15 de octubre de 2016

CINE. "Jota, de Saura" (Carlos Saura, 2016) -Crítica-


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La decadencia de la fórmula del musical minimalista sauriano ya se hacía patente en Salomé (2002) e Iberia (2005), y decaía hasta el puro agotamiento en Fados (2007), Flamenco, flamenco (2010) y Zonda, folclore argentino (2015), unos filmes semi-documentales, es verdad, progresivamente esteticistas y epidérmicos, reiterativos y cansinos, virtualmente supeditados a la iluminación. El oscense, impasible ante este turismo cultural de poca monta en el que parece sentirse muy cómodo, nos entrega ahora Jota, seguramente la cota más baja del ciclo.

Los títulos de crédito arrancan con una retahíla de entidades e instituciones patrocinadoras y colaboradoras: algo habitual en el cine del último Saura. Ante tan inflado desfile de logotipos y nombres, uno no puede preguntarse sino ¿qué cantidad de dinero habrá aportado cada cual, por ejemplo el gigante Balay? Traída aquí, la cuestión resulta un tanto inane tratándose de una crítica de cine. Por lo demás, poco debería importarnos conociendo el coste total estimado de la producción: un millón y medio de euros. Una cifra "normal" en este tipo de producciones "culturales". Más pertinente resultaría saber hasta qué punto dichas instituciones u organismos patrocinadores y colaboradores (p. ej. Gobierno de Aragón, Heraldo, Aragón Televisión, etc.) han podido mediatizar con su aportación pecuniaria el contenido y la dirección (no ya estética, sino ideológica) del filme. Pues Jota, de Saura, no es tanto un musical vero e proprio sobre la jota aragonesa en su acepción más pura y diáfana, como un panfleto político encubierto (progresista-izquierdista para más señas), cuya única finalidad no parece otra que la de "reescribir" la esencia y naturaleza de la jota aragonesa, apropiándose de este modo del patrimonio popular de un pueblo -cómo no, a manos de una oligarquía intelectual de "asesores" dispuesta a decir qué vale y qué no vale-. Hay dos serias razones para afirmar esta opinión, en absoluto descabellada: la omisión en el filme del elemento referencial/convergente por antonomasia de la jota aragonesa: la Virgen del Pilar (pregunta: ¿es concebible una aproximación consecuente a la jota aragonesa sin una sola referencia a Ella, su suprema inspiradora?); y la penosa y ridícula (de puro demagógica) secuencia-homenaje a José Antonio Labordeta, tan chirriante y sectaria como fuera de lugar, por mucho que con ella Saura parezca hacer un guiño a otra secuencia bien parecida de un filme suyo de los últimos días del franquismo: La prima Angélica (1973).

Jota, en su afán por desnaturalizar la genuina jota aragonesa, centra todos sus esfuerzos en la burda secularización de ésta, privándola de cualesquiera sentido religioso. De este modo, la jota queda empequeñecida, trivializada, reducida a su mínima expresión (no tanto artística como espiritual). Pues el gran error de Saura es pretender abordar la jota como si de un cadáver a resucitar se tratara. Él no filma, meramente disecciona (y muy mal) sobre una fría mesa de autopsias, un cuerpo totalmente extraño a su visión del hecho musical. Pretendiendo "dignificar" la jota aragonesa, la degrada. Pretendiendo recurrir a "lo mejor", la fosiliza en un elitismo anti-popular ajeno a ella (la jota) en lo que la mantiene viva a través de las generaciones. La relativa supresión del traje regional, reducido a su mínima expresión, es bien sintomática de esta elección. El mayúsculo error de Saura es vincular "lo propio de la jota aragonesa", lo folclórico-tradicional en sí mismo, con el kitsch. Incurre el cineasta de este modo en otra clase de kitsch, mucho más grosero: el de su propia época. Esa estética de la desnudez "entre bastidores", esos pantalones tejanos, toda esa sarta de vulgaridades cotidianas, privan al espectáculo de cualquier sentimiento profundo, limitando contra todo pronóstico su verdadero alcance universal. A diferencia del flamenco, Saura no ama la jota: se diría (aunque sea mucho decir) que ni siquiera la conoce. Con tan dudosos mimbres, gran osadía es pretender así exportarla al extranjero.

