26 de marzo de 2015

"ÚLTIMO ENCUENTRO CON ANDRÉ COLERA", en 'La herradura oxidada', nº 8, Marzo 2015.

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Montecarlo, viernes de verano;
Orden, quietud y prodigalidad,
Mística del dado, beldad
Infecta, oro al contado.

Allí lo encuentro, tumbado
En el canapé, bajo el friso,
Esperando cual jovial cocodrilo
A cierta damisela congoleña.

No es un Hermes de Olimpia,
Sino un cínico burlón, francolín
Y madrigalista, decimonónico
Esteta, voluptuoso decápodo.

Ama el caviar y la pedagogía
Como nosotros amamos
El hexámetro y la utopía,
Meyerbeer, Musset, Roma.

Gusta de niñas y de matronas,
De provectos himeneos y odas
Cardenalicias, de boyantes
Artificios y magras falenas.

Al depositar la copa de borgoña,
Me identifica, bostezante, detenta
La soberanía de lo impalpable,
Con precisión meridiana sonríe.

- Bonjour, mon ami.
Él es, André Colera, promotor
De lo efímero inefable, mecenas
De pintores, captor de meretrices.

- Bonjour, André.
Percibo su alma ebria, atormentada,
Un vacío de existente condenado,
Mortuorio pálpito veneciano.

Y recuerdo, los días recuerdo,
Las lúbricas violencias de saldo,
Oraciones fúnebres por Apolo
Entre bodegones y salmos.

Revivo olvidos, caen sus brutales
Arengas, propósitos hueros,
Una retahíla de viejos proyectos,
Frustrados por la mortal ambición.

Recuerdo su devoción por el Papa,
Su encuentro dialéctico, leve,
Con un suicida ilustre, llamado
Michelstaedter, mi amigo.

Y recuerdo que estoy olvidando
Que en este instante aquí lastimoso
Él me mira, esperando, elegíaco,
No la muerte, sino a su musa negra.

Mas ya es tarde para litigios.
Su congoleña viene a nuestro encuentro.
Un frío de siglos el instante lividece.
Sólo me queda una palabra: MERCI.


2014

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3 de febrero de 2015

MUERTE Y PUTREFACCIÓN DE LA NOVELA (2014)

 
Tumba de Stendhal 
(Cementerio de Montmartre, París) 
[Fotografía del autor]

Tantas veces proclamada, la muerte de la novela como género literario tuvo lugar en algún momento indeterminado del siglo XX[1]. Las causas de este hecho son múltiples al tiempo que difusas, y exceden con mucho el plano de lo ideal -puesto que en este plano y en cuanto idea, la novela como tal no sólo no ha muerto, sino que nunca morirá-. Pero nuestro objetivo aquí no es entrar en un debate platónico de impredecibles consecuencias. Nuestro objetivo, al fin y al cabo, es confirmar una indiferente evidencia: la muerte de la Novela.
            Esta muerte, lejos de ser metáfora de compromiso propuesta por algún orador dominical, debe asimilarse no tanto como agotamiento de una forma devenida fórmula -ni como ejercicio de autofagia impulsado por el empobrecimiento que toda democratización implica-, sino como imposibilidad de que esa forma (la “forma novela”: el cuerpo) pueda vivir por sí misma (es decir, en cuanto a su propio espíritu), sin tener que recurrir a un esquema dado, pautado, mirándose a sí misma en cuanto “novela-molde” (una forma vacía sin razón de ser: sin correspondencia con su tiempo).
            Esta muerte, en cuanto que no es metáfora, es ante todo y sobre todo abdicación. Abdicación del cuerpo con respecto del espíritu (ya liquidado: ausente), lo que supone la muerte, no metafórica, sino real, del objeto aquí abordado. Pero la muerte de un organismo -y de la novela como tal- no implica el final material de éste -ni de ésta-: queda todavía su cadáver (la forma muerta), del que se alimentarán por largo tiempo una gelatinosa legión de triunfantes parásitos. He aquí pues el actual estado de la novela como género literario en el naciente -y a todas luces descorazonador- siglo XXI: el de un cadáver en estado de putrefacción con ciertos indicios de aparente vida… pero de una vida que no es la suya, sino la de los parásitos que de él se alimentan… así hasta dejar de sus magníficos restos una monda osamenta.
            Por ende, y aunque muerta, la novela suministrará ingente material a sus cadavéricos chupópteros, de mayor o menor gordura, unos y otros: novelistas “normalizados” y de oficio, editores con olfato, distribuidores de gran tonelaje, críticos de actualidad comprados (o meramente dirigidos), libreros de grandes superficies, catedráticos de literatura actual reglados por el sistema y un largo y tedioso etcétera de gentes mejor o peor pagadas que se ganan el pan con este negocio. He aquí la palabra: negocio.
            En cuanto a la función del “gran resto”, esa masa anónima de lectores de “novedades”, no hará las veces sino de agente estimulador de la consabida putrefacción, suerte de lucrativo caldo cadavérico necesario para perpetuarla.

La novela: género literario decimonónico por excelencia

Repetir que la novela es el género literario por antonomasia del siglo XIX es reiterar una perogrullada tan cierta como incontestable, pero que no estará de más subrayar de nuevo: “el siglo decimonónico fue el gran siglo de la novela”; cuanto le precede (Boccaccio, Cervantes, Goethe, etc.) y cuanto le sucede (Proust, Joyce, Kafka, etc.) no es sino el dilatado prólogo y la concentrada coda de una soberbia franja temporal de la Historia de la Literatura Universal.
            Mas, si bien ese gran siglo burgués -ese siglo de Víctor Hugo, como voceó un crítico francés- ya hizo de la novela un negocio efectivo, la novela, como tal, todavía no había muerto: muy al contrario, en virtud acaso de aquella instrumentalización hasta entonces presentida, y por otra parte tan propicia, fue posible su más completo apogeo: multiplicación de las formas, adquisición de su plena conciencia y autonomía, consolidación de su altísima dignidad en manos de los grandes creadores, afianzamiento, en definitiva, de una jerarquía devenida canon[2]: Balzac, Stendhal, Flaubert, Zola, Dostoievsky, Tolstoi, Dickens, Pérez Galdós, Manzoni, serían sólo algunos de los más significados pináculos del género, devenidos paradigmas, y en consecuencia imitados hasta la saciedad por las nuevas generaciones, cómodas en las formas canónicas.

