28 de abril de 2008

En la hora de Tisífone (Relato)




No había alcanzado los límites de la pradera, cuando precavido por temeroso ante el inminente devenir de mi empresa, asentí al consejo de un anciano viajero que adivinaba próxima la más terrible de las tormentas. De este modo y fiel a su palabra decidí salvar la noche en una posada sita a los pies de la primera montaña. Su atmósfera opresiva me turbó por unos instantes, pero decidí dar el primer paso haciéndome con la única habitación disponible. Nada frustró mis oscuras expectativas, y ya dentro del apagado comedor recibí el hosco saludo de los otros tres viajeros que sorbían un caldo particularmente vano percibiendo por mi parte la ejemplar mediocridad de un pasado indistinto tras sus miradas. Arrastrando el inconfundible agotamiento de las anteriores jornadas, me acerqué al acogedor fulgor del fuego para, resuelto en mi ánimo, dejarme caer sobre un grueso leño que parecía hacer de asiento. Me froté las manos y suspiré de gusto; nadie me lo hubiera dicho, pero por mi aspecto frente al espejo descubrí que antes parecía un desvalido y hambriento vagabundo que un peregrino con destino a Santiago... fue entonces cuando al desviar el espejo a la izquierda descubrí un rostro por completo desconocido que con ojos escrutadores me miraba intuyendo mi aburrimiento: le dije algo, y me devolvió el cumplido. Luego se presentó. No recuerdo su nombre, pero decía ser aspirante a cineasta, lo que por alguna extraña razón entonces no me sorprendió. Necesitado quizá de conversación, acabó por sentarse a mi lado, y abriendo el cuaderno que llevaba bajo el brazo, comenzó a leerme una historia que decía le había ocurrido hacía no mucho:
"De todos los mundos probables a los que con su vida podía contribuir, apenas uno, el menos favorable precisamente, suplía las demás carencias de su entorno, amortiguando la inmunda atrocidad acometida en la persona de un tercero, su hermano, un servidor aquí y para usted, huelga mi natural inmodestia; pero lo hizo, y mi alma, antes miserable que blanca, no podía esperar a devolverle el estoque... estoque que no se produciría, tranquila mi conciencia y Dios mediante, sin la presencia del segundo, el eminente para los ignorantes, el arrogante e irrefutable Matías, don, primer implicado en un embolado que mucho me guardaré describiros; mas no podía esperar, mejor aún, desperdiciar opción alguna... ya en nombre de los pobres del Señor, ya a manos del verdugo que al saldar cuentas desnuda su rostro en una ridícula mueca de indiferencia mientras el condenado maldice el nombre de la madre que lo trajo al mundo... Por ende, tenía que llegar el momento, y llegó con la caída de la noche.
Me encaminé así en dirección a la vieja fábrica de dulces Blancos Hermanos Chocolateros & Cofundador; el lugar, en efecto, y en el devenir de mi senda, ese regusto de infancia tan perdurable que nos rebasa entrada la edad adulta y es tan de los momentos menores, tan dueño de la negación existente, dedujo sobre mi rostro la laya del miedo, un miedo de infancia, y no se tornó tanto en un rictus definitorio en cuanto lo que en verdad bullía en mi interior, por descontado modelado al gusto de otras manos, nacía de una extraña y traslúcida lámina de dibujo ladeada e intacta sobre el pupitre, limpia de mancha... ¡Qué innecesario resquicio de horas perdidas en beneficio de la nada volvía a mi memoria sin aparente explicación!
De tanto pensar, pues, llegué al lugar sin percatarme siquiera de lo que anunciaban las insistentes sombras de llegada; insignificante y a la par bella, la fábrica se abría a la noche estrellada, precipitando sus alas en el engastado silencio metálico de su agonizante dilema, tiznado de ese óxido menguante del que únicamente los observadores de lo bruto nos damos por enterados en los habituales momentos anodinos de nuestra insignificancia. El expresionista decorado, al viejo estilo de las viejas fábricas, y en nada desdeñable del ojo de la cámara de un Welles de plano general fijo, me indujo a pensar que bajo el pabellón central no era sino una película de mi admirado Orson, fondo musical de Bernard Herrmann incluido, lo que en diálogos se tornaba catarsis incongruente para mi embotado cerebro dada la desconexión implícita existente entre continente y contenido: desbocado abracé el extremo, y permaneciendo largo rato bajo el dintel de la descomunal puerta, confirmé mis dudas al sorprender en pleno funcionamiento un antiguo proyector por cuya solitaria tartamudez rodaban los fotogramas de El cuarto mandamiento... y sobre la pared del fondo, un todo de óxido blanqueado, se abría el espacio en el que contundentes se imponían las imágenes, dialogando sobrepuestas e indemnes contra el nefasto paso del tiempo, llenas de vida cual estrella colapsa su núcleo devastando el todo para hacer de las partes una búsqueda arañada por el deseo... y allí, en un punto definido, entre el chorro de luz inestable y el muro indiferente, la butaca, esperándome, me acogía sumisa tras el respingo de los muelles.
