11 de mayo de 2008

LÍNEA GRIS (Novela, 2004)



I
Lo material: carbono




Y sabes que al pintar es imposible imitar algo que no presente de modo perpetuo el mismo aspecto.

LEO BATTISTA ALBERTI
De la pintura



Confesaré, he de asentir, que lo único provechoso en esta vida, lo único acaso quizá verdadero y que tal vez deje mella, lo único, en definitiva pues, es lo de menos, y no por ser único, ya que nada es único, tal vez incierto, minoritario, pero no minoritario en su sentido último, no minoritario en su más vulgar sentido, ya que lo que siento de esta vida, he de confesar, lo que me repugna mientras sigo en esta línea sin sentido, es haber pertenecido a ella, así seguir perteneciendo a ella, no dándome muerte antes de mi última, única y provechosa hora, mas sintiéndola próxima.

Era él y Karel su nombre; que por nada había nacido, mas ya estaba, para en lo improbable cambiar el curso de la historia, la línea en su mano, combinando lo inequívoco humano con lo divino, en tanto mal llamado; del resto, de la cruda verdad, la verdad cruda, la infausta sinrazón de existir, es decir, la más absurda e innoble de las sinrazones, ésa que no otra, pensaron sus allegados, había pasado por delante de él, de largo, ignorando acaso su condición de humano, de algún modo agraciando así su insignificante grandeza, no por pequeña menos significativa que otras tantas; al principio, que no destacaba por nuevo, Karel, de ojos verdes, metro treinta, andar lento y pose inquieta, describía círculos concéntricos con la mirada: el hijo de su madre, la alegría de la estúpida abuela, por los caminos, el paseante del huerto en verano con las lechugas a la cintura atadas; en definitiva: la más púdica e irresistible de las infancias, la suya y una, bajo el sol duro pero apacible de su tierra, de su inicial Checoslovaquia por geografía; era lo correcto, y acabaron por bautizarlo una abrasadora mañana de agosto, a día 6: la sinrazón de su nombre no era otra que la sombra punzante, alargada del pasado: la nostalgia inconcreta de un abuelo desaparecido en una de esas guerras enmarcadas entre malvas y olor a muerte: y de dos toques, un golpe: Karel, cinco letras, dos vocales intercaladas, en el acta de nacimiento quedó escrito. A, de azar. E, de espera. Era, y así fue como a la espera del azar amaneció el joven Karel, esperando de lo inesperado lo esperado que no llegaba, que no llegaría, y mañanas seguidas de tardes, y tardes seguidas de noches, y vuelta a lo de antes, entre aburrimiento vespertino, fricción de sólidos, e inercia... y de nuevo la muerte, primero descrita en los libros, sin una imagen apenas, luego en sus dedos, en los dedos ausentes del otro: la muerte era su inercia, la fricción de su mano sobre el rostro blanquecino del cadáver de su joven aunque algo mayor amigo, el rubio niño apodado Serpiente sonriente, a la mordedura, y era no una broma, que no podía serla, la broma de estar muerto, de hacerse el muerto, mejor dicho: sonriente que ya no sonreiría más desde su balcón de flores, caducas en breve, siguió pensándolo, en su momento, momento que ahora es nada, y allí estaba el oscuro secreto, dentro: la inminencia de la muerte aparecía ante, bajo, con y contra sus ojos como el más descabellado de los despropósitos, la más violenta patraña, el insulto definitivo de insultos. Nada nuevo, con todo. ¿Qué era la vida sino una carrera perdida en ruta hacia los dominios de la muerte? ¿Qué era la muerte sino moraleja final de toda vida por delante tantas veces exaltada por los pintores y los poetas y los panaderos de nuestros sueños invernales? Preguntas sin aplomo en los nuevos tiempos de la conquista espacial, sus tiempos... No le faltó tiempo para crecerse y creerse, y así, silencioso como eremita, es un decir, aprendió a callar, y callado forjó en el silencio los límites de su conocimiento carnal: muy bien sabía que saber no era nada en particular, que hablar era ignorar lo omitido, y que hablar arrebataba un tiempo, y que el tiempo, ese velocímetro pasajero con miedo al posadero, le llevaba una gran ventaja ganada. Ya para entonces el niño sonriente habría dejado de sonreír desde su balcón de flores mustias, y ya en la escuela, en su escuela, bajo la escalera, pudo percibir la putridez de la materia: y no aprendió nada, era un cadáver que le hablaba, y nunca aprendería allí nada, nada aprehensible al menos, en la escuela: por algo pensaba, quería pensarlo, que sabía que estaba por encima del pequeño infierno de indecencia y corrupción de la escuela, de su maldita escuela, y le bastaba una razón, simple, de lo más simple: lo pensaba. Y en sus profesores veía los despojos de otras tantas infancias ciegas, y también veía en ellos a payasos de feria en la sombra, acartonadas muestras de humanidad sobreexcitada, líneas y líneas de textos, vacíos, absurdos y prolongados hasta lo impreciso, sí, por esas bocas babosas y por esas dentaduras suyas, negras de tanto café, y que ni a dos metros de distancia dejaban de apestar a tabaco, tanto tabaco: mentiras asumidas por verdades: caldo de cultivo de nuevos reproches, de reproches injustificados, de justificaciones para afrontar la vida con seriedad y paciencia, sin esperar nada, sin aspirar a nada... Tan repugnantes muestras de aparente saber no invalidaron su en apariencia prodigioso cerebro, antes pródigo que prodigioso, que no era en verdad prodigioso sino mediocre en la escala de los genios, pero que era, dueño de una entidad, luego algo lúcido ante la masa infecta de irresponsables que lo querían, acaso modelar, pero en estos términos: lo que sabes por lo que no sabes, lo que sepas por lo que nunca sabrás, lo que supiste por lo que ahora ya has olvidado. Karel era, pues, el imperfecto niño prodigio que prodigaba para sí su grandeza, nunca de puertas afuera; por los libros de química era un ensimismado entusiasta del carbono: por todas lo intuía, partes carbono: las ideas eran idas venidas del carbono, y también las artes: sus amadas griegas de mármol lo eran: era la violencia, junto al miedo a la muerte y la muerte misma, esa dama sonriente con rostro de... sí, ella, la aburrida alegoría de cada día... carbono en estado puro, bruto, en su acepción más convencional, sin término. ¿Se puede acaso tolerar otra acepción? Era una lucha terrible pero estimulante, jugando a ser lo que no era, el dios de una disciplina, y la ofensa, cándida, alcanzaba en sus noches de luna llena los más profundos éxtasis de trasnochada seudo-grandeza; se imaginaba arriba, en lo alto de la bóveda, removiendo a su antojo cometas y protoplanetas, haces de radioondas intermitentes y galaxias enanas, y también espirales, y elípticas e irregulares, y todo ello entre esquivo polvo cósmico, para todo seguir siendo nada. ¿Han creído alguna vez, de niños, en disparates tales? ¿Han sentido, egocéntrica farsa de protagonista sin papel, las represivas miradas del gentío secundario tras el brazo de la abuela inquietando? ¿Han creído lo que es sentir? Sin duda, era un niño demasiado despierto, en plena ebullición, y eso no pasaba, no podía pasar desapercibido ante los ojos de sus estacionarios padres, tan dormidos en el dinero del ahora, en el dinero del mañana, en el dinero del ayer, incapaces por tanto de sobrellevar una vida agotada más allá de los márgenes del beneficio material. Su madre, que era una jovencita rubia, delgada y afable, bonita de cintura para arriba, y de cintura para abajo, y de todo lo que ella quisiera, lo era, bonita y de nariz chata, chata también en sus conversaciones, que carecían casi de consistencia alguna, pero que eran lúcidas de planteamiento, lúdicas en sus vistas, luego harto estimulantes para su retoño inquisidor del mañana, que lograba de ellas exprimir un jugoso néctar de observaciones mal observadas y situaciones de puro baladíes henchidas, sí, de un significado, de un significado incongruente después del lento razonamiento: el soporte de su particular metafísica, pues, descansaba en sus blancas manos lechosas, en sus glaciales muñecas de esparadrapo, en sus pechos calcedonia moteados, en su barbilla de esfinge ebúrnea, en su pie corintio derecho, y era sobre esas sus piernas, y desde allí lo creía el niño, lo pensaba, descubrir el otro lado, el lado invisible del universo, el imposible lado, en las tan banales como imprecisas descripciones de su adorada madre, y la inútil verdad emergía, claro, en su más indigesta acepción, a través de movimientos que no eran más que movimientos, que ocultaban algo que él lograba intuir, pero nada más, sin rigor ni ciencia, una intuición pobre basada en el resoplar del viento sobre las hierbas, arañando sus cabezas. Pequeñeces sin color ni forma... pequeñeces que a cada vuelta de razonamiento se inflaban, elevándose, a grandes, enormes, gigantescas moles de piedra impenetrable penetrada por el influjo de los cuerpos, cópula estelar, criadero de cucharones galácticos, mediadores de la forma entre el espacio y el tiempo falsamente estático; por ende, con su padre pocas horas de tiempo fértil logró: el tiempo se estuvo quieto, se espació, puesto que entre ellos dos toda conversación (flácida conversión hacia la tradición: eso que has de hacer, luego) daba la más artificial de las vueltas, que no giros, no: esquivando siempre los baches más deseables (es decir, los encontronazos con un razonamiento digno de ser tratado, razonado, sobre la vida y el mundo, sobre algo), siempre a la búsqueda de una idealizada felicidad sumida en la facilidad de los tiempos, y que para nada coincidía con las ansias de conocimiento seco y abrupto de su pequeño enemigo, no aspirante a Edipo, pero sí punto primero de ella, que había sido suya, valga lo obvio, hasta que nació él, que era otro, pero que no se estaba quieto, ni al sol ni a la sombra... y que con el paso de los eones evolucionaba, iba evolucionando, hacia uno de los lados humanos más maduros (uno entre tantos otros, ambigüedad de base). Ah, y leyó, padres agotados al margen, de los libros que un pariente suyo lejano y fallecido le había legado y de cuyo nombre, escrito en los bordes superiores izquierdos de la primera página de todos ellos, aparecía siempre, siempre borroso: al principio, Platón, y algo después, lo que pudo de Kant, no mucho. Autodidacta, sin previa introducción siquiera, no fracasó por completo, mas tampoco triunfó: era un fracasado de vía estrecha, digamos, y que allí encontrara un soporte (aunque también una encerrona mientras descubría a otros autores que parecían querer decir lo mismo previa disposición de otros adornos) no significaba, no debía significar, nada alentador: de puro fácil era perderse, y aunque leyó de mediocridades sin firma ni forma, de no pocos libros de intereses varios disfrutó, y sin duda, los que más le calaron, los que más le hicieron ver las cosas negras, los que más, llevaban las firmas de Stendhal, Donne, Bunin, Leibniz y Cervantes. Claro que había otros muchos, claro que no los tocó, pero entre tanto, su condenada alma llegó a estar a salvo durante algunas pequeñas fracciones de segundo, casi la nada, dispersa, dislocada, disociada de sí misma: su alma, que no su cerebro, masa de pensamientos retorcidos. Y dado que su cerebro no era más que carbono, isótopo frecuente de seis protones y seis neutrones en cada núcleo, era su alma la fuente motora de algunos de sus más sublimes impulsos intelectuales, máquina irreducible y todopoderosa que movía los hilos invisibles de su sinrazón de existir. Buscaba en el mundo la entidad humana, identidad de especie, y no la encontraba: todo era bullicio enjuto, estupidez forzosa y caos de inercia, adjetivos otros. ¿Sería él acaso capaz de lograr establecer una forma de orden lo suficiente humana? ¿Podría un individuo en soledad como él salvar a la humanidad entera del lamentable curso al que iba abocada? Tan grandilocuentes, pretenciosas aspiraciones a más de uno le hubieran asustado, irritado o, sencillamente, dado igual. ¿Qué demonios pretendía tan inofensivo e insufrible crío en repugnante y continuada verborrea? ¿Qué pretendía el joven Karel? Nada... Vivía, eso sí, reflexionando, no rascándose los bolsillos en busca de...: que no todo era respirar: que no todo era beber agua del cristalino manantial del bosque: que no todo era correr tras las niñas de faldas cortas y trenzas embarradas que prometían ser buenas madres para el día de mañana. Que no todo era todo. Había algo más, algo desde luego invisible y abstracto, pero que estaba justo allí, ante sus ojos de indecente niño inocente. ¿Era inocente intuir mucho más que cien adultos juntos enjaulados en sus triviales asuntos de ahora y punto? Escuela de pedantes, a los quince años y un tercio agotado ya era algo más que un alma impura con dudas, ciertas dudas: era un idealista, sobre el papel y a tinta. Agua, Aire, Fuego y Tierra... Karel entre los elementos, y bajo la luna, sobre el mullido musgo del cementerio, elevando su vista a las alturas, allí era: era allí, repito, en donde en sus más tranquilizadores sueños viajaba: sueños mentales, materializados en un tiempo real aunque algo más dilatado, haciendo de los segundos medios minutos, fracciones desgranadas en el engranaje inoperante del tiempo humano. Tiempo de derrota, era solitario, silencioso y silábico: era uno entre cien, entre mil: era Karel y los demás lo tachaban de raro, de bicho raro, de aburrido bicho raro. Para los otros vulgares muchachos de su edad (no menos vulgares que él, cierto), siervos de la inercia dominante, de coleccionar cromos de famosos futbolistas y de robar los higos del huerto ajeno, su presencia era motivo de burlas ridículas, de comentarios ridículos, de ridícula moralina, populachera e repugnante moralina. Y para las jovencitas, para esas no menos estúpidas caritas largas tiznadas de colorete inapropiado, él no era más que él, ese niñito raro, un niñito mimado por su mamaíta que ya descansaba tras los muros calcáreos del cementerio, en paz, tierra: y así era que tras los muros del cementerio fue: la muerte de su madre le hundió en un profundo abismo de desesperanza; allí viajó en sus noches un día sí y otro también, bien soñando, bien caminando, para depositar el nuevo ramo de flores, arrancadas de los bordes del sendero, hasta la tumba de su extinguida madre; de su mano clarificó ese concepto de muerte, y en su agonía, que había sido larga, intuyó la respuesta última a las grandes preguntas que en mente tenía cada mañana al despertarse y sentirse vivo, de la frente a los pies, ante el espejo, y ya se tranquilizó, ya no le extraño lo que un día, de pronto, comenzó a dibujarse de otra manera, a saber: que él finalizaba la lectura de La Chartreuse de Parme, junto al recién atizado fuego de la estufa, templado el aire, acogedor todo, todo, todo hasta que ella, que bordaba a la luz de la ventana la que sería su última obra, un bonito juego de servilletas azules, póstumas, se lo dijo, a él, a él y no a otro: que estaba enferma, y que la vida le iba en cuestión de semanas; que era una enfermedad terrible, un cáncer irremediable, eso era, lo que se había apoderado de ella, lo que se estaba apoderando de sus entrañas, frágiles por humanas; que su cuerpo enfermo se iba... y así ante los ojos impotentes de su pobre hijo se fue. ¿Qué sería de él para el día de mañana? Por primera vez en su vida, Karel supo amar creyendo, y amó a su madre de otra manera, casi viendo a Dios, una luz: ella era algo más que ese vínculo de carbono simplificado que recorría su mente: era su madre, su mente humana, y nada más simple que una madre, más que eso. Lloraron juntos, por primera vez. Él apoyaba su cabeza sobre su cariñoso regazo. Ella, ella se deshacía como la arenisca ante el nefasto abrazo del agua traicionera. Él suspiró, ella también, y un leve soplido de viento no tardó en desbaratar la más inocente de las uniones... Bastaba uno. (Pero no conviene desnaturalizar, hastiar al lector con esta clase de detalladas descripciones sensibleras, pues ya podrá con escaso margen de error imaginar que lo escrito en mucho difiere de lo real: adornos inevitables a la hora de asumir el placer de narrar... Mas no es nuestro propósito alterar el devenir de los acontecimientos: la muerte de su madre fue un duro golpe: el primer gran duro golpe de su vida. Un golpe que le abrió no los ojos –pues de tanto llorar veía con ellos borroso-, sino el alma. Aquella extraña desnudez traducía su particular sensibilidad, humana, demasiado humana.) Hasta que unos meses después del funeral, el gusto por las artes llamó a su ventana. ¿Qué pájaros tendría en la cabeza? Extraña intuición, su vocación de artista anunciaba despegar de un momento a otro. Su vocación: La vocación. Pasarás mucha hambre, le dijeron todos sus familiares, menos su padre. ¿Sabía él de una vocación? Posiblemente. Aunque, eso sí, una cosa creía saber: tenía necesidad de algo distinto a lo que no era suyo... De pronto, amaneció, y aunque adulto por dentro, era joven y falto de experiencia ante la vida de aquí, la de abajo, lo que limitaba su capacidad de decisión, así como sus objetivos: no era práctico, y debía (decían ellos, sus malos consejeros empíricos) encararse al asunto, asumirlo con eficacia y demostrar al mundo el peso de su huera mediocridad. ¡Qué fruslería! Pero la vida era (y es... y será...) una finita fruslería de finitos competidores en el infinito círculo de la estupidez. Por tanto, aquella decisión, la de su vocación, terminó de concadenarse finalmente, y un significativo 7 de junio, con el miedo en los huesos, se enfrentó a lo de más afuera. Día significativo, ese día marcaba otra cosa, y es que era el día del primer aniversario del fallecimiento de su madre. El joven Karel partía hacia una ciudad que lo vería evolucionar desde un nuevo punto de arranque, mínimo, pero irrefutable, aunque quizá por ello invisible, y a buen seguro sin consecuencias, que cierto del todo no es que los grandes artistas empiezan siendo lo que son, una nada, y acaban sobrepasando en sombra a los más grandes reyes, papas y criminales de la Historia. Y la despedida en la estación de tren, que no fue ni muy fría ni tampoco muy emotiva, acaso predecible, se le quedó grabada en la frente. Abrazó sin convicción a su padre, besó a la abuela, y con el equipaje arrastras, subió al vagón: el número 5. El viaje sería largo, pensó mientras por la ventanilla: se le antojaba que no podría aguantar en aquél ataúd de hierro más de dos horas. Ataúd de hierro: esa era la definición que se plantó de golpe en su cabeza... No habían pasado siquiera cinco años desde el terrible accidente de tren que despertó su conciencia, y sus consecuencias (directas sobre el pasajero, indirectas sobre la opinión pública y nulas sobre aquellos que preferían quedar al margen del mundo, integrados en la profundidad del bosque, pero igualmente sometidos al caprichoso juego de la naturaleza) le llevaron a recordar el olvidado accidente; su recuerdo era nimio, apenas una fotografía en blanco y negro que había ocupado media página en la portada de un periódico de gran tirada (cuyo título ya se había difuminado por completo de su memoria) dispuesto sobre algún tenderete a la plena luz del día. A la plena luz del día, y sin más, quedó cegado. Era un blanco luminoso: el suelo de tan lejano día había amanecido cubierto de un espeso manto de nieve. Y de nuevo, las sombras. La locomotora se puso en marcha. Al principio le costó arrancar, pero no tardó en arrancarse del suelo. La fricción de las ruedas sobre las vías. El intermitente y muy molesto silbido de salida. La inestabilidad inicial. El cristal que separaba el mundo de adentro del de afuera: el calor humano enfrentado al calor del mundo. Infinidad de cuchilladas metálicas que desencajarían el rostro del viajero de a pie, volviendo rojizas sus orejas, amarilla la punta de su nariz y blanco escarcha el vértice del gorro negro que cubriría la sufrida testa. El paisaje comenzaba a correr. Miraba por la ventana y los rostros pálidos que la velocidad dejaba atrás se desintegraban en el aire. Por primera vez en su vida, en su primer viaje en tren, era capaz de sentirse más veloz que el tiempo, pero el desfile de imágenes ahogadas ante sus ojos no tardó en aburrirle, en abrumarle. Poste. Aire. Poste. Aire. Poste. ¡Etcétera! Y volvió la mirada al interior: los pasajeros que con él viajaban respondían al habitual y anónimo viajero de tren. Eran tres. El primero, con el que se tocaba las puntas de los pies, era un señor de bigote pronunciado, mirada esquiva y cuerpo desfigurado. Por su sexagenaria edad, y por lo ambiguo de su expresión, ese silencio acaso reflexivo, en suma, no invitaba a ser molestado. El segundo pasajero era una mujer de unos cuarenta años que parecía rezar al suelo aferrada a un bolso. El tercero, sin duda el menos y el más interesante de los allí presentes, era un niño de ocho años (posiblemente hijo de la mujer del bolso, aunque quizá nieto del sexagenario reflexivo). Ése era el nulo interés que tras sus ojos cerrados guardaba, pensó: carne recién salida del horno a la espera inesperada de ser apaleada. La cosa no daba para más, y contra todo pronóstico, pudo resistir las doce horas de interminable viaje que separaban el punto A del punto B, el cielo del infierno, o lo inverso. La clave: el sueño. Como un fósil, intento salir de sí, indiferente a los roces exteriores, a la sucia pesantez de la frontera, y al despertar, el tren ya se había detenido. Por la ventana pudo ver como la multitud iba abandonando la estación. En el patio de butacas sus tíos lo estaban esperando, matrimonio que le causó una sonora impresión. Él pasaba por ser ligeramente más longevo que ella, lo que ya era decir, pues ambos superaban en mucho los setenta. Sus pieles, arrugadas, oscurecidas por la tan manoseada pátina del tiempo, delataban un oficio sufrido al aire libre. Pero Karel quiso ser bueno por primera vez. Quiso, mejor, quería evitar cualquier juicio mental negativo para con sus tíos, mas no podía. Tan insignificantes dos seres sumidos en el más absurdo y desesperante devenir eran todo lo contrario a lo que él aspiraba no-llegar. Su ejemplo era un no-ejemplo. La negación de la voluntad en el servilismo más necio y degradante al servicio de... La dignidad humana sumida en las simas más profundas y aberrantes de la estupidez por modelo aceptado, llegó a musitar sin ser oído. Un insulto a la inteligencia que afeó su joven y blanco rostro varias horas de vigilia mal padecida. Se saludaron. Un intercambio de palabras superficiales y vacías, una mera forma de bien quedar, pero nada más, y de eso estaba seguro, pues le recordaba a la gente de a pie mientras iba camino de la escuela, en consonante preludio. Él, su tío, apenas hablaba. Ella, por el contrario, sí hablaba, y mucho, lo que irritó bastante a su invitado (muy docto en el arte de la simulación: una sonrisa media, dos parpadeos sí, uno no: aceptación en la repetición). El disco seguía a la aguja, la aguja al disco. Monólogos que nos dignaremos obviar, retrataron a la perfección a la imperfecta; y con tan planos parientes el diálogo en familia (es un decir) peligraba, y es que la señora, su tía, carecía de los sutiles encantos de su madre. Un revoltijo inconexo de palabras, de evidencias, hundía cualquier toque de falsa personalidad. Era el colmo del sopor, pero Karel, una vez más, se dejó llevar por las circunstancias y, resentido, tragó tierra camino de la casa, una edilicia carente del menor interés arquitectónico, un intento de edificio al borde de la jubilación, cuyas paredes de yeso enmohecido amenazaban hundirse de un momento a otro. El ladrillo, algo podrido, se mezclaba con trozos de madera carcomida, a través de los cuales hacían acto de presencia algunos cables de dudoso origen, así como alguna que otra tubería salida de la nada, fluir de agua salada, sin desmerecer, empero, de sus pobladores, gente de la peor calaña: agacho así la cabeza: sus ojos no habían nacido para ver amontonado tanto despropósito en un mismo plano, y significativamente, la casa, decían voces quizá-selectas, era una de las más “apetecibles” del barrio, por sus vistas, por su altura, por su húmedo abrigo de lana. De su habitación haremos una breve descripción: era cuadrada, de paredes desnudas y baldosas sanguíneas, con un catre hundido orientado al norte, una bombilla casi fundida suspendida de un madero del techo, y contaba (además, todo un lujo) con un escritorio (de tres tablas: una horizontal sobre dos verticales cojas) y un armario cuyas maderas albergaban una pronunciada costra verdusca a ras de superficie. Al entrar allí, Karel llegó a creer que “su” habitación era el bosquejo de alguno de los círculos infernales descritos por Dante. La atmósfera, densa, mezcla imposible de agua estancada y evaporada, más un profundo olor agrio que parecía venir de la pared más sombría, chocó bruscamente frente a su nariz congestionada. La indescriptible violencia del choque tuvo terribles consecuencias sobre su debilitado cuerpo, y a dos pasos dentro, cayó desmayado, al nivel del polvo y las arañas.

Y se encaró al asunto; en la primera línea de un nuevo párrafo, en el día primero del tan ansiado nuevo período, todo un asunto de vocación parecía justificarse solidamente: Karel quería ser pintor, quería pintar, mejor, quería llegar a pintar algo coherente sin desmerecer de sus anteriores antecesores. Mayúscula pretensión. Y ahora se preguntará el lector... ¿Y? Espléndida (por simple) pregunta. Sin duda, la respuesta aguardaría forjarse bajo la cáscara del lienzo, tablón o muro escogido... Lo que no es decir nada, pero sigámoslo; cruzó la calle, resbaló. Firmeza ante todo. Estaba sobreexcitado. El edificio al que se dirigía sobresalía de entre los demás. Buen presagio. Era una sensación molesta pero inevitable. Querer y no poder sabiéndose dueño del preciado don, y no por las buenas líneas que de niño desarrollaba sobre el papel en blanco, sino por lo otro, es decir, la inestabilidad de la persona sobre el campo de hielo, que aunque hábil con el pincel se sabe torpe en el andar, y cae rompiéndose la pierna izquierda mientras el más tosco e incapacitado de los mortales sobrepasa la línea de peligro libre del menor rasguño, sonriendo una grotesca muesca por eso de inquietar al caído, que ya está retorciéndose de dolor, mas el temblor estaba allí, yéndole de las muñecas en las manos al cuello, su cuello, contagiando tan extraña arritmia al otro cuello, el de su camisa arrugada. Muñecas de pintor. ¿Sería capaz de asumir la “realidad” del pincel? ¿Serviría su “voluntad mental” como “impulsora física” de aquellas manos torpes y soñadamente arteras en los momentos difíciles, con unos ojos críticos delante? Cerro el grifo de las vacuas aspiraciones y atravesó el vestíbulo, dejó los interrogantes en el paragüero y golpeó con los nudillos de sus dedos sobre la madera maciza de la puerta. Largos segundos después (trece...) se abrió la puerta. La oscuridad asomó al exterior, y tras ella, el perfil iluminado en sombras por la vela, un Rembrandt efímero captado de improviso: dos planos (sepia el primero, anaranjado el segundo), y un segundo de pose estática. “Pase, por favor”, murmuró la voz de la silueta, de la que no llegó a ver su rostro, pero de la que dedujo saberse cercano, ya que por algo era la sombra del maestro la que rompía en la esquina... Aquella admirable lección de sensibilidad le abrió los sentidos, cegándolo de lleno. La vista quedaba arrinconada, claro. Los sonidos eran determinantes. Las pisadas, sí, esas pisadas. La fricción de las suelas de los zapatos con el mármol. Una aproximación a la esencia de... (Excitado idiota, hipotético lector, ¿no escucháis al detalle la luz de la vela sobre el soporte de plata manchada? Escuchadla). El pasillo llegaba, y llegó, a su fin; ante el maestro y su nuevo alumno, el estudio del primero, del pintor, del artesano, del artista (las menos de las veces que le dejaban). Uno, dos... seis caballetes había en total. Dos ventanas de pronunciada verticalidad, y estanterías, y estantes, y hasta un estandarte recién barnizado con el crucificado a punto de... Olía a óleo, a yeso de pared vieja. Olía a tiempo detenido, imágenes congeladas, espacios irrespirables. Insignificante felicidad de artes mecánicas. Se presentaron. Se dieron la mano. Se miraron... pero no identificaron. Karel. Maestro. Uno al lado del otro, el otro al lado del uno, primer y segundo plano. Una hora a razón de un pago, de dos pagos, de tres pagos. Negocio resuelto, le dijo. ¿Y sobre las telas? Sobre las telas... ¡Emoción! Esa palabra era la acertada. Emoción... e idea. Hablaron larga hora y cuarto, y encendidas las inmediaciones de la creatividad, allí donde sus cerebros dejaron una cuarta copa de vino por secar, se pusieron manos a la obra. El uno a dirigir y el otro a digerir lo dirigido. ¡Qué crueldad! El maestro tomó paleta y pincel... y, mágico momento (el pintor ante la tela en blanco: la sombra detenida, instantánea, de un Vermeer), friccionó óleo y marta, y viajaron sendos elementos de la mano en el pincel hasta estrellar sus átomos sobre la rasposa superficie de la tela. El resultado: la línea verde, sobria, contundente y hasta permanente sobre el lienzo, tan mísera y tan efímera, por contra. La simplicidad de la naturaleza en la arteria de una hoja evanescente. “...los rudimentos del oficio requieren de dos cosas: de tiempo y de voluntad –añadía a su toque de pincel el maestro-. Dos cosas que nunca deberían ir por separado, en efecto”. Tenía tiempo. Tenía voluntad. Las tenía (o al menos creía tenerlas). Mas eran tantas las cosas que dejaba escapar... pero tras el discurso de la evidencia emitido por el maestro, ¿no faltaba acaso ese tópico invisible tan mal llamado talento? ¿Quién sabe? Desde tiempos inenarrables el talento requería del compañero contacto, lo que, vista su situación, no le hacía temblar, pero casi. Los tiempos del talentoso Miguel Ángel eran otros, pero los padrinos, mas con diferente traje, no eran sino los mismos: ese atajo de cretinos con cartera sonante dispuestos a darse el caprichito de encargar una nada a nadie por eso de... ¿y de qué padrino podría confiar el desdichado? Pero, ¿qué era sino el talento más que la síntesis de sendas ideas, tiempo y voluntad, enraizadas en el más abrupto carbono? “El arte y la vida van tan ligados”, pensó el alumno, que como entusiasta del carbono que era, sobreponía el arte por encima de la vida, y dado que en apariencia las dos cosas iban tan ligadas, ¿qué mejor que discriminar lo grisáceo, atroz y enojoso? La vida era gris, como el cielo que apoyaba sus rodillas sobre aquellas chimeneas cilíndricas que lanzaban... La “realidad” (en tiempo de comillas) entendida estéticamente, así las chimeneas entendidas como enormes ruedas de molino agarradas con dos alfileres a un violín desmembrado, y de fondo, un canario enjaulado, desplumado, y negro como el carbón. ¿No es un pasatiempo pasablemente divertido? Toda una reafirmación del absurdo: así como es la vida, así como fue (es y será) el simple acto de creer para crear. La jornada se cerró con una conversación silenciosa de media hora, sentados maestro y alumno frente al lienzo recién concluido y firmado del primero, en contemplativa asimilación de resultados. Era una composición abstracta, muy en la línea de los trabajos del amigo del autor, Serge Poliakoff. Formas geométricas, más o menos simétricas, de colores fríos y equilibrados: una armonía insípida algo alejada del talento rompedor de un maestro auténtico. ¿Y después? Después me invitó a dejarle solo en compañía de sus fantasmas. Y me marché. Y así lo hizo, llegado a su fin el primer día. Salió. El cielo estaba estrellado. Sobre el gris pavimento del suelo brillaba el agua de lluvia estancada. Sus pasos resonaban en la mitad de la calle. Faltaba esperar a que amaneciera. La cosa carece de sentido, somos conscientes, pero a falta de otro entretenimiento mejor lo seguimos en sus horas, y al primer día le sucedió el segundo, con más de lo mismo, por otra parte, ya que no sería hasta el quinto día: entonces tomó por vez primera y en el estudio en cuestión el pincel que le fue asignado no sin cierta inquietud por parte del maestro. Pocas horas de observación, más de inútil conversación. (Detalle tópico-ambiental: de fondo se escuchaba el Canon en re de Pachelbel). Tenía en su mano la pluma de su arte. La emoción, indescriptible, se contagió a su pulso, indeciso, y... su primera pincelada no fue afortunada (es decir, no del gusto del maestro, luego tampoco del suyo). Le faltaba algo, además de otras muchas pinceladas que diesen sentido a esa primera: nervio, o quizá calma, o las dos cosas juntas, pero a milimétrica distancia la una de la otra. ¿Tan difícil es conferir a una obra auténtica personalidad propia? “Bien, para ser la primera vez, puede pasar”, afirmó con rotundidad la voz tutora, tan arrogante y estomagante, que el alumno terminó por encogerse de hombros, ya que puso en ella toda su alma (es un decir), su nula personalidad al desnudo. Fue instantánea, pero también premeditada: había soñado por ella en numerosas ocasiones, y la tenía ahora ante sus ojos. ¡Qué decepcionante traslación! Lo que en su cerebro (mejor, en su alma) había relucido como toda una “obra de arte” capaz de hablar por sí misma, allí, ahora y aquí, ante sus ojos, ante sus nada inmaculados ojos, aparecía como el más frustrante de los arranques, la más censurable de las atrocidades; aquella trivial primera pincelada no le entristeció tampoco mucho. Enmudecido, se felicitó. “Bien, inténtalo de nuevo”, le dijo el maestro. Mucho mejor. Es cuestión de práctica. Nadie nacerá enseñado. “Tendrás que practicar con el pincel –proseguía el maestro–. Un buen pintor que se precie, que tenga oficio y sepa inquietar durante la ejecución de uno de sus cuadros, debe tener siempre presente que el pincel es su fuente segunda y última como artista. Estudia los movimientos, y advertirás el resultado sobre la tela. Estudia a Chagall, por ejemplo. ¿No lo lees? Pensé que sí. Bueno, pues en sus cuadros, incluso en los menos logrados, fluye un estilo, y todo fluir está en la primera pincelada, que es la que menos se ve... Por cierto, ¿ves la televisión? ¿No? No la mires. Pues lee a Chagall, pero léelo, y no descuides el amarillo”.

Su vida fuera del estudio del maestrillo pintor carecía de cualquier sentido: era, sencillamente un tiempo de perdida espera. Espera: terrible palabra que empapaba de recuerdos su almohada de soñador compulsivo; e intentaba dormir, pero no lograba dominarse y entrar en sueño, conciliando así debidamente la desidia de sus descentrados pensamientos. A oscuras pero con los ojos abiertos, en el silencio parcial de esa noche intercambiablemente urbana, distinguiendo sombras entre sombras, siluetas desfiguradas de un circo de variedades lumínicas bajo el filtro sepia de una censura... nada parecía (nada reseñable, a primera vista) desdecir ese hálito expresionista de vanguardia que en tan pocos detalles personalizaría un estilo (en pleno proceso embrionario) todavía fuera del primer bosquejo. Y de pronto, falsas aspiraciones, el crujido seco, desligado, de uno de los muelles de la cama: un ruido que por separado carecía del menor encanto, pero que a poco que lograse imaginar, y reunido en una secuencia de ruidos tales, podría en consonancia adquirir caracteres musicales, mas quedando en esa música esencialmente pobre y nada trabajada, víctima de la espontaneidad, falta de la menor inspiración y siempre mal acabada: su música: bella pero plana: su madre junto a la ventana, absorbida por la luz de su paleta inexperta: contornos de una mañana junto al estanque azul tinta que empapa el papel y atraviesa su textura sin arrepentirse de nada. Ahogados en la inerte substancia de un falso destello de inusitada brillantez. Ensanchando los estrechos cauces que ramificaban intuición y arrebato, era la música de ensueño que escuchaba las más de sus noches. ¿Podría algún día quitársela de la cabeza? No entre tanto, pues su imposible vida familiar, sentado a la mesa mirándose en la cuchara y acompañado de sus dos tíos era menos estimulante todavía que la nocturna, en la que, al menos, podía viajar a sus anchas componiendo “su música” sin ser interrumpido por la pareja de jubilados, sumisa y arrepentida de su pasado. Limitaba su campo de conversación a dos temas: la pasada guerra y la muerte de su único hijo, caído, precisamente, en aquélla: una de esas guerras absurdas sin título ni autor que forjan las cargantes cronologías de la falsa historia: esa historia a la que muchos irresponsables llaman, con gran y monocorde afectación, Historia. “Dimitri era su nombre”, comentó el padre. Historia, espera, curso y azar: cuatro palabras que de niño apuntaba insistentemente en su fina agenda hoy perdida. Palabras ocultas tras dibujos de aniquilación y hambrunas. ¡Había que “cambiar” la Historia! Y ante sus ojos aparecía uno de sus adorados ejemplos: el grande, el inigualable, el ejemplo imposible... Sí. Y al igual que él, ya habían sido otros muchos los que habían puesto sus ojos en tan inspiradora y enérgica figura, desde Julián Sorel midiéndose con Napoleón hasta el extinguido Dimitri el Caído. De las páginas del primero a las esparcidas cenizas del segundo había una ligera diferencia, pero, finalmente, un mismo fin... Las estupideces del hijo de mis tíos (Dimitri el Querido, para ellos, Dimitri el Guapo, para una mínima novia, y Dimitri el Caído, para mí) reincidían en mi nada particular visión de la vida: un grotesco atentado que únicamente cobraba un mínimo de sentido frente al lienzo, junto al pincel, a la sombra luminosa de aquella ventana de ocio profesional, frente a las primerizas láminas, copiando indiscriminadamente de los grandes maestros del Ayer. Dimitri era eso: un nombre escrito o pronunciado, pero nada más para mí. Lo que sus padres me contaron acerca de él no me conmovió apenas nada... No reivindicaré ahora sus mínimas hazañas (muy honestas, supongo, mucho más incluso que las de cualquier falso héroe popular mitificado hipócritamente por razones que siempre se escaparán del juicio razonado), las cuales, dentro de su nulidad, lo revelaban como ser íntegro... e incluso sabio (ese don innato que muchos insensatos creen tener y que casi ninguno necesita reafirmar). Un sabio de veinte años (¿siguen creyendo que los sabios son esos octogenarios atrapados por un ataúd tendido a la sombra de sus pies hinchados de gota y con varios libros de economía publicados a sus espaldas?). Un ser que había aprendido a leer a los ocho años (algo tarde, sin duda), pero que a los ocho y medio ya conocía a Shakespeare (o Sexpir, según la madre), a los doce recitaba de memoria fragmentos de El príncipe... y a los quince, sí, créanme (pueden creerle), a los quince, ya era un joven poeta, de escasa originalidad y poco felices resultados, con todo. A sus tres semanas de hospedaje en aquella casa de recuerdos oscuros, encontró en uno de los armarios un manuscrito de unas ciento cincuenta páginas escritas a mano por las dos caras y en cuya portada aparecía escrito el siguiente título, tinta negra: Poemas, reflexiones y segundos vencidos, por Dimitri X. Lo abrí al azar, y comencé a leer por la página 39: “Dices que de la sepultura no vienes, / mas de la tierra de tus ojos dudo, / una tierra seca y apegada, / toda la histeria que desdeñas, / pero a la que aferrado en cuerpo te sientes. // De tu boca en silencios me hablas, / y no creo entender nada, / pues si de esa nada acaso algo entendiera, / no me costaría entrever tu origen, / sepultura terrosa. // Replegado a tu lecho de duda, / contemplando a oscuras el aire que nos abraza, / no pido a Dios ni al diablo, / a nadie del mundo siquiera, / que comprenda nuestro vínculo. // Unidos de la mano nos iremos, / esa noche de invierno cualquiera, / al abrigo que tanto te llama, / bajo el cálido musgo sobre el que la cruz, / siempre clavada, despunta sus armas”. Pasé a la página 74, cinco meses después, y continué leyendo: “No es sangre lo que de aquí sale, / es la rabia reprimida de mi hermano, / el silencio del friso erosionado, / la lucha perpetua que siempre perdemos, / las cenizas de mi cuerpo esclavo. // Acaso la muerte silenciará mi habla, / y el tiempo de mí hará olvido, / mas en nada temo al mañana, / ese mañana de víctimas y verdugos, / un mañana que hoy amanece temprano. // Como la serpiente muerde su cola, / y al igual que la noche da paso al día, / nada espero encontrar en esa otra vida, / algo que valga buena dicha contemplar, / cuán el azul del cielo nada le es al ciego. // Y con la cruz del pecho colgada, / ajeno al hierro frío de la medalla, / en tierra fértil seré enterrado, / y del mismo modo que en vida fui utilizado, / también muerto seré explotado”. Etcétera en el camino. ¿Habría sido menos “feliz” en vida el inquieto Dimitri ganando el tiempo en otros pasatiempos? Poco importaba: pero ésa fue la primera pregunta que se hizo. Todo parecía indicar que... Pero algo más tarde, tras releer palabra por palabra los versos, encontró algo que antes le había pasado desapercibido: todo era un tosco elogio al carbono: “También muerto seré explotado”. ¿Literalmente? Estaba escrito, allí, en el inédito y redescubierto cuaderno papel cebolla, y entonces creyó ver su rostro reflejado, superpuesto sobre el de Dimitri, entre líneas, como un caligrama en proceso de gestación sin otra salida que la del aborto. “Nuestro hijo era especial –argumentaba la madre–. Él... vivía a otro ritmo. Sin relojes ni calendarios ni nada que marcase el tiempo. Para él el tiempo carecía de significado”. Lo aseguró su marido”. ¿Y han leído alguno de sus poemas?”, preguntó, a lo que la madre negó con la cabeza, el padre asintió, y con rudo conocimiento, añadió: “El alimento es el dinero, y no pretendas encontrar en esta casa una cuna de poetas, no. Aquí somos todos trabajadores de mano y no cantamañanas...” Como era habitual, la conversación terminó por degenerar hacia las muy habituales simas de inquietud de la casa, y de ellos, sus majaderos pobladores. Cansado, se puso en pie y, antes de cruzar el marco de la puerta, pregunto a su tía: “¿Conserva de él alguna fotografía?” Y le dijo que sí, que claro que la conservaba; su tamaño era discreto, cinco dedos por cuatro, en blanco y negro apagado, arrugada por los bordes y marcada en uno de ellos, el inferior derecho, por una línea gris de tinta vieja. Al maestro le gustó (la línea), y Karel, asumiendo el riesgo que ello suponía, pintó por primera vez un rostro apoyándose en una fotografía: esa misma mañana, dos horas después, un hombre con gorra que fumaba tabaco negro y decía no tener nombre trajo arreglado el gramófono. El maestro había comprado tres discos de segunda mano (dos de J. S. Bach y uno de Boccherini). Y aunque no había desenvainado sus pinceles todavía, la irrupción de Boccherini determinó que se arriesgase a pintar “alla prima”, tenso, a bocajarro, le dijo al otro; optó por un fondo más o menos negro, a pincelada compacta, ni trágico ni relajado, horrorizándose el maestro de inmediato: no, no era cuestión de abstraerse a hacer del rostro de Dimitri una sucesión de cubos-Picasso. Quería “trasladarlo” del blanco y negro al color, quería, simplemente, “trasladarlo”, en su más convencional significado. (Si para Leonardo el aire era azul, para Karel era gris). El gusto por el movimiento seguía en pleno auge. Las lecciones de Balla no habían calado hondo todavía (¿calarían hondo alguna vez?), y pese a su desconexión con las lamentables tendencias futuristas, optó, con resultados discretos, muy discretos, aplicar a su obra una cierta sensación de irreal e inconcluso movimiento: nada nuevo: ya insinuado con ánimo experimental desde los tiempos del obsoleto (pese-a-su-valor-histórico) Giotto. No nos detendremos en el proceso de elaboración de aquella tela, cuya creación estuvo sin duda condicionada por la música de Boccherini concentrada en el primer disco de segunda mano: pero conviene señalar un detalle: la nariz. “Destaca dentro del fiasco”, añadió el maestro. Ello motivó (en tres breves segundos) que reflexionase sobre la entidad artística de su maestro instructor, y la aplicase como única salida ante el tedio, que asomaba, mal disimuladamente, su garra izquierda: de la noche a la mañana, y por no mucho tiempo, pasó a ser otro imitador más del inimitable Kandinsky, mas con ínfulas... pero no nos adelantemos al curso de los poco estimulantes acontecimientos, y volvamos sobre la nariz: aquí debería haber arrancado el conflicto de esta historia. En una nariz: cinco letras: dos vocales intercaladas. A, de azar. I, de insulto. Orgulloso, Karel salió del estudio del maestro con su obra bajo el brazo. “Así sus padres tendrán un grato recuerdo de él”, pensó de nuevo mientras cruzaba una de las empinadas calles. En su ascenso por el negro suelo llegó a creer que su labor sería recompensada con algún pequeño detalle que a buen seguro aceptaría con las manos bien abiertas... (pero como ya habrá deducido el lector, las cosas no le salieron a nuestro ingenuo pintor tal y como al parecer esperaba). Los destinatarios se tomaron la más o menos solvente muestra de artesanía como un insulto. “¡Esa horrenda nariz!”, gritaba la madre encolerizada. ¡Cierto! Habían ofendido el nombre de su hijo, el nombre (Dimitri), que no el rostro (una sombra torpemente reflejada, en este caso). El tío tomó la iniciativa: empuñó un cuchillo de largo mango y afilada punta y, con todas sus fuerzas de obrero jubilado (dos años había ejercido en un matadero como desollador), clavó el vértice sobre la planicie pintada, poco empastada... Las puñaladas se sucedieron una tras otra hasta alcanzar el número de cinco. ¡Nariz! ¡Nariz! ¡Nariz! ¡Maldita nariz! Adiós imposible eternidad: Fin. (El sorprendido lector se preguntará por la razón de este efectismo rayano en lo absurdo. Pero, mal que pese, había una razón: Dimitri no era lo que aparentaba ser). Y el retrato: el retrato era una casi perfecta copia de la vieja y olvidable fotografía: era el retratado lo que no encajaba. Las apariencias habían empañado el cristal, ocultando el reflejo de lo que Dimitri había sido en verdad. Sus padres simulaban tenerle un cariño afectuoso, simulaban disimuladamente, ensalzando su memoria... Nada era así. Y Karel, que no era tan estúpido como aparentaba, lo advirtió de pronto: “Demasiado realismo contenido en tan logrado retrato”, pensó: su pincel había calado hondo... No, ¡qué iba a calar hondo! Aquel retrato estúpido era un puro catálogo de introspección psicológica carente del menor aliento humano: una nariz en primer plano, un par de ojos alargados, y ese rictus perverso, incluso demoníaco a larga distancia, y dos orejas salientes como aeroplanos, perfectos cartílagos de aterrizaje, y pelo, matas de carbón rayado, y cejas, puentes colgantes, y la frente, presumiblemente imperfecta. Mas a la elegancia extraña, cabía sumar la sonrisa, ligera, algo arrogante... definitiva en su indefinición. La (casi) bidimensional pintura pasó a ser tridimensional, no en mucho. Aunque no lo sabía, el tío había contribuido a “elevar” el trabajo de su sobrino en un peldaño hacia la categoría de obra de arte... Karel recogió los restos y, dado que su estado no era del todo desechable, decidió rebautizar su esfuerzo con el muy oportuno título de “Los restos del hijo apuñalado por el padre” (el título anterior era, si la memoria no nos traiciona, “Homenaje a Dimitri con nariz pronunciada”, pero esto poco importa). A medianoche, tranquila ya su conciencia, libre de ataduras vanas y cadenas caldeadas, colgó los restos en la pared de su habitación: de un clavo que, casualmente, despuntaba a trece pies del suelo. Allí se quedaría; no era extraño lo acontecido: el día le había resultado demasiado largo, demasiado insoportable: el día más largo desde su llegada. ¡Qué repugnante impresión!