La estructura de tan amorfo filme es algo arbitraria y hasta dislocada. La puesta en escena es rutinaria, poco imaginativa, harto inferior a la vertida por el cineasta en previos musicales suyos (nos hallamos en las antípodas de Iberia, una década anterior). Ya con la clase de jota inicial (tras un previo texto explicativo que nada consigue aclarar, en el que advertimos una errata, como ocurre con el nombre del compositor galo Saint-Saëns) se percibe la impotencia de Saura ante el material que tiene entre manos: planificación austera y minimalismo, o lo que es lo mismo: reducir el cinematógrafo a teatro filmado, cediendo el peso del discurso a la sempiterna iluminación (en esta vacía secuencia inicial, de un blanco digno de un tanatorio). Luego está la "tiranía" coreográfica de Miguel Ángel Berna, que atraviesa el filme de parte a parte. Con independencia de sus muchos méritos, ¿es legítimo depositar el peso de toda la función coreográfica en Berna? Así visto, pues, más que de "Jota, de Saura", habría que hablar de una "Jota, según Berna". 

Tras la jota de Ansó, filmada sin especial gracia (todo queda reducido, como decimos, a la iluminación, aunque aquí se hagan concesiones al vestuario), el filme da paso a un plano secuencia en el que se encadenan las jotas de Calanda, Andorra, Albalate y Zaragoza. Cuatro manifestaciones cardinales de la jota aragonesa que el cineasta despacha sin cortes, tal vez con prisa por pasar a otra cosa menos "académica". Ni que decir tiene que tales jotas, despojadas de sus característicos vestidos y con un decorado horrendo como fondo, pierden buena parte de su fuerza implícita. La inclusión del famoso Fandango de Boccherini, en una versión demasiado rapsódica, huele a relleno, lo mismo que los tres homenajes (a Imperio Argentina, a Labordeta y a Paco Rabal), totalmente prescindibles, y en los que no cuesta trabajo entrever la necesidad de llenar los metros de película para llegar a una duración normalizada (95 minutos). El homenaje a Imperio Argentina es el más pertinente, pues permite a Saura rescatar una emotiva secuencia de la legendaria Nobleza baturra (1935) de Florián Rey, en la que Imperio canta una de las jotas más populares de la cinta. Por desgracia, Saura inmediatamente descalifica este filme (y su enfoque de la jota) al añadir a dicho homenaje un anexo tan impertinente como gratuito, consistente en el "comentario" de una "especialista" deconstruyendo por la vía de una explicación tan maliciosa como ideologizada las maneras del baile en su vertiente técnica. ¿Era necesario tan pretencioso añadido? El homenaje a Paco Rabal, uno de los actores fetiche del cine franquista, consiste en la proyección sobre los paneles a los que Saura nos tiene acostumbrados de una secuencia de un previo filme del director oscense, Goya en Burdeos (1999), en el que vemos al actor murciano bailando una jota bajo la iluminación de Vittorio Storaro. Qué sentido o pertinencia pueda tener este relleno es asunto que escapa a nuestra comprensión. Mejor, creemos, hubiera sido dedicar dicho homenaje a alguna figura emblemática de la jota aragonesa, todavía viva, como José Iranzo Bielsa, el Pastor de Andorra, hoy centenario. Hubiera sido sin duda un homenaje más razonable y justificado.

El momento más discutible (por no decir arriesgado) de toda la cinta lo constituye, sin duda alguna, el irrisorio homenaje a José Antonio Labordeta. Esta secuencia, en su tosca y rancia entidad, invalida por así decir la cinta como obra artística pura, hundiéndola en la triste condición de panfleto izquierdista para su público incondicional. Para la filmación de este homenaje, ubicado en el ecuador de la cinta, Saura recurre a unos elementos iconográficos reducidos a la condición de meras señas de identidad de una España "gris" y "siniestra", "felizmente ya pasada", como pretenden hacer ver al público que fue la España de Franco: el retrato enmarcado del Generalísimo, un crucifijo, una pizarra con las primeras nociones del latín, el cura maestro ante unos niños en su pupitre, silenciosos como estatuas aterrorizadas. Como para rematar esta seudo-crítica de baja estofa, irrumpe la voz de Labordeta con una de sus magras canciones, mientras sobre las paredes del aula/paneles comienzan a surgir imágenes de archivo de la Guerra Civil, en las que Saura no tiene reparo alguno en mostrar a niños muertos, presuntamente asesinados por el fuego del bando sublevado. Ante tamaña patochada guerra-civilista de andar por casa, al espectador atento no le costará trabajo entrever la mano de algún gerifalte del Gobierno de Aragón (hoy en manos del PSOE y la CHA, tan adicta a Labordeta), intentando aplicar la maniquea Ley de Memoria Histórica de Rodríguez Zapatero en el filme. La cuestión es: ¿qué pinta tamaño "pegote" en mitad del metraje? ¿Qué querrá decirnos Saura con esta caricatura patética? ¿Es tal vez un intento de desvincular la jota del franquismo? A tenor del resultado, mejor hubiera hecho el maestro oscense en suprimir del montaje definitivo esta majadería abyecta (que en mucho nos recuerda al grotesco final de aquel pintoresco bodrio firmado por Saura quince años antes, Buñuel y la mesa del rey Salomón, donde a los sones del primer tiempo de la Cuarta Sinfonía de Brahms, el espectador podía "recrearse" en la contemplación de imágenes de archivo de, en efecto, pareja intención).