Seguía sentado sin despegar la vista del cuadro cuando llegada la verdadera fruición el goce artístico irrumpió, atroz pero silencioso, el desengaño, quebrando una grata aunque falsa sensación de tosco ensueño; no describiré ahora mis turbulentos pensamientos, más bien recuerdos montados artificiosamente siguiendo una organización arbitraria y complaciente, pero al ver sus ojos (¿podría describir con simples palabras el terror de tamaña afrenta contra mi dolida inteligencia?) sentí un sobrecogimiento tan ambiguo y por contra definido y reconocible, que no tardó en inmunizarme de toda cólera o arrebato furioso su efectista imagen: lo que tenía delante, lo que me arrancaba el corazón y hacía de mi pulso sopor desollado, no era nada nuevo, ni emotivo ni esquivo, no era nada de este mundo, por tanto... y sí los funambulescos ojos de un muerto, de un vivo hacía no mucho por el pecho apuñalado, de nombre Matías, don Matías el Temido, ¿necesitará tal vez de ahora en adelante presentación el desgraciado? Casi sonrío complacido.
Finado mi segundo enemigo (¡qué estúpida palabra la de enemigo!), emergía inevitablemente de la sangre derramada la traza impúdica de mi hermano, era el silencio tendencioso de la película acabada el que me impedía apartar la vista de la pared sobre la que hacía poco las imágenes habían pasado; era la esquina más silenciosa, su esquina, la principal inquisidora de mi conciencia, la que portaba por la espalda el cuerpo acabado del viejo.
La escena describió un progresivo e inevitable decaimiento. Llegará pronto, me decía, llegará pronto; no importa si es el hermano o el de otro, ya que de nada servirá mañana pasar factura del incidente aquí cerrado. El tiempo es sombra, y junto a la sombra va parejo el olvido, que de todos es conocido, pero ¿de qué serviría dar por terminada la película sin haber comprendido siquiera la entraña oculta de su contenido? Puesto que ver una buena película empezada no es de recibo, ¿a qué esperas todavía sentado... a verla empezar de nuevo? No importa, no puedes perder nada alargando la espera, sigue esperando, que pronto vendrá alguien y te sacará de dudas.
No es fácil la voz de mi conciencia, ya lo quisiera desde dentro, pero es ella y no yo la que me dicta la última línea del párrafo antes de estrellar su ingrata futilidad de contenido en el punto y aparte de la muerte dulce.
Sumiso, me conforto, y comprometiendo las tres cuartas partes de mi instinto, duro, luego persisto, sonriendo al cuerpo muerto del extraño conocido, delatándome a fuerza de sostener los ligamentos del peligro, irradiando la irritante fuerza que tiñe de negro nuestra miseria... pero la apuesta sobrepasa mi poco previsor olfato, y en menos de una hora... caigo dormido; la cabeza sobre mi cuello, más pegada si cabe todavía; los primeros esbozos de un sueño; sensaciones de afuera todavía perceptibles aquí dentro; torpe esquema de un estar consciente en la tarda secuencia última del juez y su verdugo... caigo al fin, plenamente dormido y en otras estancias diferentes a las que mi cabeza inclinada asiente indiferente. Podía haber sido el fin, ¿para qué negarlo?
Empero, acabé despertando, y lo hice bruscamente atado de pies y manos, clavado al respaldo de la butaca; abigarrados mis músculos y con un ligero dolor de espalda, sacudí la cabeza con violencia buscándolo por el otro lado... claro que no tardé en advertir una presencia humana silueteada al fondo, tras el proyector, que todavía con el motor en marcha iluminaba de blanco el fondo... así como al finado, quieto en su esquina, con la mirada petrificada y perdida en la misma dirección que yo ya no miraba, aunque sí pensaba... y bastó el primer paso, la suela deslizándose por el suelo, para poner en marcha mi desesperación; me sentía una víctima fracasada en su sacrificio, quizá una de tantas, pero una, y ni por todo el dolor del mundo en su más cruda y deplorable significación me hubiera dejado arrastrar hasta los extremos de angustia que conocí entonces; la idea del miedo a la muerte se me antojó simple y llanamente apetecible: sí, ¿qué mejor que ella sobre mis desdichadas espaldas que el peso inenarrable de un vacío pútrido y degradante?
