2 de marzo de 2008

El bosque de la vida







Hay un lugar más allá de las colinas del reino de Belial donde el sol no tiene acceso y la niebla sume en una profunda tristeza las tranquilas aguas del lago Verde. Para dar con este sendero es preciso poder invocar a la madre Gea mediante el rito de Sette-Bassi.
Hay un sendero marcado con un basilisco de oro que indica al inquieto viajero por donde abrirse paso tras la maleza para dar con sus huesos en tan maravilloso lugar. Muchos han sido los que lo han intentado, pero una sola persona ha gozado de ese supremo privilegio.
Lector ávido de aventuras, no excites el lado infantil de tu curiosa imaginación más de lo debido, que todo lo que aquí vas a encontrar en absoluto es producto de la imaginación del que escribe, sino una realidad indemostrable sobre la que vivamente creo.
La protagonista de ésta nuestra historia es una hermosa y despierta niña de siete años llamada Soledad a la que sus padres querían mucho y colmaban con todo tipo de caprichos.
Soledad, que había nacido bajo el signo de Libra, quería ser de mayor toda una hechicera, distinguida y honesta, en su lucha contra el mal, que todavía no conocía... pero que intuía próximo en el corazón de las personas enfermas. Mas para alcanzar esta elevada categoría era preciso trabajar con la magia, y la magia presentaba muchas y muy serias dificultades para una niña inexperta criada en el campo.
Su padre, un humilde carpintero llamado José, quería a su hija más que a nada en el mundo, y por ello mismo deseaba que fuera el día de mañana una mujer de provecho con los pies bien asentados en la tierra.
Su madre, a la que todos llamaba Simona, pero que en efecto se llamaba María, era toda la gracia y el encanto terrenos encarnados en la más pura expresión de una bondad angelical y vivificante, y quizá por ello mismo era una persona insegura que temía de todo lo oculto, pero que con todo lo buena que era sabía complacer a su hija regalándole los que serían sus primeros utensilios de trabajo: un cáliz de barro, una jarra para las pócimas, unos tarritos con especias muy valiosas y, por encima de todo esto, un libro de inestimable valor: el Libro de la Vida y la Muerte.
Había en la aldea un anciano señor llamado Cesariano que era el mejor amigo de Soledad. Cesariano, que de niño había visto morir a sus padres en un incendio y que en la desesperación de sus noches acabó por retirarse a las montañas para vivir una vida de contemplación en una cueva, le contaba a Soledad todo tipo de secretos que sólo él sabía. Y aunque Cesariano nunca había llegado hasta el final del sendero, confiaba en que Soledad pudiese alcanzar la meta, allí donde se encuentra la Fuente de la Juventud Eterna, esa fuente milagrosa que está en todas y en ninguna parte.
Estos secretos pronto estimularon a la niña a dar el paso que, desde hacía meses, no se atrevía a dar. Y es que debía apresurarse.
- Sólo los limpios de espíritu –le decía constantemente Cesariano–, los inocentes de sangre, los sabios de corazón, los puros de alma podrán beber del agua de la Verdad y así hacer posible algo hasta hoy imposible.
Debía apresurarse porque crecer significaba contaminarse y así ir perdiendo la inefable cáscara de la inocencia en la que todavía andaba envuelta. Y lo sabía.
De tal manera que una mañana de junio, cuando las gotas de rocío todavía cubren el vergel de la ladera, partió libre y resuelta al encuentro de su destino. Iba a ser un viaje largo, pero había que hacerlo.
Los primeros mil pasos fueron aburridos: nada de lo que veía le era desconocido: caras sonrientes, espacios abiertos, graneros cerrados, mariposas y abejarucos, aparente felicidad...
Pero allí donde se alzaban las colinas del reino de Belial, allí donde ya no canta el ruiseñor y el eco resuena hasta siete veces, sintió un escalofrío. Recordó entonces su casa, su cuarto, las muñecas de porcelana, el viejo búho Aristóteles, la campana del fiel reloj suizo... todas esas cosas pequeñas que una niña risueña no olvida mientras es niña y que, durante un instante de indecisión, parecen borrarse en el recuerdo como el silencio apagavelas. Fue un instante, y afirmando su decisión, decidió seguir adelante.
