11 de julio de 2018

CTC Aragón - Artículo (19-IV-2018): EL ESCÁNDALO DE LA INCINERACIÓN, UN SIGNO DE LOS TIEMPOS


Artículo procedente de un fragmento (revisado) del prólogo intitulado "Pudridero de almas", procedente del ensayo Europa descristianizada.



De modo alarmante en nuestra decadente España presente, ebria de laicismo y secularización, la inhumación de los cuerpos de los difuntos -y con ella el misericordioso hecho de la cristiana sepultura que todo español merece- está dejando predominante paso a la bárbara moda neopagana de la incineración. Así, tras “aplicarle fuego” (y nunca mejor dicho) al difunto en un siniestro horno crematorio, la cosa será reducir a cenizas dicho cuerpo previa inyección de minutos de calorífica destrucción: he aquí el resultado, drásticamente resumido.

         Pensemos por un momento, mortales como somos, en el cuerpo muerto de nuestro difunto, amigo o pariente. Imaginemos lo que la incineración supondría con respecto a éste, y en un ligero esfuerzo, con respecto a nuestro propio cuerpo: el ejercicio de la violencia sobre el tan depreciado (por el moderno) cadáver, vía la agresión del fuego, “el fuego purificador”, como dicen todavía ciertos materialistas melifluos. Objetarán algunos melindrosos que esta práctica resulta preferible a la licuefacción del humano despojo. Y eso, añadirán otros, sin contar el alarmante problema de la presión demográfica en ciertos lugares del globo, todavía sin evangelizar apenas (como la comunista China o la astrosa India): en un planeta con más de siete mil millones de almas (!) la cuestión del espacio no es cosa baladí: los cementerios, literalmente, están a rebosar; claro que está cuestión es secundaria en España, sin problemas de espacio, al menos en el grueso de sus poblaciones. Mas esos siniestros burócratas de la muerte ajena parecen olvidar que, en efecto, algunos cuerpos de santos, como los gloriosos restos de San Juan Bosco, Santa Catalina de Bolonia, San Camilo de Lelis, Santa Clara de Asís, San Roberto Belarmino o San Vicente de Paúl, tales cuerpos, decimos, han permanecido incorruptos, magníficos y magnéticos en su poderosa presencia física. De haber cremado a estos grandes santos, no conservaríamos sus envoltorios carnales, otrora templos vivos del Espíritu Santo, ni mucho menos nadie acudiría a venerarlos, como en justicia se hace. Frente a esta argumentación nuestra que algún escéptico no dudará en calificar de “impresentable y pueblerina”, el laico cosmopolita embebido de seudo-ciencia y humanismo tolerante, amigo de las carillas dentales y la limpieza de cutis, alegará que la existencia de dichos cuerpos incorruptos no requiere de intervención divina alguna, sino de unas condiciones ambientales peculiares que así lo posibiliten. ¡Valiente explicación!

         Hasta el 5 de julio de 1963, la Santa Madre Iglesia era clara y preclara en esta materia: la cremación presuponía la negación de las Exequias para aquellos fieles que abogasen por el hecho violento del fuego con respecto a su cuerpo. Mas desde el Concilio Vaticano II, esta perspectiva se trocó, tornándose ambigua o meramente difusa, tal y como puede comprobarse en el Código de Derecho Canónico (Canon 1176 § 3), al no prohibirse ya dicha costumbre, tan contraria como en el fondo debería ser a la doctrina cristiana. ¿Una concesión más de la Iglesia a los tiempos actuales?

         En cuanto al hecho mismo de la futura Resurrección de los cuerpos (a la espera de la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo), la cremación no es aquí tema pertinente, de puro inocuo en sí mismo: el “esfuerzo” que a Dios Trino le supone resucitar un cuerpo a partir de una partícula de polvo o de un omoplato abandonado en un osario es el mismo: ¿qué puede haber realmente difícil para Dios Trino? Toda esta cuestión debe pues entenderse como un viraje con respecto a la Tradición, y por ser la cremación contraria como es a la Tradición, está de moda (la cremación): es decir, es chic. Y la modernidad, no lo olvidemos, es un perpetuo ataque a la Tradición, y por tanto a la inhumación, que ya no es vista como mera obra de misericordia hacia el reverenciado cuerpo del difunto, sino como obsoleta y antihigiénica acción, propia de supersticiosos e ignorantes.

