26 de noviembre de 2018

"HISTORIA, ESENCIA Y FRONTERAS DE ESPAÑA" (UN DISCURSO)






Españoles:

Yo os pregunto: ¿qué es una frontera? ¿Acaso una línea imaginaria trazada sobre el mapa? ¿O un mero límite psicológico donde acaba el territorio nacional? ¿Tal vez un deber y una responsabilidad histórica, de la que sólo somos meros usufructuarios? Al fin y al cabo, ¿qué es una frontera, reitero? ¿Cuál es su significado último?

Me dirijo también a los propietarios, a los arrendatarios y a todas aquellas buenas gentes que habitan y disponen de una vivienda, un espacio parcelado o un bien mueble. Cuando cerráis con doble vuelta de llave la puerta de vuestra vivienda, adquirida tras largos años de privaciones, hipotecas y sacrificios varios, cuando extraéis la referida llave del bombín de la cerradura, la LEY os ampara, ¿verdad? EL DOMICILIO ES INVIOLABLE, dice el artículo 18 de nuestra Constitución. La vivienda, núcleo espacial íntimo de esa célula capital de nuestra sociedad que es la familia, debe ser protegido, custodiado, vigilado. Españoles, pensad bien que si tales precauciones tomamos por un piso de 90 m2, ¿acaso vamos a hacer DE MENOS algo mucho más grande, significado y vital como es el domicilio de todos los españoles, nuestra Patria común? ¿Vamos a dejar las puertas abiertas, con qué fin? ¿Filantropía? ¿Buenismo? ¿Irresponsabilidad? ¿Atracción por el caos y el abismo? ¿Autodestrucción de aquello que tantos siglos de sangre de patriotas ha costado levantar, afianzar y preservar?

Españoles: la sociedad española acusa un grave periodo de crisis. Me resisto a creer que estemos inmersos en una fase decadente de disolución irreversible. Somos fuertes, ya lo dijo el "Canciller de Hierro", Bismarck: España es el país más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido. En el devenir de los siglos, a España la han hecho fuerte sus singularidades sin parangón en el orbe: su sustrato romano, su esencia católica y su deber histórico, de evangelizadora y civilizadora: me refiero a la idea de la Hispanidad.

El globalismo aplanador y el capitalismo tras-nacional aborrecen a España, y la aborrecen porque España fue forjadora de libertades, luz de los oprimidos, maestra y pedagoga de los pueblos, fiel depositaria de la Tradición Católica, Apostólica y Romana, y que consolidada en los pilares de la monarquía hispánica, supo defender por siglos el mapa y el territorio imperial, desde Covadonga hasta los últimos confines de ultramar. Esto fue ayer. Hoy, España es algo mucho más menudo, encorvado y venido a menos. Pero el núcleo, ese hueso duro de roer, persiste y perdurará.

Españoles, somos la remanente de una realidad llamada España, y nuestros héroes, la vanguardia de la misma. Pensemos en estos héroes por los que hoy estamos aquí reunidos. ¿Qué habríamos hecho nosotros en su lugar? ¿Defender el domicilio o dejar las puertas abiertas? Cuestiones candentes que deberíamos meditar con total sinceridad.




24 de noviembre de 2018

RESEÑA. "Cabrera. Recuerdos de la guerra civil española", de Wilhelm von Rahden






Ed. Institución “Fernando el Católico” (CSIC), 2013

ISBN: 978-84-9911-255-8





La literatura carlista tiene en un extranjero, el prusiano Wilhelm von Rahden (1793-1860), uno de sus más granados exponentes. General de brigada del ejército carlista en el cuerpo de ingenieros, Rahden conocía el oficio de la pluma tan bien como el de las armas. Prueba de ello es este formidable Cabrera. Recuerdos de la guerra civil española (1840), fruto de sus experiencias como combatiente de la causa de Don Carlos. La audacia del enfoque reside sobre todo en la maestría con la que el autor ha dosificado las claves de los libros de memorias con las convenciones de la biografía, fusionando sendas perspectivas sin caer en una espiral mecánica y reiterativa en lo que a la narración se refiere; en este sentido, podemos hablar de una biografía del General Ramón Cabrera narrada a través de las memorias de Rahden.