El resto no consigue animar el interés del conjunto. El pasaje de "La Tarántula", más vistoso, termina por fastidiar por su falta de progresión e imaginación, tanto coreográfica como de puesta en escena; la cámara permanece más bien estática, el resto del trabajo lo desempeña el montaje. La novedad de este número reside en el dibujo de unas arañas sobre los paneles. Este motivo merece comentario, pues anticipa un regreso a lo barroco, una ruptura con el pleno minimalismo practicado por Saura desde Sevillanas (1992). En otros números, confirmando esta tesis, serán los dibujos del propio Saura los que animen los paneles en blanco: es como si el cineasta, cansado de su austeridad, cediera a la tentación figurativa, incluyendo para hipotético regocijo de la mirada atenta del espectador alguna de sus mediocres pinturas rápidas, por si acaso bastante abstractas, para que quede claro que Saura es muy moderno.

Frente a la corrección de la jota cantada, los guiños a la música instrumental de salón tienen su presencia en las jotas de Tárrega y Sarasate. Descuella la segunda, con una desmelenada interpretación al violín del showman-virtuoso Ara Malikian, flanqueado por un conjunto bien integrado. Una sensación de divulgación espuria de la jota, de internacionalismo modernista, late bajo estos minutos de solemne pomposidad.

Otras pinceladas, como las dedicadas a la jota mudéjar, gallega o flamenca, no son sino testimoniales visiones alternativas que, más que integrarse en un conjunto determinado, dispersan en su eclecticismo el potencial interés de un enfoque tan superficial como caprichoso. Sin necesidad de caer en infundados prejuicios, sobre la jota moderna correremos un tupido velo. 

El cierre del filme es abrupto y precipitado: el número sobre la Fiesta del Pueblo no consigue ni ser festivo ni acoger al pueblo. Será la cámara, una vez más, la que alejándose progresivamente del jolgorio vuelva sus ojos arriba, a los focos, para que quede bien claro que es la iluminación la dueña y señora de este espectáculo artificioso y desubicado. 


10 de septiembre de 2016

HISTORIA, MEMORIA Y FE COMO OBJETOS DE AGRAVIO CONSENTIDO

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Miguel Pellicer (1940)
por Mariano Benlliure
[foto del autor]





