2 de marzo de 2008

Invierno y primavera



Pero he vivido, y no he vivido en vano:
mi mente podrá perder su fuerza, mi sangre su viveza,
y mi ánimo flaquear a la hora de vencer la desventura;
pero algo hay dentro de mí que acabará venciendo
al tiempo y la tortura, y que aún alentará cuando yo muera.

Lord Byron



Hundida en el lecho del que jamás se levantaría, María N., viuda de cuarenta y tres años, temiendo que su último aliento estaba cerca, se disponía a despedirse de sus seis hijos, que entraron al dormitorio en abatido cortejo, tomando asiento a su rededor: Carlota, de veintitrés años; Edmundo, de veinte; Micaela, de quince; Godofredo, de once; Elena, de seis; y Jesús, de nueve meses y unos días, en brazos de su hermana mayor.
- Hijos míos –comenzó la madre con los ojos cubiertos de lágrimas–, Dios Nuestro Padre me reclama... Todavía no he tenido tiempo de asimilar lo que será de vosotros, pobres criaturas... Cuando hace medio año se nos fue en aquel desdichado accidente vuestro padre terminé de empeorar, porque hasta entonces podía contar con él como apoyo para vosotros, pero ahora, ahora que no tenéis a nadie en el mundo, que estáis solos... ¡Ay, Carlota!, confío en ti por ser la más mayor y la más preparada para afrontar esto. Desde ahora serás la madre de todos estos infelices... y sé que no me defraudarás. Y tú, Edmundo querido, deberás cumplir como padre con tus hermanos pequeños, y sabrás guiarlos por la buena senda para que el día de mañana sean personas de bien. ¡Cuidadme mucho a Jesús, que crecerá sin recordar el rostro de su madre que tanto lo quería! Pobrecillo ángel, cómo brilla en sus ojos esa inocencia que nada puede entender... ¡Ah, hijos míos!, no podéis haceros una idea de cuánto os he amado... El amor de una madre por sus hijos es la cosa más grande del mundo... Si no fuera por este cáncer que me está devorando viva por dentro, ¿qué no podría hacer sino dar gracias a Dios por concederme el privilegio divino de cumplir como madre por unos años más? Micaela, deja de llorar y mírame a los ojos, ¿no ves que ya eres toda una mujer? Y tú, travieso Godo, ¿también sabes que tu madre se está muriendo? Límpiate la nariz, hijo mío... Y la pequeña Elena, acercádmela, sí... ahora que la estrecho entre los brazos la siento mía... ¡qué poco te he saboreado, hija de mi alma! Carlota, acércame a Jesús... ¡Pequeño Jesús!, ¿de qué te ríes tú? Lloran tus hermanitos y tú ríes, ¿eh? A ti, que no te he saboreado nada, a ti que eres el más puro y feliz de todos, y que no sabrás lo que son unos padres, te deseo lo mejor... ¡Díos mío, apiádate de estos desgraciados!...
- ¡Madre!, ¿qué te ocurre ahora? –increpa Carlota desesperada–, ¡madre!, ¿llamo al médico? ¡Ve, Edmundo, ve a avisarlo!
- ¿Es verdad que mamá se está muriendo? –pregunta Godofredo.
- No, no se está muriendo –dice esperanzada pero no muy convencida la pequeña Elena–, mamá no se morirá... ¿verdad que no, Carlota?
- Claro que no, no, ¡no morirá!
Pero el final estaba cerca, y así y tras haber agotado las escasas fuerzas que le restaban diciendo a sus hijos todo cuanto tenía que decirles, la desdichada había quedado inconsciente, adormecida en esa estrecha franja que separa la vida de la muerte.
Pronto la puerta se abrió... y con Edmundo entró el médico.
- ¡Niños! Dejadme sitio.
- Dejad sitio al doctor, hermanitos –subrayó Edmundo.
El médico tomó el pulso a la agonizante, y negando al poco con la cabeza, confirmó lo que la propia desdichada ya había intuido:
