19 de febrero de 2019

ENTREVISTA / CINE. Entrevista a Carlos Aguilar, autor de la "Guía del Cine"

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La entrevista, en Diario Ya:


por J. A. Bielsa




No necesita presentación, al menos entre la avezada cinefilia española: el madrileño Carlos Aguilar Gutiérrez (n. 1958) conserva el privilegio de ser el autor del libro de cine más vendido de todos los tiempos en España: la monumental Guía del Cine, que con sus más de 1.800 páginas, supone “el diccionario de películas más extenso y variado en lengua española”.
            En la presente entrevista hablaremos con el autor sobre su obra magna, pero también sobre cine en general, abordando todo tipo de cuestiones relativas a los juicios críticos del autor, sin omitir un hecho más bien preocupante: el actual estado de decadencia, en todos los órdenes, del llamado Séptimo Arte.




P.: Cuéntanos un poco, Carlos, cómo fue la génesis de la Guía del Cine, su consolidación en el mercado editorial y, lo que es todavía más importante de cara a su continuidad: su actual demanda y utilidad práctica para con el público de nuestro tiempo, acaso condicionado por Internet y por ello mismo menos proclive a los libros impresos.

R.: Ha transcurrido tanto tiempo que apenas me acuerdo, jajaja. Ahora en serio, desde niño me encantó recopilar datos e información sobre películas, y a los doce o trece años comencé a hacer fichas de todas las que veía, mejores o peores, con las referencias básicas, una calificación del 0 al 10, mi juicio… Estuve haciéndolo hasta los dieciocho o diecinueve años, y esto representó la base del libro. ¡Guardo amorosamente este fichero desde entonces! La primera edición del libro apareció en 1986 y cosechó un éxito sensacional; evidentemente, interesó mi planteamiento de compaginar información objetiva y valoración subjetiva, incluyendo la totalidad del cine español. Exigió un trabajo descomunal, en una máquina de escribir que ni siquiera era eléctrica, imagínate… Desde entonces todas las ediciones se han vendido muy bien, Internet nunca afectó al libro. Las ventas han bajado en la penúltima, pero por culpa de la Crisis, que ha perjudicado dramáticamente al mercado editorial, a cada autor en la medida correspondiente; veremos qué tal funciona esta última edición, aparecida en octubre del 2018. En cualquier caso, pienso que el éxito de la Guía del Cine sigue estribando en ofrecer opinión cualificada sobre una enorme diversidad de películas, desde el cine mudo al año pasado, de todos los países, miles de las cuales carecen de valoración fiable por doquier, incluyendo, por supuesto, Internet. Para mí es como un ser vivo, que vive conmigo desde hace más de treinta años, cambiando y creciendo, en cierto modo exigiendo, y al cual procuro mejorar día tras día, con espíritu crítico y autocrítico.

P.: La Guía es algo más que un diccionario de películas: entraña ella sola toda una concepción de la crítica cinematográfica, de implacable coherencia y comunicación interna entre títulos y filmografías. ¿Quiénes han sido tus grandes referentes (nacionales o extranjeros) a la hora de afrontar el oficio de crítico?

R.: Durante mi etapa juvenil de formación, me interesaban mucho Juan Tébar, José Luis Guarner, Miguel Marías, Luis Gasca, Juan Cobos, Jaime Picas, César Santos Fontenla, Román Gubern… cada uno en la forma correspondiente, como es lógico. Pero no sé si realmente me ha influido alguno de ellos, seguro que un lector atento puede determinarlo mejor que yo.

P.: Una de las señas de identidad de la antigua Guía del Video-Cine era la incorporación, al final de las fichas de cada película, del sello videográfico que había editado dicha película, de allí el título del libro. ¿Qué ha sido -o qué está siendo- de ese público de cinéfilos que solían refugiarse en formatos domésticos tales como el Betamax, el VHS o el DVD?

R.: Pues yo creo que ahí siguen, compaginando el dvd con el blu-ray.

P.: ¿Podrías explicarnos por qué, en general, el grueso de los productos cinematográficos que llegan a nuestras pantallas son tan poco interesantes? ¿A qué se debe tal pérdida de entidad artística y respeto por la inteligencia del público?

R.: Forma parte de una decadencia de la cultura, en particular, y de los valores, en general. Está claro que en las últimas décadas a la mayoría de la gente le cuesta pensar y discernir, concentrarse y reflexionar, forjarse un criterio, adquirir sentido del gusto… Por ende, predomina el entretenimiento fácil, efímero e insustancial. Y es que el gusto no es un don con el que uno nace, o que llueve del cielo. Es un bien, que debe definirse en el espíritu propio, y cultivar disfrutando continuamente de múltiples y magníficas manifestaciones artísticas, a fin de que cuaje y se afine. Resumiendo, en el cine la inteligencia y el gusto del público general no se respetan porque se presupone que dejaron de existir tiempo ha, y por desgracia así es. Además, también faltan en quienes lo financian, lo prueba el irrefutable hecho de que un bodrio de hace cuarenta años resulta respetable en comparación con un bodrio actual.