Era día uno y el Círculo de Pintores de la ciudad abría sus puertas tras un cierre de siete años o así, y acompañó a su maestro, que por razones ideológicas (difíciles por absurdas de explicar) había sido invitado por el presidente de dicho círculo, no tanto un círculo, por ende. A su vez, el maestro tenía “derecho a invitar” por mano propia a un acompañante de su agrado, a lo que aceptó. ¿Cómo no iba a aceptar si todavía, tras seis largos meses, seguía bajo los dinteles de su modesto estudio? Entre tanto, sus conocimientos sobre el auténtico Dimitri, Dimitri el Oscuro ahora, habían aumentado considerablemente (documentos superficiales, palabras escritas al revés, una pluma vacía) sin sobrepasar los límites de la obtusa decepción, y para ello comenzó a bordar el trayecto desde el final, es decir, desde el cementerio: el propósito no era otro que enfrentarse a una voz ciertamente fiable: la lápida de granito, perfecto resumen de la fraudulenta existencia de todo ser de paso. El director del Círculo, un viejo artista loco medio esquizofrénico, en definición de sus colegas, alzó la copa en memoria de un amigo suyo fallecido hacía escasas semanas. (Un mes después la muerte llamaría a su puerta, a todo esto). Por eso, Karel sabía que para asegurar sus propósitos de investigador ocioso, debía, en principio, informarse de la existencia del cuerpo, masa de podredumbre, pero que sin duda le olería bien, no tanto por enemigo en cuanto por descubrimiento a tono con unos intereses que él veía difusos. ¿Estaban allí enterradas las huellas de Dimitri? “Nunca podré llegar a saberlo”, pensaba mientras el director del Círculo leía en voz alta un fragmento del Manifiesto de Boccioni, altamente inapropiado para el evento: realmente es extraño que el cuerpo de un caído en combate encuentre descanso en el cementerio del lugar que lo vio nacer. Sus padres mienten, Dimitri no puede estar enterrado... “¡Claro que sí!”, exclamó uno de los pintores allí presentes sin venir a cuento. ¡Mera casualidad! Parece que me están leyendo el pensamiento estos mentecatos. Y otra: “Maestro, ¿es ese inocente muchacho su alumno?”, preguntó una otoñal pero todavía atractiva mujer con aires de Blancanieves que ya había traído al mundo a siete. El maestro asintió. Karel se sonrojó: la decadente mujer amenazaba con sus ojos de pantera disecada. Demasiada insinuación. Templo de la Hipocresía. De sonrisas y palmaditas en la espalada. ¡Maldita nariz! (La orquesta afiló sus dedos. El director de la misma se sonó, valga nuestra inoperancia, la nariz, y elevó la batuta, comenzando a sonar la Primera Sinfonía del autor de La nariz.) ¿Estaría enterrado Dimitri? Cabía (cabría) esperar dar allí con sus huesos. Pero, ¿podría aguantar el impacto brutal y anestésico de la muerte seca? La parálisis del pensamiento abstracto al chocar con la crudeza del abrupto hueso dislocado, separado, amortiguado por la telaraña furtiva y el gusano. Piel arrugada. ¿Piel? ¡Hueso desnudo! Demasiado para los ojos de un artista sin arte. ¡Imaginación, baja de las nubes! Desnudos y descarnados todos somos iguales en rango. Montaña de huesos. Caldo de guerras. ¡Nutre el infierno de los de aquí abajo! El infierno de los que tragamos el polvo del camino, el infierno de los que hundimos nuestros tobillos en el barro cargado de leyenda: el infierno de los que perderemos nuestra sombra en el campo de batalla. Mas, ¿qué fuerza absurda e imponente me lleva a profanar en sueños la tumba del hijo de mis tíos? Desconozco su tacto, pero siento su brutal presencia. ¡Ardería en deseos por encontrar su sombra! Rastro de nubes e incienso desprendido sobre la cruz, matorral de espinas. ¿Obro según mi voluntad? ¿O acaso mi voluntad es pasto de la sombra enemiga? Tras horas de impúdica irreflexión, Karel decidió dar el paso, y bebió de su primera copa: dos días después pisaba el suelo del cementerio. Suelo de tierra húmeda (había llovido la noche anterior), campos de musgo y piedras de grosor inaudito, en cuyas cimas despuntaban cruces de mármol, hierro y madera (de roble, duradera al viento y a la lluvia, e incluso al rayo). Entre dos panteones un tanto abandonados, el enterrador fumaba un puro de lo más fláccido: se mostró accesible: en su oficio de congojas, habitando entre muertos, fue cordial con el viviente de ahora: “¿Qué quiere de este lugar?”, preguntó, sin dejar de mirar el barro. Karel movió la cabeza con certera afirmación; y quince minutos después ya estaban los dos frente a la lápida del caído Dimitri, parca en datos, demasiado incluso, así un poema en trece versos. “Tengo tres razones para seguir dudando. Primera: este desgraciado joven murió en una fecha ya lejana, y el olvido pesa. Segunda: la muerte le llegó en el campo de batalla. Tercera: las guerras son crueles hasta con los muertos, ¿cree que se molestarían sus compañeros en traer hasta aquí el cuerpo?”; y la respuesta: “Sí, puede tratarse de otro...” Era inútil seguir. Aquel sexagenario enterrador era un enterrador, sí, pero también un enterrador medio borracho, aferrado a su inconsciente botella de coñac (oculta en el bolsillo de la chaqueta), lo que agravaba inevitablemente las dudas de Karel. Una forma coherente de asumir un oficio (otro) directamente absurdo... Oír y no escuchar jamás, cierto. El enterrador desapareció entre las cruces, por lo que Karel se dio la vuelta y regresó sobre sus pasos, pero, de pronto, escuchó una voz de fondo que parecía dirigirse a él: “¿Busca a Dimitri?” Sí, a él se dirigía, y sorprendido, se volvió. De entre la gris vegetación y entre dos panteones negruzcos, asomaba una hermosa cabellera: la de una muchacha de escasos pero bien fugaces quince años. “No lo encontrará aquí”, continuó. Al oír tan vivas palabras, se acercó... “Me lo dijo mi madre. Estuvo prometida con él”, afirmó la muchacha. La madre estaba a escasos cincuenta pasos de allí, sentada en un deslucido poyo. “Mi madre”. Se saludaron con evidente distanciamiento: ella poseía esa extraña belleza que parecía salida de las páginas de algún poeta romántico suicidado frente al espejo: cabello rubio rizado, ojos tópicamente azules, nariz chata, pequeñas orejas, facciones marcadas, efímera apariencia. Su hija, a su lado, resultaba incluso indigna, casi el cruce entre dos razas opuestas e irreconciliables. Tenía treinta y cinco años, tal vez más. Vestía de negro. ¿A quién guardaba luto? Su habla era reposada. Sus labios, pintados de un rojo aciago, contrastaban con sus dientes, que aunque no muy blancos, lograban darle un atractivo particularmente mor(b)oso: “Así que se llama Karel. Es un nombre hermoso...”, dijo no muy convencida; y él: “¿Tan hermoso como Dimitri?”; y ella: “Karel y Dimitri encabezan la lista de mis nombres predilectos...”. Si de algo pecaba la conversación era de imprecisión... ¿Qué pretendía contarle sobre lo hermoso de dos nombres tan dispares? Karel optó por dar un giro inesperado (no muy afortunado, ciertamente). “¿Le dice algo el nombre de Dimitri... Shostakovich? Es alguien.” La mujer asintió. ¿Podía creer en su palabra? “Ah... Sí, me gusta la música, pero nada más...” ¿Debía creer en su palabra? “¿Y qué le dice el de Dimitri X.?” Pero no dijo nada, por lo pronto... Era su nombre María y acababa de cumplir los cuarenta y tres años: vivía con la hija de su hermano, que fallecido hacía escasos meses en un absurdo accidente doméstico, antes de estarlo el desdichado, resbaló por las escaleras para ya no estar, en esto... Media hora, que no era poco: María se mostró muy amable con Karel, invitándolo a pasar una tarde en su casa, y él aceptó agradecido... y llegó el día, la hora: en el momento, el tictac del reloj reiteraba la música de un silencio caprichoso que en manos del loro enjaulado podría cesar de un momento a otro; junto a la ventana que asomaba a la terraza, María y Karel tomaban un insípido café con aroma a posguerra. Comenzaron, claro, hablando de música. Parecía un tema apropiado, no ya por lo otro, sino por romper el hielo. Raras eran las preferencias de ella, que se centraban en Elgar y Weill, lo que agradó al impertinente, que aunque del primero tan sólo había escuchado hacia un año su Falstaff, del segundo sí podía hablar con mayor profusión... Prokofiev... Khachaturian... etcétera. Movieron la aguja: era el turno de los poetas. ¿Poetas? No le importaba su opinión, pero la escuchó: “Dimitri era un gran poeta, precoz y quizás por ello inédito, no un Rimbaud, pero casi. Por sus venas fluía esa savia especial de la que están hechos los grandes...” Mentira: para él todo lo bueno empezaba y acababa en un genio apellidado Hölderlin. “... y sí, aparentemente fuimos... novios. Y es curioso, el nunca me amo verdadera-mente”. La cosa ganaba en tensión, morosa tensión: “¿Quería a otra?” Pero las flechas salían disparadas cada vez más tarde: “No, no quería a ninguna otra. A él no le gustamos nosotras”. Desconcierto. “Comprendo”. Las piezas parecían ir encajando: la homosexualidad de Dimitri era otra (y a buen seguro la mayor) de las razones que tanto avergonzaban a sus medrosos padres; no por nada, en la página 107 de su manuscrito lo dejaba rotundamente claro al afirmar que “... nunca podría despersonalizar mi existencia al lado de una mujer: son animales demasiado prácticos: y tras la jaula del matrimonio se oculta el terrible mercantilismo, la más perfecta y represiva de las armas. A decir verdad, lo mío son los faunos”. “¿Y usted insistía?, preguntó con los ojos desorbitados, eclipsado de tanto descubrimiento. “Sí, me gustaba enfermizamente. No podía dejarlo tan pronto. Me había enamorado... sin duda, lo amé un tiempo, pero él...”; “Prosiguió su relación con usted, ¿no es así?”; “Claro, yo era el medio...”; “¿Había alguien más?”; “Mi pobre hermano...”. Karel no podía salir de su asombro, puesto que tan folletinescas anotaciones a pie de página comenzaban a inquietarle... “Pero su hermano tuvo como hija a esa muchacha tan guapa que es su sobrina, ¿no?”; “Con el tiempo cambió, pero no se escandalice. Esa muchacha tan guapa que dice es mi sobrina también es hija mía. Sí, fuimos hermanos, pero también marido y mujer. En lo que respecta a Dimitri, el infeliz no fue más que un desertor. Una cosa puedo asegurarle: él todavía vive. ¿Dónde? Prefiero no saberlo”. Lo raro, lo frío, eran sus labios, estaba en sus labios, incapaces de dar seña de sensación humana, libres pero cerrados, bien sumían su diálogo en un cúmulo de palabras que, dichas y en su gravedad, no guardaban correspondencia alguna con tan inexpresiva envoltura, especie de granítica losa.

La historia con fin le comenzaba a hastiar. ¿Qué podía importarle a él, pobre aspirante a artista sin nombre, el paradero del verdadero Dimitri? Su estancia en casa de sus tíos también le empezaba a cansar. De su maestro, artista de tercera fila en declive, sacar poco más podía: los rudimentos ya los había adquirido desde hacía tiempo con notable habilidad. Sabía que la última palabra en pintura abstracta la tenían gente de la altura / bajeza de De Kooning o Rothko, entre otros no menos llamativos y rentables, si bien el resto apenas le interesaba: bien existía un desfase temporal y estilístico atroz, bien eran tendencias ajenas a su presumiblemente estudiado que no asentado “pensamiento estético” (francamente mal llamado, inmaduro, condicionado por lo último); por tanto, el sopor del mimetismo cobraba formas reiteradas: y reflejó sus improvisados golpes de inspiración en su primera obra personal, salida (eso llegó a creer) de su propia voluntad. De su primera (y única) etapa, su título era “Línea azul”. Y era. Sobre “Línea azul”: La totalidad, de extremo a extremo, había quedado reducida a una mínima expansión. La vuelta al carbono era el tema de infancia: un juego de sombras monocromas, entre el negro “lápida” y el gris “aire” (la imprecisión es la definición más precisa)... Y aunque mi soporte fue la música (cada golpe de pincel estuvo condicionado por la intensidad musical), no me dejé llevar por la “manera” extendida: no quise dejar al descubierto ningún esbozo de mi personalidad (¿acaso era vacío por dentro?) y sí manifestar, por primera vez en mi repertorio inicial, que las formas de la naturaleza convivían en el más artificial fragmento de nuestros sueños... y poco más; un elogio al carbono, título de uno de mis posteriores poemas (página 12 del manuscrito “Devenir”): sobre “Elogio del carbono”: ni creaba, ni destruía: otra inconsistente y disparatada muestra de la escritura improbablemente automática de su transformador... “De la música a las notas en el aire, / arrítmica marea de absurdos, / causas y efectos tras un nicho de oculta transparencia, / de infortunada, de ignota, existencia, / sometida al dios carbono. // Del infrarrojo al ultravioleta, / del orden y del caos, / sobre el plano la fuga del punto, / la justificación del movimiento, / la ética de mi línea. // Y un todo intransferible, / rastrero y evidente, / dentro del laberinto incoherente del Todo, / sustentada nuestra figura, / por medio de esos huesos que soportan nada. // Ya de carne nace el día, / y al morir a la vida gritan, / atroces partículas en el vacío, / tiempo suspendido en sí mismo, / fluido de especies mañana extinguidas. // Bordes de locura y muerte, / valles de pesantez e ingratitud, / furtivas laderas de amoniaco, / y bajo mi mano de esqueleto, / el implacable, absoluto, destino. // ¿Espero de ese algo la llave encontrar? / Tengo frío en las manos, / calor negativo se impone, / mas miro al reloj y pienso, / ¿siento?”. ¿Y qué debía sentir? Había respondido a su fogosa llamada. El resto del manual, las páginas del prologo, así como la lección magistral, no habían llegado a sustraer de su alma el divino néctar de la espontánea e inspiradora fuga contemplativa. Uno y Todo. La tela, espejo de contrastes, desdijo su camino a seguir. Ni en sus mejores sueños hubiera podido asimilar tanta vanidad. Llegaba así, inminente, la hora de la partida: un encargo llegado desde muy lejos (que no podía interesar al maestro, saturado de encargos acaso menores pero gratamente lucrativos) determinaría el destino de Karel: un destino que apuntaba al frío nordeste. Casi un viaje de aventura medieval: al día siguiente, y tras un cierto malestar matutino, abandonó el estudio: la línea parecía haber encontrado su camino fuera del soporífero plano. “Es cierto. Ya has adquirido los fundamentos –afirmó el maestro, benévolo-. Y un último consejo: asume el encargo con profesionalidad, pero sin convicción, y no esperes ir más allá, pues ellos no te dejarán. Con el tiempo lo entenderás. Son gente burda y sin ningún planteamiento artístico. Pinta ese retablo y lárgate”. Iba a ser su primer trabajo profesional, nada más, una irrelevancia que hundiría sus encantos en la experimentación con ciertas iconografías esencialmente anacrónicas, de aires casi góticos. La convención más obvia limitaría cualquier brote de inspiración ahogado en la mimesis de lo ridículo asimilado. Recogió, pues, los útiles, abrazó al maestro y, tras escuchar unas breves anotaciones sobre el talante del buen viajero, se despidieron. No repararía el maestro hasta dos horas después que su alumno le había dejado sobre el caballete un pequeño regalo: su “Línea azul”. “Dios es bello y ama la belleza”, musitó el maestro ante la tela, nostálgico amante del arte musulmán que en sus años jóvenes estudió. (Con el tiempo acabaría por colgarla junto a una de las ventanas... pero el tiempo también terminaría por desvirtuar aquella línea; quizá en un futuro pasase a llamarse “Línea gris”.)

El individuo enfrentado al mundo tenía prisa por abandonar la ciudad. Cruzó las calles con su maleta hasta que llegó a la casa de sus tíos. Ya no pensó en nada. Sus ojos ardían alegres al saber que en breve dejaría tan horrendo nicho, pero el nicho ya no parecía tal, y se despidió de él. Ella había marchado a la casa vecina a por algo de sal y unas aspirinas... Quizá fuese mejor así. Al fin, salió por la puerta de entrada, la puerta grande, la única puerta que tenía abierta, y no volvió la vista atrás, pero antes de dejar tras de sí la ciudad, en un arrebato de pasión inconsciente, fue a visitar, por última vez, a María: el recibimiento fue cálido, y satisfizo con diferencia sus expectativas: hablaron, rieron, e incluso se besaron (no llegaron a besarse, con todo): sellaron así una amistad sincera y duradera por intemporal en la ausencia. Y antes de despedirse, añadió a su proyecto de pintar aquél remoto retablo otro mucho más intrincando: juró que daría con las señas / huesos de Dimitri: “Mientras arrastre su manuscrito... lo buscaré”. ¿Para qué necesitaba buscarlo? ¡Qué absurdez! Pero siendo palabra de Karel... ya se verá... y ella no le reprochó nada; así eran las pasiones humanas: obstinadas, irracionales y rimbombantes, difíciles de segar en el momento oportuno, imposibles de tumbar por inexpugnables después. Y marchó con el tren de las cuatro y media, solo, sin otra compañía que la de sus recuerdos, destellos de luz en medio de un mundo sombrío. Subió al vagón, el número 5. Un círculo parecía cerrarse: se estaba cerrando, y tras ligeras vibraciones de indistinta procedencia, la locomotora arrancó con fuerza. Cerró los ojos. En su segundo viaje en tren optó por dormir desde el primer momento, pero la voz de un anciano se lo impidió: “Fue el viaje más largo. El espacio de que disponíamos dentro del tren era muy reducido, un auténtico foco de infección que pronto comenzó a causar serios daños entre los más débiles. Pero en el campo era mucho peor: allí la gente moría por decenas, y el hambre, el hambre era...”. Abrió los ojos: no había estado allí. “¿Y qué era el hambre?”, preguntó uno de los pasajeros con insistente impaciencia. El anciano había detenido su habla y ahora contemplaba a Karel, quien, intimidado, se le adelantó: “¿Nos conocemos?” El anciano tomó aire. Él insistió en su pregunta. El anciano se disculpó: “Le confundí con otro”. Luego siguió rememorando su pasado: “Decía que el hambre nos estaba matando, y también el frío. Allí perdí a mi hermana y a varios amigos, y me robaron la bolsa. Logré sobrevivir, aunque no me hubiera importado mucho haber perecido allí también, en compañía de los míos...”. Un viajero molesto alzó su voz: “Eso es absurdo. Habla por hablar”. Pero el anciano se mantuvo sereno. Su rostro irradiaba seguridad. ¿Sería acaso una prueba de su talento en la farsa de inventar tremendismos? “Créame –continuó la monocorde voz del viajero-, yo he sobrevivido a una guerra, y uno sólo puede pensar en la muerte...” El anciano lanzó una carcajada, y con voz ronca, añadió: “¿Y a qué guerra si puede saberse ha sobrevivido usted?”. Al final, Karel acabó por quedarse dormido. En su pesado sueño (de un cansancio acumulado varios días atrás) retumbaban únicamente tambores perdidos en la distancia... La selva brasileña: el tercer suplemento de esa revista: al pie de un banco, en el jardín de la primera esquina... (La continúa fricción de las ruedas con las vías se traducía en un molesto cosquilleo que atravesaba el soporte del asiento del pasajero para morir en su cuello. A la primera hora de viaje el molesto traqueteo pasaba desapercibido. A las dos horas evolucionaba hacia una molestia más profunda que, poco después, se convertía en señero dolor). No pudo resistir más aquellas inefables punzadas y despertó, incorporándose: fue tan brusca su reaparición que los demás pasajeros cesaron sus banales actividades para mirarlo con inquisitiva parsimonia. No tardó en volverse a sentar. Y de entre todos los ojos, los del hablador anciano superviviente eran sin duda los que más le intrigaban... Por un momento llegó a perder el sentido del tiempo en aquel agobiante vagón de tercera... Nada y nada, que tras los cristales empañados se adivina el paisaje: una inmensa planicie de cuya estéril superficie asoma algún imprevisto manojo de hierba seca, muerta seguramente a los pocos días de sentar cabeza en tan esquivo mundo. La pisada del hombre se adivina más allá, tras algún poste inclinado. De vez en cuando, y muy a lo lejos, de entre la intransitable inmensidad, puede el viajero con mejor vista percatarse de alguna cabaña por cuya chimenea hace su aparición el debilitado humo nieve de alguna estufa... Nueva parada: tres pasajeros bajan del vagón. Mira a su alrededor: él, el anciano de antes, y una mujer vestida de negro y con una bufanda cubriendo su aliento. La temperatura, atroz, y la máquina arranca de nuevo. El anciano se ríe de algo, quizá de sí. Karel saca el manuscrito de Dimitri y comienza a leerlo por la página 15: “... lo que hizo de mí, viajero desprevenido, el mejor de los cebos”. Punto. Se siente acorralado; aquellos dos extraños seres le inquietan no tanto por su rotundidad física, nimia, por cuanto su inclasificable estado de ánimo. Vuelve su vista al texto: “Creo que no es conveniente...”. La brusca voz del anciano interrumpe su absurda lectura: “¿Contra qué lee?”. Cierra apresurado el manuscrito. La pregunta del anciano le deja frío. Respuesta evasiva: “Hace frío, ¿verdad?”.

El anciano comenzó a reír de nuevo. En efecto, hacía frío, tanto que Karel siquiera pudo sonrojarse. ¡Ridículas palabras de ignorante niño nuevo ante la ruda vida concreta! Y la risa insistía como la mayor de las más infantiles amenazas. Harto asqueado, Karel desvió su mirada del tan aborrecible personaje y se detuvo en la mujer vestida de negro: le recordó a María, acaso por ser mujer: algo decía que su nombre no era Julieta. Pero al levantar ella sus pestañas y responderle con otra ambigua mirada, todo quedó suspendido en el aire, y durante ese breve segundo se miraron fijamente... La brusquedad de la fricción tocó tierra. El segundo breve fue seguido de otros segundos seguidos de... “Y bien, ¿a qué se dedica?”, preguntó de nuevo el anciano, apagada ya su maléfica (e incluso profética) llama. No pudo reaccionar: por su cabeza fluían otras aguas, turbias y estancadas en su fluir. El anciano repitió la pregunta. El preguntado salió a flote: “Pinto”. Y el anciano: “¡Vaya sorpresa! Sabe, yo también tenía un hermano pintor... El pobre murió al caer de un andamio muy alto. Pintaba fachadas. ¡Y las pintaba blancas!”. (Blancas fachadas: Fachadas blancas: Morir sonriendo a la muerte, pues la muerte no va de negro, viste blanca.)

Bajó del tren. Un apelmazado viento gobernaba con sobria decisión la veleta de la estación, pero apeó su equipaje y pasó al despejado patio de butacas: entonces la locomotora comenzó a arrancar de nuevo, y apenas se volvía para mirar al tren perderse en lo oscuro, una mano arrugada se posó sobre su hombro izquierdo: era el jefe de la estación, único mortal del intransitado lugar. “¿Necesita algo?”. Él duda, pero acaba por dejarse embaucar: el embaucador sonríe (el doble fondo de tan obscena sonrisa, de puro caricaturesca, rozaba la menos sutil de las pornografías: ni un niño saldría en ella). Y lo demás. Minutos después: la población (cuyo nombre olvidaremos en beneficio del viajero interesado) a la que había llegado no carecía ya del menor sentido artístico ni urbano, sino que tampoco albergaba cualquier otro sentido que el del absoluto caos: sus grotescos pobladores eran gentes directamente impresentables (un cariñoso adjetivo) que, bien bostezaban en mitad de las calles arrastrando por el suelo las bufandas, bien paseaban sus voluminosas apariencias mientras manifestaban al aire sus nimiedades (otro adjetivo cariñoso)... Un deplorable y nauseabundo infierno de torvas viejas que lanzaban a los gatos desde sus balcones restos de repugnante carne alterada, podrida de dos meses... y niños, muchos, hediondos e irreflexivos, animales todos, críos que... ora se tiraban piedras los unos a los otros emulando a monos encabritados... ora insultaban mediante indescifrables bramidos a algún indefenso tullido que a buen seguro maldeciría a la madre que lo trajo al mundo desde su arrastrada silla de ruedas. ¡En buena hora había llegado! (Que nadie se lleve a engaño: la última ambición del autor ante su trabajo no es encontrarse así mismo: los menos son fieles para sí, ¿y dónde están hoy los menos? Él no podía estar entre ellos, puesto que no estaba muerto: no podía: tampoco quería darse la muerte. ¿Odiaba tal vez a la humanidad plena? Ni el individuo podría escapar de la quema. No era un pintor: era un músico de la forma, y la forma había sido tan pervertida, no pervertida, sino reajustada a otras formas más lamentables en su disformidad). El trabajo prometía ser mediocre: las limitaciones de los presupuestos se imponían (con la inspiración que no tenía no debía contar, con el bien material podría conformarse soñando algún día). Ojos por pares lo aniquilaban desde abajo. Y él, allí arriba, sobre el único y temible andamio, se jugaba, a cada paso que daba, la vida, ¿o no es esto la vida? ¿He de conformarme con tanta mezquinad sobre mis hombros? ¿Tengo que agachar mis firmes propósitos para complacer a las pútridas mentes que me rodean? ¿Bastará con vender mi mediocre alma para que luego ellos hagan de mí todo despojo? ¿Soy tan insignificante que mi presencia es motivo de conflicto? ¿Podría escabullirme sin padecer las consecuencias de un trabajo mal acabado? ¿Preguntas con respuesta? De poco serviría profundizar en ellas para alcanzar un propósito clarificador, se decía mientras adhería una lámina de pan de oro al borde del marco... Tenía dos opciones, dos sendas, a escoger una... Ahora bien, desconocía el final de ambas, y ese final, esencialmente, era el mismo para dichas dos: el negro, la noche, la ausencia, ni color ni línea, sin relojes ni calendarios. ¿Demasiado predecible para resultar convincente? Sí, pero ése y no otro es el mayor misterio de la existencia: alzar las manos en lo alto de la cima de la montaña, mirar abajo y, descubrir, desesperados, que no hemos siquiera cruzado el río, aquí, en lo más llano del valle, ¡todavía! ¡Desesperación! Siempre clavas la daga de frente, segura, firme sobre tus espaldas... Karel siguió pintando y perdiendo el tiempo... y mientras tanto, a setenta kilómetros de allí, en diagonal limpia... caía empujado al suelo uno de tantos: Dimitri; que ya no era Dimitri el Caído. Seguía vivo, y se levantó. Miró a sus agresores con un aire entre altivo y erudito, y sin abrir la boca marchó calle abajo. ¿Valía la pena encararse con los insignificantes lugareños que tan abiertamente desdeñaban sus primorosos gustos? Al final del camino torció a la izquierda, atravesó un húmedo patio, subió el primer ramal de escaleras y se detuvo frente a la única puerta a la que tenía opción. Pulsó el timbre: no funcionaba. Golpeó suavemente la puerta con el puño, y no tardó en abrirse: un rostro cadavérico e invertebrado asomó a la luz. Dimitri sacó su pistola y disparó a la oscuridad: fue la oscuridad la que disparó sobre él.

Matar no era un arte, sino una mecánica cuestión de estilo, de no-estilo, los matices de una forma deforme, así lo que trasladaba al papel las escasas noches de apagada inspiración que a mano tenía para modelar sus impetuosas acciones convenientemente idealizadas. Retórica mustia. De día nunca firmaba, pero era de noche cuando ocultaba su nombre tras el otro, el Otro, el más socorrido, el de Adriano D., el del autor de novelas baratas (relativamente caras, sin duda) tan visto por de entre los tenderetes del metro. (Pero no crea el lector que Dimitri era tan apasionado que mataba para inspirarse así en sus escritos nocturnos, mediocres y deslavazados todos ellos. Ni piense tampoco que dichos escritos le reportaban una fuente satisfactoria de ingresos, muy al contrario. En apariencia, Dimitri mataba por amor al vil metal, y poco más... Todas sus inútiles ambiciones literarias se habían esfumado, de pronto, bruscamente, anulado por el sucio mundo que le tendía la mano de la hipocresía. El joven poeta de antaño era un irreconocible despojo: los restos de los restos de lo que pudo ser y no fue). Pero él, Dimitri / Adriano D., ya había creído olvidar enteramente su pasado, y aunque no buscaba felicidad, sí quería vivir el día a día rodeado de comodidad-y-apoyo-material, sin mayores aspavientos, mal pese la quizá-moral. A sus cuarenta y nueve años de edad, el mundo ya no le parecía ese desaliento prolongado de carta sin destinatario en la más rutilante de las inmundicias: su pensamiento de adolescente abstraído había dado un giro definitivo: ya nada parecía preocuparle, ni en el fondo ni en la superficie plana de su papel. Lo que le importaba, pues, era obtener el tan babeante beneficio material, y era el dinero, ese implacable nuevo dios verdadero, valga la reiteración, el que condicionaba de manera irremediable todos y cada uno de sus burdos actos de amor a la in-existencia. Escena: y tras el crimen horrendo, la salvaje aparición de la víctima: sus restos suspendidos en el aire: oquedades de imperfecto vacío, ligaduras de cobardía, calma imposible sobre la superficie de la cama. Paradoja de paradojas, nunca podría quitarse de la cabeza aquellos ojos prendidos de rabia congelada en el mismo instante de abrazar la nada. Nunca dejaría de imaginar aquellos ojos inmolados en beneficio de su nada. Su conciencia no estaba tranquila. Nunca, pese a que creyese lo otro, lo estaría. Ellos, sus caídos, sí. Él, Adriano D. para sus lectores, Dimitri a secas para los pocos locos que lo olían, carecería de nombre en el panteón de los héroes, pero a buen seguro podría disfrutar de la eterna eternidad ardiendo en la pira de los desposeídos, bajo la recta vara del diablo, su íntimo amigo, compañero de tantos otros. Orientó su pistola al bolsillo, y tras dos segundos de prolongada suspensión, la encajó. Ante él, allí seguía el cuerpo desplomado, despojado de su apariencia, liberada ya su alma. No eran esos momentos de reflexión, y marcharon sus piernas escaleras abajo... Llegó y se tumbó sobre la superficie de la cama. Las mantas apenas estaban limpias. No le importaba: ni le importaría mañana: ya nada le importaba: había matado de nuevo. Y su diestra, la que portó la pluma antes del alba, la que enraizó a su piel el arma, ya no podría regresar al interior, guiada por la voluntad de su cerebro, agotado, indiferente ante las viejas historietas hijas de la mente desprevenida del mejor del peor de todos los lectores faltos de imaginación. Para no contar nada, ¿valía acaso la pena seguir azuzando sus inconsistentes fantasías idealizadas de la aleatoria vida remunerada que le imponían sus tentadores dueños? Su vida hasta ahora había sido incierta, perniciosa y relegada al más extremo de los bordes sucios de la última mesa: la mesa del fondo, la intransitada, la olvidada y, finalmente, apartada. Se esforzó, y ya puesto en pie, marchó a la mesa, bajo el flexo, papel a mano y mano a pluma, inspiración nula. Agarró el tubo de tinta y pensó, y siquiera comenzó a repensar, goteó una circular esfera negra detenida entre el tiempo y el espacio, flotante en el abstracto vacío molecular del aire. Mustia retórica. Nada. Nada quedaba por (d)escribir. Sus actos, sus indefinibles movimientos, no podrían encontrar un buen traslado sobre el papel cuadriculado. ¿Acaso una partitura virgen, de doncella? Mas no sabía de música, luego la intuía. Era una música estridente, reiterativa, simplemente minimalista, tan fría como el cañón de su pistola, resplandeciente, centelleante en sí misma. Era demasiado, pero no suficiente, nunca lo era. De ahora en adelante sus páginas escritas se las llevaría el viento... ¡Al diablo con ellas! Y aunque antaño sus reflexiones le reportaban un cierto aire a libertinaje superficialmente entendido, una mera escapada por el valle de los gigantes, el mejor de los consuelos para el peor de los anzuelos, ya nada sería como antes, puesto que sus buenos días habían hundido sus descompuestas raíces en el más abrupto y pedregoso de los caminos, de lo menos fértil y ajustado: las sendas más inexploradas, los manantiales más puros, las arboledas más compactas e incluso las cimas en las cumbres más nevadas, todos esos espejos carecían de una entidad definitiva: eran paisajes desconocidos para un alma que creyó ser bella buscando un paraíso útil y, en su caída, sobre la copa del árbol maldito, se posó, sabrosos frutos cató, y en el engaño, finalmente, agonizó. Un irrespirable aire descendió del techo. Le dolía la cabeza, los huesos, los ojos, sus ojos. Dejó la pluma a un lado y marchó de nuevo al lecho. Sobre la superficie comenzó con su mano impía a frotar el rostro de la compañera almohada: era bella de no verla en verdad: sentía los algodones de sus dientes, la cremallera de sus labios, la rugosa porosidad de su marcada tez. Tan bella era que acabó por dormirse... Pero el sueño acaba nada más comenzar, y una hora fue suficiente, dos... El fantasma de la víctima apareció, amortajado, con una sonrisa en los labios, esquiva y pendenciera. Perdería el combate. Iba a perderlo. Debía perderlo, mas despertó, al fin. Bebió agua abundante, agua de la del grifo, después de todo, con su sabor a rata muerta. A falta de colonia, se lavó la cara: necesitaba más agua, más todavía para salir a nado del abrasador fuego de la cuerda: y un fuego anquilosado, que todavía sentía punzarle los nudillos de su diestra. Se miró al espejo: allí seguía, ¿para cuánto? Eterna pregunta: ¿Qué quedaría después de él caída una vez su frágil envoltura? ¿Qué quedó de ellos? ¿He de creer la vieja historia que separa a buenos y malos en el momento último, tras ese Juicio? ¿Deben ser mis obras objetiva-mente buenas para comulgar con el bien común que aplaudirá la humanidad apagada mi existencia? ¿Serviría de algo creer ser dejando de existir? ¿Puedo pagar con el suicidio el sufrimiento de unos pocos que desconocen mi nombre y gritan venganza generalizando lo particular? ¡Estúpidas sinrazones que no llevan a parte alguna! Sesudo seudo-filósofo con pistola. Un extraño placebo de cariz sexual encendía los hasta hacía pocos minutos inoperantes filamentos de su cerebro: no era nada nuevo, sin duda... Ya desde las gestas de la Humanidad, la yuxtaposición placer-muerte había tenido sus hábiles precursores que, sabiendo exteriorizar sus impulsos en actos de violencia cruel y autocomplaciente, lograban edificar casualmente una visión distorsionada de la historia proclive a confundir el fino capricho de un cruel con el curso de un pueblo no por anónimo no menos cruel. Los Monstruos abundaban entonces en su más cándida acepción, y vivían, sin ser molestados, y eran monstruos y nadie se lo reprochaba. Monstruos que fueron niños, niños que juguetearon en el regazo de su madre. Monstruos que creyeron ser más de lo que en verdad eran, que escribieron con sangre una línea en un párrafo de un libro de tantos otros libros en el curso del tiempo. Monstruos que escindieron su condición de tales perfeccionando la argucia del crimen de manos amigas a manos enemigas y para ellos del todo iguales. ¿Y qué quedó de ellos? Pero la diferencia era mucho más apocada: ni él era un Monstruo, ni podían en el curso del tiempo tener cabida nuevos Monstruos, a la antigua, efectivamente. Así, tras las obvias, desequilibradas reflexiones, creyó volver a su pasado infantil, y también juvenil, e imaginó un cuaderno no muy grueso sobre el que solía las noches de incierto viento plasmar sus ideas mediante poemas, aforismos y líneas sueltas sin nada que ver ni ocultar... La nostalgia le invadía. ¿Había bebido? Ya no recordaba nada, mas recordaba más allá, años y años dejados en el tintero de su otra pluma, la Otra, la que podía contar algo sensato sin necesidad de recurrir a la vieja elipsis, sin buscar la necia decisión de entretener a un auditorio sin alma ni corazón. Por unos instantes creyó ser una bella persona, pero un Monstruo como él no lo era (pensaba, al menos)... luego la diferencia era mucho más apocada. Sí: conocía todos los finales moralizantes a los que podía desembocar una historia... pero no la escribiría él, y se durmió, creyó dormirse; no así, se vistió y salió a la calle más loco que de costumbre, más asqueado de todo, casi buscando la muerte, casi tocándola de la mano, arrollado por alguna máquina, cerca del borde, en el asfalto, por algo. La frescura nocturna le resultaba agradable: le iba a la cara: le iba y le venía: y sonreía a la oscura profundidad del fondo. Zapateaba el suelo: y sus suelas no se resentían. La noche le hacía sentirse bien. Saltaba y saltaba: y reía. Todo era un juego, otra vez. ¡He matado! Por la sangre de mis venas corren ríos de fuego transitados por peces de oro. Pensaba poco, pero sus pensamientos no eran lo suficientemente arbitrarios como para caer en el más patético de los desvaríos. La lucidez era otro espacio: lo suyo iba camino del nicho, pero entre tanto, ¿qué debía hacer entre tanto? Medianoche, a cinco minutos. Entró en un viejo cineclub que parecía salido de un sueño (no por nada, se llamaba “Insomnio”). Era un lugar húmedo y desierto, relativamente acogedor. Su catálogo de películas no era desdeñable: “sabe a gloria”. En la sala de la derecha pasaban Procès de Jeanne d´Arc, de Robert Bresson; entre tanto, en la de la izquierda iba a dar comienzo la proyección de I Shot Jesse James, de Samuel Fuller. Y aunque entre Juana de Arco y Jesse James distaba una cierta sombra, se decantó por tomar el pasillo de la izquierda, acaso motivado por los cánones de sus oficios, acaso por eso de poder visionar el filme del primero al último de sus planos. Lo vio sin dormirse. Sobre I Shot Jesse James: Alejada de las convenciones del género... No tenía madera de crítico auténtico (¿qué es un crítico auténtico?), pero desde niño, y no por nada, había encontrado en el cine una de sus más secretas pasiones: visto y no visto, en la página 53 de sus “Poemas, reflexiones y segundos vencidos” así lo justificaba: “He encontrado en el cine lo que durante años he estado buscando en algún improbable lugar de mi alma: personas con rostro y habla dirigiéndose al espectador, seres atrapados en ese chorro de imágenes continuadas capaces de transmitir un estado anímico, capaces de mostrar un camino hacia la facilidad / felicidad, hacia la infelicidad, o hacia ninguna parte. Pero todo es un artificio, después del primer disparo, un cruel artificio hasta el último, en un juego de miserias dadas. Demasiada dicha concentrada en noventa minutos. ¿Será mi desdicha noventa veces menos que la de esa película?”.

Karel encendió la cerilla, y con la mente en blanco y bajo la más voluptuosa de las desidias, carbonizó a la irritante araña de patas largas que hacía una hora no menos larga había logrado acorralar entre sus libros, quebrando con un lapicero todos sus ágiles intentos de burlar el muro. El invertebrado no tardó en evaporarse, y entre sus restos, chamuscados claro, quedaron amontonadas varias patas ahora agarrotadas que, pese a su insignificante apariencia, ya habrían hilado fino varios metros de tela consistente y atrapamoscas: habían pasado ya dos semanas desde su llegada a la población cuyo nombre olvidamos (en beneficio de...), y también habían pasado ya (de largo, de ancho...) dos trenes a los que el joven pintor dudó (largo rato tendido...) subir. No lo hizo ni entre paréntesis, vaya... Sus grisáceos intereses no tardaron en obscurecer sus obscuras pupilas: retórica carbónica. “Se instalará en la Casa de los Huéspedes”, musitó al borde de la mesa el anodino alcalde, hijo de sus padres. El edificio en poco se le asemejó al que hacía poco había dejado atrás. Empero, el de sus tíos gozaba de mejores contrastes lumínicos. Entró: pasillos cortos y escaleras invisibles lo recibían: una llamativa formación de naciente musgo en la pared del salón le recordó algo (molesto de recordar al paciente lector)... La nariz parecía no dejar de seguirle. ¿Qué iba a ser sino? Nuestro hombre se sentía vigilado por ese impertérrito algo. Entre tanto, abrió la carta que hacía escasos minutos acababa de recibir. Olía a hierbas secas, pero también a barra de labios. Reconoció la letra, y tras una grata pero falsa sensación de felicidad que recorrió los músculos de su rostro, la comenzó a leer: Querido Karel: Una amable mano amiga me alcanzó tu dirección. ¿He acertado en escribirte? Espero no haber hundido tu inspiración sublime, pero algo me decía que necesitaba escribirte... hablarte. ¿Cómo estás? Supongo que bien, claro... eres fuerte y sano como el hierro... Pero es curioso, ahora que tengo la pluma entre mis dedos, con la punta sobre el papel, una extraña fuerza me tira para atrás, ¡me censura! Tengo tantas cosas que contarte que no veo la forma de... ¿Ya sabes algo de él? No, no creas que me interesa lo más mínimo ese asunto, ya que te lo pregunto como amiga, y nada más... De tus pinturas ni te pregunto... Puedo imaginarte allí arriba, dirigiendo la cabecera del templo, rumbo a lo ideal, si es que existe, claro... pintando música bajo la amigable presencia de un coro de simpáticos ángeles... Pero no me taches de frívola, cariño, sólo intento ponerme a tu altura... y eso es tan difícil de reflejar en una carta tan... Deseo verte muy pronto. Mi hija te manda dos besos. Yo, uno. María. Poco podía imaginar Karel que justo dos meses más tarde, mil cuatrocientas sesenta y cuatro horas después, se cruzaría por cierta calle, y a escasos metros, con un motivo en forma de objeto, motivo de muchos de sus inciertos devaneos mentales... ¿Y la carta? Inoportuna. ¿Qué querrá de mí? No pecaré de puritano, pero ese “eso” me horroriza: ¿una hija de un hermano? Y he aquí, sufrido lector, el principio, el origen, la primera (valga la redundancia) piedra lista para apedrear, pura mezquindad. Movido por ese inenarrable algo, Karel tomó un cuaderno vacío que a mano tenía y escribió sobre la tapa el título de su primer manuscrito: “Devenir”. Aquí, el título, y allí, a la primera de cambio, vuelta la página, el primero de mis poemas surrealistas (sic), “Una hija de un hermano”, A un insigne poeta de mi infancia dedicado (se refiere a Benjamín Péret), a saber: “Una hija de una mano / Una hija de una mano que no exija / Que no robe ni sume ni muerda / Que guarde su cartilla en el banco / Bajo el zapato de un cura asado / Ente las orejas quemadas de una palmera // Una mano de un hermano / Que peque y que agarre el frío hierro de su sombrero / Que llore a los fósiles del invernadero / Sobre su coche sin llamas arda el frío-frío / Ardiendo de pena sobre un elefante congelado / Entre las ventanas de un submarino // Una mano de una mano una / Una mano a dos manos de tres manos / Manos todas manos ningunas manos / Que manos duerman que manos mueran / Que la mano de la alcachofa cornuda / Agarre y triture mi cerebro ebrio”. ¿Esperará mi respuesta? Pues no la tendrá. Me niego a descomponer nuestra relación de buenos amigos en la ausencia. ¿Qué pretenderá con su carta? ¿Una amable mano amiga? ¿Será de otras tantas la primera? Sumido en pensamientos irreconciliables, cargando las tintas de su inútil arrogancia, Karel olvidó su condición de persona sensata y acabó por desvariar... Le dolía la cabeza, le dolían los pies, los codos, la oreja izquierda, los ojos, la frente, su cerebro, ebrio, de las cabezas de las hormigas, los pepinillos en vinagre, los girasoles mutilados, el cepillo eléctrico, y entonces, como maná caído del cielo, tres simbólicos golpes azotaron la puerta de acceso a su vivienda: primer golpe seguido de silencio breve: segundo golpe sucedido de silencio muy breve: tercer golpe... Se levantó. Los golpes insistían, cada vez menos musicales a sus agotados oídos. Tres veces, dos. Llegó. Nuevo golpe. Y abrió: ante sus doloridos ojos aparecían dos individuos feos y arrugados con cara de buitre y una barra de hierro por diestra cada uno. Lo miraban a matar. Y esos ojos acuosos, de bestia mortecina al filo de la presa. Karel no los pudo evitar, y se asustó, agravando así su situación de presa, reanimando las flácidas garras de aquellas infames diestras. “¿Qué quieren?” Sin respuesta alguna, la pareja alzó sus hierros al aire y lo golpeó con fanática contundencia por el cuerpo (a excepción de la cabeza que no dejaba de darle vueltas). Golpes violentos y secos, que arrancaban desde las muñecas crujientes de los agresores y desembocaban en un sonido sin eco bajo las pieles del desafortunado. Uno y otro. (Dos golpes dobles. Otro lateral. Doble golpe dos. Triples. Otro lateral tres. Doble nuevo B.) Y se marcharon, y con ellos también lo hicieron sus sombras, y asoló el silencio, y la sangre, constante roja. Karel el Caído quedó tieso en el suelo como un alfiler perdido en medio del desierto: sangre entre rasgaduras, dentelladas de hierro duro, ropa rota, ¿cerebro ebrio? Sobre la eterna pregunta “¿Qué es lo que pasa desapercibido ante nosotros?”: Tras una letra, tras un número, e incluso tras un golpe violento, aflora lo obvio (indefinible), pero ni lo indefinible (ni lo obvio) no lo es tanto, y al no serlo, no llega a ser nada, luego pasa nuevamente desapercibido, por obvio e indefinible. Justificación del efectismo: desde su mesa, el anodino alcalde se frota las manos y esboza ante sus esbirros una hueca sonrisa. Los esbirros, los de los hierros por diestras, la secundan con una unísona y atroz carcajada. (Y aunque bastaba decir que no tenía verdadero nombre, era el alcalde. Era ruin e hipócrita, pero su dinero lo embellecía. Era corto de luces, pero las de su palco lo encendían. Carecía de buen gusto incluso en lo más nimio, mas sus grotescas gestas lograban pasar desapercibidas ante el griterío de inútiles que lo rodeaban. Era el alcalde: un ser sin entidad alguna. Lo era). Los esbirros abandonaron el despacho y el alcalde comenzó a fumar en su pipa, a la que dedicaba gran parte de su tiempo. Poco después entró al despacho el secretario con la máquina de escribir bajo el brazo. “Señor alcalde...”, mitad confiado, mitad desconfiado, temeroso incluso de perder su puesto de encadenado. “Muy bien –le replicó su amenaza-, muy bien. Primero escribirás al pie de la letra lo que te dicte... y luego, ya sabes, le mandas la carta al pintorcillo ese, y arreglado”. El secretario asintió, y sin más razonamiento por su parte, preparó papel y movió el carro de la máquina. Dispuso sus dedos sobre las teclas y, atento, esperó a recibir las palabras.

