7 de octubre de 2017




"España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas.
A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será quien no lo vea. Dos siglos de incesante y sistemática labor para producir artificialmente la revolución, aquí donde nunca podía ser orgánica, han conseguido no renovar el modo de ser nacional, sino viciarle, desconcertarle y pervertirle."
Marcelino Menéndez y Pelayo
 Historia de los heterodoxos españoles (1880)

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30 de septiembre de 2017

LECTURAS RECOMENDABLES. "Diarios" (1892-1917), de Léon Bloy [selección de Cristóbal Serra]

 



Si de algo se pueden gloriar las letras galas de entrambos siglos (el positivista y el atómico) es de estos Diarios del más querido y extraordinario de sus autores: León Bloy. Una obra perenne, que ratifica a su artífice como una de las voces más preclaras (y autorizadas) de la modernidad. Nos ahorraremos líneas vanas rebozadas de inflamada adjetivación; recomendar a los despiertos en este valle de tinieblas su mera lectura bastará, acaso, para justificar esta entrada.

2 de septiembre de 2017

RESEÑA. "La mujer fácil" (1909), de Alberto Insúa






La mujer fácil fue la comentada novela que aireó el nombre de Alberto Insúa entre el público patrio de comienzos de siglo, un público tan adicto a las baratijas y los secretos de alcoba como el de nuestros días, aunque más exigente en cuanto a las calidades del producto que se le servía en bandeja (de bronce, que no de caucho sintético). El propio autor, altisonante, nos advierte en el preclaro prólogo de su obra, como viniendo a decir que, con tal título... ya quedan todos avisados. Habla el primer Insúa, literato joven, de escasos veinticinco años, ambicioso y con el talento suficiente como para poner en pie una estructura con cierta prestancia. Las influencias de Insúa en este trabajo, por lo demás, resultan reconocibles: el naturalismo galo, nuestro Felipe Trigo, ciertas reminiscencias de la bohemia española, una sarta de lugares típicos y tópicos entre los bon vivant de otrora. Pero todo este artefacto literario, todo este trajín de idas y venidas, de adulterios y concupiscencias, toda esta estructura, decimos, adolece de grandes defectos: el mayor de ellos, el más acusado, no es otro que la galería "cartón piedra" de personajes inconsistentes, tanto el protagonista -un lúbrico impasible, aunque con su honor a cuestas- como la mujer "fácil" del título, que no es una, sino media docena de señoritas y señoras de muy buen ver, tipos femeninos más o menos desarrollados, más o menos bosquejados (desde la ingenua hasta la ninfómana, pasando por la reprimida), pero sin alma. ¿Merece la pena detenerse en el argumento, predecible y trivial? La prosa es correcta, sí, harto cuidada, incluso. Los diálogos, algo retóricos unos, bien fáciles otros, pecan de escasa naturalidad (caso de no sumirse en la parodia propia del sainete, como ocurre con el primo andaluz del protagonista, un calavera bastante bien dibujado; ¿una influencia del juguete cómico acaso?). El liberalismo del protagonista, sus constantes ataques a los beneméritos valores tradicionales -cuya legítima esposa encarna-, terminan por hacer flaco favor al curso del relato: narración de los éxitos y fracasos amatorios de un hedonista de manual, quien en su presunta ilustración de dichos contra-valores, deviene insufrible caricatura de una moral tan inconsecuente como coyuntural. Un final cobarde, sin apenas castigo aparente sobre el aburguesado aprendiz de don Juan -y por ende privado de la moraleja de rigor-, sume la novela en el callejón sin salida de los esteticismos inanes. Así y todo, La mujer fácil, "novela erótica", no está mal, se lee con agrado y es interesante hasta el punto final, ratificando a Insúa como un estimable novelista de segunda fila; lo que, bien mirado, no es poco.  