- No se puede hacer nada... Es el final.
Al oír esto, Carlota cayó desmayada al suelo...
...y Edmundo, con apenas fuerzas como para mantenerse en pie, no pudo atender a su hermana.
Micaela se encogió de hombros y lloró desconsolada en el rincón más oscuro de la habitación. Godofredo, como ausente, acariciaba el cabello de su hermana desmayada. Elena observó a su madre con la frialdad de quien descubre algo nuevo en lo cotidiano. Y el pequeño Jesús, solo, a los pies de su madre, intentaba ponerse en pie... mas fracasando en su intento.
El médico, consternado ante tal escena, no pudo evitar emocionarse, pero antes de nada debía socorrer a la desmayada, que pese a ser la mayor, también se diría la menos preparada, en tanto había recibido el más duro golpe, y es que la muchacha, tras la muerte de su amado padre, no podía ahora sino hundirse en los abismos de la desesperación al comprender que su madre también se iba a ir, y que ella, con toda su responsabilidad, nada podía hacer por impedirlo y, sobre todo, por estar a su altura en cuanto nueva madre de esos niños sin futuro que eran sus hermanos.
Edmundo, que quería a su hermana Carlota como el mejor de los hermanos, hubiese preferido verse él en el lugar de ella, y eso, en cierto modo, le devolvió de pronto las fuerzas perdidas: se encaminó así hacia su habitación, tomó de su estantería su Goethe predilecto, y leyó un pasaje que le enternecía el corazón. Supo entonces porque él no hubiera podido desmayarse, y besando la luminosa página del libro, regresó sobre sus pasos.
Fue al llegar al espacio donde yacía su casi extinta madre cuando comprendió que si no hacía algo cuanto antes todo aquello iba a suponer la perdición de los pequeños. Carlota, que había resultado ser más débil, tardaría mucho en recuperarse, pero todo él ya estaba recuperado, casi recuperado al menos.
El médico se le dirigió con voz apesadumbrada:
- Edmundo, tu madre...
- ¿Muerta? –se preguntó para sí... y un rayo de sol, justamente entonces, atravesó el cristal de la ventana, dándole de lleno en el rostro.
- Sí, ya está, se acabó el dolor... Tu hermana volverá en sí en cuestión de unos minutos... No ha sido más que un desmayo sin importancia, ella está bien... Creo que tú...
- Por supuesto, doctor, yo me haré cargo de todo. Y de lo otro no se preocupe, he estado pensando en la muerte desde lo de mi padre, y creo que ahora lo veo todo más claro. En cierto sentido, morir no tiene nada de particular. Todos moriremos algún día, y nuestros padres fueron muy buenos con nosotros y por eso vivirán dentro de nuestros corazones como realidades incuestionables. Sabían amar a sus hijos por encima de todas las mezquindades superfluas, y eso Dios no lo puede dejar de lado...
- ¿Crees en Dios, Edmundo?
- ¿Cómo no iba a creer en Él? Dios es el alimento de mi alma, y si ha querido que ellos dos se vayan con tan escaso margen de tiempo, habrá sido por algo... Dios no hace nada a ciegas, ¡incluso seguro que les ha preparado un gran festín donde celebrarán sus bodas de plata!
- Muchacho, vales mucho, pero el mundo... Creo que sabrás, sí... Cuida de Carlota, de tus hermanos. Respecto a los preparativos para el funeral, no te preocupes, yo mismo, como amigo de la familia que soy, me haré cargo...
Y dicho esto, el médico abandonó la habitación.
Edmundo se acercó a su hermana y la besó en la frente. Pronto la muchacha abrió los ojos y lo miró extrañada, como...
- Sí, Carlota –le dijo él, convencido de que la vida les había preparado una complicada prueba–, sí...

