30 de mayo de 2008

Los Hahn-Fux. Último acto de una familia (Novela) - Comienzo



- Los dominios del Barón Hahn-Fux, ese joven demacrado al que usted todavía no conoce, no son sino el producto de una larga serie de compras, no todas ellas limpias, que sus antepasados fueron sumando, cual coleccionistas de fincas, a sus ya desde muy atrás hinchadas propiedades, cuyo núcleo, sobre el pico Fux, es el castillo de la familia, castillo en donde vive nuestro hombre y al que usted irá como representante nuestro. ¿Quiere una cifra aproximativa del valor total? ¡Mucho me temo que no acertaría! Los números de poco sirven aquí... Esta familia, señor mío, nunca supo muy bien qué hacer con todo aquello, ni cómo saciar una sed acaparadora que, a mi modo de ver, tiene algo como de desequilibrio congénito generacional, y ya ve que le hablo de miles y miles de hectáreas, de todo un valle, de cadenas de montañas y bosques, amén de unas llanuras para regadío formidables, muy buen terreno para cultivar que, por contra, lleva yermo ya casi dos siglos. Se sabe por fuentes fidedignas que los últimos campesinos abandonaron espantados sus chamizos cuando uno de los Hahn-Fux de entonces, al parecer el tío del tatarabuelo de nuestro hombre, mató en una de sus habituales orgías, pensemos que accidentalmente, a una muchachita inocente a la que había practicado una sangría demasiado fuerte. ¿Para qué quería la sangre de la doncella? La leyenda apunta no sin cierta inconsistencia al vampirismo como explicación última, pero hoy por hoy esto es ridículamente novelesco y ya no cuela. Locos los ha habido siempre, y aquel individuo sin duda lo era. Sírvale este hecho como precedente de ese extraño temperamento familiar quizá vinculable a la sed de posesión de la que le he hablado, y no tema, pues en este caso, el joven Hahn-Fux, además de ser el último descendiente de aquella familia, es todo un caballero decimonónico y civilizadísimo en medio de una época, la nuestra, que nada le dice. Naturalmente, desaprueba con gran repugnancia aquellos toscos desmanes de sus antepasados con los que nada tiene que ver. Su única cruz es cargar con el prestigioso nombre de su familia, ya ve, pero por lo que sé, es de carácter pasivo, retraído, amigo de la soledad, amante de la alta literatura, de las más elevadas artes, en especial de la música, a la que se dedica en cuerpo y alma... y sigue soltero, sin compromiso, ¿qué me dice? Cuenta treinta y tres años, es alto, delgado, de aspecto algo enfermizo, pero de sanas costumbres, ni fuma ni bebe, y su piel, blanca como la miga de este pan, no tolera muy bien la luz del sol... ¿una cierta enfermedad que no me ha sido especificada tal vez? Yo, por supuesto, nunca lo he tratado en persona ni tampoco visto, pero tenga esta fotografía suya, así como un par de testimonios que me han puesto al corriente de todo cuanto usted ya sabe... y esto es todo cuanto tenía que decirle. Le deseo, señor Lance, un feliz viaje, y si es posible, también un feliz negocio. En sus manos está hacernos, cuando menos, con una tercera parte de aquellas tierras, y no deje de creer que usted es nuestra única, por última, esperanza.