Al abrir los ojos sorprendió una araña que en ese mismo instante se descolgaba de su tela presta a posarse sobre la punta de su nariz: su aversión innata le llevó en precipitado reflejo a ladearse a su izquierda para caer aparatosamente de la cama... dándose un fuerte golpe contra el indeleble suelo; un minuto después llegó a su amparo una mujer vestida de blanco: no tardó en deducir que estaba en una especie de hospital. Era rubia, ligeramente delgada, con unos ojos verdes al fuego y una deliciosa nariz suave como un azucarado bizcocho recién sacado del horno. Sus senos, abultados como flanes enmascarados a la nata, abrigaron sus desvaríos abriéndole el apetito, apetito que quedó redivivo al notar al tacto de su piel como las gatunas uñas de la mujer clavaban sus puntas desgarrando su piel en trizas. “¿Se encuentra bien?”, le musitó al oído la enfermera. Apenas pudo asentir con la cabeza: se sentía vendado, y así era: varios metros de venda blanca recorrían su cuerpo momificado. ¿Era grave su estado? No se atrevió siquiera a mover los labios. La mujer le inquietaba tanto... y sus temblores quedaban a salvo tras el vendaje, pero eran tan certeros que no pasaban inadvertidos ante sus expertos ojos: “¿Se encuentra bien?”, repitió, acaso insinuando algo de primeras insospechado. ¡No! ¡Sí! ¿Era la respuesta a esperar? Brusca, directa quizá, dejó la lengua quieta. Mas la enfermera no se encogió de hombros. Aquello incluso la divirtió. ¿Qué respuesta debía esperar sino? “Muy bien, siga así. Pronto estará mucho mejor”. Siga así... Estará mucho mejor... Así estará mucho mejor... Siga, siga, mujer lasciva, siga provocando a un inválido que apenas puede arrastrar su cuerpo de reptil... ¿Tanto era el tiempo que llevaba postrado en cama? Pero él se decantó por algo más concreto: la ventana, una de ellas, la de la izquierda, la que a intervalos de dos segundos golpeaba, impulsada por la fuerza de la incesante corriente. Su cabeza no podía estarse quieta. ¡Y ya era tarde para ver cumplido su deseo de verla cerrada! La mujer de blanco había abandonado la habitación. “No puede ser una enfermera”, llegó a pensar, aunque las apariencias parecían indicar que sí lo era, pero ante los recién abiertos ojos del paciente tales apariencias aparecían despojadas de cualquier lógico sentido. ¡Y esta cabeza que no se está quieta! La he visto en alguna parte, se lo dice a sí mismo mirándose las manos: recuerdo su rostro, y sus pómulos abiertos, y las manos, tan largas, y los ojos, hirientes, con los dientes... La puerta se abre, y de pronto, así, sus pensamientos, fueron bruscamente interrumpidos. La ventana seguía golpeando. La regularidad de la fricción de las bisagras no tardó en resultarle placentera. Una pierna en ángulo obtuso atravesó el umbral de la puerta. Era de nuevo ella, y Karel no podía aguantar más aquella sensación molesta de incongruente irrealidad. Se sentía, una vez más, espiado. Era ella, pero también era algo más, mucho más próximo y reconocible, ese algo que desconocía y que le resultaba extraño en demasía, pero también certero, venido del subconsciente, ahora reanimado. Y quiso cerrar los ojos, pero la ausencia de la luz, de un amarillo terrible, de nada servía por el sonido, ya la música de las bisagras, machacona e impertinente, ya su respiración, en tanto todo seguía su curso hacía la tan conocida reiteración minimalista. Y con el sonido, se activó su tacto (no el tacto de sus manos, de pincel, sino el de su piel, insensible de abajo, de sus piernas, cubiertas de finos pelos que ahora sentía erizados, rígidos como raíces ante la inundación devastadora). Algo gazmiaba de fondo, y no era la enfermera. ¿Dónde estaba ella? ¿Bastaría con abrir los ojos de nuevo para encontrarlo todo en su sitio? ¿Dónde se esconde? ¿Qué quiere de mí? La conozco. Karel, despierta. Soy yo. ¡Despierta! Sigo encerrado en tan cruel agujero: sigo sin poder mover mis piernas prisioneras... ¡Quietud! Su voluntad maniquea hundía el resultado de sus propósitos. Era su cerebro encerrado el principio ético de su línea, a la búsqueda del punto de fuga. Una escapatoria imprecisa pero respetable en su inestabilidad: se lanzó, y en su escapatoria unas suaves manos de espuma marina impidieron entre sus yemas de arrecife nueva la caída. “¡Despierte! –gritó la enfermera-. ¿Qué pretende? Lastimándose no logrará nada. ¡Abra los ojos!”. Y así lo hizo. Abrió los ojos y descubrió unos ojos nuevos, llenos de brillo y contrastes, de un Rafael, se dijo. Luego más palabras. Ella: “¿Ya está tranquilo?”. Él: “¿Tiene nombre?”. Ella: “¿Qué? ¡Vaya pregunta! Claro que tengo nombre, pero me guardaré mucho en decírselo”.

Dimitri entreabrió los ojos despertado por un molesto rayo de sol que atravesaba las finas aberturas de la persiana: se había adelantado en cinco minutos a su reloj despertador y, a fin de evitar la molesta llamada de la campana, estiró el brazo y desactivó el mecanismo dándole a la pequeña manecilla dorada. Aguardó dos minutos más en la cama, y se levantó: tras lavarse la cara con agua templada y estirar las piernas sobre la alfombra, no dudó en peinarse con cierto esmero: la cafetera le esperaba en la cocina: una taza y media después acabó de vestirse, se calzó sus botas negras y ocultó, como de costumbre, la pistola en el bolsillo negro del pantalón. Segundos después ya estaba en la calle, bordeando el límite de la acera, en dirección hacia allí... llegando a su destino antes de lo previsto: era una notable casa apartada de la civilización, rodeada de vegetación salvaje, apenas comunicada por una estrecha callejuela con la vía principal que parecía querer perderse entre los troncos de alguno de aquellos árboles frondosos que irrumpían majestuosos en medio del demacrado paisaje, todo hierro y alta tensión. Tocó el timbre. No funcionaba, pero insistió en el toque. La puerta estaba sucia, cubierta de un polvo pasajero, aunque abundante y viejo. El buzón, tiznado de óxido delataba su propia ignorancia con respecto al papel que pasaba al interior. Todo aparecía (in)explicablemente sombrío y no tardó en cansarse de esperar: golpeó, encendido, con el puño a la puerta tres veces, dándose abiertamente a conocer: pero el silencio se obstinaba en insuflar la predecible respuesta, y decepcionado, se dio la vuelta, de nuevo mirando al camino, devolviendo su espalda a la puerta, para... mas justo antes de bajar el primer escalón de la logia, justo entonces, una voz apagada, distante, pero procedente sin duda del interior de la casa, le retuvo, y aunque no pudo descifrar la voz, supo que dentro de la casa había alguien. Sí. La puerta se abrió y tras ella apareció envuelta entre fugaces claroscuros una silueta, que luego, tras la luz violenta del primer choque, se tornó en rostro, arrugado y agrietado de hombre no anciano, pero sí ya entrado en años. Un ligero gesto con el pulgar, y Dimitri pasó al interior. El vestíbulo de la casa, revestido de crucifijos, llaves y relojes (significativo mobiliario), impacientó al visitante. La mayoría de los crucifijos eran de madera (no toda carcomida). Las llaves eran menos en número, pero viejas por perdidas, pocas puertas abrirían. De los relojes, pocos indicaban algo con claridad dentro de sus espacios (¿era la justa pretensión?). Algunos habían detenido sus agujas entre las tres y las cuatro, y aunque la mayoría seguían funcionando, estaban colgados a tanta altura que era verdaderamente difícil encontrar la hora entre la telaraña y el polvo. Por su llamativa posición, la decoración no pasaba de ser un mal guiño a... pero las inminentes dudas de Dimitri quedaron resueltas al mirar su reloj de pulsera: era una necesidad innecesaria: las ocho y media de la mañana marcaba, y el sudor frío de su condenado cuerpo no se censuraba. En su andadura por el pasillo largo, tras la espalda del otro, Dimitri sorprendió a cada paso que daba cabezas disecadas de animales que de niño recordaba haber visto en alguna parte: ciervos y ciervos, altivos y de ojos brillantes finalmente inexpresivos, vacíos y reciclados en baratas imitaciones de azabache. El pasillo se prolongaba hacía un fondo impreciso de cortinas removidas por el viento mañanero... pero el otro giró hacia la derecha, frustrando las esperanzas de Dimitri de alcanzar a ver tras aquellas ventanas del fondo un jardín que imaginaba atravesado por un rayo de arco iris sobre las gotas de rocío, resbalando sus portes acuosos sobre la hierba satén acabada en debilitada punta, entre margaritas y escarabajos verdes, todo ello rodeando una tumba. A una mesa circular se sentaron. El primero en decir algo fue el otro, con su voz prominentemente afectada... no identificable con la anterior: “Cumplió, y será recompensado, pero ahora no puedo pagar sus servicios... me resulta imposible”. Tan tajante afirmación hizo enmudecer momentáneamente a Dimitri, que tras un silencio de dos segundos imprudentemente alargado, le replicó: “Usted lo ha dicho. Yo he cumplido, cumpla usted ahora. Se lo exijo”. El otro repitió su afirmación de manera amenazadoramente mecánica, aunque enfatizando las tres últimas palabras. Aquello, de puro grotesco, ofendió a Dimitri, y excitado comenzó a morderse las uñas como un niño, invadido por una extraña sensación de pesantez que se traducía en cansancio momentáneo. Probo suerte dando la nota patética... “¡He matado! ¿No lo entiende? Tengo el peso de un desafortunado muerto a mis espaldas, ¡y usted se niega a pagar mi impagable trabajo!”. Pero el otro, retorciéndose absurdamente las manos, optó por meditar en silencio... y tras segundos de suspensión, lanzó nuevos y envenenados dardos. “Se lo diré de otra forma: Yo no quería a esa persona... muerta”. El receptor no pudo resistir más, y golpeó sobre la mesa con su puño cerrado. La madera crujió. Cruje todavía. El otro: “Se lo intenté comunicar, pero usted no respondía a mis llamadas. ¡Y la mató! Y no tenía que estar muerta”. El uno: “¡Pero lo está!”. El otro: “Una persona, una persona. ¿Qué es eso para usted?”. El uno: “¿Qué pretende hacerme creer?”. El otro: “Que su suciedad no logrará contaminar esta casa”. El uno: “Bien, pero...”. El otro: “¡No! No insista, no voy a pagarle un servicio que...”. El uno: “¿Qué?”. El otro: “Que se marche... ¡y no vuelva nunca más por aquí!”. El uno: “Se equivoca”. El otro: “Sepa que puedo denunciarle”. El uno: “¿Pretende asustarme?”. El otro: “Puedo hacerlo, y muy bien... Sepa que tengo muy buenos contactos... Sepa también, por simple que le suene, que tengo mucho dinero a mi disposición... Y sepa sobre todo que el mejor de mis sobornos será su única e inminente perdición. No complique más las cosas... y márchese. ¡Largo!”. Él: “No podrá... Se lo aseguro”. Y acertó: poco podía entonces imaginar el otro que bajo la mesa una pistola le estaba apuntando al estómago: menos todavía que un dedo indolente apretaría el gatillo con infalible puntería dada la mínima distancia. Todo lo que el uno había dado a saber al otro quedaba ya sellado en el baúl de los recuerdos. (Pero no se escandalice el lector por el tono abiertamente cinematográfico de este efectista pasaje, pues cabe hacer hincapié en el salvaje efecto que sobre Dimitri causaron los arrolladores fotogramas del filme hacía escasas horas visionado). Todo había pasado demasiado rápido: para Dimitri el peso del tiempo apenas vertía efectos aparentes, pues la sensación, amortiguada en el silencio, poca impresión le causaba delante del extinguido cuerpo de otra persona a la que apenas conocía de nada; y aunque para él todo lo anterior parecía carecer de importancia, por un momento se sintió culpable, mas la culpabilidad del momento le llevó a pensar, por lo que no tardó en deducir las posibles contradicciones que, retenidas en la densa atmósfera de la habitación, parecían querer evadirse. ¿Podían haber sido “ciertas” las últimas palabras del otro? Obviamente, ya no podría obtener respuesta alguna a su pregunta, y se levantó. Lo primero que hizo fue caminar por los pasillos de la casa, sin abrir cajones ni tocar puertas, sin encender luces ni mirarse a espejos, desconfiado de alguna posible presencia humana que intuía, oculta bajo algún mueble, tras una planta, entre la cara y la cruz de la medalla. ¿Encontraría el tan ansiado pero ahora (y nunca antes tanto) execrable metal? Quería salir a la calle de vacío. ¿Qué era eso por lo que había llegado a matar llamado dinero? A la calle de vacío y nada más. ¿Era ciertamente algo? ¿O al no ser ciertamente nada cobraba por ello un valor más factible? ¿Y no siendo el vil metal ese algo factible podía incluso ser tan concreto como para sentirlo sin necesidad de encontrarlo? ¿Era una realidad o simplemente la realidad de otra realidad? Fuera lo que fuera no se iría de allí de vacío. Tomó inconscientemente las escaleras que llevaban al piso superior: en algún remoto lugar de su cabeza latía la posibilidad de acercarse hasta las cortinas que daban al jardín, por eso de imaginar la tumba... Ya puso el pie en el último peldaño sintió ser arañado por una garra curva en el cuello. No le engañaron sus sentidos, y lo otro (un gato, apropiadamente negro) saltó escaleras abajo. Se pasó el anular por el cuello y comprobó que la sangre manaba con fluida insistencia. Frente a él aparecía una puerta, cubierta de una fina película de polvo, lejana de esplendorosos algodones. Un cartel, de plata ennegrecida, así rezaba: BIBLIOTECA DE DON JERÓNIMO DE MEDINA, ESPAÑOL. Fue algo inconsciente, pero una cierta visión de la sangre sobre el papel le animó a entrar... y ya dentro del decorado, distinguió a escasos metros la madera de las estanterías, negruzca y dulzona como chocolate negro. Era lugar cerrado, sin ventanas, de atmósfera irrespirable casi. Una bombilla a medio fundir era el único eje luminoso, y, puesto que ya todo era, comenzó a ojear los estantes, libro a libro, a ras de lomo. Muchos ya ni eran y aparecían sin tapas, y los menos de los muchos no aguardaban íntegros, sino en partes, legibles todavía algunos de sus títulos, borradas no pocas de las letras: La conversión del mundo infiel, Cigarrales de Toledo, Comunistas, judíos y demás ralea, Cervantinas del Quijote, El rebelde obediente, La rebelión de las masas, Diccionario Geográfico Madoz (Caa-Car), Fuente Ovejuna, Una cuchillada en el corazón, El joven observador, La sepultura de Miguel de Cervantes, Lo que toda muchacha desea saber, Aires de Castilla y Aragón, Doña Mesalina, El hombre del puro... Uno de la página 45 a la 94, otro de la 1 a la 46, etcétera. Era una sucesión de frases (algunas reconocibles, las más olvidadas, todas para él desconocidas dado su desconocimiento del castellano) que simulaban nacer deformes para morir antes de su fin, vengándose dichas amputaciones del autor que las acopló, parco de inspiración. Un párrafo anónimo: “Lo del camino es cosa mía, que desde que allí violaran a las hijas del Cid, las aguas que han corrido ya son aguas de otro perseguidor”. La sucesión de textos mutilados parecía no alcanzar fin: simplemente parecía no acabar. Otro: “Las propiedades se repartirán sin engañar. Los hijos de los muleros podrán tomar prestadas las trancas de leña durante el invierno, pero para la primavera deberán devolverlas en fruto”. Pasó al siguiente pasillo. De nuevo otro cuerpo de estanterías. La profundidad se multiplicaba, no así la cantidad de libros, que aparecían por estante en menor número, más distanciados los unos de los otros, pero con las mismas trazas de mutilación. El grosor de algunos era llamativo, aunque no dejaban de ser libros mutilados e inverosímilmente gruesos en su supuesto origen, mas no reparó en este significativo detalle al que ya se había acomodado. También abrió un Kempis, tampoco le dijo nada. Cada vez más distante, la luz lejana de la bombilla comenzaba a faltar, y en tanto sin saber lo que buscaba, creía acercarse en su búsqueda a ese algo indefinible que continuamente se le escapaba... y de pronto, el mutismo trocó: una voz de mujer, apagada, salida de la profundidad de las paredes, irrumpió con precisa definición. Fueron tres las palabras que articuló: “Acércame... la... caja”. Después, este silencio... Dimitri detuvo sus pasos, desconfiado: el escalofrío recorrió sus articulaciones, agazapadas por el sudor que le causaban sus vestiduras, mas casualmente, y en ese preciso momento, el debilitado filamento de la bombilla cedió (fragmento a revisar: ¿inverosimilitud?), quedando la biblioteca suspendida en la más evidente oscuridad. La gota que colmaba el vaso acababa de caer. Estático él en la oscuridad, analizó la situación precipitadamente (paradoja). La casa, aparentemente (y excluyendo su persona) estaba vacía. El sudor inevitable rasgó su frente en dos. Debía estarlo. Una corriente de aire, casi el soplido del niño a la orilla del río intentando impeler un barco de papel encallado, acarició su barbilla. Y tan pronto como se dio la vuelta y levantó el brazo, justo entonces, sintió acariciar con la punta de su dedo índice una nariz. ¡Una maldita nariz! ...y a buen seguro pegada a un rostro que al acecho le replicaba en la díscola oscuridad. El cargado aire a retención y vejez comenzaba a resultarle insoportable: la extraña presencia que a escaso metro de distancia se plantaba rígida como una estatua agudizaba la terrible sensación de mortal molestia: el pulso de su corazón se aceleraba lo indecible, desafiando su resistencia física, bombeando sangre caliente por los más fríos resquicios de su configuración: su cerebro embotado ya no respondía a sus llamadas de socorro: la impotencia que lo rodeaba se traducía en una irrespirable respuesta a la búsqueda de la menos probable de las liberaciones: las piernas amenazaban quebrar sus articulaciones de papel a tijera abierta: ya no pudo más, y desprendido de toda razón, se dobló, precipitándose al vacío en los aceites de la noche.

No es fácil desentrañar la naturaleza de las relaciones humanas, ni tampoco resulta sencillo asumir una serie de determinados comportamientos mediante un conjunto de claves sicoanalíticas que aclaren así el caso; lo que lleva a dos personas a, digamos, prendarse la una de la otra, bien puede estar motivado por las afinidades electivas de ambas, obvio, bien por la atracción física, no menos obvio, simplificando en mucho: pero también influyen sobre los sujetos otros factores secundarios que condicionarán el curso de su devenir... mas no es nuestro propósito detenernos en especulaciones de este tipo. Durante su estancia en el hospital bajo los cuidados de la enfermera (cuyo nombre logró averiguar el último día: se llamaba Eva), Karel recibió una carta del alcalde en la que lamentaba lo ocurrido, aunque le instaba a no regresar al pueblo, puesto que su persona había sido sustituida por otra, pretendidamente más capacitada para la magnitud del empeño. Por ello, no discutió la respetable decisión del alcalde y se tumbo de nuevo en la cama. Llegaba en ese momento (en todos llegaba, claro que en todos los que llegase) la enfermera con dos libros bajo el brazo. El timorato paciente rehusó la compañía de dichos libros y, aunque sin necesidad de subrayarlo, quiso hacerse con la de ella. ¡Es toda virtud! Sus ojos emanan pureza. Sus palabras amables y sencillas lucen de tremenda complejidad el más nimio de sus silencios. ¿He de confesar que la amo? ¿Y ella a mí? Es mi ingenuidad de joven insatisfecho ante la vida, de víctima, la que para nada concuerda con las ansias devoradoras de tan pasional mujer. Ela seguía allí, indiferente por fuera, a escasos metros de él, con los libros en las manos, enseñándole las tapas de los mismos, intentando encontrar tras ellos sus ojos temerosos algo, de valor, de voluntad, de algo en sí, pues, por cruzar la sombra infranqueable que los separaba. Para Karel, Eva suponía el inconsciente recuerdo de la madre (apunte: demasiado simplista). Para Eva, Karel era lo bello indefinible, es decir, el reverso de lo que le quedaba en casa (apunte: ¿qué es eso?). El amor acercaba a sus almas la presencia de ese inalcanzable Dios que soñaban por ideal, por miel sobre las tostadas mañaneras. Mas la vida concreta les hacía cerrar los ojos, y era dolorosa e hiriente en verdad la punzada de la frustración para tan puras almas (por infantiles en el amor) al contradecir sus afectos; la mayor frustración pasaba de largo ante sus desquiciados pensamientos: y era en ese estadio vacío e intransitable de sus sueños donde fraguaba el efecto deseado que nunca podrían alcanzar en la aludida vida concreta de la que tan poco debían esperar. Desengaño: lecciones de la amarga experiencia: predecibles lecciones de la amarga experiencia venidera. ¿Bastaría con cerrar el círculo mediante una unión imposible? ¿Sería acaso cerrar el círculo caer dentro del pozo del error? Y una vez dentro, ¿sobrevivirían a la abismal profundidad del mismo? ¿Alcanzarían poder ver algún día la luz del sol entrechocar sus rayos en la mohosa agua estancada que los envolviera? Todo era tan incierto... tan dolorosas reflexiones hundían a Karel en el sueño intermitente, allí dentro, rodeado, entre fantasmas desnudos y gritos de ultratumba: las heridas de su cuerpo sanaban, mas su cerebro, ebrio como nunca, se retorcía de dolor en medio de tan hosca superficie de zarzales cortantes. Karel estiró el brazo y cogió uno de los dos libros que Eva le tendía. Era un viejo ejemplar de La historia de Venus y Tannhäuser, de Aubrey Beardsley: moriría sin haberlo concluido: Capítulo Séptimo: De cómo se despertó Tannhäuser e hizo sus abluciones en el Venusberg. Por la radio pasaban la Cuarta Sinfonía de Bruckner. No, la situación no era tan romántica, ¿qué tenía de romántica?, y ni el último día se hizo esperar... y Karel y Eva, ya algo más conscientes de “su papel en la vida” (por un momento, eso llegaron a pensar), meditaron cara a cara, acaso con plena sinceridad, el destino de sus amargados destinos (apunte: limar la parodia). Al principio, la pasión incombustible y cegata, sumida en el pleno disparate autosuficiente (tema tratado hasta el hartazgo con mayor o menor fortuna por la más variopinta literatura), les llevaba a delirar mediante diálogos tales, superficialmente sentidos, plúmbeos en la forma, rectificados aquí, a saber: “Karel, cariño, si me abandonas, mi existencia, mi existencia dejará de albergar sentido alguno”; “Hablas tan convencida, y creo tanto en la seguridad de tus palabras, que temo por lo desatinado de tu opción”; “Somos dos almas gemelas, y juntas hacemos una. Y ahora, te pregunto, ¿crees que rompiendo esa perfecta dualidad seremos felices?”; “Eva, mi amor, mi fuente, eres demasiado instintiva, y eso te aparta de la cruda realidad que nos azota. Contigo he descubierto a Dios, y Él, que es todo Amor, poblará la mitad de nuestros corazones mientras suframos en este mundo que nos vio nacer. Pero si vamos más allá de tan atinada abstracción, las fieras mostrarán sus garras, hasta que sedientas de venganza, se lanzarán sobre nosotros, pobres criaturas mansas, para despedazar nuestra integridad de personas. Tu marido es un hombre violento al que temo, y tus padres, tus honorables padres, declinarán la acertada pero para ellos incoherente opción de romper la rutina del tan aburrido devenir que nos desgasta... ¿me entiendes?”; “Te entiendo, cariño, pero el amor es más fuerte que toda esa lista de trivialidades que me traen sin cuidado. Podemos irnos de aquí, muy lejos, al sur, por ejemplo. ¿Tan difícil es vivir?”. ¿Y qué es vivir? Dios mío, compadécete de mí, arrástrame por la senda más dulce, y no entre clavos ni zarzales, puntas de madera ni cristales. Así, cogió la mano de Eva, y ella se acercó a él, y juntos comenzaron a besarse, llorando, mezclando sus pasionales lágrimas en un mar de esperanzas vanas y cadenas irreductibles. Y ahogados en medio del océano, fueron sus cuerpos arrastrados hasta las profundidades del mismo... (El resto de la escena bien puede deducirse sin ambages). Una aclaración: el amor no es ciego: ciegos son los ingenuos que a lo largo de los tiempos han reiterado la tan absurda como total entrega de los amantes: nada más equivocado, ya no digamos después del intenso comienzo, pasados los dos meses, los dos años, y un cadáver entre los brazos, ¡llora el niño! Karel se acabó de atar el otro zapato. A escasos metros de la puerta, Eva reposaba junto a la pared su dulce talle. La despedida fue breve y decorosa. En ella, cada uno se intercambió, sin el conocimiento del otro, y para sorpresa de ambos, una carta... Estaban desconcertados... y no sin razón. Y ya está. Acababa de abandonar la habitación: Eva se volvió de espaldas al pasillo y abrió el sobre: comenzó a leer: Ahora que ya no estoy entre tus brazos, ahora que la nostalgia de tan largas horas ha sucumbido en manos de mi recuperación, ahora que estoy más dolido que nunca, te hago saber que te esperaré en... Hasta el fin, Karel. ¿El fin? Karel se detuvo bajo la copa de un árbol para de espaldas a los niños que jugaban sobre el barro, abrir el sobre y hacer lo mismo: Amor mío: Todavía siento el calor de tus brazos entre mis muslos, / Todavía escucho tus palabras entrecortadas resonar, / Y sí, / Todavía huelo tus ojos confundidos como platos a la espera de los hijos... / Pero, espera... / Eva. No pecaba tampoco ella de sencillez: ni tan cerebral como él, tenía buena vista. ¡A la espera de los hijos, diablo! Y apartó (ahora sí) sus ojos de la hoja. La frialdad de sus muslos, la calma de sus orejas, y el fondo del fondo. ¡Ah! ¿Juega mi Eva a juegos de Eva? Juegos que son típicos en ella. La evidencia no aparecía por lado alguno, y por muchas iconografías convencionales de manzanas y serpientes, y por muchos ojos atentos a no eludir el tópico, optó por aceptar el juego como provocadora incitación: Eva, la hembra incitante, la perversa domadora del blanco con rayas de fondo a la pared pintadas, seguía clavando las afiladas puntas de sus senos en sus ojos de opiáceo sueño. Juega a hacerme rabiar, la conozco, ¡la adoro! Y de pronto, el dolor de cabeza. ¿Jugaba a hacerle rabiar? ¿La conocía? ¿La adoraba? Mas tendría que esperar. Entre tanto, firme como una columna dinamitada, sonrió a los niños embarrados, y con el orgullo por frente, salió de la sombra del árbol y marchó calle adelante. ¡Quería arrancarse la cabeza del cuello! Pese a su alargado reposo en cama, se sentía más cansado que nunca: cansado de pie, igual sentado, cansado entre dos poses, no apagaría tal cansancio tumbado: lo que Karel necesitaba era una distracción ligera, y a escasos metros de él aparecía la primera que le venía a la cabeza. Tantas horas antes, y era ahora el momento, el precioso momento de los incontables minutos, por lo que se acercó al tenderete: no ojeó las revistas, que no le podía interesar, ni tampoco los periódicos, que ya intuía tras de su soporte, pero sí los libros, mal encuadernados, de papel dudoso y lomos duros, de esos que al doblarlos se desgarran, saltándose las letras, las vocales sobre la mesa y las demás por de fuera, y entre tantos, uno le llamó la atención... su título, que era lo de menos, era, y por tanto le animó a cogerlo, y su autor, un tal Adriano D., de nada le resultaba conocido, pero la ilustración de la cubierta, una pistola sobre una carta ensangrentada, avivó su interés; y así, ya sobre la cama de la pensión, a la espera de Eva, abrió el libro en cuestión y lo comenzó a leer: arrancaba sin mayor aliento sobre una tercera página, con una breve descripción de una ciudad indeterminada, una ciudad de noche, con descripciones convencionales, mediocres descripciones de lo mediocre de toda ciudad mediocre: un edificio absurdo, una señorita absurda, su absurdo paraguas, dos gatos, la habitación del detective, y el detective, no menos absurdo que su despacho desastrado, pie derecho sobre el escritorio, suciedad de varios meses, y arañas, y una araña en particular, la araña. Y la calle A, la mujer de B, el río C, la ciudad D, el coche de E, la casa F, el teléfono G, ¡su manuscrito H! De algo conocía los escenarios descritos, de algo le resultaban absurdos, y por algo sabía de aquellos nombres familiares, e intuía los restos de un estilo desperdigado aunque no, no era un estilo desperdigado siquiera, puesto que el estilo no era, un no-estilo, un pedazo de papel relleno de estupideces escritas así destinado al cerebro de un no menos estúpido del lector de la estupidez mundana. Tres horas y media después ya había llegado al final, sin nada nuevo por nuevo, de un enorme vacío, en eso que la alfombra I, el niño J, la niña de K, el jarrón L, la pluma M, le resultaban idénticos, ya su pistola N, ¿su pistola N? ¿Será posible llegar hasta la Z? Fue posible. Y parecía no estar nada claro... ¿Casualidad? Tras el nombre de Adriano D. no andaba lejos, debía andar muy lejos, el del hijo de sus tíos, hijo de alguno: esa D última, incisiva, parecía advertirle que andaba por buen camino, por mal camino, por cualquier camino en tanto pensar era cosa humana, cosa estúpida adiestrada para las más tremendistas nulidades. ¿Demasiado artificioso? La lectura alternaba pasajes de evidencia con otros de duda, etcétera, lo que en poco difería de otras tantas, entre la obviedad y la incoherencia, de muchas lecturas. Los primeros eran matices decorativos, perdidos en la distancia del tiempo, en el recuerdo subconsciente de un común inconsciente, y quizá por ello de individuo muy definido, pero no más que eso, quizá. Los segundos, más dilatados, planteaban situaciones y comportamientos improbables a su naturaleza de niño retraído, quizá: atrocidades sin fin, lamentables efectismos y giros absurdos saturaban el discurrir del tan inconsistente como no-pensado relato, manufacturado a golpe de mazo, quizá: una literatura de desecho al viejo estilo beneficio... Hasta que al segundo día de su estancia en la pensión le fueron devueltas algunas de sus pertenencias, aunque rotas y arrugadas, a buen seguro discriminadas por una mano indecente, nada de quizá: los pinceles estaban partidos en dos, la pintura de tubo aparecía en todo su color esparcida por la maleta junto a las apuñaladas telas, a trozos... pero curiosamente, y para sorpresa suya, los “Poemas, reflexiones y segundos vencidos” de Dimitri, junto a su manuscrito “Devenir”, aparecían intactos. De lo demás ya nunca volvería a saber.

Al igual que las rocas del desierto se fragmentan jornada tras jornada debido a los violentos contrastes de temperatura, también su cuerpo había quedado separado en dos, dividido: a un lado, y de cintura abajo, no quedaba, ya muerto: no ocurría lo mismo con la otra parte, que aguardaba dormida... hasta que despertó. (Acabado el final, resucité.) “¿Dónde estoy?”, se preguntó, estirándose. En el jardín, justo allí: Dimitri se puso en pie y descubrió las cortinas de la ventana, ya en plena quietud. Es mediodía. Al cabo de un rato, intentando buscar un sentido a tan atroz magma de incongruencias aparentes, abandonó la casa. Al salir, ni le temblaban las piernas: ¿le habían temblado al entrar? ¿Dónde he estado? La pregunta no iba más allá: tenía conocimiento del lugar adonde lo habían llevado (era evidente que de la biblioteca al jardín distaba un trecho inalcanzable para cualquier desmayado), y no alcanzaba a comprender un detalle sin importancia que le electrizó la muñeca izquierda en su totalidad una vez le pasó por la cabeza: el del tiempo transcurrido (en la sala oscura) hasta su despertar (a la plena luz del día): su reloj se había desentendido a escasos minutos de las doce del mediodía para marcar otra forma de tiempo mucho más detenida: ese toque a lo Agatha Christie no podía con él. Y no: no era mediodía. Al principio el detalle le dejó indiferente, pero, mientras descendía por el callejón, miró arriba, al cielo, y, efectivamente, en nada se correspondía. Tampoco alcanzaba a comprender otro detalle de lo menos evidente: él, ella, ¿quién?. No descartaba la posibilidad de cuatro manos para... pero entonces las tres palabras repicaron en su cabeza. ¡Acércame la caja! Aunque no había caja alguna, sus pensamientos se reverdecieron, henchidos de posibles hipótesis, reverdeciéndose de razones improbables. ¡Acercádmela! Lo inusitado. Y otra cosa más le pasó por la cabeza: una idea perversa, infantil, anclada en el islote de los naufragios no deseados: pero lo que le pasó por la cabeza fue tan fugaz que, antes de poder desmigajar su indefinición, se quedó en un borrón. Otro. Todas las dudas de Dimitri quedarían confirmadas al cruzar el umbral de su puerta: nada podía presentir él: nada más tópico.

Tumbado sobre, desde la cama, distinguía Karel (a contraluz) los diagonales caminos del polvo: polvo sobre el escritorio: polvo sobre sus pestañas. Un mapa de pequeñas partículas en movimiento, una atmósfera inapreciablemente sucia, de fricción. Fricción: la del tejido de sus pulmones desgarrado por las diminutas partículas de polvo: la de sus dedos sobre el papel del manuscrito intacto. Pero a Karel la eterna fricción había dejado de interesarle: todas sus preocupaciones se centraban ahora en ella, y ya allí, desde su bastión, no dudo en escribirle a las pocas horas pasadas de letargo una segunda carta, no por desesperada menos nefasta: Mi amada Eva: Insisto: no alargues más esta espera que tanto me daña. Toma las riendas del corcel y huye a toda prisa. Nuestros enemigos saben embriagar a su presa hasta acallarla para después desmenuzarla, mas esa mísera treta no podrá contigo, ni conmigo, pues somos fuertes y conocemos de sobra la vil mentalidad que los conforma... pero también eres bella... y eso, a bien poco que lo exaltes, sabrá adormecer sus crueles instintos. No temas al mañana, ya que será en el mañana de entonces, allí, tan cercano, en el que podremos escribir las más felices páginas de nuestro tiempo, justificando el injustificable sufrimiento que ahora nos azota, reviviendo la armoniosa musicalidad de nuestros sueños ideales, juntos. Hasta pronto, Karel. No hasta el fin, sino hasta pronto. Una segunda carta que, por pura repetición, insistía en desnudar sus enfervorizadas conversaciones del hospital; una segunda carta más sentida quizás que la primera, más longánima y encaramada, pero no más llena de verdad que las anteriores (su primera carta, sus conversaciones... y, en especial, sus silencios, tan cómplices de un mismo ideario). Karel cerraba los ojos e intentaba comprender lo incierto de su destino. Su primer viaje... Su maestro... Su primera pincelada. El manuscrito de Dimitri... El manuscrito encontrado en Zaragoza. El horrendo pueblo... Los violines... El violento ataque contra su persona. Gestas nada memorables de una vida abocada al abismo de la renuncia. Ya la letra de mi canto es monótona, y ya ni el mejor de mis pinceles podría, bajo el más abrumador de los razonamientos, afianzar su naturaleza ante la desesperación de la vida. Soy pintor, me digo, pero ¿qué pinto? O mejor, ¿contra qué pinto? Cavilaciones sin tregua, espejismos opacos, miedos inconsecuentes, lagunas de amoniaco, y un mar de dudas incongruentes en adjetivos coloreados, de misterios ociosos, de causas sin efectos todavía consumados. ¿A qué demonios aspiro? Sus humanas inquietudes no lograban infundirle el menor de los temores: tal era su desprecio hacia lo otro (lo ignorado, simplemente) que antes de buscar una solución a todos sus problemas acumulados, creía ganar mejor su tiempo recostado a la espera de su adorada Eva, con uno de sus dos manuscritos entre las manos, intentando, entre línea y línea, dar con alguna improbable clave... pero no, no daba con ella, y la respuesta a su segunda carta se alargaba implacablemente: tanto se alargó que no recibió ni una nota escueta, sino el más temible de los silencios. Sus preocupaciones aumentaban, y sus pensamientos, de la más variada condición, solían acabar colisionando con algún inoportuno bache que arrancaba toda esperanza de redención en su relación. ¿Habría llegado la carta a su destinataria? Y en caso de haber llegado a sus manos, ¿a qué esperaba ella? ¿Acaso la simplicidad de la misma podría de algún modo haberla ofendido? Y en caso de ofensa, ¿qué sabía él de ella? ¿No era en principio cierto que ese rostro hermoso había sido la única e inamovible de las razones, presa de su relación? De este modo, impulsado por una mezcla de arrepentimiento e indefensión, Karel decidió escribir otra carta, la tercera (y última). Sería su carta, y en ella se concentrarían todos sus temores: supondría un esfuerzo por su parte y no el sempiterno resumen de compromiso al que agarrarse con facilidad, y vuelta a lo de antes: Eva: A lo largo de mi existencia he caminado por senderos ásperos y traicioneros en los que mis razonamientos eran consecuencia directa de un miedo que me torturaba por dentro contrarrestado todos aquellos golpes fortuitos de suerte a los que me sometía el contradictorio destino. Y el último golpe de suerte fuiste tú: Eva, tres letras, dos vocales flanqueando esa pirámide invertida: E de Eva, A de Acierto. Cautivado por tus formas perecederas, por tu delicioso barro, creí por unos instantes de inocente crueldad haber encontrado la llave que me abriría la puerta al laberinto circular, puerta de la gruta del sueño: mas en mucho sabemos todos nosotros, tristes humanos, humanos tristes, que lo verdaderamente bueno es fugaz e inmaterial, y que nada en este mundo podrá curar nuestras frustradas aspiraciones, ya de riqueza, ya de otra clase de grandeza en vida. Y es así, pues yo era un ingenuo desdichado hasta que apareciste en mi vida: tenía además la vana esperanza de encontrar una ventana de luminosa esperanza y creía en ese algo imposible que por imposible deja de serlo. Sí, he sido un joven precoz en el amor y maduro en la ligera reflexión, pero ahora me siento más joven, indefenso y desdeñable que nunca. La razón de mi desgracia queda aquí, encerrada entre las muertas paredes de esta habitación, y es el silencio, ese tópico tan manoseado por los poetas y los pintores del alma, esos charlatanes, esa ofensa exquisita que hace las delicias de los músicos de verdad, el efecto final, el único eco que sumerge mi alma en los transitados abismos de la pobreza de vivir de lo que se come y bebe con la boca llena. Eva, ¿puedes creer en mis palabras? Mi sinceridad es plena, mi amor hacia ti no conoce límites por ahora, y ni mis manos mancas de pintor sin forma pueden expresar sobre el lienzo la hondura de tan violentos sentimientos... ¿Podrá la caducidad desligar nuestro vínculo? ¿Podrán los contornos maestros perdonar la impericia del alumno poco aplicado? Y puesto que lo que nace material sucumbe, olvidemos, por encima de todo mundano resquicio, nuestra aparente identidad. ¿Tanto pido? ¿Es mucho favor pedirte que rompamos juntos las cadenas de la repetición a la que nos vemos asidos? ¿Debemos acaso aprehender que de la primavera de la vida al invierno de la misma distan dos estaciones de declive señero y expurgador para comprender la sinrazón de tan pérfido viaje? De tus labios espero la respuesta definitiva. Karel. De sus labios: de allí la esperaba. De tus labios. Y sin pretenderlo, Karel había errado, sí, simplificando su discurso a esos labios, de barro, incapaces de dar la respuesta definitiva, imposibilitados a trascender su absurda cualidad de labios: la irremplazable Eva quedaba así remplazada, desdibujada por su perecedera apariencia. Ese era el resultado de querer concentrarlo todo en un escrito falsamente brillante, de querer hilar tan fino para acabar sangrando... Mas cuando reparó en tan terrible observación, ya era tarde. Dos horas antes había salido de la pensión para depositar la carta en el buzón: habían pasado ya nueve días de su salida del hospital, y Eva dilató su silencio ineluctablemente, y Karel, primero cansado, y poco después ofendido, dudó de todas aquellas horas de complaciente monotonía en compañía. ¿Palabrería? ¿Un juego de Eva? ¿Otro juego de Eva? ¿Con cuántos habrá jugado ya? Juegos... Sí, mis juicios son infundados, pero no están exentos de algo de verdad... ¿Algo de verdad? ¿Puede la verdad quedarse desnuda en ese algo que no es todo para ser verdad? Sus inoportunos pensamientos fueron apoderándose rápidamente de su primigenia rigidez de reflexión. El viejo joven idealista comenzaba a corromperse, y todo a causa de una mujer que en apariencia debía haber significado muy poco para él. Pero no era así, y el tormento por el recuerdo de ratos fenecidos a sus brazos motivó sobre su sensible temperamento un cambio progresivamente dañino que culminó en una plena aunque temporal impotencia creativa de la que ya no se recuperaría.

En apariencia, ni la más lúcida de sus reflexiones podría explicar (por ininteligible) el presente cambio de discurrir, y Dimitri, temeroso e indefenso, tomó el primer tren, abandonando así la ciudad a las pocas horas... Él, Dimitri ahora, Adriano D. todavía, miró afuera desde la máquina en marcha y sorprendió sobre la ciudad una neblina gris, cada vez más diminuta, inmaterial y sombría a la vista. El motivo de su fuga era peligroso por insuficiente: una carta de procedencia dudosa había aparecido en su buzón: una carta en blanco que no parecía decir nada. Ni el arrepentimiento de la mancha de tinta sobre el papel antes de elucidar el texto asomaba. Era sin lugar a duda alguna la más evidente de las amenazas, a su persona, el menos ofensivo de los guiños a su obra: era la alusión al cierre, a la última línea, de una de sus intercambiables novelas de olvidable papel barato: la muerte del personaje protagonista, una muerte inesperada, que llegaba a través de ese mal blanco, cierre artificioso al que se negaba. Dimitri ya no alcanzaba en nada a comprender su angustiosa situación. Ya desde el momento de su fuga comprendió que todas las causas de su actual situación carecían de un fundamento lógico: ya desde el momento de su fuga advirtió que sus ramas sobresalían de la vulgar cotidianeidad dadas las irregularidades de su vida pasada: ya desde ese mismo instante descubrió que había logrado descorrer torpemente la primer cortina. ¡La primera cortina! Luego el reflejo era evidente, y las sombras del interior no hacían más que afear la podredumbre oculta en los interiores. Él, eslabón de esas sombras, había sido utilizado de manera mucho más sutil que la mayoría. Él, de nombre anónimo, de rostro anónimo, de puro anónimo sencillamente anónimo, volvió su mirada al frente y olvidó mientras pudo la neblina gris que caía sobre la ciudad, próxima la noche: estaba allí, sentado en un tren en marcha, rodeado de tres desconocidos que con inquisitiva mordacidad lo extirpaban: eran tres, tres hombres vestidos de negro, de ojos negros, de zapatos negros, tres que apenas sí se dejaban distinguir de entre las paredes negras del departamento negro del vagón negro... hasta que uno de ellos sacó del bolsillo de su chaqueta la pitillera... y tras un chirrido de inane brevedad, exhumó un cigarrillo en forma de recuerdo que, agarrado por los bucles de sus bigotes por labios, absorbió y, lentamente, ante los ojos de los allí presentes (pero en especial ante los suyos) redujo a serpenteante humo gris: humo gris de locomotora caldeada, de boca de hombre fumador, de aire y de agua evaporada. ¡Maldito humo gris! Sobre mi cabeza sobrevuelan pensamientos moralizantes: pensamientos, embriones de un momento determinado. Sí, sorprendió algo (algo que a nuestros ojos debió pasar desapercibido), algo no definible, y palideció repentinamente: algo que entre el humo gris intuía, quizá una opulenta máscara de mirada fulminante, quizá otro hombre más, un cuarto hombre oculto tras el tercero, un hombre sin ojos negros, sin nada negro, de aire entero, más temible que el fondo negro... Empero, todavía no estaba lo suficientemente cansado: arrinconó su mirada... y fue entonces cuando la voz de uno de los hombres allí sentados se dirigió hacia él: “¿Por casualidad es usted el leído escritor Adriano D.?” Adriano D. agarró con su mano derecha el dedo pulgar de su izquierda, y negó con la cabeza. ¿Adriano? ¿Dimitri? ¿Quién era él? ¿Tenía nombre? ¿Rostro? ¿Tuvo alguna vez una parte reconocible para las personas que lo leían? ¿Lo leían? ¿Quién? ¿Era legible lo que con tanta desgana escribía? Pasados varios segundos, la pregunta seguía resonando, mejor, resoplando a las puertas de su misérrimo razonamiento. ¿Por casualidad es Adriano D.? ¿Por casualidad es el leído Adriano D.? Nunca su rostro había aparecido fotografiado en las solapas de sus libros: nunca, ni siquiera su anónima nariz, una más enrojecida por el frío. Únicamente su nombre, su otro nombre, aparecía en letras pequeñas escrito: Adriano D. ¿Tenía cara de ser él el leído Adriano D., especie de remedo consciente de algún personaje salido del cerebro de Kafka? Y aunque pudo haber dedicado la noche restante a meditar sobre la inesperada pregunta, prefirió darse a un sueño profundo, cesando su vida momentáneamente, librándose de pensamientos engorrosos, lanzándose a caminos intransitados y experiencias fortuitas que aguardaban su respuesta al final del trayecto. (Sobre los sueños de Dimitri: no eran suyos, no solía soñar sueños propios.)

La misma noche... descarrilaría el tren: faltaba menos de una hora, pero todos parecían estar sosegados, incluso Dimitri, plenamente dormido ya: y se preguntará el lector con sana inquina la razón de tan terrible, inesperado e incluso gratuito momento, pero así fue: y fieles al rigor de lo acontecido, por evidente, nos dignamos omitir los hechos concernientes al accidente, accidente al que Dimitri sobreviviría, por supuesto, ligeramente herido, con todo.

El amasijo de hierros parecía perderse entre las profundidades de la pendiente lateral izquierda... y se perdía.

