3 de abril de 2008

La verdad, la amarga verdad... (Relato)


El catedrático emérito alcanzó la tarima, e irguiéndose con la dignidad que correspondía al caso, se acercó con su temblorosa diestra el micrófono, dirigiéndose acto seguido a la estudiantil masa que lo acechaba, ya aburrida hasta el descarado bostezo a la altura de esos momentos en los que nadie pensaría encontrar nada sensato en un discurso que se anunciaba el último de la espantosa jornada inaugural. El anciano, que retrasaba hasta lo tolerable el arranque de su discurso de despedida intentado crear expectación entre sus receptores, paladeó, primero, y tomó aliento, de seguido, para comenzar a explicarse en estos términos:
- Mis queridos jóvenes, soy un viejo al que la vida le tiene guardada una cruel sorpresa. No esperéis deposite en vosotros consejos, ni tampoco vanas esperanzas, ni mucho menos fuerzas para seguir luchando... No, ésa no es mi cháchara. Aborrezco esa cháchara absurda y vomitiva típica de nuestros sumisos funcionarios. Aborrezco todas esas mentiras que os han estado echando como pienso en vuestras débiles cabezas. Aborrezco todo lo que mi generación ha levantado y sostenido, y por ello mismo siento asco de mi enferma persona... A mi edad, y habiendo confirmado lo que es la vida tras meditaciones inconclusas apoyadas en lecturas que ya he olvidado y experiencias nefastas y mediocres tanto como la presente, sólo puedo con seguridad deciros que nada en la vida merece la pena... nada que sea tan pobre, tan estéril y falto de posibilidad como lo ha sido todo en mi vida. Quise ser un hombre y sólo alcancé el puesto más rastrero y envilecedor que una persona de bien pueda desear: instrumento de la mentira... Y ésta es mi cháchara, mi muy limitada y estomagante cháchara.
Una risa mezquina, algo débil al comienzo pero de súbito un tanto abultada, comenzó a oírse al fondo de la sala.
- Sí, podéis reíros, sois dignos de lástima... La vida es cruel con todos, y también de vosotros se reirá... pero démosle tiempo al tiempo. Mis queridos pero también odiados jóvenes, vosotros, que me miráis con arrogante altivez, que me desafiáis a que baje a plantaros cara, no sois más que un puñado de pobres vidas enjauladas. ¿Tuvisteis una infancia ilustrada? ¿Quién abrazó vuestra belleza natural para hacer crecer en vosotros una posibilidad de mañana? El Estado os tiene prisioneros en un sistema decadente e inmoral que con toda vuestra juvenil estupidez aceptáis como niñitos de sonajero. ¡Por eso mismo os aborrezco en verdad!
Un murmullo ascendente se propagó como el fuego sobre la maleza entre la mitad de la escandalizada audiencia.
- Y si os digo todo esto no es por ofender vuestro necio y por lo demás insignificante orgullo. Sabed que os estimo, y que si no lo hiciese, no dudaría en callarme y en dejar que la rueda os machacase, como harán todos sin excepción con vosotros, mis pobres niños. Vuestras cabezas no dan para mucho, lo sé. ¡Pero deben dar! El mundo es horrible, la gente es malvada, el dinero lo es todo, y por todo esto la vida os maltratará hasta dejaros reducidos a un despojo con el que los ricos del mañana se limpiarán las suelas de sus relucientes zapatos comprados con el sufrimiento de las personas sometidas... Estáis condenados al fracaso. ¡Y además sois ciegos! Aceptáis vuestra desgracia, que para el común de vosotros no es tal, y tan contentos camináis al ritmo que marca el tambor social. ¡Os han educado como a meros esclavos del sistema! ¿Qué clase de educación es ésa? Ya desde la cuna os ensañaron a no ser nada más que un pedazo de carne con el privilegio del lenguaje, pero no lo utilizasteis más que para confirmar vuestra servil naturaleza de niños atolondrados. Dicen que los niños son el aliento del mañana, pero para mí no son más que la ignorante y desapegada irresponsabilidad del mundo presente, en tanto que ignorantes, caprichosos y mezquinos por naturaleza... Los niños, con toda su inocencia y con toda su maldad infantil, apestan a derrota, incapacidad y miedo... Por algo os digo que mil veces prefiere mi juicio a un octogenario agonizante y arrepentido que a una centuria de niñitos babeantes y groseros.
Varios individuos comenzaron a silbar a pleno pulmón al conferenciante.
- ¡Expulsad bien el aire! ¿Vais a malgastar vuestras vidas soplando esa cantinela ridícula? Hemos de morir algún día, y eso es lo único que nos iguala. Ése es mi credo, y lo predicaré siempre, mientras pueda, contra viento y marea: en los casinos donde reina la hipocresía, en las discotecas a las que acudís como reses marcadas, en los jardines de infancia donde destruyen a los niños, en las camas de las meretrices calumniadas por nuestra pútrida moral, en los baños públicos donde la suciedad confirma la miseria humana, y en las iglesias, siempre en ellas, en las que tan bien trafican las almas de los más ruines capitalistas, allí y en todos sitios posibles exclamaré por todo lo alto: ¡Viva la Verdad!
Los silbidos se duplicaron... y pronto entraron las palmas.