         El relato, articulado en veintidós capítulos y contado en primera persona, arranca en abril de 1837, cuando Rahden se incorpora al ejército carlista del Norte como coronel de ingenieros, y termina en las postrimerías del año 1839, con la misión de entrevistarse con Don Carlos en Bourges; entre medias, nuestro hombre participará enla Expedición Real, será testigo del ascenso al poder de Maroto y hará viajes por la Cataluña carlista, antes de llegar al Maestrazgo para ponerse a las órdenes del carismático Cabrera.

         La fascinación que Rahden siente por Cabrera es patente, lo que le llevará en el curso de su relato a reconstruir la biografía de éste, bien valiéndose de testimonios de terceros compendiados durante su periplo, bien acudiendo a sus propias experiencias sobre el terreno. Todo ello contado con el vigor de una pluma excepcional, plena de pintoresquismos y pinceladas descriptivas que no desmerecen de las más altas plumas. Diálogos memorables, retratos humanos vividos, situaciones dramáticas, una catarata de momentos históricos e irrepetibles, cobran vida en esta obra de obligada lectura, inédita en España hasta 2013 y que, gracias a la aplicada traducción de Daniel F. Hübner, confirma los esplendores de este estilista literato-soldado que fue Wilhelm von Rahden.

         El libro incluye una breve introducción de Pedro Rújula.





5 de noviembre de 2018

AHORA INFORMACIÓN - Artículo (17-VIII-2018): "Definir 'Europa'…"





Todo hombre -y toda nación- tiene el sagrado derecho de preservar sus diferencias y su identidad en nombre de su futuro y en nombre de su pasado.

JEAN RASPAIL


Quien habla en nombre de los otros es siempre un impostor.

EMIL CIORAN




En el preámbulo del inquietante borrador de la Constitución Europea, llamado Proyecto de Tratado por el que se instituye una Constitución para Europa (“adoptado por consenso [sic] por la Convención Europea los días 13 de junio y 10 de julio de 2003”), los prepotentes cocineros del mismo, en un dechado de desleimiento histórico sin parangón, decidieron tomarse la licencia de apelar al buen nombre del historiador griego pagano Tucídides, arrojando sobre el papel una cita de éste sacada de contexto: “Nuestra Constitución… se llama democracia porque el poder no está en manos de unos pocos sino de la mayoría”. El lector atento, hastiado de retóricas pardas y efectos de relumbrón para engañar a los tontos, no habría de tardar en detectar lo inadecuado de tal cita a la luz de la Historia legítima; en palabras del preclaro Gómez Dávila, “la democracia ateniense no entusiasma sino a quienes ignoran a los historiadores griegos”. Es el viejo recurso de la mezquina progresía corruptora del lenguaje y de los pueblos adormecidos y decadentes: acudir a una fuente de los tiempos pretéritos para, en un giro abracadabrante, nivelar presente bufo y pasado idílico, licuando así veintitantos siglos en una frasecita devenida lugar común. Ni al mismísimo Scribe, magnífico charlatán grafómano, se le hubiera ocurrido encajar tamaño pegote de mala masa de harina en uno de sus libretos de ópera a la moda. Este recurso, indudablemente, permitía además perpetrar un buen golpe al corazón de la vieja Europa, omitiendo torticeramente “los quince siglos de influjo cristiano en la formación de lo que hoy es ‘Europa’…” (George Weigel).

Pero la artimaña no terminaba aquí. Tras asistir a esta cita/guinda, los cocineros del Proyectoantieuropeo en cuestión inician el texto liminar con una mentira hiriente, glaseada de corrección política previo baño en el jarabe marxista cultural de rigor: “[1] Conscientes de que Europa es un continente portador de civilización, de que [2] sus habitantes, llegados en sucesivas oleadas desde los tiempos más remotos[3] han venido desarrollando los valores que sustentan el humanismo: la igualdad de las personas, la libertad y el respeto a la razón”… Pero, ¿fue esto alguna vez así? ¿De qué biblioteca se han sacado tales afirmaciones categóricas estos relativistas de cocinilla? Y lo más grueso: ¿de qué son (ellos) “conscientes”? Vayamos por partes, aunque el asunto (por obvio) no lo merecería si no viviéramos bajo la dictadura totalitaria del pensamiento único impuesto desde los medios de desinformación de masas.