El amasijo de hierros parecía fracasar para siempre entre la indefinición fotográfica de la portada del periódico, salvado por los márgenes, y Dimitri, tumbado sobre la cama, cansado, apartó de sus ojos el periódico y lo dejó sobre la mesilla. Otra vez más, había tenido suerte: no lo podía negar: estaba allí, encerrado, en un hospital, entre sus cuatro blancas paredes de hospital. Ya podía recordar: y descorrió esa cortina negra, zarandeada por la primera brisa de la mañana. La primavera de su vida... Sus impresiones sobre... el frío del camino en la mitad de la noche... El temperamento de sus padres. La oreja de la muchacha, desnuda sobre la hierba. Su última excursión a la montaña. La discreción de su abuelo... Sus lecturas... y los primeros poemas... Tinta negra, poemas, reflexiones y segundos vencidos: allí quedaba resumida buena parte de su memoria. Pero no puede el cordero herido regresar a la guarida del lobo saciado de alimento que en un pasado inmemorable tuvo compasión de él al dejarlo marchar en la mitad de la mortal noche. Lo he enterrado: no significa nada para mí, ¿o acaso significa tanto que ya no puede tener significación humana alguna en este desierto? Las sombras de su pasado, aunque quebradizas, eran alargadas e inestables en potencia, pero a la luz blanca de la habitación que ahora le guardaba, a la fría soledad de la aséptica atmósfera que respiraba, en las inmediaciones de su cuerpo impedido, no le volvían la espalda, y se reencontró con su primer poema, distante, en la lejana ladera, de una sencillez cándida y aplastante, aunque en verdad equivocado: “Eran sombras, / mis noches todas, / las historias trasmitidas, / el influjo de la luna. // Fueron sombras, / las simas de mi alma, / el fulgor del conocimiento, / la crecida de la mar. // Serían sombras, / las flores de arcilla, / los recuerdos de luz, / la curva en el camino”. Aunque no le costaba gran esfuerzo intuir en la placidez del recuerdo el más violento e inquietante de los destellos, supo apartar a tiempo su evocadora nostalgia del brasero: la experiencia de los años ya le había confirmado que en ocasiones el mejor de los pasados, incluso en su más oscura opacidad, puede desmoronarse desde la impertinente añoranza de un presente deslavazado y pendular.

La mañana del último día de su estancia en la pensión recibió la carta que hacía tanto tiempo esperaba: de ella: la abrió, y sin poder disimular su arrobamiento, comenzó a leerla: Fiel Karel: Ahora es el momento. Me encontrarás hoy bajo el puente de la calle... Allí te esperaré, puntual... Eva. Y punto; era breve e incluso intensa, indefinida pero concluyente. Luego, volvió a releerla hasta tres veces seguidas, palabra por palabra, letra a letra... Se percató desde el principio de que estaba escrita a toda prisa: la mala claridad de ciertas letras, una irregularidad de trazo un tanto infantilizada, el desequilibrio, especialmente, de las tres últimas palabras, así como otros tantos detalles secundarios, no hacían más que acentuar su irritación ante un texto, ciertamente, poco, nada concluyente quizá. Apariencias primero, desengaños después. Mira la piedra bien, dos veces antes de lanzarla. Pero su desasosiego aumentaba al llegar a la última palabra de la tercera línea. “Me encontrarás hoy bajo el puente de la calle...”. La última palabra, imposible, hundió todas sus fugaces esperanzas de encuentro: tal era la complejidad del tan barroco garabato que no tardó en percibir la desconexión misma de aquella palabra con respecto de las restantes. El puente de la calle de... ¿Qué puente? ¿Sigue mi Eva jugando conmigo a esos juegos suyos? ¡Enfermera es y ni escribir sabe! Y sí, ni sabía escribir. Ayudado en buena parte de su imaginación, comenzó a desentrañar la confusa palabra de grafías amasadas: las letras parecían estar montadas unas sobre otras, casi olas ahogadas en la orilla: la misteriosa palabra era estrecha y torcida, parecida en mucho a un puente de tres arcadas apuntadas: pero algo conocido le decía que no debía ser tan imaginativo, que conociéndola como la conocía era harto improbable que se hubiese decantado (en caso de ser descubierto el mensaje...) por transmitirle las señas del lugar en cuestión de modo tan sutil y apaciguado. ¡Una palabra en forma de puente de tres arcadas! Y ¿a cuántos puentes de tres arcadas podría dirigirse en tamaña ciudad? Una ciudad de ríos, de calles empinadas, de irregularidades y saltos incontables. Nada inocente. Descartada esta opción, optó por intentar desligar la masa: las supuestas letras parecían posiblemente improvisadas tras un mal sueño, no un sueño inconsciente, por lo que no le costó mucho descartar todas las opciones restantes a las que tenía alguna esperanza, y optó por la decisión más precipitada, en la que ponía en juego una de sus virtudes máximas: la paciencia, a la espera de esa inesperada apetencia. Así, tras largo rato de hieratismo meditativo frente a la puerta, abandonó la pensión, camino del hospital, con una bolsa de tela bajo el brazo en la que, entre otros preciados objetos, guardaba su pareja de manuscritos.

Leve recorrido: lo que parecía perdido fue reencontrado a las puertas mismas del lugar. La casualidad, otra vez: ella, acaso sorprendida de entrada, esgrimió la mejor de sus sonrisas mitigando la ira contenida del hombre de barro. Él, al borde mismo del borde de la pendiente, no pudo contener la inclinación lasciva y la agarró de los pechos, estrujándoselos como esponjas de baño. Grotesca escena, ella gimió de dolor, pero luego se entregó a sus brazos: decidieron ocultarse tras un muro de cemento. Él alegó sobre lo que tenía que alegar... Que su larga espera le había llevado a replantearse la “realidad” de la relación de la que estaban suspendidos. Que había logrado esbozar un futuro agradable para ellos dos obviando su futura carrera de artista, sin pretender alcanzar ni la fama ni la gloria, sin asentar cabeza entre los más altos mármoles, asentándola empero sobre su caliente regazo. Que la deseaba hasta límites insoportables. Que su existencia desde mañana sin ella carecería de sentido alguno. Que todo lo que decía era tópico, sí, pero que también era la simple y llana ahora-verdad, de folletín convencional. Y ella, más sosegada, más entrada en calor, aclaró que lo amaba sinceramente, pero que antes tenía que esquivar una serie de peligros a los que él no debía exponerse... Que su violento marido era el principal de los lastres. Que sus honorables padres poco importaban. Que su trabajo en el hospital hacía días le hastiaba. Que en mucho dependían de la suerte, pero que estaba dispuesta a dejarlo todo ahora y aquí, junto a él, sin puentes de por medio que atravesar: que el momento era ahora. El diálogo se había alargado implacablemente; una hora, algo más. Y enmudecidos, parecían querer decirse todo lo que no habían logrado arrancar de sus labios, labios en cuyo viejo vigor de tardes pasadas en la habitación del hospital relucía la música en sueños discernida por el primer Karel. El momento era ahora. Ahora. ¿Debía alargarle su brazo? ¿Podría seguir calle adelante mirando al frente sin tropezar de pura excitación? ¡Ah! Se sentía tan ridículo, pero a la vez tan vencedor, tan vencido. Vence ridículamente en la más vencida de las ridiculeces el ridículo niño vencedor. ¡Ya! Y así, y sin más, calle adelante, agarrados del brazo, como una pareja de figurantes de opereta, avanzaron, esquivando los muros del hospital. Eva, segura sin estarlo, sonreía al cielo. Karel, no tan fiado de la repentina suerte, no alcanzaba a levantar sus ojos del rudo suelo. Nubes grises y adoquines grises pasaban de largo ante ellos, grises cadáveres del mañana... mas entonces, fue ella, fue Eva, tranquilamente Eva, la que emitió al aire dos palabras inquietantes, efímeras en el resonar del aire, dos: “Es él”. Dos palabras que trocaron la ilusa armonía prefigurada y le bastaron para desligarse de su brazo: marchó corriendo calle adelante, al encuentro de un hombre, al encuentro del otro. Él. Nubes suaves y adoquines duros. Karel intentó hacer algo: inmóvil lo intentaba: la masa humana se lo impedía, reteniéndolo sobre ese adoquín roto bajo un cielo de nubes abiertas al borde de la eclosión. La separación, lo divertido de la separación, otra vez. Retumbó el cielo. la flojedad del entorno inmunizó de nuevo su cólera en un grito de descompensada sonoridad lanzado a la carbónica axial de un marmóreo edificio negro ahorcado por una montaña de aire bajo la circunfleja mirada del último de los entornos negruzcos cerrados a ras de horizonte. Los espejos de los suelos se agrietaron en pequeñas porciones de memoria sugerida, emergiendo de su silencio vidriado una continua espiral de espectros desencadenados bajo la estridente pisada del amenazador neumático caramelo. Las gotas de agua gritaban sonetos de errática musicalidad. Los paraguas salían de sus casas para acabar asumiendo su portadora misión de sumisos alfileres rosas. Hasta los conejos se apresuraron a escapar de sus guaridas. Arrancaba la temporada de caza. Se propuso, pues, seguir las huellas de su Eva, pero la lluvia ya las había borrado: todas las huellas, y todas las cabezas, y todas las cabelleras, todas: todas ocultaban su presencia bajo paraguas, entre paraguas, bajo techos, tejas y acogedoras chimeneas: Eva y el otro le llevaban mucha ventaja por delante... Ya se los imaginaba sobre un lecho, desnudos, mojados, bañados en gotas de lluvia, dando la vida para matarlo. Mas, antes de tomar la acera de la tercera calle de la cuarta manzana, justo entonces, en ese instante, distinguió de entre una espesa mole de ladrillos apilados la rubia cabellera de su Eva... Se acercó, y resultó no ser una cabellera: era un dibujo mental de una cabellera adherida a unos ladrillos. Detrás: un edificio en construcción. Era lo que era. Cruzó calles enteras de agua hasta los bordillos, hasta los talones de los viandantes sin botas: andaban todos mojados: al filo mismo de la pulmonía: tosían: también él, eran calambres molestos, en la garganta, suspiros de desaliento que le impedían arrancar el grito de agonía, mala mezcla de caliente escalofrío, a cueva helada de verano largo tiempo retenido: era algo que amenazaba convertirse de pronto en nada. Se cansaba: caía y se levantaba, sus huesos crujían, acaso invadidos de agua silente que a través de los poros de su piel surcaba, pesada y adormecedora como una plancha... Con sus ropas mojadas, sin otra identidad que la de su rostro, se convirtió sin necesidad de esfuerzo alguno en un vagabundo bajo la lluvia, sobre el arrullo de las palomas empapadas, entre las miradas obtusas de los que guarecían sus cuerpos desde las construcciones. En su cerebro latían otras razones, otras líneas grises: una muerte limpia y redentora, digna, bajo el efluvio caudal purificador de esa trivial agua de lluvia: el inefable torrente de las apetencias humanas nunca había logrado substraer de sus refinadas inclinaciones la menor brizna de esa verdadera esencia inherente a su en apariencia excitable carácter, un carácter que ahora se revelaba en sutil plenitud de matices, en repulsa hacia el corrupto fisicismo que lo retraía, débil, bajo las paredes de su reproche por soporte: imágenes borrosas palpitaban dentro de un subconsciente anónimo, superando los baches más penosos, separando los nombres de ellos, de los que habían supuesto algo sentido en su vida: una formación neblina y apartada, bajo la propia educación de la vista, respirando entre el centeno y la flor silvestre: y nubes y silbidos y gritos de tortura. Comenzaba a descender, sobre su ejército de alacranes de verduscas alas, la hija del rey Costo, Santa Catalina de Alejandría, que sobre cincuenta sabios triunfó, dicen: la decapitada de cuyo cuello brotó leche en lugar de sangre, cuesta creerlo: y una alucinación: sí, la alucinación de un Karel que no tardaría en desdecir su disparatada dislocación iconográfica. Todavía, en algún remoto escondrijo de su marchitada memoria, descansaba la visión que de la santa propuso Rafael Sanzio, visión que de niño tanto cautivó su espíritu observador. Y fue allí, en esa exquisita cadera contoneada, en esa mano desnuda sobre la hosca rueda, en esa cabeza inclinada al cielo dirigida, allí fue, repito, en donde Karel encontró inconscientemente un punto cero: antaño estampa de papel, el suyo. Dos días después de su descubrimiento, polvo, renovada su fugacidad entre las llamas del fuego. Tantas veces repetido. Tantas.

A los dos días de su ingreso en el hospital, Dimitri se cruzó con la enfermera Eva: quiso el destino arrastrarlo hasta allí, imposibilitado de pacientes el hospital de la ciudad más próxima al lugar del incidente. La otra enfermera había salido, y la suerte, es decir, ese broche de sucesos fortuitos, había logrado, por primera vez, enzarzar al mismo tiempo el destino de dos seres imbuidos en sus taras a raíz de la espina más profunda aunque inocente: si el uno pensaba en él, en ella y en el otro, el otro pensaba en ella y en sí mismo, mas ella hacía otro tanto por el uno, pero en ocasiones, en no pocas ocasiones, no podía quitarse del pensamiento al otro: a la Nueva e improvisada confidente del ambiguo Dimitri, identidad confusa, siempre se le había antojado estar destinada a propósitos mayores. De modo que las primeras confidencias no pasaban de ser pequeños viajes repletos de fáciles alegorías teñidas por un cierto regusto a fantasmagoría infantil sustentada en una notable carga de improperios divertidamente lujuriosos cuya infalible eficacia en nada hacía oponer resistencia a la reflexiva enfermera que hoy ya no podría apartar de sus ojos interiores el receloso gusto por un futuro posible junto a su desventurado caminante bajo el más atemperado de los cielos veraniegos entre fríos soles nocturnos y jactanciosas conversaciones sobre hamacas de paja desplegadas al filo raso de la caliente arena junto a oleajes tempestuosos y trombas de subconsciente aire matutino. Un comienzo no muy apropiado, ¿otro tal vez? Tal vez, si bien lo cierto era que casi todas sus conversaciones tenían la pretensión de ser jugosos juegos retóricos: pretensión que divertía a Dimitri satisfactoriamente pese a la escasa gracia que de entrada ofrecía su contrincante. “Querría viajar –le dijo un día- hasta el borde mismo del precipicio, asomar la cabeza y, ya allí, suspendido en mitad de un vacío, superadas todas mis contradicciones... respiraría profundo y gritaría al cielo un poema ininteligible. No dudaría después en lanzarme para desaparecer entre la profunda grieta de allí abajo”. Y ella: “Lo que me cuentas es terrible... y no logró averiguar la razón de tan terribles pensamientos. ¿Es acaso un viejo mal de amor?”. Y él: “No sigas por ese camino, amiga. No me conoces apenas: más de una cara tengo, y aunque ni el Dr. Jekyll ni Mr. Hyde soy, de la misma escuela provengo. Aparento sonrisa de buitre, mis manos de murciélago parecen, pero ni vuelo ni chupo, ni de carroña me alimento, y ni mucho menos en la oscuridad vuelo. ¿Quién soy? ¡Ah! Nunca lo sabrás. Soy lo que nadie a la vez querría ser. Mis coartadas intelectuales no son sino flaquezas morales. Mis litigios interiores vacío integran... Mi en ocasiones afectada habla da buena idea de lo que en verdad quiero ser”. Es decir, un farsante. “Pareces sincero”. Demasiado incluso. “No juzgues el contenido: apenas conoces el envoltorio, dicen muchos, ¿no? Dentro del agujero siempre laten corazones carnívoros que no dudarán en desmembrar tu aliento, y por nada”. Etcétera. Petulante, mezquino, grotesco los más de los ratos... Dimitri aparecía ante Eva como el-eterno-paciente no deseado, irritante hombre desalmado sobre el cual servía de consuelo asentar cabeza las horas bajas de triste abatimiento. En apariencia manejable (e incluso apetecible por su ocasional candidez), Dimitri, Dimitri el Homosexual para entendernos, comenzó a suscitar sobre Eva (al poco tiempo de postración trascurrido) una extraña y enfermiza atracción / repulsión, valga la simplificación, inenarrable sentimiento de culpabilidad únicamente descifrable bajo una hipotética terapia de psicoanálisis, quizá. Pero para Dimitri ella no era nada necesariamente definible: era una mujer, sí, dueña y prisionera de un cuerpo bonito aunque inexpresivo a sus ojos; también poseía ciertas virtudes muy de su gusto: era directa (lo que bien mirado poco le importaba), y guardaba una inteligencia privilegiada, además de culminar todas las suyas en dádiva discreción. Aunque no todo, claro, eran precisamente virtudes. “No todo lo que mañana entre por la ventana será luz”, solía pensar en sus abundantes momentos de esparcimiento.

Y ese arrebato de beatitud le llevó a una fría iglesia modernista perdida en la mitad del camino, y de un momento a otro, de ese lado al otro, todas sus ansías inspiradoras habrían encontrado la perfecta concreción dentro de su cerebro: intuía que como persona podría darse muerte dentro de escasas horas, mas no como artista, todavía no, más vivo acaso que nunca: oía cantos de memoria subterránea en el tiempo, sonidos inconfundibles, voces lanzando a las masas su nombre nórdico, pero agotado, sin fuerzas para contrarrestar el pesado sopor del aire, se dejó caer sobre uno de los muchos bancos de madera, y tendido, ya comenzó a dormirse, empapado, preso a soñar. Preso. (A diferencia de los sueños de Dimitri, los de Karel sí eran propios. Los suyos eran sueños de agradable armonía, musicalizados, repletos de coloridos indescifrables, tiznados de ritmos sedimentarios, de raíces primitivas, de intuición pura y de derribo, despojados de ese decorativismo que en su vida, y a la vieja manera simbolista, solía adherir torpemente.) No, soñando, después de todo, no era nada excepcionalmente barroco: era exquisita simplicidad: en sus sueños aparecían verdes praderas cubiertas de invisibles arquitecturas marmóreas bajo cuyos techos acristalados posaban junto a las aguas de ríos menta mujeres de prósperos cuerpos plenamente desnudos: un primitivo edén de capullos abiertos y granos de uva maduros, y entre viejas pistas de azufre, junto a esos jóvenes atletas reposando bajo las copas de muros barquillo tras los agotadores ejercicios en la palestra, descorría el rojo telón de seda y asomaba la cabeza, y no veía nada especialmente original, y, extraña contradicción, alzaba su vista al cielo, mas un rayo de sol inoportuno cegaba la inmensidad de su campo: ya era tarde para meditar: se daba entonces al placer material, al encuentro con la madre. Comía de los manjares prohibidos, bebía del embriagador chorro de las fuentes doradas, retozaba con las más voluptuosas mujeres de rubio pelaje y orejas radas, ¡y los faunos! Cantaba improperios de incoherente sazón a los nenúfares preñados de pasajero amor. No, sus sueños no eran nada, nada excepcionalmente barroco: simplemente eran: y allí aguardaban, cegadores, maltrecha su exquisita simplicidad. Era Karel, y lo era hasta en sus más profundos e inconsecuentes viajes: temía al despertar, al despertar después del viaje, después de todos sus viajes... No lo era al borde mismo del banco de madera, tumbado indecentemente, a escasos metros del sacerdote concreto, despierto y expectante. Nada excepcional, desde luego. El sacerdote se acercó al extraño y pasó su mano sobre esa frente empapada, por las porosidades ahogadas en salino sudor, y musitó, despacio, al oído casi muerto: “¿Se encuentra bien?”. Un silbido. Permaneció impasible ante la generosa pregunta: quizá una sílaba truncada resonó tarde en la profundidad de su cabeza. Todos los inconvenientes tomaban sonora forma, apagados sus otros sentidos. La línea resbaladiza del sudor había atrapado un sentimiento de frustración antes para él desconocido: de indeterminación, amorfa mezcolanza de causas y efectos antes invisibles por obvia, y estúpida, presencia. Su sensibilidad apagada era ahora mayor que nunca: estaba encerrado en esa irreconciliable parcela que separa a vivos de muertos en consonante contradicción. Sentía sin sentir. Oía sin oír en verdad algo audible. Sus manos inmovilizadas bailaban al ritmo de su viejo pincel. ¿Es posible que en mi caída todavía no halla logrado encontrar el fondo sobre el que reposa mi inepto entendimiento? ¿Bastará poder entresacar entre líneas un horizonte de fatalidades para asentar cabeza en el discurrir de tantas miserias? Y el sacerdote volvió a musitar, todavía más despacio, al oído que tan poco caso le hacía: “¿Está dormido?”. ¿Podría haber muerto? ¿Debería estarlo? “Sí... ya despierta... respire hondo... bien, respire”.

La sacristía era realmente acogedora, lo más acogedor que había sentido desde el nicho materno. Un montículo de hostias esparcidas sobre la mesa contrastaba atrozmente al lado de un cesto con panecillos secos que serían utilizados para la próxima ofrenda. El sacerdote era un hombre viejo: por su rostro agrietado parecía frisar los ochenta: por sus manos nadie le echaría más de sesenta: en cambio, más de uno le hubiera cantado los setenta. ¡Qué estupidez! “No es una estufa muy potente, pero calienta. Acérquese”. Al primer tronco de leña le siguió el segundo... y así hasta la media decena: entonces la conversación se estancó en inoperante silencio, molesto para Karel, reconfortante para el sacerdote. “¿Se encuentra mejor?”. Miró al reloj. “Sí, tenía la humedad calada hasta los huesos, y los músculos, atrofiados, sí...”. El sacerdote: “El reloj acostumbra ir diez minutos retrasado. ¿Podría hacerle una pregunta predecible?”. Es todo tan ambiguo... Él: “Iba a preguntarme si creía en Dios, ¿no es así?”. El sacerdote: “No, no se lo tome a mal, pero no era esa mi intención”. Y si efectivamente no era esa su intención, ¿para qué demonios siguió dando tan estúpidos rodeos? Era miedo acaso... ¿era apetito por la prolongación del miedo ante el desconocido mal vestido y abominable en tacha que aparecía frente a sus ojos? ¿Tan bien quería representar las palabras del Mesías? Sobre el cuadro: Karel el Obtuso rindiéndose ante los encantos de un en apariencia honesto sacerdote. Karel el Obsoleto reconociendo su altisonante nulidad en el vacío de su conciencia. Karel el Rodeado, al fin, desenmascarado. Título de la obra: “El invertebrado”. “Renuncie a todo... renuncie...”. Sí. ¡Renuncio! Siempre he “creído” renunciar siguiendo los apetitos de mi voluntad... El miedo no era nada comparado a esas sucias esquinas regidas por arañas de movimientos ágiles y sincopados: toques silenciosos de una sinfonía inconclusa que esperaba su resolución tras de sí, bajo el manto de los artificios presumiblemente sofisticados donde artista y clérigo replegaban sus enfermizas enervaciones de ignorantes humanos. El miedo no era nada comparable a las miradas diagonales de dos seres que creyeron descubrir de reojo el espejo roto de las trivialidades: separados por años dejados atrás, de vivencias y con gustos diferenciados, empero, en el fondo mismo del aparente fondo (esa aborrecible nada indefinible de vaso), tenían algo en común que, de pronto, casi a la manera refleja, había cristalizado. Karel fue el primero en ceder ante la inconclusa situación, pero erró al creer que su palabra podría en suelo ajeno eclipsar la voz del otro: “No, hijo mío, no creas que soy de los que discriminan por el mero placer de catalogar a unos y a otros mediante falsas etiquetas que en nada definen la verdadera esencia del espíritu humano. En la vida he aprendido a respetar, y eso vale con todos y para todos. Los unos y los otros sobrellevan la carga de su destino mientras sus existencias se prolongan, y será Él, Padre y Rey, la mano derecha que dirija la última escapada por los pedregosos y difíciles caminos que llevan a aunar Uno y Todo”. Palabrería hueca y anquilosada, arma inconsistente la suya. Él: “A lo largo de mi vida las más dispersas contradicciones se han sucedido sin tregua, allanándome el camino hacia la simplicidad del juicio razonado. Dios perdió su sentido conforme el siglo XX significó para muchos infelices la pérdida de su identidad”. El otro: “No, hijo mío, no. No busques nada en esa nefasta tendencia del pensamiento actual, en esa acumulación de infectas simplonerías nacidas a la sombra de un estado de ánimo determinado. Una explicación coyuntural muere en sí misma, aniquilada por el triunfo de la verdad, de nombre Caducidad”. Él: “La verdad no aniquila, simplemente niega mañana lo que hoy confirma todo estadista. Esa es la mayor aniquilación: ir más allá del acto en sí, dando la conclusión, la última palabra, a la propia palabra. Guerra y muerte, caos y redención. El destino de la fe no es el Padre. No puede serlo. No debe serlo”. El otro: “Llámale pues Padre a eso que desconoces, y verás, al fin, que es Él y no otro, pues no puede ser otro sin ser Él... y el resto cae por evidencia”. Él: “El eterno discurso de la evidencia. No, padre, no logrará engatusarme. De la muerte a la salvación distan, dicen, tres niveles de profundidad inalcanzables para mortal alguno”. El otro: “...la expiación nos redime... la redención justificará lo anterior... y la santidad dará pasó a la bienaventuranza eterna... De una lógica implacable, este coherente ascenso es la verdad pura a la que pocos en vida tienen acceso. Hoy intuyen algo, pero su fe sigue apagada, de modo que amortiguan el dolor de su sufrimiento bajo el fuego abrasador de la vida fácil, la en verdad difícil de sufrir para las mentes contemplativas”. Él: “Tengo razones suficientes para dudar de sus incongruencias, tengo razones sobradas para saber que a mis pies me aguarda una tumba idéntica a las demás, y que a ella, algún día, caeré, secamente, sin justificar nunca otro camino que niegue dicha solución. Humillado, encerrado entre la madera del árbol talado, tanto mi cuerpo como mi espíritu, inútiles más que nunca, volverán a perecer naciendo de nuevo. Una evidencia de aplastante carbono, de puro cíclica y cerrada, harto abierta y seguida de otras tantas que no se molestan ni en negar su palabra”. El otro: “Religión y ciencia van, pese a sus diferencias, parejas. Creer es comprender. La segunda duda, y toda duda la resuelve Dios”. Él: “El análisis más riguroso del teólogo no pasa ni en el mejor de los casos de pura quimera ante el aplastante razonamiento del científico razonable. Que pretenda hacerme creer mediante esas viejas tretas para convencer a niños de catecismo ofende su dignidad, padre”. El otro: “Eso es evidente, y me consuela saber que todavía ocultas en tu interior algo que, aunque residual, puede tacharse de fe, una fe... dispersa, pero presente... a todas luces”. Él: “No sé de luces”. El otro: “Él sí”.

El discurrir de la conversación se estrelló en la absoluta indeferencia: la peor de las conclusiones parecía asomar, una conclusión prolija de analizar, la cual nos dignaremos obviar. La lluvia, después, acentuó su punzante choque entre cristal y mármol... Curiosamente, esa misma noche, motivado por la sincera invitación del sacerdote, Karel aceptó dormir en una de las camas de la hospedería parroquial: no era el primero en hacerlo: mañana llegarían otros tantos, aseguró el sacerdote sin sentirse ofendido. Sin equipaje, sin señas, con el soez frío del día acumulado, se tumbó: estaba cansado, ardía bajo el sudor del techo, ardía por todo lo anterior, ardía por dentro, hasta en sus cenizas ardía.

Conforme los días se acortaban la desesperación de Eva aumentaba, y era ahora, junto a las manos del desfachatado Dimitri, cuanto más sentía la ausencia del fugaz Karel. Su sombra se sobreponía a la línea del horizonte. Ya no veía nada con agrado, apenas nada. Sabía que gran parte de la culpa la tenía ella, parte por su ineficacia para concretar lo antes acordado, parte por su inconsistente pensamiento de que él la estaría allí esperando, a la vuelta de la esquina. Crasamente, no. Por su parte, ya algo más mejorado, Dimitri comenzaba a desplazar de su vieja memoria los pestiños del suspicaz cuaderno perdido. Allí, en aquellas páginas, reposaba su mejor obra, y aunque temía por la plasticidad de su cerebro de antaño, no podía apartarse de la cabeza la idea de logro inaudito. ¿Podrían los años haber empañado la realidad misma del empeño? Prefería por ello no recordar nada de sus primaverales escritos, pero no podía: el lejano sabor era memorable, ¿valdría acaso algo desvirtuarlo sometiendo a nueva revisión sus hipotéticos logros? Pensaba, pensaba, pensaba. Lo tenía entre las manos, pero se le escapaba, era algo superior a sus fuerzas, tan mermadas, y entre ellos dos, entre ellos quedaban ya contados momentos de mesurada perplejidad. Agotados, apenas podían ocultar para sí sus principales motivaciones. Para Dimitri, todas las lagunas que ahora a barro removido emergían del fondo, traían consigo una enfermiza carga de pasajes oscuros e inconclusos, muy a tono con el devenir de sus absurdas vivencias. Eva se sacudió de la mano una maldita mosca: su piel aún no portaba arrugas, pero bien intuía que sus años de juventud estaban acabando: su larga cabellera quedaba al desnudo más que nunca. Irradiaba belleza absorbente, aunque algo perdida, y los radios de su entorno, de esas paredes asépticas a sus ojos dorados, de la lámpara apagada a su brazo blanco, no hacían más que entorpecer la visión apocalíptica que del mundo aguardaba para sí el decaído postrado: y ella era la hora que movía sus entrañas, el motivo que anulaba inconscientemente sus deseos de suicidio. La mosca maldita volvió al punto de sacudida: media docena de pequeñas patas punzantes como alfileres de vidrio mate engrandecían el mísero volumen del insecto: cuerpo pequeño, par de ojos grandes y rojizos, antenas inapreciables y cortas, aparato bucal chupador. ¿Dónde estaría ahora aquella necesitada araña que propició su emparejamiento espiritual con Karel? Reducida a polvo: en el polvo arañada: con las patas curvadas: dormida en el hueco que separa tierra de nada. Tras una, otra. Años de juventud. Sueños petulantes. Grandes espacios por descubrir... Una pesada carga, desde hoy. Querer y no poder. Los grandes males de este mundo. Las figuras estoicas de aquellos que bajo la tormenta buscaron consuelo ante la inminencia del rayo. ¿Es de lamentar una espera para tras ella reencontrarse con otra a buen seguro mucho más larga? ¿Será acaso posible que por las corrientes de los ríos los peces mueran ahogados en el propio reflejo de sus hermanos? ¿Qué tendrán de resbaladizo esas cortinas de fango hoy para quedar mañana en hilos de tierra seca? Poco podía imaginar Dimitri que su vida no tardaría en dar un giro inoportuno, un giro que apuntaba desbaratar su conjunta vacuidad, un giro que en un principio poco debía importarle...

Afuera se ultimaban los detalles para dar hilo a ese anzuelo que hipotéticamente pescaría seguro de entre la dulcificada corriente numérica. Sí, ellos (los de afuera, simplificando) habían logrado dar (en un alarde de torpeza y mala fe) con el diámetro de Dimitri... Esas muertes sucedidas, secundadas de silencios, llamas de la conciencia despertadas. Y apareció el nombre, y la fotografía, y luego algunas partes, algunas lagunas también, algo más, al fin: Dimitri: Él. ¿Había caído? De un tren, sí. De la cama, todavía no. ¡Ah! ¡Qué terrible contradicción! Haber esperado aquí, encerrado en esta habitación, junto a esa flor carnívora, devorado lentamente por sus pétalos de imprudente viscosidad. ¿Acaso mi otrora poética inspiración resurge dentro de mí? Es la excitación plena de un momento bajo, sin duda... Mas no puede ser, aunque así debería serlo, pero... la letra impresa algo delata... la letra impresa sobre papel de hoja verde. ¡La maldita letra! ¿Será un juego de Eva? ¿Jugará a levantar en mí, víctima descarada, mi apetito por su manzana? No logro comprender nada. ¿Antes lo hubiera logrado? N-a-d-a. Ramas de hoja caduca ocultan el paisaje: mi ventana es discreta; mi vida no lo es tanto, aunque de discreta no pasa: soy un ser desheredado de sí mismo... ¡Eva! Efectivamente, la identidad de Dimitri, Dimitri el Impostor, había sido descubierta, no así su paradero, tampoco las nuevas contradicciones que comenzaban a inquietarle. Por lo demás, no se extrañe el paciente lector de lo siguiente: casualmente, Dimitri, en su ingreso al hospital, descuidó prudentemente su original identidad: la razón olvidada está. Él era Adriano D. para todos los de allí dentro, excepto para Eva... Adriano por la mañana, Dimitri al llegar la tarde... ante ella se había descubierto, ¿no? (Nada podía sospechar Eva, sin duda: Adriano Dimitri sería su nombre completo, acaso incongruente, que no improbable por ello.) El periódico de mayor tirada así lo hacía saber: “Descubierta la identidad del asesino de Y, de nombre Dimitri X”. Para sorpresa suya, Adriano Dimitri pudo encontrar a la vuelta de una de las últimas páginas otra noticia mucho más discreta en proporciones que le divirtió algunos minutos de la mañana: “El popular escritor de éxitos Adriando D. ingresado en un hospital tras el fatal accidente del tren de...”. Ambos textos carecían de fotografía alguna. Ambos textos estaban escritos por una mano efectista y amiga del regodeo más insignificante. Ambos textos parecían hijos de la misma mano. ¿La misma mano jugando con la suya? Pero al poco, invadido por un extraño desasosiego hacía tiempo no experimentado, comenzó a reflexionar profundamente, y logró, con ciertas asperezas, tranquilizarse, mas la cabeza le pasaba mucho más. Consciente del no-estilo en la escritura del común de los periódicos, cotejó detenidamente las noticias que a él se referían con otras tantas de similares características. No encontró nada.

Desde su poyo de piedra desnuda, refugio testamentario, María, la Rubia madura del Cementerio, la que atrajo la mirada de más de uno, alzó su mirada al cielo: tenía ganas de algo: necesitaba de alguien: de él especialmente; pero Karel ni se había dignado responder a su única carta, ¿y para qué seguir insistiendo? Ella, aislada, junto a su hija de hermano, recitaba en verso libre imposibles suspiros de aire cálido, fugaces centelleos de lana pura, muestras de afecto necesitado: una mano compañera, tal vez. Así había ocurrido: el enamoramiento fugaz, de pronto, del desconocido, del irrespetuoso desconocido que ante sus encantos parecía haber cedido, pero que, poco después, breve tiempo, ni a su carta se había molestado en responder: toda una impertinencia digna de años pasados, y a buen seguro de años venideros, pero también una impertinencia de ahora. Entonces, como oscurecida su mente por un negro fundido, recordó el último instante, la última vez, la primera visita, y el beso sellado: punto primero y último de la hermosa amistad que inevitable florecía, mas para no madurar... Y Dimitri, también él... Eran tantas las sombras, los pesares, la lúgubre tenacidad del tiempo, que en nada podía, ni quería, mirar atrás con cariñosa nostalgia... muy al contrario. Atrás todo eran quejas y heridas, pegajosas e impías, de tierra y fuego, labradas a sangre sobre hierro, despojos humanos de antigua belleza blanca, hoy carne de buitres, metralla de guerra adherida al hueso esparcido, del aire al agua, por medio del gris metal traslado, entre centelleos de fusil y amapolas agujereadas, sobre ríos de nombres sin letras, entre arbustos con forma de cadenas teñidas de óxido duro: y la respuesta esperada, seguía tardando, sin haber llegado, pues, pese a todo. Una respuesta impaciente a una carta inocente y amiga, superficial y rosa, de amiga enamorada. La espera impaciente que ya no le impacientaba: el tiempo, al fin, se había detenido. ¿Para qué seguir esperando tan improbable promesa? Ella seguiría allí, junto a la tumba nunca habitada del viejo Dimitri, encaminando a su hija por los menos atroces senderos del mundo, viviendo de sus ahorros progresivamente mermados, respirando, y de vez en cuando, soñando... hasta el fin de su fin.

Extraña paradoja, el día amaneció hermoso y lleno de vida: un precioso arco iris se imponía sobre la línea del cielo, salpicada de edificios de hormigón ahora reducidos por el resplandor multicolor a efímero residuo humano, disfrazado todo ello de insufrible humo venido de todas partes. Karel despertó: los dedos de sus pies se retorcían de placer, dispersos entre la blanda totalidad de la sábana, de algodón y de aire. Hacía mucho tiempo que no lograba conciliar el sueño de manera tan placentera: hacía mucho tiempo que creía haberse esfumado de su vida: pero no era así, seguía. Tras ese momento de tranquilidad, apenas inapreciable, la angustia retornó a su lugar, y con ella, las preocupaciones, siempre presentes y ahora más. Eran tantas las estupideces que bullían por su cabeza, las horas atrás dejadas que a recuperar quedaban, que en menos de un minuto, milagrosamente repuesto de su presunta pulmonía, ya estaba vestido de arriba abajo, bolsa en mano, zapatos atados, suelas saliendo de la habitación, de la hospedería parroquial, calle abajo, sin arco iris, de semáforos en verde, verde apagado, ahora en ámbar intermitente, rojo pronto. Busco la Calle de la Independencia, la puerta que me libere de este barullo inmundo. Pero todas las avenidas me resultan igual de dependientes y desconocidas. Ni una pizca de humanidad asoma en el más discreto de los callejones. Es una ciudad, no cabe la menor duda, pero no distingo humanidad alguna de entre el polvo estriado del aire. Mi angustia es típica e intercambiable con la de cualquier otro mortal que albergue todavía sentimientos de persona. En nuestro andar nos cruzamos unos a otros miradas de desprecio y repulsa, de indiferencia y arrogancia, miradas que dañan nuestra dignidad perpetuando la lucha absurda del día a día. Las cafeterías apestan a niebla, a muerte concentrada en una sucia taza de café ciega. Todo son secuencias irrespirables... y las pastelerías, esas aburridas cajas de cartón piedra que esconden en su interior tartas de chocolate negro rayado de nata y de limón. Es ese sabor rancio, contagioso y amable, el que me desdice. Es su aroma a dulce profundo, a azúcar quemado, el que me amarga la mañana: un olor pegadizo que entremezclado con el humo de los automóviles se torna alimenticio como el mejor de los venenos, parecido al que las ratas pueden darse en vida, atracándose hasta reventar... y también la gente sucumbe ante las portadas de las pastelerías: allí llenan todas sus carencias: allí encuentran un minuto de ilusión infantilizada. Un sabor lejano, de niñez hermosa, hundida ya toda esperanza de vuelta a esa pradera verde próxima a la casa, a ese cielo azul, a esa niña juguetona por amante. Y es esa espiral (de helados que descansan colgados esperando ser devorados por algún paladar insensible al frío) la que ofende más aún mi estrecho entendimiento. Helados sobre conos de galleta dura, resistente a la humedad por un tiempo limitado, cual arquitectura veneciana a la esquina de un canal de aguas podridas espera reblandecerse para en barro algún día... Repentinamente cansado, se sentó en un banco apartado en un rincón de la calle y sacó de su bolsa la pareja de manuscritos. El suyo, apenas comenzado, era un pequeño todo de páginas en blanco... frente al de Dimitri, plenamente acabado, sucio y viejo, lleno. Eran dos, y el segundo, de minutos aprovechados, parecía hacer de complemento al primero, apenas un garabato inerte y sin vida. Con todo, Karel ya había dejado atrás todo lo otro: la admiración hacia un fantasma-primo ya no le impresionaba tanto. Miró entonces su manuscrito, todavía por escribir; entonces, al acariciar el lomo de su “Devenir”, pudo entrever el rostro alejado de la mujer rubia del cementerio, con la que tan pocos minutos había agotado. Ella era la mujer a la que debía haber buscado: todo lo demás eran miedos indescifrables dignos de un niño ante el teatro del amor. Ahora estaban enterrados todos ellos... Eso creía, hasta que repentinamente, con la conciencia medio tranquila, comenzó a tener necesidad de su compañía. Tarde antes que nunca, creyó, en su relativa juventud, haber catado una pequeña dosis de ese elixir sin nombre que empareja a dos amantes hasta el fin de la inmortalidad. M-a-r-í-a. Ese es su nombre: un nombre bello para un rostro bello: cinco letras vibrantes: tres vocales multidimensionales. Amor. Inmaculado Amor. Sí, ahora la recuerdo mejor. Apenas la podía recordar con claridad, pero ya logró entresacar de la expresión de sus ojos algo más que amistad. Ella me amaba, y yo permanecí frío, ciego ante sus súplicas mudas. ¡Dios! En la contradicción nos juzgas, y a malas horas llegamos para sanar los desaguisados sobre la herida. Pero ya es tarde, ¿o no? ¿Me seguirá recordando? Posiblemente... Mejor, sí, es muy probable que guarde de mí un recuerdo mucho más profundo y sincero que el que guardaría de un hombre sin más el común de las mujeres. Me confesó sus culpas mínimas, sin altisonancias oscuras. Expurgó de sus adentros toda la rabia que el dolor concentra en el corazón de una mujer afligida... me amaba en silencio. ¿Me estaré volviendo loco? ¿Fue ese tópico del amor a primera vista? La quiero, en verdad la quiero... y la otra, sí, esa serpiente traicionera (de nombre E-v-a, maldita Eva, en verdad me cuesta pronunciar su nombre) ha servido de obstáculo para oscurecer la luz de la mujer a la que en verdad amo. María, ¿dónde ocultas en este mismo instante tu tiempo? ¿Todavía aguardas una insospechada espera en ese sombrío cementerio? ¿Recuerdas dolida la dureza de mi paladar ingrato? ¿Y mi silencio? No respondí a tu encantadora carta. ¿Sigues esperando mi palabra escrita? Minusvaloré tu modestia de amiga sincera. ¿Y esa hija querida? ¿Qué digo? Todavía estoy a tiempo. A tiempo o sin él, Karel marchó con las escasas pertenencias que le quedaban en dirección a la estación de tren: el camino, de nuevo, se hacía largo. Por su cabeza circulaban ideas prolijas de enumerar... El olor a caramelo endurecido seguía saliendo de las pastelerías. Otra vez. ¿Todo eran pastelerías en tan infecta ciudad? Pero el recorrido hacia la estación se vería truncado, no ahora, sí algo más arriba, unos pasos más, nada, en el parque de los dorados pinos podados.

De pronto, lo inesperado: el encuentro en el parque de los pinos podados marca de forma harto brusca el devenir de esta historia, pero así fue, y poco podemos nosotros hacer por alterar el curso de los acontecimientos. Por un lado, Karel, firme, asqueado de casi todo, dispuesto a marchar para no volver jamás. Por el otro, bajo las variables sombras, a un banco sentados, una enfermera: Eva precisamente, junto a su último paciente, recién recuperado y en su último día bajo sus cuidados: Adriano Dimitri, él y no otro.

La fortuita irrupción del arco iris sobre el campo mojado tras la llovizna alzó el vigor caído de María: como presa de una necesidad indefinible, limadas durante el sueño de la noche todas las contrariedades que habían abatido durante largos días enteros su hermoso rostro, salió a la calle. Las nubes tronchaban los márgenes del espacio azul en hilaridad armónica. Un murmullo surgido de entre los matorrales del camino acoplaba a la extraña sinfonía un acabado de fingida atonalidad. De su largo vestido blanco pendía un lazo azul. Su rubia melena revelaba como nunca un dorado fuego, vivo reflejo sobrevolando la ladera, de escultura idealizada sin volumen, fondo matizado de líneas escritas ahora y difuminadas en ilegible composición maestra. Una obra soñadamente definitiva, necesitada de la mano de un artista que la inmortalizara, quizá. La frágil alegría de María se reducía a una arrugada carta del todo inesperada: se la enviaba él, su noctámbulo sueño, hacía tiempo lapidado... pero no podía negarle esa segunda oportunidad, y con las aristas del sobre entre sus yemas, abrió la carta, desplegó el escrito y comenzó a leerlo; no era la primera vez que experimentaba tamaña sensación, mas le resultaba nueva, sugestiva y embriagadora, y aunque reservada, no podía evitar de vez en cuando dejar escapar alguna lágrima:

Querida María:
¡Qué día el día en que nos conocimos! Miraste fijamente el cuello de mi camisa... apenas fijaste tu vista un segundo en él, y es extraño, pues aunque ahora te lo cuento, no reparé entonces en tan poco significativo detalle. De regreso a casa, descubrí, para sorpresa mía, una mancha alargada y oscura en ese cuello del que te hablo. De café. ¿Recuerdas? Una semana después volvió a mí memoria el dichoso detalle, y temblé: me sentí entonces como un niño acorralado entre dos abuelas envidiosas: no sabía a cual de las dos darme. Seguía temblando: era una sensación extraña, a medio camino entre la ridiculez (del momento pasado que entonces recordaba) y la angustia típica del individuo mediocre ante la inmensidad abrumadora del espacio que lo traga. Nada nuevo... al menos para mí. Volví... creí volver a ser niño, a estar necesitado de un cuarto oscuro, a prolongar los juegos invariablemente estúpidos que milagrosamente logran hacer de nuestra primaveral existencia algo más sencillo que memorable... Podría seguir alargando esta carta por ese camino tan trillado de las metáforas, pero no prolongaré más mi ineficaz pedantería de joven experimentado aunque sin auténtica experiencia. No, tu auténtica pureza de espíritu me impide situarme a tan noble altura. Pero, ¿qué digo? De espíritu, de cuerpo, de todo en suma, eres bella y única, y mi palabrería superficial y artificiosa nunca podrá hacerte justicia. Sí, te lo diré: por la radio escucho ahora la “Expansiva” de Nielsen, y es en esta excitación extraña en la que me duermo sin llegar a decírtelo... Sí, durante todo este tiempo mi vida ha seguido a trompicones un cauce de contradicciones, una tras otra, que han ido dando coherencia a mi ser. Ese es el absurdo en sí mismo: sacudidas de un quiero y no puedo que me impide seguir adelante. Yo te quería desde el principio, pero mi ineptitud me llevó a desviar tan hermoso camino. ¡Quería llegar más alto! ¿Y qué es querer? No es poder, lo sé. ¡Qué imbecilidad! Pero todo mi orgullo se ha desvanecido, pues mi orgullo eres tú, y ese orgullo es tal, que no puede, ni quiere, ni debe, expresarse en tan vulgar palabra. ¿Voy demasiado deprisa? No lo sé... El tiempo se me acaba: ya me reñirás después. Y ahora, no descuides tus quehaceres. Pronto volveremos a vernos.
Te quiere, Karel.

Y punto. De presuntuosa podría tacharse tal carta: falsamente brillante a la primera lectura, carecía de esa vital garra tan del Karel de carta, aunque ella no lo sabía, ya que ésa era la primera que de él recibía. La primera. También habían hablado juntos en tres ocasiones, es cierto, pero las distancias entre lo que se aparenta y lo que en verdad se es apenas pueden diferenciarse de entre la máscara y la mueca premeditada. A María nada le olía a chamusquina ni a podredumbre: para ella todo era gloria, pasajera gloria, desnuda felicidad, desnuda en medio de las triviales asociaciones de ideas que iban y venían desde el arranque del sendero hasta la boca de su buzón de compromisos pasados. Aquella carta supuso una alegría indefinible pero a la vez sombría: era la respuesta divina a su soledad contrariada. Ahora, debía esperar, y aunque la espera nunca es motivo de verdadera alegría, más valía albergar una esperanza antes remota que un silencio de inconclusa desazón.

