca por un retumbar de tambores que causaría en su cabeza estragos en breve si no tomaba alguna decisión que como apoyatura le terminase de aclarar algo que veía claro como nunca antes lo había visto. Tras idas y venidas, se sentó en su silla y decidió realizar una larga serie de audiciones, siempre sobre extractos, que le permitiesen “dar con la consecuencia natural a tan largo proceso histórico”, pensó. Así, lo primero que escuchó fue lo más, si cabe, natural, esto es una grabación tomada por él mismo en un bosque al amanecer: al silbido del viento se unía la potencia sonora de una cascada de agua perceptible de fondo y el leve piar de algún pájaro catalogado en su memoria. Pasó a Duke Ellington. Retrocedió hasta los cantos polifónicos corsas, y luego escuchó la inaugural Misa de Notre Dame de Machaut. No, la voz sólo podría despistarle, pensó, “pero en la voz está la clave para comprender el espacio por el que llegar a la divinidad”, suspiró de nuevo. Luego, hizo audiciones de Miles Davis... de Dufay, el Concierto para piano en Sol de Ravel aquí, otro tanto de Janequin, pero intuía que “aunque los avances en Janequin no fueran más que discretos pasos en un camino pedregoso, las suelas eran revolucionarias”, por lo que al llegar a Victoria, “al más grande de todos hasta entonces”, hizo un inciso: podía sentir los motivos de una obra tan grande como el Oficio de difuntos, pero no alcanzaba a entender nada, “ni la menos espesa razón de su fondo”. Pero la música era algo más que una razón espiritual, y de esa monotonía tan plácida se desprendía algo diferente a lo que hasta entonces se había llamado espiritualidad. Tras Charles Mingus, Gesualdo, Frank Zappa, Dowland, llegó a Schütz sin haber hecho escala en Monteverdi: no, lo que buscaba no podía estar en una obra así, pese a que era todo un experto en el maestro, como ya lo había demostrado con su estudio analítico sobre el Beatus vir de aquél. Pero Schütz no fue más que un falso reflejo. Bix Beiderbecke era un gigante en miniatura. De aquí pasó directamente al gran Bach, y aunque sus propósitos eran llegar hasta el posible mañana, allí se quedó, enfrascado en el Kyrie de la Misa en Si menor, la más inmensa e inefable ejemplificación de lo que él estaba buscando. Era una respuesta, pero Charlie Parker le había dado otra no menos contundente. Y con todo, ¿cómo ir más allá sin vulgarizarlo, sin caer en la barata imitación deslucida, sin traicionar por ello la verdad musical de y en los nuevos tiempos? Había arañado respuestas variopintas e insatisfactorias, mientras allí, insensible, residía la infinita modernidad del Kyrie, y no tanto en su sobrecogedora potencia como en sus efectos auténticamente espirituales sobre el oyente. Ni el descomunal Wagner habría logrado “proeza semejante”, se decía seguro de no fracasar en su abrupta afirmación. El Kyrie de la Misa en Si era el indicio fundamental para ver cumplidas sus ambiciones. A esta conclusión, que ya había llegado con anterioridad en siete o diecisiete ocasiones, le faltaba, por contra, un punto del que no se podía prescindir: si el Kyrie era el indicio y nada más que el indicio, ¿por dónde a continuación debía tirar sin perderse en la indiferencia que conduce hacia la mediocridad de toda obra imperfecta, es decir no universal? Rastreó en el propio Bach nuevos caminos, pero la luz terminó por cegarlo y cayó rendido sobre su lecho de dudas; sin más había consumido todas sus energías repitiendo una operación que por vieja y esquemática ningún fruto saludable le había dado: tan sólo la misma inseguridad, la de sentirse más pequeño que una pulga ante las inalcanzables bóvedas erigidas por el cantor. Y sí, tan sólo un destello divino podría revelarle el único y verdadero camino hacia la universal perfección de la obra de arte espiritualmente humana... y por tanto posible. Reposó oyendo algo de Paul Whiteman: no le irritaba, simplemente le ayudaba a escuchar mejor luego...
Acabó por encerrarse en su cuarto y ojeó unas partituras que por algún extraño sentimiento no había destruido. Era su primera composición escrita en serio: un dúo para piano y corno inglés en dos tiempos completamente tonal, una composición inane “hecha de todo corazón” en cuya insignificancia encontraba algo conmovedor, auténtico, tan retrógrado como los verdaderos sentimientos que habitan en un alma por naturaleza sencilla (no simple) que, en su afán desesperado por no desmerecer del mundo, decide con toda su voluntad no desmerecer de los tiempos para así forjarse un carácter artificial... pero no por ello menos auténtico que el primigenio. Y esa lejana partitura era un auténtico muestrario de sus intenciones, pero no le satisfacía, y recordaba lo lejos que antes de ella había llegado sin pensar que, en efecto, había producido las más exquisitas obras de arte musicales. Pero el único testimonio que le quedaba era el Dúo, esa ruptura con él mismo que ahora estimaba el mayor error. En sus cerca de diez minutos de duración fluía una brillante impersonalidad que dos siglos antes habría pasado totalmente inadvertida: era la música de alguien con demasiadas ideas profundas como para poder trasmitirlas a través de una composición de esas características, de alguien que ya había dicho todo antes y que, sin embargo, esperaba todavía decirlo, pero decirlo de un modo... universal. Y arrastrando el dedo índice por el pentagrama, recordó cómo había llegado a barajar la posibilidad de hacer del dúo un trío añadiendo un violín, o tal vez una viola, o cualquier otra cuerda. ¡Qué importaba eso! Era tan sólo una idea que se quedó en proyecto, hacer del triste dúo un trío. No, nunca jamás su partitura sería interpretada ante ningún público; era consciente de ello: únicamente en su cabeza tardo-romántica habitarían esas minucias que no eran sino un ensayo, el primero de tantos otros ensayos ya olvidados, y que por ser el primero tras su ruptura había, en cuanto punto de partida, consentido preservar bajo llave de una merecida destrucción concordante con su exigente pensamiento... Y fue entonces, es decir ahora, cuando advirtió un error que hasta el presente le había pasado desapercibido, una nota que estaba de más, que desequilibraba el conjunto, que personalizaba lo impersonal, ¿que hacía allí, de modo tan indecente, atravesada por la segunda línea? De no haber estado allí el fracaso no hubiese sido tan clamoroso: ¿para qué se había traicionado colocándola de modo tan tosco y servil? Esa nota absurda le retrotraía a sus tiempos primigenios, cuando había rebasado el cielo y tocado las estrellas... pero de esos tiempos no quedaba nada. Un error ¿voluntario? Y al preguntarse esto pensó en Berlioz... pero él, claro está, había tenido la desgraciada suerte de existir en una época en la que un individuo genial de esas características es lo más esperable de ese momento preciso. Por medio de los “errores” voluntarios llegaría al estilo, a su estilo, al que ya había llegado mucho antes del Dúo, pero no al Gran Estilo, al de Bach, al de Miles Davis, al que quería llegar, a uno que sobreviviría a todos los demás estilos, Bach incluido: ese estilo no podía conocer de error “correcto” alguno, era en sí mismo pensamiento auténtico, y nada delataría la voluntariedad del mismo como empeño humano, pues en verdad, la Misa de Bach no la había podido haber escrito Bach el hombre... sino Dios como guía del Bach hombre iluminado. ¡Eso era y no había más ciencia!
Y de pronto, llamaron a la puerta: durante años lo había estado esperando, y ahora era el momento. ¡Eso era!
- Alguien ha llegado -dijo depositando la partitura sobre la mesa cubierta de polvo.
Fue al abrirla cuando...
...frente a él, se encontró con un rostro desconocido por el que los años se diría pasaban como incrédulos ante una rodilla de mármol: era un hombre, no... era una mujer, una muchacha envuelta en seda azul y a cuya inefable belleza ni el mismísimo Rafael de Urbino hubiera podido hacer justicia a través de su Idea. Sin saber cómo hasta él había llegado, sí al menos albergó al verla la certeza de que sus días pasados conformaban una lenta preparación para aquel día que era el presente, y la recibió como el girasol que se abre a la nutricia luz inspiradora.
- Sea quien sea, pase... está en su casa.
