10 de mayo de 2008

El joven sin mañana (Relato)


Pero si hablo no se suaviza mi dolor
y si callo ¿se aparta acaso de mí?

Job 16:6


I

Sus padres habían estado discutiendo la noche anterior sobre su futuro, y ahora, al fin tomada la resolución que consideraron más apropiada, se disponían a comunicársela.
El joven entró entonces en el comedor, saludó a sus padres y tomó asiento, pálido como de costumbre.
El padre fue el primero en intervenir:
- Hijo, tu madre y yo hemos estado hablando sobre tu futuro. Dinos, ¿a qué piensas dedicarte en esta vida?
El joven levantó lentamente la cabeza del plato y observó a sus padres con una bondad infinita, pero también con la amargura de quien intuye que algo que no debió jamás haber comenzado al fin iba a acabar. Su respuesta fue la única posible en ese instante de incertidumbre tan humano:
- No lo sé.
La madre, de un temperamento más violento que su marido, no se resistió más:
- ¡Cómo! ¡Has tenido todos estos años para saberlo! No vamos a estar toda la vida manteniéndote… Debes empezar a trabajar en algo. Tienes veinticinco años. ¡A esa edad tu padre ya estaba harto de trabajar!
El joven sonrió lleno de melancolía y observó a sus padres como quien observa a dos extraños. Sí, eran sus padres, pensó, pero en lo más eran unos verdaderos desconocidos, y ahora, con esa clarividencia que en ocasiones concede la amargura al desdichado, supo en verdad que era una carga para ellos, que realmente nunca lo habían amado como a un hijo, sino sólo como a ese hijo resultado de su matrimonio y nada más. Dejó la cuchara en el plato y dijo:
- Es cierto, me hago mayor… pero, si de verdad significo algo para vosotros, ¿cómo os atrevéis a pedirme que descienda al ruedo sin antes haber conocido una instrucción?
- ¿Qué quieres decir con eso? –objetó el padre.
- Vosotros contáis con vosotros mismos, pero no conmigo. Me estáis pidiendo algo para lo que no estoy preparado. De hecho, nunca he estado preparado para mucho… He aprendido algunas cosas, como a amar, a ser sensible a la belleza, a saber apreciar la bondad de las personas como su mejor cualidad, cosas que quizá nuestra sociedad no valore, pero sin las que yo no podría vivir, porque vivir es sufrir, pero también debe ser algo hermoso y gratificante… y ahora, en este momento, os atrevéis a decirme lo que muy bien pensáis y que yo respeto, pero no comparto, porque yo, padre, madre, quiero vivir para algo, para alguien que no sea un avariento empresario o un sistema absurdo… Quiero vivir para los hombres, y lo que quiero es encontrar un sentido a mi vida a través del bien, y el bien, ¿sabe alguien dónde está?
- Baja de las nubes –replicó la madre– y haz el favor de pensar con la cabeza en la tierra, con los pies en el suelo. Eso que dices no te va a dar de comer.
- ¿Comer? No vive el hombre para comer, come para vivir. ¿Qué significa para vosotros la vida entonces?
- Una lucha muy dura, hijo –confirmó el padre.
- Pero yo no soy un luchador, sino una criatura débil que no entiende el mundo, y no entender el mundo debiera ser algo natural para el hombre, puesto que el hombre no puede entender el mundo, aunque sí a sus semejantes, y esto, hacerse una idea de ellos como individuos, es suficiente para comenzar a percibir qué es el mundo y por extensión la vida. ¡La vida que no todos vivirán!
- No nos estás diciendo nada con eso… –sentenció la madre.
- ¿Y qué os puedo decir yo? Si lo que queréis es que comience a trabajar en cualquier hiriente mentira, muy bien, comenzaré resignado a trabajar para ganar dinero, y en esto desperdiciaré mis días de un modo que no me merezco y que no es sino un insulto a Dios. ¡Yo valgo mucho más que todo el dinero que pueda ganar durante toda mi vida de esa forma! He venido al mundo para hacer de la vida de las personas algo mejor, y por lo tanto nada pido a cambio: yo soy yo y en ningún momento podría venderme por vil dinero. Mi trabajo, que es mi amor al mundo, no puede quedar en eso, no. Cuando al caminar junto al arroyo de mis tardes de felicidad respiro el aire que envuelve nuestras pasajeras cabezas intuyo que ese día está cada vez más cerca, y eso me reconforta. Respiro y doy gracias a Dios de que en el mundo, que no es tan pésimo como muchos lo pintan, todavía quedan cosas por las que merece la pena luchar: el amor y la belleza, el pensamiento que conduce a la verdad, y la naturaleza viva e ingenua de las personas puras de corazón.
- ¡Vas a pasar más hambre que el perro de un ciego, desgraciado! –concluyó la irritada madre.
- No seas tan dura, mujer –dijo el padre, algo conmovido–, él todavía es joven, y la juventud, a fin de cuentas… es poco práctica ante…
- ¿No ves dónde tiene la cabeza? ¡No se entera de nada! Este hijo nuestro me va a volver loca.
- Tarde o temprano saldrá adelante... Es bueno.
- Bueno pero también tonto. Fíjate en todos los demás chicos de su edad y dime, ¿en qué se parece este besugo a ellos? ¡Pero si no tiene ni el carné de conducir!
- Ya lo tendrá, mujer, ya lo tendrá...
- ...
El joven escuchó todo esto con amargo pesar, y fue muy desgraciado, mucho más desgraciado de lo que ya era. En verdad su mundo estaba tan distante del mundo de sus progenitores que de nada habría servido exponérselo. Comprendía las superficiales razones de sus padres, pero él, con toda su lucidez, se sabía perdido en el corrompido mundo de éstos, en el que nada tenía que hacer salvo agonizar irremediablemente bajo el peso de tanta mediocridad.
Lloró casi toda la noche, y cuando no lloró, leyó algunos de sus más queridos pasajes de la Biblia. Recordó los años que se habían esfumado, sus amistades perdidas, un amor de infancia y, ante todo, la figura de su abuelo, que muerto cuando acababa él, muy niño todavía, de cumplir los seis años, lograba todavía devolverle reconfortantes ideas que eran imágenes de la grandeza divina, de las infinitas posibilidades del ser humano en el mundo.
Pero al fin amaneció, y con el primer rayo de sol cayó la que sería su última lágrima, y decidido a entregarse a su condena, saludó el nuevo día con el amargo sabor de boca de la resignación.
No le quedaba sino aceptar el sacrificio.