P.: En las últimas décadas hemos podido observar cómo la puesta en escena académica ha sido liquidada y sustituida por una seudo-estética del montaje y la fragmentación gratuita. ¿Podemos afirmar categóricos que, en líneas generales, el cine ha muerto o está en vías de morir?

R.: Eso me temo. Retomando la pregunta anterior, un bodrio de antes, cuando menos, revelaba eso, puesta en escena, y sentido argumental-narrativo, por destartalado que fuera, mientras que uno actual no, porque se considera que el público se aburrirá si los planos duran más de tres segundos; el objetivo es acelerarlo todo para ocultar, a base de precipitación artificiosa, que no hay nada.

P.: ¿Podría buscarse alguna solución, incluso político-social?

R.: No creo, porque la cultura, en general, cada vez interesa menos a los políticos, encima el cine nunca ha sido prestigioso. Pienso que esto sucede porque la cultura no genera votos, que es lo que buscan los políticos. Además, tengo comprobado que en general la gente realmente culta detesta la política.

P.: ¿Quiénes son tus diez cineastas predilectos, con independencia de dogmatismos académicos?

R.: Son tantos… Pero, digamos, Orson Welles, John Ford, Max Ophuls, Fritz Lang, Luis Buñuel, Ingmar Bergman, Federico Fellini, Sergio Leone, Mario Bava y Henri-Georges Clouzot, ya que me has pedido diez. Pero podría añadir muchos, de Murnau a Jarmusch, pasando por Zurlini, Melville, Hawks, Risi, Fisher, Franju, Fregonese…

P.: Sumando autorías individuales, compartidas y colectivas, has publicado cerca de 70 libros, muchos de ellos dedicados a estudiar los géneros, como el western europeo, a cuyo mayor creador, Sergio Leone, has dedicado varios libros. ¿Por qué debemos reivindicar este cine, de ordinario vituperado por toda clase de prejuicios propios de esnobs desinformados?

R.: Porque tiene encanto, interés y personalidad, y aborda grandes temas y cuestiones trascendentes sin pretenciosidad alguna. Por ejemplo, Leone, ya que lo mentas, mediante sus westerns, al cambiar el rumbo de ese género bajo su personal perspectiva, creó la coproducción cultural. ¡Nada menos!

P.: Hablemos de cine español. Es un hecho incontestable, al menos para mí, que lo mejor de nuestra cinematografía, en líneas generales, se realiza bajo el franquismo. ¿Cuál dirías que es la década dorada del cine español, bien en lo cualitativo, bien en lo cuantitativo?

R.: No puedo estar más de acuerdo. Yo de franquista no tengo nada, pero tras el fin de la dictadura nuestro cine decayó en calidad, inquietudes y clase, esto me parece irrefutable; incluso cineastas que fueron condicionados por la censura franquista hicieron peores películas al trabajar sin cortapisas, y el mejor ejemplo es Berlanga. En cuanto a esa década dorada, yo la situaría entre 1955 y 1965.

P.: ¿Quiénes son, desde tu punto de vista y en ordenación jerárquica, nuestros mejores cineastas?

R.: Primero Buñuel, después nadie y luego los demás. De todos modos, el cine español admite una jerarquía de películas antes que de realizadores, dado que a menudo directores por lo común grisáceos han brindado obras maestras y otros supuestamente magníficos se descuelgan con bodrios autocomplacientes.

P.: Tus últimos libros han sido Eugenio Martín. Un autor para todos los géneros, coescrito por tu mujer, Anita Haas, Cine y Jazz  y Cine cómico español, 1950-1961. En los tres vuelves a cubrir importantes huecos en la bibliografía cinematográfica española.

R.: En efecto, procuro escribir sobre temas o profesionales que no han recibido la atención que considero justa, me resulta muy estimulante proceder así. El libro sobre Eugenio Martín fue el segundo que escribí con Anita, el primero versaba sobre el finado John Phillip Law; ambos los editó y diseñó de maravilla Javier G. Romero, un genio al que aún no se ha prestado la formidable atención debida, que maqueta como pocos, quizá nadie, en España. Yo escribo asimismo en su revista, Cine-Bis, en la cual publico sobre temas queridos que ninguna otra del mundo admitiría, desde el antedicho Fregonese hasta el dr. Mabuse, amén de entrevistas con gente de la cual, y volvemos a lo de antes, no existe bibliografía en español: Antonio Margheriti, Chelo Alonso, etc… Cine y Jazz era un proyecto que acaricié durante muchos años, unos veinte. Al final cuajó de la mejor manera; o sea, una edición lujosa a precio económico, por parte de Cátedra; el éxito de ventas fue elevado, y enseguida requirió una segunda edición. Jamás olvidaré la presentación, en el Café Central madrileño, que es como mi segundo hogar, con un concierto de mi amigo Jerry González, un genio del Latin Jazz recientemente fallecido; también asocio este libro con otro amigo fallecido, Jesús Franco, a quien se lo dediqué póstumamente y sobre quien he escrito dos libros, uno en Italia y otro en España. Finalmente, Cine cómico español, 1950-1961 me permitió abordar uno de mis bloques favoritos de nuestro cine, inaugurando una colección de cine en la editorial de Pablo Herranz, hasta entonces volcada en el Comic; Herranz se portó estupendamente, y no recortó ninguna de las disposiciones de Romero para que el libro fuera espléndido en términos visuales. En esto se parece a Cine y Jazz: libro de lujo a precio económico.