A más de un calandino devoto de su Virgen del Pilar le habrá producido cierto estupor ver publicada en el último “Kolenda” (nº 119, pp. 4-5) aquella viperina réplica (trufada además de improcedentes amenazas contra quien aquí escribe) intentando dinamitar ¡con elocuente torpeza! la autenticidad del Milagro de Pellicer (por la vía de unos presuntos hechos re-hechos y documentos re-interpretados a priori desde la perspectiva materialista dominante).
            Perpetrado el agravio, la redacción del “Kolenda” me advierte en un primer momento (y en presencia de tres testigos) que no admitirá de mi parte “contra-réplica” alguna… para luego, levantada la censura, desdecirse diciendo que sí podrá haber “contra-réplica” de mi parte (?); de esta maquiavélica ambivalencia en dos tiempos se infiere lo siguiente, a saber:
            1) que de la inicial advertencia es patente que la última palabra, la última y por tanto prevaleciente, iba a ser en un principio la de los “investigadores” en liza; y
   2) que de la postrera concesión hacia el “colaborador” traicionado se deduce que, a los ojos de “Kolenda”, un servidor es algo así como un autómata preparado para marcar el paso cuando le dicten los oligarcas de dicho boletín. Mas aquí erraron.
            El desagradable resultado es lo que todos (para condena de la mayoría y, ¡oh sorpresa!, regocijo de algunos) ya sabemos: que dos pretendidos “investigadores defensores de la Virgen” (¡guasa no les falta!), movidos por algún oscuro propósito, han tenido la osadía y desvergüenza de llamar a las puertas de “la muy noble, muy leal y fidelísima villa de Calanda” -a la que en su libro mancillan con prepotente saña- para difundir su intelectualoide mercancía y, ya de paso, ver si venden algún librico (dado el dudoso éxito crítico-comercial de su panfleto encubierto [que no dudan, ¡ay qué risa!, en tildar de trabajo “científico” -¡glup!: aquí se delatan-]).
            ¡Y vaya si se las han abierto! Las puertas, digo. “Kolenda” no sólo le ha abierto las puertas del corral al lobo, sino que realmente ha acatado sin el menor rubor su consigna como la última palabra al respecto, menoscabando de paso 376 años de tradición firme y continuada al abrigo de las generaciones; 376 años de la custodia local de un Hecho Extraordinario del que no somos dueños, sino meros usufructuarios; 376 años, en suma, cuestionados/devaluados a escala local de golpe y porrazo, y todo ello a remolque de un esnobismo sin ton ni son: “en democracia todos tienen voz”, argüirán si les conviene, ignorando de paso que hay bienes a preservar que están más allá de la opinión de unos u otros (así la virtud de la Fe como valor predemocrático, para póstumo escarnio de la docena de generaciones de barberos-cirujanos, analfabetos supersticiosos y falsarios de toda laya que nos han precedido desde aquel glorioso año de 1640, año clave en la historia de Calanda, el ridiculizado/demonizado pueblo que tal y como pretenden ciertas “mentes preclaras y racionales” vivió 376 años sumido en la mentira absoluta).
            No pretendo desenmascarar en esta ocasión a quienes prefabricaron el engendro aquel derramando su venenoso jarabe -con quienes vista su llamativa reacción e incapacidad de aceptar de buen grado una crítica nada cabe discutir-; tan sólo puedo deplorar la sumisa y ambigua condescendencia del “Kolenda” hacia los agraviadores, de todo punto insólita en un boletín cuyo principal interés, supuestamente, es la promoción de Calanda y su cultura (ya no digo “su Fe”).
            “Gracias” al “Kolenda”, el valor del Milagro auténtico (sí, auténtico) que da fama y nombradía internacional a nuestra villa, ha sufrido un daño considerable en su propio suelo, de puro pisoteado y envilecido por algunos de sus propios hijos, prestos a servirle en bandeja de plata el papel al incrédulo foráneo, para que éste se vaya de vuelta a su casa carcajeándose de nuestra Fe, nuestra Memoria y nuestra Historia. Lo dicho pues: ¡¡Gracias “Kolenda”!!


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5 de septiembre de 2016

TEATRO BREVE. "A poco lapsus" (2015) -Inédito-


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A  POCO LAPSUS
(Diálogo entre
un católico quietista y un nihilista,
con la intervención de un cuervo parlante)
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PERSONAJES

EL CATÓLICO QUIETISTA
EL NIHILISTA
UN SINDICALISTA
LA MUERTE
EL CUERVO

*



ACTO ÚNICO

(La pieza es blanca, diáfana. Sentados en sendas sillas, dos personajes de aspecto antitético, frente a frente: el NIHILISTA, a la izquierda; y el CATÓLICO QUIETISTA, a la derecha.)

NIHILISTA (Sentándose.)
            Veo que sigues pegado a la silla cual mejillón amarrado a su concha. Impasible. Dime, ¿qué filosofía tienes?

CATÓLICO QUIETISTA (Desdeñoso.)
            ¿Y tú me lo preguntas? ¿Tú, que teorizas sobre lo humano y lo divino, sobre el cero y el absoluto, tienes la desvergüenza de preguntármelo?

NIHILISTA
            La verdad, hermano, que desde que te conozco no has conseguido sino reafirmarme en mis ideas. Tu reino y el mío son de diferente mundo.

CATÓLICO QUIETISTA
            ¡Palabras! Vosotros, que os hacéis llamar nihilistas, cojeáis todos de la misma pierna. Con tres o cuatro ideas bastardas levantáis un sistema filosófico cuya única tara es que… ni es sistema… ni es filosófico.
           
NIHILISTA
            Eres dogmático, e intransigente con el error, como todos los católicos viejos. No comulgas con estos tiempos, ¿verdad? Yo tampoco.

CATÓLICO QUIETISTA
            Ni estos tiempos, ni los que vendrán, si es que han de venir, son asunto mío. (Pausa.) No   necesita el alma de tiempos, ni de espacios, sino de una quietud plena e inmaterial en la que el ser pueda habitar, si es que acaso puede habitar algo, bajo el influjo luminoso de Dios.     

NIHILISTA (Ríe.)
            Otra vez te pones místico, santito... Lo tuyo es predicar, y lo mío abjurar... ¿Me estás hablando de Dios? Pero, ¿de qué dios? ¿De Apolo? ¡Yo no creo en ese Dios tuyo! Ni en ningún otro. A lo sumo creo en la materia bruta, y en la carne, sobre todo en la carne de adolescente bronceada. ¡Es buena     la carne! ¿Te gusta a ti? Pero, ¿te has comido alguna vez una pata de pollo, santito?