         No creen los modernos relativistas en resurrección alguna, de puro alienados como están en la ruda materia que rige sus eones; para ellos las basuras y los cadáveres son una y la misma cosa: material de desecho. ¿Y qué podrían creer ellos, los relativistas modernos, que ubican el alma en alguna región localizada del cerebro? Nosotros les refutamos: la resurrección no es hipótesis peregrina, sino Verdad Una: la Historia nos ofrece algunos ejemplos implacablemente documentados, de puro flagrantes ya incontestables: sirva como botón de muestra la resurrección -por intercesión de la Santísima Virgen del Pilar- de la pierna muerta y enterrada de Miguel Pellicer, formidable milagro acaecido en Calanda (Teruel) el año de 1640, extraordinario por varios conceptos, y que bien nos puede servir como precedente de lo que habrá de ocurrir el Día del Juicio (aunque no es lo que resucita aquí la persona tal cual, sino una parte de ella, concretamente una porción muy considerable de su pierna amputada años ha, rodilla abajo).

         Incinerar a los muertos -salvo en ocasiones de excepción en que la necesidad bien lo requiera: epidemias, contagios, etc.- no es sino bárbara brutalidad, más propia de los antiguos paganos y de los demacrados gentiles del Indostán que de los occidentales tibios e incrédulos de nuestros días. A fin de cuentas, el fin último de la incineración en el mundo moderno no consiste sino en borrar cualquier huella de algo que fue alguien. ¡Borrar! ¡Negar! Y a otra cosa.



Artículo publicado en CTC - Aragón
el 19 de abril de 2018
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4 de julio de 2018

AHORA INFORMACIÓN - Artículo (31-V-2018): "Los sectarios ideósofos (Contra el contubernio antimetafísico imperante)"




Artículo publicado en Ahora Información:
(31 de mayo de 2018)



Es una amarga evidencia que en el grueso de las facultades de filosofía de España la metafísica haya sido prácticamente liquidada. El descrédito de Platón, la lucha encarnizada contra el dualismo de raíz aristotélica, el odio cerril a Nuestro Señor Jesucristo, la burda omisión de la patrología, el ninguneo de la escolástica y la rauda erradicación de la novísima filosofía católica, entre tantos otros males, han terminado por viciar las fuentes filosóficas, envenenando las aguas otrora cristalinas. Los enemigos del espíritu, embrutecidos en la vorágine de su fiebre materialista, han terminado por lograr imponer en las últimas décadas su dictadura totalitaria del pensamiento único a una masa estudiantil desnortada e impotente, incapaz de juicio y de réplica. Un pensamiento lesivo y devastador, fundado en la heterodoxia y en el error, en el regodeo anticristiano y antiespañol, está corrompiendo las humanas mientes a pasos agigantados. Un trasunto de pensamiento bastardo, por ende, que antepone los Epicuros y los Hipias de turno al eximio Estagirita, los más estériles precursores de la herejía y la impiedad a las glorias del tomismo, los enclenques idolillos de la Reforma y sus derivaciones a todos los triunfos de la Catolicidad, culminando cual gran testa imperante tamaña construcción en el triste Immanuel Kant; sí, el gran metafísico luterano con cuya metafísica iban a ser dinamitados los cimientos de la grande metafísica, es decir, la del fundamento intelectual sólido y perenne de la civilización Occidental, compuesta de savia helénica, argamasa romana y luz cristiana. Es una amarga, amarguísima evidencia, repito, que un moderno graduado en filosofía pueda concluir sus estudios reglados sin haber siquiera oído hablar de Tertuliano, de San Buenaventura, de Fox Morcillo o de Balmes; es una amarguísima evidencia. Pero, ante todo, y he aquí lo más relevante, es una amarguísima conspiración urdida contra el bien pensar: la conspiración del desmantelamiento, aniquilación y borrado definitivo de la metafísica como preocupación y pulpa nutricia del horizonte humano. ¿Suena drástico, acaso hiperbólico? Algún ingenuo, enaguachado por los manuales de un Étienne Gilson que todavía se siguen editando, discrepará de este parecer. Aducirá incluso que la metafísica sigue viva, considerada e irreemplazable… claro que el estudio de esa disciplina, os dirá, se reserva especialmente a las más elevadas capas del tejido estudiantil, las de los doctorados, los másteres y demás monsergas de los adictos a la titulitis. Algún ingenuo aducirá esto, y podrá aducir otras muchas cosas, de parecido tenor. Y aducirá mal. Pues la metafísica, le guste o no a ese ingenuo, ya no es el pan nuestro de cada día entre los paseantes de la Academia; no lo es y, sin embargo, debería serlo, pues se puede pasar sin solomillo, pero no sin pan. Mas la metafísica es algo mucho más alimenticio y noble que el pan mismo: es la piedra clave del arco filosófico, la pétrea masa que sostiene el edificio intelectual, el elemento angular sin el cual, todo, absolutamente todo, termina por desmoronarse y venirse abajo para horror y tragedia del género humano. He aquí la gran cuestión: ¿podemos vivir sin metafísica? O mejor todavía: ¿es lícito existir como si Dios no existiera? Los infames conspiradores modernos, ansiosos de aplastar a Dios (y con Él al hombre), bien lo saben: ¡es preciso destruir la metafísica! ¿Cómo? Silenciándola, omitiéndola, borrándola de los más peregrinos planes de estudio. Incluso haciéndola pasar por lo que no es, como se ha podido comprobar en los últimos tiempos: así, se fabrica una asignatura con su mismo nombre, se le adjudican doce créditos o más de todo punto insuficientes, y se rellena ese hueco simbólico e irrelevante con un vacío antimetafísico digno de cualquier parodia de Voltaire o Helvetius. Pero, ¿con qué propósito, con qué fin se hace todo esto? El ingenuo escandalizado pensará que tal propósito no existe, que todo este relato no es sino producto de la mente febril de quien aquí escribe. El ingenuo escandalizado errará, una vez más.