P.: Tras los dedicados a Leone, Eastwood, Bava y Jesús Franco, hace poco has aportado un quinto en la colección Cineastas de Cátedra, sobre Jean-Pierre Melville.  

R.: Sí, pensaba que yo era el autor ideal, tanto por lo que significó para mí el cine de Melville durante mi adolescencia y juventud cuanto por haber sido amigo de Howard Vernon en los últimos diez años de su vida. Ya sabes que Vernon y Melville estuvieron muy unidos durante unos veinticinco años, y Vernon trabajó en varias películas de Melville, delante o detrás de la cámara. Poco antes de escribir este libro publiqué precisamente una entrevista con Vernon, en Cine-Bis. Sin haber oído tantas cosas a Vernon sobre Melville, muchas de las cuales reproduje en esa entrevista, quizá no me hubiera atrevido a escribir el libro; después de todo, soy el único amigo que tuvo Vernon en España, aparte de Jesús Franco y de Jack Taylor.

P.: ¿Estás satisfecho de tu trayectoria paralela como novelista?

R.: Mucho. Creo que las cinco novelas que he publicado hasta la fecha (La interferencia, Simbiosis, Coproducción, Nueve colores sangra la luna y Un hombre, cinco balas) son personales y entretenidas, que no es poco. Más virtudes no enumeraré, por modestia, jajaja. Ahora en serio, pienso que mis novelas y mis ensayos cinematográficos se complementan de alguna manera, se explican e iluminan entre sí. La última, en particular, me posibilitó cumplir un sueño adolescente: escribir una novela del Oeste. Y, que yo sepa, supone la única novela ilustrada mediante fotogramas de películas, que identifican los personajes con actores más o menos famosos. También en este caso estoy agradecido a Romero, pues hizo un diseño precioso, amén de escribir el magnífico prólogo, sin olvidar el entusiasmo con que acogió la propuesta su editor, Miguel San José Romano, con quien yo había publicado ya dos libros, La espada mágica, que prologó el antes mentado John Phillip Law, y Yakuza Cinema, coescrito con mi hermano Daniel, que vive en Tokio.

P.: Una última pregunta antes de finalizar: ¿qué les dirías a las nuevas generaciones de cinéfilos ante el tétrico panorama de disolución que se presenta en el mundo del cine?

R.: Que vean los clásicos, sin apartar el cine mudo; si no están ya irreversiblemente embrutecidos, quedarán fascinados. Y que no consientan la decadencia de la cultura escrita: leer es un placer singularmente bello, enriquecedor e íntimo.



Una entrevista de J. Antonio Bielsa Arbiol


24 de enero de 2019

MÚSICA. Centenario del compositor americano Leon Kirchner (1919-2019)


Leon Kirchner - Cuarteto de cuerda nº 3

Este 24 de enero se cumplen 100 años del nacimiento del compositor clásico Leon Kirchner (1919-2009), un aniversario que sin duda pasará desapercibido para los melómanos, pero que aquí vindicaremos, destacando de paso la obra singular del maestro de Brooklyn, ganador del Premio Pulitzer de Música de 1967.



La música seria contemporánea no suele despertar grandes pasiones entre el público melómano. A su manifiesto hermetismo y erudición (producto obvio de una reacción contra la socorrida música de consumo que lo inunda todo por doquier) debe sumarse una marcada tendencia a repeler cualquier concesión a la tradición decimonónica (la que domina los inmutables programas de las salas de concierto de nuestros días). Consciente de esta tesitura, Leon Kirchner fue uno de esos músicos serios que con soltura e ingenio intentó armonizar entrambas tendencias: lo hermético-erudito de su producción convive con lo popular-reconocible de la tradición, integrando elementos neoclásicos a una escritura tremendamente vanguardista y acomodada a la estética de su tiempo.

Nacido el 24 de enero de 1919 en Brooklyn (Usa), Kirchner (quien empezó a estudiar música a los tempranos cuatro años) fue el más aventajado de los alumnos de Arnold Schoenberg. Ampliará estudios con Ernest Bloch, con Roger Sessions; acreedor entre medias del Premio George Ladd, se dedicaría a la docencia en la Universidad de California del Sur, alcanzando gran prestigio. A partir de 1961 pasa a ser profesor de composición de la Universidad de Harvard. Con una carrera trufada de éxitos académicos y honores institucionales, fue asimismo un gran pedagogo, y entre sus alumnos (que son legión) se encuentran compositores tan cotizados actualmente como el minimalista John Adams.