CATÓLICO QUIETISTA (Fuerte.)
            No conseguirás escandalizarme con tus groseras insinuaciones. Ya paseé en otros tiempos por aquellos desiertos. Bien lo has dicho: mi reino no es de tu mundo. ¡A Dios gracias!

NIHILISTA
            ¿Groseras insinuaciones? ¡Venga   ya! Pero si no se habla de otra cosa... Salir a la calle en mitad de este mundo es como ser arrojado a los cerdos para ser devorado por la pornografía, el capital y el Estado. ¡Estamos rodeados de porquería! ¿No es repugnante? ¡Cosificación! ¡Hipotecas! ¡Contratos basura! ¿Groseras insinuaciones? ¡Dólares y esclavos! 

(Atraviesa la pieza, de derecha a izquierda y pasando desapercibido ante los personajes sentados, un SINDICALISTA. Lleva una pancarta en la que puede leerse: “Capital = Grillete”.)

CATÓLICO QUIETISTA
            Pero eso no cambia nada, absolutamente nada. El mundo, es decir, la naturaleza dominada por el hombre, siempre ha sido hostil al hombre. La justicia de los hombres es abyecta y sólo merece desprecio o compasión. ¿Qué esperas de los hombres? Yo no espero nada. Nada. De esperar algo no estaría aquí. Caminaría entre los muertos.

NIHILISTA
            En eso, al menos, coincidimos.

CATÓLICO QUIETISTA
            A fin de cuentas, la clave del problema no es sino una cuestión teológica.

NIHILISTA
            Sí, lo sé. Se llama liberalismo. Lo predican los demócratas. ¿Conoces tú a algún demócrata? Los odio, como ellos me odian a mí.

CATÓLICO QUIETISTA
            Desde que el hombre bajó a Dios del altar y colocó en su lugar al  Hombre, todo se vino abajo. ¡El daño es ya irreparable!

NIHILISTA (Violentado.)
            ¡Te equivocas! Bajando a Dios del altar, el hombre no hizo sino  desterrar una buena parte de su orgullo, de su soberbia... ¡Qué idea más descabellada! El hombre hizo a Dios a su imagen y semejanza. Ni más ni menos. Pura presunción.

CATÓLICO QUIETISTA
            Esa argumentación es débil e inconsistente, y no estimo que a estas alturas merezca ser rebatida. Demasiados ríos de tinta se han vertido para refutarla. Vosotros, los nihilistas, pecáis de ingenuos con vuestras  explicaciones, tan juveniles, tan…

NIHILISTA
            ¡De los ingenuos es el porvenir!

CATÓLICO QUIETISTA
            ¡Patrañas! ¡Palabras! Y más palabras. Escucha, niño iluso, el silencio todopoderoso. ¡Qué grande es! Mucho más grande que el silencio de la democracia.
           
NIHILISTA
            No desdeñes el silencio de la democracia. Tiene sonoridades aterradoras... La hoja de una guillotina cortando una regia cabeza… O la detonación artística de un hongo atómico... Sabe de formas artísticas la democracia. En cuanto a lo de la grandeza del silencio, me temo que eso mismo ya lo dijo Vigny, un reaccionario de pies a cabeza.

CATÓLICO QUIETISTA
            Esa máxima no es realmente de Vigny, sino de la humanidad toda... Lo explica todo. Y por encima de todo… el gran alivio del morir. La humanidad camina hacia ese morir sempiterno. Es su única razón última. Si realmente lo supieran… se estarían quietos. No jadearían, no hablarían, no matarían. Esperarían, nada más… La dura disciplina del saber esperar… La única forma realmente democrática: la muerte.

(Atraviesa la pieza, de izquierda a derecha, portando una enorme guadaña y vestida con una túnica negra, LA MUERTE, ajena a los personajes. Al llegar a la altura del NIHILISTA, se detiene un momento tras de él… y sigue su camino.)

NIHILISTA
            Mejor hubiera sido, a fin de cuentas, no nacer. Es un sentimiento que nosotros, los desesperados, compartimos sin demasiados aspavientos… Pero, ¡qué extraño escalofrío acabo de  sentir!
           
CATÓLICO QUIETISTA
            Será que te ronda la Muerte. Es muy rondadora. 

NIHILISTA (Serio.)
            Ya lo creo. Mejor no nacer.

CATÓLICO QUIETISTA
            Eso mismo solía decir una anciana tía mía, muy devota, muy austera. “¡Qué envidia me dan todos los que no han nacido!”, decía.