*

Dos meses habían pasado ya desde la muerte de su querida madre, y los seis hermanos, más unidos que nunca, se preparaban, cada uno en el grado correspondiente a su voluntad y sus fuerzas, para emprender la que sin duda iba a ser la más arriesgada empresa de sus hasta entonces monocordes vidas.
El autor del proyecto, la verdadera cabeza que había dado todo de sí para configurar tan arriesgado sino, era Edmundo. Y la idea propiamente dicha, que no hizo más que escandalizar a quien de ella se hizo eco, no era otra que la de lanzarse a la vida ingrata, ambulante y llena de peligros que implicaba la aventura del circo.
- Hermanos míos –empezó Edmundo–, no contamos con apenas recursos económicos para completar este mes... y la casa, ¿comprendéis que si no podemos afrontar los gastos tendremos que acabar por venderla? Y luego ¿adónde iremos? Cierto es que la solución a nuestro problema es el trabajo, pero debemos seguir estando juntos, porque si Carlota y yo buscamos un trabajo, y lo conseguimos, muy bien hasta aquí, si se puede pensar eso... pero luego, decidme, ¿quién os atendería a vosotros? Y está claro que Elena, y sobre todo Jesús, son muy pequeños como para dejarlos en vuestras manos, hermana Micaela, hermano Godofredo, que por otra parte no sois más que niños creciditos, pero niños al fin y al cabo, y no sería correcto en medio de vuestra infancia y primera juventud haceros algo así. ¿Estás conmigo hasta aquí, Carlota? Gracias por decir que sí... Pues veréis, ésta es mi idea...
Y les expuso con todo lujo de detalles su idea: el nombre del circo, el circo, sus miembros y sus atracciones: animales, trapecio y payasos, cuerda, triple salto mortal y magia, domador de leones, círculo de fuego y bailarinas sirias... Los más pequeños, con la excepción de Jesús, que nada entendía, aceptaron contentísimos, pues esa idea del circo les sabía a diversión y gloria. Pero Carlota, ante tamaña propuesta, palideció escandalizada:
- ¿Qué locura es ésa? ¡Es una insensatez que mamá jamás aprobaría!
- Mamá no tendrá que aprobarla, Carlota. ¿No ves que si no hacemos esa insensatez lo vamos a pasar mal?
- ¿Mal? Estos niños no podrán crecer en un circo, ¡de ningún modo! Dime, ¿dónde se formarán si no van a la escuela?
- Yo mismo me encargaré de eso.
- ¿Tú?
- Yo. Al fin y al cabo, en la escuela nada importante se aprende que no sea perder el tiempo del modo más fastidioso por culpa de un maestrillo amargado... ¿Qué aprendiste en la escuela, hermanita? ¡Ni lo recuerdas! Estos niños, mis hermanos, aprenderán todo en el circo, pues el circo, como la madre naturaleza, todo lo enseña... Tendrán aptitudes físicas, pues el circo así lo requiere, y ejercitarán la cabeza, pues para lo primero es preciso pensar las cosas mismas... Mientras en la escuela les estarían enseñando a ser malas personas, yo les daría Platón, pero no un Platón masticado, sino el verdadero Platón que todo ser humano se merece. Mientras en la escuela sólo aprenderían a desconfiar de sus compañeros, el circo les enseñará la camaradería que conduce a la verdad. Mientras en la escuela no serían más que vidas encerradas sometidas a una disciplina absurda, aquí serán niños libres, niños de verdad, niños felices...
Y así y tras rizar mucho, quizá demasiado, el rizo, Edmundo, que contaba con la aprobación de sus hermanos pequeños (incluso de Jesús, que de puro contento viendo a los otros sólo daba palmadas de alegría), logró convencer a la primogénita y temerosa Carlota, que quizá por tener los pies demasiado pegados a la tierra, era la que de menos soluciones inmediatas disponía.