Indiferente a las tendenciosas modas de un tiempo en progresiva deconstrucción, Kirchner, pese a cierta tendencia disgregadora (de la que no quiso, o no pudo, escapar), siempre conservó el peso de la tradición en sus trabajos (del arco que va de Brahms a Berg), con la mirada puesta en Europa, donde se estaban dando las últimas grandes mutaciones (tan traumáticas para la música, en efecto). Tampoco fue ajeno al nacionalismo musical más avanzado, de los que Bartók fue sin duda el gran exponente.

Estilísticamente hablando, la música de Kirchner fluctúa entre el expresionismo cromático de su maestro Schoenberg (sin ceder a la escolástica del dodecafonismo), plagado de disonancias y ritmos quebrados, y un cierto neoclasicismo que retrotrae al oyente, en ciertos pasajes, a las melodías populares tan caras al gusto americano; obra bien representativa de todo esto es su Primer Concierto para piano, de 1951, un trabajo pleno de virtuosismo que sin duda ocupa un puesto más bien prominente en la literatura concertante del piano useño del siglo XX.

No obstante, los mayores logros de Kirchner tendremos que buscarlos en la música de cámara, especialmente en su considerable serie de cuatro Cuartetos para cuerda, escritos a lo largo de casi seis décadas (entre 1949 y 2006): será el tercero de éstos (con cinta electrónica) el que lo catapulte definitivamente a la fama, al ganar el Premio Pulitzer de Música de 1967; obra de sonoridades sorprendentes y renovadas, el Tercer cuarteto de Kirchner implica uno de los más duraderos esfuerzos del autor por aunar la gran tradición del cuarteto de cuerda (el más aristocrático y serio de los géneros de la música de cámara) con las innovaciones emanadas de la música concreta y la música electrónica; armonizando este eclecticismo tan difícil, Kirchner logra entregar una pieza perturbadora y llena de siniestra poesía, en la que la rusticidad germana de unos ocasionales acordes brahmsianos logran fusionarse con las extrañas sintonías futuristas propias de las películas de ciencia-ficción de los años 50 y 60.

Kirchner falleció el 17 de septiembre de 2009, en Manhattan, a los 90 años de edad. Su música (que resiste varias audiciones y evita el vacuo esnobismo de la peor música de vanguardia) apenas ha tenido difusión en España.

El artículo en EL DIESTRO:



16 de enero de 2019

CINE. "El Profeta" (Dino Risi, 1968)




El indudable genio de Dino Risi (1916-2008), que se manifestó en todo su vigor entre 1955 y 1962 (es decir, entre El signo de Venus y La escapada), se fue apagando a partir de la segunda mitad de la década de 1960; los destellos de ese genio, si bien fueron diluyéndose a lo largo de una carrera progresivamente vendida al comercio, supieron perpetuar algunos rasgos característicos y muy definitorios de su estilo, eslabonando títulos no obstante tan recuperables como el que hoy abordamos: El Profeta.

Comedia costumbrista con altas dosis de mordacidad y gusto por la parodia más desternillante, El Profeta aparece mediatizada por la impresionante composición de un Vittorio Gassman tan excesivo como en sus mejores roles. El pretexto argumental es mínimo: el viaje de un asceta a la ciudad de Roma, tras cinco años de reclusión en el monte y en compañía de una cabra, y su consiguiente adaptación a este contexto antitético.

Lo más interesante de la película no es tanto su argumento (en exceso dilatado pese a sus modestos 86 minutos [en la edición en DVD que hemos visionado]) como sus apuntes sociológicos, abordados por medio de una puesta en escena tosca y funcional, mas eficaz en su demoledor retrato de una sociedad en vías de descomposición.

Pese a su medio siglo a cuestas, El Profeta resulta vista hoy una cinta muy familiar (por reconocible), pues la sociedad que retrata Risi en poco difiere, más o menos, de la actual (harto más embrutecida, desde luego): consumismo galopante, adicción a la televisión, periodismo amarillo, tránsito rodado sofocante, presencia de colectivos marginales ocupando espacios amplios (aquí el movimiento hippie), una galería infame de fantoches y energúmenos, tipos del peor pelaje e histéricas enajenadas, encarnación viva de ese estado de bienestar cuyos frutos más extendidos han sido la Coca-Cola y la música pop. ¿Filme coral? No exactamente: filme coral con il mattatore Gassman dentro. 

La cualidad pertinente de un filme como éste no es su verosimilitud (indiferente), como el retrato larvado de unos tipos psicológicos que, tarde o temprano, iban a estallar en el infierno de las grandes urbes de la Europa descristianizada: el estrés colectivo, las largas filas de coches, las señoras tirando del carrito en el súper, esa juventud en perpetua crisis de identidad... la pérdida de sentido, en suma.  

Que "el profeta" termine sucumbiendo al mundo, reciclado por el Sistema para pasar a formar parte de éste como mera parodia de su imagen previa (la secuencia última en el restaurante del profeta es contundente), ejemplifica bien la crudeza de Risi, su pesimismo radical. 