La realidad distaba de manifestarse así: al inestable Karel las cosas no le iban tan bien. Desde el encuentro inesperado sus problemas se habían acentuado de manera particularmente azarosa. Y la carta que había escrito a María no suponía más que un dulce para un niño inocente que espera de esa mano bienhechora algo mañana mucho más grande y sustancioso: nada más. Le debía un momento de atención, y ahora, por escrito, se lo había dado. Claro que mucho había cambiado él en apenas dos semanas: si antes de su frustrada partida deseaba pasar el resto de sus días junto a ella, en ella, ahora quería con incesante impaciencia refugiarse en la soledad de algún lugar apartado, cueva o ermita, alejado de compañía humana alguna. Más que nunca, todo le importaba una bicicleta rota, pensó. Por ello, ahora dormitaba como podía en un mediocre piso sin vistas a la espera de una llamada que marcaría el discurrir de su camino futuro: una llamada de la que dependía su tranquilidad: una llamada de la que, creía estar seguro, saldría la voz de Eva: de nadie más, aunque tampoco podía descartar la posibilidad de que fuese de algún ser anónimo que a su número llamase en uno de esos descuidos tan habituales, simple error. Pero error o no, estaba agotado de no hacer nada, de no recibir llamada ni de noche ni de día, de nada en concreto estaba agotado, pues los días amanecían iguales, grises bajo la bombilla de filamento grana, y mirar arriba le producía vértigo, lo que le llevaba a cerrar los ojos al poco, mareándose en una oscuridad no del todo opaca. Le dolía, pesaba más, la cabeza. Volvía a sentirse lleno de mosquitos por dentro. Sudor entrecortado. Pesantez de un aire cargado. El aburrimiento, y de nuevo, el pensamiento en la muerte. ¿Tan predecible puede ser el curso de una vida mediocre y sin auténticos alicientes? Tan predecible: lo que muchos ya habían pensado ahora lo pensaba él, y todo giraba y nada en verdad estaba cambiando. Ni por mil cadáveres de sabios amontonados.

Eva seguía fiel a su promesa de abandonar su entorno para marchar con Karel hacia cualquier otro lugar, pero un quebradero de cabeza se le interponía, interrumpiendo horas de sueño, flanqueando cada uno de sus pensamientos: sin comprender la razón de tal variación, había (en la medida de lo probable) caído en el perímetro de su viejo paciente. De su abierta homosexualidad, entre ambigua y explícita, ya se había percatado a través de insinuaciones gráficas, miradas agudas y palabras de vivo magma: caminos que situaban al fornido personaje al otro lado de esa barrera tan discriminada por la sociedad convencional (entre viciosa e inoperante amalgama de hipócritas decadentes habituados a la sumisa rutina).

Más chocante le resultará al lector la extraña aversión que se profesaban el uno del otro. Karel por un lado, Dimitri por el otro. Para el primero (quien en nada podía imaginar que tan aborrecible individuo fuese su admirado fantasma-primo, hijo de sus tíos) él era su contrincante, el opuesto al que debía lograr alejar, aunque nada sabía, tampoco nada quería saber de él, circunstancia que limitaba en mucho su habilidad en la acción. Técnicas de lucha entre animales con cuernos. Para Dimitri, tan deshilvanado del entorno humano, Karel no era más que un pelele en manos de ella, y eso, de vez en cuando, le divertía. Un ser insignificante que todavía no ha sobrevivido a los dardos profundos de la vida. Entre ellos dos, auténticos enemigos de un mismo clavo colgados (obvia e inevitablemente, mientras consumían su tiempo junto a ella), sus conversaciones se reducían a monosílabos mal pronunciados (al principio, todo sea dicho). Los temas de conversación, por lo demás irrelevantes, los imponía el eje con envidiable intención. De este modo, y al conocer la aversión que entre ellos dos se gestaba, preguntaba por orden de aproximación a sus intereses, bien ahora a uno, bien después a otro, evitando siempre así el contacto directo entre sendos colgajos. Los tenía a su lado, ¿qué más podía pedir? Mas por su parte, un personaje hasta ahora ignorado (el marido de Eva, de nombre Andrei, metro noventa y poderosa corpulencia, manejable niño entre los brazos de su mujer) agotaba sus días trabajando en un bosque, cortando a golpe de hacha la madera, mutilando árboles de raíz, ignorante de las aventuras que su mujer se llevaba por las calles de la ciudad: siempre le había sido fiel, y de eso no cabía duda alguna, duda manifiesta, al menos.

La primera vez que Karel, Eva y Dimitri entremezclaron sus cuerpos, calientes bajo las sábanas de una cama (encerrados entre las paredes de una habitación de hotel, un claro martes de lluvia ácida), la extrañeza se apoderó de ellos dos: ella quedaba al margen: la repulsa devino extraña amistad. El homosexual encontró algo nuevo en el pelele. El pintor descubrió que el otro no era tan despreciable, al menos dentro de la cama, pues sus actos nunca estaban exentos de una correcta educación ciertamente extraña en un hombre de su indigesta apariencia. Y ella ratificó que el pintor sabía moverse con discreción entre sus piernas, mas le faltaba una lección que aprender del otro... Dimitri sobre Karel: Su cuerpo... ¿Dónde he soñado con algo parecido? Es un recuerdo perdido en la imprecisa lejanía de mi juventud... es un recuerdo situado en el río de mi tierra... las montañas, los jóvenes de carne blanca y mirada poderosa, sobre las rocas puntiagudas, bajando por los toboganes naturales de piedra, precipitando sus desnudos cuerpos a la corriente fría y vacilante del río, entre peces inalcanzables y ranas moteadas. Y esos ojos distantes... ¿No será él prolongación espectral de mi pasado? Eva sobre Karel: Lo veo aturdido. No es él... él es la razón... pero poco importa Dimitri ahora... aunque a él sí le importa... ¡Qué digo! Sus ojos no ocultan... es su presencia la que entorpece... Es extraño... Dimitri significa poco para mí, mucho menos para él... y consiento que esté aquí, en un extremo tan violento... y mi marido, al otro... no puedo quitármelo de encima... ¿qué será? Eva sobre Dimitri: Su cuerpo es parecido al de Andrei, macizo como la madera... pero no es el tipo de hombre que ahora necesito... necesito algo más acorde a... algo que al cruzar sus brazos sobre mi tronco no logre arrancar de mí toda la estima que me profeso... ¿Sería demasiado atrevido pensar que su objetivo es él? Dimitri sobre Eva: Es bella, pero no me llena. Sus cabellos se amoldan a mi torso como esponjas sobre la arena... pero no puedo entregarme: mi naturaleza me impide sacar partido de ella, aunque la amo en el mejor de los sentidos, en el más puro de los sentidos... Eva sobre Karel: En verdad es él el hombre que ahora deseo, aunque quizá mañana... pero no puedo esquivar de mi egoísmo el escalofrío que supone la primera frustración de ese mañana tras el desacato. Por fuera, desatada ya nuestra unión, aparece como en la cama del hospital... sus ojos no callan y me dicen que lo suyo no es amor auténtico y... ¿Será ella mujer de tierra o vanagloria de artista? Karel en María: Quería encontrar en la soledad mi último refugio, y ahora, aquí, entre un hombre cojo y una mujer bizca, porvenir de la especie, puedo encontrar ese algo de ese fuego imposible del que poco adivinan en su resplandor los auténticos poetas del alma. Mas yo no soy poeta, ni lograría serlo aunque con todas mis fuerzas lo quisiera, pues la voluntad no es nada, y dado que yo no soy nada, puedo seguir en mi lecho de piedra para que de entre las grietas de su llanura (de microscópicos parajes) emane un río de aire que desgarre a hoja blanca mi espalda. Esos serán los versos: piel rasgada y sangre: presiento que nunca sabré de ti, pero poco importa eso ahora: mi felicidad no trascenderá más allá... Las lecciones de la vida son nimias e inmolan de improviso la mejor de nuestras aspiraciones: todas las motivaciones que quieren hacer de nosotros héroes en el tiempo emergen casi siempre vacías, sin motivo. Ya es tarde para aferrarme a florituras que no dicen nada. Todo lo bueno ha dejado de serlo; lo que ahora me pregunto en poco difiere de una seudo-filosofía ridícula digna del más inquieto de los niños. Ayer tiraba piedras al estanque, sin física alguna de por medio, y ahora, con los ojos cerrados, me centro en ese sonido inquietante y amenazador que desplaza agua y aire sin alterar espacio visible: ya no veo la piedra, ni el aire removido, ni el agua desplazada.

El segundo poema que Karel escribió en su manuscrito “Devenir” redefinió su pensamiento de antaño sin aportaciones nuevas, agotado todo su ideario; y aunque ya había dejado de considerar con seriedad tales planteamientos (por inalcanzables), optó por buscar algo entre ellos, quizá una forma de expresión en la que liberar todas sus frustraciones, siempre con esa inusitada pretensión de musicalidad no buscada antes. Lo es... no lo es. Poco le importaba el evidente contenido (tampoco en su pintura propia le interesaba derivar por caminos nunca penetrados: el dilema siempre era el mismo...), y miró hacia la forma, inexpresiva forma condenada a la insignificancia, rebote exacto de su agotado interior, a saber: “El tiempo, obstinado velocímetro pasajero, / amigo aventurero con miedo al posadero, / máquina natural persistente, insistente, / canto esperanzador que al espacio espacia, / espinoso y monocorde cacto de dolor, / que sobre la vida dulce masacras, matas. // Tiempo venidero, también pasas, pasado. / Acaecido sueño, pasado en olvido se torna, / retornando al origen, cíclico. // Vivir esta vida, morir al sueño, / sobrevivir al lamento de ser momento, / creer que el tiempo nace del detrimento, / pavimento físico, de morada pesada”. ¿Podían los poetas de verdad tener cabida en el mundo concreto sin lamentar sus inútiles versos? Conclusión: reflexiones ligeras e incruenta metralla, preguntas directamente envejecidas que encuentran su respuesta en la más ramplona de las conclusiones academicistas... ¿Qué es un “poeta” junto a su poema? (No nos detendremos en tan discutible asunto: en nada nos beneficia entorpecer la narración con diatribas tales: ahí quedan.) Pero volvamos al momento en el que Karel concluyó su segundo poema, y llamémoslo poema, dado que lo escribió con esa pretensión, es decir, teniendo plena conciencia de poema y no de escrito cualquiera, en el supuesto de que lo fuera. Frente a él, sentado al escritorio de la habitación, reposaban sobre la cama los cuerpos desnudos, dormitantes, de Dimitri y Eva. En el centro, entre ellos dos, se abría un valle vacío de diminutas cordilleras nevadas: al alcance de la mano los tiene. ¿Fue esa imagen el motivo de tal inspiración? Sin duda, pero en el fondo (entiéndase lo que quiera por “fondo”) actuó motivado por perpetuar ese tiempo muerto, de descanso inútil. ¿Y qué mejor que un poema para procurar alargar el primitivo acto sexual calentando pluma? Bastaba un leve aliento ante el espejo del armario para hundir la invisibilidad del aire: bastaba sacar de su bolsa un manuscrito mugriento para arrancar del blanco amarillo de sus páginas una inocente caricia enterrada en otra ciudad: no bastaba pretender encontrar allí, en ese cubo de hormigón acristalado por habitación, una respuesta última, una solución satisfactoria a esa molesta trascendencia tan socorrida por de entre las almas vulgares que, creyéndose distinguidas, morían en la propia vida inerte de las lecciones comunes; Karel cierra su manuscrito y avanza hacia la cama para acostarse de nuevo. Dimitri ronca. Eva se agita como nutria juguetona. Allí siguen los tres. Ella, de pronto, despierta: “¿Todavía quieres más?”. Se abre de piernas, casi por instinto. Él: “No”. Ella: “¿Qué escribías con tanta obstinación en esa agenda tuya?”. Él: “Palabras, simples y llanas”. Ella, acariciándose el tobillo: “Claro, palabras... no pensaba que fueses tan poco gráfico”. Él: “¿Quieres saber más?”. Ella: “En una palabra”. Él: “Bien. Es una palabra... popular... y resuena con particular viveza en los oídos finos”. Ella, mordiéndose el labio: “¿Crees que no te sigo? Adelante, dila”. Él, excitado: “Mierda”. Risas en tanto. “No te creo”. Ronquidos. “También creí yo eso, al principio, al principio de un principio, pues apenas comienzo, apenas ahora, y algo me dice que no siga. Todos los caminos que tome mañana serán iguales: de obscenos, de miserables, de maniqueos: carezco de ese auténtico talento que conforma a los maestros. Compararse es perderse. Lo intento, pero no puedo. Al pintar busco algo que traspase la tela. ¡Majadera pretensión! Busco armonizar, pero fracaso. Con toda razón. Ni en lo cuantitativo ni en lo cualitativo encuentro una fecunda compensación que se libere en belleza concentrada, en hermosa fuente de admiración. Me interrogo para prolongar mi presunta vocación, y choco con el sopor de mi vacilación. Me aburre tanta vaciedad, tan poco poeta...”. El monólogo cala hondo sobre el medio dormido Dimitri, de espaldas... y acto seguido pone su quebrada voz en el aire: “¿Qué es eso de poeta?”. Al oírlo, Karel bosteza. Eva se levanta de la cama y marcha en dirección suroeste rumbo a la nevera... “Poeta –prosigue Dimitri-, poetas: son muchos los poetas que dicen serlo y pocos, muy pocos, los que en verdad sacan tajada de ello, ¿me entiendes?”. Regresa con su vaso de limonada. “Todo tiene un precio”, añade Karel. “Un precio, una tajada, en limpio. Todos queremos chupar de lo mismo: reconocimientos estúpidos, gloria efímera, dinero que nos llene los bolsillos de fajos de papel arrugado y, ante todo, un estandarte en la galería de los figurones. ¡Todos sin excepción!”. Derrama la limonada sobre sus piernas. “No”. Sigue el otro con lo suyo: “Dices lo que la mayoría dice, pero puedes creerme, ¡créeme! Al principio... todo es maravilloso: la miseria está tendida ante tus pies, y por todas partes resuena esa música, sí, ¿no oyes? Son “Los Preludios” de Liszt... Cada uno dice ser fiel a sus convicciones, pero poco después, muy poco después, ¡nada! Caes en la red. Redes que han estado siempre desgarrando tus manos... Sí, he saboreado esas redes, dulces por fuera, pero pegajosas y corrompidas por dentro, como la miel, ese analgésico contra la impiedad, ¿no crees? ...pues bien, yo también fracasé no en eso, que apenas podía significar algo de verdadera importancia, sino en lo otro, lo que define nuestro carácter y determina los fracasos, y luego en todo, incluido en eso de lo que al principio no... escribía entonces (cosa que dudo) como un ángel bajado del... ¡Nunca escribí así! ¡Nunca pinté así! ¡Nunca fui un ángel del demonio! Un ángel según decían algunos, ¡puerca mentira! No muchos de ellos después, luego ninguno, se pusieron de mi parte... Luego... claro... las modas, decían, las necias modas, la nueva generación de genios... Eva extinguió de un sorbo el fluido amarillo, e interrumpió: “Estás borracho, cállate”. Dimitri volvió a su postura primigenia y repitió para sí aquellas palabras: “Estás borracho...”. Karel se incorporó, y falto de humor, añadió: “Está borracho”.

Afuera, la lluvia parecía haber cesado. Habían pasado algunos minutos, algunas horas... Dentro, Dimitri seguía todavía bajo la cama, la botella de vodka vacía mantenía su compostura: más allá, al otro lado, junto a la pequeña nevera, sentados en unos taburetes de madera barata, Karel y Eva se miraban, ojos rojos, faltos de sueño, irritados ellos, los unos y también los otros: ojos sin habla, y le contó lo que sabía de Dimitri... Que se llamaba Adriano Dimitri. Que era escritor de éxito (o algo parecido...). Que no sabía mucho más al respecto. Que sospechaba de lo uno. Que de lo otro podría descubrirse algo con más tiempo. Que al igual que ella, él también deseaba marcharse al sur. A España, por ejemplo. Sigo soñando... Es un sueño muy malo. Me canso tanto... es de un cansancio viejo y viciado, detenido entre dos momentos. ¿Qué día es hoy? ¿Martes? No llevó reloj. (Sí... está tumbado entre el abrelatas y la cubitera derretida...) Marca las diez, y diez, y once... Aquellas confesiones perturbaron su estancia: entre sueño y sueño, Karel creía estar más cerca de la verdadera identidad del intrigante Dimitri, pero al despertar todo se volvía enfermizo y abigarrado. Ya no estaba en ningún lugar. Apenas un dolor de cabeza presidía sus observaciones. ¿Es ese cuerpo desmadejado de borracho el cuerpo de un escritor de éxito? ¿Estará gestando en sus adentros la osamenta de una nueva obra de éxito? No iba más allá, hasta que el viernes amaneció oscuro: un cielo de tormenta cubría de punta a punta la ciudad entera. Dentro de la habitación del hotel, seguían dándose a sí mismos: apenas comían, pero bebían salvajemente el exiguo alcohol que les quedaba, se revolcaban por los suelos, retozando como animales en celo, siempre a la búsqueda del máximo placer al que sus cuerpos podían tener acceso... Irremediablemente, la claustrofóbica experiencia llegaba a su fin. Abajo, en recepción, todos estaban preocupados. Ya era el cuarto día, y todavía no habían salido... “A decir verdad, uno de ellos no tenía muy buena pinta”, deducía el primer recepcionista, que no paraba de hacer toscas pajaritas de papel. Y así, como cada mañana, una de las chicas de la limpieza se acercó hasta la polémica habitación 212. El cartelito seguía colgado del manillar de la puerta: NO MOLESTEN. Tras esa puerta todo seguía igual, peor que antes incluso, tal era el precipitado declive al que la barca había llegado. Dimitri, incapaz de articular palabra coherente alguna, con los ojos medio ahogados, yacía tendido sobre la alfombra bañada, con una pierna abierta en ángulo recto, con una mano sobre la frente, botella de licor en la mano. Karel y Eva, sobre la cama: sobre él descansaba una sábana pisoteada malva que lo cubría de cintura abajo. Ella, desnuda, boca arriba, dejaba colgar su brazo derecho por de fuera de la cama: la punta de su dedo índice tocaba suelo: entre su punta y la punta de la nariz de Dimitri distaban escasos diez centímetros de suelo vacío: por allí, por una senda invisible, dos gorgojos del polvo pasaban, arrastrando sus cuerpos, míseros y llenos de inmundicia, y de pronto, tres golpes secos se sucedieron sobre la puerta, tres golpes secundados de una temerosa voz femenina: “¿Necesitan algo? ¿Están bien? Por favor, digan algo”. La voz obtuvo por respuesta el más contundente de los silencios. Karel levantó los párpados, pero no la boca. Algo le pesaba. ¿El aire? Extrañada, la chica de la limpieza bajó a toda prisa a recepción, y allí, acostumbrados a la disciplina de compromiso, se escandalizaron, pero no escatimaron sobresaltadas hipótesis antes de actuar: “¿Muertos?”, se preguntaba el uno. Y el otro: “Antes de usar la llave maestra debemos avisar al director”. Y el de más allá: “Habrá que llamar a la policía”. Etcétera. Pero en el instante mismo en que varios empleados del servicio del hotel subían para cerciorarse de lo que tras aquella puerta ocurría, los tres en cuestión salían: el primero en asomar cabeza fue Karel: una sonrisa incómoda iluminaba su rostro. Tras de sí dejaban una auténtica pocilga, un pequeño charco de corrupción acumulada, de aromas opulentos y palacianos. Entre ellos, en efecto, todo parecía un juego, y tranquilos, con la cara lavada y ese olor a vicio simulado tras un perfume barato, marcharon, camino de la calle, con la cabeza bien alta y los puños cerrados, distintivos de seguridad en todo viajero preciso. Apenas unas contadas palabras de supuesto agradecimiento por parte del director bastaron para cancelar el incidente. Procuraron pagar la cuenta con cierto apuro. A decir verdad, y por eso de no levantar una inútil polvareda, les dejaron salir por algo menos de lo acostumbrado, y salieron. Con éxito.

La carta sobre la mesa: el silencio mediador: todo gesto suspendido: las miradas, y ese orgullo encaminado a sobrellevar la carga imposible de un sueño, arrastrando la frágil máscara del exilio voluntario. Atrás, la ciudad, del cielo y de sus partes, un universo en fragmentos, entregas perdidas de un diario retrasado: toda la aborrecible vida de un día entero. Para Eva la ciudad era el hospital y el bosque, y en el bosque su madre y Andrei, y el gato aguamarina y su reloj de arena: cien días frente al cielo, diez noches seguidas sobre la cama: una enfermedad superada y una mañana en un campo abierto, de heno, de savia, de juegos, lactancia de infancia a la triste espera de crecer para retorcerse las piernas bajando las pendientes de la colina. Para Dimitri la ciudad era otra más dentro del mapa. Para Adriano la ciudad ya no era nada: era un nombre sin consecuencias. La ausencia no tenía nombre: el mapa ocultaba en sus colores manchas de sangre. Para Karel era una habitación de hotel sucia. Era un instante mental: lo otro. Afuera: la vivencia. Adentro: la desmemoria. De aquí a un año, tras doce meses y medio, bajo el mismo cielo, sin nada que arrastrar, sin nada que objetar, escribir o preguntar, rememoraré por encima mi pasado, y allí, desde ese lado, sobre un trozo de manuscrito truncado, tacharé mis éxitos, fracasos antes levantados: nada: ninguna empresa vale lo que una empresa es, y sí una prosa flexible, un día de circo y dos noches entre la lona de una luna, entre dos seres tanto o más perdidos que yo... Camino hacia un lugar incierto, en un tiempo incierto, de un todo incierto, mas a mis espaldas pregunto lo que ellas de mis ojos esperan, y la desdicha es implacable. ¿Será posible que a cada kilómetro superado la tengamos más cerca? ¿Bastará un minuto detenido en el reloj de arena de nuestras vidas para hundir el largo retorno hacia ese punto de arranque sin autor ni firma? Mi voz interior me desplaza por otras sendas antes intransitables: de niño todos los caminos me parecían alambrados. Creo que al crecer dentro de mí, al insinuar curvas propias, logro acertar lo otro que se esconde tras el umbral. ¿Será la experiencia? No puede ser, pues carezco de ella lo suficiente. ¿Es una sensibilidad imposible la que posibilita tal desatino? ¿Es tal desatino el primero de los interrogantes que posibilita nuestra nula comprensión del mundo? Tres billetes de salida para no volver. Tres y un tren. Miles de kilómetros por recorrer. Paisajes secos y paisajes nevados. Paisajes de lluvia y estiércol. Paisajes pintados, sin firma, desdeñables y torturados, inéditos e irremplazables. De relleno, de luz, de sombra, de Poussin, de John Martin y de Pissarro. Arboledas de Karel, aires del norte, y horas. La última campana nos llama. Salimos ahora.

Hacia el sur, entre las líneas blancas del vetusto paisaje, la línea negra del tren, y su silbido intermitente, sacudido entre hileras de humo negro e hileras de artificio retórico e inexpresivo: y dentro, reinante silencio del quinto vagón, con los tres pares de pies envueltos en una manta compartida, y sin otro ojo escrutador que el del perro tuerto de enfrente, observan: observan por la ventana la fugacidad del paisaje, y es en esta quietud del movimiento donde descubren la desconfianza que se guardan todavía entre sí: Karel de Dimitri: Eva de los dos: Dimitri de sí mismo, pero también de sus compañeros. Aversión de apego, dolor placentero, vía adelante. Por ejemplo: Karel estira su mano derecha y la pone sobre la rodilla izquierda de Eva: para Dimitri el gesto no pasa desapercibido: entre medio de ellos sigue ella, claro, que agradecida cubre con la suya la compañera mano: Eva, en ese momento, observa por la ventana el vuelo de un águila, la presiente: aparece el águila: parece enferma: es un águila vieja: su vista debilitada amenaza continuamente el curso de sus movimientos: las presas ya no se presentan fáciles: y el tren, ese monstruo infernal de otro mundo parece querer decirle algo al oído, pero también está mal de los oídos, y se acerca, pero no es así: la máquina sigue adelante, tragando humo por de entre los orificios de su inexpresivo cuerpo simétrico... el águila no resiste más y se abalanza sobre la máquina a por la última confesión: el tren en marcha desgarra sus alas, reventándola: reduce su asimétrica estructura a despojo: partes esparcidas en la mitad del campo, despojo, carbono entre carbono al pie de la vía. Todo un reflejo.

El trayecto era largo, y tarde o temprano saldría algún tema de conversación que lograra animar al menos el tan soporífero recorrido. Dado que el perro tuerto no hacía otra cosa más que sacar su lengua y salivar llenando el suelo de nauseabundos líquidos, a la espera de un improbable hueso cocido, Dimitri arrancó todas las trabas que se había impuesto y comenzó a meter grano al molino: “Hace muchos años vi una singular película que me entusiasmó. Su título era Vampyr... ¿os suena?”. Ante el prolongado silencio, Dimitri asume la respuesta. “Sí, todavía es un título celebrado entre ciertas gentes. Pues bien, lo que me entusiasmó de esa película no era la argumento en sí... Me resulta casi imposible entrar en el detalle para hacer banal un conjunto tan prodigioso... A la película tuve acceso gracias a un tío mío amigo de Maté, el fotógrafo del filme, creo. Él pudo visionarla en un pase privado antes del estreno (nota: ¿tuvo lugar en verdad ese pase?)... Tanto le impresionaron sus imágenes que se las ideó como pudo para que yo también la viese... Gracias a esa obra maestra me enamoré del cine, del auténtico cine, que hoy es invisible. Todavía sobreviven en mi interior fotogramas sombríos y nocturnos de esa película: en una de sus secuencias finales pude encontrar resumida toda la verdad, o una verdad, al menos. Me refiero a la que el protagonista sueña con su propia muerte: él está vivo dentro del ataúd en el que lo llevan camino del cementerio y, mientras tanto, observa por la ventanilla del mismo lo que afuera ocurre, extrañamente impasible. Toda la luz de la vida se fuga ante sus ojos...”. Bajo el paso breve pero nítido de un recuerdo fugaz, Eva interrumpe a Dimitri: “Yo no he visto esa película, pero mientras nos contabas tus impresiones, he recordado algunos momentos sueltos de otra película que de niña me impresionó. No recuerdo su título, pero juraría que era muda. En ella, un hombre...”. (La película, en efecto, era muda.) Eva seguía recordando, ampliando detalles, parcelas que daba por desaparecidas mientras escarbaba en agujeros de su memoria sellados desde hacía tantos años: “...y un casino, sí, un elegante casino lleno de gente, el hombre acierta sorprendentemente en la ruleta todos los números, y se marcha con los bolsillos llenos de dinero, pero luego...”. Ni el cinéfilo pero no lector Dimitri (no la había visto) lograba deducir el título. “...y al final llega a un cementerio... creo, y sí, es un cementerio, y descubre en una tumba escrito su nombre, pero él no está enterrado allí, está delante...”. (Se refiere a la adaptación que de Pirandello había dirigido con corrección Marcel L´Herbier.) Una tumba: su nombre: Karel, de inmediato, recordó. Él había estado en un lugar parecido. No era su tumba, ni tampoco su nombre. El fantasma de Dimitri, bajo la apariencia de un manuscrito en su bolsa, acrecentaba, estrepitosamente, su presencia física. E impulsado por una molesta espina que necesitaba sacar de sí, Karel movió sus labios, y su lengua, reseca: no lo había pensado antes, pero así era: eran dos, dos coincidencias disociadas en el tiempo: su primo Dimitri, y Dimitri, el de al lado de Eva, el que hacía tres. ¿Tan desorbitado era pensar que él pudiera ser en apariencia su primo? Empezando por la exactitud del nombre, no eran pocas las coincidencias que reanimaron su apagado interés. La más destacable de todas ellas descansaba, obviamente, en el gran parecido físico (agravado por el paso del tiempo, demasiado agravado) que el Dimitri de ahora guardaba con aquella vieja tela suya desaparecida (“Homenaje a Dimitri con nariz pronunciada”) y, en especial, con la fotografía en blanco y negro que le inspiró. ¡Qué extraña coincidencia! ¿Cómo no se había dado cuenta hasta ahora? La casualidad es un elemento funcional y en ocasiones hasta sorprendente a la hora de afrontar la ficción de una novela, de una película, o incluso de un folletín radiofónico... pero en la vida “real” es completamente improbable chocar con un golpe tal: mis suposiciones son infundadas. ¿Serán a partir de ahora todos los hombres de rasgos y edad parecida “ese fantasma” tan poco apetecible que dejó de interesarme al mirarme al espejo? Era el momento, y lo dejó escapar.

Pronto los juegos se agotaron: atrás habían dejado olvidadas más de treinta estaciones. La velocidad se tornaba lentitud, y poco a poco, tocados de esa típica desgana, dejaron de hablarse, de mirarse, de indagarse. Sin el perro tuerto de compañía, con los bolsillos vacíos, la ropa sucia y el hambre a punto, incubados en el viejo vagón, seguían los tres viajeros hacia el encuentro con ese ansiado sur que “ni anciano sería ni con los brazos abiertos los recibiría”, en palabras de Dimitri, puesto que para él este viaje no suponía desilusión alguna: era una historia que conocía hasta el hartazgo, la menos literaria de las hipérboles: tenía que escapar, y se le antojaba su aventura como salida de emergencia segura y sin fisuras. Tantos eran los problemas que le amenazaban, y ahora, sin avisar, “la más cuerda de las soluciones”. El fuerte temperamento de Eva palidecía de rato en rato. Había dejado atrás todo, y en recompensa, nada de agrado era lo que por ahora encontraba: sacó sus papeles del bolsillo y los ojeó, arrugados y grasientos, salpicados de manchas, preñados de vejez. Frente a ella, sentado en sueños, con las piernas cruzadas, su marido, el fiel Andrei, la escrutaba, desencajándola, con esa mirada inquisitiva, mezcla de resignación y afecto de muerto... ¿Me vienes a buscar? No, querida. Tarde o temprano será al revés, y entonces será ya tarde para reparar lo irreparable. Estás equivocado, y deja de seguirme. No tienes derecho a pedirme eso. Eres tú la que me retienes contra mi voluntad, aquí, en este horno frío e inhumano. ¡Desaparece! A intervalos, desaparecía, según su voluntad. En Karel, empero, nada era letargo mental: no tenía ni tiempo ni fuerza para pensar: tampoco quería salir: dentro se encontraba bien, dentro de un tren, en otro tren. Pensamientos en blanco, montañas verdes, y un corro de niños saltando y cantando. Ciertamente, era feliz. Quizá.

Dos semanas, dos, hacía que habían salido: faltaba llegar, y la llegada caía cien metros más allá. Sus rostros rasgados en la sombra se animaron. Tras insufribles horas, tras interminables transbordos, paradas largas, cambio de vía, papeleos y confusión plena, tras lo demás todo (lo que nada cuenta al final), por fin llegaban a la última estación de su trayecto. La velocidad de la máquina se redujo progresivamente hasta detenerse. Sangre de toro junto a la vía. Un sol abrasador quemaba las calvas de dos ancianos que, estáticos junto al andén, observaban como se desalojaba el tren. Y el toro, destripado y sirviendo de asiento a dos niñas con las manos rojas de sangre. Los alegres bebedores de una tasca amanecían con los brazos en alto, cubiertas sus frentes de agua salina. La línea de sangre. Un profundo olor a romero impregnaba las aceras. Más sangre, una línea roja. Varios niños “jugaban” dándose de patadas con añeja infelicidad. Eva, Dimitri y Karel bajaron, uno tras otro, del vagón. No todo era nuevo para los tres: Karel parecía ahora salir de su particular letargo; Eva, despejada ya su conciencia, se mostraba abierta; Dimitri, curiosamente, sonreía... una sonrisa ambigua. Era la primera vez que estaban allí, en tierra desconocida, en la tierra del toro: de un país nórdico y frío, alejado de la mano de Dios, habían llegado. No tenían dinero ni equipaje apenas, su bolsa cada uno, e incluso desconocían la lengua, aunque muy lejos no andaban de ser, en tosca simplificación, felices. Para bien o para mal o para quedarse como estaban, habían llegado a España, a un pueblo de la España interior, y ante ellos se abría la edulcorada tarjeta postal, inefable y arbitraria viñeta de tipismos y truculencias, con ese sabor a rancio que tan bien conocen los exiliados: sabor a rancio que a ellos se les escapa: fachadas blancas, macetas bicolores colgadas de balcones, recatadas mujeres con pronunciadas peinetas, alegría para todo el personal... y etcétera. La temperatura era atroz, y el calor les asfixiaba, mas todo sufrimiento era poco: panderetas, desafinadas con las voces, y castañuelas carcomidas, sacudían, y sacuden todavía, de fondo y en perfecta sintonía, con las voces elevadas de los pobladores del lugar, prolongadas, como el pesado viento venido del valle, vencido en las montañas, lleno del olor a carroña: ¡mirad los buitres del fondo! (La explicación que justifica todo este folclore no ha salido de la nada: el pueblo al que habían llegado celebraba sus fiestas de agosto, plena la calor y la descomposición.) Podían haberse pegado un tiro en la cabeza, uno cada uno, uno por cabeza, pensó Dimitri, pero ya era tarde para volver a la buena senda.

Pese a la primera impresión de calor que emanaban sus gentes, el recibimiento fue frío y poco estimulante. Ahora bien, los habitantes del pueblo tampoco dejaron atrás su coherencia, entre lo pueril y lo bestial, a tono con su filosofía de granero. Ante ellos, salidos del tren, se presentaban tres individuos de tez blanca, desconocedores de su lengua, poco amigables en apariencia y, ciertamente, nórdicos. Ni mediante burdos gestos lograban entenderse. Mano arriba, afirmativo... Mano abajo, negativo... No llegaron mucho más lejos... Las gentes del Mediterráneo no eran las más apropiadas para instruirles en sus hábitos y costumbres: necesitaban de un intermediario: y por suerte, lo tenían a mano, a escasos metros, en la Plaza de la Iglesia, número cinco, rezaba un letrero: POSADA EL RUSO. HABITACIONES. Ése era su hombre. Vladimir se hacía llamar, y además de regir su pensión, también conocía las dos lenguas, mas sin dominarlas a la perfección, lo que no era poco, aunque bien era capaz de entablar una conversación lógica con los visitantes inesperados; algo torpe para postre en la traducción, salía, no obstante, bien parado ante sus casi patrios receptores, algo tardos de oído, dada la pronunciación (subrayada en la profundidad nasal empleada), dada la desemejanza entre el mediocre ruso de Karel (en contraste con su refinado dominio del checo) versus el ruso correcto de su viejo primo (liquidadas al fin todas sus pretensiones egocéntricas de gran literato o así). Sobre el pasado de Vladimir, dijo de sí que, nacido a ochenta kilómetros del centro de Moscú hacía media centuria, abandonó (por motivos que no llegó a explicitar) la ciudad a la edad de tres años y medio: seis meses después llegarían al presente pueblo él y su padre (su madre murió por el camino) sin otra pertenencia que una carreta cargada de muebles y tirada de un caballo enfermo (que perecería arrollado por un tren, con la carreta y todo, salvados él y el padre de puro milagro, a todo esto). Los recibieron como a otros pobres inmigrantes. Otros más. Dos años tardarían en adaptarse: y otros dos más y de cruel marginación por parte de sus habitantes bastaron, lo justo, para ser admitidos en la comunidad sin mala conciencia postrera. Luego, padre fallecería, e hijo, metido ya en el asunto, tomaría las riendas del negocio... y ya está. “La vida era así entonces”, concluyó Vladimir. Tanto Karel como Eva aguardaron sorprendidos la historia hasta su desenlace: todo lo escuchado les animaba, por absurdo, a seguir adelante: no por el triste contenido de la estupidez humana y sí por la forma artificiosamente cariñosa y pausada de su ágil narrador, hábil embellecedor de lo horrendo. Dimitri, por el contrario, escuchaba con grosera indiferencia. El insufrible Vladimir no pasaba ante sus severos ojos de ser un maldito arrastrado a la búsqueda de ese humano falso poder oculto entre los vestigios especulativos del empinado pueblo. Pero, ¿no había sido él durante años seguidos otro maldito arrastrado de peor calaña? Poco parecía importarle eso ahora: era “libre”: ni empinando el codo, bar y tango, lograría la empinada Cuesta Abajo del pueblo hacerle cambiar de prosopografía. Así, y tras una larga hora de confesiones, arreglos y opiniones, se decantaron por la opción más “sensata”, es decir, que trabajarían para Vladimir seis días a la semana a cambio de alimento y refugio en su casa: no obtendrían hacienda alguna, pues bien sabían que ésa era la mejor forma que se les presentaba para salir al paso del nuevo agujero al que habían caído: además, al séptimo día de todas las semanas, serían recompensados recibiendo de la mano del propio Vladimir prácticas lecciones de lengua castellana, muy útiles para el día de mañana. El único que opuso una cierta pero pequeña resistencia fue Dimitri, aunque no necesitaron de mucho para convencerlo: “No tenemos nada mejor –argumentó Karel-. Es desesperante, cierto, pero más desesperante es morir a la intemperie, de hambre, como un lobo viejo en la montaña. En ocasiones, la decisión más dura también es la más...”. La discusión no se dilataría en mucho: bastó una leve caricia de Eva para reprimir sus violentos impulsos, obviando sus indefinidos ideales: y pese a todo, sabía que estaba por encima de ellos: su voluntad había sido quebrada en beneficio de tan poco meditada opción: el homosexual recalcitrante se había dejado arrastrar por la mujer letífica. Ya estaba, y Vladimir acomodó a sus nuevos y primeros trabajadores al frente de dos lugares bien diferenciados: Eva haría lo propio en la cocina de la posada, bien limpiando vajillas, bien fregando suelos, siempre próxima, etcétera; Karel y Dimitri esparcirían su energía a varios kilojulios del pueblo, en el campo, sobre una plantación de hortalizas que su ahora propietario había adquirido hacía bien escaso tiempo (por la irrisoria cifra de la mitad del precio original) con el propósito de enriquecer los méritos de su cocina. Ninguno de los tres llegaba a comprender el motivo de la tan extraña como arbitraria colocación: de entrada, Eva prefería el trabajo del campo, ya que se consideraba una negada en asuntos domésticos... Vladimir, firme, algo se tramaba, y ella creyó oportuno conformarse. Karel, más apagado que nunca, seguía resignado en su silencio apostólico, procurando agradar al sagaz cacique, por cuyas peculiares sonrisas ya se deducía lo peor (no por nada, tales sonrisas comenzaban a resultarles a todos antipáticas, no digamos ya al violentado Dimitri, situado en el extremo más opuesto del trío, pero en el trío). Y sí, era Dimitri su más contumaz opositor, puesto que se negaba a realizar trabajo agrícola alguno, dijo: “Soy escritor, y ése es mi trabajo. Los trabajos físicos no me son extraños, pero son cosa de otra época, y con mi edad...”. A lo que su enemigo le espetó: “Camarada, escritores o no, la tierra aquí la llevamos todos, viejos y jóvenes, hombres y mujeres”. Lograba irritar así a Dimitri, que no dudaba en bracear inútilmente para dar mayor presencia a sus palabras: “Yo no soy camarada de nadie, ¿entiendes?”. Se irrita el uno. Se sube por las paredes el otro. Ella entre en el cuadro, y entre tanto, Karel, que no es un perro, traga saliva. La traga, más saliva... hasta que casi se ahoga, y de pronto, a su velocidad de treinta mil millones de centímetros por segundo, prorrumpe la luz allanando la llanura, calentando la descarnada piel de los campos, las insomnes macetas de flores, los tejados en espiral achaflanada: ya era tarde para regresar al camino que los había deparado. Efectivamente, habían encontrado su destino: Planet of the Apes: próximo estreno. No era el pesar del fracaso lo que hundía inevitablemente el incierto propósito de sus cuitas, era el fiasco, asumido, lo que les imponía olvidar todas esas infantiles pretensiones liberadoras, se decían. La opción más descabellada era también la más cuerda: no bastaba enloquecer de desesperación ante el horror perfilado para alcanzar la solución más pragmática. El mundo horrible siempre queda, sujeto de ese gancho, cual pieza de secadero, mármol perdurable con antorcha. ¿Conseguirían reparar con su ineficacia en el llanto todas las catástrofes que los desgarraban? No, puesto que nadie se detendría a escuchar sus lamentos, fuera de lugar... Ahora penetrarían en el único camino razonable que les quedaba: el de la no-razón (lo que bien mirado, tampoco era nada nuevo, ¿no?).

El vulgar Adriano acababa de abandonar definitiva-mente al vulgar Dimitri: el poco escritor que dentro de él quedaba segregó todos sus jugos internos y quedó vacío, tinta reseca, polvo de letra mecanografiada, arañada al papel y sin habla. Un soplido le bastaría al viento para sacudir de su camino ese abecedario de banales necedades impresas. Eva, más tranquila que de costumbre, procuraba agradar a Dimitri con bisoña ineficacia: caricias, sonrisas, toqueteos infantiles y de mujer desgastada: sexo descafeinado, apuntó un tercero... Que él, Dimitri, no estaba todavía ciego, y ni en las tan manoseadas tretas de mujer radical pero convencional en-el-amor podría cegarse, es decir, que podrían hacerle cambiar de opinión, que no era opinión ya, acaso intuición, y muy poco más. Ella tampoco estaba ciega, querría quedarse ciega, pero no, no era la hora, y más insistía inútilmente intentando agradar a todos, propósito imposible dadas las diferencias entre opresor y oprimidos, a medio camino entre los dos bandos, mas tenía a su favor, pero también a su contra, la virtud, quizá el error, de ser mujer, mujer entre hombres, luego juguete manipulable en manos del cacique reprimido y autosuficiente. Eso pensaba Dimitri, y también Karel, pero él, él ambicionaba ser todo un soñador, pretensión posible con cierto esfuerzo... Cerrar los ojos no era la mejor de las soluciones, si bien resultaba preferible a lo sucio de resignarse, de hundirse en la miseria de vivir sin mayores compromisos con uno mismo: sería esclavo de cuerpo, pero de nadie, ni nada, por dentro, pese a su cuerpo, que era suyo, después de todo, por fuera y por dentro, suyo, en el pozo del lodo, en el centro del centro, el cuerpo que parió su madre, arrastrado, insultado y desgarrado con los cuerpos de los otros muchos. Antes y sin previa reflexión se hubiera negado a respirar. Ahora respiraba sin reprocharse nada: seguía siendo él, él mismo, pero lo era menos, todavía.

En cuanto salieron del pueblo camino del campo, volvieron la vista atrás: eran libres, al aire del campo y en el campo, pero prisioneros de un aire a respirar bajo un precio. A un lado destacaba sobre la estéril colina roja el cementerio. Karel quedó impresionado por la descollante inclinación del terreno: un todo de cruces esparcidas, de mármoles blancuzcos y también negruzcos: de las partes de un tablero de ajedrez desbaratado: coronas de flores, apagadas flores que se descompondrían a la altura del musgo, esparciendo sus pétalos rígidos entre caracolas y gusanos de podredumbre. Y a escasos metros, en las proximidades del único río, un solitario pastor, sentado sobre una roca cónica, regía su rebaño de ovejas, indiferente, sin batalla que librar mañana, hablando del aire al aire, un aire tartamudo cuyos soplidos acentuaban la cenagosa verticalidad de las cuestas, bocas de manantiales imprevistos. Dimitri, impávido ante la particular belleza del paisaje, caminaba sin despegar la cabeza del suelo, entre piedras y hormigas que de pura envidia miraba de no aplastar. Dos kilómetros después se adentraron por una pequeña senda que escondida entre dos cubos de piedra erosionada proporcionaba al recorrido un aspecto un tanto laberíntico. Karel caminaba, y al caminar, al dejar atrás un paso, un pie al otro, lograba sin esfuerzo artificial evocar aquellos días, los momentos que con tan viva gracia reflejó en su Hiperión el maestro Hölderlin, ah de su exquisito cadáver: a su lado, su imposible Belarmino, bajo la máscara de Dimitri... y en la lejanía de la distancia, su Diotima particular, María, pero ni yo soy Hölderlin ni tampoco podrá lo que de él queda entre sus líneas proporcionarme alguna pista que mitigue tan áspero camino. Mi Berlamino es un ser apático e indescifrable, y mi inalcanzable Diotima ya no forma parte ni de esta tierra ni de este cielo: es absurdo pensar como un poeta cuando el alma de un hombre se ha corrompido, perdida irremediablemente en el agotamiento de la indiferencia. Su ideario, extinto como la nieve en verano, ya no hacía justicia a aquella arrogante e hierática juvenil mente, retórica y vacía en su interior. Me he desgastado demasiado pronto, y es en el desgaste, en la razonada comprensión cíclica del devenir, en donde descansa la primera causa de mi infelicidad. Pensar no es cómodo, aunque tampoco lo es permanecer insensible como un vegetal: no pensar conlleva no replantearse lo anterior, por lo que debería ser más fácil acercarse a ese estado de indiferencia ante lo otro, llámese felicidad, aunque no pase de “vegetal felicidad”. Lo crudo no es arrodillarse ante los desfalcos de la vida. Lo crudo es el sometimiento voluntario, el conformismo idiota, la simplonería de callar a cambio de un beneficio material. Lo crudo no lo es todo sobre el papel. Lo más crudo es padecer la injusticia, pero padecer la injusticia conlleva padecer lo otro, llámese infelicidad, lo que en el mejor de los casos puede llevar a que el individuo (yo mismo, ahora y aquí) se replantee sus vivencias anteriores como reflejo de una felicidad mal asumida, luego lo crudo, además de ser lo otro, también es lo de aquí y todo aquello que conlleve reflexión, y en ese caso, y por descarte, no nos queda sino la desaparición como solución, y puesto que la muerte no ofrece solución alguna (llámese “conclusión razonada”) no puede apreciarse como fin en sí. ¿Será el cese definitivo de la vida la antesala a ese estadio espiritual del alma del que todas religiones hacen tenderete de ilusiones? La respuesta no se sostiene por parte alguna, y es su propia incongruencia lo que motiva mi desprecio, desprecio de un ser despreciable que vive de la contradicción a cambio de arrastrarse. Llámese absurdo. Y a partir de aquí, los ríos de tinta han dibujado mucha piedra para llegar siempre a la misma, barata conclusión. Lo absurdo. Lo contradictorio. Al final, lo Único. Y yo lo soy, por lo que los demás despreciarán mi naturaleza al ser uno: y en mi indefensión sucumbirá todo juicio subjetivo u objetivo, fundado e infundado: la vulgaridad propagada limitará mi incoherencia humana, despojando a esa coherencia tomada por ideal de toda idea, simplificado su contenido en farsa. Acabada la representación, bastará un leve movimiento de manivela para descolgar el telón. No será la conclusión lo representado (el espejo distorsionado). ¿Qué será? Y lo representado dejará de ser. Llegaron a la plantación de hortalizas, una hectárea; la caja llena del instrumental de rigor rompía la húmeda monotonía: la línea de variedades anonadaba: tomates, pepinos, calabazas, melones, berenjenas, rábanos, zanahorias, guisantes, judías, coliflores, alcachofas, ajos y, de fondo, una pared orgánica de remolacha. Dimitri no movió parte del cuerpo alguna en toda la jornada restante: dijo que no trabajaría lo que no era suyo y, acto seguido, se tumbó sobre la hierba, cruzando los brazos con jocosa impertinencia para con el otro: “Es inútil invertir esfuerzo alguno en esta mísera empresa. El cacique no nos paga, y yo le pago así... Ésa es la primera razón por la que me niego a mover dedo. Dos platos al día de dudoso contenido y un lecho incómodo no merecen de mi esfuerzo”. Hablaba claro, demasiado claro, tanto que Karel comprendió que debía realizar el trabajo de los dos, incluso. Una duda lo asaltaba. ¿Debía? Eran tan ilógicos sus razonamientos que por unas horas se creyó a merced del otro. Él sí es coherente. Actúa tal piensa. Mide sus palabras, en el tono y en la forma, en función del enemigo que le inquieta. Su pasado debió ser duro, y sin mucho esfuerzo lo imagino lleno de sacudidas. No habrá andado la muerte muy apartada de él... Las horas se alargaban implacablemente, y de poco en poco, vertía agua sobre su frente, su cabeza, sus ojos heridos ante el abrasador efecto de la luz directa: una hora parecía un día. Él sí es coherente... en su constante queja permanece indemne al sol, y ésa es su mejor protesta... calla y grita al mismo tiempo, en una lucha sin fin que esperará librar después de esta vida. El gran disco ámbar ya coronaba su cabeza. Dimitri, cuya cabeza comenzaba a semejarse a un hornillo, despertó, se puso en pie, y marchó en dirección a la sombra más cercana, sita al pie de la tapia blanca.