La novela pre-decimonónica

Lo que llamamos “novela pre-decimonónica” es sólo una designación que no quiere postular nada definitivo, al menos en un sentido estricto: meramente acota un límite que la cronología hará bien en fijar, siquiera provisionalmente, entre 1801 y 1900. Esta tentación es ante todo un fastuoso camino lleno de senderos que se bifurcan, de posibilidades que emergen y luego, por un motivo u otro, son abortadas o caen en desuso, hasta que el olvido las pierde, temporalmente o para siempre.
            Decir que la forma “novela” apuntaba desde tiempo atrás a una manera determinada (la “manera vencedora” decimonónica, la de Balzac y Flaubert) es desconocer la diversidad y dispersión de un género que no podía calibrarse como tal, como género. Lo que media entre Don Quijote y Jacques el fatalista, por ejemplo, no es tanto una idea fija como el conflicto de las formas que todo diálogo silencioso propicia en el tiempo. El discurso lineal y expansivo de la manera vencedora, de algún modo, estaba poniéndoles el negocio en bandeja a los editores futuros. Pero, ¿qué habría ocurrido de triunfar la manera antitética, es decir, la del discurso fragmentario e intensivo de ciertos autores considerados menores u ocultos? No es serio ni viable predecirlo, acaso porque esta pregunta carece ahora de pertinencia. Casi siempre existió una literatura subalterna o meramente oculta: su invisibilización impidió acaso que cristalizara debidamente. Sirva como ejemplo el caso ya clásico de un Diderot: deja a su muerte una ingente mole de textos inéditos, conflictivos, rebeldes por sistema. La pregunta, obvia, surge con aplastante vigor: ¿cómo iban a poder ver la luz estos escritos anticipatorios? 

La novela post-decimonónica: las vías alternativas desechadas

Pese a lo estrecho de la designación, entenderemos por “vías alternativas desechadas” aquellas escuelas, corrientes o tendencias que, tras conocer un impulso espiritual poderoso “en su momento”[3], se vieron, tras su posible asimilación, marginadas por las nuevas maneras (condicionadas sin duda por el motor editorial); sirva como ejemplo el caso paradigmático del “Nouveau roman” francés, bien típico de la fiebre experimental del siglo XX, con figuras tales como Robbe-Grillet, Butor, Simon, Sarraute, etcétera; desde la actual perspectiva, en consecuencia, consideraremos esta corriente “desechada”, no tanto porque no hubiera tenido continuidad en el tiempo[4] como por el agotamiento implícito que suponía su articulación y, así, la proliferación de sus presupuestos en el tiempo.

Democratización del estilo = muerte de la novela

Que las masas han invadido algo que muchos se empeñan en llamar novela es otra de esas evidencias que ponen de manifiesto la muerte de la misma. Esta democratización del género, que a su vez conlleva implícita una democratización del estilo, marca el tránsito entre la muerte de la novela y su putrefacción consiguiente. Todo aquello que la democracia toca con su ensangrentada mano, irremediablemente, está condenado a morir. También la novela, y no tanto por la democracia en sí (indiferente a la novela como obra de arte), como por los canales de difusión que la hacen posible, es decir presente (aquí el emporio editorial, que tiene la penúltima palabra sobre qué “ve la luz” y qué no sale del cajón). Obviamente, las masas tienen la última palabra: ellas, con su mal gusto característico y dirigido (hoy es la propia industria de creación de consumidores la que se encarga de dirigirlo), deciden qué domina a fin de cuentas.
            Esta invasión (el asalto de la novela por parte de las masas, decimos) se ha venido fraguando desde el siglo XIX o incluso antes, con el auge de las lecturas populares (unas lecturas, bien es verdad, que cotejadas con sus homónimas actuales, acusan no pocos valores estéticos, de puro superiores como nos resultan). Eugène Sue o Paul de Kock no son tanto precursores llamativos de esta tendencia como eslabones inconfundibles del proceso al que nos referimos: satisfacen las “necesidades” de un público adicto al folletín truculento, al efectismo lacrimógeno. Las cosas, a decir verdad, han cambiado poco: en nuestro tiempo el folletín ha sido reemplazado por la pornografía encubierta y el sensacionalismo, al tiempo que el efectismo lacrimógeno ha dejado vía libre a otro efectismo mucho más dinámico, de abiertos mecanismos cinematográficos.
            Por lo demás, las masas (unas masas que es preciso entender en abstracto, en general) ignoran lo que es una “lectura profunda” (en el sentido nietzscheano del término), meramente leen: lo suyo es saldar una deuda con su tiempo libre (vacío): cubrirlo (llenarlo). La democratización del estilo confirma esta tendencia asentada en la más estricta negación que toda muerte del espíritu presupone.

El siglo XXI y la putrefacción de la novela. Capitalismo y represión

La marca de la modernidad es la mentira, el simulacro, la farsa; así, este siglo XXI que sufrimos (mera prolongación del siglo previo), en verdad inmundo, posibilita hasta extremos agónicos la mentira como nunca antes se había visto posibilitada. Esta mentira, lejos de ser audaz trampantojo óptico o artificio estético en sí mismo, atraviesa la existencia del moderno como campo de operaciones. El moderno (otra evidencia) no es tanto sujeto ni fin en sí mismo como objeto y medio en manos del negocio; una vieja historia cuyos ingredientes recurrentes no terminan de resecarse: capitalismo y represión. No se trata tanto de una posibilidad (de vida) como de una esclavitud (en vida). Para explicar brevemente este hecho, determinante de cara a una explicación en absoluto sistemática del fenómeno que aquí nos lleva (la muerte y la putrefacción de la novela), convendrá definir la nueva esclavitud como eje de gravedad de todo lo demás.