Cabría preguntarse si el cineasta realmente se tomó en serio a su personaje, pero visto el resultado final de la película (no por fallida menos estimulante), todo parece indicar que el problema no es tanto ese profeta postmoderno como las múltiples aristas de una sociedad degradada y sin más agarraderos que el culto a su propio ego. El Profeta, en esencia, es la historia de unos egos condenados a chocar sin entenderse. 

El nuevo paradigma antropológico que intenta imponerse desde el Sistema a las masas de la desnortada Europa, ya fue ensayado con preclaro sentido de la observación por Dino Risi.


Cortesía de YouTube


25 de diciembre de 2018



Feliz Navidad...


El Niño Dios ha nacido



26 de noviembre de 2018

"HISTORIA, ESENCIA Y FRONTERAS DE ESPAÑA" (UN DISCURSO)






Españoles:

Yo os pregunto: ¿qué es una frontera? ¿Acaso una línea imaginaria trazada sobre el mapa? ¿O un mero límite psicológico donde acaba el territorio nacional? ¿Tal vez un deber y una responsabilidad histórica, de la que sólo somos meros usufructuarios? Al fin y al cabo, ¿qué es una frontera, reitero? ¿Cuál es su significado último?

Me dirijo también a los propietarios, a los arrendatarios y a todas aquellas buenas gentes que habitan y disponen de una vivienda, un espacio parcelado o un bien mueble. Cuando cerráis con doble vuelta de llave la puerta de vuestra vivienda, adquirida tras largos años de privaciones, hipotecas y sacrificios varios, cuando extraéis la referida llave del bombín de la cerradura, la LEY os ampara, ¿verdad? EL DOMICILIO ES INVIOLABLE, dice el artículo 18 de nuestra Constitución. La vivienda, núcleo espacial íntimo de esa célula capital de nuestra sociedad que es la familia, debe ser protegido, custodiado, vigilado. Españoles, pensad bien que si tales precauciones tomamos por un piso de 90 m2, ¿acaso vamos a hacer DE MENOS algo mucho más grande, significado y vital como es el domicilio de todos los españoles, nuestra Patria común? ¿Vamos a dejar las puertas abiertas, con qué fin? ¿Filantropía? ¿Buenismo? ¿Irresponsabilidad? ¿Atracción por el caos y el abismo? ¿Autodestrucción de aquello que tantos siglos de sangre de patriotas ha costado levantar, afianzar y preservar?

Españoles: la sociedad española acusa un grave periodo de crisis. Me resisto a creer que estemos inmersos en una fase decadente de disolución irreversible. Somos fuertes, ya lo dijo el "Canciller de Hierro", Bismarck: España es el país más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido. En el devenir de los siglos, a España la han hecho fuerte sus singularidades sin parangón en el orbe: su sustrato romano, su esencia católica y su deber histórico, de evangelizadora y civilizadora: me refiero a la idea de la Hispanidad.

El globalismo aplanador y el capitalismo tras-nacional aborrecen a España, y la aborrecen porque España fue forjadora de libertades, luz de los oprimidos, maestra y pedagoga de los pueblos, fiel depositaria de la Tradición Católica, Apostólica y Romana, y que consolidada en los pilares de la monarquía hispánica, supo defender por siglos el mapa y el territorio imperial, desde Covadonga hasta los últimos confines de ultramar. Esto fue ayer. Hoy, España es algo mucho más menudo, encorvado y venido a menos. Pero el núcleo, ese hueso duro de roer, persiste y perdurará.

Españoles, somos la remanente de una realidad llamada España, y nuestros héroes, la vanguardia de la misma. Pensemos en estos héroes por los que hoy estamos aquí reunidos. ¿Qué habríamos hecho nosotros en su lugar? ¿Defender el domicilio o dejar las puertas abiertas? Cuestiones candentes que deberíamos meditar con total sinceridad.




24 de noviembre de 2018

RESEÑA. "Cabrera. Recuerdos de la guerra civil española", de Wilhelm von Rahden






Ed. Institución “Fernando el Católico” (CSIC), 2013

ISBN: 978-84-9911-255-8





La literatura carlista tiene en un extranjero, el prusiano Wilhelm von Rahden (1793-1860), uno de sus más granados exponentes. General de brigada del ejército carlista en el cuerpo de ingenieros, Rahden conocía el oficio de la pluma tan bien como el de las armas. Prueba de ello es este formidable Cabrera. Recuerdos de la guerra civil española (1840), fruto de sus experiencias como combatiente de la causa de Don Carlos. La audacia del enfoque reside sobre todo en la maestría con la que el autor ha dosificado las claves de los libros de memorias con las convenciones de la biografía, fusionando sendas perspectivas sin caer en una espiral mecánica y reiterativa en lo que a la narración se refiere; en este sentido, podemos hablar de una biografía del General Ramón Cabrera narrada a través de las memorias de Rahden.