*

Dos días después, equipaje en mano y alguna que otra peregrina duda sin saldar, se echaban al mundo.
Edmundo, que tenía todo preparado desde hacía varias semanas, había acordado los puntos pertinentes de su contrato con el director del circo, un griego sexagenario llamado Minas, que además de ser el director del circo también era equilibrista y mago y que, para sorpresa del propio Edmundo, hablaba hasta doce idiomas y sabía leer las rayas de la mano...
En efecto, el “Circo de los Espejismos”, como se llamaba, era algo más que un circo a la vieja usanza: era el último de los grandes circos ambulantes que sobreponía el arte del circo al negocio del circo, lo que explica que fuese un circo bastante pobre, pero no por ello falto de las más grandes ambiciones circenses imaginables en un circo de esas características. El hermano menor de Minas, Manos, era, por así decirlo, el creador artístico: él pensaba los números y les daba forma, hasta llegar a la forma definitiva; mas en ningún momento imponía sus creaciones, sino que, de acuerdo con los demás componentes, las comentaba hasta llevarlas a uno u otro final.
Pero la gran figura del circo era, con derecho propio, la bellísima Scheherazade, una enigmática joven muda que con su danza amansaba a las más terribles fieras y que, al parecer, fue encontrada por el propio Minas durante una noche de tempestad, salvándola de morir ahogada en el Mar Tirreno. ¡Todo en ella era un misterio!
Las restantes treinta y tres personas que trabajaban allí procedían de los más inesperados lugares del planeta: desde Islandia hasta Nueva Zelanda, y todos ellos trabajaban con idéntica pasión y amor por su arte.
Cabía sumar, pues, seis nuevos miembros en ciernes. Y fue así como los hermanos se subieron al carro de la inseguridad, del desafío, de la aventura como forma de vida.

*

En apenas unas semanas de aprendizaje los primeros frutos comenzaron a madurar.
Edmundo fue el primero en debutar, y lo hizo en la quinta representación acometida desde su llegada en una oscura población cuyos habitantes, viejos y niños, tenían la particularidad de tener la frente arrugada. Su papel no era complicado en extremo, pero sí requería de buena disposición de ánimo y mucha seguridad en sí mismo: tenía que meterse dentro de una piscina y conseguir “trabar diálogo” con un cocodrilo muy bien alimentado (aunque el animal debiera aparentar lo contrario). El carácter de este número, pese a su evidente peligrosidad y absurdez, era más bien cómico y la muchedumbre lo pasaba muy bien, incluso hasta sus hermanos pequeños, que desde sus asientos reían como los huérfanos más felices del mundo. Era la primera vez tras el ensayo, y Carlota, no pudiendo resistirlo más, salió de allí, cayendo en un acceso de histeria que la llevaría a estar en cama durante dos días con sus dos noches.
En cualquier caso, el número del cocodrilo fue todo un éxito, y Minas, seguro de su infalible eficacia entre el público, decidió dejarlo como número fijo durante algún tiempo.
Entre tanto, Scheherazade, que se había hecho muy amiga de Edmundo y los niños, aunque no fuera del gusto de Carlota, había mostrado, pese a su genuina animalidad, un cierto deseo de comunicarse con ellos. Edmundo, consciente de que la mudez de la joven era producto de un trastorno psicológico acaecido en su infancia, se propuso por todos los medios posibles devolverle el habla. La idea fue saludada con entusiasmo; salvo por Carlota, que no dudó en regañar a su hermano:
- ¿No alcanzas a entender que esa chica ha nacido en estado salvaje y que nunca ha recibido una educación? ¡No busques donde nada hay!
- En ese caso, tanto mejor, hermana mía, tanto mejor... –respondía él, convencido de algo.
Por las mañanas, durante un par de horas y en medio de la naturaleza, a la sombra de algún árbol frondoso o junto al chorro cristalino de algún manantial, los niños recibían su instrucción, que en realidad era una ilustración, sin duda infinitamente más eficaz que cualquier pésima enseñanza que pudieran recibir en la escuela del Estado. Edmundo era la voz solista, y como tal procuraba tocar todas las cuerdas del conocimiento con el mayor virtuosismo y claridad posibles a su alcance. A los cuatro niños (pues Jesús no quedaba libre de esta ilustración, en cuanto por ser el más pequeño también era el más receptivo) se sumaba Scheherazade, y con ella un agradable joven húngaro llamado Zoltán, trapecista nato que la amaba locamente, pero este amor era de una ingenuidad y una pureza tales que sólo podía admirarse y nada más. Por eso, Edmundo, que sabía que a Zoltán no le interesaban tanto sus lecciones como estar junto a Scheherazade, le conmovía profundamente algo tan tierno y sincero.
- Muy bien, muchachos –comenzaba la clase–, hoy vamos a estudiar un capítulo de suma importancia para la comprensión del mundo: me estoy refiriendo al canto de los pájaros. Acostumbrados a oír el habla de los pajarillos como algo más bien irritante, el común de los espíritus vulgares jamás ha pensado profundamente en escuchar tan preciosa verdad, puesto que sus triviales asuntos así se lo han impedido. Los pájaros, que son la vanguardia de la naturaleza, han sido creados para hacernos soñar por medio de su canto. Por ello, os ilustraré esta idea a través de una antigua leyenda que dice así: Había una vez...
Todos atendían maravillados las sorprendentes explicaciones de Edmundo, pero era sin duda Scheherazade la que más atención les prestaba: había algo en ese joven capaz por la tarde de bañarse con el cocodrilo que la desesperaba, aunque no sabía el qué.