Era un negocio como otro cualquiera, miento, quizá fuera un negocio algo más especial que un negocio cualquiera, mejor incluso, un negocio muy especial... pero para mí, después de todo cuanto ya había andado y desandado, no era otra cosa más que un puñetero negocio de cuyo éxito dependía mi puñetera reputación, mi puñetero inmediato mañana y, hasta cierto punto, la puñetera tranquilidad o intranquilidad de mi conciencia, según fuera el caso. Pero sabido es que no hay fruto sin tallo... ni tallo sin raíz. Desde mi más tierna infancia me había oído con una insistencia puntual casi demoníaca que era “un buen negociante”, que sabía hacer “negocios”, que lo mío era el “negocio”, y aunque todo aquello no pasara de pálido reflejo en un niño aficionado a intercambiar cosas, a llevarse la mejor parte, en definitiva a saber “negociar”, sin duda me marcó de un modo muy particular. El negocio como forma de vida. ¿Quién me iba a decir que hoy, jueves, 13 de diciembre, me encaminaba, solo y cansado, al volante de mi viejo automóvil, con destino al más fastuoso y a la par siniestro negocio de mi carrera de negociante, hasta entonces bien anodina? Mi vida, mi mediocre y poco menos que deleznable vida, había transcurrido lenta pero afanosa por unos senderos de sobra conocidos: en la trivial rutina, en el tedio de lo consabido, en esas viejas miradas cuyos párpados de pergamino, escrutándote, te persiguen hasta la culminación del negocio que te posibilitará llegar a fin de mes, estaba lo más granado de mi existencia. ¡Cuántos sucios billetes han pasado por mi mano! Y sin embargo, y quizá por ello, mis preocupaciones no han sido otras que las que mi trabajo me ha impuesto en el día a día. Lo difícil, lo realmente dificultoso de adquirir con los años, no es preguntarse el cómo, sino el porqué de lo uno o lo otro, y es allí cuando un servidor, hasta entonces con el norte bien orientado, comprende cómo la vida se le escapa de las manos, cómo no es más que un cruel desfile de necedad y podredumbre cuyo fin no es otro que aparentar lo irrepresentable, negociar lo innegociable. Sí, también yo nací con las ideas demasiado claras, y también esta claridad que la juventud concede a muchos de sus hijos, me cegó por completo al someterme a la infausta luz de la llamada edad adulta, esa edad que más que edad es tránsito hacia la nada, hacia la nada cotidiana en la que cada uno hace cuanto está en su mano por labrarse los mejores mármoles de su futura sepultura. Pero la vida es un negocio, y no nos queda otra, diría un resignado...
En estas cavilaciones de tan parca sustancia estaba, cuando de súbito alcancé el límite que separa las tierras de los Hahn-Fux del resto del mundo. La frontera. ¿Debo confirmar que una sensación abominable me atravesó el pecho entonces? No sabría decir qué fue exactamente, pero sin duda tras ello se ocultaba algo lindante con el presentimiento, y en esto, en este presentir lo inusitado, siempre había tenido un don especial, eso que sin apenas ciencia muchos llaman “sexto sentido”. Sea como fuere, hasta el castillo todavía me quedaba un buen trecho, y como estaba la noche ya al caer, encendí las luces de los faros. El camino empeoraba por momentos, así que aminoré la marcha. La luna llena hizo su aparición, despuntando sobre el negruzco peñasco del horizonte. Miré bien: allí se destacaba el castillo, y aquel peñasco no era otro que el pico Fux. Como advirtiéndome algo, el aullido de un lobo secundó mi repentina identificación. ¿En dónde había oído, visto, acaso leído, esto? La estampa, de una belleza tenebrosa aunque algo trivial, demasiado romántica para ser de este mundo, en absoluto pecaba de irreal: todo cuanto allí se concentraba no podía ser otra cosa que el legado material de aquella familia, preservado siglo tras siglo, y yo, como extraño en tierra desconocida, sólo podía permanecer expectante como una liebre se oculta entre las rocas de sus depredadores. Conforme más me acercaba al pico, más estrecho y empinado aparecía el tortuoso camino, por lo que la velocidad ahora era mínima.
Minutos después llegaba a las puertas del castillo. Aparco el automóvil en el pequeño patio que antecede al mirador, y una vez pongo un pie en el suelo, comienzo a sentir un ligero mareo, achacable en todo caso a los dos mil doscientos metros de altitud... pero no tardo en reponerme, tras dar unos pasos hasta la balaustrada que separa el patio del mirador. En efecto, ha llegado el momento, me digo. Equipaje en mano, me acerco hasta la puerta y llamo al timbre.
¿Qué sentía entonces? Algo parecido al miedo, eso es, algo parecido al miedo que no era miedo ni mucho menos, pero que sin duda estaba próximo a él.