II

Tres semanas después el joven ya estaba trabajando como eficiente vendedor de aspiradoras.
Sus estudios humanísticos, que de nada le podían servir en un mundo por entero inhumano, sólo le habían servido para que uno de esos individuos dedicados a la “selección de personal” se fijara en él: en efecto, dominaba a la perfección el latín y el griego, tanto hablado como por escrito, así como poseía amplios conocimientos sobre arte, historia, filosofía, poesía, música, matemáticas, física y astronomía. En algunas parcelas era todo un sabio, ya que no se permitía ser mero erudito: había escrito hacía dos años un formidable estudio sobre Los bajos fallidos en Berlioz, así como una novela de dimensiones considerables y ambiciones estéticas parejas: Memorias de una hormiga desterrada. Su tratado sobre El pensamiento filosófico de Kant expuesto en tres puntos irreducibles era sin duda superior a cualquier otro ensayo coetáneo sobre Kant escrito por alguna cabeza pretendidamente notable, lo mismo que sus Estudios sobre el misterio de la belleza humana y divina. También era sincero y muy inspirado poeta, y sus Poemas ingenuos para jóvenes en la flor de la vida no quedarían muy por debajo de Goethe en caso de haber competido con aquél en su momento de esplendor, bien que en un pasado del que nada sabía. Todos estos escritos, por supuesto, dormitaban inéditos en los polvorientos cajones de su escritorio, entre los gorgojos y la araña como improbables lectores de sus líneas. No era ambicioso en eso que se llama hacerse “un nombre”, y consciente de ello suspiraba sin remordimiento de conciencia alguno, puesto que escribía para sí y por lo tanto para el mundo... no para el mercado, la fama mundana y la mentira de un presente efímero. Y entre tanto, el individuo dedicado a “seleccionar personal”, que no era del todo ciego, supo apreciar que el joven, aparte de ser una cabeza comprometida, merecía “una oportunidad”, y decidió, con todo su poder, dársela. Y nuestro joven, no sin sentirse más perdido y fracasado que nunca, aunque sin hacerse a la idea de las consecuencias que esto comportaría sobre su futura existencia, aceptó.
Todo lo que podía ofrecerle el mundo de las aspiradoras lo exprimió en apenas unas horas de incontenible sopor... y al cabo de unos días de inquietud no sólo era el mejor empleado de la sección de venta de la tienda de aspiradoras de la empresa de aspiradoras para la que trabajaba, sino que con creces había superado la condición de empleado, en tanto que sus logros superaban cualquier calificación distintiva: las ventas se habían incrementado en un cuarenta, en un cincuenta por ciento desde que él estaba allí, los clientes habían manifestado ante sus explicaciones un interés antes inimaginable por la tecnología del aparato en cuestión, los propios técnicos e ingenieros escuchaban sus indicaciones son sobria concentración a la búsqueda de mejoras antes siquiera concebidas por el más soñador de los inventores de aspiradoras del globo, conscientes de que ese insignificante vendedor de aspiradoras contratado para tan sólo tres meses que hablaba, estaba llamado a ser en un futuro, sin duda no muy lejano, cabeza visible de la compañía en la que ahora no era nadie.
No tardaron en lloverle las ofertas, sabrosas ofertas que fue aceptando sin escucharse a sí mismo: contrato fijo lo primero, aumento de sueldo a continuación, ascenso y despacho propio, nuevo ascenso y nuevo despacho propio con buenas vistas y secretaria atractiva dentro, acuario con peces exóticos y sauna, comidas con los jefes, posibilidad de ser él en breve uno de ellos y, cuando ya lo fuera, aspirar acaso algún día a ser el jefe de toda aquella empresa, una de las cientos de empresas de aspiradoras más poderosas del planeta.
Lo aceptó todo... y llegó a lo más alto, y ese día, cuando al fin descubrió que él era el gran jefe, el jefe de jefes, se rascó la cabeza, tomó asiento y se puso a pensar en algo que desde que piso aquella empresa no le había quedado muy claro: él mismo.
Ahora, con cincuenta años recién cumplidos, el joven ya era todo un hombre en pleno declive físico, intelectual y espiritual. Las arrugas que cubrían su antaño blanca frente, delataban una mezquindad pútrida desde la raíz del cabello, cano y debilitado. Los ojos, de puro sometidos a la pantalla de la computadora, ya no brillaban con el entusiasmo por lo nuevo de otrora. El resequido cutis de ningún modo hacía concebible encontrar en su interior esa “esponja de conocimientos” mitificada por los empleados que lo adulaban incesantemente del modo más fingido. Sus manos, aquellas manos que habían arrancado de su ser los más auténticos versos a través de una pluma mediadora, no parecían ahora más que viejas zarpas de banquero, maltratadas por el sonante roce de los billetes grandes que tan lenta como lesivamente habían hundido su persona en los abismos de la más endeble vanidad. Y lo sabía.