*

Pasaron los días, y con ellos las semanas y los meses, y dentro de la propia aventura de ir de aquí para allá, número tras número, peligro tras peligro, también se impuso una cierta monótona rutina entre los hermanos, que al fin habían hallado su lugar en el circo: Edmundo seguía bañándose con el cocodrilo; Carlota, que acabó por acostumbrarse al peligro que corría su hermano sin tantos sufrimientos, no se sintió atraída por ningún número en especial y terminó por dedicarse a lo menos estimulante de la galería, esto es a la venta de golosinas entre el público asistente; Micaela y Godofredo se unieron a los payasos, logrando resultados verdaderamente diestros en este campo donde la sutileza y lo chirriante tan a menudo se dan la mano; Elena, para sorpresa de todos y de ella misma, encontró su mayor satisfacción en la magia: bastaba ver cómo se divertía haciendo desaparecer cosas para hacerlas luego reaparecer dentro de su chistera o en los lugares más inesperados; y Jesús, también él encontró su puesto: era el niño que se llevaba el águila de cartón a su nido en el número del rescate...
Scheherazade amansaba a sus terribles fieras, un tigre y una pantera especialmente feroces que sólo se entendían con ella, con la inusitada pericia consabida. Zoltán, en el apogeo de su arte, a punto estuvo más de una vez en eclipsar a todos sus compañeros, pero era tan discreto que esto casi parecía una quimera: acometer el triple salto mortal desde una altura de vértigo quedaba muy por debajo de eclipsar al propio astro rey.
En cambio, Manos pasaba por un mal momento creativo: todo lo que se le ocurría, al decir de Minas, carecía de “la suficiente agudeza” exigible en él. Pero de todos modos, el circo funcionaba de maravilla, y artísticamente los resultados no podían ser más óptimos, el público más fluido y la alegría no menos contagiosa.
De los progresos de Edmundo en la ilustración de sus alumnos sólo podemos elogiar su auténtico compromiso con la profundidad de una enseñanza noble y libre de fútiles prejuicios infundados. Incluso Zoltán, el menos aplicado de los alumnos, mostró no poco entendimiento en el ámbito de la botánica: encontró, ordenó y catalogó ciento cincuenta y una flores a las que puso los más bonitos nombres de mujer, con atención especial a una, la primera y más bella de todas cuantas había logrado reunir, a la que con absoluto conocimiento de causa llamó ‘Scheherazade de siete pétalos’.
Un único asunto turbaba la paz de Edmundo: Scheherazade seguía muda. Hizo todo cuanto en su mano estuvo por extraer de ese gracioso cuello algún sonido que delatase que sus primaverales cuerdas vocales podrían hacer de ella una ligera contralto. Pero fue en vano: la joven debía ser muda de nacimiento, y no cabía más explicación que ésta, aunque en ningún momento Edmundo perdió la esperanza... pues contaba con la ayuda de Dios.