         El relato, articulado en veintidós capítulos y contado en primera persona, arranca en abril de 1837, cuando Rahden se incorpora al ejército carlista del Norte como coronel de ingenieros, y termina en las postrimerías del año 1839, con la misión de entrevistarse con Don Carlos en Bourges; entre medias, nuestro hombre participará enla Expedición Real, será testigo del ascenso al poder de Maroto y hará viajes por la Cataluña carlista, antes de llegar al Maestrazgo para ponerse a las órdenes del carismático Cabrera.

         La fascinación que Rahden siente por Cabrera es patente, lo que le llevará en el curso de su relato a reconstruir la biografía de éste, bien valiéndose de testimonios de terceros compendiados durante su periplo, bien acudiendo a sus propias experiencias sobre el terreno. Todo ello contado con el vigor de una pluma excepcional, plena de pintoresquismos y pinceladas descriptivas que no desmerecen de las más altas plumas. Diálogos memorables, retratos humanos vividos, situaciones dramáticas, una catarata de momentos históricos e irrepetibles, cobran vida en esta obra de obligada lectura, inédita en España hasta 2013 y que, gracias a la aplicada traducción de Daniel F. Hübner, confirma los esplendores de este estilista literato-soldado que fue Wilhelm von Rahden.

         El libro incluye una breve introducción de Pedro Rújula.





5 de noviembre de 2018

AHORA INFORMACIÓN - Artículo (17-VIII-2018): "Definir 'Europa'…"





Todo hombre -y toda nación- tiene el sagrado derecho de preservar sus diferencias y su identidad en nombre de su futuro y en nombre de su pasado.

JEAN RASPAIL


Quien habla en nombre de los otros es siempre un impostor.

EMIL CIORAN




En el preámbulo del inquietante borrador de la Constitución Europea, llamado Proyecto de Tratado por el que se instituye una Constitución para Europa (“adoptado por consenso [sic] por la Convención Europea los días 13 de junio y 10 de julio de 2003”), los prepotentes cocineros del mismo, en un dechado de desleimiento histórico sin parangón, decidieron tomarse la licencia de apelar al buen nombre del historiador griego pagano Tucídides, arrojando sobre el papel una cita de éste sacada de contexto: “Nuestra Constitución… se llama democracia porque el poder no está en manos de unos pocos sino de la mayoría”. El lector atento, hastiado de retóricas pardas y efectos de relumbrón para engañar a los tontos, no habría de tardar en detectar lo inadecuado de tal cita a la luz de la Historia legítima; en palabras del preclaro Gómez Dávila, “la democracia ateniense no entusiasma sino a quienes ignoran a los historiadores griegos”. Es el viejo recurso de la mezquina progresía corruptora del lenguaje y de los pueblos adormecidos y decadentes: acudir a una fuente de los tiempos pretéritos para, en un giro abracadabrante, nivelar presente bufo y pasado idílico, licuando así veintitantos siglos en una frasecita devenida lugar común. Ni al mismísimo Scribe, magnífico charlatán grafómano, se le hubiera ocurrido encajar tamaño pegote de mala masa de harina en uno de sus libretos de ópera a la moda. Este recurso, indudablemente, permitía además perpetrar un buen golpe al corazón de la vieja Europa, omitiendo torticeramente “los quince siglos de influjo cristiano en la formación de lo que hoy es ‘Europa’…” (George Weigel).

Pero la artimaña no terminaba aquí. Tras asistir a esta cita/guinda, los cocineros del Proyectoantieuropeo en cuestión inician el texto liminar con una mentira hiriente, glaseada de corrección política previo baño en el jarabe marxista cultural de rigor: “[1] Conscientes de que Europa es un continente portador de civilización, de que [2] sus habitantes, llegados en sucesivas oleadas desde los tiempos más remotos[3] han venido desarrollando los valores que sustentan el humanismo: la igualdad de las personas, la libertad y el respeto a la razón”… Pero, ¿fue esto alguna vez así? ¿De qué biblioteca se han sacado tales afirmaciones categóricas estos relativistas de cocinilla? Y lo más grueso: ¿de qué son (ellos) “conscientes”? Vayamos por partes, aunque el asunto (por obvio) no lo merecería si no viviéramos bajo la dictadura totalitaria del pensamiento único impuesto desde los medios de desinformación de masas.

[1] Primero, Europa NO “es un continente portador de civilización”, simplemente Europa ES la civilización (al menos en el sentido direccional que querían darle sus presuntos panegiristas, en tanto aludían a la civilización entendida en términos de acción de civilizar o civilizarse, es decir poseer los conocimientos, cultura y formas de vida propias de los países más desarrollados). Y Europa es la civilización porque (ni antes ni después que nadie) Europa fue la gran civilizadora, y fue Europa y no la milenaria China o las regiones sumidas en las tinieblas de la Media Luna, la que devino civilización porque de un modo u otro civilizó cuanto su radio de alcance influyó, anexionó o fagocitó, expandiendo su influjo bajo la Ley de Cristo, es decir bajo la Santa Cruz, providencial motor del “Genio del Cristianismo” (Chateaubriand). Aspecto éste cardinal, pues como ya sabrán de sobra ustedes, el documento masónico en cuestión que aquí traemos omite cualesquiera referencia a las raíces cristianas de Europa, lo que meramente implica una grosera falsificación de la Historia, a la que contribuyeron con gran empuje gobiernos tan embebidos de sionismo como el sueco y el francés (cita: “Francia es un estado laico, y como tal no tiene la costumbre de introducir elementos de naturaleza religiosa en textos constitucionales” [Jacques Chirac]). Y es que la UE, como habría de afirmar rotundo años después un Geert Wilders, no es tanto Europa como la cárcel de Europa, una anti-Europa; vista la involución de las cosas en los últimos tiempos, la tesis del holandés denota gran pertinencia.

