12 de marzo de 2008

MÚSICA. Notas sobre Tchaikovsky (Aproximación a las fuentes)



















INTRODUCCIÓN

Con Piotr Il´yich Tchaikovsky la historia de la música culmina un periodo harto fructífero: el romanticismo que abarca cuatro quintas partes del siglo XIX, caracterizado por la gran orquesta, las sonoridades herederas del Weber de El cazador furtivo, la inspiración en las músicas populares, el sentimiento exacerbado y el individualismo como fuerza motriz del programa articulado, características éstas que, si bien se arriman al viejo tópico decimonónico, no por ello resultan menos certeras a la hora de enfrentarnos a un compositor como el que aquí nos lleva; y es que en el caso de Tchaikovsky, vida y obra están tan íntimamente ligadas que sería ilógico aproximarse a una sin tener de la otra un cierto conocimiento.
Tchaikovsky, que es el heredero estético de Beethoven, pero que en todo momento tiene en mente a Mozart, ofrece el doble interés de ser un músico de técnica occidental henchido de nacionalismo, lo que explica su carácter cosmopolita y abierto, sin duda mucho más accesible al gran público que los otros nacionalistas rusos coetáneos (es decir "Los Cinco": Balakirev, Borodin, Mussorgski, Rimsky-Korsakov y Cui), acaso más genuinos, pero también contaminados de un diletantismo del que nuestro músico nada quiso saber... Sin duda, una de las grandes cualidades de Tchaikovsky es su absoluta genialidad como orquestador, y si a ello sumamos su sorprendente caudal melódico (pues conviene recordarlo: Tchaikovsky es el mayor melodista de la historia de la música), no nos costará comprender qué lo hace pieza fundamental del repertorio musical actual. Pero la verdadera valía de nuestro hombre no termina aquí: podemos afirmar que Tchaikovsky es, como lo fue Beethoven en sus últimos tiempos, uno de los contados compositores que escribieron para sí mismos, a modo de terapia. Y aquí entramos de lleno en el aspecto puramente vital del compositor: sabemos que Piotr fue un individuo muy desgraciado, un neurótico depresivo que no podía aceptarse a sí mismo (en gran parte por una homosexualidad que intentaba ocultar), una persona continuamente atemorizada bajo terrores autoinducidos que hasta intentó el suicidio, un espíritu hipersensible en definitiva que se malogró antes de lo debido y en su mejor momento creativo, falleciendo a los cincuenta y tres años de edad en las más extrañas circunstancias. Hechos los referidos fundamentales para llegar al alma de su música, que no hacen sino poner de manifiesto las muchas contradicciones inherentes a su discurso, al plasmar, como ya advirtió con cierto desdén Adorno, la desesperación por medio de melodías pegadizas; afirmación por lo demás simplificadora, ya que la música de Tchaikovsky es mucho más que desesperación y melodías pegadizas: es la expresión más viva de los tormentos que acechan a la naturaleza humana, la belleza auténtica de la vida y la crueldad implacable del destino, la inminencia de la muerte y la tortura de existir.
Pocas obras musicales concentran una visión tan profunda de la vida, y pocos han sido los artistas que, como Tchaikovsky, han ganado la merecida inmortalidad de los grandes. Razones sobradas para estudiarlo.