*

Se desvanecieron así unos años que de no haberse ido en la noche de la memoria, este mundo infantil de gráciles ensueños y vivos sentimientos no hubiera modificado en su curso, pues todos seguían tal y como eran, unos más que otros, pero todos al fin y al cabo conservaban en su espíritu la pátina de la pureza otorgada por una vida de regocijo y sacrificio comunes bajo el dictado de la todopoderosa naturaleza, sin más ilación que su bondad y con la viva confianza de que todo cuanto ella les ofreciera sería recibido como la más deseable de las bendiciones.
Carlota, sin embargo, se sentía la más desdichada de las criaturas, y no lo era por su falta de esperanza, sino por esa peculiar felicidad en la que ya no encontraba más que motivos para ponerse triste. Sus años de esplendor se estaban yendo sin poder disfrutarlos en lo que ella más quería, que era una vida ordenada en su hogar, pero no tenía más que ver a Edmundo para comprender que todavía no había llegado el momento de emprender la retirada. ¡Qué mermadas quedaban ahora sus fuerzas! Sus hermanos ya habían crecido, y Jesús, el más pequeño, contaba diez años de edad. ¡Diez años! A veces, se le acercaba a ella y, sentándose sobre su regazo, le hacía unas preguntas que en boca de un niño conseguían partirle el corazón:
- Hermanita, ¿cuándo visitaremos la tumba de nuestros padres?
Ella, como la más comprensiva de las madres, besando en la frente a su hermano, respondía:
- Muy pronto, amigo mío... quizá cuando en febrero se cumpla el aniversario de la muerte de mamá.
Y Jesús asentía, pero su idea de la muerte era tan infantil que realmente no la podía entender más que como un niño de su edad, un niño que no recuerda haber visto morir en su vida nada más que a un pequeño gorrión al caer del nido.
El influjo de la luna y la debilidad por la belleza de la carne habían abierto en Edmundo la más obsesiva pasión por Scheherazade, que a diferencia de todos ellos, era la única que no sufría en sus facciones la lacra del tiempo, manteniéndose tan hermosa como de costumbre.
- Scheherazade, ¿cuánto durará el apogeo de tu belleza? –le preguntaba ansioso de que de esos idolatrados labios brotase alguna palabra; pero ella, que tan bien entendía, se sonreía y volvía junto a su Zoltán, con el que había casado hacía ya dos giras, aunque éste, castigado por los años y desencantado con su arte, se planteaba dejar el trapecio, abandonar el circo y formar un hogar con su amada.
Edmundo, que nada podía hacer por cambiar el curso de las cosas, lloraba horas enteras durante sus noches la desesperación que lo reducía a la nada. Y no sólo lloraba por Scheherazade, sino también por Zoltán, por Manos y Minas, por el circo entero y por sus hermanos, esos muchachos ilustrados que en verdad nada de la vida real sabían y que, una vez fuera de allí, lo que sin saber cómo intuía próximo, serían muy desgraciados, mucho más de lo que su madre les auguró tiempo ha en su última hora. Y luego estaba Carlota, que también le desesperaba, aunque en otro sentido: era tan virtuosa y pura, tan ingenua y celosa de su hermano, que dar su vida por ella hubiera sido lo mínimo exigible para demostrarle todo su amor. ¡Se culpaba por haber llevado tan lejos las cosas! Porque en verdad, ¿qué tenía de feliz vivir la felicidad como algo tan cotidiano, tan poco cambiante? Habían sido tan felices que ya no lo eran, ni siquiera los más pequeños. Sus sueños de felicidad concretizaron su forma en un presente agradable y lleno de vividas sorpresas: una mariposa en su vuelo, la caída de la primera hoja en otoño, la neblina invernal que todo lo desluce y el súbito florecer primaveral... Las estaciones, iguales a sí mismas. Las cosas, tan parecidas las unas a las otras. Las personas, siempre tan disconformes, astutas y vacías de Dios. Y en medio de todo ello, el circo, quintaesencia de la afirmación de la vida que él había elegido. Pero como en el poema de Hölderlin, ese mundo juvenil ya estaba muerto, ya no educaba ni daba alimento, y el corazón, su corazón, estaba muerto y seco. Y así, se enjugaba las lágrimas y volvía a llorar de nuevo.