- Al final del camino, la muerte es lo único que engrandece al hombre, mortal y nada más que eso. Mientras éste vive no suele ser más que un inconsciente, un invertebrado que no teme más que al aburrimiento que por momentos lo invade con saña. Y en caso de que utilice algo la cabeza, siempre lo hará en grado ínfimo con respecto a sus infinitas posibilidades... El mundo es un vertedero de mediocridad y de bajeza en el que la moral ha muerto bajo la tiranía del fácil acomodo y la tolerancia más mentecata y rastrera hija de nuestro vil sistema capitalista. Ya nadie respeta a nadie, ya nadie ama a nada ni a nadie, ya nadie quiere ser alguien. Las ideas ya no son ideas, sino churros informes. ¡Qué sentiría Platón! El arte ya no es Arte, sino un enorme churro, desproporcionado y rancio, que a todos sabe igual. Sólo hay churros rancios y desproporcionados, y donde los dan los toman: churros para el niño, para la abuela, churros para el fisco, para hacienda, para las bocas de los negritos desnutridos explotados por los medios de comunicación que quieren, dicen, alimentarlos, sí, alimentarlos con las sobras del hinchado cerdo occidental que todos llevamos dentro. ¡Qué repugnante y vergonzante es pertenecer a este mundo sin verdaderos desafíos!
Una variopinta serie de objetos, desde bolitas de papel hasta trozos de esponja arrancada de las butacas, empezaron a caer sobre el conferenciante.
- ¡Incluso podéis probar con alguna de esas bombas caseras! Yo sólo quiero abriros los ojos. Demostraros cuán inútil es todo cuanto estudiáis, que no es más que una puñetera excusa para seguir manteniendo en pie el sistema... ¡Competencias entre churreros grasientos! ¿A qué aspiráis más allá del ornamento terreno? ¡¡Sed personas de valía, ciudadanos del mundo sin miedo al término medio!!
Y entonces, de pronto, en la sala se produjo algo parecido al silencio: uno de los alumnos, el más joven e inocente, pero también el más maduro y apasionado, se había puesto en pie, y señalando con el brazo en alto al catedrático emérito, dijo en voz bien alta:
- ¡Haced el favor de escuchar a ese hombre! Aunque sólo sea por unos segundos... Sólo está hablando por boca de La Verdad, y a ella, ¿cuántas veces la habéis escuchado?
Los alumnos dejaron de enredar, y el anciano, acaso reconfortado, asintió satisfecho, y dirigiéndose a su inesperado defensor, su igual, prosiguiendo así:
- Veo que todavía alguien me entiende... Bien, ¡pues escuchadme! ¿Quién creéis que os quiere con estudios en este sucio mundo de superficialidades y bajezas? Nadie, absolutamente nadie. ¡Y omito de la lista a vuestros queridos padres! En fin, todo esto es así por la evidente razón de que vuestros estudios, vuestra formación o como queráis llamarlo, no son nada más que un par de puñados de estiércol bien envueltos y bien dispuestos, pura apariencia y nada más que eso... El conocimiento, el verdadero conocimiento, como la auténtica moral, la única moral posible, ya han dejado de existir, al menos por este camino que no lleva a Roma. ¿Creéis que especializándoos en cualquier mundana patraña conseguiréis engañar a alguien? Todo es un truco para haceros creer que sabéis algo, ya que en claro sabéis poco más que nada. ¡Me río de vuestro saber de pacotilla! Vuestra debilidad mental es una debilidad mental plenamente formada. ¡Ésa es vuestra única formación! Miradme a mí, ¿tengo pinta de ser algo respetable? No, no soy nada respetable. A lo sumo soy un payaso que hace payasadas para que vosotros, niños imberbes, os riáis de mi payasa naturaleza. Pero soy un buen payaso, no me diréis que no, y eso, cuando menos, ya es algo. Si en el peor de los casos no os hago reír, cuando menos os haré llorar, o quizá provocaré nauseas en vosotros, y ese logro, en el terreno de la farsa, no es en absoluto desdeñable.
Alguna voz disconforme intentó abrirse camino, pero pronto fue reducida por la aprobación predominante.
- Vosotros, jóvenes, tenéis que luchar, y sólo así lograréis cambiar el mundo. Pero sabed de anticipado que no lograréis cambiar nada, mas debéis intentarlo, aunque os dejéis la piel en ello, que ya os quedará el espíritu para felicitaros luego. Que no se diga que fuisteis débiles, perezosos o, sencillamente, que no erais más que números, seres alienados sin mayor entidad que el papel pautado sobre el que realizáis los estúpidos exámenes de turno. Desde aquí, desde mi humilde y hasta disparatada posición, por inverosímil que os resulte a algunos, que sin duda no seréis pocos, os invito a la rebelión. ¡Podéis empezar acabando conmigo! Pero yo estoy con vosotros, no lo olvidéis... y esta rebelión no puede ser física, sino intelectual... ¡pero eso es tan difícil! Ellos, vuestros enemigos, son fuertes, y lo son porque tienen la fuerza bruta que es la embestida como respuesta sobre quienes no quieren escuchar lo que muy bien se han aprendido de memoria; por eso, vosotros, jóvenes del mundo, sois el mañana, y como tal mañana no debéis dejaros manipular en lo más, esto es en vuestro desafío al sistema. ¡Desafiar al sistema es superarlo desde una posición en la que lo que prima es la verdadera moral, la pura moral! Y esa moral no puede estar de parte del sistema. El sistema es corruptor y engañoso, desde siempre. El sistema es el sistema porque atenta contra el individuo del modo más indecente, lo reduce a mero pretexto para un fin de lo más siniestro. En pocas palabras, el sistema es un insulto sin emisor, una descarga sin contenido, la justificación de los indiferentes y la valentía de los cobardes.
Convencidísima al fin, la estudiantil masa se puso toda en pie de vez y aclamó a voz en grito al catedrático emérito como su necesitado y al fin hallado guía rector de conciencias... y de pronto irrumpieron las trompetas, y con ellas resonaron los timbales... y sobre nuestras cabezas surgió un arco iris lleno de color y esperanza, culminado con la llegada de una paloma blanca que portaba en su pico algo así como una libélula y que entre grito y palmada no dudó en posarse sobre la calva del anciano, ensuciándole toda la catedrática cabeza antes de retomar el vuelo para engullirse al desdichado insecto... ¡Miradla!