Escoba y badil en mano, Eva comenzó a barrer la irregular superficie del suelo de la despensa, cemento fino de la cocina: desde el otro lado de la puerta, al acecho tras la cortina, Vladimir la diseccionaba visualmente... Las vigorosas, macizas piernas blancas: la prominente abertura del escote: la pronunciada curva de la contoneada cadera: la ligereza del pelo dorado volteado por el aire que corría desde la ventana: y esa tez pálida nada mediterránea... Elementos superficiales todos ellos que reducían a Eva a una pequeña fracción de lo que en verdad era (pero, ¿qué era en verdad?), elementos superficiales muy del gusto de los hombres autosuficientes necesitados de esa mujer París-Miller, año 30, en definitiva. Ahora bien, no espere aquí el lector topar con la inútil metáfora de la muñeca rusa... De nada serviría penetrar más allá, puesto que no era: los secretos que Eva guardaba para sí en poco podrían diferir de los del común de las mujeres, desde una de la helada Islandia hasta otra de la más remota isla de la Melanesia, y lo demás son bagatelas que hunden el concepto en la confusión, ya de por sí poco clara. Eva intuía la presencia tras la cortina, y con su disimulo, siguió trabajando con poca calma y sin parar (lema de su avieso patrón), desmembrando con el cepillo a sacudida limpia mapas físicos sepias fabricados con telas de araña entre los rastros de la poderosa suciedad.

También tenían tiempo para escuchar de su boca las viejas historias retenidas; que Vladimir no dejaba su boca quieta no era tanto una evidencia cuanto una ambigüedad, dado que en no pocas ocasiones parecía ser la propia boca la que tirase de él, obligándolo a desmembrar restos, migajas miserables de un pasado dudoso, tan duras de escuchar como de comprender. Dijo: “Esto le ocurrió al Bautista, que en sus tiempos era mozo de buen ver, aunque bien es cierto que pudo haberle ocurrido a cualquier otro, bautizado o no; pero le ocurrió a él, y yo me pregunto, no sin cierta pereza por lo viejo del caso, ¿qué demonios podía hacer él allí, a tales horas, y en semejante lugar?. La cosa, atentos vosotros, ocurrió así: ya la luna estaba bien alta, pues era noche de luna llena, y el Bautista, que en paz descanse, que no caminaba por los caminos del Señor, francamente oscuros a esas horas, y no por la luna, no, sino por los cipreses... y no tuvo el muy infeliz otra idea que la de meterse a ojear en el cementerio. Y en eso que, al ver la luz de la caseta de las autopsias plenamente rosada en la mitad del cementerio, va y decide acercarse, ¿y qué encontró allí dentro el bueno del Bautista? Pues nada del otro mundo, sino a tres individuos rodeando al muerto de turno, que ya tendría en vida nombre de santo, digo yo, tendido sobre la mesa. Tuvo entonces el barbero, con la navaja de deshacedor en la mano, una ocurrencia de esas que, con perdón, hacen babear hasta un Cristo, y le dijo: ‘Anda, Bautista, vete a dar una vuelta por el cementerio, a ver si con un poco de suerte ves algo que se salga de lo normal’. Y el Bautista, tan infeliz él, asintió, y salió de la caseta, y digo yo que daría la vuelta al conjunto, aunque por lo pronto que volvió no aseguraría nada, según dijeron. ¿Y qué se le ocurrió entre tanto al bueno del barbero? Pues lo que ya podréis intuir de su oficio. Dar la vuelta a las cosas, es decir bajar al muerto de la mesa, ocultarlo en el armario y poner en su puesto a otro que allí estaba, y tan tranquilos. Llegó pues el Bautista al poco, y no más vio salir de entre la sábana una cabeza con la boca abierta y los ojos cerrados, la cosa le causó tanto efecto... que en su rostro se formó un rictus entre la agonía y el último suspiro, de modo que se puso a correr sobre sus pasos, y antes de salir afuera se la quedó la manga de la camisa enganchada en el picaporte, y la estiró y la estiró, y de tanto estirarla la rasgó en dos, dejándola por los suelos echa un rebujo... mas ya era tarde: el Bautista, sí, yacía en el suelo... pero muerto, al fin. Y fue él el siguiente en probar la mesa... pero no sintió nada, absolutamente nada. ‘Un paro cardiaco’, dijeron con lágrimas en los ojos... A los pocos días de su entierro todavía rondaban por el suelo del cementerio los trozos de camisa, pero para entonces la cosa ya nos sonaba a chiste, y no sin reírnos un poco, decíamos por lo bajo: ‘Mira, ésa era la camisa del Bautista’. Y conste que todo esto es ya muy viejo”. Y dicho lo dicho, se quedaba tan tranquilo. Incluso a Dimitri le comenzaba a resultar simpático, pero todo era un reflejo, nada más, fuera de encontrar interesantes sus grotescas migajas: una buena fuente de pasajes del momento; Eva, que permanecía indiferente, se limitaba a representar su papel, riendo a ratos las burdas asociaciones del infame narrador; y Karel, él a poco estaba de vomitarles a todos en la cara. A las dos y media de la madrugada se iban de tiro a la cama.

Otra noche, ebrio a poco y por eso de justificar otra mísera cena, “de ayuno”, dijo, les contó otra de sus viejas historias retenidas, no menos burda: “Iba yo por la calle Alfonso de una valerosa ciudad española metido en cosas de papeleos, y por cosas de ésas de la suerte, me encuentro con un amigo casi, el Padre Eras, un cura viejo que me enseñó el catecismo, con boina y todo él. ¡Menudo pícaro! Rojo de emoción, le digo: ‘¡Padre Eras!’. Y él, va y me reconoce: ‘¡Hijo mío!’ Hijo mío, me llamó. Y yo: ‘¿Cómo le va por esos pueblos del señor?’. A lo que me responde, rojo también: ‘Hasta la gorra, hijo mío, hasta la gorra misma, pero si el cuerpo aguanta...’. Sí, ése era el Padre Eras, y poco había cambiado en estos años, con sus condenados setenta, iba y venía, de aquí para allá, por el mundo, como un chiquillo alegre y ladrón, él, cura de pueblo, y de los de antes, de los que te metían en plena calva una custodia sin comértelo ni bebértelo, ¡aquí!, pero hombre de bien, muy recio, muy campechano, y eso no me lo discute ni el más ateo. ¡El bueno del Padre Eras! Así, voy y le planteo algo: ‘¿Qué? ¿Le invito a cenar?’. Y él, ya con la sonrisa de lado a lado: ‘No me tientes, no me tientes, que en tiempo de Cuaresma yo no me salto ni una...’. Y yo, casi por llevarle la contraria: ‘Pues en ese caso nada, lo dejamos para otra vez y punto, maestro’. Y él: ‘Anda, pillo, que no te he dicho que no. ¡Vamos a por esa cena ahora mismo!’. Y lo llevé a comer a la Casa del Jotero, que por algo sabía de oídas que allí hacían unos asados de mil demonios, con su perejilito y todo, pero bien puesto, muy bien puesto. ‘¿No será muy caro este sitio?’, me pregunta, a lo que yo, dándole una palmadita en la espalda, le respondo: ‘Tranquilo, Padre, que por Cuaresma hoy pago yo’. Y él: ‘En ese caso, no te hago ascos a la invitación’. ¿Y qué ascos podía hacerme? Ya a la mesa, el bueno del Padre Eras comenzó a contarme lo último que le había pasado: nada interesante, desde luego. ‘¿Puede ser?’, y él: ‘Y fue, hijo mío, y fue...’. Llegó entonces la señorita que nos atendía con una fuente sopera hasta arriba. Primero, y por no contradecir la tradición, le sirvió al cura, identificable por su sotana, que aunque no muy limpia, no desmerecía del negro. ‘Buena pinta tiene este caldo, chata barata’, le soltó de sopetón a la muchacha, que era de muy buen ver y con sus cosas muy bien puestas, sí, y de repente, se lleva el cura la cuchara sopera a la boca, y con cara muy rara, va y llama de nuevo a la muchacha: ‘Señorita, esta sopa no está buena’. A lo que la muchacha, claro, se pone roja de pura vergüenza. Ella solita, allí y en medio de un montón de gente tragando el milagro de los panes y los peces. ¡Qué diablos! Y hasta yo me asusté... claro que él no era un desconocido, sino mi amigo el Padre Eras, y arreglando la expresión de su pícara faz, corrigió lo que había dicho, el muy: ‘No esta buena, no... está buenísima’, y esto último lo dijo sin quitarle los ojos de la cintura... Menudo cabrito, pensé divertido. Y luego: ‘Venga, chata guapa, a ver si vas sacando ese cordero asado acompañado de patatas a lo pobre y cebolla. ¡Y abundante cebolla! Pero no para llorar, ¿eh?’. La gente, claro, muy de ciudad ella, no dejaba de mirarnos, y no sin razón, puesto que el plato gordo de la noche no era otro que el mismísimo cura de las narices. ‘Rosiga estas carnes, hijo mío, que son cosa de la otra vida’. ¡Cuán placenteros eran sus lengüetazos! ¡Menuda Cuaresma la que le estaba yo dando! Y cambiando un poco de tema, le pregunté: ‘¿Sigue todavía con la motocicleta?’. A lo que él: ‘Desde hace dos años que no la toco, y dos años para un cura viejo no son pocos...’. Pero no me deja del todo satisfecho, y: ‘No es por ser indiscreto, Padre, pero me gustaría preguntarle una cosa’. Y él: ‘No te calles, hijo mío, que hoy por callarse no se calla ni el más ladrón de los ladrones’. Y yo: ‘¿Vino acaso a la ciudad por algo de salud?’. Ni caso me hizo: ‘Hijo mío, estas carnes son la gloria’. Y allí se nos quedó el hipertenso Padre Eras, de una soberna indigestión, con el flan entre los dientes y la sonrisa sin extinguir. Ni en una semana entera cené, y por eso, desde entonces, las cenas, si son, que sean, pero ligeritas y a dormir”. Otra.

Afuera, el murmullo de las gentes esparcidas por las calles se rompió: era la campana de la iglesia la causa que aturdía sus apagadas almas con el toque lento de agonía. ¿Quién en breve se iba? A cada nuevo toque, a cada segundo desplazado por la aguja, a cada respiro de mortal irreparablemente trascurrido, más cerca estaba del final algo, y ese miedo particular ante lo desconocido no tardaba en tornarse insufrible para los más ancianos del lugar, quienes en sus prolongados rezos desde sus balcones intuían el carácter trágico de las palabras que tan rara vez analizaban, abriendo de paso, y sin quererlo, la fosa al siguiente de sus vecinos, mermando esa tan añorada como apagada vitalidad de sus años mozos, pretendiendo alargar su desesperante estancia de la mano de medicinas innecesarias y monsergas clericales a la altura de un borracho salido de la esquina de la primera de las tascas, mas era lo normal, en definitiva. Que los viejos se fuesen y los jóvenes se hiciesen viejos y viesen crecer a los jóvenes para después también irse y así.

Pasaron dos meses y siete muertes. Hoy tocaba una, y costumbre en el pueblo era que todos sus habitantes despidieran al difunto desde la iglesia, ante el ataúd, trajeados a su manera, impecables en la solemnidad del abominable cortejo. Distintivo del pueblo era que los matices se destacaran, y de este modo también las clases (ricas, pobres e intermedias), clases que se situarían en sus lugares correspondientes, en correspondencia con la distancia oportuna... Nadie rechistaría, puesto que el peso de la tradición es inamovible y deberá ser respetado por propios y extraños, mal o bien (les) pese. El finado del presente, Hilario M., ochenta y nueve años, un metro sesenta y seis centímetros de estatura, panadero jubilado con Medalla de Oro al Mérito en la Gastronomía, no pasaba de ser un habitante intermedio, de segunda clase (por darle alguna clasificación aproximativa), es decir, con ciertos derechos, y al decir ciertos así debería entenderse, puesto que si bien no los tenía todos, sí al menos tenía algunos, elevándose por encima de los que (y de éstos siempre andaban sueltos muchos) no disponían de ninguno (una mayoría que se reproducía con meritoria eficacia en el anonimato del Barrio Nuevo, justo debajo del Calvario). Y frente al respetable Hilario M., el posadero Vladimir era un habitante sin ningún derecho, todavía, encasillable entonces en la por nosotros denominada (con gran margen de error) tercera clase, de lo más bajo de la escalera, sin paraguas, con las puntas de los pies encharcadas y la piel arrugada: peores adjetivos se han dado. Y entiéndase por todo este ininteligible repertorio de simplezas mal hilvanadas una posición de carácter puramente psicológica y aparente, sin validez oficial, a modo de consuelo para aquellos que en el pasado perdieron la vigencia de sus títulos terrenos y ahora se extinguían bajo las últimas y no menos terrenales embestidas de una “dictadura proclive al sueño”, en palabras de Juan Eugenio de Córdoba, uno de tantos antes de autoproclamarse el más vil: “Tú lo has dicho: aquí soy el más vil, pero entre mil, ¿qué es mil veces mil?”; y el otro: “Yo no he dicho nada, nunca he dicho nada, mil veces nada”. Así, en el nivel más simple de su atribución, poseer todos los derechos era poder ir paseando por el centro de la calle principal con la frente bien alta y sin padecer ese miedo tan característico que muchos achacaban al temor de ser atropellados por algún infame conductor irrespetuoso, es decir, cuervos y cotorras, entre otros. El respeto se mide en el número de enemigos: a enemigo respetado, imposible linchamiento popular Cuesta Abajo. Detrás de un envidioso salen todos. Y en ese punto, el trato de Excelentísimo Señor, Notabilísimo e, incluso, Majestuosísimo, no quedaba libre de perversos dobles sentidos tan malignos como pretenciosos, una mezcla de inservible pedantería servil y pesada gracia popular, y ése era el estrato al que todos miraban / aspiraban: aquí un golpe de suerte al viejo estilo del nuevo rico indiano, allí una heroicidad improbable que elevara al interesado a un apreciable altar (para después descender en picado, olvidada ya su ascensión en menos de un año y hundida la fugacidad de su éxito en un mañana cercano). En el nivel más complejo de su atribución, poseer todos los derechos era, efectivamente, no poseer nada. (Y puesto que de niveles se trata, bastará decir que la casa del habitante más distinguido goza de cinco, ¡por ahora!)

Otros dos meses y siete muertes después, el sacerdote estornudó, de nuevo, y desparramó con saña el agua bendita sobre el ataúd; al parecer, el finado no era de muchas misas, y eso se notaba con infalible precisión en el rostro colérico del viejo clérigo, una arrugada masa salpicada de forúnculos y grietas que a modo de queja exprimía con desgana una pérfida mueca de oreja a oreja, cual grotesca gárgola que los asistentes de las primeras filas no podían evitar, entre lo uno y lo otro, es decir, contemplando atónitos la gran cruz de oro que sobre la tapa de la caja, y de extremo a extremo, inquietaba sus ánimos, reduciendo todos y cada uno de sus aditamentos plateados y dorados del cuello y de los dedos en bisutería sin porte ni fe. ¡De un habitante con ciertos derechos! A todo ese lujo sobresaltado que llamaba a provocación premeditada e irónica cabía sumar otro detalle, uno de esos detalles plateados, pero planteados a hurtadillas y que a más de uno de los allí presentes hubiera herido: la inscripción funeraria, discreta en proporciones aunque rotunda en contenido, rezaba: Que ninguno de los que en vida me injurió pretenda ahora entre lágrimas ahogar su culpa. Pero nadie, se piensa, lloró, ni intentó ahogar su culpa, ni tan siquiera leyó la inscripción, ni motivos para hacerlo tenía. Ni tan siquiera los familiares más allegados llegaron a despegar el más pequeño de los pañuelos. Pero uno, uno de entre los muchos reunidos allí, lloró, sí. Él, Karel, que de nada conocía al difunto, lo reconoció al ver sumergido el ataúd entre las coronas de flores cortadas, y no pudo contener el llanto, ligero y disimulado, pero sentido, y no, no lloraba por el difunto de ahora, Jerónimo F., arisco en vida y mal amigo de sus amigos, astuto en los negocios y despreciable sin destacar... Lloraba por un viejo presentimiento, una punzada que sentía inminente, de culpa inclasificable, algo de lo que el resto de los allí presentes, estúpidos y solapados, no podría percatarse ni en el instante anterior a la muerte. Y no era el sentimiento de muerte, tan directo, el que inquietaba sus ánimos: era la saturación de funerales a los que había asistido: su cada vez más fluido dominio de la lengua castellana: la cobardía de no escuchar en su justo momento las razones del decaído Dimitri. Ni tampoco su patrio patrón, a su diestra, junto a él otra vez, en el último de los bancos, sin otro miramiento, intentando imponer ridícula seriedad. Pero ni tampoco Eva y Dimitri, más arruinados que ayer y a su otro lado, parecían querer enterarse de nada. Concluyó el sepelio, y a la calle salieron todos, excepto el sacerdote, que, a buen resguardo, se quedó recogido en la sacristía junto a su despensa, bien provista de tortas de aceite, ensaimadas almendradas y moscatel abundante (no se hablaba de otra cosa entre la mortificada facción de beatas que sobrepasaban los setenta). En el desfile todo está servido, mas de todas sus estulticias nada lograría amedrentar su tenaz carácter, de alma de piedra, se dijo casi sin creérselo, y recordó al maestro, pero todo fue un reflejo, nada de importancia, un recuerdo en la sombra. De entre las gentes de abolengo visible, muy distanciadas las unas de las otras por eso de hacerse visibles, se imponía por méritos propios Juan Eugenio de Córdoba, autoproclamado hijo predilecto de la villa, descendiente de marqueses andaluces y escultor de dotes escasas pero probadas; hombre de trato difícil y vestuario irrisorio, compañero de una pipa apagada que encendía a fuerza de estar lo contrario, cruzaba la barrera de los cuarenta y disfrutaba de su funcional soltería en compañía de dos criadas adolescentes y un buen grifo de ingresos por cartera (procedentes todos ellos de las antiguas plantaciones de olivos que sus antepasados le legaron y que ahora él exprimía desde la distancia). De sus creaciones artísticas, escasas y coyunturales hibridaciones de estilos ajenos y tendencias europeístas, nadie se hacía eco, quería hacerse eco. Seré un “gran maldito”, pensaba cada mañana al despertarse, mas no por nada, su obra estilísticamente menos interesante era la más popular: “El desliz del artista”, vapuleada el día de su presentación incluso por los círculos, digamos, menos academicistas (vapuleo en gran parte merecido por el barato regodeo con el que a un par de temas eficazmente escandalosos se acercaba: la represión sexual y la perversión religiosa de la nación): simbolismo fácil al margen, un grupo de jóvenes armados fascistas derribó las puertas saboteando la exposición y quemándolo todo. Después, un silencio de dos, tres lustros. Eva, atemorizada por la grosera expresión de dos viejas empolvadas que con arcana expresión la observaban, se agarró del brazo de Dimitri, quien no dudó en plantarles “por eso de ejercitar la lengua”, le comentó luego, llamándolas: “¡Brujas!”. Pero las viejas se resistían al considerarse más. ¿Dos extraños plantándoles a ellas cara por medio de ese infecto castellano? ¿Dónde se había visto eso? Dijeron: “Sería conveniente por su parte saber a quién está alzando la voz”. Pero Dimitri no se dejó escudriñar más, y, mezcla de audacia e insulto, más de lo segundo, replicó a la vieja replicadora con un refrán mucho más viejo que ella (que había memorizado de las páginas de un refranero popular): “Puta la madre... puta la hija... puta la manta que las cobija”. Callaron, y de vuelta a la posada. Por el camino, Karel y Dimitri intercambiaron algunas tranquilizadoras palabras: la noche caía, y en su situación, era lo mejor a lo que podían optar. “¿A qué se debió nuestra vela en este entierro?”. Lo ignoraba. Quince pasos por delante de ellos, Vladimir intentaba describir a Eva la inmensidad del cosmos. “Por eso, te decía, el universo, en toda su grandeza, no es más que la respuesta brutal a todas nuestras preguntas estúpidas, y la respuesta es una: Dios no tiene cabida. Y nosotros, hijos despojados de todo significado, vagamos a la deriva, en una orilla de una orilla de la Vía Láctea sin mayor sombrilla que una frágil atmósfera que hoy nos protege pero que mañana, y ya ves lo que pasa, cansada ya de tanta negrura, reventará, levantándonos las calvas. Nuestra única esperanza está en el exterior, al que algún día saldremos... pero poco a poco, poco a poco, que nuestros conocimientos aumenten, y aumentan, gracias a la presencia de seres particulares que se esfuerzan en intentar comprender lo incomprensible de este mundo. Ese es el único y mayor milagro: el del amor a la especie, amor, amor, amor...”. Por un momento, y al pronunciar esta última palabra con efusiva sonoridad, a-m-o-r, creyeron todos estar ante una bella persona. Pero todo fue un reflejo, otro, y a los pocos segundos, Vías Lácteas, orillas de orillas y amores exhalados, volvió a ser él, que no era él, sino lo que quedaba de él. Entre quejas y jotas (de la casa de al lado) llegaron a su puerta. Vladimir, falto de clientes (hacía dos semanas que el último había salido) y de sueño, sacó su llavero (tres llaves, una larga y las otras cortas) y abrió, tras vuelta y media. La cena fue ligera: siempre ligera, y apostilló, a modo de justificación: “Leonardo de Vinci dijo: ‘Come sólo cuando lo necesites, y que tu cena sea ligera’. Sobrada razón tenía... por eso, os decía, el que toma nota de lo que han dicho los sabios, y digo los sabios, nunca se estrella”. Dos torrijas en vino... y una copa de coñac... y una copita de anís... Karel, con la cabeza embotada, podía escuchar sin ambages difusos el grave tono de la muerte desnaturalizada, que sabía a alcohol barato con el aliento apestado, ilegible en tacto, algo miope, algo sorda, de cruces y de bruces... Era poco. No era nada, y se hundió sobre sus piernas, borracho: era la primera vez: así los otros lo quisieron creer. Dimitri estalló en un furibundo ataque de risa: Vladimir lo secundó, y Eva, desconsolada, comenzó a marearse, y no de haber bebido, que no probó sorbo: temía por Karel: desconfiaba de Dimitri: él no podía ser él, ya no. Pero Karel ya no oía nada, apenas un zumbido fúnebre: sí, un zumbido superficial, de pensamientos inconstantes, lacio y vulgar murmullo de fondo. Es el peso de la pesantez boca abajo: es la pesantez sobre el peso desde arriba: es y no es, y al ser me da la espalda que no debiera darme, y me empuja a un vacío varado, desde la boca empinada y traicionera de la botella...

Juan Eugenio de Córdoba alzó el vaso de aguardiente y, dirigiéndose a Matilde, la más joven y voluptuosa de sus criadas, dijo: “Ese joven roñoso no os conviene, amiga”. Josefa, la otra y menos agraciada, añadió: “Sí, y además es un arguellado”. Pero para Matilde todo parecía estar decidido, y replicó: “Cállate, chaparruda. Mi José es mío y no me lo toca nadie...”. De Córdoba agregó: “No me seas cataplasma, cariño, y come abundante que esta noche por algo que ya sabes nos será menos álgida”. Se sonrojó, y entre estertores imaginarios, preguntó: “¿Qué me ocultas?”. Y la otra: “Ya se verá”. Cierto era; Matilde acababa de cumplir los dieciséis años, y pese a su escasa coquetería, era una de esas contadas morenas hermosas tan del gusto de su opresor, que lo era, descripciones al margen... Y era tras esos labios carmín, entre la eficiente lengua, junto a la ya incompleta dentadura, donde Juan Eugenio solía edificar la suya, su lengua, todas las noches, siete días a la semana: esa noche también: a la misma hora, sobre las mismas sábanas, ella lo esperaba: lo esperaría: desnuda, así, inquietando la sedienta mirada del búho espectador, encaramado en el primer pino, a diez palmos de la ventana, línea recta, aire azul, luna llena. ¡Flecha! Rebosaba la copa: mal habían fermentado las uvas: una leve caricia, un beso en la boca, dos en las mejillas, tres segundos de quietud, y el zumbido aleve de una mosca. Tras la puerta, dos pasos, despojado de sus vestiduras: Juan Eugenio de Córdoba, jarra de vino en mano, de vino caliente, en tan preciso instante: y a chorro lento vertió el dulce contenido sobre el velludo delta de la prisionera (no piense mal, lector): un gemido de placentero artificio bastó para excitar al oficiante (¿es necesario seguir?): brotó la sangre del cáliz (¿podría llamarse así?): Noche Nueva para Matilde. ¿U otra no más? Nadie lo dudó, nadie lo podía dudar, un día, e incluso un año antes. Atrás, en el tiempo, todo vale. Y tras el desquite, Matilde exhaló sus fortuitos desatinos bajo la alcachofa de la ducha: líneas transparentes de agua erizaban las proporcionadas luminiscencias de su piel: se sentía profanada, pero también satisfecha: ¿ésa era la ambigua sensación de años pasados, la ambigua sensación que... al fin, cristalizaba? Y le estaba incluso agradecida: por primera vez, y tras interminables noches de ansias reprimidas, él, su fiel y maldito profanador, había dado el paso definitivo hasta el final: todo el preludio, desde la gráfica insinuación hasta el hiriente toqueteo, había justificado su mordaz y pretenciosa naturaleza. Empero, no así para Juan Eugenio, no así para Córdoba: de golpe, sin puntear el viento, de una sacudida, roto el añejo preludio: si algo le excitaba eso era: una pierna blanca entre sábanas descuidadas: un garbeo por la periferia del codo, el suplicio de perecer fulminado entre dos piernas que raptan, entre dos piernas que reatan, que rentan, que repitan nuevamente, y el amargo despertar, con la ilusión tumbada: la esperanza, todavía, de volver a reiniciar en furibundas caricias el juego. Ahora, acabado el hartazgo, no se agradecía nada.

Amaneció la resaca, y sin ánimo para afrontar la verticalidad acostumbrada, se quedó Karel sobre la cama, incapaz de mover ni el menos negado de sus dedos, incapaz de pensar en nada nuevo, maltrecho, herido en su conciencia: un todo de abismos negros, de maleza y de telaraña, de abrupta podredumbre entrelazada. Su cuerpo, frágil, desacostumbrado a tales artimañas, había respondido sin simulaciones: de manera inconsciente, e impremeditada, acababa de ganarse al último de sus enemigos: el embudo lírico y absorbente de la boca de la botella en un amargo despropósito, y pese a ello, Vladimir se mostró “más tolerante de lo acostumbrado”: en algo sospechaba que parte de la culpa recaía sobre sí, sobre su altisonancia estúpida, en su desmedida e insultante indigencia prefabricada, y por ello lo dejó dormir, en la cama, a pierna suelta: pero él, amo y señor, dueño de su condición, debía quedar al margen, al margen (¿se puede entender algo parecido?): luego Dimitri asumiría, sin más, la situación, afrontando su trabajo y sin descuidar el trabajo del otro: que supla uno lo que no supo afrontar el otro. ¿Era mucho pedir? ¿No incitaría a rebelión tan arbitraria doble jornada? Imprudente disparate: mas Dimitri ni se inmutó: más aún, asintió, dócil, sumiso-cual-cordero-enfilado-camino-del-matadero: todo un disparate que de infrecuente le extraño al dictador: ¿el rebelde orgulloso pasara a ser acaso el rebelde obediente sin otra justificación que la de la mera complacencia para con su amo y señor? Dimitri, fiel a su en extrema contradictoria filiación, firme filiación hacia sus intereses, asumió, acaso precipitada y un tanto teatralmente, la espontaneidad del momento, que era ahora, el momento, el momento de ganárselo, y para ello lo complacería, sí, sería capaz de complacer a un maldito engreído, a un ser estúpido y falaz, buitre carroñero, despojo de miserias, garra de garras, de entre las garras sin pulso ni coherencia, tosca muestra de arenisca tambaleante que en nada sucumbiría ante la desmañada astucia del siervo inútil y desnutrido; se sentía capaz, y bajó las escaleras, camino adelante, al encuentro de su muy honesto y respetable trabajo desinteresado... Pero Vladimir, lobo del lobo, ante todo desconfiado, optó por seguir los pasos de su servidor fiel, henchido de mortal curiosidad. ¿Lo encontraría entrecavando hoyuelos? ¿Limando asperezas? ¿Aderezando hortalizas? ¿Regando al vuelo? Y lo siguió... y la posada, al fin, quedaba desierta, casi desierta: Eva descorrió la cortina que separaba el pasillo de la habitación de Karel, y entró: seguía en aquella pose hierática, apurando las últimas horas aciagas, desligándose de la pesada telaraña, a medio camino del sueño y del mareo: suben las olas: la luna las impulsa: deltas voraces se adelantan al superviviente: sabe que su vida depende de un segundo de aire retenido: sabe que no alcanzará la costa: que ya es tarde para alcanzar la costa: que sería tarde sin esa mano redentora, fortuita mano tendida por el caprichoso destino: mano de Eva, mano entre las manos, Eva de manos, juego de palabras que pierde más allá del paladar el sutil regusto de los buenos caramelos. ¿Te encuentras bien? Mejor. ¿Qué podemos hacer? La mar, marea en verdad, ¿no? ¿A qué marea te refieres? A él, Eva, a ese despreciable ser que nos oprime, que nos diezma e idiotiza como cabritos frente al vertiginoso despeñadero. ¿No crees que somos nosotros los despreciables al dejarnos... marear, valga el chiste fácil, de manera tan despreciable? (No somos nosotros: es nuestro apetito viciado: son nuestras ganas de apagar las penas por medio de una botella. Ignoro si somos despreciables, ignoro lo apreciables que somos... lo ignoro todo, pero prefiero no ignorarlo todo para así acabar antes.) Y Eva, que no había despegado siquiera sus labios, supo dominarse, y callada, siguió allí, a su lado, escuchando bisoña las vacuas respuestas que a sus imaginarias preguntas le daba, preguntas forzadas, deformadas por respuestas no menos extrañas, no menos incomprensibles, no menos forzadas... hasta que lobo del lobo, allí lo encontró: desterrado sobre la tierra de su sueño, dueño de sus piernas abiertas y de sus brazos en cruz, con la frente templada y la engañosa respiración reposada, quieto a la roca del sendero, quieto y movido por dentro... silbando una etérea melodía infantil, anclada en los recovecos menos gráciles de su desperdigada memoria...

Una insoportable sacudida de malestar irrumpió al final del día: un puño cerrado, violentamente clavado sobre la mesa, indeciso en su bramido: una mirada despectiva al poco, de arrobo y de furia para todos, de desgarradora insinuación inquisidora. Lobo del lobo, Vladimir había sorprendido a Dimitri a sus anchas: campando a lomos del cierzo de la mañana: agarrado a hilos de la solariega siesta: prostituida, degradada y equívoca. Ya a primera hora de la mañana, ya a última hora de la tarde: de aquí, de allí, ahora de pie, y luego sentado, y también tumbado, sin despegar cuerpo, mover brazo, torso o pie, sin desdeñar el cambio de postura, sin irritar la nebulosa sensación de inevitable aburrimiento, secundado aburrimiento perpetrado por el inefable sentimiento de vanagloria efímera, majadera vanagloria de estúpido resentido, de anulado resentido, fiel adulador incapaz de buscar su propia pero absurda liberación más allá de la falsa fidelidad, cual corazón no siente si ojo no ve: ¡craso error!: ya era tarde: ya había visto: lo estaba viendo: el cuadro: la escena: su negado actor en la grotesca trama: FIN. Bramó: “¡Despedidos!”. Bramó de nuevo, y las grises cortinas del cuarto se tambalearon: un nudo en la garganta de los tres se tensó: Dimitri por negado: Karel por no ser menos: y Eva, Eva por todo el desastre, arrastrado y no arrastrado: habían caído demasiado bajo, tan bajo que hasta se podían permitir el inclasificable lujo de sentirse, de verse, de oírse humillados, humillados por el despreciable Vladimiro de las Mangas Verdes: ¡A buenas horas llegado!: pero llegado: y para mal, aunque la “verdad”, lo cierto, no era tal: Karel sí había trabajado: trabajo duro desperdiciado por la pomposa arrogancia del duro Dimitri, duro y siempre fiel a sus ideales, con todas sus consecuencias... pero ideales inconsecuentes, ideales sin idea, la no-idea de la imposición, la sublevación de lo personal sin temor a padecer sublevaciones mayores. Tan pintoresca, absurda situación apenas parecía albergar un propósito clarificador: la queja de Vladimir asumía todas sus consecuencias, luego al parecer, los tres estaban despedidos... Mas Dimitri, agriado por humillado, cambió brutalmente de parecer: brusco e inesperado giro para su oponente: y estalló en palabras: “¡Cierra esa sucia boca de buitre!”. Vladimir no pudo frenar su repentina doble ira, e irritado, todo odio, asco, violencia y miseria, le replicó casi temblando: “¡No me calla ni Dios, pelele, ni Dios!”. Pelele: bastó esa palabra, prolífica y despreciable palabra del antiguo novelista, para atizar, matizar, la chispeante e incontrolable hoguera. “¡Si ya lo decía yo! ¡Si ya lo decía yo que eras el hijo manirroto de tu madre zorra!”. Graves palabras que en poco habían dispuesto a los figurantes en el cuadro, casi como obra de teatro. Así, por un lado, apartados, ajenos al furibundo baile de la rabia, aguardaban la resolución del conflicto Karel y Eva. Por el otro lado, y en el centro del cuadrilátero, de pie y encarados, separados por el escritorio, fronterizo mueble, braceantes y entre palabras incongruentes, sin medida ni apariencia, tono ni tino, símiles a bestias encerradas, mostraban sus tentadoras garras sendos paisanos. El primero en abalanzarse sobre su opuesto fue Vladimir: un rápido y apenas perceptible giro de brazo, subyugante giro, marcó el primero de sus movimientos: aferró así el atizador de hierro que de un gancho del lateral sombrío de la mesa colgaba, y hábil en su simple manejo, emulando toscamente sus irreales danzas con el sable (danzas, por cierto, harto aludidas durante sus rituales borracheras dominicales), “supo” propinarle al desdichado Dimitri una suerte de golpe en la frente que lo dejó tumbado, tieso sobre el pavimento, entre el vegetal y el cadáver: apenas podía retorcer el pulgar, y ya la sangre cubría de cansancio sus ojos, y la imagen, virado en rojo, emancipaba toda su violencia en enardecida simbiosis calor-muerte. No era momento de florituras, y la unidad de los apartados se escindió: Karel por un lado y Eva por el otro. Animales de nuevo, guiados por el azar de la supervivencia, los dos se mostraban ante su presa, carnicera presa, intuitivamente agresivos, mercaderes de venganza, irreflexivos. Ella fue la primera en actuar: arrancó de la pared un pesado madero decorativo y, sin apenas mirar su objetivo, lo lanzó: allí, sin vuelta atrás y con la fortuita desgracia de darle el golpe, sonoro y doloroso, a su compañero de armas: desvanecido, apesadumbrado, marcado por un serpenteante hilo de sangre innecesaria que ya manaba de su brazo; Karel quedó quieto, sujeto por la pared, sin fuerza apenas, rotos los soportes de sus piernas, de sus brazos, de su tronco, y de su conciencia, incluso: y se dejó llevar por la gravedad, precipitándose, diente de león, al aire y frágil como un narciso, en inconsistente papel mojado: Narcissus poeticus. Y Eva, derrocada a los pies de su enemigo, ni siquiera vaciló: iba a ser profanada con todas sus consecuencias: nunca antes habría deseado tanta venganza. ¡Con ella ardería el Alcázar!

La desnudó con violencia, a navajazo cauterizador y vertical, limpio; de arriba abajo; atuendo fuera. La agarró del cuello, a navaja abierta, horizontal, de cuello entero, “y no te me muevas”. Que luego la tirase sobre el catre dejando la navaja sobre la mesilla, abierta, sí, sobre la mesilla, filo reluciente y arañador, era lo de memos, pensó su violador, y antes de lo inevitable le dijo no sin cierto miedo: “El resto de la lección ya lo debiste aprender en la escuela, y si todavía no lo has aprendido... ahora podrás aprenderlo. Siempre quise ser un maestro... un buen maestro de escuela para educar a las malas niñas”. Eva no opuso resistencia y demacró su plúmbea moral en beneficio del más delirante de los disfrutes: bastaba hacer una buena interpretación de su papel, de su no-papel, por consiguiente, y no a la manera de la víctima, sino del cómplice sin palabras: bastaba esperar un poco más, de ese poco más, para confiado su aguerrido profanador, urdir el menos esperado de los remates...

Entre tanto, en la habitación contigua, pálida luz, los cuerpos, despojados de su razón, parecían querer volver en sí. Karel (menos dolido, pero también menos resistente) en nada desmerecía al lado de Dimitri. Tres horas tardarían en recuperarse... y algunos minutos más en descubrir, displicentes, el estado de Vladimir el Caído... Muerto, al fin.

El Cine Imperial renovaba cartel: del destartalado autobús de línea salieron los empaquetados rollos de la esperada nueva película. Matías M., el zorro proyeccionista, firmó el resguardo, y tras dar una exigua calada de su extinto puro, examinó debidamente el contenido del bulto. “¿Todo bien?”. Ya encerrado en su cabina de proyección, Matías M. observó a la luz las tiras de celuloide, y detuvo su atención sobre un llamativo fotograma: una playa... un hombre... y una mujer... en un burro, y esa estatua americana... No era la primera vez que le enviaban un título no solicitado, y descolgó el teléfono. “La semana pasada El coloso de Rodas, muy bien y nada que objetar... y ahora me vienen con la de los monos... ¿Éxito seguro?... No, no me discuta, ya le dije que quería seguir con las de romanos... Tierra de faraones y demás... el cine, del bueno y sin desvariar... que para nada le dije que me saliese con la nueva de los monos, ¡joder!... que ya... que todos somos gente buena y trabajadora... que un error lo tiene cualquiera... y una vez pasa y no es nada... pero es que a mí ya llevan pegándomela desde hace una docena de meses y...”. Hasta que colgó el aparato, sin nada que objetar; dos horas después y entre bombillas rojas y verdes, en el cartel de la entrada: EL GRAN ÉXITO DEL AÑO, “EL PLANETA DE LOS SIMIOS”, CON CHARLTON HESTON... Juan Eugenio de Córdoba tomó nota y marchó callé adelante: se había acostado la noche anterior con el predecible propósito de levantarse al día siguiente: y ya era el día siguiente: y esa idea, esa sustanciosa idea de tomar el vuelo, todavía seguía rondando su cabeza, incluso a fuerza de caer en el más patético de los ridículos: la respuesta la encontraría en su, por ahora, última salida... CASA DE LA VILLA. “Si su honorable familia lo viera, a su edad...”. Al alcalde la idea le resultaba de poco lucro, y descartó de inmediato cualquier ayuda a su persona. “Ese proyecto de exposición suyo, la verdad, no me convence mucho... ni tan siquiera nada, si le he de ser sincero, ya le digo, y ya le dicen todos los que del asunto saben algo. Pruebe con algo... nuevo y más de fiar, ¿verdad? Deje a un lado esa mentecatez del arte, que no es negocio ni a corto plazo... y ya sabe, gánese la vida como un hombre honrado y trabajador... ¡y no cavile tanto, coño! ¿Quiere un consejo de amigo? Muy bien, se lo daré... dedíquese a la explotación agropecuaria, aproveche los terrenos de su abuelo el marqués, y saque estilla ahora que puede, que lo tiene tirado... Allí encontrará el beneficio puro, el reconocimiento y, finalmente, la gloria, que a toda la buena gente un día u otro nos llega en forma de... Ahora es su momento, así de simple... vamos, ¿a qué espera? Del planeta de los simios a la explotación agropecuaria: nunca las coincidencias fueron tan esquemáticas. Tendré que ver esa película... Es justo lo que imagino: es justo lo que en verdad busco: mi nuevo desliz será un convencional medio relieve... y lo presidirá un mono: de su cabeza saldrá una palangana: y dentro de la misma habrá plátanos, abundantes y podridos, y luego, luego no imagino nada... un cielo gris y largo, tal vez.

Lo que ayer había sido espanto hoy quedaba en remota indiferencia: el cuerpo sin vida de Vladimir parecía aguardar sobre el lecho la llegada de una última ráfaga de agua bendita: parecía querer aguardar a esa última ceremonia en la iglesia tantas veces presenciada, rodeado de simpatizantes y detractores, simpáticos y demacrados, mezquinos y detestables, seres: todos luciendo sus banalidades, aparentado falso reposo, ansiosos ya de poner un pie en la calle, liberados de la presencia estremecedora del ataúd que contenía su cuerpo, su cuerpo entero, desvanecida presencia, de años atrás orgánica, reciclada ahora ya acabada la farsa. Pero ni habría agua bendita, ni ceremonia religiosa alguna: así lo habían previsto Eva y Dimitri, y no Karel, hasta tal punto impresionado por lo ocurrido que todavía seguía sentado en la silla con el vaso de agua a medio llenar en la mano, observando, fría, detenidamente, el cuerpo y su entorno: la navaja desplegada y su filo teñido, la sangre coagulada por de entre las sábanas y el suelo: y el enorme tajo, punto y final, en el cuello, firma de Eva, a la roja manzana madura, dentellada traicionera... Una hora escasa necesitaron para maquinar sus planes. Dimitri, auspiciado por la lógica vertida sobre sus relatos, determinó que el cuerpo “debía desaparecer de la pensión sin dejar rastro alguno de evidencia”. Faltaba el lugar al que llevarlo, depositarlo... Argumentarían al pueblo entero que en realidad ellos eran “unos primos lejanos de Vladimir”, que habían venido con el noble propósito de ayudarlo en su gris negocio, y que éste, necesitado de una ayuda económica, había marchado de vuelta a su país de origen para formalizar los asuntos concernientes a la herencia “que una persona próxima” (en la distancia) le había legado. Faltaba, pues, concretar sucintos detalles, imprescindibles para dar algo de mínimo rigor a lo planificado, no demasiado verosímil de ningún modo. De puro ilógico, harían desaparecer (pasada la medianoche, a día de hoy) el cuerpo, el automóvil y los documentos del ausentado, no así buena parte de su vestuario ni de sus escasos objetos de uso personal. Pero también fijarían su atención en otros detalles de menor importancia: bastaba servirse de la discreción para ocultar todos y cada uno de los puntos flojos sobre los que se apoyaba la supuesta veracidad de su palabra, y a diferencia de un reciclado desgastado de Adriano D., la resolución aquí debía permanecer irresoluta “hasta el toque de la última trompeta”... Menos de tres horas de obstinación y renuencia fueron necesarias para “equilibrar” armoniosamente el idílico amanecer sobre el que los tres cómplices se levantarían. Hecho lo dicho y dicho lo hecho, el cuerpo fue sentado al volante del mefítico y polisílabo Herbie blanco, poco metraje podría recordarse luego: la idea, cinéfila e improvisada, consistía en emular esa famosa secuencia del no menos famoso film Psycho... Cierto, ahora estaremos mucho más tranquilos... también más inseguros e insatisfechos... y mientras él y ella acababan lo que tenían que acabar, Karel, todavía sobre la silla y con el vaso de agua en la mano, sintió una lasciva llamada de aviso. La desdeñó: bien deducía que sus flaquezas espirituales solían muy a menudo encontrar grato contraste entre la injuria y el respeto al prójimo, pero dado que en la contradicción no encontraba otra cosa que repugnante ambigüedad, optó por replantearse su artificial situación, ¿y qué mejor que desprenderse de todo brote de falsa intelectualidad del todo prescindible? Luego no lo dudó, tenía que romper, aparcar: se puso en pie, llegó hasta su catre, y se hizo con la pareja de manuscritos que desde hacía tanto tiempo llevaba arrastrando, y los ojeó, aburrido y distante: nada bueno le daban que pensar, y ni el suyo propio siquiera, tan abultado en las últimas noches de desvelo pasadas: nada prometía suplir todas y cada una de sus carencias. Basta olvidar. Acercó los manuscritos, friccionó una cerilla en la lija, y los quemó, a la exhausta, desaprensiva llama, junto a la más próxima ventana: lentamente cambiaban de color sus pliegues, del naranja al rojo... y luego del rojo al gris. Dijo una vez: “Mientras arrastre su manuscrito... lo buscaré”. La noche estaba clara, y ni la amenazante brisa parecía querer irrumpir desarticulando el ritual de la ceniza, no de miércoles, sino de hoja de papel escrito que en su vuelo rasante se descompondría... y se descompuso en ilusas partículas de memoria desaparecida, residuo de la combustión en beneficio de la oscura estepa.