*

EXCURSO: De la nueva esclavitud

La nueva esclavitud no es parrafada conceptual de invención reciente, producto perfeccionado de una tecnocracia aséptica: se ha venido fraguando desde el siglo XVII, mas su reinado explícito no se ha consolidado sino a partir del XX.
            La nueva esclavitud es hija natural del liberalismo práctico. No fue gestada tanto por un impulso sensual e irrefrenable como por un ansía despiadada de control y muerte; la rapiña y la vileza son sus perpetuas aliadas, arterias vitales de las sociedades industrializadas. Sobre las bases monstruosas de la secularización política y el descrédito de la vida del espíritu, la mediocridad -esa constante sempiterna del género humano- tenía vía libre para implantarse en los más divergentes tejidos sociales. Al renunciar a la idea cristiana del hombre (lo contingente) ante Dios (lo inmanente), al destronar la virtud como principio de salvación, la ética quedaba relegada a producto de lujo, cachivache piadoso en manos del poderoso deificado. Fijados los límites del poder del Estado y despolitizadas parcelas enteras de la humana actividad, el liberalismo liquidaba al fin el proyecto ideal clásico, heredado por el cristianismo. Así y sobre la quimera de los derechos individuales, el hombre se otorgaba a sí mismo primores infundados. Indiferente no ya a la moral más esquemática sino a la mismísima sombra de un Dios impasible, el sujeto moderno adquiría al fin poderes divinos. Arbitro y dueño de su destino, pasaba a ser no ya celoso albacea de su espíritu maltrecho, sino esclavo insobornable de sus más mezquinos intereses. No sólo no era capaz de matar a su hermano por unas monedas de oro, sino de hacer con él algo tal vez “peor”: esclavizarlo, es decir, cosificarlo. Recientes teorías políticas asimiladas -harto bien conocida una de ellas-, no harían sino subrayar esta evidencia.
            Pero conforme una cosa tomaba conciencia de sí misma, destinada estaba a conceptualizarse, es decir, a ocultarse. En consecuencia, la esclavitud convencional, por ineficaz, quedaba condenada a prescribir antes de tiempo. Los cantores de los derechos humanos llegaban con retraso: no habían hecho sino denunciar lo obvio, lo atroz de una vergüenza tiempo ha perpetrada. Mas ya era tarde. Las sangres derramadas fueron tantas que bien pudieran haber suministrado ingente caudal a ríos amazónicos en su agónico devenir. Pero la esclavitud no había expirado con la supresión de la argolla y las cadenas. Al contrario: meramente se estaban sutilizando sus tácticas invasivas.
            El esclavo ya no sería el cuerpo del hombre, sino su alma, que desde entonces iba a ser depreciada, negada. Regado de placeres y vilezas, el cuerpo se consumía en su fiebre, al tiempo que el alma, humillada y envilecida, se abismaba con loca ceguera en las simas de la escala zoológica: su muerte real era ya inminente.       
            Arrancada la religión de las autistas nuevas generaciones, ésta fue progresivamente sustituida por la tecnología en una manipulación de la humana percepción sin precedentes, tecnología que inoculada con perversa astucia en esas multitudes faltas de vida espiritual, rubricó una esclavitud pactada.
            La nueva esclavitud alcanza en nuestro enfermo presente su más alta cota de eficacia. No es concepto sociológico impertinente, sino letal tumor del alma agonizante del moderno. 

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Así y todo, se puede decir, sin miedo a caer en el ridículo, que el requisito indispensable para acceder a la novela “muerta y putrefacta” de nuestro tiempo (es decir, la que se escribe/se está escribiendo, con ínfulas o sin ellas), no es otro que la nueva esclavitud: una esclavitud que es obediencia de muerto en vida: una esclavitud que incapacita por sistema al moderno para una lectura medianamente comprensiva de, por ejemplo, un Rabelais o un Cervantes, por no decir, entre los pocos modernos de auténtica valía, a un Blanchot. Y cuando decimos “comprensiva” queremos decir “sincera”, no impulsada como medio para un fin (es decir, del arco que va del trabajo escolar puntuable al pimpante monográfico universitario de turno, inútil en última instancia), sino como fin en sí mismo (por y para con el espíritu). 

Del negocio: la novela devenida producto comercial “per se”

Es el resultado final del proceso negador, hoy más que nunca. La idea del editor francotirador y con inquietudes estéticas (p. ej. y por no salir del país, alguien como un Carlos Barral), que se enfrenta a la novela como fin en sí mismo y no como vulgar medio para llenarse los bolsillos, parece haberse extinguido. Y no conviene engañarse: el monopolio de los privilegios y las competencias están en manos de las grandes empresas editoriales, y en este contexto agresivo como pocos, la posibilidad de un pequeño editor con ojo y pretensiones nobles se nos antoja acaso posible, mas no significativa, dado sobre todo el tráfico de libros en el mercado editorial, que de puro saturado apenas deja algún resquicio para respirar[5].

De los “premios literarios”