Y flotando en el vacío, como la Madonna entronizada del Parmigianino, esa muchacha con el rostro de su madre se deslizó, suave, luminosamente sobre la bruñida superficie del piso, presto su armonioso e inmaculado cuerpo a descansar sobre uno de los sillones, llenando de dulzura y amor todos y cada uno de aquellos rincones blasfemos en los que la maldad había ganado su puesto a la bondad, la belleza y la pura verdad del amor que ahora, ante sus ojos, tan ebrios de desolación, afloraba como la blanca rosa recién cortada esparce sus amables efluvios desde la copa de agua, mientras al otro lado el cirio alumbra la única verdad que es la verdad de verdades, tan inmaterial como la pura obra de arte. Y con suavidad angelical, esos maternales labios, como pétalos bendecidos, comenzaron a abrirse precisos, sin titubeo, decididos pero sutiles en su decisión, y del maravilloso cuello, de los labios al fin abiertos y enamorados, brotó una voz divina acompañada de un mágico y letal solo de trompeta, esa inconfundible voz que sólo se escucha una vez en la vida:
- Aquí me tienes... Soy toda tuya.

Unas horas antes se desvanecía en la oscuridad la última luz del Café “Los Amigos de Mallarmé”.
Don Narciso, cuyo un tanto gris día acababa de culminar del modo más tempestuoso, resopló tras cerrar con llave la puerta de sus quebraderos de cabeza, y marchó junto a la joven pianista, calle adelante en dirección a su piso de soltero, en el que una gata en celo y un par de canarios enjaulados le esperaban... En medio de tanta desolación, muchos fueron los pensamientos que barajó, pensamientos de negociante que no hacían más que reafirmar su vieja teoría de que el grueso de aquellos especimenes que frecuentaban su establecimiento no le llenarían los bolsillos más que para contrarrestar los gastos de su empresa y de paso hacerse con algún parco beneficio con el que alimentar a sus fieles animales domésticos. “Con un negocio así, amigo, deberás hacer voto de pobreza desde el primer día”, le había dicho un viejo amigo dedicado a la hostelería que tampoco llegó más lejos que él en su afán de “empapar de cultura un ambiente de meditación así”, recordaba ahora con resignada tristeza. Y tras todo esto volvía la vista algo más atrás y recordaba sus años mozos, la buena acogida de sus incipientes poemas, sus primeros éxitos con las chicas, toda la amistad de sus amigos como garantía de éxito para con unas empresas futuras de mayor calado que se adivinaban próximas... ¡Cuántas desilusiones le había deparado el destino! Todo ese precioso pasado, tan pronto truncado como consecuencia de las penurias económicas que habían trastornado a su acomodada familia y de las desgracias físicas que se habían cebado en sus miembros más próximos, le volvían a las mientes... y de todo ello brotaba una hoja podrida de la que jamás lograría desprenderse, su en sueños rentable negocio... Una pretensión fútil cuyo primer fin era antes sentimental que económico: saciar su “frustración poética” de algún modo que lo relacionase con “el mundo literario”, nada menos. Pero pronto, demasiado pronto incluso, descubrió que todo era espejismo, que el único verdadero poeta que lo frecuentaba, don Avelino, era un pobre anciano absolutamente marginado que podría ser confundido con un vagabundo cualquiera y una vez muerto arrojado a la fosa común como el desperdicio más detestado e infecto. “Pobre poeta”, pensó: “lo de hoy, insultado de un modo tan grosero por ese mamarracho que no le llega ni a la altura de los talones, excede toda lógica... pero así va el mundo, y aquí, ni el ángel Ituriel sacaría nada en claro”.
- Don Narciso, yo tuerzo por aquí... Hasta mañana -dijo de pronto la joven, descentrando un poco al bueno de Don Narciso, que se despidió de ella como de costumbre:
- Hasta mañana, María -había algo de inocente deseo en aquella palabra: M-a-r-í-a. Y ella lo sabía.
Al torcer la siguiente calle y antes de terminar en su casa, María sintió el impulso de entrar en la Iglesia del Cristo de los Desamparados. Esta iglesia, de construcción reciente y sin especiales méritos arquitectónicos, en su función de casa de acogimiento del pobre permanecía toda la noche abierta, contando con un dormitorio y un comedor sostenidos por las almas caritativas. Al verla entrar, el padre Prudencio, que siempre solía estar despierto por aquellas horas, rezando ante la capilla de San Judas Tadeo, que era su “santo protector”, como decía, se le acercó.
- Buenas noches, hija.
La iglesia, de planta de cruz latina con tres naves, de una sobriedad casi benedictina, era un lugar pequeño y reconfortante para el espíritu al que acudían los menos, esas pocas almas de bien que no encontraban mejor calor en el mundo que en suelo sagrado, seres que, como María, tenían muy buenas razones para creer.
- Y bien, hija mía -prosiguió el sacerdote-, ¿qué te trae esta noche a la Casa de Dios?
- Su aliento, padre, el aliento del Justo... Soy muy desgraciada.
- Pero María, todavía...
- Sólo en la oración encuentro el consuelo, la respuesta... incluso el remedio a mis quizá infundados temores. Me arrodillo ante Él, que tanto sufrió por nosotros sus hijos, y mi vida se ve reafirmada, y todo lo que era débil y corrupto se extingue en la oscuridad de las naves alejándose de mí. ¿Me cree, verdad?
- Claro que te creo, ¿cómo no iba a creerte?... Dios sabía lo que hacía cuando te trajo al mundo: eres muy buena, María, y tendrás en el cielo un lugar de privilegio ganado cuando Él te llame, pero ahora eres joven... y debes responder a la vida por su sacrificio...
- Padre, por el amor de Dios, dígame, con toda la sinceridad de su corazón... ¿cómo responder a la vida si sólo respondo cuando a ella me arrodillo ante Él? -y al preguntarle al anciano sacerdote esto, dos lágrimas como dos gemas preciosas brotaron de sus suplicantes ojos.
- Quizá tengas razón, hija, y tu duda no sea más que la claridad del sabio. Hombres los hay de acción, pero también los debe haber en contemplación... Es preciso un equilibrio, un orden cierto. Tú has nacido, María, para cargar con el peso de una cruz. Es la voluntad de Dios. Por cada mil mujeres frívolas y pecadoras siempre habrá una que como tú, hija mía, lo vea todo con la claridad del sabio sufriente. ¡Y son tantos los horrores de este mundo nuestro tan vacuo e inmoral! Me dicen algunas almas desperdigadas que Dios no tiene ningún sentido, que no es más que una invención de los curas, un negocio para engañar a los necios... y yo les respondo ante cosas por el estilo: ¿quién creéis, majaderos, que os ha puesto aquí? ¿Quién creéis que os ama más que nadie en el mundo? ¿Quién sino Él? Es fácil pensar que no hay nada, que Dios... no existe, que es una invención humana y el mundo una farsa, y que nosotros, sus pobres hijos, no somos más que organismos absurdos llenos de ambición y maldad. ¡Ciegos!, les digo. ¡Ciegos de espíritu! ¿Qué os han enseñado a amar vuestros padres, vuestros maestros, vuestros catequistas, en este mundo que se nos escapa de las manos? ¿Queréis saber la verdad? Pues os la diré: desdeñáis a Dios, sí, y lo desdeñáis por la sencilla razón de que lo sentís tan vuestro, tan en vosotros... de que podéis hacer con Él lo que queráis, que luego os da por venir a mí, que no soy más que un pobre siervo, para echarme en cara todas vuestras dudas, y no alcanzáis a comprender que yo también dudo, que como vosotros soy pecador y tiemblo, soy indigno y me lamento, ¡no soy más que un hombre!
- Padre... es usted un hombre santo.
- No, eso es mucho decir... pero ven, hija, te quiero mostrar algo.
Y la llevó, cogiéndola del brazo como el pastor que guía a la oveja inexperta, al dormitorio de los pobres. En él, tres débiles luces posibilitaban la visión de lugar tan triste: dos filas de durmientes a sendos lados eran todo lo que había que ver, una veintena de cuerpos maltratados, veinte rostros pálidos agrietados bajo el violento contraste de las luces. Al entrar allí, el sacerdote la soltó, y señalándole con el dedo índice a la primera figura tumbada, dijo, con aire altivo pero no desdeñoso:
- Mírala. Se llama María, como tú. Tiene sobre unos treinta y cinco años, pero por su rostro no lo adivinarías... Nació entre los pobres, y como tal vivió del pan de los que nada tienen. Su infancia fue una cadena de desgracias sin término de la que ya ni ella se acuerda. El padre murió de frío en la noche, tras una borrachera que fue la última. La madre, que acabó por ejercer la prostitución como tantas otras desesperadas, llevó a su hija por el mismo camino... ¡una madre! Con sólo quince años ya vendía su cuerpo por un precio que ni las ratas considerarían... Pero sólo vendía su cuerpo, sólo su cuerpo, ya que su alma, incluso entonces, estaba a salvo del peligro. ¡Ingenua desdichada! Allí donde sus deseados pechos se erigían como la más efímera de las mentiras, un crucifijo del Santo Varón le iluminaba, y lo sucio y vil convivía con lo limpio y puro, por eso, y ya desde niña, aprendió a amar a Dios: estaba sola, nadie la quería, no tenía nada... ¡Ah, estos tremendos folletines me mueven tanto a la compasión como a la risa a otros! Hasta hace tres meses siguió prostituyéndose, comulgando con el pecado en la tierra a la par que con Cristo en las alturas. Tuvo de por medio tres hijos, tres infelices no deseados... pero los recibió como una bendición del cielo: criaturas que no han corrido mejor suerte que ella en su infancia, aunque el calor de un albergue para niños pobres les proporciona las más elementales necesidades materiales... ¡y qué menos! Ahora está enferma. No es una enfermedad contagiosa, y por eso duerme con los demás, que no son mejores que ella... pero pronto morirá. Ella lo sabe, y no le importa pese a las criaturas que aquí deja, pues ir al encuentro de Dios, de nuestro Padre, dice, debe ser lo más hermoso y placentero que a uno le pueda pasar. Y dice bien.