Las manos cubren la arcilla, la arcilla las cubre, el viento solano esculpe el torso de la figura: ya no quedan ojos que valoren el trabajo pausado, ni sueños que aplomen la victoria del artesano sobre el nuevo engranaje productivo: las aspiraciones creativas fueron a un tiempo designio de la auténtica moneda, la del tributo al artista, la del instinto de supervivencia, de la sensatez, del rigor: del gusto por una época a la que siempre se miró atrás sin tener conciencia plena de ella, asumiendo la superficialidad del empeño, implicándose dos horas al máximo, dos horas: y que aún desmereciendo de uno confieren sentido a su vacua funcionalidad en el trabajo; Matilde suspiró pensativa: en efecto, le aguardaban todavía pares de horas por decenas para alcanzar esa destreza tan pasional de los maestros ceramistas, de mano y no de torno, de pulgares e índices lisos, ariscos oponentes del falso desarrollo maquinal, reiterativos y tozudos expurgadores del bruto anonimato mineral: y en efecto, tenía sus dedos en sus manos, y no por juveniles dejaban sus movimientos de ser menos pasionales e implicados. Faltaba cocer el cántaro. Así lo apuntaba la letra de su carpetovetónica, desentonada canción: “Falta cocer el cántaro, madre / Faltan siete y van seis / Que no por nada mañana entierran al Juan / Que el pobre fue atropellado por un carro / Al bajar camino de la Torre C // Falta cocer el cántaro, padre / Faltan seis y las ganas van / Que por mucho aquí trabajar para tan poco ganar / De nada allí arriba nos servirá / Junto a Nuestro Padre Dios Celestial // Falta cocer el cántaro, abuelo / Faltan sus manos y le sobran diez años / Que más de setenta entrados tiene / Y algo me dice y algo me dice / Que a tiro limpio habrá que matarlo // Menos mal que sudo por mi patria / Que no tiro la toalla / Que huyeron los franceses / Tierra de Séneca florida / ¡Viva Ése! ¡Arriba España!”. E irrumpe de pronto su voz: “No insistas, cariño. Esos horrendos cánticos tuyos ofenden incluso al menos fino de los oídos. Aquí los míos”. Juan Eugenio se acerca al horno y observa a través del intersticio el lento proceso de cocción del cántaro. “He pensado que el domingo podemos ir al cine... los dos, ¿qué te parece?”. Ella: “¿Otra de romanos?”. Él: “No, de monos esta vez, para variar”. Ella: “Pensaba irme al campo, a pasar la tarde con José, en el río”. Él: “No me torees, cariño”. Ella hace como que no le escucha, y él sigue: “Ya me has oído. Ese joven no te conviene, y además... es medio retrasado”. Ella: “Pero es buen chico... y no un animal”. Él: “¿A quién estás llamando animal?”. Ella: “En el ruedo eres manso como un cordero, pero en el corral... en el corral, chaparrudo... eres el más cabrón de los.. ¡Me das asco!.”. Él: “¿Cómo te atreves?”. Irritado, se abalanza sobre ella, pero ella es ágil y sabe esquivarlo: él cae al suelo y gana un moretón en la cabeza: ya marcha ella a toda prisa escaleras abajo: él se pone en pie, algo mareado: ella sale a la calle y corre, corre sin mirar atrás: él aligera el paso escaleras abajo: corre calle adelante, corre: y sale a la calle, pero ya es tarde: “¡Mala perra!”, exclama por y para todo lo alto. Y ella, que al llegar a la casa de su buen chico estaba exhausta, apenas cruzó el umbral de la puerta se dejó caer sobre sus brazos, y no, no era la primera vez que algo así ocurría, y por eso él, con la botella de coñac entre las manos, ni se inmutó. No podía inmutarse. “Ya sabes que él es así”, le dijo ella a modo de disculpa, imprecisa disculpa. Y él, sin contemplación alguna: “Es un mal bicho”. Y ella: “Pero sin él...”. Y él: “Me tienes a mí”. Y ella: “No es eso”. Etcétera. Más tarde: “¿Y qué les debes? Dime, ¿eh? Limpias su casa, friegas su plato, enjabonas su bañera, barres su habitación, aclaras su ropa, abres su ventana, cierras su puerta, das forma a su ridícula cerámica... y encima te dejas...”. No dijo que no: “Todo eso es cierto, pero esta noche, quieras o no, tendré que volver junto a él... ¡Haz algo de verdad por mí y deja de cacarear tanto!”. ¿Algo? Un quejido atroz y desarticulado irrumpe de pronto, silenciando la conversación, venido del piso de arriba, lejano en la mortificada distancia que separa el húmedo patio de la caldeada habitación de la vieja mujer, la mujer vieja: otro quejido de nuevo, otro quejido de la habitación de la repelente mujer vieja, y después, una voz, su voz, rencorosa y apagada, en nada distraída. Él se lleva las manos sobre la cabeza, y dice: “La mataría... La mataré”. Ella intenta hacer algo, decir algo, aún fútil y disociado: “No digas eso, José... eso es... y ella es...”. Y él: “Sí, eso es blasfemo y ella es mi madre... y la odio tanto... Tiene ochenta años y a este paso... tendré que matarla a tiro”. Y ella: “En el fondo, y pese a todo, ella te quiere...”. Y él: “¿Esa vieja? ¿A mí? No, no te confundas, niña. No por quererme me aguanta, sino por necesitar de mí, de mi estupidez, de mis manos... Yo soy el que trabaja sus tierras y lleva sus cuentas. Yo soy el burro que le llena la bolsa y la boca y le hace lo uno y también lo otro. Es vieja y le fallan las piernas, y dentro de poco le comenzará a fallar también la cabeza... y por eso me-quiere-tanto... ¡para volverme loco y desdichado y matarme a su lado! Gran dicha, pensó Matilde, y se llenaron los ojos de arcilla.

La noticia de la partida del posadero con destino a su tierra de origen por algún tiempo a nadie dejó indiferente, aunque tampoco causó gran preocupación en ningún (sin)sentido: el posadero era un habitante sin-ningún-derecho, ¿qué iba a oscurecer su ausencia? Aparentemente, nada, absolutamente nada, y para algo podían contar con sus bien llegados a tiempo y predispuestos primos... ¿No es extraño? Que poco más al respecto se podía deducir, ya que los comentarios propagados, frívolos y viciados, adolecían de una clara incoherencia interna, sucesión de calumnias fácilmente inventadas por la contagiosa presencia de cuatro lenguas de mal agüero amigas de la enemistad y del juicio infundado...y entre tanto, lo que nadie, en absoluto nadie del pueblo (salvo sus implicados) podía intuir, era lo que en el número 5 de la calle José Antonio se estaba fraguando. Tres eran los implicados, y tres, las hipótesis que alrededor de la mesa barajaron a fin de despejar la incógnita a la tan extraña como inoportuna desaparición: 1) Que el propio Vladimir sospechase por sí mismo que, ciertamente, le estaban tendiendo una trampa; 2) Que una voz conocedora del “asunto” le hubiese motivado a abandonar el pueblo al hacerle previamente consciente de las nefastas consecuencias a las que iba a estar abocado; y 3) Que, efectivamente, la argumentación de los tres primos recién llegados era la auténtica e indiscutible. Suposiciones salpicadas de puntos oscuros en atolladero de escombro y fruición. La primera de las tres hipótesis propugnadas no tardó en resultarles harto desechable: “Es fantasiosa y novelesca antes que realista. Creo que es a todas luces improbable tamaña presunción por su parte. No es en el fondo el hombre despierto que aparenta, ¿ese cretino?”. El segundo: “Coincido con usted, don Rafael. La experiencia que tengo en estos casos me obliga a descartar esta primera hipótesis por artificiosa y poco realista. ¿No recuerdan el caso de la Noche del Jueves?”. La segunda hipótesis los comprometía a los tres poniéndolos desde dentro al alcance de las voces críticas, y, por inconsistente, la pasaron muy por encima: “Somos nosotros los únicos miembros de la Asociación que viven en estos momentos en la provincia. Es descabellado pensar que usted, por ejemplo...”. Él: “Puede estar seguro de que yo no he abierto la boca para nada. Ese tipejo no merecería ni... Sus favores son agua pasada”. Luego: “No creo que valga la pena ahondar en este punto. En cambio, si me decanto por la última hipótesis antes apuntada”. El tercero: “Es la más... lógica, por así decirlo”. Y: “¿Me pregunto si serán en verdad ellos sus primos?”.

Ya estaban a la mesa de nuevo los tres. Dimitri había preparado otro, suculento dijo, guiso de perdiz en salsa de nabos, debidamente acompañado de un buen vaso de vino tinto, necesariamente alzado a la salud de propios y extraños: desde hacía tiempo habían soñado comer bien, deglutir, llenarse de bien, y ahora encontraban en la comida la mitad de su tiempo, entre tienda de comestibles y despensa: y en ese aspecto no se privarían, no debían privarse, llegaron a esa conclusión. Comer y comer. Desde la desaparición de Vladimir delimitaron sus funciones en la casa: Dimitri cocinaría, y Karel y Eva, algo aburridos pero no por ello no menos hambrientos, escucharían con atención sus indicaciones a fin de acortar trabajo y ganar tiempo: los resultados daban buena cuenta del fino paladar del primo viejo, de cuyas fluidas notas gustativas en nada desmerecían su muy arrogante impulsión de aseveraciones rotundas y continuadas. A la mesa: Dimitri coge el cucharón y comienza, señor de su mesa, a repartir el manjar entre sus discípulos; mucho más animado que de costumbre, es el primero en iniciar la conversación: “Precisamente ahora me viene a la cabeza que ambienté el primer capítulo de uno de mis relatos policíacos en un mesón rural de lo más acogedor, ‘La caza del mecánico’ llevaba por título, sí señor... La comida era tan deliciosa que su aroma atravesaba el papel a poco que uno imaginase, que supiese imaginar... Eran unos jarretes de ternera rebozados en salsa de champiñón con pimienta y acompañados de una fina guarnición de espárragos y patatas asadas con otra rica salsa... de perejil y ajo, para más señas, y por encima, apenas visible, una pequeña película de aceite de oliva. “¡Qué memoria!”, exclama Karel. “Se me hace la boca agua de pensarlo...”, y apuntando con su dedo índice al plato, Dimitri añade: “La buena comida es una constante en mi vida, aquí o en el libro. A largos períodos de alimentación mala y escasa...”. Eva añade: “¿Alimentación mala y escasa?”. Y él: “La vida, dicen los de siempre, es cosa de mucho sacrificio. Y una... les diría yo, que se los dije, y sin ahorrar palabras groseras. La vida es, y será, ante todo, una-cuestión-de-suerte... e inteligencia, es decir, frialdad, claro... pero siempre en pequeñas dosis y sin margen de error... por ahí van los tiros, sin pasarse uno de listo... Pongamos un caso... el oficio de... asesino, por ejemplo...”. Karel trincha un pedazo de cadáver, pero ya es demasiado tarde: su apetito se ha esfumado: un cuerpo pesa sobre su conciencia, y aunque Dimitri ni se percata, algo le invita a dejar de tragar: no Eva: ella sigue hambrienta, masticando, sobreponiendo el jugoso bocado de carne muerta sobre todo lo demás, pero escuchando: “...él sabe que no puede confiar en nadie... que su vida está amenazada... que cada mirada de un desconocido es más que una mirada... sospecha de todos y de ninguno, y los transeúntes van y vienen, van y vienen, van y vienen... y decide, de pronto, tomar el metro, por eso de adelantar... hasta que, paso en falso, sospecha definitiva-mente de ese señor... el de la gabardina gris, ése, que con los ojos de búho simula leer las necrológicas de un periódico que cubre su colina primigenia por nariz... ¿Os lo imagináis?”. Ni Eva ni Karel logran encontrar sentido alguno a la inesperada pregunta. Asienten, sin más. Sigue: “A todos en su día les gustó... es un fragmento de mi novela ‘El precio de un delito’, que llegó a las doce ediciones y los ocho mil ejemplares vendidos, nada menos”. Ahogado en su propio orgullo, Dimitri estalla en una carcajada prolongada y de lo más zafia antes de llevarse a la boca el siguiente pedazo. “Y... ¿cómo termina?”, pregunta con indiferencia Eva. Mientras mastica, bebe de la copa: no cabe duda alguna: es él: el adolescente, Dimitri entero, resurgiendo de sus cenizas. “Bien, sin moralina barata ni demás patrañas, con frialdad. En el último momento, claro, el héroe no salva el pellejo... y el inspector Melville se lava las manos... pero, final inesperado, ¡también muere! Una buena carga de explosivos lo mata, en un cierre abrupto y convencional, toda una secuencia que aguarda sus mejores momentos en la descripción moderadamente detallada del ambiente y de los personajes... en los aspectos, en unos aspectos, creo yo, sórdidos pero delicados en el trazo, en el gusto por la sobriedad y la concisión... en el puñetero estallido de rabia final que se vuelve contra el orden, el puñetero orden”. “Realmente audaz –admite ella con esforzada sorna -, que no sutil”. Y él: “Ni tampoco senil: un final impactante en mucho ayuda, en mucho igual o mayor número de lectores para la próxima entrega... Y eso, no es poco, no en mucho...”. La conversación se torna plomiza. No es poco: no era poco: no era nada, nada en mucho. De nuevo, aferrado a la botella de alcohol, inmundicia que meses atrás tanto execraba, Karel no hizo nada por detener el irritante monólogo del descentrado Dimitri: se limitó a beber, copa a copa y minuto a minuto, sumido en un peculiar letargo, el del dulzón anís, placentero sorbo, pequeño y arrítmico, de lo más ardiente a trago seco y forzado: ya notaba los primeros compases de una música de efectos catárticos y crispantes: ya la cabeza le iba y le venía: y no tardó el alcohol en quebrar sus sentidos, disipando esa tristeza hija de la frustración, disipándola en frenética, e indisoluble, alegría, simiesca alegría, a la blancuzca espesura del formidable anís simiesco, Del Mono, dibujaba la etiqueta. Del mono, nuevamente del mono, de su propio y erguido planeta... y le pasó por la cabeza esa última secuencia: ya recordaba medio borracho la proyección: con Charlton Heston (“El Cid”): sí, no podía ser otra: y arrastrado por el arrollador sentido musical de Jerry Goldsmith, se creyó forcejado por el insoportable calambre que de su espalda retornaba a la base de la incómoda butaca, sazonada al viejo tren de la primavera: y no había allí, a sus pies, playa de arena alguna que se le resistiera: mano a mano, él, Karel el Superviviente, y sus compañeros de adentro, los simios, vencerían: vencerían a los otros simios, los que desde la parte trasera de la sala lanzaban cáscaras de pipas chupadas y botellines de gaseosa, no menos chupados: los vencerían en la palabra, verdad que no siempre desnuda siembra la palabra: ¿Qué piensa él?: “Andas descaminado”, me dice: “No ando descaminado ya que al descabalgar camino armado”: “No me refería a eso”: “¿A qué te referías?”: “No puedo decírtelo, no aquí, es demasiado peligroso / prodigioso: Ya, creerás que me falta el valor necesario para oírte; ni en tecnicolor te digo que ellos se lo han cargado todo... No basta un mensaje soterrado para afianzar en los pequeños matices la sinrazón de esta catástrofe; ni fe me falta para conjeturar que, después de todo, ellos han sido, ¡crueles, salvajes y desalmados! La tierra estallará... ¡Ya ha estallado!”. Etcétera. La tierra, y su cabeza, y también la botella, sin otra certeza: vueltas de nuevo, vueltas y vueltas sobre su eje: sobre un eje que no es eje, sino travesaño, estaca, porción de isla ahogada en la remota mitad de un ilimitado océano de cordilleras de barro y de navíos hundidos y de tesoros en lo más profundo y frío con el candado cerrado, oxidado: sí, un todo saturado de adjetivos estúpidos que rellenan y no aclaran, una montaña de sensaciones inclasificables e irracionales. Así, a la mañana siguiente, pasada la borrachera, en plena y efervescente resaca, calzado y con la mano de firmar por de fuera, sobre la cama, una nota, que leyó: “Estoy contento de mi suerte”. No podía ser de otra.

Que varias semanas estaban por pasar... ya han pasado, pero el vivo recuerdo de las imágenes vivas redime tus ansias de pasar por el aro. Se apagan tres de las cuatro luces de la sala, garito desconchado, piscina de goteras, de acústica infame y ventanas sobreras, pantalla de tela amarilleada al fondo, calor de estufas y alientos, humo de colillas y puros, sillas de madera torcidas, unas cojas y otras no tanto: “Cine Imperial” lo llaman, reza, y así es: La película de Franklin J. Schaffner, con Charlton Heston, etcétera, etcétera: “El planeta de los simios”. Te agarras a la butaca mientras tanto, ya la tienes cogida de los cuernos, no es un toro, pero la cabeza disecada de uno (en la pared, a dos metros izquierda) te anima: a tu lado, a la izquierda, está ese hombre caligráfico y simpático con el que acabas de intercambiar algunas palabras de agrado, por vez primera en España, del clima, seco, soleado. Dice ser artista, íntegro pero maldito, pero artista cierto: te ofrece su tarjeta: la guardas en un bolsillo, de cierto artista: dice llamarse Juan Eugenio de Córdoba: “no puede ser otro”. De Córdoba. Te ha leído una página y media de ese libro que oculta tras su diestra, entre la hoja parroquial y el Heraldo: es de un tal Goytisolo, Juan, dice... no recuerdas ahora su título: lo intuyes... tampoco estás en un circo, ya lo tienes, no es un guiño: ¿qué interés tendría saberlo?: estás sentado en un cine, y vas a ver a esos malditos monos peludos... Sabes que el mono más mono de todos es Heston, pero no puedes remediarlo, y te identificas con él: en su virilidad ruda y paródica, en su frente rasposa y sus ojos, apáticos de cólera... Juan Eugenio, al oído, muy por lo bajo, te susurra: “No he pagado la entrada por padecer esta invasión de cáscaras de...”. Pipas, cierto, caen por docenas, por detrás: a tu cuello: al suyo: ni las torvas viejas se explayan. Yo tampoco. ¿Se dice así? Y-o t-a-m-p-o-c-o. Y, mirándolo: Se dice... No te desesperes, que el tuyo es un castellano de primera pluma... no crees ni una mirada, te taladra los oídos ese altavoz descolgado, sientes un cosquilleo molesto en los dedos de los pies, y miras las botas que llevas, pertenecieron a un muerto, piensas, eran las botas del 43 de Vladimir, suelas duras y cordones de esparto, piel de cordero. Se apaga la cuarta: calla el gentío: aclara el proyector: la pantalla toma forma... Vacías el bolsillo: dos monedas, una tarjeta, su tarjeta: te la acercas a los ojos y lees de nuevo su contenido: ¿Eso era todo? ¿Una tarjeta en blanco? Conoces la causa, intuyes el origen, desestimas su grito, ya nada te interesa, ya nada se interpone en tu camino: rompes la tarjeta, en dos, en cuatro, en ocho partes, y las tiras al suelo. ¿Creerá ser el único? No tenemos apenas cabida en este mundo de frustración cíclica... y es tan irónico sorprender el trabajo de individuos capaces de modelar un film tan sólido a partir de una base tan resbaladiza. No es de extrañar que no sea del gusto de Dimitri: “Modernas sandeces de hoy”, dice. Pero, ¿qué sabrá él? Dimitri: “Modernas sandeces...”. Y: “Es realmente buena. Tienes que verla antes de acribillarla... pero ya es tarde, me temo”. Pero, ¿para qué? Y dado que una película no pasa de ser eso: el reflejo peor o mejor resuelto de una realidad circundante (por ceñirse al “tópico”, no menos invariable), cabe detener el recorrido de la bobina y mirar al reloj para saber que son las diez y diez y que en menos de dos horas estarás dormido para soñar con esa mujer del cementerio de cuyo nombre apenas recuerdas algo que no es sino el nombre: María”. Mas de pronto, un dolor intermitente, un dolor que llevas arrastrando desde hace tiempo, se dobla, y ahora, de los brazos a las manos y del tronco a las rodillas, recuerdas esa paliza incomprensible que te propinaron esos dos seres sin rostro y con barras de hierro por diestras. Algo llama a tu puerta: lo necesitas: necesitas calmar tus pesares: llevas tirando de la soga demasiado tiempo, no quieres dejar de tirar: pero tiras, temes ser decapitado de un momento a otro en la más necia de las paradas: temes dejar de ser en el tiempo que replanteas tu papel en la escena: has llegado a un territorio anónimo e intercambiable, a una cultura hipócrita y asesina: ciénaga de tumores en descomposición, de sacrificios invisibles: esa grotesca rueda que aprehendiste leyendo una novelita no por mediocre insatisfactoria. ¿Era ésa, entonces, la clase de lectura a la que aspiraste? Una lectura inocente de las cosas, un canto a la amistad humana por encima de todo, y en su acepción más profunda, una vuelta al dadaísmo, y al surrealismo... al medio de vida donde lo que prima no es el resultado de ser Karel, sino el no-resultado de lo que en verdad resulta ser K... Pierdes la cabeza: ¡no puedes identificarte con nadie! Vives rodeado en la injuria del desamparo: hasta ahora, todo descrédito carece de un sentido: pero, ¿no es cierto? El peso de haberte despojado, tirado su tarjeta en blanco: la experiencia gratificante de salir de noche y respirar: la experiencia gratificante de salir de día y respirar: la experiencia gratificante de quedarte en casa y respirar: sin entender nada, ya vas entendiendo algo, a saber: 1) Que estoy contento de mi suerte: no estoy contento de mi suerte. Pocos silogismos llegan tan lejos en su alcance: si estoy... no estoy... luego... 2) Antes lo uno que lo otro. “Morir en pie / vivir arrodillado”. ¿Siguen creyendo que el absurdo en sí mismo es contradicción? Olvídense por un momento, en tanto, de “Camus & Co”. ¿No creen que el absurdo en sí mismo no llega siquiera a contradecirse? ¿No crees que pegándote un tiro no vas a acabar antes? ¿No cree que no creyendo no va a creer más que un creyente? ¿No creemos que yo no creo en lo que escribo pero lo escribo al menos para dar una sensación de menor vacío a la vida en la que no creo? (Lo obvio redundante.) Amasas en vida ingentes cantidades de imágenes que desecharás con el tiempo, aquí y en esta cultura de la imagen, de lo nauseabundo de la imagen: imágenes de espacios abiertos y de espacios cerrados, de figurantes posando y de figurantes hablando: primeros planos de rostros que conocías y que ahora ya has olvidado: un fluir de palabras impregna el entorno: un casi familiar aire por el que sientes añoranza ilumina tu rostro: pero el desengaño surge tras la afrenta: todo era un reflejo erróneo, una argucia mal trazada, un sueño distorsionado: ya eres adulto, es decir, has perdido las apuestas: mas no te importa volver la vista atrás una vez al año, una vez al mes, acaso por curiosidad, para asegurarte eso: lo muy poco que puedes arriesgar, ya que lo que dejas atrás no es tanto, ni tampoco absolutamente nada. Vuelves a la cama: a la casa del momento: Dimitri duerme, ronca, es el suyo un sueño profundo: Eva, por el contrario, sigue despierta, junto a la ventana, mira las estrellas del cielo nublado, te dice: Sirio. Sabes que no es cierto: se mira a sí misma: su reflejo es de grietas en un cristal empañado, borrado de sucios momentos, recuerdos templados, instantáneas de un mayo que no volverá sobre sí, junto a su fiel Andrei por escoba: ...un desgraciado, eso es lo que fue... por mi culpa, creo: cree mal: debe dejar de creer. ¿Qué sabrá ella de un Sirio B? No quieres seguir escuchando esa historia: es aburrida y carece de gracia, necesitas algo animado: una buena botella de coñac, tal vez... pero no puedes escapar, no. Ella sigue a lo suyo: ella cree: pero ella es tan débil, tan flácida e inocente... ¿Y yo? Yo, que apenas alcanzo a rozar el barro de sus pies, ¿qué he de juzgar? De niño era ciego: siendo adolescente perdí el concepto, algún concepto: ahora no soy nada maravilloso, nada de eso de lo que los otros llegaron a vanagloriarse: un despojo, una muda de piel de serpiente abandonada sobre el caldo orgánico del pantano, a cielo raso. Caes sobre la cama: los brazos y las piernas te tiemblan, las manos y los dedos supuran fiebre amazónica: el tronco plantado musita al caracol pegado: es un descanso inmerecido, un descanso sin destinatario. El día no ha sido propicio: no has rendido en aquello en lo que creíste: diste por resuelto lo imposible: pero ya es tarde, piensas... ya es tarde, me temo, le decías a Dimitri: olvidaste una diferencia: él era, y es, más fuerte, e incluso adaptado, por ahora, y eso es lo que le hace dormir, dominarse, tranquilo, como un niño recién nacido libre de conciencia y ánimo. ¿Y tú? ¿Eso te crees, verdad? Yerras entonces. Necesitas de un cuento para dominarte, de ese cuento lento y pausado que te contaba tu madre, de colores vivos y fondo estampado, ¿no era así? Duerme, todavía estás a tiempo, luego date a ese cuerpo en forma de cuento.

A la cocina llega Eva, arrastrando un pesado saco de patatas, roto por los bordes, mordido por “las ratas”, afirma, y Dimitri deja la taza para ponerse en pie... “Sí, tres ratas maestras para una escuela. Por cierto, el café estaba muy flojo, frío. Aplícate en esa materia y pasarás de curso”, y escopeta en mano toma las escaleras, ya parece otro, de espalda es otro. Eva apoya el saco junto a la pata más próxima de la mesa. “Ratas”, musita ella. “Ratones, mejor dicho”, añade él. “Ni lo uno, ni lo uno... ¿o acaso confías de su pulso de borracho decrépito?”. Lo abre. “Nunca se sabe. Basta alguna vez con apuntar al vacío para encontrar esa bala que dabas por perdida...”. Toma una. “Ya...”. Siguen midiendo sus fuerzas, algo tira de fuera, Karel reacciona: “¿Alguna noticia de nuestro tío?”. Ella se sonríe: “Sí. Llegó ayer a mis manos en forma de pez, y el animalito, que ya estaba medio fuera de sí, me susurró al oído lo que ya sabemos... Que sigue en las profundidades del pantano, pero no te preocupes... también me comentó que estaba bien acompañado... Sí, una señorita carpa, nada del otro jueves... y no aleteó nuestro emisario ni una vez más...”. Más tarde: “Es demasiado insoportable”. Ella: “No me lo digas a mí”. Él: “Y lo peor no es eso... Dejemos al tiempo”. Ella: “Me violó”. Duda: “Lo sé”. Se aflige, apenas: “¿Y lo dices tan tranquilo?”. Deja de morderse las uñas: “Lo dices pero no lo sientes. No te importa, llanamente”. Llanamente: “No tienes vergüenza...”. Mirando al fondo: “Eso pensaba también tu Andrei, pero al infeliz lo dejaste sin mucha vergüenza por tu parte”. Es cierto: “Nuestra vida es, era nuestra vida... insistías en tus cartitas de retórico adolescente...”. No tan cierto: “Escucha...”. Sigue: “ ...unas cartas que...”. Y él: “¡Escucha! ¿No puedes ser razonable por una vez? Quiero hablarte, aunque te resulte inaudible... Yo... la verdad, ¿qué es la verdad en esta situación?... es que no llego a entender nada de ese repentino cambio tuyo... y también suyo por permanecer en este pueblo que nada nos tiene que ofrecer... es...”. Deja de mirarlo: “Es lo que nos queda. Mejor dicho, lo único que nos queda. ¡Y nos lo hemos ganado muy bien!”. Y él: “No te comprendo... Un asesinato, ¿muy bien? Un discursito abominable... digno de personas abominables. Mi abominable Eva... dices que te violó, cosa que, a decir verdad, dudo... pero además... te viola y lo matas. ¿Quién sale entonces perdiendo aquí? ¿Y qué pierde?”. Y ella: “Siempre serás un simple...”. Lo que le hizo recordar uno de esos poemas, versos sueltos, “simplemente...”, lo que le hizo volver sobre sí mismo, que, “Simple, simplemente / Como la línea de simple / Como el cieno de simple / Sobradamente simple / De sarmiento y de espina / Y sin embargo, elevado / Sin explicación / Ni razón tampoco...”. Y entre tanto abajo todo está en calma. Una prudencial brisa rasa el fino oleaje. Los contornos pierden su dramaturgia allí donde arranca el empastado caldo orgánico, punto de lodo que aúna agua y separa tierra. El pantano pierde su interés conforme la noche avanza. Cesa la brisa, quieta el agua, y al fondo, la devastadora presa, estirada y enhiesta mole de hormigón armado sin fisura ni queja, resistente, por tanto, no tanto. Más adentro, bajo el agua, el silencio es burbujeo constante, burbujeo de corrientes de agua, corrientes venidas de más arriba, río entrado todavía. Partes frías y partes menos frías. Pedruscos y colinas. Grietas de vegetación muerta. Un mapa sin geografía, un pasadizo sin salida cuyos reflejos luminosos vienen desde arriba, desde ese disco engañoso que permuta su fijeza en vibración e inestable arritmia: pero no es sino la luna, y toda la fauna, despierta y sufrida pesca, ya ignora su presencia inútil y engañosa. Más adentro todavía, tocando casi suelo, muy por debajo de esas truchas de ojos indistintos y labios axiales, descubres, buzo imaginario del sueño, el neumático reventado, y poco después, muy al poco, el automóvil, enfangado entre grava revuelta. La luna está rota: de nada te sirve el reflejo de la otra. Es un paisaje extraño, artificial e inconsecuente: yerros y agua: y en algo temes, recelas, de su presencia. Dudas. Mas no quieres dar el paso: pero lo das, al menos. ¡Es demasiado pronto para volver la vista atrás! Y el cadáver se deshace dentro, sus manos inertes gritan atadas al volante: ¡silencio! No tanto.

Una hora después entrada la medianoche y los candiles apagados, Juan Eugenio de Córdoba, iluminado por la luz del flexo metálico, vibró, con la pluma en la mano, apuntando al papel en blanco: sensaciones extrañas raramente antes experimentadas afloraban sobre su piel. El turbio calendario de su vida había sucumbido en un ambiente descompuesto largo tiempo atrás. Personas y objetos que a su rededor poco significaban, habían condicionado de manera inconsciente su valoración moral y estética del mundo: el artista intermitente había muerto para sí mismo, así en unos tiempos en los que todos se hacían llamar “artistas”. ¡Artistas! Ahora tendría en mucha estima la opinión ajena, su opinión vista desde fuera. Ahora ya no se detendría a reflexionar sobre esos aspectos nimios que acostumbran pasar a ser máximos de improviso. Ahora viviría el ahora, no la acción, un ahora que mirar, un ahora indeciso. Resignación, en una palabra. Lo pueril instantáneo: ¡Y todo por esa maldita película americana! No todo, ni tampoco mucho, pero sí algo: la chispa que anticipa la llama. Después de tantas horas de lecturas en apariencia provechosas, de estudios voluntarios a la búsqueda de la verdad, y siempre de la parte de los presuntos innovadores (curiosa paradoja del hombre de formación académica, nada intuitivo por principios y defensor de los márgenes establecidos), valores dudosos, con o sin la aprobación del sin-sentido común... después de tanta quincalla y después de tanto minuto perdido, decíamos, Juan Eugenio, fiel a su costumbre de escribir en su agenda día a día todos aquellos momentos destacables (¿en sus últimos años podía algún momento de un día haberse valorado con tan lejano adjetivo?)... se encontraba ahora en el más dudoso de los caminos. No era un Cesare Pavese, y nada más lejano a él, cierto, ni un final abrupto (con suicidio después) podría redefinir su insustancial existencia en forma de cuaderno: esa pretensión literaria distaba en mucho de encender sus ánimos: letra, palabra y frase, un proceso al fin y al cabo, le aburría desesperadamente. Escribiría, y escribía, pues, a trompicones, y de lo escrito, de lo pensado, repensado, de todo lo que ponía en boca suya venido de las otras bocas... y así hasta Platón, daría solución a su “problema”, directamente inextricable, pensó antes de escribir; se conformaba con poder escribir apuntes con algo de rabia y no por artificiales no menos exentos de “algo de realidad”. El resto lo olvidaría, pero lo olvidaría por olvidable, luego integrado en la parte principal, y así, arrancó de su cerebro un retazo de memoria y llevó a su mano el movimiento de la primera grafía, impulsando el vértice de la pluma sobre la llanura fibrosa de la hoja. Escribió: Domingo... Matilde no ha vuelto todavía. La espero, pese a todo. Los días también pasan, y mi vida se acaba. Algo me dice que de aquí a una semana otro pelo nos lucirá a todos... Otro pelo. Nunca he sido supersticioso, pero me corroe las entrañas pararme a pensar en mi pasado, tan lamentable. Me las corroe. Sigo escribiendo estupideces en este cuaderno. Son estupideces que no albergan nada; nada que valga algo... Nada que vaya a sobrevivirme, pasar al mañana. Matilde no ha vuelto todavía. Soy consciente de lo que he perdido, pero ya nada me puedo reprochar, y lo digo “a la ligera”, sin mayores preocupaciones que luego arrastrar: “Estoy contento de mi suerte”. Es una gran mentira, pero no una mentira falaz... acaso una mentira necesaria, un juego de espejos sin otro reflejo que el espejo que refleja el aire de entre dos espejos... ¿Qué habrá pensado de mí el extranjero? A las gentes les resulto grotesco y engañoso, falto de la menor gracia... y cargante, cuesta arriba. Muy cargante. Esas gentes estúpidas. Un necio monigote, me llaman, sin otro discurso que el del aporreamiento... y es curioso... me basta con ver un simple filme de ciencia-ficción para sentirme arropado... ¿En qué? Tiemblo por ella especialmente... mi pequeña Matilde. Tantos años y ahora esto. ¿Y él? De algo me sonaba su cara, es cierto... Dice que se llama Karel. Dice que sus amigos son gente de fiar. Dice que le gusta mucho el pueblo. Que le resulto simpático y amable. Que en un principio fue pintor pero lo tuvo que dejar. Que le gustaría volver a pintar... Que etcétera. Lo dice todo con ese castellano mal entendido y peor pronunciado de los extranjeros iletrados. Lo dice y no me interesa ni lo más mínimo, pero me lo dice, a mí... ¿De su lado? ¡Qué burdo sentimiento! Apenas lo conozco... ¡No quiero conocerlo! (Asociación de ideas. Poco más, poco menos. Una película, una persona. Dos unidades que se me asemejan una. El mensaje desesperado de la primera y el grito sin receptor del segundo. Un mensaje y un grito lanzados al unísono. Un mensaje que contiene un grito, y un grito que es en sí mismo el mensaje de una tragedia tan dudosamente abstracta como sentida, cercana.) Demasiadas líneas para tan triste tarde de domingo.

Juan Eugenio apartó a un lado la pluma y comenzó de lleno a recordar. De niño había leído en una noche La casa Tellier, delicioso e inagotable Guy de Maupassant: delicioso a la luz de la lámpara, en la noche del primer invierno recordado, heladas las puntas de sus pies: cosquilleo inagotable a los siete, ocho, nueve años: fuente exquisita de perversiones y destellos de imposible e ingrávida genialidad. Eso era ayer. Entonces. Y tuvo hambre, y tenía ahora hambre, como de costumbre, de pronto, sin más. “¡Josefa!”. Seguía sin responder a su llamada, ese juego de espejos... “Mujer, ¿por dónde andas metida?”. Insistió. No respondió a su llamada voz alguna. ¿Dónde estaría metida? ¿Dónde? Ausente Matilde, poco le podía importar, cierto. Quedaba, eso sí, su nombre, y encima, la noche. Así, Juan Eugenio se levantó de la silla y marchó en dirección a la cocina. Una vez llegó, de su mano a la nevera un metro distó, pues, y en escasos tres segundos, trasunto del criado bien guiado, sacó una lata de aceitunas sevillanas. ¡Recuerdos de la tierra de ayer! Tierra vieja, erizada y mezquina: tranco de olivo al fuego y también a la sombra, barro del barro hasta las rodillas: de barro en barro y de día en día, vas una tarde, por la senda llana, libre de enemigos, y en bicicleta, pedal a pedal... ¿Me sigues? Te sigo... ¿Recuerdas a esa risueña muchacha de los ojos color aceituna? De los ojos almendrados... No ésa... ¡Dime! Ya estará muerta, la pobre muchacha. La conociste enferma, ¿no es así? Enferma la recuerdo. Se llamaba Esmeralda, ¿no es así? Esmeralda la llamaban. Esmeralda, Esmeralda... etcétera de esmeraldas. Ella: no otra. ¿A qué juegas? Pinchó con el tenedor la última oliva. La masticó. Le sabía a algo; que cierto es, de sabores y de formas, muy docto no era... y era ahora... un regusto a pasado, a tardanza agria de despiste... olisqueaba, dejado atrás el desaguisado. Eso era algo... Esmeralda en Matilde, y así de simple, otra vez de nuevo. Eso ya es algo siendo nada, un destello de muerte.

Carga de nuevo la escopeta, la está cargando, la deja cargada. De su cordón por correa penden los desmadejados cuerpos de tres perdices a nueve disparos, uno a cada una y seis al aire, en total hacen nueve. De la pistola a la escopeta dista quizá un fotograma del inconsciente popular (sic): el cazador en pleno oeste y la salvaje presa de la pradera que por allí anda suelta: el pistolero encerrado en su vacío a la caza de ese individuo de rostro demacrado por el que los carteles dicen dar 1.000 $ vivo... o preferiblemente muerto. Aburrido de sí mismo, de parodias sangrientas... y del espectáculo en general apto para todos los públicos y no tan públicos (homenajes a Fuller incluidos), Dimitri, criado a la sombra de la no-imagen, la irreflexión pura, es decir, del intercambio de imágenes sin contenido, palabras, no ideas, apunta al primer pájaro que se le pone a tiro, cierra los ojos in-conscientemente, siente la prolongación de su brazo en el aire... y dispara... atinando... y de puro azar, cae el animal al suelo. Van cuatro...

En la calle, en una del pueblo y entre tanto, y de un vecino a otro: “¿Te has enterado?”. Y el otro: “¿De qué?”. Que “han encontrado al ruso”. Luces, miradas. “¿Y dónde?”. Que “en el pantano”. Diez minutos más tarde, en la misma calle: “Muerto!”. Una mujer, que “vaya con el Vladimir. ¿Se imaginan algo?”. El hombre de la boina: “Se rumorea que fue un accidente, nada más... que se salió de la carretera, y algo por el estilo... pero a mí, chica, me da por otra grupa...”. Y la mujer, que “ya”, y que “el Señor me coja confesada si pienso más de la cuenta”. Y “¿no os lo decía una y otra vez?”. Que “carecíamos de las pruebas suficientes, suponiendo, claro está, que a ese barullo de suposiciones se le pudiera dar tal nombre”. Que “sospechas, claras y evidentes...”. Y que “¿es posible que un hombre que sale despierto y contento en dirección a su lejana tierra encuentre la muerte a cinco kilómetros de distancia del lugar de salida y aparezca su automóvil estrellado a cincuenta metros de la carretera?”. Etcétera, luego “deja eso a un lado. Diez minutos serán suficientes... ¿Para? Para que una masa de gente se agolpe a nuestra puerta. Resígnate... lo han encontrado. ¿Lo han sacado? Supongo que estarán en ello. ¿Y él? Volverá después... Siempre vuelve después... ¿Nos iremos? Eso es imposible. Si nos vamos, nada más sencillo, sabrán que hemos sido nosotros. ¡Estúpido!”. Y él: “¿Nosotros? Dirás... tú... y él, que no yo. Desde el mismo instante en que cerramos la pensión dejamos al descubierto todas nuestras cartas sobre la mesa, ¿no llegas a entender tampoco tamaña nadería?”. Y ella: “Que aquí justos por pecadores vamos a pagar todos lo mismo, ¡estúpido! No diremos nada, absolutamente nada... y ya sabes todo lo demás... Sentiremos su muerte muchísimo. Fingiremos un dolor moderadamente atroz, pero auténtico... y etcétera, vendrá todo rodado. Nadie sospechará nada... y con el tiempo se olvidará todo. Nada por todo. Lo que venga, vendrá... y punto”. Y llegará.

Segundo a segundo, arrastrando el tiempo, en ese caos viciado que antecede al desfalco, entre los pasos apresurados y el murmullo discordante de la multitud excitada, algo, ligeramente sonado, irrumpe de pronto. Horror. Horror, en efecto y con efecto lo sintió, Karel, él lo sintió al mirar a través de los cristales de la ventana, y verse en ellos por ellos allí rodeado lo horrorizó más, todavía, no al punto del paro cardiaco, mas casi, casi al punto de caerse desmayado. Campesinos, de habla y de rostro. Hombres que gritaban al aire necedades contradictorias... y mujeres, alcahuetas relamidas las muchas, sin otro deleite que la caída del vecino a manos del pensamiento mayoritario. Macabro y primitivo espejo de contrastes pocas veces tan bien definido, tan indefinido en los mapas, las cerámicas regionales de artesanía y demás muestras horrendas de la mala caligrafía, la de la bolsa y las dentaduras postizas. Rodeada la casa, poca escapatoria nos queda... ¿Y Eva? Eva ni se inmutó, ni se inmuta, ni quiera inmutarse, ella permanece, permaneció sentada a la mesa, con el juego de dados entre las manos, muda, incapaz de levantar los párpados, casi ciega, no de sentirse presa, de lo otro, así lo que venga, vendrá... menos el punto. Quedaban ellos dos allí encerrados, truncados pues sus sueños íntimos, sueños que para sí habían compartido en sus mejores y más cálidos momentos, contados. Y ahora, ella, la en un tiempo dulce Eva, la hoy putrefacta hembra, pensaba para sí, y para él, en Karel, dolida, en él, y quería hablare, pero sin penetrarlo, que ya era tarde; no podía. La presión exterior lo impedía todo... Ese insoportable nicho de moscas... Ella había sido su cruz, la cruz del ignorante pasatiempo... la que lo había arrastrado hasta semejante lugar, hundiendo un futuro acaso oscuro pero en mucho preferible al que ahora se les plantaba delante. No tardaron, por consiguiente, los de abajo en llamar a la puerta, luego consiguiendo el efecto buscado. De decenas de dentaduras postizas, abierta en ángulo agudo. ¡Quietud! Ni Karel ni Eva dieron un paso, no todavía, no ahora, no este instante de piedra: apenas siguieron bombeando sus corazones la sangre, todavía en su cauce, sin salirse, pero los golpes y los timbrazos se intensificaban. Y de entre la muchedumbre, una voz, femenina, la primera, cantó: ¡Asesinos! Tan enfático golpe de entrada tornó, desnudo el coro, en insufrible efectismo de salida: ¡los estaban tachando de asesinos! ¿Qué demonios era eso? ¿Qué demonios sería eso? ¿Qué demonios? Una palabra tantas veces emitida, ¡y con qué poco sentido! Una palabra terrible, de compleja y a la vez de sencilla. De asesinos. ¿Quién demonios era esa gente monocorde y afectada? ¿Habían malgastado sus últimos días entre semejantes ratas inmundas sin darse cuenta de ello? ¡Lo sabían! ¿Hijos de la misma pasta? ¿Asesinos? ¿Él también? Cómplice iluso de una nada de nada que ahora y no mañana debía salir afuera para dejarse aporrear por la multitud lapidaria e inconsciente de las manos sin pensamiento. ¡Qué enorme dolor! Dolor en los huesos, y en los músculos, y en los ojos, cegado por la luz de las miradas, de los puntos negros y seguidos. ¡Luz cegadora! ¿Luz? ¿De qué sirve entonces pintar? ¿Vivir para pintar? ¿Pintar para vivir? ¡Y morir pintando! ¿Dé qué sirve tamaña estupidez? Pintar para morir, escupido y lapidado y descuartizado. Reflejaré el despropósito: viviré ilusionado bajo el hipnótico aire de tan aberrante falacia: y sermonearé esas páginas escritas por manos respetadas: chocando, acabado el discurso, contra la incomprensión de lo trabajado. ¡Fracaso anticipado! “Iré yo”, dijo Eva, y lo dijo segura de sí misma, es decir, balanceando por dentro la lengua. Un ademán de indecisión apareció en el rostro de Karel, pero ya era tarde: Eva había bajado las escaleras... y abría ahora la puerta.

La irritación tras la caza frustrada invalidó todo ánimo por la vuelta a casa, campo abierto y noche parda: Dimitri, con la escopeta a un lado, tumbado, respirando sin temor a un peligro tras la maleza, se cruza de brazos: no es un movimiento sin más: allí, a su escritorio, bajo la luz artificial de la lámpara, sumido en la noche, proyectando ideas poco originales, descartando notas de voces ajenas, subrayando la espuria esencia de su escritura. ¿Qué queda de él ahora? ¿Qué quedará de él mañana superada la putrefacción de la carne supurada? Un cazador fracasado sin munición para afrontar la “realidad” de aquí abajo, y esa realidad siempre entre comillas, tan moderna, tan hipócrita y lamentable... Empero, todavía le queda algo en el tintero, y lo escribe, no pensándoselo, muy al contrario, así sus versos: “Perdido todo ánimo / De vuelta a casa / Campo pardo / Noche abierta; y una sucesión de líneas más, por improvisar igual: A puro el aire que me oprime / Disperso la rabia que me envuelve / Venidos abajo todos mis proyectos / De nada me sirve volver la vista al lecho / Ya que de madre carezco / Del viento y de las olas / De las demás partes / De ninguna / Nada espero”; etcétera. Luego: “Lo harás. ¿Llevarás tu boca a la boca del cañón de la escopeta?”. No es fácil: asumes el riesgo: de suicidios varios conoces dos docenas de grandes libros, novelones de lectura prolija y parca inventiva práctica. No quieres formar parte de ese archipiélago de islas perdidas: aprecias tus cenizas para otra causa. Cierto es. ¿Y después, podré seguir matando? Te hierve la sangre: no eres todavía consciente de lo que vas a hacer: ignoras todavía más lo que ellos harían contigo, más en vida: es estúpido pensar y detener el tiempo. Es estúpido seguir existiendo, seguir no siendo, la carne y la carne, el alimento de la carne, cadáveres para el cadáver, ah mísero agujero de estulticias.

En la calle ya nadie dice nada. La luz de la bombilla de la primera farola tiembla. Las esquinas más oscuras de las calles más negras maúllan. El pueblo y la noche van y vienen rodando. Ya nadie mueve desde dentro las cortinas. Duermen algunos. Frente a sus televisores, aguardan los otros, esperando, dormidos, el dolor de espalda. Calma, no calma, ya aquí exclama uno, Juan Eugenio, que “¡Irás!”. Mas Matilde, menos todavía, le responde con la voz partida, que “pides mucho a una criada”. No le pide, le exige... pero recapacita, no recapacita, se ablanda, en efecto, se ablanda, y concluye que “muy bien... vete a dormir... y déjame”. Y lo deja, pero él sigue en sus trece, en sus doce, en sus once, sí, en sus once minutos, diciéndose que “lo haré”, que lo iba a hacer, lo haría él, al día siguiente, algo más tranquilo, de tanta tensión... “Esmeralda, retorno al tópico”, pensó... y volvió la vista a su agenda, y repasó lo escrito el día anterior... “Me repito demasiado. ¡Qué duda cabe!”. Y volvió a hacerlo, así más incomprensible, en menos tiempo. Escribió: Miércoles... Me repito demasiado... Eres una verdad a medias: una verdad que nunca podré verificar. Mientras releía por la mañana el libro de Pontoppidan que me lanzaste enfadada, descubrí algo en el café: he bañado después el bizcocho: erraste: perdí a tiempo el apetito. (Ella regresa por la puerta grande, tan insolente y desalmada, representando la tragicomedia.) La odio demasiado. Deseo un final digno que empiece con ella y acabe conmigo. Guardo bajo mi armario la caja. Todavía estará allí. La caja. De niño la tocaba, y con ella jugaba, y la tocaba y jugaba, jugaba tocándola: “un disparo era un cielo y no una sonrisa”: la risa de los muertos allá desde el cementerio... Abriré el candado, y sacaré la pistola. Tendré munición abundante, de la guerra, fría. Lo haré tranquilo, paso a paso, vivo y envenenado. Llega el momento. Llega ahora el momento. Apunto a su corazón, y disparo. Cae al suelo, me imagino. Y todo rastro de pena habrá desaparecido, ya sin la imaginación desde dentro. La una y la otra, y todas juntas serán una, y una será dicha... y la palabra antecederá a mi disparo.