[1] Primero, Europa NO “es un continente portador de civilización”, simplemente Europa ES la civilización (al menos en el sentido direccional que querían darle sus presuntos panegiristas, en tanto aludían a la civilización entendida en términos de acción de civilizar o civilizarse, es decir poseer los conocimientos, cultura y formas de vida propias de los países más desarrollados). Y Europa es la civilización porque (ni antes ni después que nadie) Europa fue la gran civilizadora, y fue Europa y no la milenaria China o las regiones sumidas en las tinieblas de la Media Luna, la que devino civilización porque de un modo u otro civilizó cuanto su radio de alcance influyó, anexionó o fagocitó, expandiendo su influjo bajo la Ley de Cristo, es decir bajo la Santa Cruz, providencial motor del “Genio del Cristianismo” (Chateaubriand). Aspecto éste cardinal, pues como ya sabrán de sobra ustedes, el documento masónico en cuestión que aquí traemos omite cualesquiera referencia a las raíces cristianas de Europa, lo que meramente implica una grosera falsificación de la Historia, a la que contribuyeron con gran empuje gobiernos tan embebidos de sionismo como el sueco y el francés (cita: “Francia es un estado laico, y como tal no tiene la costumbre de introducir elementos de naturaleza religiosa en textos constitucionales” [Jacques Chirac]). Y es que la UE, como habría de afirmar rotundo años después un Geert Wilders, no es tanto Europa como la cárcel de Europa, una anti-Europa; vista la involución de las cosas en los últimos tiempos, la tesis del holandés denota gran pertinencia.

[2] Segundo, ni “sus habitantes, llegados en sucesivas oleadas desde los tiempos más remotos” fueron tales, ni es tolerable una simplificación tan torpe y anacrónica en lo que supone una falsificación del hecho histórico-demográfico, simplificación que, leída de nuevo en 2018 (y a tenor de la invasión planificada de Europa por el Tercer Mundo), denota un cinismo marcadamente fétido, incluso putrefacto. Ni Europa es una creación de los “tiempos más remotos”, ni hubo alguna vez “sucesivas oleadas” humanas que la habitaron (en los tiempos primitivos la población humana era escasísima, por consiguiente, el término “oleada”, leído aquí como aparición repentina de gran cantidad de personas, puede denotar veracidad, mas carece de verdad). Si bien el tejido poblacional de los tiempos primeros cimentó las bases de una estructura humana definida, con aptitudes naturales para lo que vendría luego, Europa no manifestaría su esencia propia y emblemática, léase civilizadora, hasta el advenimiento de los sucesivos triunfos de la europeidad primigenia; simplificando: filosofía griega, derecho romano y, sobre todo, Cristianismo. Todo cuanto precede a esta triple alianza del espíritu, intelectualmente sintetizada en una obra como el Apologético de Tertuliano, es arcilla nutricia, pero no savia consustancial e inherente al concepto de “Europa”. ¿Es posible definir “Europa”? Sí, pero no/nunca como lo hace la Constitución Europea. Europa es el idealismo de Platón y el dualismo de Aristóteles, la recta moral de Séneca y el legalismo retórico de Cicerón, coronados por la Luz de JesuCristo a través del Magisterio de la Iglesia y la Tradición, desde los primeros Padres hasta San Agustín y sus seguidores. Europa NO es un proyecto colectivo y democrático, sino individual y aristocrático: Europa es el genio, la fuerza y la fe verdadera de los menos al servicio de la ignorancia, la pusilanimidad y la incredulidad de los más: Europa es la liberación de las cadenas del paganismo y su inmersión en las fuentes cristalinas de la Catolicidad; Europa es la Iglesia Católica, la Iglesia Universal de Cristo, Única y Legítima depositaria de la Fe Verdadera. Europa es un hecho histórico consumado e irreversible. Negar esta realidad pétrea de siglos de dorado esplendor es negar a Europa su mismísima esencia.