I. ESTUDIO PRELIMINAR

"Soy ruso en el más cabal sentido de la palabra"
P. I. Tchaikovsky

Piotr Il´yich Tchaikovsky nació el 7 de mayo de 1840 y murió el 6 de noviembre de 1893. No fue un niño prodigio, aunque de haberse ejercitado a conciencia podría haber llegado lejos dada su extrema sensibilidad para la música. En este sentido, Tchaikovsky, que no empezó a estudiar la música seriamente hasta los veintiún años, fue un músico de desarrollo lento.
Su primera obra importante es la Sinfonía No. 1, Op. 13 ‘Sueños de invierno’ (1866), que completó en tres años, y en la que ya aparecen bien definidas las características básicas del estilo del compositor: orquestación exuberante, predominio de la melodía, de fuerte inspiración rusa, y una clara fijación por los modelos sinfónicos germanos. No es de extrañar, pues, que en la música sinfónica encontrase su mejor medio de expresión, y en el que daría sus mejores obras, esto es las sinfonías, los conciertos, las oberturas, los poemas sinfónicos, las suites orquestales y los ballets. Pero vayamos por partes.
De la parte sinfónica, las sinfonías son junto a los ballets lo más valorado de la creación de Tchaikovsky. Pero su evolución hasta encontrar su verdadero estilo es muy lenta. De hecho, la ya mencionada Sinfonía No. 1, pese a su encantadora sustancia y colorido, resulta un tanto anodina al no superar en esencia los logros obtenidos por "Los Cinco" en el terreno de la sinfonía, amén de adolecer de unos desarrollos un tanto débiles. Pero pese a ello, ya en esta primera sinfonía el inconfundible estilo de Tchaikovsky tiene un sabor muy especial. Sus dos siguientes sinfonías no aportarán novedades significativas, pese a la belleza de la Sinfonía No. 2, Op. 17 ‘Pequeña Rusia’, que es quizá la que mejor puede entroncar con las sinfonías de "Los Cinco". La ruptura con todo lo anterior lo supondrá la Sinfonía No. 4, Op. 36 (1878), su primera obra maestra en el terreno de la sinfonía y una de las cumbres de su producción. Con esta sinfonía, Tchaikovsky desecha los programas convencionales de sus sinfonías anteriores: ahora, el tema de la sinfonía es él mismo, tratándose pues la obra de un diario emocional. Sus dos siguientes y últimas sinfonías seguirán esta misma línea, con una mención especial para la última y más radical de todas, la Sinfonía No. 6, Op. 74 ‘Patética’, estrenada en San Petersburgo el 28 de octubre de 1893, una semana antes de morir. Es una obra abiertamente testamentaria y desesperada, en la que se exponen con una claridad indudable los conflictos espirituales de Tchaikovsky, rompiendo con la disposición tradicional de la sinfonía. El último movimiento, el desgarrador Adagio lamentoso, contiene la más pesimista de las conclusiones: es la plasmación musical de la agonía previa a la muerte y su conclusión final. Sorprende pensar que fuera escrita por un hombre en perfecto estado de salud, incapaz de intuir siquiera lo que le iba a venir encima, pese al presentimiento mismo que toda la obra implica... Al margen de las seis sinfonías numeradas, no podemos olvidar la Sinfonía Manfredo, Op. 58, obra de programa basada en el texto de Lord Byron, en la que Tchaikovsky se permite más libertades de las en él acostumbradas, creando una obra en cierto sentido paralela a la Sinfonía Fantástica de Berlioz.
Los cuatro conciertos de Tchaikovsky son piezas fundamentales del repertorio concertante, y como tales, se mantienen fieles a las convenciones del concierto, esto es la lucha entre dos opuestos, orquesta y solista; ello implica que sean obras mucho menos profundas que sus sinfonías, pero igualmente gratas y con un lenguaje muy personal. El más conocido de ellos es el Concierto para piano No. 1, Op. 23 (1874), obra de carácter rapsódico para virtuosos cuyo éxito se debe en buena medida a su apoteósico arranque, tres minutos en los que se despliega una de las melodías más inspiradas del compositor. Igual de viril y contundente, el Concierto para violín, Op. 35 (1878) es uno de los grandes conciertos para este instrumento de todos los tiempos, sólo comparable a los de Beethoven y Brahms. Mucho menos conocido que los anteriores, el Concierto para piano No. 2, Op. 44 es una obra de gran belleza que bebe más en su forma de la sinfonía que del concierto propiamente dicho. El Concierto para piano No. 3, Op. 75 presenta sólo un movimiento, frente a los tres habituales, pues quedó inconcluso. Al margen de los cuatro conciertos mencionados merece situarse una obra de abierto carácter concertante y considerable belleza melódica: las Variaciones rococó, Op. 33, para violonchelo y orquesta, con la inspiración puesta en Haydn.