            Y es que una de las más evidentes pruebas del fracaso del sistema educativo patrio, ya desde los más tiernos años de la infancia, es la tendencia perversa a relativizar lo absoluto, a arrastrar por el fango lo más noble y sagrado del horizonte espiritual del hombre; esa tendencia, en una palabra y como diría Donoso Cortés, es la tendencia que apela a destruir el principio de solidaridad por ley natural inherente al propio sujeto, principio en torno al cual se ordenan, en círculos superpuestos y jerárquicos, los demás principios de solidaridad, desde la familia a la patria, culminando en Dios Trino. De este modo y con calculada premeditación operan los negadores: menoscabando la familia, mancillando el nombre de la patria, blasfemando sobre lo más sacro, sea por pensamiento, palabra, obra u omisión, así los principios de solidaridad comienzan a ser erosionados, fragmentados y finalmente pulverizados. Tamaño atropello tiene un caro precio: la pérdida de sentido, y con ella, la huida de la razón hacia ninguna parte. ¡El Todo por la nada! Un claro ejemplo de esta tendencia ha sido la progresiva eliminación del crucifijo en las escuelas españolas: de sobra conocemos el catastrófico resultado de este hecho ni irrelevante ni mucho menos inocente: basta con apartar de la vista al Crucificado para sumir a toda una nación en la apostasía en unas pocas décadas. Ese agudo anglicano lindante con el catolicismo que fue C. S. Lewis ya alertó de uno de los peligros esenciales en su clásico ensayo La abolición del hombre, donde con inequívoco acento inglés desmenuzaba los mecanismos negadores de un sistema de enseñanza inconsecuente, bien que a través del cotejo de unos libros de texto paralizantes y amorfos. ¿Qué diría el agudo Lewis de los terribles libros de texto que sufren hoy nuestros estudiantes? Aproximémonos a cualesquiera libro de texto de filosofía para alumnos de bachillerato. Desde los más abyectos a los más pasaderos, todos ellos, quintaesenciados, abogan por una abolición del hombre a gran escala: la instrumentalización de la filosofía, la deificación del hombre como dueño y señor de su destino, la destrucción de la metafísica, el culto a la religión del progreso de la humanidad y, finalmente, la negación del ser y, con él, la de la Verdad. Los viejos maestros de escuela de la última generación de la España educada prescribían a sus pupilos lecturas tan esclarecedoras y amables como la Introducción a la sabiduría de Vives o El criterio de Balmes; libros de muchos quilates, guías equiparables a la filosofía como la Imitación de Cristo o el Combate espiritual lo han sido desde siglos para la fe católica. Hoy, muchos funcionarios de la enseñanza sin espíritu ni un ápice de luz en la sesera, se complacen enturbiando las mentes de sus alumnos con nulidades del calibre de Más Platón y menos Prozac o Ética para Amador, cuando no es con algún engendro de la peor especie procedente de Francia, ateo e impío preferiblemente; como si estos librillos prescindibles pudieran satisfacer la mente inquieta e impresionable de un joven con ganas de aprender algo de provecho. ¿Aristóteles versus Fernando Savater? ¿El Aquinate frente a Michel Onfray? ¡Cuidado con los modernos!

