5 de marzo de 2014

ARTE. Sobre 'Las Meninas' de Pablo Picasso: Picasso-Velázquez, o el diálogo en el tiempo

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La figura y la obra del malagueño Pablo Picasso (1881-1973) resultan lo suficientemente engorrosas como para desorientar al historiador atento al orden cronológico. Y es que este camaleón del arte, tan impredecible en su discurrir artístico como genial en sus múltiples ambivalencias estilísticas, supone algo más que un artista encasillable en alguna corriente determinada. Creador de las mil y una caras/máscaras, Picasso, a fuerza de desarrollar todos los estilos, carece de un estilo identificable, en tanto que todas sus obras están dotadas de varios “estilo(s) Picasso”. Sus mutaciones, en este sentido, no dejan lugar a dudas: academicista, postimpresionista, primitivo, cubista, surrealista, neoclásico, postmoderno, Picasso se sumerge de lleno en la Historia del Arte, haciendo y rehaciendo sus asuntos con un aplomo y una inventiva inauditos. Inútil pretender abarcar, siquiera en síntesis, sus múltiples exploraciones[1].
            En lo que respecta a este artículo, nos centraremos en el análisis de una de sus entregas postreras más importantes: su peculiar homenaje/reinterpretación de/sobre Las Meninas, obra[2] de 1957 cuyo inequívoco referente es la tela homónima de Diego de Silva y Velázquez (1599-1660), y que Picasso somete a un peculiar diálogo espacio-temporal de asombrosa complejidad conceptual.
            Para que este diálogo entre Picasso y Velázquez se concrete en algo consistente, viajaremos al pasado. Tres siglos, en efecto, separan la reinterpretación de Picasso del original velazqueño: en 1656, pocos años antes de su fallecimiento, Velázquez pintó la que iba a ser su obra más reconocida[3], uno de los hitos cimeros del arte universal y que bajo la apariencia de un enorme óleo sobre lienzo de 3,19 x 2,76 m., responde al título de Las Meninas[4]. Partiendo de la realidad objetiva de esta obra concreta, Picasso tenía dos opciones: el camino pasivo/admirativo, impropio en él; o el camino del diálogo y la decodificación, de la revisión personalista a la que tan adepto era. Optó efectivamente por la segunda opción, sometiendo a examen la obra.
            Si se examina la representación del cuadro, en su nivel más elemental, se descubrirá no tanto el contenido temático como el juego simbólico, e incluso paradójico, al que conduce la escena en sí misma[5]… Picasso fue plenamente consciente de esto: la escena que representa la obra se desarrolla en el entonces estudio de Velázquez, en el mismo Alcázar Real, una enorme habitación que antes había formado parte de las dependencias del difunto príncipe Baltasar Carlos. El tema del cuadro ha sido objeto de muchas interpretaciones y es uno de los misterios más sugestivos que plantea esta obra: en apariencia parece reflejar un hecho sencillo, de fácil explicación, pero la escena llega a resultar inquietante e incita a la reflexión. En el cuadro se mezclan diversos géneros tradicionales como: (1) el autorretrato del propio artista; (2) la pintura de grupo cortesana; (3) la escena costumbrista de interior; y (4) el cuadro de interior en su más amplio sentido. Mas la selección y disposición de las figuras, su colocación en el enorme espacio, su ambientación y, sobre todo, numerosos detalles difíciles de comprender/aprehender, le dan ese toque inefable que hace de Las Meninas una obra singular. Estamos, en pocas palabras, ante una composición “perfecta”, que no deja lugar a las medias tintas. Y la pregunta se desencadena por sí sola: ¿qué necesidad tenía Picasso de abordar un tema así desde su propia perspectiva? La respuesta parece sencilla: el diálogo entre las épocas, las técnicas, el conflicto de las formas a la luz del sentir de la modernidad, del siglo XX en su sentido más profundo.
Picasso parte de la evidencia de que para conocer el Todo será preciso recurrir a las partes: sólo familiarizándonos con ellas podremos entrever la totalidad con cierta nitidez. Primero están los personajes: en el cuadro podemos ver a los siguientes individuos, algunos de ellos de dudosa identificación[6]: a la izquierda de la pintura, (a) Velázquez -de pie con la paleta en la mano y unos largos pinceles, se encuentra frente a un enorme bastidor, en actitud de pintar-; frente a él, y semiarrodillada en el suelo, se halla la menina (b) Agustina Sarmiento que, de modo reverente, le tiende a la infanta (c) Margarita una pequeña jarrita de barro sobre una bandeja de plata; junto a la infanta, se nos muestra otra menina, la joven (d) Isabel de Velasco; detrás de ésta última, en la penumbra, (e) Marcela de Ulloa, con hábito monjil, y un guardadamas, (f) Agustín de Velasco; apoyado en el quicio de una puerta que se abre hacia otra dependencia está, como a punto de salir de la escena, la figura del aposentador de la reina, (g) José Nieto de Velázquez. En un primer plano, tumbado en el suelo y en actitud indiferente, reposa un enorme (h) mastín al que un niño o un enano, que ha sido identificado como el bufón (i) Nicolasito Pertusato, le pone un pie encima con ánimo de provocarlo; por último y junto a él, un paso más retrasada, se encuentra la bufona macrocéfala (j) María Bárbola, vestida de azul. Pero no se acaban ahí los personajes presentes: una atenta observación nos permite apreciar las imágenes de los reyes (k) Felipe IV y su (l) esposa reflejadas en el espejo, que se halla al fondo de la estancia.
Picasso, con inusitada pericia lectora, restituirá por medio de su revisión a cada personaje su entidad significativa: así, y a la luz de una técnica que bebe tanto del cubismo analítico basado en el análisis fragmentario de la realidad visual) como de las formas del período negro (destilación de los rasgos característicos del arte de los llamados pueblos primitivos, con sus máscaras e ídolos ferozmente sexuados), Picasso modificará el soporte: el formato vertical del original será sustituido por un formato horizontal, anulando de este modo uno de los aspectos más peculiares del cuadro: su “aire”[7]. A partir de aquí -y siguiendo la tela canónica del tema-, el malagueño introducirá elementos nuevos, aumentará o disminuirá el tamaño de los personajes (el más ensalzado es, con diferencia, el propio pintor, agigantado con el paso del tiempo[8]), dejará algunas partes a medio acabar, someterá el juego lumínico al cromatismo expresionista del Guernica... Lo más evidente, por lo demás, resultará el nuevo tratamiento espacial. En la tela de Velázquez, la dependencia es enorme y sin otro mueble que el enorme bastidor del cuadro que el artista está pintando: más de la mitad de la escena está ocupada por la visión de la cámara, sumida en la sombra, aunque las ventanas laterales y la puerta del fondo permiten la entrada de luz; podemos ver un alto techo en el que se vislumbran dos cuelgalámparas (objetos que Picasso conserva en su versión canónica) y en la pared del fondo varios cuadros junto al espejo (que en la reinterpretación se empequeñecen considerablemente, detalle en absoluto gratuito, tal vez incluso crítico[9]). Pero Picasso va más allá de estos paralelismos de fondo.
            La interpretación tradicional de lo que significan Las Meninas de Velázquez, en cualquier caso, fue realizada por Palomino en el siglo XVIII y explica que el pintor está retratando a los Reyes, que ocuparían el espacio del espectador y que por eso se reflejan en el espejo del fondo. Sánchez Cotán aclara que mientras los reyes están posando, entra en el taller la infanta Margarita a curiosear el trabajo, tiene sed y sus damas tratan de servirla. Esta idea de que el cuadro refleja como una instantánea fotográfica un momento en la vida de palacio -de aquí su intemporal “modernidad”- ha contado con numerosos seguidores que han aceptado esta explicación con pequeñas variaciones; por ejemplo, para J. Brown[10], la infanta Margarita ha acudido a ver trabajar a Velázquez, tiene sed y ha pedido agua, elemento que le ofrece una de las meninas en un búcaro rojo; los reyes entran en el aposento y se reflejan en el espejo del fondo. Algunos de los personajes ven su entrada y levantan la vista, que se proyecta fuera del cuadro. Velázquez también se percata de la presencia real, pero no ha tenido tiempo de reaccionar. La infanta ha estado entretenida viendo a Nicolás Pertusato jugar con el perro, y mira de repente en dirección a sus padres, por eso aparecen dislocadas la posición de su cabeza y la dirección de su mirada. Por tanto, los reyes están físicamente presentes en la habitación, aunque Velázquez no los está pintando. Esta idea parece probable sobre todo si tenemos en cuenta la enormidad de la tela que el pintor tiene ante sí, excesivamente grande para un retrato de pareja. Por otra parte, no se conoce que Velázquez realizara ninguna pintura de los dos monarcas juntos, pero entonces salta la pregunta inevitable: ¿qué está pintando Velázquez? El mismo Brown sostiene que el artista está pintando Las Meninas, el mismo cuadro que contemplamos. La tesis parece sugerente y encaja con la concepción de la pintura barroca como un juego entre la realidad y la ficción, cual intento de pretender engañar al espectador[11].
            Fiel a los parámetros de la retórica barroca, Picasso reinventa Las Meninas dando un paso más allá: el extrañamiento distorsionador. Para ello, Picasso muda su imprevisible personalidad artística y deviene Picasso-Velázquez, sometiendo al cuadro original en una suerte de tema, al que él aplica una serie de variaciones. Se trataría de algo así como el ejercicio musical más elevado: las variaciones. Tomemos como ejemplo las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach, donde el genial compositor barroco, a partir de un tema, configura a lo largo de 30 variaciones y una coda, uno de los monumentos capitales de la música para tecla. Sobre parejas premisas, Picasso toma el consabido y excelso tema (Las Meninas de Velázquez) y despliega/pinta 58 variaciones/telas. De este modo, Picasso consigue lo insólito: que el cuadro de Velázquez, y por extensión su estilo “velazqueño”, se parezcan a él (Picasso), y no al contrario.  
            En Las Meninas de Velázquez nos encontramos con muchos de los artificios que la pintura europea venía ensayando desde la Baja Edad Media para recrear la realidad: el punto de partida de Velázquez[12] es concebir la escena dentro de un cubo. Picasso mantiene esta convención, pero trastorna por entero el espacio mismo, recrudeciendo de un modo casi alegórico el ambiente. Si el cubo recibe luces focales, y las figuras se disponen en su interior dejando vacíos, Picasso aplana el estudio de perspectiva de Velázquez, quien ensayaba aquí la perspectiva fugada (la colocación de figuras y muebles en diferentes planos facilitan la sensación de profundidad, mientras que el cubo abre su cara frontal hacia nosotros de modo que podemos ver su interior como si fuera una escena de teatro).
            Otro aspecto que Picasso minimiza, aunque mantiene, es el recurso del espejo: por medio del mismo se ven reflejados en el cuadro personajes que están fuera de la escena, como contemplando la composición teatral (recordemos el Matrimonio Arnolfini).
            En cualquier caso, Picasso, consciente de que el problema de la representación de la realidad en pintura ha quedado obsoleto (la fotografía, no lo olvidemos, torna inútil la pintura figurativa desde una perspectiva progresista), refunde algunos recursos clave del cuadro en otras modernas técnicas, siempre en aras de la pura expresión: la apertura de una puerta o ventana al fondo que prolonga la perspectiva es un engaño al que ya recurrió por primera vez Giotto en la Capilla de la Arena de Padua y que, posteriormente, explotaron los pintores del Renacimiento, pero que en Velázquez rige la entidad lumínica de la obra[13], mientras que en Picasso encierra el centro del enigma implícito del cuadro: la silueta negra del aposentador. Es el punto al que (inconscientemente) va a parar la mirada del espectador. Con inusitada pericia, Picasso destila la esencia de la obra y, cual si de una radiografía se tratase, nos muestra el esqueleto del cuadro original, sus elementos simbólicos de aprehensión psicológica. De aquí su valía estética, su comunión con los tiempos: Picasso se confirma de este modo como precursor pictórico de la postmodernidad y la deconstrucción.