Tanto las oberturas, por una parte, como los poemas sinfónicos, por la otra, pueden ser agrupados en un mismo bloque, al tratarse de composiciones sinfónicas en un único movimiento basadas en un programa específico. Entre las oberturas, la más conocida es quizá la Obertura solemne ‘1812’, Op. 49, escrita para conmemorar una batalla entre Napoleón y los rusos, pero la mejor y más emocional es la Obertura-fantasía de Romeo y Julieta, libremente inspirada en Shakespeare, así como la Obertura-fantasía de Hamlet, Op. 67. El poema sinfónico, que fue inventado por Liszt, era una nueva forma musical de hacer frente a las sinfonías de Beethoven, con las que parecía estar ya todo dicho. Liszt llegó a escribir doce, entre ellos Los Preludios, y están organizados como música de programa. Siguiendo estas pautas, Tchaikovsky compuso algunos de los más brillantes (La tempestad, Op. 18; Capricho italiano, Op. 45; Fatum, Op. 77), siendo sin duda el mejor de todos los suyos Francesca da Rimini, Op. 32, que realmente en poco difiere de las oberturas, tanto en estructura como en fondo dramático.
Hoy olvidadas, las tres suites orquestales de Tchaikovsky no son sino sinfonías abortadas, que por problemas formales quedaron como "suites". La cuarta suite orquestal, llamada ‘Mozartiana’, es la orquestación de algunas composiciones para piano de Mozart.
Los tres ballets de Tchaikovsky (El lago de los cisnes, Op. 20; La bella durmiente del bosque, Op. 66; Cascanueces, Op. 71) son, todavía hoy, sus más conocidas creaciones, incansablemente repuestas. Y si algo garantizará la supervivencia del compositor a través de los tiempos, eso serán sus ballets, y no sólo por la imperecedera belleza y magia de los mismos, sino por una evidencia histórica (no siempre reconocida): la de que Tchaikovsky es el padre del ballet moderno, al llevar a su plena madurez una forma que siempre fue considerada menor. Y es que antes de Tchaikovsky el ballet había sido sinónimo de banalidad musical, música decorativista al servicio de los bailarines, una música que por su inherente nimiedad apenas podía resistir la prueba en la sala de concierto; el único compositor consistente anterior al ruso que supo otorgar al ballet cierto porte sinfónico fue Léo Delibes. Tchaikovsky concebía el ballet como una ópera sin palabras, otorgando la voz de los cantantes a los bailarines. Cada uno de los tres ballets es un cuerpo musical perfectamente integrado con la coreografía, sobre todo La bella durmiente del bosque, que es el mayor logro de la trilogía.
Pero la obra de Tchaikovsky no se agota en su música sinfónica, puesto que era un excelente compositor de música de cámara. Sus obras maestras en este bloque son, indudablemente, el Trío para piano, violín y violonchelo, Op. 50 y el sexteto Recuerdo de Florencia, Op. 70, que son los más eximios ejemplos de la música rusa en esta parcela. De sus tres hermosos cuartetos de cuerda, todavía sigue vigente el Cuarteto de cuerda No. 1, Op. 11, sobre todo por su conocido Adagio cantabile, aunque es evidente que después de Beethoven el cuarteto de cuerda ya estaba absolutamente agotado.
Lo menos destacado de la música instrumental de Tchaikovsky es su música para piano solo, de un academicismo rutinario. Lo único que ha perdurado ha sido el conjunto de piezas titulado Las estaciones, Op. 37, sobre todo por la sexta, Junio, también conocida a través de arreglos.
El cuerpo de su música vocal lo constituyen un centenar de canciones, música religiosa y óperas. Las canciones ocupan un lugar muy discreto en el conjunto de su producción: quizá la razón de ello se deba a que el ruso es un idioma muy poco demandado por los cantantes, pero no estaría de más resaltar la un tanto indigesta sensiblería de muchas de ellas, agrupadas en ciclos (Siete romanzas, Op. 47; Canciones infantiles, Op. 54; Seis romanzas, Op. 73; etc.). En cambio, en la música religiosa, Tchaikovsky sí cuenta con una auténtica obra maestra, la Liturgia de San Juan Crisóstomo, Op. 41, toda una joya desconocida.
Al margen de esto, una de las grandes ambiciones de Tchaikovsky fue la ópera, forma en la que nunca triunfó plenamente. De hecho, hoy sólo dos de sus doce óperas siguen en el repertorio: Yevgeni Onegin (1881), basada en el poema homónimo de Alexander Pushkin, que constituye junto al Boris Godunov de Mussorgski y El príncipe Igor de Borodin la cumbre del repertorio operístico ruso; y La dama de picas (1890), la más avanzada musicalmente, deudora de Wagner. Amén de las referidas, también de vez en cuando se pasean por los teatros otras óperas suyas menos conocidas, como Mazeppa e Iolanta, pero en general no suscitan entre el público la misma expectación que, por ejemplo, las de Verdi, al ser demasiado reposadas, sin la fuerza dramática que requiere la ópera; quizá por ello se explica que Tchaikovsky sea considerado el Chejov de la ópera.
En definitiva y pese a sus peculiaridades, podemos considerar a Tchaikovsky como el más característico representante del romanticismo tardío, el último conservador de valía de la historia de la música. Después de él vendrían una larga serie de figuras menores, meros epígonos como Sergei Rachmaninov o Alexander Glazunov. Con el siglo XX comenzaba una nueva etapa, pero la verdadera música rusa ya se había extinguido, vulgarizada por anodinos remedadores de convenciones como Dimitri Shostakovich y demás funcionarios del Soviet... Únicamente Igor Stravinsky, fuera de Rusia, elevaría el nacionalismo ruso a sus últimas consecuencias con La consagración de la primavera.