Tras el grueso de los premios literarios (llámense Goncourt, Strega, Pulitzer, Booker, Nadal, etc.), mascarada frívola y sin consecuencias reales para la Literatura, no late tanto el interés por reconocer una nueva y pasajera celebridad como por la necesidad de alimentar la rapiña que todo emporio editorial ambiciona para campar en el competitivo mundillo de las publicaciones (en efecto, tras el Goncourt no anda lejos la editorial Gallimard, tras el Strega la Mondadori, etc.) En el Occidente, conocemos estos premios por docenas, por no decir millares: a menudo están dados de antemano (es mucho el interés que está en juego: no hablamos de Literatura, claro, sino de dinero, mucho dinero), y otras tantas son concedidos siguiendo los más dudosos criterios de calidad (como haciéndole creer al público que basta con poner en un jurado elegido a dedo a un crítico de renombre, a una profesora de literatura comparada y a un novelista de moda para justificar su decisión). Todo este despliegue no es nada serio, a lo sumo una vil bufonada circense para engañar al respetable. Porque a decir verdad, lo único cierto es que los llamados “premios literarios” suelen apuntar muy bajo, sobre todo cuando están remunerados económicamente con cifras considerables. Su fin último no es otro que llamar la atención de un público de masas sobre una mercancía determinada, para de este modo venderla mejor. Nada nuevo bajo el sol, desde luego. Se me objetará que todo en esta vida agresiva y competitiva que hemos construido es negocio puro y duro, y así es para nuestra deshonra. Pero nunca será lo mismo vender un automóvil flamante “con tapicería de cuero” que hacer lo propio con una “inofensiva” novela: el primero es un objeto utilitario o de lujo, destinado a lo que todos sabemos; una novela, en cambio, o bien puede ser un pasatiempo entre intrascendente y perjudicial para la mente, ó, por el contrario, un salvoconducto para recuperar la dignidad menoscabada. Se podrá tildar de idealista, e incluso de anacrónica esta postura, igual que un moderno cualquiera puede tachar de “obsoleta” la lectura del Don Quijote, y sin embargo, nos preguntamos: ¿hasta tal punto de decadencia se ha llegado en este siglo XXI que ya no es posible asumir el hecho de “leer una novela” como una experiencia total, inefable?
            Una lectura profunda y nada más es lo que garantiza la supervivencia de la novela no ya como pieza de arte, sino como salvavidas espiritual. La vida del espíritu nunca debería estar en manos de las mafia de editores sin escrúpulos y de otros tantos autores-peones sin el menor sentido del deber para con ellos -y así, para con el depreciado lector-. Lo que está en juego no es la codicia del calculador editor ni el hambre de fama de cierto autor-peón: lo que está en juego es la vida del espíritu, y con él la pervivencia de la cultura popular. La novela, a diferencia de la poesía (el género más selecto y exclusivista de las Bellas Letras), supone el género de los más (la muchedumbre prosaica que necesita alimentarse de historias… pero hacerlo “bien”), y como tal debe respetar unos mínimos de decencia ética y estética que nuestra época sacrifica en aras del efectismo más abyecto y del llamado “marketing” en general. A que esta prostitución se perpetúe y consolide, contribuyen en gran medida los premios literarios, que otrora podían ser considerados fiel reflejo de la literatura de tendencia de una época, pero que hoy apenas hacen las veces de meretrices de un público miserable ávido de novedades[6].

La inanidad de la crítica actual - Una alianza pactada: emporio editorial e industria cultural

Desde que tuvo conciencia de tal, la genuina crítica literaria siempre estuvo presente, mas no siempre fue visible. Su progresiva invisibilización en los últimos tiempos no es apreciación subjetiva, sino evidencia flagrante. Del suplemento cultural del periódico de turno al universitario seminario de filología henchido de tecnicismo, no dista sino un bostezo huero. Y, si bien es obvio que se escribe en masa una cierta “crítica literaria” (y nunca antes se había vertido en tal caudal), consistente en reseñas y estudios diáfanos (que de puro débiles dejan pasar la luz), no menos obvio resulta el hipócrita fin de la misma, como “crítica preparada”: asentar, fijar, el producto-novela de cara a la galería de potenciales consumidores-lectores. Esta alianza pactada entre productor (que es el gran editor y no el autor, de puro intercambiable: “lo tenemos repetido por docenas”, piensa el primero del segundo) y difusor (que no es tanto la librería habitual ni la distribuidora sempiterna como las presuntas “publicaciones especializadas”[7], léase revistas “de literatura”, suplementos “culturales”, etc.) se salda, irremediablemente, en un diálogo de buen tono, cuya insignificancia en todos los órdenes de la vida implica, sistemáticamente, la necesidad de una crítica inane y aséptica, meramente eficiente. Por consiguiente, la “mejor” crítica, para el empresario moderno, no será otra que aquélla que no “obstaculice” el buen curso comercial del producto-novela. Incluso el más ínfimo pastiche será despachado siempre con una catarata de eufemismos, de líneas invertebradas que mueren en su propia inutilidad. El crítico actual, desde su pretenciosa tribuna, no pronunciará tanto veredictos brutales (a lo Sainte-Beuve) ni ironías sutiles (a lo Baudelaire) como “frases llenas de talento”. No es necesario “pasarse”, le dicen desde arriba sus jefes de sección: “sólo es una novela”. Negocio editorial y “crítica literaria”, por ende, nunca habían estado tan felizmente imbricadas.

Una putrefacción perpetua: el “lector-masa” y el triunfo de la “novela basura”

Y, al fin, ha terminado por triunfar el diablo. Es una realidad que no podrá negar ni el menos despierto de los mortales con algo de conciencia: la “novela basura” domina considerablemente los estantes de las librerías del orbe, desde las más relamidas y selectas hasta las más lucrativas y groseras. Así es, y puesto que el asunto nos produce un sopor invencible, pasaremos de largo sobre esta cuestión. Ni qué decir tiene que el lector auténtico no perderá nada: muy al contrario, ganará algo de lo que todos andamos bastante escasos: tiempo.

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La novela -¿haría falta decirlo?- únicamente puede sobrevivir en las más recónditas y apartadas estancias del espíritu. Su ambiente legítimo -allí donde únicamente puede vivir en plenitud y consumarse- es el Silencio.

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ADICIÓN: La agresión encubierta