Y de pronto, de pronto... ¿oía bien? Agucé el oído y sí, era música de órgano proveniente del interior, de alguna estancia no muy alejada... un preludio coral de Bach. ¿Sería el Barón? Mas, en caso de no serlo, ¿qué otro podía ser? En el castillo, además de él, vivían otras tres personas de las que apenas tenía referencias: el mayordomo, una criada joven y el viejo cocinero. Que se dedicara “en cuerpo y alma” a la música en ningún momento daba a entender que dominase el arte de tocar el órgano de un modo tan esplendoroso, claro que tampoco podía descartar que no fuese él, sino una grabación de ese preludio coral de Bach. A fin de cuentas y por muy decimonónico que el Barón fuera, el castillo, como el timbre me confirmaba, disponía de luz eléctrica, lo que hacía más que probable que dispusiera de algún equipo de música...
Vuelvo a llamar, ya algo impaciente ante la tardanza, y al poco los goznes chirrían y la puerta se abre. Tras un candelabro a medio encender en la mano, descubro el rostro pálido de un hombre de unos cincuenta años, seco de carnes pero atlético, que tiene toda la traza de ser el mayordomo, como en efecto resultará ser.
- ¿Es usted el señor Lance?
Asiento y paso al interior.

Lo primero fue instalarme en los que iban a ser mis aposentos, sitos en lo más alto de una de las dos torres, a los que llegamos tras dejar atrás la larga escalinata principal, primero, y la escalera de caracol que subía a lo alto de la torre, luego, para entre tanto y durante el tránsito advertir en progresiva ascensión la copiosa colección de obras de arte que, una aquí y otra allá, aparecían desperdigadas sin apenas criterio selectivo, obras de arte de no poco valor algunas y de las que se podría sacar una buena suma en caso de llevarlas a subasta, observo.
La habitación a mí destinada, sumamente elegante, hacía justicia a su denominación de “cámara de invitados” al decir del mayordomo: con un claro predominio del rojo apagado de los cortinajes sobre el gris pétreo de las paredes, y en un rebuscado alarde de efectismo gótico, todo ello quedaba bien conjuntado a primera vista: la gran cama, con unas telas mosquiteras de indudable encanto, no quedaba exenta de una respetable película de polvo, y eso en el ambiente se respiraba, pero, primero por cortesía, y luego por inadecuado dada mi situación de interesado, no comenté nada de ello al respecto. Además de la susodicha cama, sobre la que deposité el equipaje, un escritorio en consonancia con los demás muebles, de una valiosa y antigua madera italiana como me informó el mayordomo, se me antojaba el mueble más preciado para futuras horas muertas durante mi estancia. Por descontado que sí había luz eléctrica, una bombilla no más, aunque en caso de faltarme luz tendría a mi disposición varias velas.
- Las restantes dependencias del castillo a las que tiene el señor acceso están señalizadas en ese plano -y al decirme esto, el mayordomo alargó su dedo índice señalando al escritorio, donde, en efecto, se encontraba desplegado el referido plano-, pero no es ahora el momento de estudiarlo, el Barón le está esperando en la biblioteca, así que si no tiene ninguna otra pregunta que hacerme, sígame, hágame el favor.
Al bajar al pabellón central del castillo la música ya había cesado. Atravesado el corredor principal, llegamos a la habitación del fondo, de la que una débil luz salía como titubeando: era la biblioteca. Dejé al mayordomo atrás y crucé el umbral de la puerta, encontrándolo allí, en un gran sillón sentado, con las piernas estiradas y apoyados los pies sobre un escabel, y su rostro, ¡el rostro del Barón!, iluminado por la tenue y anaranjada luz del fuego de la estufa, esbozaba una mueca fatal llena de oscuros presentimientos, Dios sabría bien de qué signo... Al verme me hizo un gesto con la mano, invitándome a acercarme, a tomar asiento frente a él, y con paso apresurado así lo hice. De la entrevista que a continuación se produjo daré cuenta a continuación.

Físicamente no muy distinto de como me lo había imaginado era, tal cual me lo describió el director, punto menos demacrado acaso, pero sí de una delgadez exquisita, henchida de sana inteligencia y viva disposición de ánimo. Por contra, lo que más me había de impresionar era esa mirada suya tan certera, una mirada penetrante y profunda, de ésas que supuran irrisión y arrogancia a partes iguales, una mirada llena de inquietud, desesperación y sangre inyectada en los momentos decisivos, esa clase de mirada inteligente tan rara de encontrar y que me confirmaba, quizás sin mucho margen de error, que el hombre sería bueno en el trato, pero difícil de satisfacer... en una palabra consecuente. Observé que entre las manos llevaba un libro cerrado. Al ver que mi vista se perdía en él, me sacó de dudas:
- El Fausto de Goethe, todos lo conocerán y casi ninguno lo habrá leído... para suerte de los pocos que en él hemos entrado.