II. ESTUDIO DE LAS FUENTES

· BIBLIOGRAFÍA

La historia es un tiovivo muy contradictorio, por eso la bibliografía que la constituye siempre adolece de puntos débiles que sólo la historia misma sabrá poner en su sitio (y eso si sabe). El caso de Tchaikovsky es tanto más peculiar ya desde el momento mismo en que el que sería el compositor oficial del régimen comunista (como Wagner lo fue del nazismo), murió en una relativa oscuridad, sin intuir nadie el alcance postrero que alcanzaría su música. Hacia 1900, cualquier aficionado europeo no hubiese dudado en afirmar que el compositor más importante de toda Rusia era Anton Rubinstein (1829-1894), autor de la por entonces famosísima y hoy completamente olvidada Sinfonía No. 2 ‘Océano’, quizá la sinfonía más ejecutada durante la segunda mitad del siglo XIX. Todo esto no hace sino ejemplificar la dificultad misma que supone aproximarse al material bibliográfico sin tener un conocimiento de la historia en el momento puntual preciso, es decir lo que en la música llamaríamos recepción, que en absoluto mide la valía de la obra, sino más bien al contrario, como la historia así lo suele confirmar: son muchas más las grandes obras que en el momento de su estreno fracasaron que las mediocres, al estar más amoldadas al oído del oyente medio... Tchaikovsky fue redescubierto muchos años después de su fallecimiento, y lo fue porque una música como la suya había ganado su puesto en el mañana de la Historia de la Música, mientras que la música de Rubinstein, convencional y desgastada, había muerto con su autor.


Estudios monográficos

Ante todo, es preciso destacar que la figura de Tchaikovsky no siempre ha despertado el mismo interés entre los estudiosos. Pero este interés excede el carácter puramente individual del estudioso mismo, ya que esto es abarcable al gusto de todo un país. Así, por ejemplo, en la Francia de entreguerras, Tchaikovsky era uno de los compositores más detestados, y su música era despachada sin contemplaciones ni rigor crítico por el común de los oyentes, absorbidos por las rupturas musicales de Stravinsky, puesto que no veían sino en su música un romanticismo almibarado y sentimental, muy decadente. El resurgir crítico de Tchaikovsky empero se produciría tras la II Guerra Mundial, y notorio es observar cómo los estudios más importantes son posteriores a 1945.

ABRAHAM, G. (ed.), La música de Tchaikovsky, Nueva York, 1946.
EVANS, E., Tchaikovsky, Londres, 1935.
GLEBOV, I., La obra instrumental de Tchaikovsky, Petrogrado, 1922.
HOFFMANN, M. R., Tchaikovsky, París, 1947.
JURAMIE, G., Tchaikovsky, Madrid, 1974.
KUNINE, I., Piotr Il´yich Tchaikovsky, Moscú, 1958.
VOLKOV, S., Balanchine´s Tchaykowsky, Londres, 1985.
VV. AA., Tchaikovsky, Bruselas, 1945.
WILEY, R., Tchaykowsky´s Ballets, Oxford, 1985.
ZAJACZKOWSKI, H., El estilo musical de Tchaikovsky, Nueva York, 1987.


Biografías

La novelesca existencia de Tchaikovsky está muy bien documentada. Son conocidos casi todos los pormenores de ésta, por lo que la comprensión de la música del hombre es un asunto que ya no presenta dificultades. Y quizá por ello es difícil hacerse una idea precisa del número de biografías sobre él escritas. Además, el género de la biografía musical no siempre triunfa allí donde el melómano aspira encontrar un trabajo que armonice música y vida, al estar muchas de ellas en exceso supeditadas a aspectos secundarios por lo común externos a la música. Un ejemplo de biografía modélica es la escrita por Brown, a la que habría que recurrir desde el momento en que es la más minuciosa.