Colmado el vaso de la reflexión en el momento más extremo y por ello menos dado a pensamientos elevados, una mano apareció por mi derecha apoyando al poco sus dedos sobre mi hombro, iluminándome la mirada, casi serenando mi espeso estado... era la mano de mi hermano, ¡mi único hermano!
- Mantente callado -dijo.
Cierto era que no tenía pregunta alguna que hacerle, pero bien no menos cierto era que sus razones me incumbían lo suficiente como para no ignorarlas.
- ¡Por Díos! -exclamé, agrietando en mi desafortunado proceder su rostro.
Y volviendo los ojos al frente, con la imagen del muerto de nuevo, añadí:
- Suéltame... y te perdonaré, aunque no creo que pueda olvidarlo.
Pero en mi ingenuidad erré, pues evidente era que no le convenía soltarme... y de sus exasperadas formas salió algo fingido que me hizo reafirmar mis primitivas intenciones; estaba allí para saldar un agravio, bien con la palabra, bien por medio de otras tácticas... Incluso llevando las de perder, así razonaba... ciego, absorto en una espiral de errores... hasta que entonces sacó de su bolsillo una navaja, la desplegó lentamente... y a filo abierto me la pasó sutilmente por el cuello; sentí un cosquilleo inmundo, el mismo que ya había experimentado en otras ocasiones, pero ahora realzado y a la vez simplificado en cuanto los matices de la contemplación desde fuera me ayudaban a soportar con mayor precisión la aberración que los despiadados matarifes cometían en los blancos cuellos de los corderos... un blanco teñido de rojo seguido de la música andaluza y dulzona de un Turina que lograba encubrir el horror devolviéndome a la vida para calle arriba unirme al griterío alienado de las gentes en fiesta... y contagiado del orgiástico ritual de la sangre y del vino, volvía sobre mis pasos hasta caer rendido a los brazos de mi hermano, que abiertos me recibían bajo el arco de la Eterna Amistad; eso fue una vez, y lo mismo sentía ahora al percibir el frío filo de la navaja sobre mi cuello: la fusión de dos mundos por entero irreconciliables unidos en el fondo por el mismo hilo que día a día las parcas renuevan para perdición nuestra.
Entonces, apartándomelo del cuello, dijo:
- Te odio, y no me arrepentiré jamás, aunque mi tristeza se incremente.
- Somos demasiado frágiles para comprender nuestros burdos actos de amor a la existencia -le repliqué.
- ¡No! No es amor... yo he sido víctima de las fantasías impunes de una época abúlica y miserable, y de un hermano que me arrastró hacia las sombras, de un hermano que de niño supo sobreponerse a mis gustos invalidando mis virtudes... y así me lo pagaron nuestros estúpidos padres... elevando mi estima a la altura del barro... hasta que puse fin a su vacua presencia por medio de ese par de copas envenenadas que tan gentilmente aceptaron... No me mires así, ¡y créeme! Fui un desgraciado, y lo sigo siendo desde entonces, y por eso no me impide mi interés tomar una drástica decisión que no es venganza sino reafirmación.
- ¿Qué estás diciendo? ¿Qué te han metido en la cabeza esos amortajadores del pensamiento?
- Nada, simplemente me han dado la oportunidad de ver la película de mi vida, y lo que he visto no es poco... ¡No es nada!
Comprendí entonces que la alusión al cuarto mandamiento del título no era sino otra ironía sobre la película de su vida, que no la mía, aunque parecía pretender lo contrario en su arbitrario juego privado... pero mi agudeza, por una vez más, superaba en mucho a la suya, y supe detenerme a tiempo leyendo lo que su cabeza tramaba... pero al ver de nuevo al difunto Matías en el suelo se me heló la sangre. ¿Qué clase de dudas morales podía albergar mi hermano, un asesino trastornado de su catadura?
- Te he servido de instrumento -apuntó prolongando la aparente incongruencia- cargando con los trapos sucios, pero la historia no acaba aquí.
Y señalando con el dedo índice al finado, añadió:
- Y él... él no fue sino lo que en mi estupidez menos pude prever. ¡Traidor infame de última hora!