Ya pasó la época en la que uno, al tomar un lápiz y arrojar sobre el pliego inmaculado un puñado de palabras trémulas, se hacía responsable del destino de muchos.
            Ya pasó la época de los grandes relatos, y también la de los pequeños. Se diría, incluso, que ya pasó la propia Historia: por encima de nosotros y de este presente atolondrado, donde la insatisfacción y el tedio cohabitan en el mismo lecho; ya pasó de largo, sin duda.
            Ya pasó Todo... ¿Y no llegó Nada? Pero aquí abajo, donde nadie es nadie y el gusano se agita, el Horror absoluto persiste, mantiene idéntica su vil cadencia dentada: ¿no escucháis los gritos de las víctimas sin nombre, la sangre pisoteada en los pavimentos de las desiertas plazas, un pestilente cúmulo de úlceras sobre un pobre cuerpo humano destrozado? Ése ha sido el precio a pagar por la avaricia y la perversidad de unos pocos y de unos muchos. ¿Capitalismo? ¿Comunismo? El precio de una vida. El precio de millones de vidas. Y cada día se repite, cual si estuviera guiado por una invisible mano, así se repite: una multitud de millones se retuerce de dolor para que unos pocos, los poderosos auténticos, los menos, puedan darse en los paraísos prohibidos del orbe su atracón de lujuria sublime, su baño de orgullo satánico. Y, sin embargo, todos estamos bajo el mismo cielo… aunque sea rojo y ensangrentado.
            Ya pasó. Y con todo, no nos queda a nosotros, los próximos en la lista, sino aborrecer todo aquello cuanto ellos (los innombrables, inaprensibles e intocables otros) nos han impuesto; azules y rojos, son intercambiables.
            Nos han impuesto una vida de mentira y muerte. Una vida sembrada de hermanos muertos, coartada por idénticas cuchillas: las cuchillas de la sumisión, de la humillación y de la muerte.
            En estas sociedades de mentira y vaho fúnebre, en estos sumideros de materialismo y mala fe, se habla siempre de “libertades”, de “derechos”, a ser posible inalienables. Se habla de “progreso” y de “conquistas”, de “democracia” y de “igualdad”. Se habla mucho más de lo que se escucha, al tiempo que se profanan las más temibles palabras… para tergiversar y acicalar un discurso falaz. Fuera de las iglesias y los claustros, la mentira nos rodea, nos engulle: desde los siniestros televisores nos compelen a aceptar con estoicismo un presente inaceptable; de los fríos pasillos de la administración, rostros cadavéricos salen como en busca de su mortaja; los escolares digieren con inaudita paciencia su burda alienación, al tiempo que los hornos crematorios borran la huella nimia de los últimos fallecidos. Y la rueda gira.
            Una jerarquía abstracta y brutal se reparte el pastel. Una élite del Poder (siempre igual a sí misma, mas con diferentes máscaras) cuya única ética es el raudo enriquecimiento a toda costa. Son unos pocos, mas mueven a miles de millones. Sus más fútiles inmundicias determinan nuestros hábitos de vida inveterados. Los pasillos de la biblioteca de su cerebro más se parecen a pútridas cloacas que a recintos de conocimiento y mesura. Están jugando con todos nosotros. Desean nuestra muerte, se recrean en ella. De hecho, la han institucionalizado. “La muerte no es cara”, piensan.
            Una agresión encubierta, masiva, campa a sus anchas por las hostiles estancias del desierto humano. Una agresión encubierta, real, aquí y ahora, se cuece en el reino de la Coca-Cola y la pornografía, al tiempo que en este instante terrible, Dios sabe dónde, están muriendo por millones.


NOTAS


[1] Momento que no deberá entenderse como instante concreto y ubicable en el tiempo, sino como abdicación del espíritu con respecto a una época; momento que no afectará tanto a un novelista concreto como a una colectividad.
[2] Véase la tabla adjunta “La novela: una jerarquía”, en la que se ilustra nuestra visión del fenómeno, tan discutible y/o conservadora como se quiera.
[3] Dejamos a un margen las “literaturas del silencio”, desarrolladas en una suerte de monacal retiro, ético y estético (Julien Gracq, Maurice Blanchot, etc.)
[4] Aunque su influjo persista en las más diversas piezas, a decir verdad, del “Nouveau roman” ortodoxo se han vertido las más diversas críticas, una de ellas tan socorrida como que no podía llegar muy lejos; su caso parece ser análogo al de la “música concreta” teorizada por Pierre Schaeffer.
[5] Pregunta a los ociosos: ¿qué posibilidades de significación tiene hoy en día un modesto editor regional, que apenas puede permitirse una tirada de 200, de 400 ejemplares por edición, al lado de alguno de esos colosos editoriales (…), que computan por decenas de miles los ejemplares arrojados en cada tirada?
[6] No entran aquí en consideración galardones destinados a premiar la totalidad de una obra literaria, como con mayor o menor acierto hace el Premio Nobel de Literatura.
[7] El consabido fenómeno del “boca a boca” bien participa de éstas, en cuanto dirigen el gusto del lector sin capacidad para decidir por sí mismo.

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4 de enero de 2015

TEORÍA DE LA NOVELA. La novela: una jerarquía (Anexo I al ensayo "Muerte y putrefacción de la novela", 2014)

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LA NOVELA: UNA JERARQUÍA


LEYENDA:

*** Los grandes creadores: léase aquellos autores universales, capaces de dominar en lo espiritual no ya una época, sino de suponer un hito imprescindible en la Historia de la Literatura -y, por ende, de la Humanidad-, y sin cuya presencia una parte de ésta quedaría sin explicar; suponen una ínfima y gloriosa minoría, verbigracia Dostoievsky.

** Maestros menores: léase aquellos autores relevantes, cuya obra no consigue explicar la Totalidad del mundo, pero sí una parte considerable del mismo; en no pocas ocasiones son extraordinarios estilistas y audaces visionarios, capaces de indicar el camino a seguir -con su impulso germinal- a los grandes creadores, verbigracia Gogol.

* Los satélites (epígonos, imitadores, independientes, etc.): léase la abultada nómina de autores de segundo orden, en la que tiene cabida desde lo muy estimable (verbigracia Goncharov) hasta lo meramente aceptable (verbigracia Bunin), y cuya relativa importancia literaria, en no pocas ocasiones, no se suele corresponder con la nombradía mundana que estos novelistas disfrutaron/disfrutan en vida.

n Los subproductos (…): léase la multitud de destajistas y suministradores de novela de consumo (del pastiche a la “novela basura“, pasando por prefabricados de toda laya, como el socorrido “best-seller“ o la novela “de calidad”), harto prolífica desde mediados del siglo XIX, y columna vertebral del negocio editorial. Estos peones de las letras no logran explicar apenas nada, sino dejar al descubierto la mediocridad de sus mentes. Carecen de estilo e ideas propias, cuando no son aburridamente pretenciosos y arquitectónicamente nulos. Viven del plagio inconfeso, de la política de reparto de premios, de un público multitudinario y convencido, a tono con la bajeza de sus simplonerías... 