Lo incomprensible llega, y la palabra antecede, antecedió al disparo, mas sin ninguna emoción. ¿Qué puede la carne contra lo artificial? Pero antes, mucho antes, sufrido lector, conviene recordar, incluso matizar, mal o bien o nada nos pese, que toda violencia, matización de la violencia aquí insinuada (por contradicción, efectista y solapada) obtiene su justificación en el inconsciente de todos y cada uno de nosotros, antes o después, cual pensante reste importancia a sus impulsos, por ende las sombras alargadas del cementerio nos impiden apreciar el fondo negro, la barrera de cipreses, aquí este tópico.

El cuadrúpedo, pues, había dejado de serlo. Miles de años y un soplo concretizarían su banalidad desde cero, desde el momento mismo de la muerte del más viejo, y desde el nacimiento del último de los muertos. Pero, ¿qué era digno de mención entre tanto? La historia había vertido ingentes cantidades de información, manipulada, listas interminables de personajes históricos sin otra particularidad que la de lo ambiguo, cronologías y olvido, festival de náusea y de paludismo, de lepra y de tumor, en interminable oda de inundación e incendio. Y puesto que quitar para poner es remover, y ya ahora es esa bajeza intelectual la que te oprime, cerrándote el paso, renuévate, no ya, que ya es tarde, dices, dirás. Ya es tarde para seguir fingiendo de un mal que no es mal sino consecuencia de observar con los ojos abiertos las páginas marcadas del manual: de caminar entre tuertos arrastrando la pata más larga por detrás del suelo. Del suelo, concretamente de ese punto cojeas. Finges no entenderlo: y sigues fingiendo. Desgraciado y estúpido, ¿acaso me vas a contar algo nuevo? Mil podría contarte. Mil. La primera es la mejor de todas, pero para que ella exista, lo incomprensible, se requiere de una segunda, y de una tercera, y así... hasta llegar a mil. ¿No es preferible pasar de largo? Adelante, es cierto, no te voy a contar nada nuevo. Sigue ese camino tan particular y tan tuyo. Verás en la desmesura de sus aristas fragmentos esparcidos de memoria a la que nunca podrás llegar. Y si llegas... y si dices haber llegado, te delatarás. (Mas no me enseñaron a mentir, luego nací mentiroso.) La materia se había abierto dando paso a la vida, y de ésta surgió una conciencia: el cerebro destructor, hermano de sí mismo, con la particular pretensión de manejar (en su provocativa desmesura) a amigos y enemigos. Frustración devino, luego destrucción, y al fin, herido de muerte, autodestrucción (que no agonía). Pardo discurso de secuelas pardas: secuelas de una época antes preocupada en el distanciamiento / desconocimiento de sus orígenes (sí, los de la violencia y la adaptación a un hábitat desquiciado, cuya propia, y bien mísera naturaleza, sigue paso a paso su evolución alejándose de los vericuetos ideales de una muerte cíclica para acercarse a otra escala de provocación mayor cuya única “verdad” importante es perdurar allí donde los modelos emulados perecieron). Un ejercicio de mimetismo nada nuevo pero a la luz del día, (in)voluntariamente apagada.

Por eso, ya no extraña por extraño un acto en sí absurdo (ni de la intuición surrealista, ni del premeditado acto terrorista): acaso estimula la percepción del indiscriminado receptor. Pero, vieja pregunta de nuevo removida, ¿qué tiene de estimulante la muerte despojada del artificio simulador del cine? Basta un mal disparo de escopeta para desmembrar el armónico discurrir de una bandada de pájaros al vuelo. Bastan doce hombres caracterizados de simios para forjar sobre sus rasposos conocimientos la nueva Biblioteca de Alejandría, a la memoria del precursor Jerónimo de Medina. Bastarían tres muertes para que la gente hablara más de lo debido.

El cuerpo de Dimitri apareció a eso del amanecer con evidentes signos de violencia. De su mano a la escopeta distaban dos metros, mientras de la otra al cuchillo apenas dos palmos, y en el cuello, un tajo, el tajo. Que no se descartó la hipótesis de asesinato, es cierto, mas bien por la artificiosidad del mismo, mas bien por la pura comodidad de todos y cada uno, se apuntó el suicidio como causa evidente de la muerte, luego a él era propenso. Dos muertes y varias suposiciones parecían haberse encadenado, luego faltaba la ilación, que de una convincente ficción podría tornarse consistente. De boca en boca corrieron los primeros rumores, a medio camino entre la evidencia y el disparate... Que todo apuntaba a Dimitri, asesino de Vladimir. Que a consecuencia del descubrimiento había optado por darse muerte. Que el cuchillo ensangrentado había sido el arma. Que la escopeta quedaba inservible al carecer de munición aparente. Así, no se podía descartar la posibilidad de que Vladimir y Dimitri hubieran formado parte de una sociedad secreta (¡!). Que sendas muertes no eran bien recibidas, pero que después de todo no eran sino una bendición del cielo. Y así... ¿No es preferible pasar de largo? Amortiguas el llanto, tomas la encrucijada y, confundidos todos, te lanzas al vacío. ¿No te lo conté en otro tiempo pasado? ¡Recuerda! Encontrarás dos salidas, siempre dos: toma la primera, que es la más rápida, pero no deseches nunca la otra, por lo que pueda de ahora en adelante pasar... Después, no pierdas el norte, nunca lo pierdas, durante unos años, no más... y llegarás de noche. Y en medio de tan aberrante confusión, pocos de los allí reunidos podrían llegar a preguntarse algo sincero. Pero ya era tarde: todos estaban entre lo suyo (su negocio) y lo otro (beneficios para con sus negocios), y un muerto a consecuencia de otro muerto... Pero dos muertos, y además extranjeros, de nada, y de nadie, serían en la pesantez y en la culpa de los tiempos, ya ahora: tiempos pasados motivo de memoria, afirmaba el alcalde. Ni Dimitri antes de morir, perseguido por esa voz remota que hundía su razón y esparcía sus sentidos al aire mientras la noche calaba profundamente sobre sus huesos... ¡Acércame la caja! ¿Me recuerdas? Es la voz de tu conciencia, femenina y pálida, desesperada y violenta para los restos. ¿No aciertas a comprender la historia? Es una historia incomprensible, salida de un denso dolor de cabeza, tan incomprensible como ese cadáver tuyo, como esa oración cualquiera, así la pistola de la que tanto escribiste y borraste... Es una historia sin principio que apoya su raíz en el miedo y sucumbe ante la rabia, nace en la noche y se renueva a cada día: está vacía, ¡ya lo sabías! Buscarás en su interior hasta romper fondo: todos lo han hecho: no serás la excepción: morirás y de tu muerte nadie se hará eco: dejarás de ser como fuiste. El trabajo escrito será olvidado en menos de dos años: todo el mundo escucha mediocridades y las escribe: todo el mundo escribe para todo el mundo que escucha y que escribe, y de mediocridad en mediocridad, así todos entierran a sus muertos en nichos que a las dos semanas cubren con un pedazo de granito más las inscripciones, más la fotografía, más las flores, de esas especiales, para cambiar el día de Todos los Santos. ¿Qué te dijeron tus ancianos abuelos antes de partir? “Teme incluso, desconfía, de la sombra que te secunda”. ¿A qué sombra temiste? ¿A qué sombra he temido? ¿A qué? No lograrás convencerme... Ni tampoco vengarás tu memoria: ya es tarde para morir entre ellos, los que andan con pies de barro pisando suelo, pisan. ¿De verdad quieres parecerte a ellos?

Gritó. “No opongas resistencia”, le dijo él a ella. Y no la opuso oponiéndola.

(La palabra no antecedió al disparo, y entre tanto, sus cuerpos, no menos muertos, siguieron reposando inútilmente en sus lugares de despedida.) Sacó del armario la caja. Ella asomó la cabeza. “¿Qué buscas?”, le preguntó, y supo él responder a tiempo: “Una pistola”. No había oído mal. Tampoco se había escuchado mal.

“Don Rafael, sigo siendo un hombre de ideas, y un hombre de ideas dista en mucho de ser un triste asesino”. Un triste asesino. “No le quedaría otra opción, supongo”. Una suposición. “Supone bien”. Así la reiteración. “Descríbanos lo que ocurrió...”. La descripción, y después: “Es injustificado”. Lo es. “Que no estuviera directamente implicado no quiere decir nada. Están sus primos... y nuestra reputación”. En efecto, “muy sutil...”.

“Eva, ¿sigues dormida?”. Estaba al otro lado, y no seguía dormida, y le respondió que “no”. Pero Karel ya había dejado de interesarse por ella. ¿Qué le podía importar ahora? Encerrado en ese frío calabozo, repasando las últimas horas, y los últimos días, y así hasta hacer un año, atrás doce meses en el tiempo. ¡Y todo por esa mujer! Arrastrado hasta la ciénaga más infecta por la mujer que ahora al otro lado de la pared gemía intentando reparar lo irreparable, e irremplazable: volvió de nuevo a María, espetó una sonrisa de celda, y descartó salir de ella algún día. Resignación. Ahora miras el cerrojo, por el cerrojo, miras: la pared sigue junto a la puerta: la tapia no se estremece: es la Casa Cuartel de la Guardia Civil, Todo por la Patria: te lo dijeron así, educadamente, al principio: y es cierto, respondiste, aquí debo estar, me exigen estar, y ya estoy: ¿no escuchas el andar de las cadenas?: ¿ni el viento enterrado resoplando en el calabozo de más abajo?: ¿ni tan siquiera las voces de esos inocentes culpables que tras el grosor de un metro de piedra quedaron enmudecidos? ¿Me alcanzas? ¿Percibes por tanto esos muros? De ellos nadie dice nada: nadie oye nada: nadie piensa ni recuerda nada: están allí porque estuvieron: seguirán allí porque están. Cruzas la calle y atraviesas la plaza: de la fuente cuelgan cuatro cabezas: son cabezas negras de barro tostado: ¡aquí está tu herencia! ¿Logras alcanzarme? Gira entonces a la derecha: toma la calle más empinada: y sube al campanario. ¿No alcanzas mi ritmo? Te pierdo de vista: apártate pues de mi camino. “Karel, ¿me escuchas?”. Él no la escucha: no quiere escucharla: alcanza a oírla y no más. Su voz resuena: es un martillo que golpea irrespetuoso el último friso que quedó tras la guerra: resuena de un lado a otro en espiral que ahoga, te ahoga: el paso del cuervo sobre tu cráneo incide sobre las postrimerías del tiempo... y encuentras, en un abrir y cerrar de ojos, al fin, el muro: un prisionero encadenado se retuerce sediento: la piel desgarrada y los ojos eclipsados por la niña que grita y el viejo moribundo: y de pronto, arrolladora e indefinida, la fuerza del toro: que tira, que arrasa, que descoyunta cuerpos y valles, trigales y loza, arte y literatura. Un latido acaba, y resuena el disparo: huellas que arrastra la guerra y renacen sobre el parque: la estatua de mármol, placa conmemorativa y laureles de bronce a los flancos.

“Puedes ir saliendo”, le dijo a Karel el guardia civil del bigote. “¿Y cuál es la razón?”, preguntó irritado. “La razón... ¿qué razón? –añadió el guardia civil calvo-, vamos, ¡habla!”. Y él: “La sinrazón de que nos lleven de aquí... para allá... sin otra justificación que la de justificar lo injustificable hiriendo de paso nuestra sensibilidad... de personas humanas”. Así, pues, intentaba justificarse, pero fue en vano: el calvo que acompañaba al del bigote ya le había puesto la mano sobre la boca, y el del bigote, apenas carcajeó, apuntó dos manidas palabras: “Menudo listo”. Ya en el cuartucho del sargento, éste, fiel a esa hipócrita solemnidad tan estomagante, explicó lo que pudo de la mejor manera que quiso. Karel y Eva escuchaban atónitos el peculiar refrito de “...y por eso yo les decía antes que entiendo lo que aquí pasa, ¿verdad? ¡De cañón! Pero no quiero que me repliquen, ¿eh? Su primo... está muerto, y de lo otro...”. Sobresaltado, Eva: “¿Dimitri?”. He insistía inútilmente: “¿Todavía no ha vuelto?”. Y era él, el pobre Dimitri, por lo que Eva ahogó lentamente su llanto. Karel ni se inmutó: abrió la boca y despegó la lengua. ¿Qué les faltaba ahora por perder? Entre tanto, sumido en el rutinario movimiento de la aguja del reloj, el sargento, hombre según las malas lenguas “de buenos jugos”, confirmó su cualidad, y sediento de esa típica ebriedad, sacó de un cajón la primera botella de vino que a mano le vino. Llenó un vaso y de un trago vació su contenido. Karel, bebedor compulsivo desde hacía no mucho, blandió su lengua de nuevo, y el sargento, hombre de tacto en la distancia del momento, le ofreció su vaso lleno. Casualmente lo aceptó, y Eva, ofendida en verdad, comenzó a llorar rasgándose de rabia con las uñas el plisado de su falda. “Sepan que su primo se suicidó –prosiguió el sargento- al sentirse, digamos, descubierto. Por lo demás, eso explica, creo, la muerte del posadero... Parientes, ¿eh? Él mató al posadero, y aunque ustedes ignoren de la misa la mitad... digo que sospecharían algo, ¿eh?”. Apagada su sed, Karel dejó el vaso sobre la mesa, y aupado por su regular dominio del castellano, titubeante mas no por ello menos convincente, subrayó lo antes dicho: “Nosotros no sabemos nada”, a lo que el sargento añadió un “lo sé” satisfecho.

José fue el primero en cerrar los ojos: jamás los hubiera cerrado, pero el grito de su madre acabó con su paciencia, determinando que saliese a la calle con la camisa a medio abrochar exponiéndose a pescar un buen resfriado... Bajo las montañas, a pocos kilómetros del pueblo, la tormenta arrasaba campos y arruinaba molinos, hundía puentes y quebraba árboles. Desde el cementerio, toda la panorámica adquiría sus señas particulares, salvajes y sin otra identidad que la climatológica que siempre vuelve. Y nadie en el pueblo parecía en verdad (mejor, quería en verdad) hacerse notar, ni descorriendo la cortina, ni encendiendo una vela, ni siquiera rezando al Cielo y pidiendo en su necedad por el cese definitivo de una tormenta que no cesaría hasta la mañana siguiente. Él, fuera, y los demás dentro. ¿Sería él el vulgar asesino del qué tanto se hablaba? ¿El degollador con madre por tacha? ¿Él? A nadie, por inconexo, le pasó por la cabeza: ya era tarde para hacer hablar a un muerto, y ellos, después de todo, ya habían cerrado también los ojos... ya no importaba tanto, ya era cosa de otro día, ya podrían dormir tranquilos. No él, que los abrió de nuevo. Estaba muerta, ¿qué duda cabía? Muerta y encerrada entre las paredes de esa casa, junto a su verdugo y amante, arrastrada y acuchillada, en una escena final pulcramente amañada, en un crimen antes premeditado que de pasión. ¿Él, verdugo y “artista”, quizá? ¡Seguro de confeccionar su última y verdadera obra maestra! Y de pronto, del cielo cae un rayo, un rayo en cuyo semblante, indeciso pero inminente, se anuncia y afirma, tajante, la idea: ¡Qué duda cabe! “Vives para soñar / Y mueres viviendo / Ya nadie contempla / Atónito ni desganado / Lo mecánico de tu llanto”. “¿Será siempre así?”, pensó, tras el terrible presentimiento. Ya era demasiado, la lluvia comenzaba a caerle pesada, y entró a casa, fiel a su madre, sin otra salida a resguardo.

El disparo resonó con violencia e hizo vibrar pegada al suelo su sombra. Seguía allí, con el arma en la mano, apuntando a un blanco muerto. Tardó once minutos no más, ni uno más, en abandonar este mundo. La otra bala seguía esperando: el aburrimiento no daría solución a la tan inequívoca como deplorable pregunta. ¿Para qué alargar la inoportuna agonía? Sobre el cuarto estante, a la vista, la carta, destinada a la primera mano que la encontrara: en ella se propuso explicar lo primero que le vino a la cabeza, a saber: “Lo más absurdo es que no tenemos nombre, ni ella ni yo... ninguno de los dos tenemos nombre. ¿Quién eres tú para abrir este sobre? No esperes encontrar aquí nada. Ella está muerta y nada de lo que pensó te dirá. La maté yo. Yo la maté, con su permiso. No me arrepiento: es la ventaja de estar muerto. Ríete, pero no me taches de impertinente, no me taches de nada estando muerto. La ironía macabra que trasluce mi último escrito no puede ser ni extraña ni de otro mundo, sino una consecuencia más del de éste, creo. No, creo no estar loco, y obro según considero oportuno. ¿Es eso ir demasiado lejos? Ella era mi cruz de salvación; y en una historia sin interés, contar es perderse la parte mejor. Empero, si durante estas últimas semanas... he logrado encontrar algo de alivio, sí... a una persona se lo debo. No es de aquí, y no diré su nombre, pero él bien sabe (esté donde esté) que me he llevado a la tumba su secreto, secreto que no desvelaré, y lo digo por usted, sargento. (Ya le veo metiendo sus sucias manos ahora y aquí en aquello que para nada le incumbe.)”. El sargento no podía dar crédito a tales palabras, en verdad ofensivas de puro acertadas en su dudosa cohesión... “Será...”, musitó por lo bajo, acallando su rabia, y siguió leyendo: “Por lo demás, lo nuestro no importa ahora... ¿No importa? ¡Claro que importa! Y es extraño que a cada segundo que pasa, creo que esa muerte... ¿me sigue? ...es una muerte inútil. Ya desvarío, pensará. Sí, estoy desvariando. Pero la chica tenía su amigo, y todo eso de lo que en España tanto caso hace el individuo sin fondo... ¿Cree que me pongo sentimental? A decir verdad, creo que nunca he sabido lo que he dicho, menos todavía para qué lo he dicho, pero bien es cierto que”. Y la carta quedó inconclusa, sin haber llegado a explicar nada, nada comprensible para el común de los mortales, al menos. (Muy a propósito, el poeta local José de Cólera escribió algunos días después inspirándose en lo acontecido un insignificante poema que con los años pasaría a formar parte de su insignificante Obra Poética (1941 – 1973): “Desventurado hijo del lodo, / que por fortuna naciste, / bajo el signo de la cruz, / a los brazos de tu madre. / No maldigas ahora mi nombre, / que si bien soy bastardo, / no por ello desmerezco / de entre el demás barro. // Haz conmigo lo que quieras, / maltrátame hasta la osamenta, / clávame despacio tu agria daga, / que humano soy y siento. // Mas no escupas sobre mis restos, / entiérrame amortajado en el monte, / clava una estaca para marcar el suelo / y maldice al cielo mi nombre. // Ya has cumplido, / métete en tu bohío, / duerme la mona / y hazte el dormido”.)

Luego los días pasaron, y de entre los martes, uno monótono de tantos, Karel alzó los ojos al cielo: allí veía algo nuevo, algo que le llamaba a él de entre los no vivos, algo que sin serlo ganaba en presencia siéndolo. Era la voz de una mujer que había puesto fin a su vida hacía escasos segundos, sin duda en ese instante. Sí, era la voz de María, la que desde el cielo le animaba a seguir adelante, hacía sí mismo. Ahora la recordaba, sentada, plena fijeza, con toda la viva aura de luz que de su rostro y en efluvios mentas aclimataba el espacio exterior del cementerio. El extraño encontraba así sus señas de identidad perdiéndose, confuso. Debía marchar hacia las montañas, hacia la única salida probable. Era el impulso primero que atizó los impulsos restantes de su alma, aquejada, tocada de ese tan fútil como canceroso desinterés. La rueda seguía girando, pero la portadora de sus pasiones no sufría apenas dolor alguno. La carne se desgarraba, pero ella seguía hierática y amable, de puro armoniosa sobre el charco de sangre. Encontraba el amor en el sufrimiento de la histeria. Ya no era necesario esperar a una Buena Nueva. Había llegado el momento, el suyo, y no lo pensó más. Lo dejaba todo, ahora era el momento, a la búsqueda de su realización plena. Era Karel, así más que nunca, y dominando su ira, aplastó el barro. Dejaba atrás montañas de ambición, sueños de erudición cuya naturaleza humana aspiraba encontrar un recurso justificador más allá de la pura y repetitiva mecánica de las causas y de los efectos. No podía, por tanto, contemplar tanto en tan poco sin pretender encontrar un cauce llevadero sobre tan incongruente río de afrentas. Puesto ya, a medianoche partió con una maleta y un paraguas en dirección hacia las montañas. Eva dormía. Nadie sentiría en verdad su ausencia. Mañana quizá.

La noche y el instante de la partida de Karel el mundo siguió agachando la cabeza ante la inminente amenaza del desastre. María puso fin a su vida en el instante mismo de esa noche, y nadie, ni su hija (que la había abandonado hacía escasas dos semanas para marchar del brazo de un hombre), rezó, sintió nada por su alma, su cuerpo. Ahorcado el tiempo, la mujer pendía del techo, y ni por asomo nadie se percató, quiso percatarse de lo ocurrido. Años pasarían, y la calavera, rota ya en el suelo tras el impacto y con las órbitas de los ojos vacías, asumiría su función estética asustando a los inútiles niños que por la entreabierta ventana osaran mirar interrumpiendo la imperturbable paz de la muerta. ¡Qué sucio destino! Condenados a preguntarnos desde que nacemos las mismas e inútiles preguntas, así nuestra condena.

El camino parecía perderse más allá de la ladera, absorbido por la espesa niebla, entre vegetación negra. Era un lugar apartado y solitario el suyo. Los animales más pequeños se intuían tras los zarzales, animales pequeños de grandes bocas. Un escarabajo salió a su encuentro y pereció bajo la suela derecha. El chasquido, sonoro, inconfundible, le irritó. Le repugnaba la masa viscosa que ahora aparecía pegada a su suela, que no la veía, la oía. Era una sensación molesta, pero a la que se tendría que acostumbrar, dado que la vida en las montañas no sería tan cómoda en lo superficial como la de antes, en efecto. Y ya dentro de la espesa niebla, a los pies de la ladera, sintió un calambre en la pierna derecha, precisamente en ésa. Dejó la maleta y apartó a un lado el paraguas, sentándose sobre una roca. Lo único que recordó fue algo que en otra situación le hubiera indignado, pero que ahora y aquí, en plena naturaleza salvaje, poco le importaba: tenía hambre, y nada le quitaba la fiebre, por lo que abrió la maleta y sacó de una bolsa otra bolsa destinada a la comida en la que tenía guardadas las suficientes provisiones como para satisfacer su apetito lo menos durante dos días, lo que sin ser mucho ya era, hasta que tomó un bollo y lo cubrió de miel reprochándose no haberse llevado más bollos y más miel. “¡Últimos placeres de una vida mediocre!”, exclamó sin pretenderlo. Volvió al camino más tarde, y conforme subía por la serpenteante senda de la falda, más tensa y prolongada aparecía la escarpada cumbre de la montaña, de cima casi inalcanzable. Pasos largos se perdían atrás en la distancia. Lejano, el ruido de un motor de motocicleta le advertía de un rastro de humanidad todavía perceptible. Era necesario esquivar tales rastros. Era imprescindible desplazar todo conato de violencia, reprimido en la filigrana indescifrable de su cerebro; volvió al sendero. El cielo amenazaba lluvia hasta que comenzó a llover. Abrió, casi por instinto, el paraguas. Igual llovía, e igualmente seguía siendo el humano mediocre, amigo del acomodo fácil. Desde siempre había sido así, ¿para qué pretender lo contrario? ¿No será un error seguir adelante? Primera e invariablemente contradictoria pregunta. ¿No era ya un grave error haber tomado tan indefendible decisión? ¿Qué ganaba cometiendo tamaña puerilidad? ¿Y la pregunta irresoluta? Ni él sabría... Le bastó muy poco para saberlo. En el molesto asiento de roca. La inoportuna lluvia del cielo. Los amenazantes ruidos de más arriba. Esa fauna y esa flora tan poco gratas. ¡Jardines de espuria felicidad! Abrió de nuevo la maleta y cogió la primera botella que a mano le vino. Coñac. Odiaba la vida: la vida era repugnante, así desde cualquier frente. Sobre el coñac: Es el mejor remedio contra la ambigüedad. Y la noche se precipitó, y tuvo que sortear una serie de impredecibles peligros antes de llegar a poner pie en la cueva, su cueva desde ahora, desde el instante mismo de su naturalización. Bien resguardada de las inclemencias de afuera, honda que no por ello oscura, era el perfecto lugar en el que tantas veces había soñado, una tumba a cielo abierto, acaso dibujando bocetos mentales punto menos que mediocres en comparación con tan exquisito espacio plantado entre la profundidad de la tierra y el abismo opuesto del infernal cielo. Puesto con la vela encendida en la mano, revisó detenidamente los rincones menos esperados. Uno le impresionó acaso: se trataba de una roca muy erosionada, tan lisa que casi parecía una cama... la cama del anacoreta, pensaría al acostarse. No menos esperado fue encontrar tras la higuera del fondo un manantial cuya agua manaba del suelo y no del acostumbrado chorro que tantas veces había visto en las exuberantes pinturas de John Martin. Dejó la vela clavada en una grieta de la pared, y juntando las palmas de sus manos, las bañó y llenó de agua; bebió. Experiencia nueva y purificadora, se sintió reanimado hasta el punto de creerse otro, de pensarse en otro: pero no era otro, y de aquí a lo que llegase a sentir, a lo que realmente sentía por dentro, no cabía expresión alguna. Cuando la vela se apagó volvió a pensar en lo mismo, en ese vacío de saturación perceptible tras los ojos de un niño, y ya respiraba profundamente sobre la cama de piedra en esa característica posición fetal, así los enterramientos de los pueblos primitivos.

La adaptación entendida así no llegó: lo que llegó fue una asimilación, que ya estaba, en el aire, propicio, y no en él, no en tanto que sus instintos soterrados se habían corrompido en maneras civilizadas, no ya por pensar en desear dar la muerte al enemigo sin acometerla: los actos residuales, la desnaturalización, en definitiva, ya de pintar un insignificante lienzo, ya de respetar al otro por ser uno, se pegaban como la costra de la putrefacción a su cerebro. Bastaba esquivar el menos agradable de los contratiempos para entrar en otro peor al que someterse. Y así, pretendiendo lo contrario, devino su falso acomodo en auténtico delirio: no así, puesto que no pretendió nada, y todo devino pura inercia. Desquiciado de día, incapaz de dominar la noche, pronto encontró en el monólogo interior la más precisa y acabada de las medicinas contra la locura individual que la naturaleza le tendía, la frontera entre el animal y el monstruo, lo natural y lo ofensivo humano. Horas de fiebre y de hambre. Nada lo entristecía. Lo pensó: darse muerte abriéndose la cabeza contra el duro canto de la dura piedra: vísceras del pensamiento. Demasiado duro, intuyó: mejor automutilarse con los cantos rodados debidamente afilados: un pie, una pierna primero, la otra luego, también el brazo inútil, incluso otras partes, sobre todo los ojos, esos pozos ciegos que le habían mutilado otros instintos, que le habían vendido al mundo, maldito desgraciado, admirando sin comprender, sin estimar en su justa medida, las infectas telas de John Martin, esos pedazos de miseria enmarcados. Era duro, demasiado duro, y descartó automutilarse por pereza y también por dolor. Prefería ser devorado por algún otro animal, pero pasaba inadvertido, y únicamente los invertebrados parecían interesarse por su carne, asaltándolo durante la noche... Mas acabó por frotarse las manos, y pronto fue hábil en el manejo del arco, pero impreciso a la hora de afrontar cualquier peligro, es decir cualquier antes no-peligro: eran ya tantos los peligros con los que temía topar que, irremediablemente, se animalizó, pero hasta tal punto de sensibilidad que descartó su pensamiento convencional, y dado que el mundo era, es y será imposible de definir, jugó al arte de morderse las uñas: la sensibilidad artística que en ocasiones lo hacía distinto del resto de los animales quedaba desplazada: los demás animales no se daban al arte de morderse las uñas, ¿qué uñas tenía de su parte un sapo? Sorteó las más extrañas enfermedades librándose de la muerte de manera poco menos que milagrosa, luego natural. Nadie, ni el más optimista de los impostores, hubiera logrado vaticinar, intuir, el punto de apoyo sobre el que lograba mantenerse todavía en pie. De su vieja maleta ya no quedaba nada: restos pintados por hongos. El paraguas todavía le era útil, ya que le servía, al mediodía, de sombrilla: mas también otros animales utilizaban palos para sus menesteres.

Los restos, y Eva, la última persona con la que mantuvo contacto alguno, ¿qué suponía eso?... No, no era nostalgia. Habían pasado dos años desde entonces. ¡Cuántos días! Pero para él el tiempo ya no pasaba, estaba, y al estar nada podía hacer por largarlo. Era ley de vida, hubiera pensado el típico conformista... pero no él, Él, que en verdad ahora pensaba apenas nada. Bebía agua, saltaba casi a cuatro patas, y se rascaba la cabeza: ni se mordía las uñas. También los monólogos fueron perdiendo interés. También las palabras que manejaba se redujeron drásticamente. También, y aunque resulte inverosímil y extraño, estaba comenzando a olvidarse de hablar, de emitir palabra, monosílabo, sonido gutural o gruñido disperso entre tanto silencio. Tampoco era para tanto... pero sí ahora. Lo menos es más, y la paradoja no escatimó excesos para con su degradación, su naturalización, en tiempos tan improbable, pero no por improbable imposible. De poco nos servirá seguir. (En verdad pasa deprisa el tiempo para los animales: apenas ponen un pie en el suelo, apenas marcan su territorio, ni dan tiempo a su lúcido instinto a otro parecer que el de perecer animales.) Y un día, el día, la pierna rota, la cara hinchada, las horas contadas; la muerte llegará de improviso en noche de luna nueva. Al amanecer de la caída, dentro de la profunda fosa, el cuerpo aparecerá rasgado, devuelto al fondo mismo, de raíz, ultimados ya los preparativos de la próxima siembra. Todavía una sonrisa de vida, infantil, desvanecida endulza su rostro, y un cielo de nubes rojas desdice la insignificancia del cierre. El resto es letra perdida.

Que de Karel nunca más se supo nadie me lo discutirá a estas alturas: la línea blanca lo ignoró por completo; la otra, la gris, aguardó empero encontrar algún destinatario tras el testimonio de unos pocos, aunque acaso y por entonces ya fuera demasiado tarde... Todos aquellos que lo intuyeron contuvieron su vista y la volvieron al suelo. Viejos y muertos ahora, a buen seguro ansiarán encontrar en su memoria y desde sus cadáveres otra clase de recuerdo entre sus nietos y los gusanos. Por lo demás, un jabalí devoró su cuerpo llevándose la cabeza, y lo que dejó se lo repartieron los buitres, y unos huesos entre pellejos para las piedras. Un pastor que por allí pasaba “quiso ver” entre las rocas el cadáver de una cabra. Y aunque muchas voces de abajo, de la aldea, dijeron algo acerca de un lobo hambriento que rondaba por las montañas, nadie creyó nada. Decían algunas de esas voces que era un ser mitad lobo y mitad humano, no sin antes encogerse de hombros ante la burda descripción dada.

Quiso la pluma al viento entonar un canto breve, y fueron todavía, de noche en noche, unos pocos de los ingenuos, de los fieles a la Palabra, los que apagando los candiles asomaban sus cabezas por las ventanas, intentando reconocer de entre la maleza alguna huella de ese hombre que enterraba su sombra tras la apariencia del solitario, del hirsuto e impredecible lobo. Y un día, por entero decepcionados, volvieron a sus camas, y tranquilos y a oscuras ya no volvieron a pensar nunca más en ello.



II
De los restos




Una línea sin otra consistencia que la del vacío...



De la madre

“Dale color al dibujo, dale amarillo a las ventanas, dáselo”.

Del maestro

“Una línea sin otra consistencia que la del vacío, una línea que se defina más allá de sus bordes, es decir, que arrastre con ella, hacia lo impredecible de su esencia, no hacia un punto de fuga, en tanto que no tendría cabida, bien hacia un estado de inutilidad bello, algo que usted no entiende ahora y contradice sin dificultad, pero que con el tiempo, creo y por viejo, llegará a ver con sus ojos interiores si sabe crecerse en esos ojos, si no deja atraparse, cayendo antes de tiempo en donde todos caen, también yo, del cuadro”. En el cuadro. “Lo raro en el pintar, así respirar, es la forma, la complicación, que hace de lo abierto algo técnico, ¿entiende?”. Del cuadro. “Seguimos creyéndonos privilegiados al tomar un pincel e intentar expresar algo que sale de un fondo oculto, aquí en nosotros, pero no es la expresión lo que nos conmueve, es todo más sencillo, mucho más sencillo le digo, y por ello en exceso complejo, no de entender, de percibir en su justa medida”. Por el cuadro. “Por él nos sentimos dueños de algo que no nos pertenece. Por él ofendemos, robamos, incluso matamos, para en definitiva movernos con mayor libertad, que no es tal, claro, y sí motivación, la sensación de sentirse frente al blanco de la tela sin mancha, ésa, pienso y sin duda es, la motivación que nos lleva, a usted y a mí, y a todos, a llenar, a rellenar de podredumbre lo que no se puede expresar, bien a través de líneas, color después, haciendo del todo una parte, ese algo que resulta no ser, así concreto, y que no por ello no es nada, simplemente es, pero sin comprenderse, hablando por sí mismo, para sí, único en medio de otras muchas unidades”. Ante el cuadro. “Lo primero que uno siente, cree sentir, es el cosquilleo, en efecto, de la muerte, en tanto lo absoluto instantáneo del arte, luego mediador, así Hegel, de una verdad universal que, por contra, no es tal, no tanto por sí misma, puesto que nada en verdad es universal más allá de la materia, acaso la violencia de una cabeza estallando por dentro en otras cabezas minúsculas y por ello impensables en proporciones”. Estética. “Es un despojo del pensamiento, un pedazo de carne putrefacta al amparo de las moscas. Nada más que eso es. Lo que los filósofos, esa masa de pensadores de la nada, busca y olisquea removiéndolo todo, no es nada, y por tanto adquiere un supuesto valor supremo, de puro negados, es decir impotentes, se saben ante su especulativo juego de contrastes. El juego”. Uno. “El pintor al pintar no escribe su papel en el mundo, el suyo: acaso rasca siquiera su pasado, su desgracia de estar, invocando a otros autores, a otras formas agotadas, estilos extinguidos, que en nada se corresponden con lo que ahora lo hace pintor, de una profesión que no sabe hacerse, es decir pintarse, repitiéndose”. Otro. “El enemigo del pintor es el pintor y no el crítico, mal menor por consiguiente. En el otro encuentra la repetición de sí mismo, en tanto el soporte sea soporte, por ello los materiales. Existieron y existen las llamadas escuelas, corrientes, tendencias, ¿y qué es una tendencia? No lo que tiende hacia un mismo, idéntico punto, regularizador: quizá una carencia que dibuje una sombra similar, un estado de desgarro, en uno mismo y en su enemigo, su hermano de armas”. El hoy ineludible “factor económico”. “Lo que Marx y Engels creían leer del arte no era el arte: lo ignoro, ignoro lo que ellos leían, que más allá de las telas, de los versos, sabían, están las ideas, cierto, por tanto los visibles, cabezas dominantes, hasta aquí sí, que no lo otro en tanto individuo lo niego, es decir lo que no es en cuanto yo me considere artista cierto, en consecuencia los otros artistas dados no trasciendan su condición de elementos secundarios al servicio de una alienación ciega, en ellos, fuera del juego. Que el dinero y las ideas y los que las llevan niegan al artista, en definitiva, ¿y se dice llamar artista el no artista?”. Lo banal espiritual. “Aquí empieza la negación, en estas manos mías, en estas telas mías de arrepentimientos y torpezas, en este espacio mío que me pudre por dentro, en este todo que no es mío y lo hago mío, atrapado en la dimensión absurda, alto por ancho y por largo, no más un ataúd en el suelo, siempre, y en ese punto sin fuga se cierra en verdad nuestro párrafo de falsedades. Simple, demasiado simple. No más tiene que observar, mejor contemplar, los frescos de tal lugar, de una iglesia, en el mejor de los casos, y preguntarse, mirando a Cristo a los ojos, a esos ojos que por usted se cerraron, ¿qué miran esos ojos que no hacen nada sino mirarme, mal me pese situados, pintados, por otros ojos no mejores que los míos, dos ojos obscenos? ¿Qué nos puede quedar entonces? El silencio de esos ojos, le digo, su palabrería”. El arte como espíritu humano objetivado. “Dilthey, tendrás que saber, corrompió el sentido de nuestro trabajo, al menos del mío, reduciéndonos, reduciéndome con su letra y a los ojos de los otros sin mejores argumentos, mas calaron, que la experiencia de la vida no es nada, le digo, ni lo más mínimo, le repito, puesto que la vida no es experiencia, acaso ausentarse, abre los ojos bien, como tampoco el arte es abstraerse, una abstracción de la experiencia, ¡inconcebible! La verdadera fuente, la única vivencia posible de la vida, en nosotros mismos sin nosotros está, en nuestra nulidad material, alimento, en estos despojos de inercia que vamos paseando por el mundo mientras comemos y bebemos y nos reproducimos, en el tormento de ser como los otros, que ya por ser tal son carecen de toda significación, así el arte no es nada, un cadáver como ejercicio de autofagia, jugos animales indefectibles”. La psicología del artista, del animal, a partir de Freud y Jung: “¿Dónde se hace el impulso creador? Ésa es la pregunta que todos días, hoy al menos, me hago, me estoy haciendo; y ¿qué es en sí mismo el impulso creador? Los instintos enrojecidos, en efecto, la puesta en escena de nuestra animalidad maquillada, de nuestro gusto por el desgarro, la agonía de la víctima, la desnaturalización de la carne, una que se libera de sus tumores, que se intenta liberar, mas por algo ya está condenada a perecer en el fuego, víctima de sí, de su impulso aniquilador, la nada”. Luego: “Habría que mirar, leer, del arte musulmán, puesto que en él aparecen definidos los más altos logros, las más bajas pretensiones: buscar el todo partiendo de las partes, ignorando pues la imagen en los mejores casos, penetrando la entraña de los significados sin caer en la facilidad de nuestra tradición efectista y descompuesta, desarmonizada. Un centro de la espiritualidad concreta en lo acabado de este mundo, ya el reflejo en el agua de fuente de una fachada y sus juegos de geometría y lo blando de su arcilla. Habría que mirar a Oriente para sabernos ver, pero despacio, más despacio”. Y: “Dado lo dicho, ¿quién soy yo para decirte nada? No me escuches, por el amor de Dios, y sigue viviendo del placer, y que nadie lea lo que llevas dentro, que lo tuyo es tuyo y acabará en ti, así el arte no es de nadie y está en todos, tendría que estarlo”.

“A esta edad tuya sabía lo que quería, y también lo que los demás querían de mí, y eso es un peligro, puesto que no era lo mismo que lo que yo quería, que no era nada de este mundo, nada seguro, para ellos, aunque tampoco era eso de estarse cruzado de brazos todo el día, escuchando la radio, que era lo que hacían muchos otros de mis compañeros de escuela, desgraciados todos, y a los que me llegaron a comparar, pero ya ves si sabes ver: ellos acabaron encontrando lo que buscaban y yo busqué y busqué y no encontré nada, acaso estar aquí contigo, encerrados juntos, pintando atrocidades sin pies ni cabeza y de la cabeza a los pies, y todo sigue girando, ¿no es repugnante mi presencia?”.

“Vuelvo a escuchar las voces de los heridos: la atrocidad del televisor en sus imágenes me devuelve a este mundo presente que siento muerto desde este instante mismo. Los cadáveres se amontonan sobre las colinas, ¿o no es cierto lo que veo a través mis ojos? Cierto que nuestra estructura es frágil, la más frágil, pero también la de las esculturas, que desintegradas bajo el ardor de la bomba, resisten toscamente la embestida en malas copias, algo que los observadores, dichosos en su desatino, perdieron de antemano al pagar por el placebo de un arte condenado a no serlo. E incluso yo, aquí apartado, en esta habitación de vicio, a pequeña escala, en efecto, pero de vicio, soy un número más por lo tanto, y entre tanto, una ruin edilicia de lo bajo e inestable que es ver y callar la pesadilla de haber nacido, ¿o no es cierto que he nacido? Cierto que vuelvo a escuchar las voces de los heridos, quejumbrosos y mutilados, dueños de todo el martirio del momento en este mundo, en un baño de repugnante sangre más allá de toda posible duda, de toda inestable duda, en la distancia de unas ondas que no son ondas, así reflejo inmediato de nuestro corazón seco, cuya sangre dejó de fluir desde el momento en que nos dimos por vencidos al permanecer quietos ante este desfile de atrocidades toleradas por mundanas. ¡Cosas de la vida! ¿Qué son cosas de la vida? Y para esto haber nacido, para ver la inminente caída de nuestro cráneo, para soportar, sí, las humillaciones de los otros agachando sus cabezas en nuestro propio, engañoso beneficio. ¡Malditos tranquilizadores de conciencias! Yo pinto, pero pinto en tanto el mundo me resulta un agujero de oscuridad, un negro agujero de ciegos con cuchillos, un mundo inenarrable, muerto Dios, en el que os fabricáis vuestro sustento a partir de la carne del otro, en un mundo hueco y arbitrario, no me engaño, y ya llenáis bien llenas vuestras bolsas, y lo veo, que ya estando ciego, que ya estando mañana muerto, no es ver poco, y todavía queréis, jugando, regodearos en el espectáculo morboso del sufrimiento ajeno, de mi sufrimiento, a través de esas ondas, malditas e infamantes ondas de la vida humana, de una vida que pudo haber sido, de una vida que no es, en esta vida mía, ¿entiende algo alguien?”.

“Lo que de niños hemos aprendido, lo que ni fuimos ni somos ni seremos, en tanto existimos, no me da que pensar más que en una cosa, en la cosa, la razón esencial del no sé qué de esta línea, que va aquí y no junto a la otra, la de más allá, que está en ese instante justo para desviar mi atención de esta línea primera, que es la mía, pero que pasará desapercibida frente a las demás líneas, en tanto es mía y me hace ciego, dueño de ella, no de las otras, en esa misma línea que he consentido antes que las otras, que harán Historia, por ser y estar en ese mismo, lugar idéntico; pero que, dado mi momento, esta duración irreparable, me han pasado desapercibidas, ya al darlas, ignorarlas”.

“Dios sigue estando conmigo en la ausencia: lo sé y por algo te lo digo, por algo”.

De la tía

“Vosotros los jóvenes tenéis el corazón en la cabeza, y estáis sucios y corrompidos, y no veréis la luz”.

“Él era nuestro hijo, y por algo lo queríamos”.

Del tío

“Búscate un oficio y deja de hacer el mal, de no hacer nada. Reza y sufre, que la vida es dura, que ganar la otra vida no es cosa de un día, que lo que haces es tontería, que hoy estás vivo y mañana muerto”.

“Él era lo que era, y todavía seguimos luchando”.

Del anciano del tren

“Yo he visto la muerte en tres ocasiones: la primera, de niño, mirando al Cristo de la iglesia, crucificado, con las costillas rojas y la carne verde y una pierna del otro lado, muerto, sí, pero que no me tocó, hasta después, la segunda vez, al ver morir a mi hermana, de hambre, retorcida en el suelo como ese Cristo de la iglesia, en ese infierno, la pobre, mi hermana, hasta la tercera, que la he visto y hoy me ha tocado, le aseguro, al mirarme al espejo, de pensar en mí como sin ser viejo ya soy un viejo. ¿No hace menos frío?”.

De Dimitri

“En mis buenos tiempos sabía lo que hacía, y lo que hacía lo llevaba dentro de mí, y eso me daba fuerzas para seguir sabiendo lo que debía hacer, hasta que, después de un golpe, acaso un disparo, encontré una llave que parecía querer cobrar vida y que como objeto incognoscible en esencia no me quitó el sueño, pero ya dormido, ¡qué extrañas sensaciones!”.

“A los tres años aprendí a rezar. A los seis me hicieron amar a Dios, a saber ser su hijo, un cristiano más, pero a los diez llegó lo que llegó, es decir La religión dentro de los límites de la razón pura”.

“Escribía en un cuaderno para durar: era un ejercicio de desnudez del que ya no recuerdo nada”.

“Las guerras son un puro reflejo de la vida matrimonial, de la crisis de los hombres, de la crisis de las mujeres, de todas las crisis unidas para aniquilarse. ¿Qué es eso de la vida matrimonial? ¿Qué hacen juntos dos seres de naturaleza irreconciliable? ¿Qué es eso? ¡Más desgraciados!”.

“Del oficio de escritor, por tres cualidades mínimas me decantaría, a saber: la primera, mantenerse alejado, no de uno mismo, sino de los editores; la segunda, olvidar que al escribir la mano es la mano, no tu mano, esta mano que tienes pegada y te gustaría seccionar; y la tercera, aspirar a inspirar a otros, esos incondicionales gorgojos del polvo”.

“No te aburriré más con esta indefendible inercia de maestrillo huero. Sería improcedente, después de tantos años, ¡qué sé yo si la tierra habrá respetado este manuscrito!, sumirte en las inoperantes alambradas que tanto han oscurecido la verdadera entraña, el significado último de toda esencia, razón primera del espíritu humano”.

De un desconocido

“No sobrepase la línea o se lo llevará el tren por delante”.

DE LA TUMBA DE UN TAL DIMITRI
(A modo de epitafio)

Frente a la blanca llama que despierta en mi sueño,
perdida toda esperanza de retomar el vuelo,
y entre sombras de inconfundible muerte,
agudizo mis sentidos tanto incito al diablo.

Es un miedo fugaz e inmaduro,
pero de entre los demás miedos,
y sin necesitar del apoyo de otra mano,
aparece incluso llevadero junto al rebaño.

Quizá sea tarde para enmendar lo irreparable,
poco importa ahora eso,
ya que en cuestión de cierres,
abogo por uno anónimo e incierto.

¿Qué es la muerte, sino espejo de la letra?

(Nota: Las páginas que han conformado este texto no han sido sino la confirmación de un mal sueño que el compilador tuvo al dar por terminado el empeño.)



2004