3 de agosto de 2017

"¡AVE THÉOPHILE! (ANTE EL TÚMULO DE GAUTIER)", de "Nostalgias del Parnaso" (2012)

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París, día veintisiete de marzo
Del año del Señor dos mil doce,
Cementerio de Montmartre -diez
Hectáreas y media-, división tres,
Avenida Cordier, paralela
A la calle Joseph de Maistre.

En este minúsculo Père-Lachaise,
Ilustre camposanto del Norte,
Mirando al noreste, con Helios
Sobre mi testa hiriente, piedra
Y aliento y palabra se mecen
Difuntos sobre una única tumba.

¡Ave Théophile! ¡Ave Maestro!
Me acerco al pétreo abrigo, y miro
Y ahondo, y a Ti desciendo, contuso
En el alma, por haber la lección
Desoído: ¡El Oficio! ¡El Arte!
¿Alguien Te escucha? ¡Apostataron!

Al abyecto comercio se vendieron.
A la sonrisa falciforme, farisaica,
Arrojaron sus hijas, hoy prostituidas
Para regocijo de lenguaraces filisteos.
Todo es cocinilla, batial de cobardía.
Y los facinerosos de las Letras ¡ríen!

Mas tu lacio vasallo aquí presente
No hará lo impropio: custodiará Formas,
No por convicción, sino por Decoro;
No por vana presunción: por Ley sólo.
Y la locura del mundo seguirá rodando.
Y ya nada logrará en pie sostenerse.

¡Ave Maestro! ¡Ave Théophile!
Tu póstumo palacio hoy he visitado.
No me detuve en la tumba de Heine
-Ni en la del repugnante cocinero Zola-.
Me bastó con asomarme a tu fachada.
¡Bella tumba que reluce dos veces BELLA!


de Nostalgias del Parnaso


22 de junio de 2017

LECTURAS RECOMENDABLES. "Doctrina Espiritual de San Felipe Neri" (Anónimo)

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Anónimo:
San Felipe Neri: Doctrina espiritual
Ed. Apostolado Mariano, 1994

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Recopilación de la doctrina espiritual del eximio fundador de la Congregación del Oratorio, plena de ortodoxia y sabiduría perenne. Un hermoso canto a las glorias del Catolicismo Romano en su vertiente ascética, cuya lectura vigorizará mucho a aquellas almas entumecidas por los frutos desafortunados del Concilio Vaticano II. Elaborada por una mano anónima, esta Doctrina espiritual supone antes que nada un firme agarradero para el católico practicante, de la misma madera noble y sin taras que la Imitación de Cristo o las Visitas al Santísimo. Colección de dichos, fragmentos de cartas y otros textos del santo, amén de testimonios ajenos, que ratifican al florentino como uno de los más recios paladines de la Iglesia.    


1 de junio de 2017

RESEÑA. "Los presos del Valle de los Caídos" (2015), de Alberto Bárcena Pérez

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La falsedad tiene alas y vuela, y la verdad la sigue arrastrándose
de modo que cuando las gentes se dan cuenta del engaño 
ya es demasiado tarde.  

MIGUEL DE CERVANTES


He aquí un libro audaz, es decir políticamente incorrecto, acometido desde la genuina imparcialidad del historiador legítimo (ése que funda sus argumentos no tanto en suposiciones tendenciosas emanadas de la coyuntura imperante, como en el concienzudo análisis de las fuentes...). El gran logro del madrileño Alberto Bárcena (n. 1955) no ha sido otro que confirmar, subrayándola, la devaluada verdad, léase lo que todo lector más o menos informado ya sabía o, en su defecto, intuía: que el Valle de los Caídos, una de las obras humanas más inspiradas del siglo XX, no fue, ni por asomo, lo que algunos se han empeñado en imaginar/imponer: una especie de campo de concentración donde los penados eran, por así decir, sometidos a toda clase de torturas y humillaciones. Pura leyenda negra, fabricada por la izquierda antiespañola y aceptada de buen grado por el grueso de la derecha invertebrada. 