LA NOVELA: UNA JERARQUÍA


PRE-DECIMONÓNICA
DECIMONÓNICA
POST-DECIMONÓNICA

***Los grandes creadores

- M. Cervantes (Don Quijote de la Mancha)
- […]


***Los grandes creadores

- Stendhal (Rojo y negro)
- […]

***Los grandes creadores

- M. Proust (En busca del tiempo perdido)
- […]

**Maestros menores

- J.-J. Rousseau (Emilio)
- […]


**Maestros menores

- V. Hugo (Nuestra Señora de París)
- […]


**Maestros menores

- R. Kipling (Kim)
- […]


*Los satélites (epígonos, imitadores, independientes, etc.)

- A.-R. Lesage (Gil Blas de Santillana)
- […]

*Los satélites (epígonos, imitadores, independientes, etc.)

- G. Maupassant (Bel Ami)
- […]

*Los satélites (epígonos, imitadores, independientes, etc.)

- D. Buzzati (El desierto de los tártaros)
- […]





n Los subproductos (…)


n Los subproductos (…)

n Los subproductos (…)


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2 de enero de 2015

LITERATURA ARAGONESA. Un erudito calandino decimonónico. Noticia sobre Mariano Valimaña y Abella (1784-1864)




La figura del erudito local supone uno los elementos característicos de la España intelectual de los tres últimos siglos, acentuándose sobremanera durante el siglo XIX, es decir, en un momento de acusada decadencia en el que la nación, lejanos ya los fastos de su glorioso pasado, permanece relativamente aislada del resto del orbe. Tras los desastres de la guerra napoleónica y la pérdida progresiva de sus colonias de ultramar, tras el nefasto absolutismo de Fernando VII y la consiguiente guerra civil desatada por los carlistas, el país aparece sumido en un caos que en la arena política se traduce en indiferencia, corrupción y anarquía, tanto por parte de reaccionarios como de liberales; no obstante, este malestar infestará las restantes parcelas de la vida española, contagiándose a los más diversos ámbitos. Como para preservar de la dejadez y del olvido los frutos granados de la cultura española, la figura solitaria del erudito local cobra renovada significación. Al lado de los grandes polígrafos e intelectuales decimonónicos -de los que el más sobresaliente y vigoroso de todos ellos, recordémoslo, fue Marcelino Menéndez y Pelayo-, y de las grandes empresas colectivas del siglo -como el monumental diccionario de Madoz-, los eruditos locales de España, valiéndose de sus precarias herramientas y rodeados de la apatía general, cumplen un papel discreto, mas valioso: investigar archivos, descifrar documentos, acopiar informaciones y conservar bibliotecas, entre otros cometidos. Estos viejos eruditos, en su mayoría abades y notarios, pero también curas de pueblo y diletantes, hicieron en su conjunto un esfuerzo impagable: relatar, si no sistemáticamente, sí al menos con cierta pericia artesana, el grueso de las historias locales -y personales- de los pueblos -y las generaciones- del país. Gracias al esfuerzo de estos pequeños nietos de Heródoto, una parte considerable de nuestro reciente pasado permanece más o menos visible, testimoniado.
            Así, si el erudito local por antonomasia de la Calanda del siglo XX es Mosén Vicente Allanegui y Lusarreta, su análogo del siglo XIX fue sin duda Mosén Mariano Valimaña y Abella. Pero a diferencia del diletante Allanegui, que laboró y falleció en su villa natal, el también calandino Valimaña terminó por radicarse, y arraigar, en la zaragozana localidad de Caspe. En consecuencia, podemos preguntarnos: ¿dejó acaso perder Calanda al que bien podría haber sido su mejor historiador del siglo XIX? O, por el contario, ¿fue su destino caspolino mero accidente, producto de unas circunstancias personales no por irrelevantes -para con la posteridad- menos obvias? Todo apunta, como en tantas otras ocasiones, a la segunda opción: será su vocación (religiosa, en este caso) la que así lo determine.
            Procedente de una familia de noble alcurnia, Mariano Valimaña y Abella nació en Calanda un día inconcreto de octubre de 1784, siendo bautizado el día 19 del mismo mes, tal y como acredita la partida bautismal conservada en los libros parroquiales. La acomodada situación familiar le permitirá marchar a Madrid para cursar con provecho estudios eclesiásticos. Nombrado sacerdote, celebrará su primera misa en la capital española. Hacia 1809, será enviado a Caspe; frisa entonces el calandino los 25 años de edad. Será con toda probabilidad esta población, a juicio del investigador Alberto Serrano Dolader, “el primer y único destino de su carrera sacerdotal” (1988). A partir de aquí, la biografía de Valimaña no presenta grandes incidentes; su existencia, ejemplar y austera, se plegará al devenir local, con ciertas incursiones en la vida espiritual de Caspe: Serrano Dolader nos recuerda que en 1829 establecerá la práctica religiosa denominada “de la agonía”, y al año siguiente fundará una cofradía, la de Santa Teresa de Jesús. En cuanto al carácter de la persona, el escritor caspolino Luis Rais Gros lo describe como hombre “afable, humilde, caritativo” (1909). Mayor interés para con nuestra aproximación presenta el testimonio indirecto de Mosén Antonio del Cacho y Tiestos, finado en 1955, quien lo describe en estos términos: “No perdía nada de tiempo nunca; ni cazar; ni pescar; ni visitas; ni jugar; solamente escribir y escribir sin cesar”. No cuesta entrever tras esta asombrada información al humanista, al erudito, al prolífico y gris escritor que fue Mosén Mariano. Pero, ¿qué queda en pie de todo este esfuerzo? Muy poco, a decir verdad.
            Puestos a clasificar los frutos de su trabajo, podemos presentar el catálogo de Valimaña en tres secciones, a saber: 
1) obra histórica; 
2) obra pedagógica; y 
3) obra musical.
            A la primera sección corresponde el único título que reivindica hoy el nombre de Mariano Valimaña: se trata de un texto histórico de inestimable valor para la Ciudad del Compromiso: nos referimos a los Anales de Caspe antiguos y modernos (interrumpida su redacción hacia 1851, tras dos décadas de trabajo), que su autor dejó manuscritos en tres tomos, y que -como en el caso de los Apuntes de Allanegui- no verían la luz hasta muchos años después, concretamente en 1971. 
            No prometen gran interés las cuatro entregas de su obra pedagógica, de limitadísima difusión, y con títulos tan reveladores de su contenido como un Arte de escribir correctamente por reglas y principios, editado en 1843.
            Pero la sección más singular de su producción (y acaso inesperada, mas no sorprendente: conviene recordar que Valimaña fue asimismo director de coro) es sin duda su obra musical, circunscrita toda ella a la música vocal religiosa; este hecho relaciona, inevitablemente, el nombre de Mosén Mariano a los de dos calandinos que legaron a la música clásica obras capitales y duraderas o, en su defecto, meramente estimables: nos referimos, obviamente, a Gaspar Sanz y a Juan de Sesé. Pero el (re)conocimiento de la obra musical de Valimaña se encuentra a años luz de la recepción lograda por los opúsculos de estos dos creadores, pese a su diferente talla (Sanz, ingenio mayor y conocido; Sesé, maestro menor y casi desconocido). La razón es simple: la práctica totalidad de esta producción (la de Valimaña, decimos), desgraciadamente permanece ignota, incluyendo su catálogo media docena de misas -entre ellas una Misa de Réquiem y una Misa del Señor-, novenas -su Novena a la Vera Cruz fue publicada en 1851-, letanías, gozos, Ave Marías, villancicos, etc. Imposible, en consecuencia, emitir juicio crítico alguno sobre su estética, sobre su entidad musical en una época de grandes crisis en la que la llamada “música clásica” española -harto maltratada- ha dado nombres, pese a ello, tan prominentes como los de Fernando Sor, Juan Crisóstomo de Arriaga o Francisco Asenjo Barbieri, entre otros. Pese a ello, sí podemos especular -acaso un tanto apresuradamente- a tenor de algunas notas suscritas por el propio Valimaña, sobre su manera compositiva: en ellas se puede leer entre líneas, sin mucho esfuerzo, su conservadurismo formal, sus gustos trasnochados próximos al canto llano, sustentados en la “melodía popular”, fácilmente asimilable para el pueblo y, por ello mismo, exenta en principio de cualesquiera virtuosismo técnico que pudiera significar una música de cierta envergadura. Empero, sencillez compositiva y facilidad melódica no deberían traducirse necesariamente como mediocridad artística.
            La industriosa existencia de Valimaña y Abella concluyó el 6 de agosto de 1864, a la edad de 79 años. Hacia la década de 1940, todavía se cantaban en Caspe algunos de sus gozos.