Todo cuanto el sacerdote le había dicho quedaba expresado del modo más humano en aquel prematuramente envejecido rostro de mujer maltratada por el mundo: ésa y no ella era la desgraciada, pensó; pero la desgracia ajena no la reconfortaba, sino que la hería todavía más, mostrándole en toda su significación cuán cruel se mostraba incluso Dios con aquellos que más le necesitaban.
- Padre, ¿para qué me cuenta esto?
Cuando María abandonó el recinto sagrado, pasadas las tres de la madrugada, una extraña desgana se apoderó de sus tres cuartas partes, y la cabeza como un péndulo le dio vueltas: demasiadas experiencias desagradables en tan escaso espacio de tiempo habían modificado en cierta medida su percepción inmediata de las cosas, y por eso estaba exhausta. Necesitaba, pues, de aire fresco, y consideró que un paseo no le iría mal, pese a que una joven como ella poco sensato podía hacer a tales horas entrada la noche, a menos que exponerse a algún desagradable incidente... Mas confiaba en la protección de Dios.
Recorrió calles. Remojó sus párpados bajo el clarificador chorro de las fuentes. Y pronto se encontró en el mismo lugar del que había partido, sobre la misma baldosa de la que se diría seguía sin despegarse.
Fue cuando, acaso por la insistencia de una alarma acústica que rompía a lo lejos, optó por regresar sobre sus pasos. Dos calles más allá estaban “Los Amigos de Mallarmé”; pero allí nada tenía que buscar. Y encaminándose hacia el insistente sonido, le bastó con alzar la vista al frente al llegar a la calle que hacía esquina, para presenciar una escena que, tras inquietarla por su extrañeza, le llenó de emoción y de espanto: ¿podía ser posible lo que sus ojos veían o por el contrario todo aquello no era sino una alucinación a la que el cansancio la había abocado? No, pensó mejor mirando bien, no podía ser tal... Lo que allí veía era lo que allí veía y nada más que lo que sus ojos le decían estar viendo: una muchedumbre enfebrecida sumida en la tiniebla rodeaba la figura de una crucificado que, arrastrado y empujado calle arriba, no descendía la cabeza, como en diálogo con todo lo elevado. ¿Qué era todo esto? ¿Un sueño o la manifestación de una verdad a la que sólo los menos pueden acceder en los momentos más extremos? ¡Bendición del cielo! Sus ojos de muchacha inocente y pura se iluminaron, sus mejillas de pronto enrojecidas siluetearon el color de la esperanza, en el ardor de su expresión quedaba contenida toda la ilusión por momentos deseada, y allí, al fondo, en la línea sombreada del horizonte, el grupo humano seguía avanzando, paso a paso a través de un inextricable calvario que sólo ella, como inaudita destinataria del mismo, tendría el privilegio de revivir en sus carnes floradas como la amapola solitaria entre la cebada descubre en la inmensidad de la monotonía su impar protagonismo...
No podía contenerse más, y corrió al encuentro de esa muchedumbre como venida de otra época con la esperanza de ponerse a los pies de la víctima del cruento sacrificio, para implorarle así, quizá por última vez, algo de lo que sólo su corazón podría en ese instante de elevación responder.

Era su noche, lo sabía, y nada haría por ocultarlo... puesto que siempre, con todas sus fuerzas lo había ansiado, viéndose incluso en algún memorable sueño dirigiendo el destino de una desesperada masa informe de humanidad irrealizada, imponiendo con su mera presencia la tranquilidad en esos individuos sin entidad a los que tanto aborrecía, pero que por contra no eran otros más que los que para alcanzar sus fines necesitaba. Y la única forma de atraer a los perros es la carne, y él tenía la carne: bastaba ver al poeta expuesto ante el griterío infernal para confirmar como sus planes empezaban a cobrar consistencia. Pero todo no había hecho sino empezar; su excitación era plena, y alzando el puño, gritó por todo lo alto:
- ¡Ánimo camaradas!
El tempestuoso eco caló hondo entre los receptores, que a voz en grito emitieron a la par las más variopintas incongruencias, volviéndose todas juntas tan absurdas como un graznido multitudinario. Uno de los miembros se acercó a la cabeza de filas:
- Oye, tío, me dicen que corremos el superriesgo de ser interceptados por la pasma. Dicen que ya están al tanto de lo de la hojalatería sustraída. De lo que me digo que no andan lejos de aquí esos perros...
- ¿Y qué es una joyería? No te despegues de tu estandarte, camarada, y que la sangre de uno limpie al menos la conciencia de unos miles, aunque esos miles no sean más que una ínfima parte del total. Te digo que lo que hoy hacemos no será en vano, y el día de mañana me dará la razón.
- Sí, que va a ser que sí... Pues que no se diga -asintió casi satisfecho el oyente, que no era otro que el individuo que había llevado en su mano enguantada el paraguas del poeta.
Pero no piense nadie que toda aquella ajetreada empresa había sido consecuencia de meditación larga, no... En unas pocas horas, y arropado por la casualidad, la suerte o lo que se quiera, el estudiante André había logrado dar rienda suelta a uno de sus más soñados proyectos, y para mayor triunfo tenía a las multitudes de su parte, aunque ese cuerpo multitudinario se redujese a un montón de gamberros e incontrolados juerguistas a la búsqueda de nuevas experiencias en la madrugada de un sábado cualquiera que con dificultad podría pasar a engrosar la lista de fechas emblemáticas en el calendario revolucionario. Y quizá por ello, nuestro joven, que profundizaba en la realidad tanto como una lente de telescopio nos acerca los astros del firmamento sin en verdad acercarse al fondo de los mismos, adolecía de una carencia básica, y era cómo no esa lente de microscopio que, enfrentada a la otra, coteja y equilibra el cuerpo de una gran acción, por mucho de esbozo que ésta tenga.

No muy lejos de allí, más allá del puente sobre el río H. que separa la ciudad del llamado Parque Grande, en medio de uno de los muchos caminos, el cuerpo de un hombre, a escasos metros de una farola, yacía tendido cabeza abajo. Por su apariencia, se diría el cadáver de algún vagabundo, pero de pronto, de ese cuerdo a primera vista inerte, surgió algo parecido a un carraspeo seguido de una tos ronca.
Con no poco esfuerzo se levantó... y al hacerlo una navaja ensangrentada cayó de él al suelo. La gabardina había sido atravesada, así como la camisa, y por la herida, que por suerte era superficial, todavía salía algo de sangre. El hombre, que no estaba del todo descentrado, tomó la botella que llevaba consigo y, después de abrirla, vertió algo de alcohol sobre la referida herida. Suspiró hondo y, no sin antes echar un buen trago, cerró de nuevo la botella.
En pie, quieta, la solitaria figura observaba con fijación la navaja con la que bien podría, en caso de una mala caída, haber perdido la vida... Muchas eran las imágenes que por su cabeza pasaban... pero de pronto, una se le impuso, quedándosele marcada a fuego en los ojos. Tenía que hacer algo, ¡ya!; ésa fue su instantánea decisión:
- Rameras... -murmuró.
Por algo es cierto que un borracho nunca lo está del todo.


PARTE TERCERA


Eso fue.
Lo primero que vi fue un cielo amarillento enmarcado entre dos fachadas de edificios...
...luego, unas voces próximas terminaron por centrarme...
...un grupo de curiosos me rodea; esto durará un cuarto de hora, tal vez más.
Al ver como mi cuerpo desmadejado comienza a reaccionar, lenta, muy lentamente, muchos de ellos se apartan como de la peste, y pronto el grupo se disuelve...
...aunque algún que otro curioso sigue observándome desde las aceras, junto a las que un par de barrenderos limpian las inmundicias de la noche.
Me llevé la mano a la cabeza, y al rozar una de las heridas que no sentía, concretamente la de la frente... comencé a sangrar.