[3] Y tercero, jamás se “han venido desarrollando los valores que sustentan el humanismo: la igualdad de las personas, la libertad y el respeto a la razón (sic)”. El humanismo nunca hizo nada de eso: de hecho, el humanismo al que aluden estos voceros invertebrados no es tanto el movimiento cultural surgido en la Europa del Renacimiento (cristiano hasta los tuétanos en algunos de sus más destacados exponentes, caso de nuestro Juan Luis Vives), como el otro humanismo (el antihumanismode Sartre y el existencialismo ateo en general, preferiblemente francés), presuntamente fundado en el estudio del ser humano como individuo de razón soberana: “el hombre, si prescinde de Dios, lo único que puede organizar es un mundo contra el hombre” (Henri de Lubac). En cuanto al mito de la igualdad de las personas, no merecería apenas comentarios si no apareciera seguido del concepto de libertad, y es que como ya demostró el preclaro filósofo político Carl Schmitt, a la sazón católico practicante, igualdad y libertad son conceptos antitéticos, de puro incompatibles, en cuanto se repelen mutuamente, sin posibilidad alguna de alianza en el plano de la mera realidad. El respeto a la razón, tercera ocurrencia presuntamente emanada de este falso humanismo, es supuesto que nada significa, de puro vaciado de sentido: bastaría con preguntarse si es respetable la razón por el mero hecho de ser sólo razón, o ¿acaso todas las humanas razones valen lo mismo/merecen el mismo “respeto” en tanto en cuanto humanas razones? ¿Qué demonios nos están vendiendo tras toda esta palabrería estos mixtificadores?

De nuevo, el segundo párrafo del preámbulo, tan categórico como el previo, riza el rizo de la falsificación de la Historia a través de un ridículo discurso pro-Ilustración sin correspondencia alguna con la realidad de los tiempos pasados (ni mucho menos con los tiempos de los sectarios teóricos de la Revolución Francesa). Podemos leer lo siguiente: “Con la inspiración de las herencias culturales, religiosas y humanistas de Europa, cuyos valores, aún presentes en su patrimonio, han hecho arraigar en la vida de la sociedad el lugar primordial de la persona y de sus derechos inviolables e inalienables, así como el respeto del Derecho”. Obviando la última frase (“así como el respeto del Derecho”), todo lo demás es una crema pastelera rosácea para un público adicto a las gelatinas historiográficas. El texto afirma rotundo que está inspirado, nada menos, “con la inspiración de las herencias culturales, religiosas y humanistas de Europa”. Y en virtud de su inspiración, no duda en atacar implícitamente la única-unidad de Europa (que es ante todo y sobre todo unidad de creencia, por ende UNA), vindicando una inexistente diversidad nunca demostrada como elemento de cohesión e integración, subrayado en la afectación de los plurales: ¿Herencias culturales, religiosas, humanistas? Sólo hubo una, quintaesenciada no más: la Cristiana Católica Romana, que preservó el legado previo, amalgamándolo en una síntesis perfecta (puesto que de lo contrario nada habría sobrevivido a la destrucción, pensemos por ejemplo, sin ir más lejos, en la invasión islámica en España y la consiguiente obra civilizadora de la Reconquista: ocho siglos de “restauración” de la estructura dañada por nocivos agentes externos).

El tercer párrafo, también de relleno, perpetúa pareja retórica parda sin salirse un ápice de los eriales de la corrección política: “En el convencimiento de que la Europa ahora reunida avanzará por la senda de la civilización, el progreso y la prosperidad en bien de todos sus habitantes, sin olvidar a los más débiles y desfavorecidos”. Demagogia ultrabarata. Sin comentarios.