ALCHWANG, A., Piotr Il´yich Tchaikovsky, Moscú, 1959.
BROWN, D., Tchaikovsky, 3 vols., Nueva York, 1978-1992.
GARDEN, E., Tchaikovsky, Londres, 1973.
GLEBOV, I., Piotr Il´yich Tchaikovsky, su vida y obra, Petrogrado, 1922.
MUNDY, S., Tchaikovsky, Barcelona, 2004.
VON PALS, N., Piotr Tchaikovsky, Potsdam, 1939.
VON PALS, N., Los días y los años de Piotr Tchaikovsky. Anales de la vida y la obra, Moscú, 1940.
WARRACK, J., Tchaikovsky, Londres, 1973.

Obras generales

Este apartado podría engrosarse prácticamente a todos los libros que traten la música clásica del siglo XIX, en tanto que Tchaikovsky ocupa en ellos un lugar de importancia evidente o cuando menos más que anecdótico. Se han seleccionado una serie de libros, desde historias de la música hasta diccionarios, que en sus correspondientes apartados sintetizan muy bien el tema que aquí nos ocupa.

ABAD CARLÉS, A. M., Historia del ballet y de la danza moderna, Madrid, 2004.
BÉGUIN, A., El alma romántica y el sueño, México, 1956.
FISKE, R., Ballet Music, Londres, 1958.
HONEGGER, M. (ed.), Compositores de música clásica, Madrid, 2004.
KENNEDY, M. (ed.), The Oxford Dictionary of Music, Oxford, 2006.
PASCUAL, J., Guía universal de la música clásica, Barcelona, 2004.
REBATET, L., Una historia de la música, Barcelona, 1997.
ROSLAVLEVA, N., Era of the Russian Ballet, Londres, 1966.
SADIE, S. (ed.), Diccionario Akal/Grove de la música, Madrid, 2000.
SCHONBERG, H. C., Los grandes compositores (II) De Johann Strauss a los minimalistas, Barcelona, 2004.
VAN DEN HOOGEN, E., El ABC de la ópera, Madrid, 2005.
VV. AA., Masters of Russian Music, Londres, 1936.

· FUENTES

Cartas

Tchaikovsky, prolífico escritor de cartas, nos ha dejado un legado inmenso en forma de correspondencia. En ellas toca prácticamente todas las cuerdas de su pensamiento musical, dando su valoración de otros compositores, afirmando sus gustos, ensalzando o criticando la obra ajena o la propia con encomiable sinceridad. Aunque es muy difícil acceder e estas cartas, existen varios fragmentos de las mismas publicados en diferentes libros. Sin duda la mayor parte de estas cartas son las que escribió durante el periodo comprendido entre 1876 y 1890 a Nadezhda von Meck, su protectora, con la que pactó que jamás se verían físicamente, y a la que solía escribir al menos una carta diaria.

FEDOROV, V., Correspondencia inédita de Piotr Il´yich Tchaikovsky, en RMIE XXXIX, 1957.
TCHAIKOVSKY, P. I., Cartas de familia: una autobiografía, Nueva York, 1981.


Otros documentos

DOMBAIEV, G., La obra de Piotr Il´yich Tchaikovsky. Materiales y documentos, Moscú, 1958.

Memorias

De las memorias aquí referidas, dos ofrecen particular interés: la de Marius Petipa, el famoso coreógrafo con el que Tchaikovsky trabajó en la preparación de La bella durmiente del bosque y Cascanueces; y sobre todo la del hermano del compositor, Modest Tchaikovsky, que más que la biografía de un familiar son unas memorias enfocadas desde el punto de vista de uno de los actores secundarios de esta historia, como así lo fue Modest, libretista de su hermano.

ALCHWANG, A., Recuerdos sobre Piotr Il´yich Tchaikovsky, Moscú, 1962.
PETIPA, M., The Memoirs of Marius Petita, Russian Ballet Master, Londres, 1958.
TCHAIKOVSKY, M. I., La vida de Piotr Il´yich Tchaikovsky, 3 vols., Moscú, 1900-1902.

Artículos

LLOYD-JONES, D., "Tchaikovsky", en MGG.
LOPUKHOV, F., "Annals of the Sleeping Beauty", en Ballet Review, vol. 5, núm. 4 (1975-76)
NEWMARCH, R., "Tchaikovsky", en Grove, núm. 5 (1954)

Catálogos

JURGENSON, B., Catálogo temático de las obras de Piotr Tchaikovsky, Moscú, 1897; reimpresión en Londres, 1965.
VV. AA., Tchaikovsky: un simposio, Londres, 1946.