Fue al incorporarme cuando un brutal pinchazo me atacó en lo que debía ser la columna vertebral...
...y a punto estuve de caer por segunda vez al suelo... pero una extraña y hasta peligrosa o prodigiosa fuerza, pareja acaso del sentido del ridículo, me impidió prolongar la escena.
¿Qué había estado haciendo allí, tirado en medio de la calle, hasta tan tarde?
Pues lo más probable dormir una zancadilla seguida de un seguro mamporro en plena cabeza, me decía.
Lentamente, muy lentamente, conseguiré pasar a la siguiente calle y llegarme hasta la panadería que hace esquina...
...levantaré con gran esfuerzo la muñeca y miraré el reloj, pero sus agujas se habrán detenido, roto sin duda el mecanismo, en el que habría sido el momento mismo de mi impacto contra el pavimento entonces: las tres y trece minutos.
Al entrar ya debí estar cansado...
...y tomé asiento en una de las mesas. Respiré hondo, intentado comprender algo.
El reloj de la panadería da las doce de la mañana...
...mediodía, por lo tanto he permanecido en el suelo...
...casi nueve horas en estado inconsciente.
¡Qué extraño! Además, la cartera me había desaparecido... ¡No, un momento!
Aquella noche salí de casa... de casa sin la cartera, claro... ¡Pero qué extraño!
¿Y el poeta? Eso era.
Eso es.
¿Dónde lo habían llevado?
¿Dónde?
¡El poeta!
- ¿Desea cruasán o pastel de manzana recién salido del horno? -me pregunta ahora la panadera encargada del servicio...
...antes de percatarse ¿de mi estado?
- ¡Jesús mío! ¿Quiere que llame a un médico?
Pero no puedo contenerme...
...y de golpe, víctima de la mayor excitación, le pregunto, casi como el funcionario impenitente ávido de información, algo que la deja de piedra:
- ¿Sabrá por casualidad algo del famoso poeta Carreras... que asistió ayer a los actos para la conmemoración del consabido... del consabido quinto aniversario... del fallecimiento de nuestro... reivindicado poeta local Eugenio... Eugenio Domingo? Carreras, don Edmundo Carreras, le decía...
Esto es absurdo.
La mujer, que por mi desastrado y ensangrentado aspecto me seguía mirando sorprendida...
...tuvo que escuchar por segunda vez mi muy extraña pregunta para hacerse a la idea.
Así, tras pensárselo muy bien...
...frunce el ceño y, para sorpresa de un extraño, asiente... añade:
- Sí, hace tan sólo cosa de media hora... Era una noticia muy desagradable, por eso la recuerdo muy bien... A decir verdad, esta mañana no han dejado de hablar de desgracias... Escucho mucho la radio, ¿sabe? La noticia decía que ese señor, el poeta quiero decir, había sido encontrado muerto...
- ¡Qué... me está diciendo!
- Sí, muerto... ¿Lo conocía usted? La noticia decía que era una persona muy famosa, ¿es eso cierto?
No doy crédito a lo que estoy oyendo...
...no podía ser cierto, en absoluto cierto...
...pero no perderé la calma, me diré...
...y le pedí a la buena mujer fuese más, un poco más si cabía, precisa en sus explicaciones.
- Verá -continúo-, no es mucho lo que sé... están investigando el asunto, junto a lo del alcalde... Al parecer ese señor estaba clavado a una especie de cruz... Es muy raro, la verdad... Algunos incluso opinan que es un montaje o algo así... Era ya muy mayor, ¿no? En fin, a todos nos llegará nuestra hora, ¡qué le vamos a hacer! Bueno, mientras se lo piensa voy a servir a esas abuelitas que acaban de sentarse.
- ¡Un momento! ¿Dónde... fue hallado el cuerpo?
- Espere... Sí, creo que dijeron que en el río que bordea al Parque Grande, enganchado en unas ramas...
- ¿Quiere decir bajo el puente?
- Sí, bajo el puente... ¿cómo lo sabe?
- No lo sabía... Ah, perdone si abuso, pero ha dicho algo del alcalde. ¿A qué se refería?
- ¿Tampoco se ha enterado? Un momento, señoras, que ahora las atiendo... Pues verá, la cosa es la siguiente...
Y tras escuchar atentamente todo lo relatado, sin pensármelo dos veces, salí de allí a toda prisa.
La cabeza comienza a darme más vueltas que antes.
Lo primero que me recibió al salir fue un aire que no era más que una corriente de aceite de freír...
...atravesé varias calles sin saber dónde terminaría acabando entre carteles que anunciaban una misma mentira...
LE DAMOS DOS POR EL PRECIO DE UNO.
- No, gracias, puedo bastarme con tres.
...pero pronto torcí a la izquierda, en la tercera calle que lleva a...
Y SI NO QUEDA SATISFECHO LE DEVOLVEMOS SU DINERO.
- De eso ya hablaremos en otra ocasión.
...para volver atrás y girar a la derecha, rodeando la churrería, el puesto chino de golosinas, la chocolatería...
DONDE USTED QUIERE IR ALLÍ ESTAREMOS ESPERÁNDOLE.
- Seguro que sí, atajo de puercos malolientes.
...no sin llegar al hospital de diabéticos, sino torciendo, una vez más, hacia el oeste...
ASISTENCIA SOCIAL DESINTERESADA VEINTICUATRO HORAS.
- Tan desinteresada como que es social.
...camino de la Puerta de la Unidad, pero sin llegar a ella...
AQUÍ Y AHORA... TODO ES POSIBLE.
- Aquí tal vez, ahora seguro que no.
...sin siquiera llegar a...
¡Un momento!
Estoy llegando, hasta un quiosco, y tomaré, tomo así un periódico: en la primera página, escrito en letras capitales, escrito, leo, lo leo mientras las letras se salen de su línea, antes de perderlas para siempre:
“PERSONALIDADES DEL MUNDO DE LA POLÍTICA Y LA CULTURA DESPIDEN AL ÚLTIMO MONO GIBRALTAREÑO SOBRE LA FAZ DEL ANTIFAZ”
La faz de la faz es la faz del antifaz.
Cierro el periódico... No, no lo cierro, no lo he llegado a abrir... Lo dejo, eso es, sobre el montón de...
¡Un momento! ¿Dónde va, me lleva, todo esto?
¿Debe seguir el tiempo arrastrándome?
¡Silencio! Quiero detenerme, quiero cesar en el movimiento...
Pero todo lo que me da vueltas no es más que mi propia, mi acaso impropia certeza de movimiento, en esta inestabilidad en la que...

*

Fue al caer al suelo cuando el recién formado coágulo que albergaba su cabeza desde hacía unas horas recibió el segundo y letal golpe que aniquilaría su existencia. La explicación médica del caso bien acertó en dar por finiquitados cuestión y paciente, pues su vida, que en menos de una semana ya no era más que un estado de inconsciencia interrumpido por alguna súbita vuelta a la realidad saturada de mareos, carecía de cualquier atisbo de temporalidad que no fuera la del sueño permanente.
Dos meses después expiraría solo, en el más absoluto silencio.
Sus despojos fueron enterrados sin alfombra roja alguna a unos diez metros de la sepultura contenedora de los restos de su amigo el poeta póstumamente encumbrado. La tierra estaba húmeda. Al acto asistieron tres personas anónimas: un anciano y una pareja de jóvenes: ella llevaba un rosario entre las manos, él un saxo tenor. La flor depositada sobre el manto de tierra era una rosa amarilla a la que iba atada una cinta rosa en la que forzando un poco la vista se podía leer: “Que no te ciegue la luz”. El anciano leyó un breve poema que por su muy personal contenido omitiremos. El joven improvisó algo a su instrumento que convocó a su rededor a un multicolor puñado de mariposas. Descanse en paz.
Diremos sin errar que era un apacible día de junio. Desde sus nidos los pajarillos piaban a María leves letanías, los perfumes de las hierbas corrían por entre los cipreses como juguetonas ardillas, las lluvias ya habían cesado y un arco iris como una sonrisa se columpiaba sobre la bóveda del cielo.
Sin duda aquel día en verdad apetecía volver a vivir; ¿pensó alguien así?


OTROS FRAGMENTOS

I

Muchos son los interrogantes, líneas abiertas e inconclusas, recovecos insospechados y miradas siniestras que parecen desplazar nuestra atención del verdadero eje de esta crónica en gestación en otras parcelas ya gestada. Pero la realidad puede ofrecer tantos frentes de una misma cosa que inútil sería pretender disfrazarla de falsa coherencia, de presunta lógica narrativa, periodística digerida y domesticada al servicio de un entretenimiento huero. Toda palabra es una excusa, y el vicio de encadenarlas unas tras otras, la grata certeza de intuir que la vida no esconde más secreto que el significado oculto que queramos darle a las cosas. Los sucesos que asolaron nuestra ciudad durante aquellas veinticuatro horas, desde lo cómico individual a lo trágico colectivo, por así decir, no son a primera vista más que piezas desperdigadas sobre un tablero de puzzle en el que un número finito pero enorme de combinaciones sólo puede ayudarnos a errar en la solución ante este aparente revoltijo de datos en forma de piezas de naturaleza aparentemente inconexa. Pero esto es sinónimo de orden.
