19 de julio de 2016

RESEÑA. "El protestantismo sin máscara" (ed. 1880), de Giovanni Perrone




Este ameno y contundente librito del prolífico P. Perrone (1794-1876), intitulado El protestantismo sin máscara. Su origen, naturaleza y efectos, expone en apenas 120 páginas y tres capítulos, los elementos referidos en el título y subtítulo. Leído hoy, el discurso de Perrone adquiere renovada vigencia, y no tanto por su originalidad como por las muy olvidadas evidencias que saca "de nuevo" a la luz. Con un estilo combativo, "de trinchera" a la manera decimonónica, el jesuita expone con prosa diáfana y segura una sucesión de datos, testimonios e impresiones que bien deberían ser común divisa para el católico atento a la heterodoxia.

Opúsculo pues de orientación popular, destinado al apostolado de la pluma, rebaja sus pretensiones a la mera divulgación, sin incurrir en morosas erudiciones (nos encontramos muy lejos de un trabajo de la envergadura de El protestantismo comparado con el catolicismo, la obra cumbre de Balmes). Pues el modesto objetivo de Perrone en esta ocasión no es otro que el de ilustrar y persuadir a los tibios y escépticos. Y para ello se sirve de una abultada sucesión de fragmentos y testimonios, copiados o parafraseados, procedentes de los propios protestantes (del energúmeno Lutero y sus secuaces a los últimos protestantes -es decir, los de la década de 1860-), incapaces de armonizar sus heréticos dislates en un sistema coherente.


29 de junio de 2016

CINE. "El hotel de los fantasmas" (Neil Jordan, 1988)

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La década de 1980 marca el acta de defunción del Cine. Desde entonces, y salvo algunas honrosas excepciones (individualidades marginales con la suficiente personalidad como para no sucumbir a la insignificancia absoluta), esta industria envilecida se alimenta de sus propios despojos en un desesperado esfuerzo por seguir perdurando, cueste lo que cueste... Pues los grandes emporios industriales no se cuestionan a sí mismos: mientras la gente acuda en masa a ver espectáculos nauseabundos, el "cine" puede seguir "haciéndose" (es un decir). La clave de todo este espejismo, obviamente, no es la obra cinematográfica en sí, desde luego, sino el Gran Padre Marketing, ese carcinoma de la modernidad que todo lo pudre e instrumentaliza. 

No es sorprendente pues que un cineasta del talento de Neil Jordan, quien cuatro años antes había arrojado al mundo la excepcional En compañía de lobos, sucumbiera también al mal de la década con este infame Hotel de los fantasmas, una pieza por lo demás no del todo desechable, pues acumula un puñado de discretos aciertos (algunos detalles de puesta en escena, una entidad atmosférica que dota ciertos momentos de feliz gracia fantastique, el castillo donde se desarrolla la acción) que la redimen de la penosa condición de bodrio caro y "bien" filmado y montado.

El pretexto argumental tiene validez y denota audacia en el punto de arranque: el aristocrático/refinado propietario de un castillo/hotel irlandés al borde de la quiebra, idea, en un intento desesperado por salvar su fastuoso inmueble, el peculiar proyecto de hacer de él un hotel encantado, habitado por fantasmas (!). El reclamo publicitario surte efecto y acude a su llamada un pintoresco grupo de turistas norteamericanos, bastante impresentables en conjunto. Sobre este contraste entre lo irlandés (el castillo y sus moradores habituales) y lo useño (los turistas con su vulgaridad a cuestas) se funda el discurso que el filme articula. Mas por desgracia, a partir de la primera media hora, la narración se torna reiterativa y cansina, y lo que en principio bien podía sorprender al espectador atento, pronto degenera en un cúmulo de efectismos y subrayados exentos de cualquier interés real. Ni la interpretación en su conjunto (desmelenada y poco convincente, con una espectacular sobreactuación de Peter O'Toole, frente al inoperante Steve Guttenberg), ni lo grandilocuente del tono adoptado, consiguen sostener en pie un metraje dilatado en exceso, postizo y muy decepcionante. Y es una lástima, porque un trabajo de estas características (pese a la indeseable mixtura de géneros antitéticos en que se columpia), en manos del avezado Neil Jordan bien podría haber dado de sí algo más que tamaña retahíla de estupideces y despropósitos.
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10 de marzo de 2016