Películas

Aunque la música de Tchaikovsky ha sido utilizada como fondo sonoro en más de trescientos largometrajes (así, el único compositor de música preexistente que lo supera es Beethoven), su figura como argumento central del film sólo cuenta con un par de títulos reseñables, hoy más bien olvidados.

+ Recreaciones de la vida del compositor:

· Tchaikovsky (Tchaikovsky). URSS, 1970. Dir.: Igor Talánkin. Int.: Innokenti Smoktunovsky, Antonina Shúrnova, Maya Plisétskaya, Vladislav Strzélchik. 118 min. Color. 2 nominaciones a los Oscar de Hollywood
· La pasión de vivir (The music lovers). GB, 1970. Dir.: Ken Russell. Int.: Richard Chamberlain, Glenda Jackson, Christopher Gable, Max Adrian. 116 min. Color

+ Film-ballet:

· La bella durmiente (Spyashchaya krasavitsa). URSS, 1969. Dir.: Apolinari Dudko y Konstantin Sergueiev. Int.: Alla Sizova, Yuri Soloviov, Natalia Dudinskaia, Irina Bazhenova. 81 min. Color


Una discografía introductoria

Son incontables las grabaciones que de la música de Tchaikovsky se han realizado, mas hemos de matizar que existen unas significativas diferencias con respecto a la procedencia de director y orquesta; de este modo, las grabaciones rusas son, por razones obvias, las más próximas al espíritu del compositor (la palma se la lleva aquí Evgeny Mravinsky al frente de la inefable Filarmónica de Leningrado), pero no tiene esto en absoluto que mermar la valía de algunas firmadas por los mejores directores occidentales (Toscanini, Karajan, Markevich, Solti, Bernstein, Abbado, etc.). Por ende, la lista que a continuación se ofrece no es sino una mera orientación con la que aproximarse sin riesgos de calidad deficitaria a la fuente primaria que es la música en sí; las obras esenciales están señaladas con un asterisco.

*Obertura-fantasía de Romeo y Julieta, sine op.
· H. von Karajan. Filarmónica de Berlín. Deutsche Grammophon
Cuarteto de cuerda No. 1, Op. 11
· Cuarteto Borodin. CHANDOS
Sinfonía No. 1, Op. 13 ‘Sueños de invierno’
· M. Jansons. Filarmónica de Oslo. CHANDOS
Sinfonía No. 2, Op. 17 ‘Pequeña Rusia’
· M. Jansons. Filarmónica de Oslo. CHANDOS
*El lago de los cisnes, Op. 20
· W. Sawallisch. Orquesta de Filadelfia. EMI
*Concierto para piano No. 1, Op. 23
· A. Toscanini. V. Horowitz (piano). Sinfónica NBC. RCA
*Eugene Onegin, Op. 24
· G. Solti. Covent Garden (1974). DECCA
Cuarteto de cuerda No. 3, Op. 30
· Cuarteto Borodin. CHANDOS
Marcha eslava, Op. 31
· C. Abbado. Sinfónica de Chicago. CBS
Francesca de Rímini, Op. 32
· L. Stokowski. Filarmónica de Londres. PHILIPS
Variaciones sobre un tema rococó, Op. 33
· A. Dorati. J. Starker (violonchelo). Sinfónica de Londres. PHILIPS
*Concierto para violín, Op. 35
· F. Reiner. J. Heifetz (violín). Sinfónica de Chicago. RCA-BMG
*Sinfonía No. 4, Op. 36
· E. Mravinski. Filarmónica de Leningrado. Deutsche Grammophon
Gran Sonata para piano, Op. 37
· L. Howard. Hyperion
Las estaciones, Op. 37a
· A. Kubalek. DORIAN
Liturgia de San Juan Crisóstomo, Op. 41
· M. Hobdych. Coro de cámara de Kiev. NAXOS
Concierto para piano No. 2, Op. 44
· K. Masur. E. Leonskaia (piano). Gewandhaus Leipzig. TELDEC
Capricho italiano, Op. 45
· L. Bernstein. Filarmónica de Israel. Deutsche Grammophon
Obertura solemne ‘1812’, Op. 49
· H. von Karajan. Filarmónica de Berlín. Deutsche Grammophon
*Trío para piano, violín y violonchelo, Op. 50
· A. Rubinstein. J. Heifetz. G. Piatigorsky. RCA
Suite orquestal No. 2, Op. 53
· N. Järvi. Sinfónica de Detroit. CHANDOS
Suite orquestal No. 3, Op. 55
· N. Järvi. Sinfónica de Detroit. CHANDOS
Sinfonía Manfredo, Op. 58
· M. Jansons. Filarmónica de Oslo. CHANDOS
Suite orquestal No. 4, Op. 61 ‘Mozartiana’
· N. Järvi. Sinfónica de Detroit. CHANDOS
*Sinfonía No. 5, Op. 64
· E. Mravinski. Filarmónica de Leningrado. Deutsche Grammophon
*La bella durmiente del bosque, Op. 66
· A. Previn. Sinfónica de Londres. EMI
Obertura-fantasía de Hamlet, Op. 67
· L. Bernstein. Filarmónica de Israel. Deutsche Grammophon
La dama de picas, Op. 68
· S. Ozawa. Sinfónica de Boston (1990). RCA
Recuerdo de Florencia, Op. 70
· Cuarteto Borodin, G. Talalyan, M. Rostropovich. CHANDOS
*Cascanueces, Op. 71
· M. Jansons. Filarmónica de Londres. EMI
Seis romanzas, Op. 73
· L. Kazarnovskaya (soprano), L. Orfenova (piano). NAXOS
*Sinfonía No. 6, Op. 74 ‘Patética’
· I. Markevich. Sinfónica de Londres. PHILIPS
Sonata para piano No. 2, Op. 80
· L. Howard. Hyperion