- Una muy buena lectura -acerté a decir, quizá sin mucha pericia.
- No busco en la lectura entretenimiento -prosiguió-, sólo pensamiento y una pizca de dolor que me llegue al alma. Eso me consuela de los males de este mundo, y Goethe es un buen remedio contra la soledad y la idea de la muerte. Los hombres grandes, los mortales inmortales, son mis únicos amigos de suplicio: su palabra muerta en el papel escrita y mi tiempo por aniquilar, comulgan del mismo cáliz. Los muertos tienen una gran deuda conmigo, y yo con ellos. Pero usted, ¿ha leído acaso para su suerte el Fausto?
- Sí -mentí-, en mis años de estudiante, pero ya no recuerdo nada de aquella lectura.
- ¡Los años de estudiante! Todos los espíritus vulgares hacen todo lo que nunca jamás volverán a hacer en aquellos años. ¿Y era... un buen estudiante? ¿Lo era?
- No -mentí de nuevo-, el estudio no satisfacía en casi nada mis verdaderas necesidades intelectuales.
- De lo que deduzco que usted, lo que aprendió, lo aprendió por sí mismo y para sí... y eso, créame, lo ennoblece en mucho ante mis ojos... Supe nada más verle, hace un instante cuando estaba allí de pie ante mí, que no me defraudaría como los demás, que no sería otro insignificante piojo humano dispuesto a contaminarme con su presencia. Pero dígame, ¿ha sentido la chispa de lo auténtico al ver venir de lejos a esa persona desconocida que pronto interpretaría en su vida algún papel, cualquier papel, incluso el más pequeño?
- Podría decirle que sí, pues ese sentimiento, lejos de ser algo auténtico, se reviste de autenticidad mientras la apariencia tiene secuestrada nuestra razón, y ¿quién no sentiría la chispa de lo auténtico en un estado así, ante una buena fachada, unos ojos bonitos, o incluso un rictus interesante?
- Es curioso. ¡Usted habla casi como yo! Veo que tenemos otra cosa en común. Le felicito por no hablar, por no destrozar el castellano como mi cocinero.
- Nuestra corrección es nuestro pasaporte, por algo somos hombres de mundo, nada más.
- Sí, tal vez sea eso, pero no olvide que mi mundo es mi castillo y mis tierras, y ahora usted está en la capital de ese mundo, que como puede ver es esta biblioteca. ¡Amarás a los libros tus amigos como a ti mismo! Este mandamiento mío apenas nadie lo ha considerado, al creer que los libros no son más que vulgares objetos, pero es en ellos, en “sus” ideas, donde la esencia de lo humano reside pura, sin afectaciones, sin variaciones que puedan desmentir lo pensado. Pero todavía no nos hemos presentado, señor Lance.
- Adalberto Lance, Barón.
- Llámeme Jaime, y si te parece, tutéame desde ahora mismo.
- Está bien, Jaime.
- Detesto toda afectación, la palabrería hueca y almidonada, esas frases insinceras que inundan nuestra correspondencia y que uno no puede evitar si se quiere decir persona de este mundo. En cuanto a mi forma de escribir, es una forma, al decir de una señorita que conocí en la ciudad, tosca, primitiva y campesina. Supongo que estos tres adjetivos los dijo sin ninguna malicia, pero a mí me encantan, porque tosco lo soy, primitivo no tanto, pero campesino de todo corazón.
- Nadie lo diría viéndote sentado en ese sillón con tu Goethe.
- Supongo que estarás esperando entrar de lleno en el asunto que te ha traído a mí.
- De eso quería hablarte, pues por eso estoy aquí.
- Sí, claro... pero ahora no me apetece entrar en asuntos de negocios. Dejémoslo para mañana, hazme el favor. Hace mucho tiempo que no estoy con alguien de fuera, y me gustaría hablar contigo, ¿tienes algún inconveniente?