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26 de diciembre de 2014

ARTE. Del hermano menor de Luis Buñuel. Notas sobre Alfonso Buñuel, artista plástico y arquitecto

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Alfonso Buñuel
Sin título (1943)


El año 1955 le fue diagnosticado a Alfonso Buñuel un cáncer de pulmón; frisaba nuestro hombre los cuarenta años de edad. Presintiendo que el final está cerca, decide, para dilatar el mayor tiempo posible su existencia, cuidar con tesón de su precaria salud. Y encontrará el lugar óptimo de descanso en las propiedades familiares de Calanda. Conforme su estado va empeorando, los traslados de Zaragoza al pueblo se hacen cada vez más frecuentes, y las estadías, más prolongadas. Ha llegado el momento de recapitular, de rememorar las páginas de una vida acaso quebrada, pero intensa… Se extinguirá en 1961, el 4 de abril. Su hermano Luis, de nuevo en España tras el exilio mexicano, recibirá la noticia inmerso en el rodaje de su obra magna Viridiana, interrumpiendo su trabajo para asistir al funeral, en Zaragoza (*). Seis semanas después, Viridiana se alzará con la Palma de Oro en el Festival de Cannes.
No es posible desligar el periplo interior de Alfonso Buñuel del de su hermano Luis: más allá de los lazos fraternales, la suya fue una comunión de espíritus, una relación de afinidades electivas: la melomanía -que alcanza en la pasión de ambos hermanos por Wagner su más claro nexo-; el interés por el psicoanálisis, por el hipnotismo; un impulso creador propio del artista en ciernes. Tampoco se debería desvincular la evolución de sendas biografías: la una se desarrolla próxima a la otra, cual si de una modesta cadena de colinas al lado de una poderosa cordillera se tratara. Ni es necesario, pese a ello, hacer ejercicios comparativos, por mucho que la talla de estas figuras difiera enormemente la una de la otra: Luis Buñuel es uno de los ocho o diez grandes creadores de la Historia del Cine, y por extensión uno de los nombres cruciales de la Historia del Arte del siglo XX; Alfonso, apenas conocido fuera de Aragón (ya no digamos de España), es hoy otro nombre -uno más- perdido en mitad de la gran selva de nombres de la vanguardia española previa a 1936, llamativo más por el apellido que lleva consigo que por otra cosa. Y sin embargo Alfonso Buñuel tiene sus partidarios, sus méritos y sus logros particulares, con independencia de ser el hermano pequeño del más brillante director del cine español.
         Pese a sus raíces inequívocamente calandinas, no nació en Calanda, sino en Zaragoza, el 20 de noviembre de 1915. Aragonés al fin y al cabo, Alfonso residirá en Zaragoza el grueso de sus días: allí se forjará su grupo de amigos (entre los que encontramos al pintor Ramón Acín, futuro productor del soberbio documental de su hermano sobre las Hurdes, Tierra sin pan), convirtiéndose en virtud de su efusividad en uno de los miembros centrales de una hipotética vanguardia aragonesa. No obstante, comenzará sus estudios de Arquitectura en Madrid, para concluirlos tras la Guerra Civil en Barcelona; poco antes, en 1933 y por mediación de su hermano Luis, Alfonso accede esporádicamente a los cenáculos surrealistas parisienses, donde recibirá la influencia de René Magritte y, sobre todo, de Max Ernst, determinante en sus inminentes collages.
         Vigoroso exponente de la vanguardia madrileña y firme enlace entre ésta y la zaragozana, la labor artística de Alfonso queda vinculada al collage surrealista, del que fue principal introductor en España. De extraordinaria calidad técnica y poderosa imaginación, sus collages, planteados con acusado espíritu crítico, recurren por lo general a fragmentos de grabados decimonónicos que el autor manipula y descontextualiza con ánimo subversivo; el erotismo, la crítica al poder y a los convencionalismos sociales, el anticlericalismo y la exploración del absurdo en los espacios más insólitos, son algunas de las constantes temáticas que vierte Alfonso Buñuel en sus trabajos. De esta importante producción de collages, concebidos en principio como divertimentos personales, solamente sobrevivieron al fragor de la Guerra Civil quince ejemplares, uno de ellos inacabado además; no es mucho: catorce collages terminados, pero que preservarán del olvido el nombre de su artífice.
         Fiel a los postulados racionalistas, su obra arquitectónica es reducida en número, pero apreciable por la calidad de sus diseños, sobrios y elegantes; su trabajo más ambicioso fue el Colegio de La Purísima para niños sordomudos de Zaragoza (1956), proyectado en colaboración con Juan Pérez Páramo. Entre tanto, su gusto por el detalle le llevaría a abordar el diseño y la decoración de interiores con gran eficacia; de sus diseños de interiores, destacan los que hizo de la Peletería Lobel (1947) y de la Galería Clan (1950), ambos en Madrid.
         ¿Cuál es el lugar de esta obra en el panorama de las artes del siglo XX? Si su escasa producción como arquitecto y diseñador de interiores es menor y dispersa, sus creaciones como artista plástico -aunque igualmente reducidas en número-, ofrecen un interés estético harto superior, tanto por la originalidad de sus imágenes como por el soberbio resultado, personalísimo y realmente novedoso en su contexto. Mas la nombradía de Alfonso Buñuel como artista plástico es póstuma: su recuperación como maestro del collage se remonta al ya algo lejano año de 1975, con la exposición colectiva de carácter retrospectivo “Surrealismo en España” (Galería Multitud, Madrid), en la que fueron expuestos algunos de sus trabajos. Desde entonces, las exposiciones y publicaciones en torno a su obra plástica no han dejado de sucederse, acreditándolo como uno de los nombres menores, pero significativos, del movimiento surrealista en España.                 
        Queden estas líneas, pues, como modesto aunque sincero recordatorio de su figura y obra.