Año 2007

7 comentarios:

Alejandro Gandul dijo...

La pequeña obra, "Recuerdos de un lugar querido" me parece sublime. ¿Sabe usted si Tchaikovsky hizo mención del lugar al que dedicó esa música?
Gracias.

Bronco Billy dijo...

Su conocimiento enciclopédico, tan vasto, empieza a entusiasmarme.He comenzado la lectura de sus escritos,al azar, por Chaikosky. Me ha dado una gran visión general de su música -leí hace tiempo alguna biografía- afirmándome en la aseveración de ser el más grande melodista. Algunos han tachado a Chaikosjy de menor y populista, pero para mí siempre ha sido uno de los más queridos. Su información es exhaustiva. Muchas gracias, espero aprender mucho con todo lo que Vd. escribe.Cordiales saludos.

Bronco Billy dijo...


Al margen de Chaikosky, me encantaría saber su opinión sobre el compositor ruso de ascendencia alemana, Alfred Schnittke, desgaciadamente poco conocido, cuya obra es amplia y admirable, habiendo escrito muchas composiciones para el cine. Creo que murió en 1998. Muchas gracias.

José Antonio Bielsa Arbiol dijo...

Amigo Bronco Billy: a mi juicio, el gran P. Tchaikovsky (voy a la contra y lo escribo con T, para no incurrir en contradicciones al escribir el nombre de otros rusos ilustres: los Tcherepnin, p. ej.) es el compositor ruso decimonónico "por antonomasia", superior incluso al colosal Mussorgsky, tanto por lo cualitativo como por lo cuantitativo. Opinión la mía que algunos petulantes tildarán de "empolvada", "convencional", e incluso de "kitsch". La grandeza de Tchaikovsky reside ante todo y sobre todo en haber podido aunar profundidad y universalidad en un plano de aprehensión casi infantil (Sinfonía "Patética", "Cascanueces", Cuarteto de cuerda No. 1), logro por lo demás insólito de puro difícil. Como botón de muestra, escuche esta hermosa canción:

http://www.epdlp.com/clasica.php?id=2664

Tchaikovsky fue un músico puntilloso y sombrío, demasiado ensimismado en su peculiar calvario vital como para poder en sus obras emitir la voz de todo un pueblo (caso de Mussorgsky o Glinka). Las facilidades melódicas que le reprocha cierta crítica erudita y pedantesca -la que va desde Dukas hasta Adorno y sus acólitos- parece olvidar el contexto musical gratamente burgués y sentimental en que el autor vertió su desesperación... Ese contexto ya no es el nuestro, embrutecidos en un presente dominado por el imperio de lo banal-sonoro; imperio, huelga decir, que también ha "instrumentalizado" la música de Tchaikovsky como objeto de bazar, haciendo de ella una papilla compacta y sensiblera, mutilando la totalidad, ensamblando fragmentos y repitiéndolos hasta la náusea (la famosa "escena" del "Lago", los acordes mayestáticos del inicio del 1er Concierto para piano, la resuelta frescura del tema de amor de la "Patética", etc.. etc.). No obstante estas agresiones de anuncio publicitario, el ruso sigue valiendo su peso en platino.