De entrada, será preciso advertir que el personaje narrador encargado de abrir nuestra crónica (finado como ya es sabido), cuyo nombre no se ha mencionado hasta ahora (y por respeto para con él mismo así se mantendrá), no era más que un personaje escogido de entre otros muchos, pero que entre esos otros muchos, éste era nuestro personaje, el que más se aproximaba a nuestros propósitos primeros: su medianía característica y un criterio más o menos “justo”, así como una clara aunque no muy asumida conciencia de su lugar en el mundo, han contribuido a que él sea el elegido. Tal vez sea un personaje anodino, mediocre y fracasado en unos propósitos intelectuales que jamás cuajaron, y por eso nos ha interesado: en ningún momento queríamos a una conciencia superior como guía, sino a un individuo normal, sin posibilidades de éxito más allá de unas vulgares y modestísimas aspiraciones rutinarias sólo comprensibles en un mundo opresor peor que él. Pero pese a todo ello, este personaje ha sido tratado con un respeto consecuente, y en ningún momento se ha pretendido hacer de él un muñeco irrisorio sobre el que descargar todos nuestros temores, inseguridades y frustraciones vitales, tan mezquinas como el conjunto de nuestras vanas experiencias. Este personaje, que puede ser cualquier de nosotros, es un punto de partida, y por ello, su función es pues esencialmente la de enlace, y en tanto que enlace, contacto o arandela reconciliadora, su persona encadena con otros dos personajes de naturaleza conflictiva, uno de ellos ausente y el otro muy presente y muy impertinente.
El primero falleció, como es sabido, hace cinco años, y es el “éxito” póstumo la trivial excusa que lo devuelve en cierto sentido al presente perpetuo. El otro es el vanidoso que tiembla ante la muerte inminente pero que a su vez la ansía para comprobar (pueril paradoja) si algo de lo que deja (una obra poética, se entiende) le sobrevive. Entre estos dos caracteres opuestos se plantea una de las cuestiones fundamentales del programa: la en ocasiones imperceptible barrera que separa lo auténtico de lo inauténtico o, si se quiere, lo verdadero de lo falso, el bien abrir de ojos del bostezo. Y por ello, ¿es más sincera la artificiosidad bien acabada que la naturalidad mal abocetada? ¿La calidad es la compañera natural de la obra de arte? ¿Tiene un fin real todo producto humano con derecho a sobrevivir a su artífice? Entre éstas y otras no menos manoseadas, raquíticas y por universales necesarias preguntas se mueve nuestro modesto programa. Las respuestas son ya conocidas y nada esclarecedoras. Y por encima de todo esto, en el común de los casos, asoma la nauseabunda pretensión de inmortalidad a la que un carácter “creador” excitado e insatisfecho aspira: éste es el gran problema.
Estos dos hombres, a los que llamamos con la veneración de los serviles “poetas” (cuando se trata de caricaturas de dos formas de poeta bien reconocibles) son tan opuestos entre sí que desde lo menos resultan la cara y la cruz de un mismo mal: el primero es el poeta que sacrificó su vida al servicio de la Poesía (sic), mientras que el segundo no es más que el aprovechado que vive de sus versos mediocres y encima quiere erigirse genio único en su especie. El absurdo que rodea todo esto no lo es más que la obra producida, tanto la una como la otra, pero mientras que la del primero lo ennoblece, la del segundo y a los ojos de los que perciben la mentira (y están contaminados por el veneno de la envidia, como don Avelino, poeta a su pesar... pero poeta) no es más que, justamente, un producto inútil, insalvable. El primero está llamado a una discreta posteridad póstuma de unos años concedida por unos terceros que actúan por otros intereses más provechosos que los poéticos, que como es natural son los del dinero. El segundo, por contra, no trascenderá más que sus huesos, dicho así. Pero ambos son solamente efímeros, y más que efímeros, minúsculos y localistas, atrapados en una escritura que no despega de los márgenes del papel impreso: y este problema también es nuestro problema.
Por razones evidentes tenía que ser la música el contrapunto adecuado para justificar toda esta infecta retórica. Dejando aparte sus cualidades propias, la música no sólo es el más universal de los lenguajes, sino el único que puede serlo y sobrevivir, no sólo a sus artífices, sino a la humanidad misma. Por ello no debe extrañar en absoluto que nuestro personaje-enlace se sienta atraído de un modo sentimental a la música, y que en respuesta a ese sentimentalismo que a su juicio interpreta como debilidad, sienta una atracción inevitable hacia alguien que vive la música de un modo científico-afirmativo, y es aquí, en esta doble cualidad, en la que el personaje de Abel se erige como el más completo y potente de la galería.
Abel, ¿quién es Abel? Como individuo de principios sólidos, él mismo dejó por escrito en su Diario musical lo que pensaba, de sí y por extensión del mundo. (Nota: este diario, del que nadie tenía conciencia hasta su aparición, fue encontrado en uno de sus baúles treinta años después de su desaparición en accidente automovilístico, por exceso de velocidad al parecer.) Dejémosle el paso abierto, pues en efecto merece poder explicarse:
“Miércoles, 14 de marzo. Dos son los problemas esenciales del hombre de hoy. El primero es su debilidad moral, su desconocido sentido del deber, su mediocridad absoluta como ser humano. El segundo, que sólo alcanza a unos pocos, y que por ello es verdaderamente el segundo problema esencial conocido el primero, es tomar conciencia de esa debilidad moral... sin lograr de ningún modo razonable superarla, pues el mundo con toda su brutalidad así lo impide. Es cierto que la sociedad sostenida por nuestros progenitores ha mantenido y hasta acentuado los defectos de la anterior generación. Pero esto, que no es nuevo, viene desde muy atrás... incluso habría que remontarse hasta la antigua Grecia para encontrar un momento ideal sobre el que volver, mas somos conscientes que este momento jamás llegará. Schiller supo apuntar alto y confió en el perfeccionamiento moral del individuo como única forma de salvación del mundo. Pero con todo, Schiller era un idealista con un cabal sentido del pesimismo, y los idealistas han sido, dicen, “superados”, y sin embargo esto lo dicen los charlatanes atrapados en un mundo pésimo en el que no identifican más que los rasgos falseados, y ésa es toda su insuperable verdad. Pero en cierto sentido no dicen mal: ¿adónde puede llegar un anacrónico idealista a la altura de estos tiempos nuestros? A lo sumo, a las más altas cimas del ridículo; escalada peligrosa, mucho más peligrosa que un cenagoso descenso a los abismos de la putridez moral a la que por naturaleza la maldad humana se agarra desde que tiene conciencia de humanidad. Y en medio de este aquelarre infausto, ¿qué lugar ocupa el verdadero artista? Naturalmente ninguno. El verdadero artista es una utopía, y en un mundo como nuestro mundo ya no existe el talento, puesto que tampoco existe la moral, y un individuo moral, un verdadero artista que hace de la moral su estilo, su razón de ser, jamás podría afirmarse así, en tanto que el mundo es sólo amoral, y los llamados artistas son efectivamente las más amorales criaturas imaginables, cuyo pacto con el diablo se reduce a un intercambio lucrativo absolutamente vil. Y en medio de todo este estercolero, ¿qué hago aquí YO? ¿Qué condenada razón me permite hacerme una pregunta tan altisonante y a la par tan evidente? ¿O es que soy el único individuo que no oculta sus frustradas ansias de vivir la vida plenamente, de hacer realidad el inmaculado sueño de toda verdadera persona, de todo ser moral? Mis principios, lo reconozco, son débiles... pero los tengo. También en mí habita un ser débil, pero en mi debilidad está toda mi fuerza, y esa fuerza de la que soy consciente es mi música, y en ella reside todo mi pensamiento, un pensamiento que ignoro en su alcance, pero un pensamiento en cualquier caso auténtico, cuya autenticidad radica en su contenido o en su forma, según mi estado de ánimo. Y esto no es ninguna tontera, sino una realidad metafísica que muy pocos podrán alcanzar a comprender. Y por todo ello soy débil, débil como hombre y débil como músico... ¡absolutamente débil! Me siento seguro en la tonalidad, pero en ella sólo me regodeo de mis debilidades. En cambio, cuando apuesto por la nueva