            Un poderoso hombre de los medios de comunicación así lo confesaba ante las cámaras: “A la sociedad española se le ha dado la vuelta en los diez últimos años como a un calcetín”. Pero, ¿y el sentido común, dónde queda? “Puede ser el menos común de los sentidos”, suscribía una avezada teóloga impregnada de neomodernismo. “Créeme, España ya no es católica en absoluto”, me susurraba al oído un amigo, sacerdote jubilado. La retahíla de sentencias podría eternizarse indebidamente. Frente a todos estos argumentos derrotistas, heridos de muerte por un pesimismo galopante y estéril, los españoles tradicionalistas no podemos sucumbir ni mucho menos arrojar el estandarte a los pies del Goliat macrocéfalo. Es preciso plantar cara al enemigo. Pero, ¿dónde está ese enemigo? ¿Alguien lo ha ubicado en el mapa de la geopolítica? ¿Tiene acaso rostro en un mundo globalizado controlado por el sionismo y sus innúmeros tentáculos? Respiremos sin perder el aplomo: el enemigo todavía no es invisible; el enemigo es. Su grado de perfeccionamiento dista mucho de resultar pleno. El padre de la “corrección política”, ese hombre infausto llamado Antonio Gramsci, ya nos ilustró al respecto sobre las tácticas que los peones del Mal debían perfeccionar para llevar a cabo su obra diabólica sobre el tablero de juego: en efecto, había que entrar por abajo, por la escuela infantil, primaria, asaltando pupitres y desolando cabezas… Allí estaba el frente, el primer laboratorio de ese mundo nuevo de mañana; Orwell, en su famosa distopía 1984, ya habló incluso de una “policía del pensamiento”. Todo esto es bien conocido. Y entre tanto, he aquí el objetivo del Nuevo Orden Mundial, su vil hoja de ruta: colonizar, lesionar y finalmente inutilizar las estructuras mentales del tejido social (aquí escolar), sin otro fin que enajenar al hombre maduro de mañana de sus principios de solidaridad cardinales: familia, patria, Dios. Todo ello en nombre de ese ente inextricable y difuso: la humanidad, lo llaman.

            Con la cuestión filosófica tan trastornada, con la herida abierta de la metafísica sangrando, con el relativismo destructor por bandera, la patria está en peligro, sigue en peligro tras lustros de peligros infiltrados. Es una batalla a muerte entre los negadores del ser y los paladines de la verdad. Las tropas del primer frente son muchísimo más numerosas, y poderosas en lo material, que las del segundo: inundan plazas y avenidas, adhieren doctrinas autodestructivas, se esconden en logias, traman en contubernios, mienten y engañan con sus sonrisas estudiadas y criminales. Pero a las tropas del segundo frente las asiste la verdad y la gracia, es decir, los principios de solidaridad inquebrantables y la ley de Cristo; con eso les basta y les sobra. Ya pueden las tropas del primer frente hacer del vomitorio su confesionario, de la corrupción de costumbres su ideario, del nihilismo ateo su credo reblandecido y totalitario. Ya pueden sobresaturar los libros de texto de párrafos contradictorios, de imágenes ambiguas, de ejercicios vacuos para así licuar los cuerpos y las almas de las nuevas generaciones. Nada pueden hacer ni contra la verdad ni contra la gracia, nada, puesto que como ya sentenció para la eternidad el primer gran metafísico, Parménides, el ser es. Y ellos, a fin de cuentas, no son nada, absolutamente nada.


31 de mayo de 2018

CTC Aragón - Artículo (27-V-2018): LA MASACRE DE LOS INOCENTES: IRLANDA VENDE SU ALMA AL DIABLO







Artículo publicado en CTC - Aragón
el 27 de mayo de 2018




 La democracia celebra el culto de la humanidad sobre una pirámide de cráneos.

NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA


Lo ocurrido este fin de semana en Irlanda supone una nueva victoria del Anticristo (y ya van demasiadas) en este devastado suelo que llamamos Europa.
La abyecta prensa globalista, con las manos visiblemente empapadas en sangre de nonato, ha difundido el nuevo infanticidio irlandés con titulares tan viles y triunfalistas como los siguientes: “La gran victoria del ‘sí’ en la consulta del aborto reafirma a la nueva Irlanda” (El País) o “Irlanda culmina su «revolución silenciosa» y dice «sí» al aborto” (ABC); sin omitir algunos de carácter manifiestamente putrefacto en su miseria moral: “Fracasa la "sucia" campaña de los "provida": Irlanda vota sí a la reforma del aborto” (El Confidencial). Estos botones de muestra extraídos de la más pestilente basura periodística meramente ejemplifican cuán perverso ha sido el apoyo del Cuarto Poder a esta campaña financiada por los promotores del Nuevo Orden Mundial, entre ellos el reconocido terrorista global George Soros, quien a través de su criminal fundación ha inyectado sustanciosas cantidades de capital en la pequeña nación gaélica, infectando las mentes del pueblo llano de pornomarxismo químicamente puro. Bastaba ver los rostros enajenados de los “vencedores” (esa masa alienada de voceros anónimos, muchos de ellos [haríamos mejor en decir ellas] llorando de emoción) para confirmar cuán degradada está la Irlanda de las nuevas generaciones, una Irlanda que ha salido de la Catedral para ir directita al matadero de los puercos.  
         Pero lo más aterrador e inquietante del asunto ha sido el proceso legitimador de éste: un referéndum, incentivado y promovido además por los mismísimos partidarios del “no”, es decir por la supuesta facción provida; al depositar su fe en el ritual diabólico de la democracia, la manzana ha quedado visiblemente mordida: así, el resultado ha manifestado en toda su crudeza lo pernicioso de su ocurrencia: rebajar el valor de la vida, absolutamente innegociable, a cuestión opinable por la vía de las urnas.
         Podemos ver aquí, con claridad meridiana, cómo la democracia mata, y lo hace con un ensañamiento insólito, cobarde, canalla. Esta nueva masacre de los inocentes, de los más débiles e indefensos, ratifica por enésima vez la deriva autodestructiva de esta Europa lobotomizada y criminal, que se regodea en el fango de su propia podredumbre con sorprendente jocosidad. Al pueblo irlandés no le ha sido impuesto el crimen por la fuerza: ha sido el propio pueblo (o mejor dicho, ha sido ese 66 % del cómputo, de reminiscencias satánicas en lo numérico) el que ha decidido mancharse las manos con sangre de bebés humanos sacrificados en la pira neopagana de la diosa democracia. El retroceso es increíble.  
Irlanda, tras este baño de clamor popular, rubrica la evidencia de que ya no es católica: Irlanda pasa así a formar parte de las naciones genocidas, pero no por la fuerza (como en el caso de España, donde dicho crimen nos vino impuesto), sino por obra y gracia de sus propios pobladores, los nuevos irlandesitos lúbricos, desinhibidos y embrutecidos por la mentalidad pornoterrorista imperante en la vieja Europa.
¿Qué será lo próximo, tras la inminente legalización de la eutanasia? ¿Acaso la legalización de la pedofilia? ¿O de la necrofilia? ¿Tal vez del canibalismo? El genocidio blanco sigue su “hoja de ruta”. Es sin duda el castigo que la Civilizadora Europa merece: el precio de su apostasía.


La realidad del aborto: 
el gran GENOCIDIO de nuestro tiempo.

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25 de mayo de 2018

CTC Aragón - Artículo (5-V-2018): LAS TRAMPAS DEL LAICISMO EN LA EDUCACIÓN: UNA AMENAZA A LA LIBERTAD






Artículo publicado en CTC - Aragón
el 5 de mayo de 2018




Propaganda laicista: entre el trazo grueso y la necedad.




La enseñanza irreligiosa es contraria a las relaciones trascendentales del hombre y, por lo tanto, al hombre mismo.

VÁZQUEZ DE MELLA


Cuestión candente aunque ya vieja, mas no desgastada, en estos tiempos de libertinaje y pecado maximizados, es ésa del laicismo en el sistema educativo español. Cuestión también polémica, sí, pero cardinal para comprender la deriva autodestructiva hacia la que se encamina nuestra patria, España.