Los ridículos últimos párrafos del preámbulo del borrador, masónicos hasta la cerviz, se arrancan tranquilamente las caretas de la infamia en su imposición del totalitario discurso globalista paneuropeo: “En la certeza de que los pueblos de Europa (…) están resueltos a superar sus antiguas divisiones y, cada vez más estrechamente unidos, a forjar un destino común, / Con la seguridad de que, ‘unida en la diversidad’, Europa les brinda las mejores posibilidades de proseguir, respetando los derechos de todos y conscientes de su responsabilidad para con las generaciones futuras y la Tierra, la gran aventura que la hace ser un espacio especialmente propicio para la esperanza humana, / Agradecidos a los miembros de la Convención Europea por haber elaborado esta Constitución en nombre de los ciudadanos y de los Estados de Europa (…)”. La cháchara paneuropeísta de estos perdonavidas, entre humanista y panteísta, resulta insufrible de puro presuntuosa en su afectación: “en la certeza”, “están resueltos”, “unida en la diversidad”, “conscientes de su responsabilidad para (…) la Tierra”, “un espacio especialmente propicio para la esperanza humana”, etc. Hasta llegar a ese colosal “en nombre de los ciudadanos y de los Estados de Europa” (sic), es decir, en nombre de NADIE, o lo que es lo mismo, en nombre del contubernio totalitario y anticristiano impuesto por los amos… Hasta aquí el preámbulo del borrador de la Constitución Europea, llamado Proyecto de Tratado por el que se instituye una Constitución para Europa. Cuanto iba a venir después no haría más que radicalizar dichos presupuestos disolventes.

Hoy, 15 años después de tan aciaga obra de ingeniería social impuesta de espaldas a los europeos de a pie, vemos cómo Europa, la Europa de 2018, es un escenario geopolítico absolutamente diferente al de 2003.El escenario es negro, muy negro, pero no absolutamente negro. ¿Sobrevivirá la Europa realmente existente a la gran debacle genocida tramada contra sus pobladores autóctonos por las oligarquías financieras mundialistas, esclavistas y antieuropeas? NO, si Europa sigue revolcada en las cloacas del hedonismo y el libertinaje que sus nuevos clérigos laicistas le predican e imponen desde las tribunas públicas; SÍ, si recupera al fin el Trono y el Altar, la Santa Cruz y la Devoción a María, y deja por consiguiente de darle la espalda a Cristo.

Urge, por tanto, redefinir cuanto antes el concepto de “Europa”, para así salvar los penates de la Civilización Occidental del gran naufragio planificado por los albañiles del Nuevo Orden Mundial. ¡EUROPA, DESPIERTA!

Para darnos cuenta es suficiente echar un vistazo al fallido Club Financiero que llaman Unión Europea: el penoso embrollo que ha servido sólo para facilitar la invasión islámica, imponernos la estupidez llamada Moneda Única, pagar salarios fabulosos y exentos de tasas y enriquecidos por fabulosos reembolsos de gastos a sus parlamentarios, robar el parmesano y el gorgonzola a los italianos, abolir setenta razas caninas (todos-los-perros-son-iguales, ha comentado desdeñosamente la antropóloga Ida Magli), y a uniformar los asientos de los aviones. (Todos-los-culos-son-iguales.)” (Oriana FallaciLa rabia y el orgullo [2001]).




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https://carlistasdearagon.blogspot.com/2018/08/definir-europa.html





1 de noviembre de 2018

RESEÑA. “Nada… Cosas mías” (2018), de Nino Fernández Cuadrado

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Tras años de expectante espera -y la dispersa publicación de algunos poemas y relatos en revistas-, al fin nuestro amigo Nino Fernández se ha decidido a publicar su primer libro; el resultado está a la vista: Nada… Cosas mías. Título desafiante, indiferente a terceros, sin complejos ni afectaciones: “Nada… Cosas mías”, como suena. Y es que Nino acusa en sus páginas la gravedad de los creadores naturales, sin corsés ni remilgos. ¿Cómo explicar debidamente los brutales “retazos de vida” que golpean escabrosos sus páginas?