En cuanto a Schnittke, es uno de los contados maestros rusos de la segunda mitad del siglo XX; maestro menor, pero maestro al fin y al cabo, pese a estar a años luz de Stravinsky, por lo demás el compositor capital del s. XX. Sobrevivió Schnittke al totalitarismo musical del comunismo (fundado en la tonalidad más rancia de un Khrennikov), y pudo perpetuar su estilo en una estética demasiado ecléctica y camaleónica como para ser encasillado en una corriente u otra. Merece sin duda una revisión al tiempo que una selección que "recupere" lo más notable de su prolífica producción.

Bronco Billy dijo...

Amigo José Antonio:
Una vez más, agradezco su extraordinaria amabilidad al contestarme a vuelta de correo.Comparto su entusiasmo por Tchaikowsky.
Descubrí a Schnittke, por casualidad, en Radio Nacional de España,- cuyo programa de música clásica he seguido durante décadas- al escuchar su "Concierto para piano y orq. en un único movimiento". Lo encontré deslumbrante.
Y como aficionado a la música y al buen cine perdone que le mencione aquí a Dreyer, tras su espléndido estudio. Su obra "Ordet"(La palabra) es la película más sobrecogedora que he visto en cine. Aludo a sus movimientos de cámara, tan sutiles e imperceptibles, y que Vd. menciona, y a su iluminación recordando ¡cómo no! la pictórica "Dies irae", aunque fuese en blanco y negro. ¿Lástima que no tengamos a mano todas estas obras maestras para volver a visionarlas siempre que nos apetezca! Pero, de todas formas, está guardadas y bien guardadas en nuestra memoria.
Y para terminar, quiero mencionarle otro de mis realizadores favoritos: el húngaro Miklos Jancsó, tan personal, con ese magistral empleo coral del cinemascope. Cordiales saludos.

José Antonio Bielsa Arbiol dijo...

Amigo Bronco Billy: celebro su buen gusto al seleccionar entre tantas grandes películas esa impar obra maestra del ingenio danés. Su mera existencia (de la película) invalida por así decir la práctica totalidad de la producción cinematográfica mundial. Yo, por mi parte, le traigo a las mientes los nombres de dos extraordinarios artistas que en nada desmerecen al lado del autor de "Ordet": me refiero a Frank Borzage y a King Vidor: del primero no más recomendarle revise "7th Heaven"; del segundo, "The Crowd". Ni que decir tiene que constituyen, a mi limitado entender, dos de las diez o doce mejores cintas de la historia del cinema. ¿Y qué decir de Jancsó, con su también magistral empleo del plano secuencia, sistemático y razonado hasta en sus en apariencia más cuestionables movimientos? Hablamos de CINE, amigo Billy.

Bronco Billy dijo...


Nuestra conversación sobre cine me ha rejuvenecido recordando mi juventud, y aquellas películas, hoy clásicas, y sus estupendos realizadores. Era un tiempo en que veía anualmente más de cien. En los años sesenta me integré en el Cineclub OSEYDA de Almería, dentro de la Organización Sindical, quien nos permitía amplia libertad en la programación. Allí ví, por ejemplo, "El acorazado Potenkin", y un estupendo cine extranjero, prohibido por aquel entonces en España.
Frank Borzage era de mis favoritos y recuerdo "Cena de medianoche" o "Adiós a las armas". King Vidor fue siempre uno de los grandes, y ví "Camarada X", "Duelo al sol", "El manantial" y " H.M.Pullham,Esq.) con Robert Young y la bella Hedy Lamarr, (por cierto, que leí y aún conservo la novela original.) Debí ver muchas más películas de Vidor, pero la memoria, después de tantos años, me empieza a fallar. En fin, podríamos seguir y seguir con J. Renoir, con Jean Pierre Melville o con Max Ophuls.La lista sería interminable. Me ha hecho pasar un gran rato, se lo aseguro. Siga escribiendo sobre cine, por favor. Cordiales saludos.