El docto pedagogo P. Ramón Ruiz Amado, S. J., en su esclarecido libro de conferencias intitulado Los Peligros de la Fe en los actuales tiempos (1905), alertaba de dos tipos de laicismo en la educación, invariablemente nefastos para el cultivo integral y la formación del hombre, a saber:

1) El laicismo positivo (o la escuela contra Dios), de carácter directamente blasfemo e impío, “que -en palabras del autor- educa a los niños en el odio a los ministros del Señor, en el escarnio de las cosas santas, en el desprecio satánico del mismo Criador”; y

2) El laicismo negativo (o la escuela sin Dios), fundado en una tibieza enclenque y miserable, puesto “que -al decir de Ruiz Amado- no enseña a aborrecer a Dios, pero tampoco enseña a amarle; que no predica el odio al sacerdote, pero no le infunde la veneración debida; que no reniega manifiestamente del Cristianismo, pero no se preocupa por formar en el corazón del educando, los sentimientos cristianos” (p. 137).

Leídas y asimiladas estas definiciones, y a ciento trece años de su impresión, uno se estremece al comprobar qué distantes quedan los tiempos del benemérito P. Ruiz Amado de los nuestros: en poco más de un siglo, España ha dado la espalda a este tipo de graves cuestiones, que cree estimar “superadas”. Escuelas públicas, pero también concertadas e incluso privadas de signo religioso, unas en mayor grado que otras, caminan en la misma dirección: el borrado definitivo de Dios Trino del humano horizonte, en un Estado que se dice aconfesional, pero que a efectos prácticos nada tiene que envidiar a los laboratorios laicistas más tenebrosos, de los que la antaño católica Francia es hoy tristísimo ejemplo.

La amenaza laicista, en cualquier caso, presupone una gran amenaza a la libertad del hombre, por cuanto implica las siguientes lacras, en cuyas trampas totalitarias la multitud ciega e inculta está cayendo:

a) La educación laicista rebaja la dignidad del hombre dotado de un alma inmortal que perfeccionar y salvar, a la escala del animal bípedo privado de ésta, aferrado a sus limitaciones corporales, instintivas o meramente bestiales.

b) La educación laicista fija sus fines en la(s) inteligencia(s) del sujeto, al tiempo que omite de su plan el sano cultivo de la voluntad y el corazón humano; ¿acaso podría bien-formarse el corazón del niño con una educación sin Dios?

c) La educación laicista apela a la razón (llenándose la boca “en nombre de la razón”), mas incurriendo en toda clase de atropellos e imposturas contra la mismísima razón, de modo que su presunto racionalismo es poco menos que un impulso irracional salido de su ignorantismo sectario y cristófobo.

d) La educación laicista niega a Dios para así humillar al hombre, depreciándolo cual nulidad accesoria, tabla rasa no creada por Dios y para Dios, sino para los fines depredadores del Estado.

e) La educación laicista destruye lenta pero inexorablemente los principios de solidaridad propios de la Verdad Católica, creando a lo sumo una multitud enajenada de resentidos, ególatras y abandonados a su suerte. La negación de Dios conlleva a su vez la negación del alma humana, la negación de la familia con todos sus vínculos naturales, la negación de la patria como unidad soberana plena de sentido, la negación en suma de la prístina realidad misma.

f) La educación laicista atenta contra el libre albedrío del hombre, perdiendo las almas en las tinieblas del determinismo animal o las conductas predeterminadas impuestas por el sistema manipulador a partir de las éticas ateas de temporada (la voluntad como árbitro de nuestras acciones deliberadas pasa a quedar alienada en las coyunturas laicistas dominantes).

g) La educación laicista no educa para la obediencia sino para la grosera libertad. Al abolir el principio jerárquico del plan educativo, al fomentar el burdo relativismo del “todo sin Dios”, la educación laicista dinamita la Ley Eterna y con ella los cimientos del Derecho Natural, emanados de dicha Ley.

h) La educación laicista, en consecuencia, no educa para la verdadera Libertad, sino para el servilismo, entendiendo dicho servilismo como real servidumbre y sumisión hacia lo contingente e inferior. 

i) La educación laicista, en fin, es un instrumento utilísimo del Maligno para condenar al fuego eterno al mayor número posible de almas, masa de perdición.

El laicismo educativo de nuestros días, harto radicalizado, implica una clara mixtura de laicismo positivo y laicismo negativo: la escuela sin Dios convive con la escuela contra Dios. Por ende, el dualismo laicista analizado por el P. Ruiz Amado ha quedado, de este modo, superado y atravesado por un laicismo radical propicio para la destrucción del pueblo español (en base a su apostasía social, desencadenada tras las previas agresiones laicistas).

