29 de marzo de 2008

CINE. Alf Sjöberg adapta a Strindberg: La señorita Julie (1951)





Hoy olvidado, Alf Sjöberg (1903-1980) aparece ante nuestros ojos como uno de los más singulares cineastas suecos, sólo superado por el inconmensurable Ingmar Bergman y por el no menos olvidado, aunque ineludible, Victor Sjöström. Tal y como ha llegado a España su filmografía (de modo disperso, y sólo cuatro títulos estrenados), plantear un estudio monográfico sobre la misma es tarea que excede nuestras parcas posibilidades. Así pues, nos conformaremos, mal nos pese, con introducir la que, de acuerdo con la historia oficial, ha pasado por ser su "obra maestra", en cuanto título más significativo.

Al margen de las nimiedades que la historia oficial imponga, reconoceremos La señorita Julie como la obra maestra que sin duda es. Su puesta en escena no deja lugar a dudas. Pocas veces en la historia del cine, la traslación de un texto teatral llevado a dominios puramente cinematográficos ha encontrado tan notable equilibrio como aquí. El consumado oficio teatral de Sjöberg, consciente de las posibilidades efectivas del mismo, ha dado la nota justa, logrando equilibrar perfectamente al medio fílmico una serie de ideas e imágenes de difícil resolución, en cuanto fueron pensadas para el teatro, por muchas posibilidades que pueda ofrecer el imaginativo arte de Strindberg.

Más allá de la historia que cuenta, La señorita Julie es un puro ejercicio de estilo narrativo sin concesiones a lo obvio. La sutileza de su exposición sólo puede ser producto del pensamiento de un genial creador de imágenes. La clave está en el juego espacio-temporal que sacude toda la historia a través del discurrir del choque de personalidades protagonistas: la señorita Julie por un lado, y su criado, Jean, por el otro. En la evocación de su sueño (quizá la parte explicativa más explícita de la película), ella observa que sueña en un descenso, frente al ascenso no culminado soñado por él: el hecho social es el rizoma de la tortura que sacude a los personajes. La contraposición es, pues, constante: Julie versus Jean: Julie la mujer-condesa vestida de blanco frente a Jean el hombre-criado vestido de negro. Luces y sombras en perfecta armonía: la emulsión de la fotografía como elemento discursivo, nunca meramente estético. Cada encuadre suele buscar un contrapunto lumínico, sobre todo cuando la profundidad de campo potencia la entidad dramática del momento. Los momentos antológicos no son pocos: el paseo en barca de la pareja, escapando de la multitud (esa masa sin rostro que representa la servidumbre), con esa lograda insistencia en la repetición del plano aislado de Julie mientras Jean, fuera de campo, rema, perfilando a la perfección la opresión del momento, potenciada por las voces en off de la servidumbre en pleno festín, corriendo por las praderas; las secuencias infantiles, donde el pasado logra encadenarse con el presente en el propio espacio (postreras películas, como Fresas salvajes de Bergman o La prima Angélica de Saura, incidirán en este mismo recurso, utilizado por primera vez por Sjöberg); la resolución del frustrado intento de suicidio del padre de Julie, con la niña como punto de fuga en el cuadro en el preciso instante del disparo; la no por evidente menos efectiva metáfora del pájaro enjaulado (metáfora a la que recurriría también Jean-Pierre Melville en su magistral El silencio de un hombre) como la protagonista, y la aniquilación de éste por Jean una vez planteada la fuga por Julie como anticipación del suicidio de ésta; etc. Momentos inolvidables que confirman la caligrafía de un gran maestro por redescubrir.



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