[2] Segundo, ni “sus habitantes, llegados en sucesivas oleadas desde los tiempos más remotos” fueron tales, ni es tolerable una simplificación tan torpe y anacrónica en lo que supone una falsificación del hecho histórico-demográfico, simplificación que, leída de nuevo en 2018 (y a tenor de la invasión planificada de Europa por el Tercer Mundo), denota un cinismo marcadamente fétido, incluso putrefacto. Ni Europa es una creación de los “tiempos más remotos”, ni hubo alguna vez “sucesivas oleadas” humanas que la habitaron (en los tiempos primitivos la población humana era escasísima, por consiguiente, el término “oleada”, leído aquí como aparición repentina de gran cantidad de personas, puede denotar veracidad, mas carece de verdad). Si bien el tejido poblacional de los tiempos primeros cimentó las bases de una estructura humana definida, con aptitudes naturales para lo que vendría luego, Europa no manifestaría su esencia propia y emblemática, léase civilizadora, hasta el advenimiento de los sucesivos triunfos de la europeidad primigenia; simplificando: filosofía griega, derecho romano y, sobre todo, Cristianismo. Todo cuanto precede a esta triple alianza del espíritu, intelectualmente sintetizada en una obra como el Apologético de Tertuliano, es arcilla nutricia, pero no savia consustancial e inherente al concepto de “Europa”. ¿Es posible definir “Europa”? Sí, pero no/nunca como lo hace la Constitución Europea. Europa es el idealismo de Platón y el dualismo de Aristóteles, la recta moral de Séneca y el legalismo retórico de Cicerón, coronados por la Luz de JesuCristo a través del Magisterio de la Iglesia y la Tradición, desde los primeros Padres hasta San Agustín y sus seguidores. Europa NO es un proyecto colectivo y democrático, sino individual y aristocrático: Europa es el genio, la fuerza y la fe verdadera de los menos al servicio de la ignorancia, la pusilanimidad y la incredulidad de los más: Europa es la liberación de las cadenas del paganismo y su inmersión en las fuentes cristalinas de la Catolicidad; Europa es la Iglesia Católica, la Iglesia Universal de Cristo, Única y Legítima depositaria de la Fe Verdadera. Europa es un hecho histórico consumado e irreversible. Negar esta realidad pétrea de siglos de dorado esplendor es negar a Europa su mismísima esencia.

[3] Y tercero, jamás se “han venido desarrollando los valores que sustentan el humanismo: la igualdad de las personas, la libertad y el respeto a la razón (sic)”. El humanismo nunca hizo nada de eso: de hecho, el humanismo al que aluden estos voceros invertebrados no es tanto el movimiento cultural surgido en la Europa del Renacimiento (cristiano hasta los tuétanos en algunos de sus más destacados exponentes, caso de nuestro Juan Luis Vives), como el otro humanismo (el antihumanismode Sartre y el existencialismo ateo en general, preferiblemente francés), presuntamente fundado en el estudio del ser humano como individuo de razón soberana: “el hombre, si prescinde de Dios, lo único que puede organizar es un mundo contra el hombre” (Henri de Lubac). En cuanto al mito de la igualdad de las personas, no merecería apenas comentarios si no apareciera seguido del concepto de libertad, y es que como ya demostró el preclaro filósofo político Carl Schmitt, a la sazón católico practicante, igualdad y libertad son conceptos antitéticos, de puro incompatibles, en cuanto se repelen mutuamente, sin posibilidad alguna de alianza en el plano de la mera realidad. El respeto a la razón, tercera ocurrencia presuntamente emanada de este falso humanismo, es supuesto que nada significa, de puro vaciado de sentido: bastaría con preguntarse si es respetable la razón por el mero hecho de ser sólo razón, o ¿acaso todas las humanas razones valen lo mismo/merecen el mismo “respeto” en tanto en cuanto humanas razones? ¿Qué demonios nos están vendiendo tras toda esta palabrería estos mixtificadores?