- No, ¿qué inconveniente podía tener?
- Ya sé que ninguno, ¿y qué inconveniente ibas a tener si estás aquí, en mi casa, y además esperas sacar una buena tajada? ¿No sois vosotros, los que hacéis negocios, la mala conciencia de este mundo plañidero y descoyuntado?
Con aquellas palabras me arrojó un gato a la cara. En su rostro, y más todavía en sus ojos, se había matizado una nueva luz, mucho más oscura y negativa que la primera. ¿O es que el hecho de tutearnos implicaba, tan súbitamente, una mayor sinceridad para mí insospechada?
- Pero no me mires así, todavía no, por favor. Ya te he dicho antes que soy un acérrimo defensor de la sinceridad, y que casi siempre suelo decir lo que pienso, como ahora. En todo caso, antes de la cena me gustaría enseñarte algo, ¿tienes curiosidad?
- ¿De qué se trata?
Dejó el libro en la mesilla, se levantó, tomó el candelabro y alumbrándome el paso, fui tras él, en dirección al fondo de la biblioteca, al que llegamos tras unos cuarenta pasos. Abrió la puerta que había bajo una gran tela con un tema mitológico, y al abrirla, la corriente de aire proveniente del interior apagó en apenas un soplo una de las tres velas hasta entonces encendidas, y así comenzamos a bajar por unas escaleras estrechas y con mucha pendiente, y la humedad, esa humedad tan fría a la que todavía no me he referido pero que sin duda no podía pasarme inadvertida, no tardó en clavárseme en el pecho como un anzuelo traicionero.
Tras un minuto largo de recorrido llegamos a lo que parecía una cripta, como de hecho lo era. El Barón depositó el candelabro con las dos llamas temblorosas sobre un fuste de columna, y con un gesto muy comedido, me invitó a que mirase a mi rededor: habíamos descendido a lo que sin duda era el panteón familiar.
- Aquí descansan los restos de la saga Hahn-Fux, saga de la que yo, aquí y ante ti respirando, soy el último ejemplar vivo. En total, el número de nichos asciende a cuarenta y ocho, doce por cada uno de los cuatro frentes, de los cuales cuarenta y uno están ocupados, lo que quiere decir que si muero sin descendencia, todavía habrán quedado seis nichos por ocupar, ¿qué te parece?
- La muerte todavía está lejos de ti, eres joven.
- ¿Joven? También era joven mi hermana Silvia, y Dios se la llevó con trece años recién cumplidos. Dime, ¿para qué quería llevársela tan pronto? Ahora ella duerme el sueño eterno allí, ¿ves?, el segundo nicho empezando por el lado de la izquierda, entre sus dos abuelos. ¿De qué me sirve la juventud si viejo nací entre los viejos? A veces, cuando la tristeza se abate sobre mi cabeza, vengo a este lugar y medito, y en el silencio sepulcral de estas piedras escucho cosas que me hacen dudar: un día creí oír, tras la lápida del tío Josef, el latido de un corazón, un latido constante, regular, juvenil. El tío Josef, que murió hace más de un siglo y del que conservo un retrato de cuando era un muchacho, descansa en ese nicho. Naturalmente tembloroso, me acerqué, puse bien pegada mi oreja a la pétrea superficie, y una sacudida me heló el corazón: no era el latido del corazón de mi difunto tío lo que allí dentro latía, sino los movimientos horribles de una sucia rata que, Dios sabe cómo, había entrado a su ataúd para ¿terminar de roerle tal vez los huesos o lo que quedara de ellos? ¡Eso es la muerte!
Regresamos sobre nuestros pasos y me dejó libre por unos minutos, tiempo que aproveché regresando a mi habitación, donde deshice el equipaje y ojeé por encima el plano. Un cuarto de hora después era la cena. Pero entre tanto, noté algo extraño que me turbó por un instante: algo estaba cambiado de sitio, no sabría decir el qué, pero ese algo no estaba donde tenía que estar, es decir donde yo lo había visto por primera vez al entrar hacía media hora en aquella habitación. No le di más importancia a esta observación y bajé de nuevo la vista al plano: un plano que, salvo claridad y concisión, delataba un claro desconocimiento del arte de trazar un plano sobre el papel, y no sólo eso: ¿había partes inventadas?, me pregunté al confirmar cómo entre el vestíbulo y el pasillo central figuraba un gran patio circular que yo no había, ya no pisado, sino visto por parte alguna... aunque posiblemente viese mal. Estaba muy cansado.