CINE. "Perros callejeros" (José Antonio de la Loma, 1977)

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Tras unos comienzos más o menos prometedores, la ambigua filmografía de José Antonio de la Loma (1924-2004) se hundía en el pozo de las aberraciones insufribles con estos Perros callejeros. El autor de piezas otrora estimables como Las manos sucias o Vivir un largo invierno, entre otras, podía pues darse por perdido para el cinéfilo consecuente; pronóstico que, en ¿virtud? del enorme éxito comercial obtenido, se vería cumplido en años posteriores al reincidir en otras tantas entregas de parejos contenidos, incluyendo las dos secuelas -Perros callejeros II: Busca y captura (1979) y Los últimos golpes de "El Torete" (Perros callejeros III) (1980)- del filme que aquí reseñamos.

Más que una mala película (que lo es), Perros callejeros supone un pastiche sensacionalista de la peor estofa, un engendro con pretensiones sociológicas y hasta políticas, algo charlatán e incluso ofensivo para el espectador serio, por más de un concepto. Su estrepitoso fracaso artístico estriba básicamente en tres aspectos, en principio externos a sus valores técnico-cinematográficos, a saber:

1) Absoluta incoherencia ética/moral (por tanto ético-fílmica) en el punto de vista (nos encontramos en las antípodas de un filme como el notable Deprisa, deprisa [Carlos Saura, 1981]): se diría que, durante el grueso del cansino metraje, José Antonio de la Loma parece aplaudir lo que en un principio pretendía condenar (véase a este respecto el irrisorio prólogo, que para más inri está calcado del de la magistral Los olvidados [Luis Buñuel, 1950] aunque la comparación aquí resulta del todo desafortunada); efectismo tras efectismo, pirueta tras pirueta, exceso tras exceso, el personaje (convincentemente auto-interpretado) del Torete, pierde cualesquiera rasgo de humanidad para convertirse en un absurdo monigote en manos del deshonesto enfoque elegido por De la Loma.  

2) Sensacionalismo expositivo peor que ambiguo, con un gusto reiterativo por el trazo grueso y la crónica amarillista. O lo que es lo mismo, una perfecta recreación en los aspectos más truculentos y gratuitos de un conflicto, por ende, trivializado en aras de un espectáculo zafio y nada comprometido (con el problema social al que se aludía en el prólogo). Así, las secuencias se alargan innecesariamente, los detalles sórdidos pasan a ocupar un primer plano en el relato (p. ej. la escena de la violación en Montjuic), descompensando una narración incapaz de aunar desarrollo con elipsis, profundidad y síntesis.  

3) Nula progresión dramática de los sujetos en conflicto: el Torete del final del filme -obviamente antes de su muerte en el aparatoso accidente automovilístico que cierra el filme-, es prácticamente el mismo que el del comienzo, aunque más brutalizado si cabe: un monigote, decimos, sin entidad humana. De la Loma no profundiza en el alma de sus personajes, de aquí su absoluta indiferencia al trazado psicológico que los debería vertebrar como tales: más que personajes, pues, habría que hablar de arquetipos rudimentarios, propios acaso de un anuncio televisivo, pero no de una película medianamente elaborada.  

Técnicamente anónima, Perros callejeros, pese a su feísmo visual característico, abunda en secuencias trepidantes y dinámicas, pero que nada añaden al curso del relato: en especial, esas persecuciones automovilísticas que debieron de llamar la atención del público español de entonces, pero que es más que probable que hicieran sonreír a un William Friedkin o un Peter Yates. Mas por encima de todo, descuella alarmante la violencia sucia de algunas escenas, virtualmente indefendible una de ellas (me refiero a la de la mutilación del protagonista a manos del patriarca gitano del clan...).

Entre tanto exceso gratuito y tanta grisura narrativa, ¿qué queda en pie de estos Perros callejeros? A lo sumo, la triste confirmación de cuán poco podía dar de sí un subgénero muerto apenas nacer: el llamado "cine quinqui".