NIHILISTA
            Era una mujer sabia…

CATÓLICO QUIETISTA
            De poco le ha servido… Ya está muerta. Ya descansa.

NIHILISTA
            Sí, como descansaremos todo de aquí a un tiempo.

CATÓLICO QUIETISTA
            ¿Lo ves? Te quedan cinco años de nihilismo. Y luego la fe. Todo se repite: la estupidez de la juventud y la necedad de la vejez. Sólo mediocridad…

NIHILISTA
            Eres un loco… Todavía no me has dicho una cosa… ¿Qué te condujo al quietismo? Te define un convecino como “católico quietista”. Y sin embargo de sobra es sabido que el quietismo es pura doctrina heterodoxa…

CATÓLICO QUIETISTA
            Ese convecino dice bien. Soy católico, sí. Y soy quietista, también. No veo contradicciones. No siento contradicciones. ¡Basta ya de tanta palabrería! Todo lo mejoraría el silencio: sí, silencio donde los discursos interminables; sí, silencio donde las palabras se agitan y amontonan, escritas o pronunciadas, que al caso es lo mismo; silencio donde la propia escritura se erige altanera, puesto que muchas veces más dice una página en blanco que un amasijo de folios saturados de líneas y líneas de texto estéril… ¡Tú y esta época me dais palabras! Yo, por mi parte, sólo os pido un poco de silencio… al menos por un minuto. Por caridad. (Pausa de un minuto de silencio.)

NIHILISTA (Impaciente.)
            Se acabó, al fin, el minuto.
           
CATÓLICO QUIETISTA
            Sí, se acabó al fin. Y mientras digo esto, arranca otro nuevo minuto.

NIHILISTA
            ¿Y qué?

CATÓLICO QUIETISTA
            ¿Cómo que “y qué? ¿No la vislumbras?

NIHILISTA
            ¿El qué?

CATÓLICO QUIETISTA
            La huida, muchacho… ¡La huida del ser!

NIHILISTA
            Yo no creo en el ser.

CATÓLICO QUIETISTA
            Tú no crees en nada, es cierto. Y sin embargo, tu argumentación es contradictoria.

NIHILISTA
            Yo no creo… ni siquiera en ti.

CATÓLICO QUIETISTA
            ¿Y crees acaso en ti? Demasiadas veces tienes en la boca el pronombre “yo” para no creer en nada.

NIHILISTA
            ¿De qué me quieres convencer?

CATÓLICO QUIETISTA
            ¿Yo? De nada.

NIHILISTA (Levantándose.)
            ¿Sabes? Tengo sueño. Me voy a dormir.

CATÓLICO QUIETISTA
            Si tienes algo de tiempo, medita bien sobre lo que hemos hablado. Quizá mañana, uno de los dos, no despierte...

(Apesadumbrado, EL NIHILISTA abandona la pieza, dejando solo al CATÓLICO QUIETISTA.)

CATÓLICO QUIETISTA (Adormecido.)
            Sólo Dios lo sabe…

(Entra en escena EL CUERVO, posándose con fina elegancia sobre la cabeza del CATÓLICO QUIETISTA, ya dormido. El parlante volátil comienza a recitar un poema, al tiempo que la escena adquiere un poderoso color rojizo.)