*

Por supuesto que el catedrático emérito en ningún momento llegó a decir nada parecido a lo que antes debió haber dicho, puesto que así sonó sólo en mi soñadora cabeza, hastiada de escuchar siempre las mismas sandeces conformistas de funcionarios retirándose a la espera de la muerte, satisfechos tras haber pasado factura sobre un montón de cabezas destruidas por su vacía verborrea funcionarial...
El catedrático emérito en cuestión, catedrático y emérito, cada cosa a su tiempo, emitió en su discurso de despedida, su discurso de despedida y no otra cosa, las mismas e intercambiables por ya consabidas cosas de siempre, a saber: que la educación es el pilar de la humanidad, que el saber engrandece el espíritu y ensancha las miras del individuo, que el mundo es una maravilla por descubrir y el ser humano un milagro subestimado, que la enseñanza es la más agraciada de las ocupaciones, que la vida es lucha y sacrificio, pero también amor por el trabajo bien hecho, y todo ello sazonado con un puñado de citas eruditas no precisamente originales, algo de Heidegger, algo de Nietzsche, incluso un poco de Brentano, pero que siempre calzan bien aquí y allá, así como el estudiado énfasis en el gesto, cuya variopinta gama iba desde el típico índice señalando a cielo versus pulgar a tierra, según se diera el caso, hasta el cerebralísimo rascamiento de cabeza, intentando trasmitir al populacho cuán elevadas eran esas gemas de pensamiento que en breve manarían de la inagotable testa...
Y así y tras derramar alguna furtiva lágrima, a punto de caer el telón, nuestro hombre fue aplaudido por el grueso de la masa estudiantil, inficionada de tanta palabrería fácil, de tanta mentira y fingimiento teatrero, de puro identificada con el astuto peón del sistema, que en el fondo no había hecho otra cosa que repetir una de sus típicas leccioncillas, sólo que añadiendo algo de pompa y un mucho de circunstancia a sus estériles contenidos. Mas por suerte ni hubo trompetas ni tampoco timbales, y nada, por descontado, que se pareciera a una blanca paloma, porque el ave más apropiada para la ocasión no podría haber sido otra que el cuervo, y puestos a buscar uno...



Marzo de 2007