Cruzó la valla que desaconseja seguir adelante...
Corrió por los caminos de piedras de colores...
Acarició a una cabra del monte con la pata coja... y tropezó sin caerse en el Barranco del Muchacho Blanco... al que vio ocultarse bajo una piedra, y al que se acercó, no sin un cierto miedo que muy bien logro reprimir. Cesariano ya le había hablado del Muchacho Blanco, un encantador joven hermafrodita que no crecía y que, sin embargo, tenía entre quinientos y mil doscientos años de edad, aunque siempre aparentaba los veinte. El Muchacho Blanco, que era muy tímido, vivía semidesnudo bajo el abrigo de una seta gigante que regaba con sus propias lágrimas.
- Muchacho Blanco –le dijo Soledad–, ¿sabrías indicarme el buen camino que lleva a donde la Verdad?
El joven, confirmando que la niña era buena y de todo fiar, salió a su encuentro y se explicó así:
- Eh... Yo, creo que no vas mal... Seguirás más allá, hasta donde la niebla lo cubre todo... y una vez llegues al lago Verde, allí deberás preguntarle todo lo que no sepas a la Sirena Esmeralda... Pero yo nunca he estado allí...
Soledad agradeció al Muchacho Blanco todo cuanto le había dicho, y como motivo de agradecimiento le regaló un bollo de membrillo con miel y queso fresco que se había preparado en secreto para la merienda. El Muchacho Blanco, que no sabía en años de un manjar así, lo comió y fue muy feliz... pero cuando Soledad se marchó, muy triste, volvió de nuevo bajo su abrigo a llorar lo que nunca estaba por llegar.
Seiscientos sesenta y seis pasos más allá, un tanto cansada, Soledad llegó a donde la niebla lo cubre todo. Hacía frío, y tuvo que abrigarse con una bufanda de lana...
Cuando llegó al lago Verde supo por primera vez que estaba en peligro, y que el Muchacho Blanco, que no era tan bueno como había pensado, quizá por demasiado ignorante, le había mentido. El lago Verde era un lugar horrendo, de aguas cenagosas y casi podridas, que olía a sapos y culebras. Y eso, como Soledad sabía por el Libro de la Vida y la Muerte, no era bueno... ¿Era en verdad posible que en un lago así habitase la Sirena Esmeralda? Se sentó sobre una piedra en forma de caparazón de tortuga y esperó... Pronto tuvo hambre. Miró en el interior de su cesto y encontró, para su sorpresa, algo que ella no había puesto allí: era una manzana roja y sin tara. ¡Claro! La había puesto allí su madre, que bien despierta ante los propósitos de su hija, había intuido todos y cada uno de sus planes. Fue al darle un mordisco cuando se detuvo: ¡El árbol maldito!, pensó. Sí, ahora entendía mejor: su madre sólo le estaba advirtiendo de algo, y esa manzana era algo más que un fruto... era la torpeza de escoger el mal camino, con todas sus terribles consecuencias. Y entonces, una enorme cabeza salió de la piedra en forma de caparazón de tortuga y se comió la manzana. Sobresaltada, Soledad se apartó de allí, descubriendo para su sorpresa que realmente se había sentado no sobre una piedra, sino sobre una enorme tortuga.
De pronto, la tortuga, con voz profunda y tosca, le preguntó:
- ¿Eres tú la portadora del Alfa y del Omega, la hija de la inocencia y el amor puro, la liberadora del pueblo oprimido, la que sabrá leer en las Tablas la Verdad última que entrañan?
Soledad, que no sabía nada de esto, guardó silencio... pero la tortuga, que parecía tener prisa por algo, entendió este silencio como un sí.