música, de la que además poco sé, me siento como un corderillo inofensivo incapaz de actuar de buena fe, y todo me resulta insincero y mecánico, y yo no soy un formalista, y si por naturaleza lo fuera, entonces acabaría por matarme. Nuevamente la muerte. Todo artista tiene el ideal del suicidio en mente. La idea del suicidio es la idea generadora de la fuerza que hace del artista un ser arraigado al mundo. El artista, que es un ser superior, asume la muerte como algo más próximo a él que el resto de las personas ajenas al acto artístico-creativo. El sueño natural del artista es su obra de arte, y esta obra auténtica, que es fin en sí mismo, es su desafío metafísico al mundo, su ambición suprema, su perversa tendencia hacia mirar a la inmortalidad como algo posible y al alcance de su mano. De los artistas, el menos distante a este propósito cósmico es el músico, el compositor en una palabra. El pintor, el escultor, el arquitecto, con toda su retórica materialista, siguen aferrados a la aniquiladora tercera dimensión, al mundo mismo que es un dilema y una respuesta neblinosa a sus preguntas. Viven pegados al deterioro, y no escapan de él mas por medio de la muerte, que es su aliada y opositora natural para afrontar esa creación absurda a la que están llamados. En una esfera superior está el poeta, pero el poeta, en el caso de que en verdad lo sea, hace con su vida su obra maestra de poesía, de modo que sólo alcanza a conocerla él y nada más. Sus versos, que no son sino banales notas a pie de página, notas con las que sobrellevar la hondura de sus propios miedos, únicamente le ayudan a soportar un calvario cuyo fin es la gran obra poética, y esa obra poética es una vida de sacrificios y esfuerzos inútiles al servicio del conocimiento sentimental: sólo en el instante de morir ve a Dios, pero para entonces ya es demasiado tarde, y esa obra poética que debiera ser la suma plasmación de su pensamiento queda irrealizada. Únicamente el músico, el compositor, puede ver a Dios en vida... pero sólo lo verá una única vez, aquélla en que toque ese punto inefable para nosotros desconocido. Lógicamente sólo los grandes lo han visto. Johann Sebastian fue el primero en ver a Dios. Mozart lo vio, pero a su manera, como también Beethoven, Schumann y Wagner lo vieron. Y acaso también Scriabin, como alguno otro más: Pergolesi, Liszt, Bruckner, Tchaikovsky, qué sé yo. Y aunque sabemos esto, sin embargo y con toda la razón del mundo nos preguntamos, ¿adónde miraron estos buenos hombres para ver y confirmar algo tan grande sobre el pentagrama? ¿Adónde? ¿A sí mismos? ¿A una flor luminosa? ¿A un estanque sin fondo? ¿Al alma misma de las cosas innombrables? ¡Ah! Esta inseguridad, este desaliento perpetuo, esta vieja certeza de que no todo está dicho son las únicas razones que me permiten escribir esta basura esquiva... La escritura fue un inevitable invento del hombre, pero la música es el aliento de Dios, de Dios, de Dios... y por eso es el pan de la humanidad”.
Y siete días después:
“Miércoles, 21 de marzo. Hay una fuerza superior a nuestro entendimiento, la que empequeñece las obras del hombre. Esa fuerza superior reside en nosotros mismos, y he aquí la paradoja: nos agranda para empequeñecer la manifestación externa de nuestra pretendida grandeza. El hombre es grande, sí, pero sólo desde que sabe ser hombre, y eso es algo que muy pocos, casi ninguno me atrevería a decir, sabe: en verdad ser hombre es un deber y al mismo tiempo una negación, pero el deber es superior al intelecto, de modo que querer ser hombres sin aspirar a un deber concreto es posible, pero jamás lo contrario. La fuerza creadora es una mentira atrayente: la fuerza creadora simplemente no existe. El creador no crea por sí mismo, como mucho malogra una larga serie de procesos que casi nunca acaban como uno quería. Todo es un proceso, la vida misma lo es, pero este proceso negativo, esta realidad que entendemos como un proceso, no es más que un intento de prolongar un placer incrementado con los años, una especie de certeza que se adquiere pero que en el fondo no es más que un puro ejemplo de existencia irrealizada. Crea el hombre para creer que es hombre... y en lo más profundo de sí jamás descendió del árbol del que hasta que no tenía conciencia de algo elevado fue mono. Es sabrosamente pútrido, como ese cesto de flores podridas que dejado bajo el sol y pese a todo... despide todavía una leve y deliciosa densidad, porque las flores podridas siempre apestan a gloria, y queremos imaginarnos que el sueño de los muertos es algo parecido, pero ya podemos quitarnos de la cabeza esa idea puesto que no es así. Los poetas, es cierto, aman la idea del sueño de la muerte, los poetas románticos sobre todo. Pero todo poeta, en mayor, menor medida, debe amar ese sueño del que nada puede saber como una meta irrealizable. Todo músico creador debe, en consecuencia, pensar como un poeta de rango superior, un poeta que ha superado ese sueño infantil e ilógico disculpable en todo poeta de las palabras. Cuando Liszt escribe la Sinfonía Fausto apunta en su cabeza una serie de temas que serán desarrollados de un modo puramente intuitivo, y de esa lógica intuitiva saldrá la obra de arte, que es el más perfecto juego lógico producido por la inconsciencia del acto creativo. Se puede tener una idea de conjunto siempre y cuando esa obra sea demasiado grande como para no advertir su resultado final. La obra de arte debe ser ante todo el intento supremo de negar la mentira del arte, aunque la mentira misma termine en erigirse como verdad única de la creación respaldada. La creación acompaña una destrucción, y esa destrucción se ceba en una parte del fondo espiritual del artista: el artista tiende a agotarse como se agota una mina, pero en un sentido diferente: la mina se vacía de contenido, en tanto que el artista se vacía de su verdad para así llenarse de ese espeso caldo que como el jugo de las plantas podridas confunde al olfato durante unos primeros e inciertos segundos de exquisito placer olfativo. Por naturaleza, el artista autodestruye su naturaleza un poco más con cada nueva obra gestada de verdad en él. Pienso en Charlie Parker... en Lautréamont sobre todo. Es un proceso paralelo al embarazo en la mujer, aunque la mujer ofrece varios problemas a este respecto, y esto es así, pese a quien pese, y por un lado tenemos a la mujer natural, la madre, la hembra, el pilar de la especie con todas sus consecuencias, y por el otro la mujer, digamos, maquillada, la mujer demasiado consciente de serlo, la mujer que quiere afirmarse a través de un objeto, incluso de una idea externa a ella. La imaginación en la mujer es poco menos que una quimera, y de esta desnaturalización, de este intento de romper con la naturaleza, surge el engendro de la mujer de acción y sus retoños en forma de idea: pancartas feministas de una ceguera más masculina que femenina, ése es el estéril resultado, pues la mujer, que es el ser creador por excelencia, crea una mentira mimetizando la mentira misma del arte, y por ello fracasa el doble. Es cuando engendra a lo largo de nueve meses cuando el resultado la ennoblece como a la máxima artista, por lo que surge la pregunta de ¿qué puede llevar a una mujer a crear, digamos, una nadería inanimada cuando en su poder está la creación de algo animado y pleno? El hombre creador intenta hacer algo parecido, pero fracasa al cuestionar su obra con la perspectiva de los años al perder la espontaneidad, la firmeza natural, incluso una primera firmeza natural que es inconsciente y sin embargo puede ser la más valiosa y artística de todas cuantas en su vida experimente. ¿Qué madre cuestiona a su hijo, aunque con los años devenga la más vil criatura de la tierra? ¡Ni la más perversa! Una madre creadora y dadora de vida asume que la función estética de su producto está de más, y es aquí donde se abre el foso que separa la feminidad de la función estética típica en el hombre atormentado. En ese sentido, la mujer tiene una visión más profunda de la naturaleza humana, pero esta visión, esta idea, termina por volverse contra sí misma por su evidente irracionalidad, de la que deriva la histeria, etcétera. Digamos, en pocas palabras, que todo es un juego en el que ninguno gana porque todos pierden. Pero, ¿qué pierden? ¿Qué pierdo yo? Eso es lo que YO NO entiendo, en cuanto es inaprensible desde el preciso instante en que me lo planteo...”.