Resumiendo, he aquí las dos tesis fundamentales del texto, harto documentadas:

1) En el Valle de los Caídos no hubo trabajadores forzados, ni la finca de Cuelgamuros donde se ubica  el conjunto fue campo de concentración.

2) En virtud de la Redención de Penas por el Trabajo (cap. 2, pp. 43-57), los presos del Valle solicitaron ir allí por las ventajas que representaba para ellos (cap. 4, pp. 103-126), entre ellas un salario igual al de los obreros libres, seguros sociales, instalación de sus familias junto a ellos (cuando lo solicitaron) en cuatro poblados que se construyeron dentro del Valle, etc.

Con este libro (fruto sintetizado de su tesis doctoral, intitulada La redención de penas en el Valle de los Caídos), Bárcena invalida buena parte de la producción literatura previa vertida con la intención de "atacar" al Valle; esos libros, trufados de datos falseados y ambigüedades, quedan así superados, reducidos a su triste condición de propaganda política.

La piedra clave de toda esta estructura (sumada a la habilidad del constructor), reposa en efecto en las fuentes, no ya ocultas, sino prácticamente ignotas hasta la llegada de Bárcena. En palabras del autor:

"...el hallazgo, en 2006, de un fondo documental cuya existencia solamente había podido intuir hasta entonces. Porque, semejantes obras tenían que haber dejado un rastro documental muy considerable [...] alguien en el [Archivo] General de la Administración (AGA) de Alcalá de Henares, me sugirió dirigirme al Palacio Real de Madrid donde [...] un total de sesenta y nueve cajas, custodiadas en la sección de Administraciones Generales [...] constituían el fondo "Valle de los Caídos" del Archivo General de Palacio..." (p. 16) 

Sobre estas 69 cajas, que le llevaron a Bárcena cinco aplicados años de trabajo fuera de sus horas de docencia, se funda el cuerpo de la investigación, quintaesenciada en el libro que aquí revisamos, relativamente breve: 270 páginas jugosas y llenas de pintorescas anécdotas (mención especial merece el capítulo noveno y último, dedicado a la siniestra figura del "Matacuras").

Obra pues de lectura obligada para todos aquellos historiadores que no quieran sucumbir a los infundios de la historia oficial, mediatizada en nuestros días por aquella Ley de la Memoria Histórica destinada a quebrar la reconciliación lograda por los españoles tiempo ha.


Los presos del Valle de los Caídos
Alberto Bárcena
Ediciones San Román, Madrid, 2015 


17 de mayo de 2017

CINE. "El secreto de Santa Vittoria" (Stanley Kramer, 1969)







Décimo largo como director de Stanley Kramer, El secreto de Santa Vittoria es un filme manifiestamente subestimado, harto más satisfactorio (e interesante) que otros más reputados de los suyos, como el irrisorio cromo histórico Orgullo y pasión (1957), la tediosa fábula apocalíptica La hora final (1959) o la bienintencionada y teatral Adivina quién viene esta noche (1967), filmes que, pese a sus muchos valores, concretados en una notable factura técnico-artística, resultaban bien superiores a los grandes fiascos del Kramer director: El barco de los locos (1965) y, sobre todo, R.P.M: revoluciones por minuto (1970). Debería pues enmarcarse (El secreto...) junto a sus trabajos mayores, sobre todo Vencedores o vencidos (1961) y El mundo está loco, loco, loco (1963), donde las ambiciones discursivas y colosales de su artífice habrían de alcanzar mayor prestancia fílmica. 