NOTAS
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[1] Para un conocimiento aproximativo de la obra del autor, véase el Catálogo Museo Picasso Málaga, T.F. Editores.
[2] Realmente obras, pues Picasso pintó varias versiones del mismo tema, produciendo en consecuencia una prolífica serie de telas -58 en total- y estudios dedicados a Las Meninas de Velázquez. Para el presente estudio recurriremos a la versión considerada canónica, y que puede verse en la parte superior de la presente página.
[3] Seguida de muy de cerca por su otra gran obra maestra, Las Hilanderas (1658), un trabajo de factura todavía más audaz, si cabe; estas dos telas, Meninas e Hilanderas, suponen, junto a las otras cinco o seis obras maestras absolutas del pintor (La fragua de Vulcano [1630], La rendición de Breda [1635], el Cristo Crucificado [1639], el Retrato de Inocencio X [1651] y, si se quiere, la Vieja friendo huevos [1618] y la premonitoria Vista del jardín de la Villa Médicis, en Roma [1634]), los más eximios ejemplos de Perfección-sin-concesiones en la carrera de este especialista en obras maestras. A tenor de estos monumentos, la identificación de Picasso con su maestro resulta evidente: el mayor pintor español del siglo XX enfrentado al mayor pintor español del XVII.
[4] La duda, con todo, dominó por un tiempo la realidad material de la obra: en el inventario del Alcázar de Madrid, realizado en 1666 por Juan Bautista del Mazo, a la sazón el yerno de Velázquez, se describe este cuadro como “el que representa a la infanta Margarita con sus damiselas de honor y una enana”, entre otros títulos precarios en los que, empero, se destaca la figura de la Infanta sobre la de los restantes personajes. Con posterioridad se la denominó La familia de Felipe IV, y en el inventario del Prado que hace el pintor Madrazo en 1834, recibe ya el nombre por el que hoy es mundialmente conocido, Las Meninas, en alusión al apelativo amable con el que se designaba a las pequeñas damas de honor de las infantas de España.
[5] Sin embargo, tales sofisticaciones eran poco frecuentes en la época de Velázquez: hoy por hoy, sometidos a la hipertrofia de las imágenes inconexas, dejamos pasar por alto una complejidad en la representación de la tela que a sus coetáneos no debía de parecerles tal; sobre este aspecto, véase el artículo de John R. Searle “Las Meninas y las paradojas de la representación pictórica”, así en MARÍAS, F. (ed.), Otras Meninas, Madrid, Siruela, 1995, p. 103 y ss.
[6] Recurrimos aquí a la feliz síntesis de Eudaldo Casanova, así en CASANOVA, E.: Introducción a la Historia del Arte (Segunda Parte) [edición del autor], pp. 111-114.
[7] Uno de los grandes enigmas de la obra es su “aire”: en una peculiar encuesta realizada al literato-cineasta Jean Cocteau y al pintor Salvador Dalí, un periodista preguntó a los mentados: “¿Qué salvarían del Prado en caso de incendio?”: Cocteau, fiel a sus ideales surrealistas, respondió con aguda ironía: “Yo salvaría el fuego”; Dalí, más profundo, más analítico, añadió: “…el aire de las Meninas”. Mero apunte.
[8] Al lado de la figura de Velázquez pintada por Picasso en su versión del cuadro, los restantes personajes no parecen sino meros comparsas de una función que, en su significado último, tenía una clara connotación jerárquico-intelectual: todo el significado de la obra descansa en el propio autorretrato del pintor, que se muestra del modo más familiar junto a la familia real proclamando así, de manera inigualable, que el arte no es un mero oficio mecánico sino una actividad liberal que puede ser desempeñada por alguien de noble condición; véase MARÍAS, Fernando: “El género de Las Meninas: los servicios de la familia”, en Otras Meninas, Madrid, Siruela, 1995, p. 269: “…debía de ser para Velázquez imperiosa la necesidad de retratar al rey y demostrar que la pintura, al servicio del monarca, era la justificación -liberadora- de su quehacer menestril, mecánico. No olvidemos que en ese periodo de su vida, Velázquez intentaba denodadamente lograr el hábito de una orden militar que no sólo lo elevara al estamento nobiliario, sino que también lo situara al nivel de los grandes artistas, recompensados con un título de caballero”. La vida de Velázquez estuvo consagrada a la pintura, a su afán por ascender de clase social. Las Meninas se convirtieron pues en una exposición ideológica relativa al estatus social del arte de la pintura: con ella el pintor proclama su derecho a ser igual a los nobles que con mucho menor talento gozan de mayor consideración. Esta idea la supo captar perfectamente Felipe IV, mecenas y protector del artista, que consiguió para Velázquez el ennoblecimiento un año antes de su muerte, logrando que formara parte de la prestigiosa orden de Santiago. Por eso, desaparecido ya el artista, el monarca ordenó que Las Meninas se completaran, y mando pintar sobre el pecho del autorretrato de Velázquez la cruz de la orden de caballería.
[9] Sabemos por las descripciones del estudio que en él había más de cuarenta obras de Juan Bautista del Mazo, buen pintor aunque creador sin lustre: de todas ellas se pueden distinguir dos de las que aparecen colgadas, tratándose de copias hechas por el yerno de Velázquez de maestros flamencos; en una se representa la Fábula de Palas y Aracne de Rubens, y en la otra, el Combate de Apolo y Marsias de Jordaens. Es evidente que el “empequeñecimiento” al que Picasso somete tales obras también participa del veredicto de la Historia: Bautista del Mazo es un buen pintor, aunque de segunda fila; su obra, al lado de la de Velázquez, queda reducida a algo muy menor.
[10] BROWN, J.: Velázquez, pintor y cortesano, Alianza, 1986.
[11] Cabe suscribir, por otra parte, que las miradas de los personajes las recibe el espectador, que de esta forma queda incluido como un elemento más del cuadro; se confunden los límites del lienzo con la propia realidad de quien lo contempla y se crea la característica confusión barroca (algo que desgraciadamente anula la situación física actual del cuadro original en el madrileño Museo del Prado: en lugar de la inmensa sala circular donde aparece, la tela encajaría mejor en una alargada sala rectangular de menores dimensiones, sita al fondo de la misma, cual punto de fuga). El espectador no sólo debe mirar y ver, sino pensar, buscar; emerge tras la apariencia de realidad la ilusión (Calderón, en su obra La vida es sueño, bien nos recordaba: “¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción...”).
[12] Para conocer los mecanismo pictóricos de Velázquez, véase ANGULO IÑIGUEZ, D.: Velázquez: cómo compuso sus cuadros y otros escritos sobre el pintor, Istmo, 1999.
[13] Durante el Barroco este tipo de aperturas al fondo aportará una novedad: por ellas, no sólo podemos ver otro espacio, sino que la luz penetrará contribuyendo a crear un juego de luces y sombras. 


Marzo de 2012
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13 de diciembre de 2013

LIBRO. "Los cisnes aragoneses. De Marcial a los penúltimos poetas" (2013), de Juan Domínguez Lasierra

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Los cisnes aragoneses. De Marcial a los penúltimos poetas 

Juan Domínguez Lasierra - Ed. Delsan Libros, 2013



El esfuerzo era considerable, y el resultado ha sido óptimo, de todo punto necesario. El escritor y periodista Juan Domínguez Lasierra ha llevado a cabo el empeño: recopilar en una antología total ("de Marcial a los penúltimos poetas", reza el subtítulo) los diversos frutos poéticos de casi dos milenios de la historia de Aragón, desde el eximio Marco Valerio Marcial hasta nuestros días. La poesía aragonesa (y decimos "aragonesa" en el más amplio sentido de la palabra, sin exclusivismos: "aragonesa" en cuanto que escrita por aragoneses) bien lo merecía.

Meramente agradecer aquí a Domínguez Lasierra la gentileza de recuperar en su antología a una olvidada figura tiempo ha reivindicada por nosotros, y de justificar tal recuperación en virtud de nuestra reivindicación de entonces: Luis Herrero de Tejada y Rubira, poeta no por menor menos estimable (lo mismo que su prolífica hermana, la franciscana Sor Luisa, igualmente rescatada en la antología). Se hace así justicia a unas figuras ocultas que, de lo contrario, terminarán por ser borradas (lo mismo que tantas otras ya irrecuperables) en el torbellino de la Historia de la Literatura. 

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Reivindicación de Luis Herrero de Tejada, poeta de Calanda, 2009.


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3 de diciembre de 2013

En recuerdo de Michel Arbiol - In Memoriam (II)

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Kolenda, nº 108, p. 16.
 
 
 
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26 de septiembre de 2013

LA FILOSOFÍA DE MENÉNDEZ PELAYO, UNA REVISIÓN

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Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912)




Dedico este escrito
a Santiago Echandi Ercila,
con amistad




Resumen

En la presente memoria se tratará un aspecto relativamente poco estudiado de la obra de Marcelino Menéndez Pelayo: su filosofía. Aunque dispersa en el conjunto de una prolífica producción, la filosofía del polígrafo será abordada como una realidad firme y sin fisuras, cuya coherencia y profundidad no conocen parangón en la España de su tiempo. 