(*) Afirmación refutada por Ian Gibson, quien sostiene que Luis Buñuel no asistió al funeral de su hermano.



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Alfonso Buñuel en El poder de la palabra 

© José Antonio Bielsa



25 de diciembre de 2014

[Texto] - La agresión encubierta (1ª versión)

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Masaccio
Natividad (c. 1428)

         Ya pasó la época en la que uno, al tomar un lápiz y arrojar sobre el pliego inmaculado un puñado de palabras trémulas, se hacía responsable del destino de muchos.
            Ya pasó la época de los grandes relatos, y también la de los pequeños. Se diría, incluso, que ya pasó la propia Historia: por encima de nosotros y de este presente inmundo, donde la insatisfacción y el tedio cohabitan en el mismo lecho; ya pasó de largo, sin duda.
            Ya pasó Todo... Y no llegó Nada. Pero aquí abajo, donde nadie es nadie y el gusano se agita, el Horror absoluto persiste, mantiene idéntica su vil cadencia dentada: ¿no escucháis los gritos de las víctimas sin nombre, la sangre pisoteada en los pavimentos de las desiertas plazas, un pestilente cúmulo de úlceras sobre un pobre cuerpo humano destrozado? Ése ha sido el precio a pagar por la avaricia y la perversidad de unos pocos. El precio de una vida. El precio de millones de vidas. ¡Qué más da! Y cada día se repite, cual si estuviera guiado por una invisible mano, así se repite: una multitud de millones se retuerce de dolor para que unos pocos, los poderosos auténticos, los menos, puedan darse en los paraísos prohibidos del orbe su atracón de lujuria sublime, su baño de orgullo satánico. Y, sin embargo, todos estamos bajo el mismo cielo… aunque sea rojo y ensangrentado.
            Ya pasó. Y con todo, no nos queda a nosotros, los próximos en la lista, sino aborrecer todo aquello cuanto ellos (los innombrables, inaprensibles e intocables otros) nos han impuesto.
            Nos han impuesto una vida de mentira y muerte. Una vida sembrada de hermanos muertos, coartada por idénticas cuchillas: las cuchillas de la sumisión, de la humillación y de la muerte.
            En estas sociedades de mentira y vaho fúnebre, en estos sumideros de materialismo y mala fe, se habla siempre de “libertades”, de “derechos”, a ser posible inalienables. Se habla de “progreso” y de “conquistas”, de “democracia” y de “igualdad”. Se habla mucho más de lo que se escucha, al tiempo que se profanan las más temibles palabras… para tergiversar y acicalar un discurso falaz. Fuera de las iglesias y los claustros, la mentira nos rodea, nos engulle: desde los siniestros televisores nos compelen a aceptar con estoicismo un presente inaceptable; de los fríos pasillos de la administración, rostros cadavéricos salen como en busca de su mortaja; los escolares digieren con inaudita paciencia su burda alienación, al tiempo que los hornos crematorios borran la huella nimia de los últimos fallecidos. Y la rueda gira.
            Una jerarquía abstracta y brutal se reparte el pastel. Una élite del Poder cuya única ética es el raudo enriquecimiento a toda costa. Son unos pocos, sí, pero mueven a miles de millones. Sus más fútiles inmundicias determinan nuestros hábitos de vida inveterados. Los pasillos de la biblioteca de su cerebro más se parecen a pútridas cloacas que a recintos de conocimiento y mesura. Están jugando contigo, y conmigo, y con todos nosotros. Desean nuestra muerte, se recrean en ella. De hecho, la han institucionalizado. La muerte no es cara, piensan.
            Una agresión encubierta, masiva, campa a sus anchas por las hostiles estancias del desierto humano. Una agresión encubierta, real, aquí y ahora, se cuece en el reino de la Coca-Cola, al tiempo que en este instante terrible, Dios sabe dónde, están muriendo por millones. 

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