En Kramer predomina siempre el productor sobre el director; no es un cumplido, tampoco un reproche. Era un hombre consecuente: sabía qué quería contar... pero a menudo fracasaba en el cómo. De aquí el subrayado, la redundancia inútil, un gusto por lo didáctico que, de puro insistente y pesado a veces, termina por fastidiar. Estos defectos, apenas perceptibles en El secreto..., lastran ciertas secuencias de algunas de sus grandes obras (pensemos, por ejemplo y a propósito de El mundo está loco, loco, loco, en la dilatada secuencia del parque, donde los indeseables personajes circunvalan la ansiada "W" sin dar con ella durante más tiempo del prudencial...) En Kramer, esta morosidad narrativa, este insistente subrayado del texto con tinta roja, suele aunar un exceso de ambición con un exceso de duración. No es pues de extrañar que los filmes del Kramer director "parezca" que duren "algo más" del tiempo que deberían durar. Así, también El secreto..., que llega a alargarse hasta los casi 140 minutos (!), incurre en esta hipertrofia. Que suponga una adaptación de una novela de Robert Crichton no justifica, ni mucho menos, la causa de tal hipertrofia; es inherente a la concepción fílmica de Kramer. Claro que Kramer no es Visconti, ni sus inquietudes artísticas van por parejo sendero. 

Los créditos iniciales están presididos por la sabia fotografía del gran Giuseppe Rotunno y la excelente columna sonora de Ernest Gold (sin duda estamos ante uno de sus mejores trabajos, donde el sinfonismo macizo que le catapultara a la fama con Éxodo logra aquí armonizarse con el temperamento italiano que reclama la historia, caro a la canción melódica quintaesenciada en Di Capua): planos estáticos, casi a la manera de fotos-fijas, de diversos tipos populares, donde dos elementos descuellan con fuerza: 1) el vino, sintetizado en las copas que portan los tres ancianos sedentes del primer plano; y 2) la fuente en medio de la plaza (escenario central del filme) que identifica la sucesión de personajes en un contexto concreto, es decir la pequeña población italiana de Santa Vittoria, con su millar largo de almas y su esencial arraigo a la vinicultura, motor económico y soporte vital de la actividad humana.  

No conviene insistir en el argumento, ingenioso a su manera: estamos en 1945, con la Segunda Guerra Mundial a punto de terminar, y al pueblo de Santa Vittoria llegan las tropas alemanas, prestas a requisar sus valiosas reservas de vino. Urge pues esconderlas, al menos una parte importante del total... Comedia costumbrista, con sus pizcas de filme bélico amable, sazonan el conjunto.

Frente a la correcta galería de actores (destacando, por encima de todos ellos, la magnífica presencia de Anna Magnani en el rol de Rosa, bien superior a un sobreactuado Anthony Quinn como Bombolini) descuellan, como siempre en Kramer, ciertas secuencias, ciertos planos, que reivindican una cierta genialidad potencial, lo que pudo haber sido y, empero, no llegó a ser. 

El momento más notable y asombroso de la cinta lo constituye, sin duda, el espectacular y muy bien sincronizado traslado de las botellas de vino, en una enorme cadena humana a varias filas, desde la bodega central del pueblo a la cueva romana. Prodigio de disposición espacial y hábil uso del montaje (comprensible nominación al Óscar en esta categoría, competencia de William Lyon y Earle Herdan), con una eficaz valoración del paisaje, aprovechando la ubicación del pueblo en lo alto de la colina, en virtud de unos picados y contrapicados que no hacen sino acentuar la verdura envolvente de los viñedos que circundan Santa Vittoria. Ritmo y variaciones sobre un tema campestre que no hubiera desagradado a Vincent d'Indy... Por unos momentos (¿acaso un espejismo?), Kramer consigue ponerse a la altura del King Vidor de El pan nuestro de cada día, obra maestra absoluta del espíritu cooperativo en el cine useño. 

Mas por desgracia, Kramer no consigue mantenerse a esta altura durante el metraje restante, triángulo amoroso incluido. Irrumpe al fin la rutina del ilustrador, empeñado en llevar a buen puerto su colosal empresa. Y ése es el mayor defecto del filme: su academicismo a ultranza, un academicismo que rara vez alcanza la categoría de clásico. Un inconveniente que cabe más achacar al Kramer productor que al Kramer director, virtualmente condicionado por su cometido primero, no por liberal menos sometido a los postulados de la todopoderosa industria cinematográfica una vez se hizo con el control completo de la nave.