Palabras clave: Marcelino Menéndez Pelayo, España, catolicismo, vivismo, krausismo, neoescolasticismo, tradicionalismo, historiografía, metafísica, ciencia.



I


Soy católico, no nuevo ni viejo, sino católico a machamartillo, como mis padres y abuelos, y como toda la España histórica, fértil en santos, héroes y sabios bastante más que la moderna. Soy católico, apostólico, romano, sin mutilaciones ni subterfugios, sin hacer concesión alguna a la impiedad ni a la heterodoxia, en cualquier forma que se presenten, ni rehuir ninguna de las lógicas consecuencias de la fe que profeso.

Marcelino MENÉNDEZ PELAYO


Algo más de un siglo después de su muerte, acaecida en Santander la tarde del 19 de mayo de 1912, la figura y la obra de Marcelino Menéndez Pelayo no gozan, por así decir, de la resonante presencia que tiempo atrás le auguraran sus panegiristas. No es afirmación nueva: a efectos prácticos, y fuera de Cantabria, la obra del santanderino poco cuenta en la actualidad: del grueso de su monumental producción, apenas perdura un título, la Historia de los heterodoxos españoles, y además lo hace, al decir de algunas fuentes masivas[1], a título de “rareza bibliográfica”. ¿A qué se debe tamaña desmemoria? ¿Cómo es posible que obras tan esenciales y definitivas como La ciencia española, los Ensayos de crítica filosófica, la colosal Historia de las ideas estéticas en España[2], los Orígenes de la novela o los inefables Estudios sobre el teatro de Lope de Vega, entre tantas otras entregas memorables, hayan pasado a dormir el sueño de los justos, no siendo sino papel muerto para uso exclusivo de filólogos e investigadores? ¿A qué se debe tal desinterés e indiferencia, decimos? La respuesta es prolija y está profundamente mediatizada por el último siglo de la turbulenta historia de España. Un siglo truculento, de desgarramientos internos y sangrientas heridas. Y una España que Menéndez Pelayo, conviene subrayarlo, no llegó a conocer. No es pues nuestro objetivo entrar en tales terrenos, no exentos por lo demás de polémica. No obstante, aproximarse hoy a una figura del calibre de Menéndez Pelayo implica, para algunos, una toma de posición ideológica inevitable. A nuestro juicio, inmersos ya en el siglo XXI, no es una opción viable, sino un potencial despropósito, peligroso tanto por lo anacrónico del hecho como por la simplificación que implica, y rara vez no coartado por una serie de prejuicios que han terminado por hundir la producción de nuestro autor en un desierto de lugares comunes, cual exponente del más rancio pensamiento ultraconservador español. Todo esto es tristemente reconocible, y a todo esto ha contribuido enormemente el más conocido párrafo de los Heterodoxos, difundido hasta el hartazgo fuera de su contexto, y que nos ahorraremos traer aquí.
            Así y todo, sí es posible señalar, en los márgenes de su momento histórico y sus inminentes secuelas en el tiempo, las posibles razones de esta situación. Un crítico literario foráneo, mexicano para más señas, Christopher Domínguez Michael, ha llegado incluso a hablar, con relativo acierto, de una “triple maldición”[3] de la que Menéndez Pelayo ha sido objeto tras su fallecimiento, y que achacaría a tres factores relevantes, que si bien no explican todo, sí ayudan a entender buena parte del problema: el primero de esos factores no sería otro que la mediocre vida intelectual de la España de su tiempo y su aislamiento con respecto al continente[4] (que Domínguez entiende “como consecuencia del estancamiento de toda la literatura española, relegada […] a un rincón intelectual de Europa durante casi doscientos años, desde el final del Siglo de Oro hasta que las generaciones del 98 y del 27, y en medio de ellas José Ortega y Gasset, acabaron de recuperar la escena”[5]); el segundo, y todavía más acusado factor, compete a la apropiación de su obra por la derecha oficial tras los sucesos de 1939 (puesto que, en palabras de Domínguez, “los vencedores nacionalcatólicos y falangistas de la Guerra Civil […] lo convirtieron en el teólogo armado de la cruzada contra la República, esta última convertida en la verdadera “conclusión”, en el remate, de la Historia de los heterodoxos españoles que Menéndez Pelayo empezó a publicar a sus 24 años, en 1880”[6]); y por último, su choque estético y de ideas con la, vista hoy, victoriosa generación del 98 (choque que “proviene del carácter anticuado, antimoderno [entendiendo por modernidad, en este caso, la vanguardia] del juicio literario de don Marcelino, quien no quiso leer ni comprender la nueva literatura de su tiempo, ignorando el modernismo hispanoamericano y su equivalente antagónico en la Península, la generación del 98”[7]).
            Otro comentarista, español aunque radicado en Alemania desde 1959, Heleno Saña, identifica desde otras perspectivas más globales la causa de las escasas simpatías que la obra del polígrafo despierta entre sus críticos y detractores, y lo hace refiriendo otros tres factores, a saber: “el carácter polémico de sus escritos, su apasionado catolicismo y su no menos apasionado españolismo”[8]. Pero esta afirmación, de nuevo, es un tanto relativa: el “carácter polémico” de los escritos de Menéndez Pelayo, si por polémico entendemos panfletario, no marca sino dos de sus obras primeras, La ciencia española y los Heterodoxos, cuyo estilo su autor vituperaría al cabo de unos años; su “apasionado catolicismo” distaba mucho de la beatería y el fanatismo, puesto que fue un crítico más que competente -su rechazo del tomismo es significativo-; y en cuanto a su “apasionado españolismo”, fue apasionado más que nada porque nuestro autor fue -junto a Juan Valera- el más crítico de los españoles de entonces, en una nación cuya decadencia en todos los órdenes no podía pasar inadvertida a nadie puesto al día.   
            No obstante, los simpatizantes del legado de Menéndez Pelayo en España, aunque harto invisibilizados por el sistema, siguen siendo legión. Uno de nuestros literatos vivos, Juan Goytisolo, en un reciente artículo, ha valorado críticamente la figura de Menéndez Pelayo en estos términos: “Ningún escritor español de su época ni de las décadas siguientes a la publicación de la Historia de los heterodoxos y Las ideas estéticas en España tuvo un conocimiento de la literatura y del pensamiento hispanos equiparables al suyo. A esa insaciable pasión cognitiva […] habría que añadir su dominio extraordinario de un idioma cuya riqueza léxica y variedad de matices no admite comparación alguna con el de sus contemporáneos ni con los ensayistas de las dos primeras décadas del pasado siglo…”[9]. No dice nada que antes no supiéramos, pero es pertinente recordarlo: el advenimiento de Menéndez Pelayo marca un antes y un después en el discurrir de la cultura española. Entre 1876, es decir, antes de haber cumplido los veinte años y a raíz de las polémicas desatadas por sus escritos sobre la ciencia española, y hasta su prematuro fallecimiento a los cincuenta y cinco años de edad, el santanderino no cesará de aparecer, para bien o para mal, en la primera plana de la vida intelectual española como su más señera figura. 
            Por ende y como polígrafo, los intereses de Menéndez Pelayo son prácticamente ilimitados. Él proviene de una gloriosa estirpe, la de San Isidoro de Sevilla -uno de los grandes sabios de nuestra cultura española, cuyas Etimologías son ejemplo óptimo de la ambición temática de este polígrafo precursor-. Otro aspecto notable del trabajo de nuestro hombre es su asombrosa capacidad de análisis, que se traduce en un sentido infalible de la crítica, siempre profunda y reflexiva, jugosa y vitaminizada; puede ser prolijo, pero nunca aburrido. A esta cualidad, debe sumarse su entidad artística como escritor, que arroja las más de las veces una prosa bellísima y serena, a la par que densa y abigarrada, con un castellano del mejor cuño, que entronca en espíritu con la tradición de nuestros grandes barrocos, desde Quevedo hasta Gracián. Es este doble dominio, como crítico y como literato, lo que hacen tan fascinadora la lectura de Menéndez Pelayo. Pero lo más meritorio de todo es la hondura de su discurso, que denota un conocimiento amplísimo de la materia tratada en cuestión, enlazando así con los “hombres del Renacimiento”, un término que, aunque desgastado y pese a lo avanzado de la época que le tocó vivir, bien definiría el trabajo del autor montañés.
            Por la pluralidad de sus intereses, por la ingente obra escrita, Menéndez Pelayo fue un polígrafo, pero no un diletante en filosofía; esto lo hace en su tiempo una figura anacrónica y aislada. Y aquí se perfila un factor determinante a nuestros ojos, atrapados como estamos en esta era de especialistas, de cultivadores de un puñado de palmos de tierra en un huerto sempiterno, perdido en mitad de la gran selva del conocimiento humano. Suma de pasión y entusiasmo, el diletantismo, que tantos frutos duraderos ha dado al mundo, está aquejado en los terrenos de la investigación de escollos insalvables, que requieren de un aparato formal y de una disciplina casi atlética para poder salvarlos; encontramos diletantes en la literatura, en la pintura, en la astronomía, en la música, y por supuesto en la filosofía. Menéndez Pelayo difiere enormemente de estos entusiastas, bien que sin restar una pizca de entusiasmo a sus empeños, progresivamente complejos. Si ya sus primeros escritos académicos denotan un dominio de la forma asombroso, ¿qué decir de sus obras magnas? La suma de rigor científico y clarividencia crítica, de objetividad y subjetividad infaliblemente aunadas, es perpetua. Menéndez Pelayo no fue como decimos un diletante -aunque por varios conceptos bien podría parecerlo-. Lo que sí fue es un autodidacta: su propia precocidad así nos lo confirma. Bien es verdad que se rodeó de algunas figuras casi paternales, que ejercieron cierta tutela sobre sus gustos y preferencias, especialmente Gumersindo Laverde -quien orientaría su gusto por la filosofía-, Francisco Javier Llorens y Manuel Milá y Fontanals, pero en lo esencial fue autodidacto. Si insistimos tanto en esta cuestión es para intentar desmontar una de las críticas actuales al método de trabajo del santanderino, que algunos juzgan de muy literario, o lo que es lo mismo, como henchido de esa retórica de cartón-piedra que tantos estragos causó en la España decimonónica. Sugerir que el método de trabajo de Menéndez Pelayo ya quedaba obsoleto en su propio tiempo es desconocer las maneras de una época en lo filosófico acaso precaria, pero en absoluto inferior a la nuestra, no menos precaria en otros frentes. Un estudioso de la generación siguiente a Menéndez Pelayo, como su discípulo Ramón Menéndez Pidal, que ya en su tiempo pasaba por tener la última palabra en estudios avanzados, se nos antojaría hoy un clásico típico del canon ensayístico hispánico, y aunque en cronología vital casi dobló en edad a su maestro, su obra, objetivamente, no resiste la comparación con la de don Marcelino, pese a sus muchos e innegables méritos. Toda está cuestión resulta un tanto libresca, pero de vital importancia de cara a enfocar la significación de nuestro autor en esta revisión[10]. Todavía hoy y con independencia de las modas generacionales, tan oscilantes como una veleta, Menéndez Pelayo es referencia inexcusable para todo tipo de estudiosos serios, quedando a la altura de un Theodor Mommsen o un Jacob Burckhardt. 
            Y un último apunte antes de pasar al llamado desarrollo analítico de este trabajo: pese a su condición de polígrafo, Menéndez Pelayo se consideraba ante todo filósofo. Fue la filosofía, tras la literatura, el segundo objeto de estudio al que más esfuerzos dedicó, a juzgar al menos por su producción escrita. La crítica actual disentirá un tanto de esta opción, no tanto por el interés netamente filosófico de la producción del autor de La ciencia española, como por la dispersión de un sistema que nunca llegó a configurarse como tal, algo por otra parte recurrente entre los españoles. Uno de sus más recientes biógrafos, Manuel Serrano Vélez, ha advertido bien este problema cuando nos recuerda que “Menéndez Pelayo se tuvo siempre por filósofo, aunque entre los historiadores de la filosofía española hay un profundo desacuerdo respecto a esta cuestión, y en lo más hondo de su espíritu y de su legítima ambición intelectual acarició esta ocupación como la más noble y digna”[11].
            A pesar de todas las frustraciones y de la incomprensión que le acompañó en vida, no convendría menospreciar los frutos de esta ambición en la obra del intelectual español más vigoroso de su siglo. Sería una injusticia, y un menoscabo para la filosofía española.    
       