Como podemos vislumbrar, el laicismo en la educación no es tanto una garantía como un menoscabo, un triunfo como una trampa, una conquista cuanto un retroceso. Conviene decirlo alto y claro: el laicismo en la educación es una amenaza a la libertad, puesto que como ya dijo nuestro llorado maestro, “la enseñanza irreligiosa es contraria a las relaciones trascendentales del hombre y, por lo tanto, al hombre mismo” (Mella). 

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6 de mayo de 2018

CTC Aragón - Artículo (28-IV-2018): PERIODISMO Y DESINFORMACIÓN, UNA SINIESTRA SIMBIOSIS


Artículo publicado en CTC - Aragón
el 28 de abril de 2018




Atrás quedaron los tiempos en los que la masa indiferenciada del público vernáculo recibía las noticias emitidas por la prensa periódica como material fiable. En su obra clásica El criterio (1843), el P. Jaime Balmes ya alertaba al lector de los peligros generados por estos “hacedores” de noticias; esta obra también invitaba al lector a discriminar debidamente entre los conceptos de verdad y veracidad, potencialmente antitéticos; en palabras de Balmes: 

La verdad y la veracidad son cosas muy diferentes: la verdad es la conformidad del juicio con la cosa o palabra; la veracidad es la conformidad de la palabra con el pensamiento. Está lloviendo, y Pedro dice que llueve: en su proposición hay verdad, porque hay conformidad con la cosa. Pedro lo dice y lo piensa así: hay acto de veracidad. Llueve; Pedro no lo ha visto, cree que no llueve, y sin embargo dice que llueve: en su palabra hay verdad, mas no veracidad. No llueve; pero Pedro cree que llueve y así lo afirma: entonces hay veracidad sin verdad. La verdad es a la veracidad lo que el error a la mentira. Son cosas enteramente distintas, la una puede estar sin la otra”. 

Conviene traer a colación estos conceptos de verdad y veracidad, pues de lo contrario no entenderemos nada de lo que está pasando a nuestro alrededor. Noticias inexistentes, inventadas, de sucesos que nunca tuvieron lugar o fueron sobredimensionados hasta lo insospechado, irrumpen aparatosamente en los medios; otras, muy reales (como la terrible persecución de los cristianos en el mundo a manos del islamismo), son ninguneadas o simplemente silenciadas: no son noticia, salvo de tarde en tarde, y en unas dosis homeopáticas.

            Por su propia naturaleza instrumental y envilecida, el periodismo siempre ha apuntado muy bajo, y esta tendencia no podía pasar inadvertida a los espíritus más despiertos (el P. Balmes, también él periodista, sólo fue uno de los primeros espíritus alerta en denunciarlo). Mas en nuestros días, inmersos en el siglo XXI, todos los vicios y defectos del periodismo se han acentuado sobremanera (exceptuando, eso sí, a los pocos medios periodísticos de tendencia honrada y objetiva que van quedando, y que en una muestra de valentía y legalidad meritoria, no han sucumbido a la dictadura masónico-globalista que dirige desde arriba el Cuarto Poder).

            En una de sus jugosas conferencias apologéticas (publicada en Los Peligros de la Fe en los actuales tiempos, 1905), el P. Ramón Ruiz Amado imputó al periodismo tres caracteres que lo hacían bien distinguible de cualquier otro género literario, a saber: 

1) la condición de los escritores; 
2) la disposición de los lectores; y 
3) los designios de ciertas empresas periodísticas. 

Estos caracteres se mantienen estables. Pero vayamos por partes:

            1) La condición del periodista-escritor: el trato diario con las más graves cuestiones supondría, para su digno abordaje y comprensiva explicación, profundos conocimientos de las más variadas parcelas del saber, tales como el derecho, la política, la economía, la jurisprudencia, la historia o la religión. Pero, ¿qué periodista devenido lacayo del sistema goza de tal preparación en nuestros días? La reflexión serena, el recto juicio crítico fruto del frecuente contraste de fuentes, la sabia hondura de pensamiento, por ende, rara vez acompañan a los periodistas de oficio, habitualmente plumíferos inconsistentes o cacógrafos sin aspiraciones reales por conocer la verdad, tal y como minuto a minuto nos confirma la prosaica realidad: medios de desinformación masiva, manipuladores con oscuros propósitos, testaferros avezados de las más modernas técnicas de lavado de cerebro, profesionales del doble discurso, de la ambigüedad, del discurso de la demonización del adversario, en fin, del monopolio de la mentira oficial al precio que sea. La carrera del periodista y su porvenir en la profesión se presentan de este modo bajo dos banderas antagónicas: o la sumisión al sistema o, por el contrario, el ostracismo y la marginación. En esta tesitura, bien se puede afirmar que el genuino y legítimo periodismo sólo puede hacerse desde la disidencia.