Zaragoza, 10 de marzo de 2016


27 de febrero de 2016

CINE. Las 100 mejores películas del Cine Español, una selección personal

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CRITERIOS 
DE SELECCIÓN:

1.- Pese a lo subjetivo y hasta arbitrario de todo listado de preferencias y su consiguiente ordenación, se ha intentado aunar subjetividad y objetividad en parejo plano de igualdad, mas haciendo prevalecer la opinión del selector.

2.- En ningún momento se ha pretendido hacer un listado-antología representativo que dé cabida a todas las épocas del cine español, pues ni todas fueron igual de buenas, ni ofrecen títulos que puedan parangonarse en calidad unos con otros.

3.- Quedan excluidos los títulos que el selector, en fecha de cumplimentación (febrero de 2016) no ha podido todavía visionar; pues como toda selección personal, ésta presupone un conocimiento real y limitado del objeto de estudio abordado, aquí los filmes, y nunca la opinión de terceros en la confección de dicho listado.

4.- En el plano cinematográfico (el decisivo), se ha valorado cada película, ante todo y sobre todo, en función de sus valores netamente fílmicos, con una atención especial al concepto de puesta en escena y cuanto ella implica.

5.- En detrimento de otros filmes acaso más relevantes, se ha procurado dar cabida a títulos considerados "menores" de la producción española, con el propósito de afirmar los géneros cinematográficos, subestimados por el grueso de la crítica oficial en beneficio del llamado "cine de autor".



1.- Viridiana (Luis Buñuel, 1961) 


2.- Mi tío Jacinto (Ladislao Vajda, 1956) 


3.- El verdugo (Luis García Berlanga, 1963)


4.- La aldea maldita (Florián Rey, 1930) 


5.- Arrebato (Iván Zulueta, 1979)


6.- Vida en sombras (Lorenzo Llobet-Gràcia, 1948)


7.- El mundo sigue (Fernando Fernán Gómez, 1963) 


8.- Cielo negro (Manuel Mur Oti, 1951) 


9.- Las Hurdes (Tierra sin pan) (Luis Buñuel, 1932) 


10.- Novio a la vista (Luis García Berlanga, 1953) 


11.- La caza (Carlos Saura, 1965) 


12.- Bienvenido Mister Marshall (Luis García Berlanga, 1953)


13.- El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973)


14.- Marcelino, pan y vino (Ladislao Vajda, 1955) 


15.- Surcos (José Antonio Nieves Conde, 1951) 


16.- Rojo y negro (Carlos Arévalo, 1942)


17.- El pisito (Isidoro M. Ferry y Marco Ferreri, 1959) 


18.- Campanadas a medianoche (Orson Welles, 1965) 


19.- Los jueves, milagro (Luis García Berlanga, 1957)


20.- Tristana (Luis Buñuel, 1970)  


21.- Agustina de Aragón (Juan de Orduña, 1950) 


22.- Historias de la radio (José Luis Sáenz de Heredia, 1955)


23.- La torre de los siete jorobados (Edgar Neville, 1944) 


24.- Carne de horca (Ladislao Vajda, 1953)


25.- El sexto sentido (Nemesio Sobrevila, 1929)


26.- La muerte tenía un precio (Sergio Leone, 1965) 


27.- El sur (Víctor Erice, 1983)


28.- Plácido (Luis García Berlanga, 1961) 


29.- El cebo (Ladislao Vajda, 1958)


30.- La Dolorosa (Jean Gremillon, 1934)


31.- Huella de luz (Rafael Gil, 1943)


32.- La prima Angélica (Carlos Saura, 1974) 


33.- Embrujo (Carlos Serrano de Osma, 1947)


34.- Pequeñeces (Juan de Orduña, 1950)


35.- El último caballo (Edgar Neville, 1950) 


36.- Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1941)


37.- Elisa, vida mía (Carlos Saura, 1977)


38.- La mies es mucha (José Luis Sáenz de Heredia, 1948)


39.- Atraco a las tres (José María Forqué, 1962) 


40.- La tía Tula (Miguel Picazo, 1964)