II


El pensamiento filosófico de Menéndez Pelayo se desarrolla en un contexto de grandes crisis, internas y externas: la España de la segunda mitad del siglo XIX, un siglo que la reciente Historia oficial quiere que pase por ser uno de los más débiles de la filosofía española. Esta pretensión, pese a contener algo de verdad, resulta apresurada, más por lo estrecho de la afirmación que por la escasísima atención que se ha prestado a unas obras y unas corrientes hoy virtualmente olvidadas. España, potencia mundial sin equivalente en la Literatura y las Bellas Artes, no ha tenido en Filosofía, dicen, la misma significación. Relegada a un lugar secundario, incluso marginal, en la historia de la filosofía occidental, ha quedado siempre a la sombra de las consideradas tres grandes potencias filosóficas europeas, o lo que hoy llamamos Alemania, el Reino Unido y Francia. Uno de los grandes esfuerzos de Menéndez Pelayo no será otro que refutar esta opinión tan extendida, suministrando como refuerzo a su tesis un copioso arsenal de referencias, no siempre significativas. Para el polígrafo, la filosofía española es una realidad territorial, de paisaje histórico, y no de idioma, siempre cambiante y sometido al devenir de los siglos. Por ende, la identidad de la filosofía española en tanto que “española” se ha manifestado a través del castellano, sí, pero también del latín (Séneca), del árabe (Averroes), del hebreo (Maimónides), del catalán (Lulio), e incluso del portugués. El idioma, pues, no debería entenderse como elemento disgregador, sino como uno de los muchos rasgos y manifestaciones del espíritu español, unificado bajo la pluralidad de diversas singularidades, sin dar relieve a episódicas desviaciones como el nacionalismo o el separatismo.
            El español Menéndez Pelayo ilustra bien esa máxima expresada por Goethe de que los cerebros de élite tienden siempre a la unidad.
           
En su conjunto, la filosofía española del siglo XIX se desarrolla en dos grandes movimientos, bastante dogmáticos y en apariencia antitéticos: el neoescolasticismo y el krausismo.
            El neoescolasticismo supone la pervivencia de la tradición escolástica internacional, heredera del tomismo. Su relación con el conservadurismo español es clara. Alain Guy diferencia entre los pensadores del neoescolasticismo dos grupúsculos bien definidos, el de los dogmáticos y el de los moderados[12], situando entre los primeros a Juan Manuel Ortí y Lara como el autor más señalado, y entre los segundos a Juan José Urráburu, Antoni Comellas i Cluet y el cardenal Ceferino González y Díaz Tuñón. Atrapado en su propio anacronismo, el neoescolasticismo no podía llegar muy lejos, y pronto se eclipsó en el más anodino dogmatismo.
            Mucha mayor importancia tiene el krausismo, cuyo cuerpo doctrinal bebe de las obras del filósofo alemán Karl Christian Friedrich Krause, y que pasa por ser el fenómeno filosófico español por antonomasia del siglo XIX, tanto por su duración en el tiempo como por sus consecuencias sociales, entre ellas la germinación del espíritu liberal y su consiguiente resultado en la consolidación de la Primera República, en 1873, marcando de paso el comienzo del proceso secularizador en los sistemas de enseñanza estatales -hasta entonces bajo la supervisión de la jerarquía eclesiástica-, con la fundación de la Institución Libre de Enseñanza. Introducido en España por Julián Sanz del Río, a la sazón su principal representante, tiene otras figuras de peso en las personas de Francisco Giner de los Ríos, Emilio Castelar y Nicolás Salmerón.
            Junto a estas dos corrientes, extrañas al pensamiento de Menéndez Pelayo, descuellan dos pensadores independientes, que por sí solos dominan la filosofía española de la primera mitad del siglo XIX: Juan Donoso Cortés y Jaime Balmes. El primero evolucionó de un liberalismo juvenil a un tradicionalismo pesimista madurado a la luz (o la oscuridad) de la Revolución de 1848. Su primer opúsculo importante es el Discurso sobre la dictadura, mas su obra capital (y la más significativa del siglo producida en España en el terreno de la moral política) es el Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo. Su pensamiento lúcido y maniqueo ha tenido no pocos influjos en el siglo XX, afectando profundamente la obra de autores como Carl Schmitt o el pensador reaccionario colombiano Nicolás Gómez Dávila.
            Menos actual que Donoso, y también mucho más prolífico que él, fue Jaime Balmes, prematuramente finado víctima de la tisis, y autor de la producción filosófica de conjunto más amplia de la España de su siglo, con obras de la categoría de El protestantismo comparado con el catolicismo y la Filosofía fundamental. La filosofía del “sentido común” de Balmes se basa en la conciliación de los opuestos, que sintetiza en su teoría de la certeza, expuesta en El criterio, por otra parte su libro de divulgación otrora más popular, obra que fue una de las primeras en leer el niño Menéndez Pelayo.
            En este contexto plural y complejo, la filosofía del polígrafo irrumpe con inopinada fuerza en la vida cultural española, suponiendo un claro punto y aparte, no entendido como ruptura brusca con el pasado, sino como continuación y engarce profundo con una tradición que el autor asumirá hasta sus últimas consecuencias. El motivo desencadenante, el punto de partida de esta filosofía difusa en sus comienzos, no será otro que la polémica desatada sobre la ciencia española, fuera de toda duda el debate intelectual e historiográfico más apasionante de la España de la década de 1870, iniciado en abril de 1876, y dividido en tres etapas claramente diferenciadas en el tiempo: así, las dos primeras se definen por el enfrentamiento entre Menéndez Pelayo y los krausistas (primero con Gumersindo de Azcárate, y luego con Nicolás Salmerón, Manuel de la Revilla y José del Perojo); la tercera, supone el choque entre el polígrafo y los escolásticos tradicionalistas Alejandro Pidal y Mon y el Padre Fonseca. No conviene olvidar que cuando se inicia este debate de repercusión nacional, Menéndez Pelayo apenas frisa los veinte años de edad. Mas no nos detendremos más en la génesis y evolución de esta dilatada polémica, harto conocida. Meramente nos limitaremos a apuntar la idea crucial que vehiculó el pensamiento de nuestro autor: la existencia y realidad de una ciencia exclusivamente española durante los tres últimos siglos de historia de España. Esta tesis surgió como reacción a la afirmación de Azcárate, en absoluto original, de que la prohibición del ejercicio de la ciencia en España por parte del absolutismo y de la Inquisición habían llevado a la decadencia nacional con una ciencia inactiva, nula. El joven Menéndez Pelayo, con más entusiasmo que juicio crítico, refutará esta opinión con un aparato de referencias increíblemente abultado, citando autores y obras por doquier. La polémica, frente a diferentes firmas y tendencias ideológicas, se desarrollará por largos meses, saldándose con un resultado decepcionante, y en el que el más ecuánime resultará ser el propio Menéndez Pelayo, puesto que tomará la posición intermedia, a medio camino entre el liberalismo de los krausistas, partidarios de la nulidad de la ciencia española, y el inoperante estatismo dogmático de los tradicionalistas, para quienes el pensamiento se detiene en Santo Tomás. No obstante, el resultado no será del todo estéril; en palabras de José Luis Abellán, el empeño de Menéndez Pelayo significa “la adquisición de un sentido histórico por primera vez aplicado a la historia de nuestra filosofía”[13]. Y es aquí donde se entrevé el verdadero fruto filosófico de la polémica de la ciencia española: su aportación historiográfica, que lleva implícita toda una nueva filosofía de la historia del pensamiento, español o no.     
            Inevitablemente, la deuda de Menéndez Pelayo con la filosofía de su siglo no podía ser muy amplia, de puro limitada: juzgará con dureza el neoescolasticismo, que considerará caduco en sus presupuestos; condenará integralmente el krausismo, tanto por su cuerpo doctrinal importado del extranjero como por su supuesto espíritu de secta, que no cesará de denunciar; sí mostrará sus simpatías, no obstante, por Donoso y, sobre todo, por Balmes, aunque diferenciando con milimétrica precisión el pensamiento de sendos autores, que considera el anverso y el reverso de la misma medalla. Pero sus influencias determinantes vienen de más atrás, concretamente de la filosofía de un autor capital y hoy un tanto minimizado: Juan Luis Vives; por esta razón, Menéndez Pelayo se declarará “vivista”. No obstante, no todo termina en Vives. Sus influencias fuertes provienen también de la filosofía escocesa, de una serie de ingenios hoy considerados menores pero en su día considerables. Manifiesta ciertos reparos ante los sistemas de la filosofía alemana, pese a su especial predilección por Schiller y Hegel. Con excepción de algunas perlas de su literatura, desdeña cordialmente todo aquello que provenga de la verbalista Francia, galofobia que denota también un profundo resentimiento histórico. Su segunda patria, para él, es Italia o, más concretamente, Roma. Rechazará las filosofías orientales. No así los clásicos grecolatinos, que conoce como la palma de su mano. La literatura latina es otra de sus debilidades, con una predilección cierta por el cordobés Séneca, que no duda en considerar, en justicia, el padre de la filosofía española.
            Filólogo nato, traductor eximio, Menéndez Pelayo es el primer español que, de primera mano, se ha adentrado en los más extraños títulos, en las más arcanas filosofías, descifrando con ojo de lince en unas horas o unos días lo que otros apenas hubieran despejado torpemente en varios meses o años de extenuante trabajo. Lo ha leído casi todo, es capaz incluso de memorizar y localizar los capítulos, los párrafos, las líneas exactas de determinados libros, conocidos o raros. Su prodigiosa memoria desorienta a cualquier mortal normal y corriente. Su bibliofilia deviene obsesión, por no decir patología: la suya es la biblioteca privada más abultada de la Europa de la época: al morir, sus estantes acopian más de 40.000 volúmenes, algunos de ellos de valor incalculable. Ante tamaña suma de conocimientos, cualquier profano podría pensar que don Marcelino fue una especie de erudito local, de esos que tanto proliferaban en el siglo, un intento de filósofo ecléctico sin un pensamiento realmente propio, un autor de tercera fila asfixiado en su polvorienta mastaba de libros. Pero nada de esto es así. En esta época atestada de especialistas dedicados de por vida a exprimir dos o tres temas, la prodigiosa fecundidad del polígrafo se nos antoja, más allá de la pura provocación, el fruto más cumplido de dos conquistas infrecuentes en todo escritor íntegro: la pasión por la verdad y el buen uso de la libertad. Él, que nunca sucumbió a esa tierra de nadie tan en boga entonces -ya no digamos hoy- que es el periodismo[14], dedicó su vida -fuera de sus horas muertas destinadas a la docencia, profesión que nunca le agradó- a la producción de las obras de erudición más importantes producidas en España en los últimos ciento cincuenta años. Pero, ¿qué conclusión filosófica podemos extraer de toda esta informe retahíla de hechos y anécdotas? ¿En qué lugar queda no ya el filósofo, sino su filosofía? 
           