Pero detengámonos aquí, que ya ha dicho bastante. Como podemos ver, este personaje busca algo, y eso no está a su alcance, por supuesto. Parece dar por sabido que la creación artística es un preludio a algo más que grande y también muy inútil. Obsérvese esa visión de la mujer que para sí guarda. El psicoanálisis ofrecería aquí una respuesta que nos guardaremos de apuntar, pero que en cierto modo concuerda con una contradicción inherente al pensamiento de Abel, y no sólo debe ser achacable a su homosexualidad (ya lo hemos dicho), sino a una extraña atracción por todo lo que signifique irrealización, lo que explica hasta cierto punto su incapacidad para dar por terminada una obra... pero vayamos más allá e imaginemos que esta obra (inanimada en cuanto a sus posibilidades) fuese algo más que eso que él llama mentira, que fuese una vida humana, algo que desde luego no es una mentira, aunque sí sea una sombra. Imaginemos ahora uno de sus sueños característicos... como el embarazo, el proceso de gestación, no ya de una vida humana, sino, por ejemplo, de un animal cualquiera, un gato. Y ahora retrocedamos hasta sus doce años: habremos de confirmar cómo Abel interrumpió el embarazo de su gata para hacer aprehensible esto. Cuando un niño de doce años hace algo tan brutal, tan adulto, como propinar una indescriptible patada sobre el vientre de un indefenso gato, cuando hace algo así sólo por el mero hecho de que se aburre, de que se cansa de esperar, de ser niño, algo apunta a que ese niño no sólo es un niño extremadamente caprichoso y violento y adulto, sino también un individuo con un absoluto desprecio por la vida... y sin embargo, con un imperturbable dominio de sí mismo... El aborto fue inevitable, lógico, pero la gata pudo salvar la vida, en buena medida porque uno de los tíos del niño era veterinario. ¡Vivo consuelo! Para ganarse al veterinario el niño inventó algo por entero falso como que la gata había caído desde la terraza al jardín, y que debido al golpe tenía magullado su gatuno cuerpo. ¡Vaya ocurrencia tan inverosímil! Pero todos creyeron eso, hasta el benigno tío, que con no poco esfuerzo logró extraerle al animal los tres fetos de gato inanimados por obra y gracia del niño... Fue algo gratamente horrible, pero Abel quiso estar allí delante. La gata, anestesiada, parecía mirarlo con los ojos semiabiertos entre leves sacudidas de cabeza, y él, el causante de todos sus dolores, de la interrupción de su embarazo, se divertía mirando con obscena morosidad los cadáveres de los fetos de gatito que yacían tendidos sobre una toalla ensangrentada. Incluso llegó a tocarlos, a presionarlos, a exprimirlos entre sus infames manos, y se dijo: ¿y si yo pudiera hacer, crear de la nada algo así? Sí, ya entonces supo que su máxima ambición era la de hacedor... la de creador de obras animadas. Incluso tiempo antes había visto la película El doctor Frankenstein, pero le había dejado muy mal sabor de boca, y la odiaba, odiaba aquella película tan desalentadora. No, lo que él como niño de inteligencia singular deseaba era algo más que una obra animada: lo que quería era una obra de arte animada. Pero eso, ¡eso sólo estaba en manos de Dios! ¡Qué vulgaridad! Él, pensándolo bien, no había hecho más que un estropicio interrumpiendo el embarazo de la pobre gata... y a los pocos días, cuando el recién recuperado animal se paseaba por los pasillos de la casa, se despreciaba por ello. Incluso percibía como la gata le daba más de lado que antes... y por ello terminó matándola de un trancazo en la cabeza. ¡Fue un alivio!
Unas semanas después, su madre encontraba la muerte del modo más espantoso imaginable: atrapada, desgarrada y aniquilada por una juguetona rueda de molino mientras se entretenía inspeccionando las nuevas instalaciones de la harinera.
Este golpe trastornó por entero al niño, que pasó varias semanas sin apenas levantarse de la cama, ebrio de la sangre del soñado incesto y de la bilis del deseo aplastado. El padre, que no ocultaba sus deseos por una de las criadas, una jovencita rubia de veintitrés años más bien vulgar pero muy bonita por la que Abel también había sentido una cierta atracción que se tornaría luego en pura aversión, casó con ella al cabo de seis meses. El resultado de este matrimonio fueron seis hijos, seis embarazos casi seguidos que para su desesperación siguió muy de cerca, estudiando con detenimiento las alteraciones externas sufridas en el cuerpo de la odiada mujer que parecía querer imponerse sobre el recuerdo de su única y verdadera madre. Y aunque en ningún momento sintió el deseo de descargar una patada sobre el vientre de su madrastra, una malsana serie de visiones se apoderaba de él conforme la jovencita preñada perdía, parto tras parto, la gracia de la natural belleza de la juventud: imaginaba cosas muy desagradables, y una vez, ya con diecisiete años y durante el tercer embarazado de ésta, experimentó tras leer a Sade el incontrolable deseo de introducirle un hambriento roedor por el lugar por el que asomaría la cabeza ese maldito hermanito que estaba por llegar... Acabaría por volverse loco si no hacía algo, ¿y qué podía hacer en su lamentable situación? Quería crear a toda costa algo animado, así... mas en él se imponía la necesidad de destruir todo aquello que le supusiese una amenaza, y más una amenaza de esas características. Pero esa necesidad destructora pronto decaía en arrepentimiento, y tras la excitación, que solía durar unos segundos, unos minutos, pero nunca más de unas horas, se maldecía por haber albergado en su cabeza pensamientos tan repugnantes y enfermizos. Era malo, lo sabía, y quería purificarse, al precio que fuera. Y fue por entonces cuando Abel encontró en la música la única alternativa posible a sus problemas, y quizá su problema de problemas. La música era liberadora, pero también un tormento de opresión infinito. No fue admitido en el conservatorio: lo agradeció vivamente. Comenzó a adquirir los rudimentos de la técnica por sí solo, sin más ayuda que una docena de manuales, con un piano de cola que maltrato hasta el delirio, con una flauta con la que cometió las más atroces profanaciones, con una pluma y unas partituras en blanco sobre las que garrapateaba las más geniales intuiciones. ¡Era un genio! Y lo sabía. Antes de dar por acabada la primera obra que había escrito en serio, el Dúo para piano y corno inglés, escribió nueve sinfonías, doce quintetos, una decena de conciertos, tanto para piano como para las demás cuerdas, así como una gran ópera, En la hora de Tisífone, doce horas y doce minutos de duración en una perfecta ejecución, que de haber hallado la luz la Historia hubiese, con escaso margen de error, colocado en igualdad de condiciones frente a la Tetralogía. Todas estas maravillas, que fueron escritas del modo más inseguro y revolucionario a la par, de acuerdo con su sistema de la “megatonalicausalidad”, como lo definió y explicó en alguna parte por escrito, fueron destruidas en un arrebato de furia indescriptible, sometidas al imparcial veredicto del fuego. Acto seguido y tras varias horas de esfuerzo antinatural, concluyó la escritura del Dúo, de una lastimera tonalidad; lo observó, quedó como muy satisfecho e intento suicidarse: extrajo del cajón la cuerda que él mismo había hecho para en caso de desgracia aplicar su medicina sobre sí, la amarró a la lámpara, se subió a la silla y, tras atarse la cabeza, gritó tres veces por todo lo alto el nombre de su finada madre: tres veces, no una ni dos, sino tres veces. Fue al arrojarse al abismo cuando su padre atravesó la puerta y lo rescató a tiempo de la segura muerte que él habría recibido como la más afectuosa de las bendiciones, al encuentro de su deseada madre.
Esto fue, más o menos, lo que ocurrió, pero... ¿ocurrió así? No, desde luego que no. Esta forma de narrar nada tiene que ver con la dolorosa realidad, y nada tiene que ver porque Abel, que en el fondo de su ser no era malo, era un individuo muy desdichado y eso lo hacía malo, su desdicha, pero esta palabra, dicha así, no es más que una palabra, un simulacro, una vacía forma de compromiso con la nada... Menos mal que todo esto estaba encaminado a un encuentro, y menos mal también que ese encuentro llegó a producirse, y que esa voz... pero ¿alcanzamos a imaginar quién era realmente esa muchacha? El menos despierto de los mortales la hubiera bautizado con el nombre de Inspiración, pero la inspiración no es una persona... y sin embargo, ese adormecido mortal no hubiera errado al bautizarla así, porque esa muchacha era y no era una muchacha, y en efecto era la Inspiración. Pero, ¿a qué debería llamarse inspiración? Y en este sentido, ¿a qué tipo de inspiración máxime sabiendo que Abel ya había alcanzando las cimas humanas posibles de inspiración? Pero en efecto he dicho: las cimas humanas posibles. ¿Qué ángel pues era ése? La respuesta es dura, violenta, y no deja lugar para consolarse pensando que aquella noche tendría lugar algo inenarrable mientras el mundo seguía danzando su macabra coreografía del horror.