De modo que en cuestión de segundos las aguas del lago Verde se abrieron, y al hacerlo toda su suciedad desapareció, y con ella emergió una figura con cola de pez y torso desnudo de mujer bajo cuya cabellera de rubio platino se ocultaba un rostro hermoso y temible a la vez, como la vida y la muerte, como el bien y el mal; en efecto, era Esmeralda, la sirena del lago Verde, que jugueteando con su cabello fue directa al grano mientras un grupo de pequeños duendes acuáticos recién salidos de las profundidades le hacían masajes por todo su delicado cuerpo.
- Bien, muchacha... Deberás responderme a una pregunta de sabios si quieres conocer el rito de Sette-Bassi con el cual invocarás a la madre Gea, señora y dueña de todos nosotros... Muchos han llegado hasta mí, pero ninguno ha tenido el acierto de saber responder con la debida pericia a mi pregunta. ¿Sabes lo que te juegas si fallas?
Soledad, muy asustada, negó con la cabeza.
- ¡Debieras saberlo! Te juegas el secreto de la inmortalidad, el más ansiado de los secretos... Bien, vamos a por esa pregunta y no me hagas perder más tiempo.
- Sí, Sirena Esmeralda –respondió Soledad asumiendo la situación.
- ¿Sabes qué hace malos a los hombres, qué corrompe su corazón y aniquila su voluntad, qué los vuelve infelices y desgraciados por naturaleza?
Soledad guardó silencio y meditó la pregunta... Miró atrás y la tortuga le guiñó un ojo. ¡No podía ser otra cosa! Ya lo sabía, pero no alcanzaba a poder expresar esa idea con palabras, así que tardaba y tardaba en responder, y la sirena, ya impaciente, se irritó un tanto... pero entonces, Soledad respondió del modo más sintético y coherente imaginable en una niña:
- Su propia condición.
Esmeralda asintió, y descolgándose del cuello un amuleto mágico, se lo acercó a Soledad.
- Toma este amuleto y cuélgalo de tu cuello. Él te iluminará el entendimiento al hacerte portadora de la Verdad. Con él invocarás a Gea ante la Fuente, pero antes tendrás que pasar por delante del basilisco de oro mirándolo a los ojos. ¿Oyes? ¡Mirándolo a los ojos!
Muy contenta y llena de esperanza, Soledad reemprendió el camino y muy pronto descubrió algo entre los arbustos que brillaba con inaudita fuerza: era el basilisco de oro... Fue al intentar mirarlo a los ojos cuando un reflejo la deslumbró por completo. ¿Lo había mirado? No, desde luego que no... ¡Y no lo miraría! ¿Cómo iba a mirar ella a un basilisco? ¿Y si éste le veía a ella? ¡Pero el basilisco era de oro! Confusa, muy confusa, Soledad resolvió ir hasta el basilisco sin mirar a ningún lugar en concreto... ¡Y en su moderación acertó! Logró apartar la maleza y se adentró por el camino... Comprendió que el basilisco, en cuanto guardián del camino, le había dejado pasar, por lo que no había que hacerse más preguntas.
Doce pasos más allá, Soledad dio con la Fuente de la Juventud Eterna, una fuente que estaba en el centro del tronco del árbol más viejo del bosque y cuyas aguas, cristalinas como el destello de la luz divina, le inspiraron los más hermosos pensamientos de amor y humildad. Casi sin saber lo que hacía, invocó a la madre Gea... y fue entonces cuando la niebla desapareció y el sol comenzó a brillar de nuevo en todo su natural esplendor... los pajarillos comenzaron a piar emocionados la polifonía de la vida... las flores presas de la noche no tardaron en abrirse como tesoros inmaculados esparciendo su perfume al mundo... el frío desapareció en beneficio de la templada alegría del campo, y Soledad, plena como la hechicera que al fin era, bebió del agua sagrada...
¿Hemos de seguir, de volver atrás en un momento así? ¡Mejor que no!, que no hay mejor placer, amable lector, que el de detener lo bueno cuando mejor es.


Abril de 2007