Coyunturas al margen, la filosofía de Menéndez Pelayo no es producto del azar, como tampoco capricho subjetivo de una personalidad arrolladora. Surge, antes que nada, como reacción frente a un presente que el autor sojuzga decadente, corrompido, indigno del pasado de gloria que las crónicas nos han confirmado. Este presente, auténtico comienzo de la era neo-pagana en la que vivimos, provoca en el autor un malestar que se concreta en una amargura inconfundible, perceptible a través de sus escritos, y sobre la que cimentará su discurso crítico-político.
            Sintetizando pues, los tres pilares básicos sobre los que se sustenta su filosofía son: la crítica de lo presente, que implica una ética y una estética; la reconstitución del pasado, que le permite desarrollar su filosofía de la historia, suma de teología y filosofía de la historia de la filosofía; y la regeneración del porvenir, que supone una filosofía política y una moral política[15]. Tres pilares básicos, ni uno más, destinados a edificar un proyecto filosófico cuya consecución última es la metafísica, preocupación capital de Menéndez Pelayo, en cuanto que la concibe como “la ciencia de los cánones permanentes que presiden siempre toda la actividad del espíritu”[16]; simplificando enteros, podríamos decir que todo conduce a la metafísica. Estos tres pilares, por lo demás, están aferrados a una realidad inteligible: España.
            Así, la crítica de lo presente no es sino el cuestionamiento de unas estructuras socio-morales que el autor analiza desde su privilegiada posición central, en la por él tan detestada Madrid[17]. Aparece aquí, en este roce con lo mundano, el reaccionario que Menéndez Pelayo llevaba dentro, una figura trágica e incomprendida que, disfrazada de triunfador arropado por las instituciones, asiste a la ruina de España como a la suya propia[18]. Entre medias y como Montaigne, el polígrafo iría a refugiarse durante sus vacaciones a su castillo particular, en Santander, que no era otro que su biblioteca.
            El segundo pilar del que hablamos, la reconstitución del pasado, surge como resultado de la investigación de las grandes obras de la filosofía española de épocas pasadas. Menéndez Pelayo llegará a identificar hasta tres grandes filosofías españolas, cada una de ellas correspondiente con las obras de Raimundo Lulio, Juan Luis Vives y Francisco Suárez; estas tres grandes filosofías, “lulismo”, “vivismo” y “suarismo”, respectivamente, dada su resonancia europea, tendrán un carácter anticipatorio con respecto a las corrientes europeas luego dominantes, de las que suponen inequívocos precedentes, cual es el caso de que de la filosofía de Vives surja el intento armonizador de Sebastián Fox Morcillo, en el que éste intenta conciliar a Platón con Aristóteles, al tiempo que el montañés lo postula como inequívoco precedente de Descartes, al haber hecho ya referencia al problema de la duda metódica como constitución del pensamiento filosófico. Los ejemplos podrían enumerarse por decenas. Pero, más allá de las singularidades y los exclusivismos, dominan dos tendencias vertebrales, que resumen la dualidad del pensamiento español: por una parte, el armonismo crítico, seña de identidad de los creyentes, es decir los ortodoxos como Vives o Lulio; y por la otra, el panteísmo, doctrina común a la que tienden los no creyentes y los deístas, heterodoxos del tipo de Miguel de Molinos o Servet.  
            Por último, y como tercer pilar, está la regeneración del porvenir, que tal y como la aborda Menéndez Pelayo no debe confundirse con el “regeneracionismo” de Joaquín Costa y Lucas Mallada, cuyos aspectos socialistas difícilmente podían armonizar con el catolicismo del polígrafo. No obstante y pese a su catolicismo “a machamartillo”, sería un error de bulto encasillar al santanderino entre los integristas, tendencia que apenas se llegó a manifestar en sus años mozos, en los que el exceso y la desmesura de la juventud le llevaron a escribir algunos de los pasajes más incendiarios de sus Heterodoxos, pasajes cuyo paroxismo verbal pronto criticaría el propio autor, como ya dijimos. Por todo ello, Menéndez Pelayo es un posibilista, que fluctúa “entre la reacción y la izquierda”[19], y sobre tal tendencia se sustenta su idea de la regeneración del porvenir. El hormigón de este soporte no es otro que el profundo amor del polígrafo a España, una España cuya pasada grandeza histórica, que tiene su apogeo en el siglo XVI, no fue debida a las cualidades de la raza, sino a esa argamasa que resultó ser el catolicismo, principio unificador de la unidad de España. Unidad que Menéndez Pelayo concibe como realidad cultural, plural y diversa, por tanto mudable, y nunca como integrismo uniforme de corte carlista o nacionalista soterrado. Es decir, a diferencia de un Ramiro de Maeztu, en cuya Defensa de la hispanidad, de 1934, el autor defiende un retorno al espíritu imperial de época de los Reyes Católicos[20], don Marcelino, como hombre de su tiempo y no como esteta anacrónico, se aferra a una posición intermedia, conciliadora en la línea de Balmes. Y tampoco la tentación liberal, por la que siente intermitentes simpatías, llegará a ser objeto de su devoción.
            Menéndez Pelayo ejemplifica bien aquel aforismo del compositor Ferruccio Busoni, en el que el italiano decía: “Sólo conozco una cosa peor que querer oponerse al progreso: zambullirse a ciegas en él”[21].

Sobre las diversas ciencias o estudios que comprenden y constituyen el cuerpo de la Filosofía, comentaremos algunas de ellas, siquiera brevemente, en el contexto del pensamiento de Menéndez Pelayo. El objetivo de este desglose funcional no es otro que el de intentar sistematizar, concretando las partes, la filosofía del autor, así a la luz de un enfoque preferiblemente académico.  
            Así, la que conocemos como la ciencia de los principios de la moral, aparece en el pensamiento del autor profundamente vinculada -y subordinada- a la metafísica, hasta el punto de llegar a afirmar -o casi- la imposibilidad de la primera sin la segunda:

            “Todo sistema sin metafísica está condenado a no tener moral. Vanas e infructuosas serán cuantas sutilezas se imaginen para fundar una ética y una política sin conceptos universales y necesarios de lo justo y de lo injusto, del derecho y del deber” (HHE, V 10)[22]

            Pero en el plano de lo meramente práctico, del vivir humano a pie de calle, Menéndez Pelayo quiere anteponer la ética a la metafísica, más que nada para salvaguardar la vida de esa aberración que supone “vivir sin moral”, algo que, si bien puede darse en el individuo concreto, resulta insostenible a largo plazo en una sociedad.
            Asoma aquí el carácter anticipatorio de algunos escritos del autor: de haber llegado a conocer las secuelas de la era de las utopías despóticas, sacudidas por monstruos de poder del calibre de un Stalin o de un Mao, el juicio clarividente del polígrafo habría pasado a ser perogrullada inevitable; no obstante, en pleno siglo decimonónico esta visión de la ética aunada a la metafísica cobra renovado protagonismo, pues en esencia, el problema latente de la ética no es otro que el de la metafísica misma: todas las tentativas de abolir la metafísica e instaurar un monumento a la Ética como principio de la razón no han logrado sino saldarse en descomunales despropósitos. Y todo ello empezó a gestarse en el siglo ilustrado, consolidándose luego en el XIX:

            “Desde el positivista que se refugia en el altruísmo (sic) hasta el pesimista que proclama la ley ascética como medio de emanciparse del universal dolor y aniquilar el funesto prurito de la existencia; desde el pensador estético que identifica la belleza con el bien hasta el neo-kantiano encastillado en el dogmatismo estoico del fin en sí, a despecho de su criticismo fenomenista, todos aspiran, de un modo o de otro, a salvar los penates de la moral en el espantoso incendio de la ciudad metafísica” (ECF, 305- 306)[23]