*

Cuando tres semanas después Minas supo que estaba completamente arruinado, hasta el punto de que era imposible seguir manteniendo en pie el circo, no se lo pensó dos veces: a su edad, lo mejor que podía hacer era retirarse de una vida que ya le cansaba; con más de setenta años, poco trecho era el que le quedaba por recorrer, y no lo lamentaba, porque pese a todo, siempre había hecho lo que más quiso... Lo único que lamentaba era la suerte de sus amigos, e incluso la de su hermano: ¿qué sería de ellos, desde el más veterano al menos experimentado? Era una lástima, pero no le quedaba otro remedio que dar el paso, y al finalizar la cena, se levanto de su sitio presto a explicarse en estos términos:
- Os debo contar algo que, me temo, va a doleros mucho... El “Circo de los Espejismos” no puede continuar... ¡Estamos arruinados!
Al oír esto, todos y cada uno de los presentes tornó la apacible expresión de su rostro en amargura y desolación, salvo Carlota, que se mantuvo tan fría y distante como últimamente estaba. Minas prosiguió:
- Los tiempos están cambiando ante nuestros ojos del modo más brutal. Nuestro arte ya no seduce a la gente. Las ciudades nos cierran sus puertas y los pueblos tampoco se interesan por nosotros. Ya nadie sueña, y por lo tanto ya nadie mira en su interior... Nuestro circo es humilde, pero con todo requiere de unos gastos, y esos gastos, para desgracia nuestra, son tantos que ya no nos es posible hacerlos frente. Al principio no quería darme cuenta, pero ahora, haciendo cálculos, me he llevado el desengaño de que sí, de que era verdad y de que ya es tarde. No, no soy un gran empresario, lo sé, pero siempre he sido un buen artista. De eso creo estar seguro, y por ello mismo como tal me despediré, como artista, ¿me oís?
Hubo entre los presentes alguno que no pudo evitar afligirse.
- Ahora que es el momento de hacer las maletas, ahora que ya no tenemos más futuro que el de nuestra esperanza, os propongo una última representación sin más público que nosotros mismos.
Fue un gesto hondo, lleno de significado, y pese a lo autocomplaciente del mismo, de buena gana lo aceptaron: si iba a ser la última vez, que fuera la mejor, pensaron. Sería al día siguiente, y cada uno se prepararía como el estudiante ante su examen final, pero no lo harían tanto por la dureza de los jueces como por la necesidad propia de dar por culminado algo a lo largo de tantos años evolucionado, matiz por matiz, hasta dar con la sutileza maestra que imprima a cada obra la aureola de la verdad. Nada de imitaciones de sí mismos, sino el resultado final de todo ello, lógico, crispado e irrepetible.