III

El día que cumplió sesenta y cinco años, jubilado al fin, el joven que ya era un viejo, tomó, tras años de prolongada meditación, la que sin duda iba a ser la más difícil decisión de toda su vida.
Sopló en su cabeza las velas que nadie se tomó la molestia de encenderle, y salió a la calle dispuesto a hacer algo que, intuía, le iba a doler mucho, pero que, y pese a todo, sentía el imperante deseo de hacer, por muy elevado que el dolor fuera.
Tomó así un taxi y llegó hasta el Banco de la Nación, donde estaba guardada toda su fortuna amasada a lo largo de los años.
Al entrar, fue recibido con esa solemnidad tan huera a la que ya estaba acostumbrado, aunque esta vez, por ser la que era, se sintió ofendido como nunca antes, y por eso y tras sonreírse, dijo lo que quería hacer, y lo dijo del modo en que todos los allí presentes oyesen de la primera a la última palabra:
- No me volveré atrás... Cedo toda mi fortuna al hombre más bueno del mundo. Se llama, o mejor dicho, se llamó... Jesús, Jesús de Nazareth, ¿alguien por casualidad lo conoce? Creo que no podrán encontrarlo, así que lo mejor será que depositen en su Padre toda mi fortuna a su nombre, que está en el cielo y la tierra y que, como realidad fiable que es, sabrá cumplir como le corresponde a un padre con su hijo.
Todos lo miraron como quien sorprende entre los cuerdos de pronto a un loco, pero él, firme como el hierro, no se dobló.
- Dejen de mirarme así, por favor... Hay tipos que deciden al final de su vida comprarse una base en la luna, o un ataúd de oro con ruedas, o cualquier otra locura grotesca, y nadie les mira de ninguna manera... Pero yo, ¡yo no estoy loco!
No, no lo estaba, y sin embargo, más de uno, cuando no todos, de tal lo hubiera tildado.

Toda su fortuna fue a parar no a manos del Padre, como él pidió, sino a las bien nutridas arcas del Vaticano... pero ésa es ya otra historia.
Se sabe que nuestro amigo murió en la indigencia más absoluta unos meses después de la cesión. Los vagabundos que lo rodearon en su lecho de muerte afirmaron que lo último que dijo fue esto:
- Me perdono a mí mismo por todo lo que no hice... y por todo lo que acabé haciendo... Me perdono...
Y expiró.


Abril de 2007

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