41.- Carmen, la de Triana (Florián Rey, 1938)  


42.- Marianela (Benito Perojo, 1940) 


43.- Furtivos (José Luis Borau, 1975)


44.- El bailarín y el trabajador (Luis Marquina, 1936)


45.- El extraño viaje (Fernando Fernán Gómez, 1964) 


46.- Nunca pasa nada (Juan Antonio Bardem, 1963) 


47.- El cochecito (Marco Ferreri, 1960) 


48.- Los golfos (Carlos Saura, 1959) 


49.- El clavo (Rafael Gil, 1944)

 
50.- Los peces rojos (José Antonio Nieves Conde, 1955)


51.- El viaje a ninguna parte (Fernando Fernán Gómez, 1986) 


52.- Epílogo (Gonzalo Suárez, 1984)


53.- Diferente (Luis María Delgado, 1961)


54.- Esa pareja feliz (Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem, 1951)


55.- Young Sánchez (Mario Camus, 1963)


56.- Las aguas bajan negras (José Luis Sáenz de Heredia, 1948)


57.- Ese oscuro objeto del deseo (Luis Buñuel, 1977)  


58.- Hay un camino a la derecha (Francisco Rovira-Beleta, 1953)


59.- Bilbao (Bigas Luna, 1978) 


60.- Apartado de correos 1001 (Julio Salvador, 1950) 


61.- Esencia de verbena (Ernesto Giménez Caballero, 1930) 


62.- Peppermint Frappé (Carlos Saura, 1967)  


63.- Hay que matar a B (José Luis Borau, 1974)


64.- Un ángel pasó por Brooklyn (Ladislao Vajda, 1957) 


65.- La hija de Juan Simón (José Luis Sáenz de Heredia, 1935)  


66.- Balarrasa (José Antonio Nieves Conde, 1951) 


67.- El misterio de la Puerta del Sol (Francisco Elías, 1929)


68.- El desencanto (Jaime Chávarri, 1976) 


69.- El gato montés (Rosario Pi, 1935)  


70.- Don Juan en los infiernos (Gonzalo Suárez, 1991)
  

71.- Noche fantástica (Luis Marquina, 1944) 


72.- Los últimos de Filipinas (Antonio Román, 1945) 


73.- La noche oscura (Carlos Saura, 1989) 


74.- ¡A mí la legión! (Juan de Orduña, 1942)


75.- El bosque del lobo (Pedro Olea, 1970) 


76.- Los pájaros de Baden Baden (Mario Camus, 1975) 


77.- Don Quijote de la Mancha (Rafael Gil, 1947) 


78.- Los dinamiteros (Juan G. Atienza, 1963)


79.- Faustina (José Luis Sáenz de Heredia, 1957)


80.- Antes llega la muerte (Joaquín Luis Romero Marchent, 1964)


81.- Condenados (Manuel Mur Oti, 1953)


82.- Gritos en la noche (Jesús Franco, 1962)


83.- El inquilino (José Antonio Nieves Conde, 1957)


84.- Tocata y fuga de Lolita (Antonio Drove, 1974) 


85.- Hipnosis (Eugenio Martín, 1962)  


86.- A sangre fría (Juan Bosch, 1959) 


87.- Mañana... (José María Nunes, 1957)  


88.- El próximo otoño (Antonio Eceiza, 1967) 


89.- Mi hija Hildegart (Fernando Fernán Gómez, 1977) 


90.- El jardín de las delicias (Carlos Saura, 1970) 


91.- Orgullo (Manuel Mur Oti, 1955) 


92.- ¡Harka! (Carlos Arévalo, 1941) 


93.- No profanar el sueño de los muertos (Jorge Grau, 1974) 


94.- Pánico en el Transiberiano (Eugenio Martín, 1972)  


95.- Los cuervos (Julio Coll, 1962) 


96.- La rana verde (Josep María Forn, 1957) 


97.- Cabalgando hacia la muerte (Joaquín Luis Romero Marchent, 1962) 


98.- Un drama nuevo (Juan de Orduña, 1946) 



99.- Torrepartida (Pedro Lazaga, 1956) 


100.- Sesión continua (José Luis Garci, 1984)