            Sin metafísica, pues, los cimientos de la ética comienzan a tambalearse, hasta la quiebra inminente: un siglo tan inhumano como el XX, que apenas supuso una quinta parte de la existencia del santanderino, nos confirma tan desoladora evidencia. Los frutos perfeccionados de la razón y su continuidad práctica en la ética, despojados de metafísica, han degenerado dando al mundo algunos de los engendros más siniestros de la modernidad, desde los campos de concentración comunistas y nazis, hasta la aniquilación burocrática de pueblos enteros, como ha ocurrido en incontables ocasiones en los cuarteles de la China. Desde esta perspectiva crítica, Menéndez Pelayo se confirmaría como un tímido -e inesperado- precursor de la Escuela de Frankfurt. 
            El polígrafo se enfrenta aquí, en su visión de una ética y una metafísica aunadas, al problema de toda una época (una época que, bien mirado, todavía es la nuestra): la del descrédito y desmantelamiento del idealismo por la dictadura ambivalente del relativismo[24], seña de identidad del siglo XX y principio motor del mismo, así desde el advenimiento de la Teoría de la relatividad de Einstein, al tiempo que Freud perfecciona sus investigaciones psicoanalíticas y la divisa de Marx comienza a fraguarse y tergiversarse en un proyecto terrible y sin precedentes: el comunismo soviético. No es posible dar la espalda a todos estos hechos que Menéndez Pelayo -como crítico en sus días de la precursora moral naturalista- no llegó a conocer plenamente realizados, ni ignorar tampoco cómo la ética, progresivamente desvinculada de la metafísica, ha decaído en nuestros días hasta sumergirse en terrenos tan neblinosos como el seudo-misticismo importado del bazar de Oriente, o bien en el pesimismo desesperado que conduce al quietismo indiferente.
            Junto al relativismo, el otro factor transversal para con la degradación de la ética ha sido el utilitarismo, que en sí mismo supone la más estricta negación de cualquier metafísica. De este pensamiento, se desencadenarían dos tendencias (más que corrientes) en el ámbito de la experiencia, y que el tiempo ha terminado por confirmar como tales: por un lado, el hedonismo universal, que significa la idea del “interés extendido al mayor número”, y que “se impone como la categoría ética más elevada” en este mundo sin metafísica, propia de los espíritus más selectos; y por el otro, el hedonismo individual, que no es sino el más grosero y egoísta individualismo, y “que -al decir de Menéndez Pelayo- es materia de fácil comprensión y aplicación aun para los más rudos”.
            Dos soluciones apuntará (que no desarrollará) el polígrafo para resolver el problema:

            “La ética no puede ser el ideal de hoy o el de mañana, el de este momento o el del otro, negándose y contradiciéndose eternamente como nacida de un monstruoso contubernio entre el determinismo y la actividad mental. El problema ético no tiene más que dos soluciones: o el determinismo o la libertad” (ECF, 310)[25]

La metafísica, o el conocimiento de las causas primeras, de los principios de las cosas, tiene, como acabamos de ver, una fuerte relación con la ética en la filosofía de Menéndez Pelayo. No obstante y con independencia de ésta, su concepción de la misma no presenta novedades de relieve, en cuanto aparece plegada a la más estricta ortodoxia escolástica. Pues, tal y como afirma:

            “La metafísica o es ciencia trascendental o no es nada. Metafísica experimental es un contrasentido, y quien por el nuevo procedimiento regresivo aspire a construir la ciencia primera, caerá de lleno en aquel sofisma, que lo era a los ojos del mismo Augusto Comte, de explicar lo superior por lo inferior” (ECF, 310)[26]

            Consciente del anacronismo de esta postura, liquidada ya por Kant, el polígrafo no dudará en confesar, con proverbial humildad, estas palabras: “…tengo todavía la debilidad de creer en la metafísica” (HIE, I 5)[27]. En este contexto, se da la posibilidad de un bosquejo para una filosofía de la religión:

            “…con frecuencia el hombre, perdida la fe y cegada la mente por el demonio de la soberbia, aspira a dar explicaciones de lo infinito, y con loca temeridad niega lo que su razón no alcanza, cual si fuese su razón la ley y medida de lo absoluto” (HHE, I 309)[28].

Las razones últimas de esta postura en torno a la metafísica, de todo punto coherentes, y que no harían sino ratificar la valía intelectual del hombre, su reacción frente a las modas y los discursos dominantes, deben vincularse a su catolicismo profundo y asumido. Menéndez Pelayo entiende el catolicismo, y con él la creencia en Dios (en el puro concepto desnudo y diáfano de Dios), como el rasgo significativo, determinante, de la comunidad cristiana: un concepto que cada uno se podrá representar en su propia mente como quiera o como pueda, pero que difícilmente no diferirá de unos fieles a otros. Para superar este escollo, para así dotar de forma única a esta idea, el catolicismo recurre a los símbolos, concretados en los ritos de la doctrina cristiana. Por consiguiente, y a falta de poder alcanzar toda la comunidad cristiana una idea precisa de Dios, no queda sino precisar dicha idea a la luz de los símbolos, que son los elementos que hermanan e identifican a dicha comunidad dentro de unos límites de aprehensión humanos. Comunidad, comunión: hechos, más que conceptos, de los que no podría participar un ateo auténtico, tal y como demostró Dostoievski en su gran novela Los demonios, poniendo en boca del personaje de Kirilov una de las más lúcidas disertaciones sobre el problema esencial del ateísmo. Inútil imaginar una “comunidad de ateos” (sic). El ateo auténtico -no confundir con el “ateo” práctico, conceptualizado, vago remedo de liberalismo post-ilustrado y anticlericalismo- no puede comulgar con nada ni con nadie: su único destino honroso, legítimo, sería el suicidio, al que Kirilov, en su pretensión de “ser Dios”, se arroja como única escapatoria[29].
            De este modo, el problema metafísico entrañaría en Menéndez Pelayo una filosofía de la religión, que como la ética aparece subordinada a la ciencia primera.
            Por ende, sus ideas sobre filosofía de la religión encontrarán un fuerte punto de contacto en su concepción filosófica de la historia. Mas, a diferencia de un Herder, los principios de filosofía de la historia en Menéndez Pelayo distan mucho de ser generalizaciones abstractas suspendidas en el vacío de una especulación escasamente rigurosa. La lectura del pasado acometida por Herder, por entero global, sería pues antitética del método analítico del santanderino, sustentado en el insistente estudio crítico de las fuentes (ya primarias, ya secundarias) y la acotación de unos límites abarcables para con las mismas. En este sentido, el fin de su estudio no es otro que una idea territorial, no por amplia menos definida: España. Y el fundamento de esta idea, en el tiempo y en el espacio, no es otra que esa pasta unificadora que resultó el catolicismo:

            “La Iglesia es el eje de oro de nuestra cultura: cuando todas las instituciones caen, ella   permanece en pie; cuando la unidad se rompe por guerra o conquista, ella la restablece, y en medio de los siglos más oscuros y tormentosos de la vida nacional, se levanta, como la columna de fuego que guiaba a los israelitas en su peregrinación por el desierto. Con nuestra Iglesia se explica todo; sin ella, la historia de España se reduciría a fragmentos” (HHE, I 237)[30].


III


Quien no vuelva la espalda al mundo actual se deshonra.

Nicolás GÓMEZ DÁVILA


Llegados a este punto, urge extraer algunas conclusiones, cuyo inusitado alcance difícilmente podría dejar indiferente a alguien. La primera, e inevitable, sobre la cual se desencadenarían todas las restantes, hace referencia a nuestro incierto momento presente: inmersos como estamos en la llamada “era de la información”, o lo que es lo mismo, en un mundo caótico en el que el orden del discurso ha sido abolido, limitándose todo a una multitud de fragmentos inconexos, de filosofías “blandas”, de verborrea vacía, la marmórea y monolítica obra del polígrafo aparece ante nosotros como tabla de salvación, lugar sereno y armonioso en el que todavía puede uno refugiarse en mitad del ensordecedor griterío del mundo. Acudir a Menéndez Pelayo hoy no es ya mera cuestión ideológica, ni siquiera política; es, ante todo, una cuestión estética, y desde cierta perspectiva, un anacronismo entendido como afirmación del sujeto pensante. Por eso, cuando leemos a Menéndez Pelayo, no podemos evitar traer a nuestro recuerdo la figura -oculta como está entre sus líneas- de Schiller, y con él los principios de la actividad lúdica, el instinto de juego, algo en apariencia gratuito, pero que constituye la actitud más honda y valiosa del ser humano. Toda la obra del montañés ha sido escrita desde ese constante y renovado sentido del juego, de la actividad lúdica y creativa; ese homo ludens del que Huizinga reflexionó en su libro es el más desarrollado producto de la civilización. Mucho más que un producto decimonónico periclitado por los modernos, Menéndez Pelayo es el fruto perfeccionado del espíritu español antes de su disolución progresiva en los torbellinos mediáticos del siglo XX. Por eso convendría rescatarlo y colocarlo definitivamente en el canon del ensayo español, no tanto para recuperar o reafirmar la identidad de lo español hoy tan cuestionada -por no decir denostada-, sino para hacer justicia a una obra que, de haberse producido en Francia o en Alemania, bien gozaría de un prestigio y una nombradía que en esta nación olvidadiza como pocas no ha cuajado. No se trata desde luego de elevar a las esferas celestes el juicio de autoridad de una celebridad, aceptado en virtud de su plomizo prestigio, ni de la reivindicación de una gloria oficial del pasado, sino de una cuestión estético-histórica que nos afectaría en lo más íntimo a cada uno de nosotros como españoles: nuestra conciencia histórica. Si es cierto que sólo se ama lo que se conoce, de mala manera podremos tomar conciencia de nuestra identidad española sumergidos como estamos en una realidad informe y plana, a la par que múltiple y anárquica. El concepto de “patria” no alude necesariamente a una nación, ni a una bandera, ni a un himno: la patria, a lo sumo, es un paisaje, más geográfico que histórico, más emocional que intelectual. No es posible conocer ese paisaje de la noche a la mañana, puesto que requiere de una educación estética, de unas inquietudes y un cultivo que nuestra época, saturada de televisores y computadoras, en ningún momento puede atender. Sólo si entendemos la existencia humana como un ejercicio estético podremos plantearnos el sentido último del ser. Pero este entendimiento, como decimos, está hoy en peligro. Los enemigos de la libertad se han multiplicado exponencialmente. El problema profundo, esencial, no es siquiera España, ni la identidad de lo español, sino la dificultad múltiple que supone aproximarse a la misma, a España, como realidad inteligible. 
            Nuestra época, todavía más embrutecedora y brutal que las previas, en las que todavía quedaba un atisbo de esperanza, ha destruido para siempre esas pretensiones ilustradas cuya ingenuidad ya no logra enternecernos. Hoy, donde casi todo no es sino grosero utilitarismo maximizado, vulgar mercancía comprada con el precio de la sangre, el ser humano está como perdido y a la deriva, envilecido, fragmentado. La llamada globalización, y con ella la aniquilación de la identidad cultural de los pueblos y de sus pobladores, ha igualado lo más excelso con lo más nimio. Asistimos a una tremenda infantilización del mundo, a una progresiva e irreversible anulación de la voluntad del individuo, anestesiado desde su nacimiento. Y en este contexto hostil, sobresaturado y sobredimensionado, las grandes obras y los discursos íntegros apenas pueden tener cabida.
            Es el propio exceso, la hipertrofia de saberes, lo que ha conducido al empobrecimiento, a la simplificación drástica. Uno de los frutos más patentes de la simplificación no es otro que la especialización, sinónimo del siglo XX. A la larga, la especialización, intelectual o no, es sinónimo de burocracia. Y la burocracia supone la aniquilación del impulso creador, esencia constituyente del instinto de juego. El burócrata especializado funda su método de trabajo en un sistema inmutable. Un artista, un creador auténtico, un espíritu libre como nuestro polígrafo, difícilmente hubiera podido escribir La ciencia española, la Historia de las ideas estéticas en España o los Orígenes de la novela, de no negar la especialización misma a la que parecía estar abocado: de esa multiplicidad de intereses, que haríamos bien de asumir como pura diversión necesaria antes que como rutinario trabajo, surge el ejercicio lúdico en estado puro. Las más prodigiosas producciones del espíritu humano así lo confirman, y no hubieran sido posibles sin esa pasión por la pura inutilidad necesariamente desinteresada.
            La lectura de Menéndez Pelayo, la exploración de su pensamiento, nos conduce irremediablemente a dos problemas cruciales y candentes: la identidad de lo español en sus múltiples posibilidades y, tras ello, la pervivencia de esta identidad como posibilidad en el tiempo. Sobre esta última cuestión se funda el corazón de su filosofía.