Cuando me presenté en el comedor, los cubiertos ya habían sido dispuestos en cada uno de los extremos de la larga mesa. El Barón, en el extremo del fondo, me invitó a sentarme frente a él, y aunque separados por ocho metros de mantel blanco y un par de candelabros que zahumaban el ambiente, su protocolo así lo exigía:
- Me gusta cenar solo, o lo más alejado posible de mis invitados si los tengo -añadió con una sonrisita.
La joven criada hizo su aparición por la puerta de la derecha presta a servirnos: primero sirvió a su señor, el Barón. Observé que éste no la miró a la cara ni por un instante durante el servicio: toda su atención estaba en sus manos. Era una muchacha bonita, de unos veinticinco años, morena, muy bien proporcionada, y algo descuidada: llevaba la cofia torcida, detalle que me llamó la atención de inmediato. Luego, sin siquiera mirarme a los ojos, se aproximó a mí con la sopera e hizo lo propio en mi plato: vertió dos cazos de una sopa de pescado muy espesa. La probé: fría, y demasiado salada además, pensé para mis adentros tras la primera cucharada ingerida. Bebí de la copa: el agua olía a podrido. La conversación, por lo pronto, se redujo a algunas inconexas y por lo demás insípidas observaciones del Barón:
- Nuestras noches de diciembre son muy frías. Te aconsejo que no abras la ventana ni siquiera para ventilar, pero si te gusta silbar, adelante, ábrela.
A la segunda cucharada, me resultó tan insoportablemente salada, que no pude evitar exteriorizar mi desagrado.
- ¿No te gusta?
No dije que no:
- Nunca había probado una sopa así.
- ¿Es eso? Nelly -llamó a la criada-, sírvele a nuestro invitado otro cazo, que esté a rebosar ese plato ya que le gusta tanto.
- No, con esto me basta, por favor.
Pero fue en vano: Nelly, por lo visto, sólo hacía caso a su señor, y me puso el plato a rebosar. Hice un esfuerzo sobrehumano y en diez cucharadas acabé con aquella tortura.
- Mañana, si no tienes inconveniente -y este “si no tienes inconveniente” lo dijo subrayándolo con especial énfasis-, te enseñaré los terrenos. ¿Sabes montar a caballo?
De poco me serviría mentir aquí:
- No, nunca he montado.
- Yo te enseñaré, es cosa fácil, ya verás.
El segundo plato fue, si cabe, todavía menos comestible: un pedazo de carne vieja y resequida aderezado con una mala salsa de champiñón. Todo se repitió del mismo modo, sólo que ahora Nelly ya se había puesto bien la cofia, y al dirigirse a mí, sí me miró. Yo le sonreí sin saber muy bien el porqué, pero al hacerlo ella apartó la vista de inmediato como si estuviera apestado, echándome desdeñosamente el asqueroso pedazo de carne al plato como quien da de comer a los perros. De puro dura como estaba, tuve que masticar a conciencia, y sin embargo, un extraño sabor, se diría una mezcla de varios alimentos entremezclados, no tardó en provocarme náuseas. A poco estuve de vomitar.
- No es costumbre de la casa -afirmó el Barón- comer carne salvo los días de fiesta. Considérate el motivo de celebración.
Asentí sin convicción, y seguí tragando mecánicamente. Así y todo, debo decir que el postre fue lo mejor de la cena, y sería una mezquindad no reconocerlo:
- Como veo que te has quedado con hambre, lamento comunicarte que aquí no cenamos ninguna clase de postre tras los segundos.
- He quedado absolutamente saciado -dije.
El Barón emitió una sonora carcajada. Yo me estremecí: ¿a qué estaba jugando? ¿O es que estaba poniéndome a prueba para algo por mí desconocido? Ya iba siendo hora de que comenzara a desconfiar, si bien he de advertir que

¿Continuará?