         Creador pues extemporáneo, ajeno a cualesquiera contaminación o moda peregrina, Fernández ha tenido la audacia de crear su propio estilo a partir de una intuitiva negación del mero estilo literario, lo que también es una forma de estilo; este estilismo, el más difícil y coherente con nuestro tiempo de disolución, implica entre otras cosas sacrificar la parte por el todo: en pocas palabras, tanto sus narraciones como sus poemas no aspiran a decir “¡mirar qué bien escribo!”, sino a construir un espacio mental turbio y desgarrado, sin referentes morales ni estéticos evidentes: por ende, dichas turbiedades y desgarramientos afectan de lleno a la escritura, que se desarrolla como entre quejidos y gritos de agonía. Escritura de agonizante, diría yo, preñada de malestar e inestabilidad, de escritor condenado a pie de calle, que sabe muy bien de lo que nos está hablando, pues lo vive en sus carnes, lo sufre y lo representa con inusitada pericia gráfica.

         Si hubiera forzosamente que asociar la producción literaria de Nino Fernández a alguna corriente concreta, la suya -para bien y para mal- sería la beat generación: Kerouac, Ginsberg, e incluso Mailer, podrían pasar por ser sus padres naturales; es, lo que el propio Mailer ha definido como “recibir golpes tremendos de parte del propio Yo”. Y en eso Fernández es experto por necesidad: se le puede reprochar a su escritura rudeza, brutalidad y hasta dejadez expositiva, pasajes defectuosos, pero todo esto queda en nada cuando logramos zambullirnos en su gelatinosa turbiedad de callejón sin salida y alcantarillado putrefacto. ¿Qué filosofía late detrás de este mundo nocturno y malsano? La respuesta precisa sólo su autor nos la podría suministrar a ciencia cierta, pero lo que es certero es que la sombra del nihilismo y la desesperación asoman por doquier. Y eso hace que su pensamiento sea hijo de nuestro tiempo.

         El libro se divide en dos partes claramente diferenciadas y un anexo. La primera parte, intitulada jocosamente “Relatos manifiestamente mejorables”, reúne once relatos de muy diverso signo, unos más logrados que otros, mas hijos de un mismo padre: “El Olvido piano bar”, “El Ángel Azul”, “Funeraria Erebo”, “Bajo el signo de Escorpión”, “Cena informal”, “La Confesión”, “El puente”, “¿Qué es el Pasado?”, “Damas en apuros”, “Delios” y “La Reina”. Estos relatos, complejos en su simplicidad y escritos como a trompicones, contienen una filosofía de vida “al límite”, y por ello mismo desarrollan una estética adecuada a su contenido. El mejor de ellos, el más granado a juicio nuestro y también del autor, es el primero (ya publicado hace unos años en un boletín literario): su comienzo, lírico y melancólico al tiempo, se expresa en estos términos:

Tomaba una copa allí en el Olvido, como siempre allí, justo en el momento en que la noche y el día se funden en un abrazo, con la Aurora como resultado…

Es como si el autor nos preparara para un recital de jazz caldeado, en un contexto de distracción y voluptuosidad idóneo para todo tipo de confesiones. Todo el relato lo es, una confesión. La confesión de un hombre ante las intermitencias de la muerte (de una muerte que bien es el anticipo de la propia). El gran narrador galo Louis-Ferdinand Céline no hubiera desdeñado esta pieza, fúnebre como un ataúd acolchado y fría como el acero de la muerte. Ideal como preludio, este relato nos encamina hacia los restantes como la flecha hacia la diana, como el hombre arrojado al mundo se verá cara a cara algún día con la muerte. Los ingredientes de esta rapsodia son suministrados por Nino con efectismos de toda laya: dinero sucio, alcohol limpio, jazz negro, putas sentimentales, drogas duras, drogadictos blandos, asesinos en serie, enfermos terminales, armas de todo calibre, sangre a chorro, remordimientos oníricos, espiritualidad heterodoxa, una catarata de cuchilladas que penetrarán a quien leyere como una enfermedad venérea de imposible curación; duro, muy duro, como una canción de Janis Joplin o una botella de Jhoniee Walker