BIBLIOGRAFÍA[31]


Obras generales

· ABELLÁN, J. L., Historia crítica del pensamiento español, 5 vols., Espasa-Calpe, Madrid, 1979-1991.

· FRAILE, G., Historia de la filosofía española, 2 vols., BAC, Madrid, 1972.

Obra ya clásica de la BAC, aunque olvidada, fruto de la erudición de Guillermo Fraile, uno de nuestros mejores historiadores de la filosofía en el siglo XX.

· GUY, A., Historia de la filosofía española, Ánthropos, Barcelona, 1985.

Trabajo de síntesis, preparado por un hispanista francés. Obra tremendamente desequilibrada, que arranca directamente con la Edad Media, ignorando (o casi) el milenio previo. Clasifica a Menéndez Pelayo de un modo un tanto discutible entre el espiritualismo catalán.

· LÓPEZ-MORILLAS, J., El krausismo español, México, FCE, 1980. 

· MACEIRAS FAFIÁN, M. (ed.), Pensamiento filosófico español. Volumen II: Del Barroco a nuestros días, Síntesis, Madrid, 2002.

Obra colectiva, en seis segmentos. El mínimo subapartado dedicado al santanderino aparece subordinado al krausismo, suponiendo más otro pretexto para demonizar su figura que un estudio mínimamente consistente sobre su filosofía, y con afirmaciones del tipo de “en el campo […] del pensamiento español elevó un monumento perpetuo a la intolerancia y al sectarismo”.

· SAÑA, H., Historia de la filosofía española. Su influencia en el pensamiento universal, Almuzara, Córdoba, 2007.

Obra de vulgarización. Dada su naturaleza, adolece de no pocas lagunas, pero se deja leer con interés. Prosa periodística y abierta llaneza en la exposición (p. ej., p. 10: “…vamos a intentar demostrar que la realidad filosófica de nuestro país es muy distinta a la que decretó el sabelotodo de Hegel y sus innumerables loros amaestrados”). Presenta una introducción, dieciséis capítulos -Menéndez Pelayo aparece incluido en el décimo, cuyo título, “La España conservadora”, resulta un tanto simplificador- y un epílogo crítico.

· SUANCES MARCOS, M., Historia de la filosofía española contemporánea, Síntesis, Madrid, 2006.

Manual universitario preparado por un profesor de la UNED. Supone una introducción de la filosofía española de los siglos XIX y XX. Incluye una selección de textos de los principales autores seleccionados. El capítulo dedicado a Menéndez Pelayo incide especialmente en la polémica de la ciencia española.

Fuentes

· MENÉNDEZ PELAYO, M., Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, 7 vols., CSIC, Madrid, 1942.

Editada por Enrique Sánchez Reyes, una obra en la que se reúnen en siete tomos estudios y discursos de carácter vario, presumiblemente “de crítica histórica y literaria”, aunque su alcance sea sin duda mucho mayor. Un empeño esencial y relativamente poco conocido, que conforma -al menos en espíritu- una trilogía junto a los Estudios de crítica filosófica y la Historia de las ideas estéticas en España, textos por lo demás canónicos para acceder al trabajo de Menéndez Pelayo como historiador de la literatura, de la filosofía y del arte. Son de especial valor filosófico en estos Estudios, las piezas tituladas “Humanistas españoles del siglo XVI” (tomo II), “Dramas filosóficos [de Calderón de la Barca]” (tomo III), “Jovellanos” (tomo IV) y “La historia considerada como obra artística” (tomo VII).    

· MENÉNDEZ PELAYO, M., Antología de poetas líricos castellanos, 10 vols., CSIC, Madrid, 1944-1945.

Monumental antología, que antes de ser una mera compilación de autores y poemas, es un formidable fresco histórico-crítico en continuo movimiento, cuya unidad de estilo y coherencia expositiva lo mantienen “vivo”. En sus diez tomos, el autor aborda desde la poesía en la Edad Media (tomos I-III) hasta Boscán (tomo X).

· MENÉNDEZ PELAYO, M., Ensayos de crítica filosófica, CSIC, Madrid, 1948.

Título escasamente considerado en la producción del santanderino, se trata de una recopilación de textos cuyo nexo de unión son temas filosóficos de diverso signo. Un Menéndez Pelayo menor, una obra mayor.

· MENÉNDEZ PELAYO, M., Estudios sobre el teatro de Lope de Vega, 6 vols., CSIC, Madrid, 1949.

Uno de los timbres de gloria del polígrafo, de inaudita densidad y erudición. En el plano netamente filosófico, es una de sus producciones más cumplidas, pese a la dispersión de la ingente cantidad de reflexiones e informaciones vertidas. Su carácter monográfico termina de afirmar la brillantez y profundidad de Menéndez Pelayo, que se mueve como pez en el agua en un asunto complejo como pocos. Su prosa expansiva, bellísima, tiene aquí uno de sus más felices ejemplos. No obstante, la obra quedó inacabada.  

· MENÉNDEZ PELAYO, M., La ciencia española, 3 vols., CSIC, Madrid, 1953-1954.

La obra más polémica del autor, escrita a la edad de 21 años bajo el influjo de Gumersindo Laverde. Consiste en una recopilación de brillantes artículos cuyo asunto común es la ciencia española, y que en su momento extasiaron a la opinión pública, generando uno de los debates más sonados de entonces.

· MENÉNDEZ PELAYO, M., Poesías, 2 vols., CSIC, Madrid, 1955.

Se reúnen aquí, en dos tomos independientes (I: Estudios poéticos; II: Odas, epístolas y tragedias), los opúsculos estrictamente poéticos del autor, desde traducciones de autores eximios (Safo, Catulo, Horacio, Foscolo, Chénier, Byron, etc.) hasta poesías inéditas propias, pasando por sus celebradas composiciones de juventud, entre otras tentativas. Un Menéndez Pelayo ineludible de cara al estudio de una de sus grandes ambiciones quebradas: la creación poética. 

· MENÉNDEZ PELAYO, M., Varia, 3 vols., CSIC, Madrid, 1956-1959.

Recopilación de unos doscientos documentos de carácter misceláneo, por lo general breves y de limitada importancia en el corpus bibliográfico de su autor, y que van desde los ejercicios escolares de éste (entre los que encontramos un precoz “Discurso sobre la existencia y la inmortalidad del alma”, pergeñado a los trece años de edad), hasta sus discursos políticos. De especial interés para con nuestra investigación es el tomo tercero, en cuyos apéndices aparecen compiladas varias conferencias sobre los grandes polígrafos de la España romana (Séneca), visigoda (San Isidoro), árabe (Averroes), hebrea (Maimónides), medieval (Alfonso el Sabio, Raimundo Lulio) y de la Edad de Oro (Luis Vives).

· MENÉNDEZ PELAYO, M., Historia de las ideas estéticas en España, 2 vols., CSIC, Madrid, 1994.

La obra maestra absoluta de Menéndez Pelayo y, a todas luces, la mejor historia de las ideas estéticas jamás escrita, no ya en España, sino en Europa (y quien dice Europa, dice el mundo entero). Trabajo desmesurado en su extensión y asombroso en su erudición, supone, por más de un concepto, el más bello y duradero esfuerzo de su autor. El título no hace justicia a sus contenidos, pues la obra va más allá de ser una historia de las ideas estéticas en España: con la mirada puesta en el orbe entero, representa y simboliza el mejor ejemplo del empeño integrador y universal de nuestro hombre. Inagotable manantial de riquezas, lamentablemente olvidado.

· MENÉNDEZ PELAYO, M., Trabajos escolares y universitarios de Marcelino Menéndez Pelayo (ed. Benito Madariaga de la Campa), Centro de Estudios Montañeses, Santander, 2002.

Se recogen aquí catorce trabajos académicos del polígrafo, el más antiguo de los cuales (“Ensayo sobre la tragedia española”) se remonta a 1870, cuando el autor va a cumplir los catorce años de edad; de muy diverso signo y limitado interés, ofrece esta selección una cuidada panorámica de los primeros tanteos de éste en el terreno de la escritura.

· MENÉNDEZ PELAYO, M., Historia de los heterodoxos españoles, 2 vols., Homo Legens, Madrid, 2007.

Título el más difundido del santanderino, y con toda justicia, pues se trata del trabajo más importante sobre historia eclesiástica producido en la España decimonónica. Menéndez Pelayo devuelve la voz a los olvidados de la historia, esos heterodoxos silenciados a los que, con juicio duro pero cándido aplomo, se aproxima fascinado y fascinador. Extraordinaria prosa, no por acicalada y barroca menos viva y contundente. Pese a la para muchos sofocante erudición, un texto de lectura amena, casi una novela, como diría Luis Buñuel.