¿Ya lo sabías? Aquella muchacha no era otra que la viva expresión de un tormento que jamás adquiriría forma. ¿No es esto lo más horrible que le pueda ocurrir a un ser humano en el curso de su vida? Es la más desalentadora confirmación de que lo inalcanzable siempre queda por debajo de nosotros, que en nuestro descontrol y torpeza terminamos volviéndonos contra nosotros mismos. Porque el error de Abel fue ése, ser un joven muy viejo de espíritu, sin ideales de juventud, un viejo asustado por una vivacidad irracional: ser algo que no se sabe qué es.

II

- Camaradas, en la violencia, en sus innumeras aplicaciones están todas nuestras posibilidades de éxito -había dicho André ante sus cinco incondicionales en “la gran lucha”, como la llamaban, horas antes de los atroces incidentes de nuestra madrugada-. Ya tenemos al que será el chivo expiatorio, y esto más que nada ha sido lo que me ha decidido a dar el paso. Es el perfecto cerdo que debe servir de ejemplo. Sin quererlo, nos lo ha proporcionado un insecto sin mucho olfato que digamos. Sabed que no nos manchamos las manos con cualquier minucia: este cerdo pesa muchos quilates, camaradas, y esto quiere decir que habrá repercusión nacional y, con un poco de énfasis, hasta internacional. Así que, como ya sabéis, debéis informar y reunir a los demás donde siempre y decirles que estén preparados para lo que haga falta, que en su caso no será más que empinar mucho el codo y distraer a las fuerzas del orden cuando hagan su aparición, y eso si aparecen... He pensado en una especie de procesión por las calles, a modo de Jueves Santo o algo así, celebrando por todo lo alto la ebriedad y el despiporre generales como un puñado de católicos alcoholizados o simplemente pasados de rosca, todo eso que no debe ser, no lo olvidemos, más que un cuento católico con el que llevar a cabo los planes que he trazado. Dejaremos que los demás, que ya para esas horas estarán borrachos como cubas, aunque deberán mantenerse en pie y caminar, muy importante esto, terminen de cepillarse al poeta, pues nuestro chivo es un poeta, ¿sabéis? Mientras se ejecuta todo esto, nosotros, preparados y muy sobrios, iremos a lo nuestro... Y ante todo, compostura, camaradas. A algunos de vosotros os resultará duro, pero en ningún momento no llevadero, puede que hasta os divierta, puede... Ya tengo al eslabón, un chicuelo que sabe todo al respecto, que se conoce la calle, la casa, todo. Es un mal bicho, pero nos servirá, aunque creo que está un poco atontado por eso de mezclar la sal con el azúcar, no sé, esperemos que no esté demasiado bebido... pero sí sé una cosa, ¡y es que está noche ese grandísimo hijo de cien mil perras pagará lo que tiene que pagar! No tenemos mucho tiempo, de modo que manos a la obra, camaradas.
Vulgar, populista, mezquino y falso como el más eficiente de los líderes ante sus cabezas de ganado, André se frotó las manos y suspiró de gusto, tan contento de sí mismo: se había metido en el bolsillo a ese manojo de imbéciles y daba gusto observar cómo aceptaban sus pretensiones sin siquiera plantearle ni una nimia pregunta a modo de réplica o mera inquietud: eran, sin más, un montón de borregos, carne de matadero, cuerpos de adulto embutidos en cabezas de adolescente idiotizado, y esto, pensaba para su inseguridad, era quizá el mayor defecto: no bastaba con la fuerza, sino que en una situación como la que iba a producirse en unas pocas horas, debía primar la astucia del grupo, pues bien sabía que un proyecto así en ningún momento podría llevarlo a cabo solo. Los necesitaba como lo que eran, pero si algo salía mal, y no era poco probable, ¿de qué habría servido todo?
La vida es una larga serie de renuncias, de aspiraciones no realizadas que sólo pueden alcanzarse en medio de las más ardientes y desmedidas aspiraciones de la juventud. André sabía esto, y precisamente contra esto era contra lo que luchaba, pero su lucha, como mal estratega, era demasiado repentina y falta de perspectiva como para cuajar en algo considerable. También sabía esto, pero puesto que no conocía otro remedio contra su enfermedad, ¿qué hacer en caso de que éste resultara peor que la misma causa de sus males? ¡Ah vida mísera! Tenemos tantas razones para quejarnos... que no nos quejamos, sumidos en el silencio de nuestra desesperación, guardamos silencios interminables hasta que la misma muerte nos silencia. No estallamos en el momento pertinente, ni siquiera a tiempo... nuestra indiferencia hacia nuestros propios tormentos es tan brutal y aniquiladora... que para qué intentar aplacarla si el puro intento ya es perder media vida en algo que de sobra sabemos nos supera y nos relega al estadio de lo ridículo. André sabía más que todo esto, y sin embargo... no sabía nada. Sabía que no sabía nada, como Sócrates, pero también sabía que sabía mucho, y que toda esa nada de mucho saber, todas esas razones para la lucha, no le servirían más que para sucumbir ante la evidencia de que toda lucha era ejemplo de estupidez, que sólo la lucha era el fin de los estúpidos, y que la estupidez, que es la mejor definidora de la especie humana, más pródiga en horribles fiascos que en logros verdadero, no era más que el emblema, la clave para acceder al panteón de los grandes, de los grandes gusanos que han ensuciado con toda su porquería la naturaleza del ser humano, desfigurándola y volviéndola monstruosa, un espeso líquido como soporte de una masa informe: el hombre. André nada quería saber, sólo dar el paso, luchar.
Pero la lucha también es una renuncia, y esa renuncia es quizá la más dolorosa de todas. Ya desde la infancia el ser humano aprende a renunciar, aunque sólo sea una renuncia en su fase menos avanzada, una renuncia que por lo común sólo se limita a un puñado de objetos que, con todo, serán esenciales para conformar un pensamiento adulto bien desarrollado en términos abstractos. La juventud conlleva renuncias más violentas, y es aquí en donde el individuo termina de desmoronarse por completo para dar el salto a la edad adulta como el despojo espiritual que sin duda será. El aliento de la juventud es su voluntad superlativa, su sed ideal de conquista, y este tipo de aspiraciones, que son las que harán al hombre y lo definirán de por vida, son dolorosas por partida doble, doblemente en cuanto son las primeras que se van al traste: ya no estamos hablando de meros objetos, reemplazables por cualquier otra cosa: hablamos simplemente del individuo mismo y por extensión de lo divino. ¿Qué es un objeto, un juguete, al lado de una idea como fin a la que aspirar por encima de todas las cosas terrenas? Quien en su preciosa juventud ha llegado a esto... y ha visto fracasar sus propósitos por culpa de una sociedad mezquina e inhumana, bien sabe que todo lo que viene después no es más que un perpetuo fracasar, y entiéndase el fracaso en su más absoluto sentido y no como una baladí cuestión indigna de personas de bien. El fracaso espiritual no es, por descontado, más que una evidencia: podemos amar una idea, dar incluso nuestra vida por ella, pero si esa idea no tiene un fundamento humano, un sentido superior a sí misma una vez realizada, ¿de qué le puede servir al hombre engrandecerse en pensarla si no puede llevarla a cabo más que en su mente insatisfecha? Podemos desechar esa idea y concretarla en algo de la más alta estima, en un igual, en esa persona por la que sacrificaríamos hasta el último átomo de nuestra apariencia material, pero entonces pecaremos de ingenuos al confiar en ese otro que no ejemplifica más que nuestro mismo problema. Habrá quien argumente que el amor es la fuerza motriz del mundo, y dirá bien habiendo dicho mal, porque el amor, almas bondadosas, el amor es el gran problema en tanto que de él depende nuestra visión del mundo, y por consiguiente, la concepción de las cosas. Un hijo, por ejemplo. ¿Puede alguien explicarme qué es un hijo? Una madre convencional diría: “es mi mayor bien”. Y un padre receloso del invento, pensándoselo hasta tres veces, no tardaría en añadir: “haremos de él una persona de bien”. Los dos hablan de bien, es decir, los dos son igual de estúpidos: han creído así hacer el bien cuando sólo han hecho el mal, y el mal no es ese nuevo ser, ese hijo, que en sí lo es todo, sino esa doble visión, esa perspectiva fragmentada que tienen del hijo. La madre, la mujer, debe por naturaleza acabar quedando preñada, y en definitiva debe terminar pariendo, creando un nuevo ser para así sentirse realizada; rara es la mujer sincera que no piense así. El padre, el adolescente frustrado, el luchador que quiso emular a un Napoleón y que sólo pudo aspirar a convertirse en uno de los muchos cadáveres de La Libertad guiando al pueblo, sucumbió a la mujer, es decir a la naturaleza, y he aquí que la gran idea se evaporó: que confíe en que su descendencia logrará triunfar allí donde él cayó no es más que una nueva confirmación de su característica ceguera. Y sin embargo dirá ser todo un “realista”.

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