            2) La disposición de los lectores, que a fin de cuentas no será otra que la que el sistema inocule en el cuerpo social a través de sus maniobras de desinformación, con un incremento progresivo de la debilitación del juicio; de este gran problema ya advirtió en su día el filósofo e historiador holandés Johan Huizinga en el más crepuscular y amargo de sus libros (Entre las sombras del mañana, 1935), donde podemos leer un fragmento como el siguiente: 

En nuestra vida colectiva actual abundan síntomas inquietantes, que podríamos englobar bajo el nombre de “debilitación del juicio”. ¡Gran desengaño éste! Jamás en toda la historia ha estado el mundo mejor informado de sí mismo, de su índole y de sus posibilidades. Nuestros conocimientos son mucho más objetivos y sustanciosos […] El ser humano se conoce a sí mismo y su mundo mejor que nunca. Positivamente el hombre se ha vuelto más juicioso. Más intensamente juicioso, por cuanto el espíritu ahonda más en la coherencia y en el estado de las cosas; más extensamente juicioso, por cuanto sus conocimientos se extienden uniformemente sobre un territorio mucho mayor. Pero, ante todo, es ya muy grande el número de personas que poseen cierto grado considerable de conocimientos. La sociedad, tomada como ejemplo abstracto, se conoce a sí misma. El “conócete a ti mismo” ha valido siempre como la quintaesencia de la sabiduría. Así, pues, parecería irrefutable la conclusión de que el mundo ha ganado en cordura. […] Estamos mejor informados. Y, sin embargo, nunca como hoy la necedad ha celebrado tales orgías en todo el mundo, la necedad en todas sus formas, la baladí y la ridícula, la malvada y la perniciosa. Ahora la necedad no sería ya tema de discusión graciosa y sonriente para un humanista de nobles pensamientos y graves preocupaciones, como Erasmo. La infinita locura de nuestro tiempo debe ser observada como una enfermedad; hay que descubrir sus síntomas desapasionada y objetivamente; hay que buscar la índole del mal y, al fin, encontrar medios para su curación”. 

Esta debilitación del juicio referida por Huizinga nos sume en una preocupante coyuntura: ¿cómo reaccionar ante esta agresión planificada? ¿Cómo parar el golpe? En un deseable supuesto, el lector más competente sería pues aquel que más serios esfuerzos hiciese por informarse bien (léase contrastando las más diversas fuentes, con un cierto afán de encontrar la verdad allí donde en apariencia sólo hay veracidad). Ni que decir tiene que este tipo de lector es el más anómalo, y que el grueso del público acostumbra conformarse con el primer enfoque periodístico que le sale al encuentro (preferiblemente vía televisión o Internet).

            3) Los designios de ciertas empresas periodísticas: dichos designios, insertos en las redes del tráfico de influencias del Nuevo Orden Mundial, no son sino los mismos planes del discurso globalista imperante, planes a los que los grandes medios se adhieren con sumisa complacencia. En palabras de la periodista disidente Cristina Martín Jiménez, autora del libro Perdidos (2013): 

La libertad de prensa es a la democracia lo que el agua es al árbol. Este no puede vivir ni crecer correctamente sin ella. […] Más bien, el cuarto poder se ha rendido al llamado quinto poder, al fáctico, al invisible. Este usa los medios de comunicación social, la publicidad, el cine, el arte y a los famosos o celebrities, sean estos conscientes o no, como eficaces herramientas propagandísticas para persuadir sutilmente a la opinión pública según sus intereses. Paradójicamente, en la llamada sociedad de la información es más difícil que nunca estar informados y eso provoca el punto de ruptura con lo real, la causa por la que las personas están perdidas”.

            Vemos pues cómo periodismo y desinformación van de la mano en tan tenebroso proyecto de dominación sionista global. En manos del lector está protegerse de tamaña amenaza, pues los peligros que acechan en este sentido al español y a España son, no ya enormes, sino indescriptibles.

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