El desdichado casi hablaba para sí, y no acerté a comprender el significado de esto último, pero me daba una clara idea de la clase de entramado en la que andaba metido, lo que no hacía sino indignarme más por la otra parte. ¿Acaso Matías, don, tan miserable, había pretendido sacar estilla de nosotros dos, medio y fin de su innombrable plan? Dudé: no era la mente desquiciada de mi hermano la mejor portadora de un juicio ecuánime; tampoco se comprendía el asesinato de su cómplice por mano propia; de puro artificioso todo se tornaba tan hipócritamente rebuscado que no parecía sino un plan mucho más inteligente de lo que al principio pude temer.
La pared seguía blanca y el proyector apuntaba con su enervante motor siniestras notas de inminente desgracia. Entre la espada y la pared, dormido casi en la hipnótica claridad de la luz parpadeante, resolví intentar desatarme mediante la fuerza de mis movimientos, bruscos pero ridículos... hasta que su risa me detuvo al acto... Me imaginé así desde fuera, y sonreí; era ridículo, desde luego, pero lo había intentado, ¡qué ocurrencia majadera la de oponer resistencia!
Y de pronto, justo en ese irrisorio momento, maldije mi nombre y mi vida por haber caído en la más fácil de las trampas. El finado don Matías cambió la pose de su rostro guiñando un ojo, poniendo así en duda su aparente estado, y de su cadáver emergió la vida: se puso en pie quejumbroso por la aburrida pose a la que había dado credibilidad maestra, y arrancándose de su pecho el falso puñal, se plantó mirándome en medio de la pared blanqueada por el proyector ocultando tras sus pómulos la forma medio acabada de un rictus infame, culminando la pirueta diciéndome:
- No se lo esperaba, ¿eh?
Brillante farsa, ahora creía comprenderla empero... Los puntos se hilaban casi por inercia; a doble juego, el inefable don Matías, a la sazón mercader y mercenario, había sido el sutil medio en manos de mi hermano, que así había planteado tan desesperante frivolidad contra mi persona, fin último, causa de sus desgracias y sed de su venganza. Doble razón a cuatro manos... ¿Qué podía esperarme ahora? ¿Tal vez una muerte dulce por eso de no desmerecer de la tradición de la fábrica?
Seguía sin comprender nada cuando un ángel azul tiró la toalla: quiso la suerte que el proyector se calentase en exceso tras tantas horas replicando al descuido de las manos que lo habían activado produciendo una sonora explosión que llenó de fuego el pabellón por medio de las tiras de película abandonadas a los pies del mismo, y en un espacio de tiempo mínimo el fuego acabó por irrumpir majestuoso, elevándose sobre la mezquindad de los humanos para arrasarlo todo, sobrepasando las cortinas, abrazando las techumbres de madera, cerrándonos el paso en un dantesco círculo infernal... Plena la excitación de la danza, tanto el uno como el otro se pusieron manos a la nada, mas en vano, en efecto... Una de las vigas se desplomó aplastando al redivivo Matías, decididamente finado ahora... y mi hermano, no menos desdichado, se perdió entre las cortinas, tan pesadas... que no tardaron en copiar del convencionalismo para ceder sobre su sombra, llenándolo todo de espuria tiniebla.
Comenzaba a faltarme el aire indispensable, y entre la pérdida de equilibrio y el mareo que anticipa la caída al abismo, la inminencia de la muerte volvía más inamovible que nunca... pero mis miedos, pese a todo, eran mínimos, y no sin razón... pues cierto era que ya no podría morir a manos de ningún desvergonzado humano, que sería él, el fuego, señor y firmante de mi sepelio, el verdadero causante... Me bastaba con eso, pero no era cuestión de tirar la toalla que otra acababa de tirar por mí... e impulsado por una fuerza sobrehumana e irreconocible, acaso innata dada la extrema peligrosidad del momento, me agarré al sentimiento de supervivencia, y casi destrozando los ligamentos de mi apariencia, logré entre dolores tremendos y quemaduras incluso gratas hacerme con el dominio de mis piernas para despachar las irrespirables estancias y poner, firme aunque debilitadamente, el primer pie afuera, libre al fin de todo peligro a primera vista perceptible.
De vuelta al origen, muchas fueron las ideas, las imágenes que se amontonaron en mi cabeza tras la gratuita experiencia nocturna, pero una sola de ellas sobrevivió en mí de entre la bárbara invasión de la obviedad: seguía vivo, y eso, después de todo, no era nada extraño... ¿qué sino podía significar en un mundo de muertos?".
No había alcanzado los límites de la pradera, cuando precavido por temeroso ante el inminente devenir de mi empresa, asentí al consejo de un anciano viajero que adivinaba próxima la más terrible de las tormentas...