7 de mayo de 2008

EXCURSO. Notas sobre Jean-Léon Gérôme (1824-1904), pintor academicista


El arte de Jean-León Gérôme, su caligrafía pictórica, ese frío academicismo tan representativo de una época, entre distanciado y turístico, no casan con la mentalidad actual. Por eso, no es un pintor que levante grandes pasiones, que esté de moda, podemos decir... Y nada más cierto.

Su pintura "histórica" o "mitológica", tal y como la llaman los supuestos entendidos, está más próxima del cartón-piedra que de la legítima traslación a la tela de lo histórico o mitológico en sí: la relectura antropológica se queda en la superficie, en el oropel, bonito pero sin sustancia, preciosista por fin último. En este sentido, su visión tiene muchos puntos en común, por ejemplo, con la de su coetáneo Camille Saint-Saëns, compositor que, como Gérôme, fue un incansable viajero y también un prolífico autor de obras que pretendieron importar a Europa los colores y los ritmos más exóticos y diferenciables de aquellas tierras, sea sobre la partitura, sea sobre sobre la propia tela; mas sólo pretendieron, ya que no lograron.


Todo el arte de Gérôme es un arte por el arte, un gusto por las formas, por los colores y sus gradaciones, por el trazo del dibujo, firme y sin titubeos. Es un parnasiano, un genio de la composición sin más, un artesano que medita sobre lo que tiene delante y rara vez va más allá. Por eso, su único defecto es ser anacrónico, resultar viejo antes de serlo, es decir (y tal y como sermonearán las sempiternas convenciones del gusto) no comulgar con la "verdadera" estética de su tiempo, de ese siglo XIX que en vida llegó a rebasar. La historia del arte oficial apenas lo considera: los prejuicios estéticos pesan. El arte de Gérôme es el de ilustrar, mostrar, describir. Y eso no es poco, pero lo deja en un callejón sin salida: allí donde los artistas sin auténtica personalidad, los profesionales superficiales y poco comprometidos con su presente, han culminado una vida llena de honores, de medallas y discursos académicos pomposos y brillantes.


Como el turista, Gérôme tiene una visión idealizada de las cosas. Lo inexpresivo de sus "perfectas" composiciones no es sino la secuela natural de una visión artificiosa del arte: la técnica al servicio de la técnica, no del espíritu... El gran mal de Gérôme es no haber sido Van Gogh: fue un triunfador en vida, y la historia rara vez los acepta en su selecto club.


Miércoles, 7 de mayo de 2.008