*

Y llegó el momento. Los desengañados rostros mostraban algo hasta entonces insólito: sus arrugas, unas arrugas venidas de la nada que los habían hecho viejos de la noche a la mañana. No habían sido las arrugadas frentes del público las que les hubieran causado extrañeza alguna, eran las suyas propias, tan de pronto presentes.
Era el minuto del primer número: Micaela y Godofredo, junto a los otros payasos, hicieron su aparición. Todo era tan igual, y a la vez tan distinto y lastimero, que ya nada significaba nada y todo lo que antes había significado algo sólo podía significar una sola cosa ahora: ¡qué pésimos payasos eran! La alegre tristeza del payaso pronto fue el único e insulso motivo de gracia. Micaela lloraba y Godofredo no desmerecía de su hermana: miraban de reojo a Edmundo, que desde su asiento asentía resignado al más sincero número de esa pareja de payasos que eran sus más débiles hermanos.
Los tres siguientes números no fueron mucho más alentadores. En uno de ellos, el correspondiente a Elena, lo inesperado se impuso a lo inevitable: por vez primera en una actuación de la joven el fracaso fue pleno: de ningún modo había logrado hacer desaparecer el viejo aguilucho de siempre. ¡Aquello era ridículo! Pues en verdad nunca lo había hecho desaparecer, pero así, desmontado el truco, maldita la poca gracia que tenía. Por ende, los nervios le habían jugado una mala pasada, y se retiró, cabizbaja y abatida, sin fuerzas para disculpar su desastrosa despedida.
De Jesús nadie se acordó: el niño se había quedado dormido junto a su loro. Soñó las cosas más extraordinarias que hasta el presente había soñado, y se las guardó para él.
Le tocaba el turno a Zoltán, mas éste, de puro debilitado como estaba, se dejó arrastrar por su melancolía, y en el momento de dar el triple salto mortal se le agarrotaron los músculos y fue incapaz de darlo. Luego lloró, pero tan alto como estaba, nadie se percató de su lamento...
Edmundo hacía años que había abandonado el número del cocodrilo, pero para la presente y pese a la desazón de su hermana al conocer su idea, quería repetirlo, justificándole a Minas que deseaba a toda costa terminar del mismo modo que como había empezado, aunque también tenía otras muchas razones que sólo le pertenecían a él, y aquél consintió... pero ¿sabía que habría de lamentarlo para el resto de sus días? El cocodrilo, que era el mismo animal, sólo que unos cuantos años más viejo, respondió del peor modo posible... ¡Basta ya de descripciones efectistas!
Herido de muerte en una pierna, Edmundo emergió del agua como pudo ayudado por algunos compañeros en medio de la más profunda conmoción. Su hermana no cayó desmayada: sólo musitó algo no precisamente cariñoso a ese hermano que tantas veces se había pasado de listo con ella. La sangre salía a chorros de su pierna...
De súbito desesperada, Scheherazade a punto estuvo de gritar, o esa impresión daba, y en caso de haber contado con una discreta voz, seguro que hubiera dado el más espantoso grito imaginable. Ahora que llegaba el último número, y con él su despedida pese a que nadie tras el fatídico accidente contaba con su actuación, sintió una corazonada espantosa al ver a Edmundo desangrarse ante sus ojos como el último diente de león se desintegra con la ventisca de la tarde para no volver jamás a la primigenia unidad de su forma... ¡Ah! ¿Era eso lo que muchos llamaban amor? Sin duda, ¡y tantos años había tardado en comprenderlo! Amor, ¡qué palabra tan intangible y difusa! Cuanto más cerca siente uno su caricia, menos suyo es, y ahora que todo está perdido, ahora que es imposible volver, ahora que es cuanto más falta te hace... Entró en la jaula de su pantera, pero allí dentro, en ese abrir y cerrar de ojos que contiene toda revelación y la guarda para no mostrarla al mundo, ya no era Scheherazade, sino una mujer nueva a las puertas de la eternidad, y reconfortada por ser lo que nunca había sido y ahora sí era, se sintió feliz, tan feliz que no pudo pensar en nada. ¿Podía ser acaso cierto? Y así lo era: la magia de su maestro había obrado en ella, y no hizo falta más que la bestia se abalanzase sobre su carne para que, en el dolor del despedazamiento, gritase por todo lo alto, llegando hasta el más recóndito de los lugares de la tierra, la palabra que de pronto, esplendorosa como el oro, le había redescubierto el penoso abismo de su alma:
- ¡¡¡Ed-mun-do!!!
¡¡Edmundo!!... ¡Edmundo!... Edmundo... resonó la palabra, que perdida en el espacio se trastocó ininteligible para todos ellos...
...para todos menos para su agonizante destinatario, tocado como estaba en tan vital arteria... y hasta tuvo tiempo de saborearla en sus oídos como cuando de niño escuchaba el primer cuco... También él volvía a sentirse feliz, ahora que sus párpados comenzaban a pesarle... y que la luz del día se hacía más débil... ahora que entraba la primavera.


Mayo de 2007

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