         Mayor numen creativo manifiesta para nosotros la segunda parte del libro, que acopia los poemarios Delirios de grandeza y Con fecha de caducidad. Dos poemarios que suponen, para quien aquí escribe, los opúsculos más maduros y acabados de su artífice, en cuanto son lo que son, y están bien como están. Ni una coma que añadir. Una suerte de filosofía etílica, como su autor nos indica, destinada a ilustrar códigos, despertar conciencias y abrir nuevos caminos. Aunque insertos en la decadente estética de destrucción del verso libre, los poemas hacen gala de una musicalidad propia, que se magnifica al recitarlos en voz alta, con un ritmo muy peculiar, casi de tiempo de vals. Tomemos como ejemplo la pieza intitulada “Música y velocidad”, de sólo seis versos, en la que el autor, con superlativa seguridad, nos describe un suicidio al volante de un flamante deportivo:

Crescendo de Rossini
Recta larga, sin final
Volumen exponencial
Deportivo rojo,
Máxima velocidad
Billete para la Eternidad.

Se puede ser más lírico, pero no más compacto y contundente. ¿No sienten acaso el impacto del carro contra alguna superficie mortal?

         No menos significativa resulta la capacidad autocrítica de Fernández, su severo cuestionamiento del “oficio” de poeta; en “Presagios” dicha severidad estalla:

Has jugado a ser poeta
Pero… el Olimpo
Ha confundido tu lengua
Reflexiona, aún estás a tiempo
Abandona

         El anexo del libro, inesperado, recopila una selección de cuentos escritos por el autor para su hijo Javier. Es la parte más débil del conjunto, y sin duda supondrá una dura decepción para el lector admirador de “Funeraria Erebo” o “Noches de excesos, pelea en el local”, al tiempo que habrá de confirmar para el resto la variedad de registros de un autor oculto y desconocido todavía del infecto mundillo literario (comercial) de nuestros días.

         Desde este modesto sitio, en fin, nuestra vindicación para Nino Fernández Cuadrado, narrador y poeta de Alcanadre, un autor apto para sibaritas y degustadores de buenos vinos, un creador underground que merece toda nuestra simpatía, y de quien apreciamos el detalle de incluirnos en la lista de agradecimientos de su primer libro. Por todo lo dicho, gracias.

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24 de octubre de 2018

MASONERÍA: Aragón masónico: la casa de un masón decimonónico en Alhama de Aragón (Zaragoza)

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Bien conocida por sus aguas termales y por sus fastuosos balnearios modernistas, la bonita población de Alhama de Aragón (Zaragoza) no está exenta de otros exclusivismos que la tornan lugar muy especial para el sibarita. A pocos pasos de la casa natal del gran compositor de zarzuelas Pablo Luna, nos topamos con uno de estos hitos singulares: la casa solariega de un masón, como suena.


La fachada del edificio acusa una traza tradicional, elegante y esbelta, vigorizada por una jerarquía en alturas que diferencia bien las plantas principales de la superior. Pero es preciso aguzar la vista y detenerse en las marcas del suelo de la primera planta: al mirar con detenimiento dicho zócalo corrido, advertimos una simbología muy familiar: escuadras y compases, niveles y plomadas, mazos, el ankh, la letra G (cuyo valor numérico es 3, y hace referencia al dios-geómetra-arquitecto de los masones), etcétera.


Esta simbología masónica, que seguramente pasará desapercibida para cualquier paseante despistado (como desapercibida ha debido pasar para buena parte de los alhameños), nos saca de nuestro atolondramiento termal y nos devuelve a la realidad del mundo semi-oculto de los arcanos masónicos: la realidad de una masonería operante y altanera, tan segura de su hermetismo que, hará un largo siglo y en un pequeño pueblo de Aragón, no tuvo empacho alguno en mostrar de fachada afuera su iconografía siniestra y herética: el masón propietario de esta casa (piedra perfectamente escuadrada y pulida) manifestó así su superioridad integral con respecto a sus convecinos (incultas piedras sin pulir).  


Nuestra curiosidad expectante quedó satisfecha cuando supimos, por boca de la actual propietaria de la casa, que de la misma "había sido dueño uno de la masonería". Confirmada la evidencia, seguimos nuestro paseo calle abajo.


Alhama de Aragón, 15 de agosto de 2018
(Fotos del autor)