De nuevo, el segundo párrafo del preámbulo, tan categórico como el previo, riza el rizo de la falsificación de la Historia a través de un ridículo discurso pro-Ilustración sin correspondencia alguna con la realidad de los tiempos pasados (ni mucho menos con los tiempos de los sectarios teóricos de la Revolución Francesa). Podemos leer lo siguiente: “Con la inspiración de las herencias culturales, religiosas y humanistas de Europa, cuyos valores, aún presentes en su patrimonio, han hecho arraigar en la vida de la sociedad el lugar primordial de la persona y de sus derechos inviolables e inalienables, así como el respeto del Derecho”. Obviando la última frase (“así como el respeto del Derecho”), todo lo demás es una crema pastelera rosácea para un público adicto a las gelatinas historiográficas. El texto afirma rotundo que está inspirado, nada menos, “con la inspiración de las herencias culturales, religiosas y humanistas de Europa”. Y en virtud de su inspiración, no duda en atacar implícitamente la única-unidad de Europa (que es ante todo y sobre todo unidad de creencia, por ende UNA), vindicando una inexistente diversidad nunca demostrada como elemento de cohesión e integración, subrayado en la afectación de los plurales: ¿Herencias culturales, religiosas, humanistas? Sólo hubo una, quintaesenciada no más: la Cristiana Católica Romana, que preservó el legado previo, amalgamándolo en una síntesis perfecta (puesto que de lo contrario nada habría sobrevivido a la destrucción, pensemos por ejemplo, sin ir más lejos, en la invasión islámica en España y la consiguiente obra civilizadora de la Reconquista: ocho siglos de “restauración” de la estructura dañada por nocivos agentes externos).

El tercer párrafo, también de relleno, perpetúa pareja retórica parda sin salirse un ápice de los eriales de la corrección política: “En el convencimiento de que la Europa ahora reunida avanzará por la senda de la civilización, el progreso y la prosperidad en bien de todos sus habitantes, sin olvidar a los más débiles y desfavorecidos”. Demagogia ultrabarata. Sin comentarios.

Los ridículos últimos párrafos del preámbulo del borrador, masónicos hasta la cerviz, se arrancan tranquilamente las caretas de la infamia en su imposición del totalitario discurso globalista paneuropeo: “En la certeza de que los pueblos de Europa (…) están resueltos a superar sus antiguas divisiones y, cada vez más estrechamente unidos, a forjar un destino común, / Con la seguridad de que, ‘unida en la diversidad’, Europa les brinda las mejores posibilidades de proseguir, respetando los derechos de todos y conscientes de su responsabilidad para con las generaciones futuras y la Tierra, la gran aventura que la hace ser un espacio especialmente propicio para la esperanza humana, / Agradecidos a los miembros de la Convención Europea por haber elaborado esta Constitución en nombre de los ciudadanos y de los Estados de Europa (…)”. La cháchara paneuropeísta de estos perdonavidas, entre humanista y panteísta, resulta insufrible de puro presuntuosa en su afectación: “en la certeza”, “están resueltos”, “unida en la diversidad”, “conscientes de su responsabilidad para (…) la Tierra”, “un espacio especialmente propicio para la esperanza humana”, etc. Hasta llegar a ese colosal “en nombre de los ciudadanos y de los Estados de Europa” (sic), es decir, en nombre de NADIE, o lo que es lo mismo, en nombre del contubernio totalitario y anticristiano impuesto por los amos… Hasta aquí el preámbulo del borrador de la Constitución Europea, llamado Proyecto de Tratado por el que se instituye una Constitución para Europa. Cuanto iba a venir después no haría más que radicalizar dichos presupuestos disolventes.

Hoy, 15 años después de tan aciaga obra de ingeniería social impuesta de espaldas a los europeos de a pie, vemos cómo Europa, la Europa de 2018, es un escenario geopolítico absolutamente diferente al de 2003.El escenario es negro, muy negro, pero no absolutamente negro. ¿Sobrevivirá la Europa realmente existente a la gran debacle genocida tramada contra sus pobladores autóctonos por las oligarquías financieras mundialistas, esclavistas y antieuropeas? NO, si Europa sigue revolcada en las cloacas del hedonismo y el libertinaje que sus nuevos clérigos laicistas le predican e imponen desde las tribunas públicas; SÍ, si recupera al fin el Trono y el Altar, la Santa Cruz y la Devoción a María, y deja por consiguiente de darle la espalda a Cristo.

Urge, por tanto, redefinir cuanto antes el concepto de “Europa”, para así salvar los penates de la Civilización Occidental del gran naufragio planificado por los albañiles del Nuevo Orden Mundial. ¡EUROPA, DESPIERTA!

Para darnos cuenta es suficiente echar un vistazo al fallido Club Financiero que llaman Unión Europea: el penoso embrollo que ha servido sólo para facilitar la invasión islámica, imponernos la estupidez llamada Moneda Única, pagar salarios fabulosos y exentos de tasas y enriquecidos por fabulosos reembolsos de gastos a sus parlamentarios, robar el parmesano y el gorgonzola a los italianos, abolir setenta razas caninas (todos-los-perros-son-iguales, ha comentado desdeñosamente la antropóloga Ida Magli), y a uniformar los asientos de los aviones. (Todos-los-culos-son-iguales.)” (Oriana FallaciLa rabia y el orgullo [2001]).




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