CUERVO (Con voz nasal y declamatoria.)
            Hoy es un gran día:
            Porque al fin, de la humana raza
            No se cantarán más himnos,
            Ni se propagarán más gestas,
            Ni se esculpirán más frisos
            Que eternicen epopeya alguna.
            Yes, hoy es un gran día,
            Pues todo al fin ha llegado a lógico cauce,
            Simétrico pronóstico estadístico,
            1 + 1 = 2 (suma y sigue) Yes!
            ¡Ya basta de efusiones líricas!
            ¡Ya basta de sentimentalismo irracional, fofo, artesanal!
            Puesto que no basta sino pensar
            Al nuevo, pragmático dios lógico:
            ¿Lo oyes cómo suena, pequeño hombrecillo moderno?
            ¡Es el benemérito dios Dinero! ¡Sangriento dólar! ¡Sudoroso euro!
            Tiene mil nombres, y un millón de respetos.
            Por él se agachan las naciones.
            Por él prostituyen a sus hijas los reyezuelos.
            Por él todo es Todo y nada es Nada.
            Él dirige el curso del mundo mundano.
            Armamentística, estadística y balísticamente hablando,
            Y todas las boticas de la tierra lo computan (suma y sigue)
            ¡Celebremos, hermanos, la dicha del dios Dinero!
            La dicha que es nuestra dicha, yes:
            ¡Te toca mover ficha!
            Amantísimas casas de la moneda, colegios del fisco,
            Naciones dentadas y dentaduras de tecnócrata, mamotretos
            Inmundos, ciénagas de petróleo, atómicos misiles de largo alcance
            Y funcionarios envilecidos, agachad vuestras tristes
            Testas de testaferros del Amo.
            ¡Y felices vosotros! Los inanes consumidores,
            Los explotados explotadores, los ociosos impenitentes,
            Derviches mancos y madonas en celo, niñas de papá
            Y amazonas en papel moneda. ¡Divina lujuria!
            ¡Santo placebo! ¡Feliz dios Dinero!
            Tú nos cosificas. Tú nos alienas.
            Tú nos diriges. Tú nos digieres.
            Tú nos lo das / Tú nos lo quitas.
            Tú mandas, oh Amo.
            Haz con nosotros lo que bien quieras (suma y sigue)
            ¡Mátanos! ¡Pulverízanos! ¡Trocéanos para solaz de las bestias!
            Mas no tardes mucho en chamuscarnos el alma (!),
            No vaya a ser que uno de nosotros despierte
            Y acometa una locura bárbara:  […] (¡Dichosa censura!)
            Hoy es un gran día, yes:
            Porque hoy es primero de mes, hermanos,
            Y toca rellenar la bolsa, la bolsa, la bolsa.
            Y yo te preguntaré:
            - ¿La bolsa o la Vida?
            Y tú me responderás:
            - Por supuesto que la bolsa, la bolsa, la bolsa…
            Así que hoy es un gran día, yes.
            ¿Y tú te lo crees?

(Alzando su tosco vuelo, sale de escena EL CUERVO. El CATÓLICO QUIETISTA despierta. Se levanta de la silla, alza la vista arriba, y se prepara para recitar una oración desconocida.)
           
CATÓLICO QUIETISTA
            Va aquí una oración por los apaleados de la Tierra. (Pausa.)

(La escena pasa del color rojizo al turquesa. De fondo se escuchan gritos humanos entremezclados con ráfagas de metralla y detonaciones de bombas.)

CATÓLICO QUIETISTA (Pletórico.)
            Señor,
            Tú eres grande y misericordioso,
            Tú eres el Dios todopoderoso,
            El alfa y el omega,
            La única realidad posible
            Que haga tolerable, soportable,
            Este pudridero absurdo de mundo,
            Oh Dios.

            Señor,
            Tú, que en tu infinita bondad
            Has hecho posible este basurero,
            Haz, por caridad,
            Y si acaso quedara un atisbo de esperanza sobre la tierra, oh Dios,
            Que nuestros hermanos apaleados,
            Los señalados, los torturados, los mutilados, los agonizantes…
            Duerman antes el sueño eterno que es la Vida.

            Señor,
            Acórtales, y acórtanos,
            Este horrible reptar de muertos entre muerte,
            Esta inmunda y abyecta perversión que los ciegos llaman Realidad,
            ¿Realidad de qué, Señor?
            ¿De inenarrables torturas y simulacros, espejismos y sangrías?
            ¿De qué, Señor, mi Dios? ¿De qué?
            ¿Acaso toda esta infame mascarada nos llevará mejor a Ti?

            Señor,
            ¿Oyes este triste lamento? ¿Alcanzas a escuchar a este gusano, tu hijo?
            Si todavía te queda algo de caridad, Señor,
            Tú, que tan pródigo en bondades y tesoros eres,
            Acuérdate de este mundo que te ha olvidado,
            Y apiádate de todos tus hijos, apaleados y no apaleados,
            De todos: hasta de los que de Ti reniegan, de los que tu Santo Nombre
            Pisotean, de los blasfemos y apóstatas… y de Mí, un cero.

            Señor,
            Hoy creo más en Ti. Quiero
            Creer más en Ti porque ya no creo en nada, Señor; ni en nadie, Señor.
            He perdido la mala esperanza. Para siempre.
            Y lloro por nosotros, los apaleados.
            Sí, Señor, hoy quiero creer más en Ti,
            Porque ya no hay en esta tierra devastada
            Nada en lo que creer que no seas Tú.

            Señor,
            Perdona esta soberbia que me invade,
            Este terror inefable que me anula y reduce
            A lo que acaso ni siquiera soy: un ser que huye
            Indigno de pronunciar tu Santo Nombre,
            Un Nombre que no quisiera haber pronunciado en vano,
            Un Nombre, tu Santísimo Nombre,
            Que es el único consuelo que a nosotros, los apaleados, queda.

            Señor,
            Ten piedad, una vez más,
            Y acuérdate de todos nosotros,
            Tus lamentables y apaleados hijos,
            Caterva de asesinos, ladrones e indiferentes,
            Aprovechados y sentenciosos, bestias de vanidad y soberbia,
            Seducidos por su propia lepra.
            Sí: acuérdate de todos nosotros, porque hemos mordido la manzana.