· MENÉNDEZ PELAYO, M., Antología general de Menéndez Pelayo (ed. José María Sánchez de Muniáin), 2 vols., BAC, Madrid, 2007. 

Excelente y muy completa (dos tomos, más de 2500 páginas) recopilación orgánica, presentada por la BAC en 1956 para celebrar el centenario del nacimiento de Menéndez Pelayo, y reeditada en 2007 con motivo del ciento cincuenta aniversario del nacimiento de éste.

· MENÉNDEZ PELAYO, M., Orígenes de la novela, 2 vols., Gredos, Madrid, 2008.

Obra mayor del autor, en la que despliega toda una estética de la novela cuyos planteamientos se mantienen vigentes, anteponiendo entre los criterios de calidad los presupuestos formales a las meras cuestiones sobre la moralidad del contenido.

· MENÉNDEZ PELAYO, M., Antología de estudios y discursos literarios (ed. Mario Crespo López), Cátedra, Madrid, 2009.

Cuidada selección de estudios y discursos literarios, cuyo alto grado de calidad logra compensar el desigual interés de los opúsculos.

· MENÉNDEZ PELAYO, M., La historia de España (ed. Jorge Vigón), El buey mudo, Madrid, 2011.

Menéndez Pelayo no llegó a escribir una obra con tan abrumador título. Se trata de una selección de fragmentos mediocremente ensamblados por el general Vigón, con más tendenciosidad ideológica que juicio crítico. Un libro en verdad menor, tan desequilibrado como cabía esperar, mas cuyas páginas no obstante fueron, durante la primera mitad del franquismo, de las más leídas del polígrafo.

Estudios monográficos
             
· ARTIGAS, M., La vida y la obra de Menéndez Pelayo, Heraldo de Aragón, Zaragoza, 1939.

Tributo de Artigas, a la sazón director de la Biblioteca Nacional, al santanderino. Enfoque plano y poco comprometido, destinado a cantar las virtudes del gran hombre sin la menor sombra de malicia. Descuella la exhaustiva reseña bibliográfica, planteada siguiendo un orden cronológico que arranca en 1868, cuando Menéndez Pelayo apenas frisaba los doce años.

· BONILLA SAN MARTÍN, A., Bibliografía de Menéndez y Pelayo, Victoriano Suárez, Madrid, 1911.

· HERRERA ORIA, A., “Prólogo”, a la Antología general de Menéndez Pelayo, 2 vols., BAC, Madrid, 2007, vol. 1, pp. 53*-98*. 

Prólogo (fechado en 1956) del futuro cardenal Herrera Oria, entonces obispo de Málaga, tan altisonante e intratable como cabía esperar de su tendenciosa pluma. Se divide en dos partes, de los que la más sustanciosa es la segunda (“El pensamiento político de Menéndez Pelayo”).

· LAÍN ENTRALGO, P., Menéndez y Pelayo. Historia de sus problemas intelectuales, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1944. 

· LÁZARO, F., Vida y obra de Menéndez y Pelayo, Anaya, Salamanca, 1962.

· OLMET, L. A., y GARCÍA CARRAFFA, A., Menéndez Pelayo, Imprenta de Juan Pueyo, Madrid, 1913.

Apología del susodicho. Inapreciable documento histórico, claro ejemplar de la visión que del polígrafo se tenía hace un siglo entre los sectores conservadores; el inflamado subtítulo reza: “Exvoto de amor y de respeto que rinden ante la imagen de un coloso español, dos patriotas”. 

· SÁNCHEZ DE MUNIÁIN, J. M.ª., “Introducción general [a Menéndez Pelayo]”, en Antología general de Menéndez Pelayo, 2 vols., BAC, Madrid, 2007, vol. 1, pp. 101*-137*. 

Artífice de la excelente Antología general presentada por la BAC en 1956 para festejar el centenario del nacimiento de Menéndez Pelayo, Sánchez de Muniáin es asimismo el autor de la notable introducción que abre ésta. Un texto sintético y claro, todavía vigente.

· SERRANO VÉLEZ, M., Menéndez Pelayo, un hombre contra su tiempo, Almuzara, Córdoba, 2012.    
La más reciente biografía sobre Menéndez Pelayo. Carece de auténtico rigor analítico, pero le sobra entusiasmo en la exposición. Sin referencias ni aparato bibliográfico. Jugosas anécdotas. Una prosa legible, en un texto en exceso irregular, que en sus 472 páginas oscila entre lo ameno y lo pesado, lo inaudito y lo pintoresco.

Artículos en publicaciones
           
· DOMÍNGUEZ MICHAEL, C., “¿Maldito sea el martillo de herejes?”, Letras libres, Julio de 2012, pp. 50-55.

Artículo que reflexiona, en el centenario de su fallecimiento, sobre la percepción actual de la obra de Menéndez Pelayo. Interesa, sobre todo, lo que el firmante define como la “triple maldición” de la que el santanderino ha sido objeto tras su muerte.    

· GOYTISOLO, J., “Prisionero de la obra escrita”, El País, 2 de septiembre de 2012, pp. 27-28.

Artículo reivindicativo, en el que el autor de Señas de identidad ratifica su deuda con don Marcelino; acertado, por otra parte, el juicio crítico de Goytisolo, que hace honor a la verdad.



NOTAS


[1] Véase a este respecto la mínima, y nimia, entrada que le dedica la digital Wikipedia.
[2] La estética, entendida como la ciencia que se ocupa de lo bello y del sentimiento que provoca en nosotros, debe a Menéndez Pelayo la más monumental y asombrosa obra de erudición dedicada a la misma, y que bajo el engañoso título de Historia de las ideas estéticas en España, supone una historia universal de las ideas estéticas, pero también un ensayo filosófico, un tratado teórico, una antología crítica, un programa de filosofía del arte plenamente definido. Menéndez Pelayo concibe la estética como ciencia antigua y a la vez en formación, cuyo objeto principal “no es la belleza en abstracto y objetivamente considerada, de la cual bien poco puede afirmar el hombre, sino la impresión subjetiva de la belleza, que es lo que Baumgarten quiso expresar con la voz estética” (HIE, III 81-82).
[3] Véase DOMÍNGUEZ MICHAEL, C., “¿Maldito sea el martillo de herejes?”, Letras libres, Julio de 2012, pp. 50-55.
[4] Empero, Menéndez Pelayo fue un claro cosmopolita, no tanto por sus grandes viajes de juventud por Europa, como por su abundante correspondencia con investigadores extranjeros de toda laya; en este sentido, su aislamiento con respecto al continente europeo es poco menos que una fantasía.
[5] DOMÍNGUEZ MICHAEL, C., “¿Maldito sea el martillo de herejes?”, Letras libres, Julio de 2012, p. 51.
[6] Id., p. 51.
[7] Id., p. 52.
[8] SAÑA, H., Historia de la filosofía española. Su influencia en el pensamiento universal, Almuzara, Córdoba, 2007, p. 186.
[9] GOYTISOLO, J., “Prisionero de la obra escrita”, El País, 2 de septiembre de 2012, pp. 27-28.
[10] Como quien dice ayer, el desaparecido erudito mexicano Ernesto de la Peña, unos meses antes de su fallecimiento en 2012, y a propósito de la concesión a su persona del Premio Internacional Menéndez Pelayo que la Universidad de Santander concede cada año, recordaba la absoluta vigencia de la obra del montañés, algunas de cuyas parcelas permanecen todavía inexploradas, cual mina inagotable de datos e informaciones.
[11] SERRANO VÉLEZ, M., Menéndez Pelayo, un hombre contra su tiempo, Almuzara, Córdoba, 2012, pp. 252-253.
[12] GUY, A., Historia de la filosofía española, Ánthropos, Barcelona, 1985, pp. 247-250.
[13] ABELLÁN, J. L., Historia crítica del pensamiento español, Espasa-Calpe, Madrid, 1979, vol. I, p. 49.
[14] Ello no quiere decir que Menéndez Pelayo no escribiera para periódicos y publicaciones (para los que sí entregó incontables artículos), sino que jamás se encadenó a ninguna publicación concreta, tanto por falta de tiempo como de entusiasmo por un medio de difusión que no le satisfacía.
[15] SERRANO VÉLEZ, M., Menéndez Pelayo, un hombre contra su tiempo, Almuzara, Córdoba, 2012, p. 252.
[16] Id., p. 253.
[17] Genuino reflejo de esta sociedad frívola y desvigorizada es la novela Pequeñeces, del P. Luis Coloma, cuya lectura habría de entusiasmar a don Marcelino.
[18] Preludia así futuras dolencias “individuo-nacionales”: Unamuno, un pensador retórico de inferior talla a Menéndez Pelayo, llegó a achacar sus males intelectuales en aquella máxima hoy casi incomprensible en la que afirmaba: “Me duele España”, cual si de un órgano de su propio cuerpo se tratase; el año de su fallecimiento (1936), un ambiguo Ortega y Gasset, proclamaba que el autor de La agonía del cristianismo había muerto por un “mal de España”.
[19] GUY, A., Historia de la filosofía española, Ánthropos, Barcelona, 1985, pp. 244.
[20] MAEZTU, R. d., Defensa de la Hispanidad, Homo Legens, Madrid, 2006, pp. 215-227.
[21] REBATET, L., Una historia de la música. De los orígenes a nuestros días, Omega, Barcelona, 2007, pp. 763-764.
[22] MENÉNDEZ PELAYO, M., Antología general de Menéndez Pelayo (ed. José María Sánchez de Muniáin), vol. I, BAC, Madrid, 2007, p. 109. 
[23] Id., p. 110.
[24] Sobre esta cuestión, véase JOHNSON, P., Tiempos modernos, cap. 1 “Un mundo relativista”, Homo Legens, Madrid, 2011, pp. 3-60.
[25] MENÉNDEZ PELAYO, M., Antología general de Menéndez Pelayo (ed. José María Sánchez de Muniáin), vol. I, BAC, Madrid, 2007, p. 111.
[26] Id., pp. 101-102.
[27] Id., p. 100.
[28] Id., p. 39.
[29] Con todo, Menéndez Pelayo -y a diferencia de Emilia Pardo Bazán- no llegó a sufrir la fascinación por la novela rusa de la segunda mitad del siglo XIX, y es más que probable que, pese a sus incontables lecturas, no llegara a leer la obra maestra de Dostoievski.
[30] MENÉNDEZ PELAYO, M., Antología general de Menéndez Pelayo (ed. José María Sánchez de Muniáin), vol. I, BAC, Madrid, 2007, p. 234. 
[31] (Comentada, si procede)


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