            Señor,
            Tú eres Todo. Yo apenas soy algo, una nada huidiza.
            El mundo gira, y la gente se mata.
            Se matan a sí mismos. Matan a sus hermanos.
            Se matan cuando de su corazón a Ti te arrancan.
            Y matan al prójimo porque así es la vida, dicen y se dicen.
            Matan por un televisor, por un puesto de trabajo, por un bocado mejor.
            Son malos, Señor.

            Señor,
            Las palabras se acaban.
            Los discursos mueren agotados.
            Ya nadie escucha. La Palabra ¿está en peligro?
            Serpientes venenosas se balancean en la boca del abismo.
            Sodoma y Gomorra magnificadas renacen de sus cenizas.
            Una decadencia fatal alimenta a los diablos.
            Una madre está llorando: han matado a su hijo.

            Señor,
            ¿Alcanzas a escuchar este silencio de millones de gritos?
            Tengo miedo, Señor.
            Miedo por todos nosotros.
            Miedo de todos nosotros, los apaleados.
            Miedo de mí mismo. Y miedo de Ti, Señor.
            Miedo sublime. Sagrado.
            Acórtanos, oh buen Dios, este horrible reptar de muertos entre muerte.

            Amén.

(Silencio absoluto. El CATÓLICO QUIETISTA cae al suelo, muerto. La pieza se oscurece, hasta quedar sumida en la más completa negrura. Cuarenta segundos después, la pared del fondo se ilumina de un blanco aséptico. Sobre ella, comienza a aparecer, línea a línea y de abajo arriba, un texto…)

“SU PRIMER APOCALIPSIS”

Una poluta mañana de septiembre, el ciudadano K3307647-W salió de su cubículo de 5 m² con la insólita determinación de no acudir al polígono industrial 77c, donde se ubicaba una de las setenta y una factorías de la FELPEX, y donde nuestro ciudadano envejecía desde que comenzó “a percibir una nómina”. Su cometido en la factoría consistía básicamente en pulsar un botón y una tecla, el uno y la otra casi al mismo tiempo, así unas cuarenta y ocho veces por minuto, y así durante las nueve horas que duraba la jornada, con la interrupción que suponía un descanso de seis minutos y diez segundos, gentileza de la FELPEX. Este trabajo mecánico, increíblemente monótono y, por ello mismo, agotador hasta el dolor, había hecho del ciudadano K3307647-W un monstruo de conciencia. Y aquella conciencia que ya comenzaba a emanciparse de su “espacio laboral”, le había musitado la noche anterior, en uno de esos domingos de tristeza y lucidez, estas palabras:
            -¡Cuidado! Te están matando… Te quieren muerto.
            Todo le resultaba nuevo, amenazante, siniestro: patear aquellas amplias calles comerciales un lunes por la mañana, a primera hora, le hacía recordar viejos tiempos, renovando sensaciones que creía extirpadas. Pensaba en sus años mozos, mucho antes de su paso por la universidad, mucho antes también del bachillerato y de la educación secundaria, cuando con su cuadrilla de amigos callejeaba por aquellas manzanas de ostentación y oropel, siempre sin rumbo fijo, a la deriva, escrutando escaparates, divisando oportunidades, exprimiendo cada minuto como si fuera el último. Allí, frente al reluciente centro comercial, los cines. Al otro lado, tras el monumento a un fulano con cara de estómago agradecido, la marmórea y robusta fachada de la banca Arfi. Y de la parte de las tiendas de ropa, en fin, un rebaño de ovejas humanas cargaditas hasta los topes de unas bolsas de plástico en las que, desde lo lejos, puede leerse: “BIP”.  
            -Casi como RIP…-se decía K3307647-W.
            Sí: no era fácil dejar de ser algo para llegar a ser alguien en aquella ciudad.
            -Somos algo que camina, y alguien nos vigila…-proseguía.
            Al fin, tras auténtica reflexión, lo había comprendido... Toda su vida había estado huyendo de sí mismo, del SER. Era el momento de regresar a casa, al SER. Y abandonó aquella ciudad inmunda…
            Lo encontraron a la mañana siguiente, aplastado contra el asfalto de una carretera secundaria. Un camión de la empresa “BIP” lo había “localizado”.
            -Casi se nos escapa…-se le oyó decir a uno de los contables de la Arfi.
            Y pese a ello, el ciudadano K3307647-W se les había escapado.

(TELÓN.)



© José Antonio Bielsa Arbiol, 2015